Chapter 7
Después, cambiando de conversación, la abuela, muy alegre, me anunció que corría a casa del notario para darle la buena noticia y pedirle algunos informes complementarios.
Durante todo el día la abuela mostró una actividad febril y estuvo yendo y viniendo de la casa del padre Tomás a la del notario y viceversa. Aquello era el cuento de nunca acabar. Era tal su gozo, que no se fijó en las cosas que más le chocaban habitualmente. No hizo ninguna observación a propósito de la chimenea, en la que se veía una capa de polvo que databa de la víspera, y soportó heroicamente el pescado quemado que Celestina nos sirvió para castigarnos, por tener secretos para ella.
Parece que el padre Tomás está encantado por la felicidad de la abuela, aunque no comprende muy bien las causas de mi repentino cambio de parecer.
--Después de todo--dijo,--una entrevista no compromete a nada...
Como soy absolutamente de su parecer, empiezo a recobrar la libre posesión de mí misma, que me faltaba esta mañana.
Está convenido que el señor Desmaroy, así se llama el pretendiente, vendrá el sábado próximo. Después de mil conferencias y reflexiones, la abuela se ha decidido por una simple entrevista en casa. Con el pretexto de ver las antigüedades--el tapiz del comedor, por ejemplo, y no a mí,--el notario nos traerá a su protegido. Es la manera más práctica de evitar los comentarios de los habladores, siempre en acecho. El tapiz de la abuela pasa a los ojos de todos por una maravilla, que los amigos de nuestros amigos están en la obligación de venir a admirar. Así todo será natural para Celestina, y nos evitará una crisis de indignación de su parte, que no dejaría de ocurrir si ella supiera...
Ya la alegría de la abuela le parece sospechosa, y esta tarde, en la mesa, cuando pasó a mi lado para servir el postre, le oí murmurar _sotto voce_:
--Todos estos misterios huelen a casorio...
Hice como que no comprendía. ¿Para qué?
La imaginación de la abuela tiene alas y anticipa grandemente los acontecimientos. Ya le parece que me está viendo en el altar, al que está convenido que debe conducirme nuestro primo el comandante Harmel. Yo creí que aquí se detendrían los arreglos futuros, pero nada de eso. Al darme, hace un momento, el beso de la noche, la abuela me ha preguntado muy seria si me gusta más el terciopelo o el raso...
--¿Para qué, abuela?
--Para tu traje, hija mía, para tu traje de boda.
--¡Mi traje de boda!--exclamé con estupor.--Dios mío, todavía no estamos en ese caso.
Ante la cara de contrariedad de la abuela, contuve la risa, pronta a escaparse. La abuela, seguramente no puede imaginar que yo pueda desagradar al señor Desmaroy, y no se le pasa tampoco por la cabeza que yo pueda renunciar a un partido tan soberbio.
--¡Cuarenta mil pesos de capital!... Cuatro o cinco mil de beneficios!... Es el yerno soñado... Positivamente, si yo lo hubiera encargado a mi gusto, no sería de otro modo... ¡Y sentimientos religiosos!... ¡Qué suerte tienes, Magdalena!...
Magdalena no dice nada, pero piensa. Todo lo que dice la abuela está muy bien. La situación es hermosa, no lo niego, y hasta me gusta mucho... Pero el marido... ¿Me gustará el marido?...
2 de noviembre.
Día de duelo y de tristeza...
La vida está hoy como suspendida, y todos olvidan los cuidados cotidianos para no pensar más que en sus queridos muertos, segados por la inexorable fatalidad y acostados en la tumba donde duermen su último sueño.
La abuela no hace ninguna alusión al señor Desmaroy, y yo sigo su ejemplo, contenta por escapar, durante algunas horas, al pensamiento mortificante del cambio que se prepara.
¡Qué miserables son todas estas fruslerías miradas a la luz de la muerte!... Hay que vivir, sin duda, y es preciso elegir el género de vida que se prefiere; pero, pasada aquí o allí, ¿qué importa la vida?... Lo esencial es evitar el más pequeño mal y realizar todo el bien posible.
La única cosa cierta en esta pobre vida es la implacable ley de la muerte. Sé que moriré, mientras ignoro si seré o no dichosa en la vida que elija. Si me caso, preciso será, tarde o temprano, dejar a mi marido; si tengo hijos, también a ellos tendré que darles un eterno adiós... Multiplicar las afecciones es multiplicar las probabilidades de dolor... ¿Para qué buscar causas de sufrimiento?...
¡Ay!... ¿Qué responder a esto?
Me gusta, en el día de los muertos, una atmósfera gris y obscura, un cielo cubierto y bajo en armonía con la tristeza de los corazones. En aquella mañana el sol brillaba y el azul del cielo, apenas velado por unas nubecillas, se ensombrecía de pálidos tintes bajo la mordedura de los primeros fríos. Lo mismo en el infinito del horizonte que en un círculo más reducido, todo revestía una especie de aspecto alegre que adornaba de poesía a aquella fiesta melancólica de los muertos.
En el camino, atestado de hojas amarillas, desarrollaba sus largos anillos la procesión lenta y recogida. Los niños de las escuelas, olvidados de la tristeza ambiente, cantaban el _De Profundis_, y se sonreían los unos a los otros; en seguida los coristas, muy graves también, con sus sobrepellices blancas, entonaban el _miserere_. A lo lejos sonaban por todas partes las campanas, y su fúnebre clamor ponía una nota sorda en aquellas voces humanas, entonando el canto de los Muertos... En el cementerio todos se acercaban a las tumbas amadas, en las que una profusión de crisantemos, en brillantes haces, arrojaban sobre los difuntos todas las quimeras y las ilusiones de los vivos... De repente, todo quedó en silencio, y llegaron a nosotras las estrofas del _Libera_, desgarradoras y monótonas. El velo de la abuela, aquel velo eterno, se enlutó más todavía bajo el peso de las penas sin cesar renacientes. Las horas de agonía, implacables y torturadoras volvieron a empezar... Bajo el aliento de nuestras ardientes oraciones, los muertos amados volvieron a vivir ante nuestros ojos durante un segundo, para caer una vez más sin vida en el fondo de sus tumbas, cerradas para siempre... Sentimos que estaban bien muertos aquellos a quien llevábamos el fiel tributo del recuerdo... En dulce y plañidera cadencia cayeron entonces sobre ellos las oraciones finales que entonaba la voz del que presidía la procesión; diose la bendición, se restableció el silencio... y cada cual, alejándose del campo del reposo, fue a coger de nuevo el fardo de la vida, pensando en los que ya no existen...
5 de noviembre.
La abuela ha reanudado sus días de recepción hoy, primer jueves de noviembre.
Muy de mañana he tenido una larga conversación con la abuela, a propósito del señor Desmaroy, y aproveché sus buenas disposiciones, causadas por mi docilidad para sus proyectos, para formular algunos deseos, el primero de los cuales era continuar mis estudios sobre las solteronas.
La abuela se encogió de hombros, como de costumbre, al oír ese nombre aborrecido, pero, a pesar de su antipatía, me permitió hacer lo que quisiera. Todos estos preliminares no tenían otro objeto que obtener que la abuela me llamase al salón si se presentaban hoy algunas solteronas, pues quería hacer mis estudios del natural.
Generalmente a la abuela le gusta recibir sola, y no me llama más que cuando viene con su madre alguna de mis amigas. Dice, como razón de ese ostracismo, que sus recepciones serían mortalmente fastidiosas para una cabeza como la mía, siendo así que el elemento ligero falta en ellas por completo. Es poco halagüeño para mí...
Las íntimas de la abuela son personas de edad madura. Muchas solteronas y no pocas señoras ancianas, son asiduas a sus jueves. Los caballeros son escasos, por el contrario, y la juventud no se muestra más que para mí. Mis amigas y yo formamos en el salón un grupo especial llamado el «rincón de las malas cabezas,» según una frase de cierta amiga de la abuela. Aquel rincón querido está formado por un ancho biombo japonés, entre cuyos repliegues se esconden las banquetas destinadas a la juventud, mientras inmensas palmeras proyectan su sombra fantástica sobre nuestro asilo. Cuando las señoras quieren librarse de nuestra importuna presencia, la abuela me hace una señal y me voy dócilmente a nuestro refugio, llevándome a mis amigas encantadas. Dicho sea entre nosotros, no es siempre divertido oír hablar del sermón del día antes, del de mañana, de la actitud del señor cura, de las congregaciones, del Gobierno, de tal señora que espera un nuevo hijo, de una desgraciada, cuyo marido es borracho, de una tal que es gastadora, de la doncella de la de fulano que tiene mala conducta, etc., etc.
Estamos lejos de aquellos salones en que se hablaba y de los que mi imaginación deslumbrada ha conservado un literario recuerdo.
El salón en que se conversa, es la excepción en Provincias; el en que se chismorrea, es enteramente la regla general... En casa de la abuela se conversa un poco... a veces; se chismorrea siempre... Con dulzura, seguramente, sin maldad y con una notoria benevolencia, pero, en fin, se chismorrea.
Hasta ahora estaba yo casi excluida de esas reuniones, sin gran sentimiento mío, lo confieso. Hoy han cambiado mis ideas. Con mis pretensiones al estudio de mis semejantes, mis alas se desarrollan y se ensanchan y pido conocer el mundo, la vida, las solteronas... y qué sé yo cuántas cosas... En una palabra, la abuela está un poco asustada al ver tal actividad intelectual.
--Espero, Magdalena, que no te vas a volver una cerebral--gime aterrada.
Esa palabra en la boca de la abuela, es sinónimo de desequilibrada, pero yo no me ofendo. Un cumplimiento más de los que tienen poco de halagüeños... ¡Bah! no hay más que acorazarse...
La primera visita de esta tarde ha sido el padre Tomás. Estaba yo terminando de arreglar las flores en los inmensos jarrones de los ángulos, y echando una ojeada a los almohadones para convencerme de que estaban bien colocados, cuando el cura me sorprendió, en el momento en que me disponía a subir a mi cuarto a esperar que la abuela tuviese a bien llamarme. El padre Tomás penetró en el salón con tan prodigiosa vivacidad, que tropezó en una mesita en la que la abuela expone--pues es una verdadera exposición,--preciosas miniaturas antiguas. La mesa retembló en sus patas vacilantes, los caballetes se estremecieron bajo su gracioso peso de cuadritos y retratos, y el cura se quedó tan confundido que sus gafas temblaron en la rebelde nariz.
--¡Cómo, Magdalena! vaya un modo de abandonar a las solteronas--me dijo en cuanto se calmó un poco la emoción de una entrada tan bien combinada y no bien se hubo sentado en la silla que le indicó la abuela.--Esto es una traición.
--No, señor cura--respondí alegremente.--Continúo mis estudios, con permiso de la abuela.
--¿Y el señor Desmaroy, le autoriza a usted igualmente?--preguntó el cura con tono bastante irónico.
--Se lo ruego a usted, señor cura, dejemos al señor Desmaroy en paz por ahora, y hasta pasado mañana--imploré más con la mirada que con la palabra.--Hoy me propongo aumentar mi ciencia del celibato y cuento con usted para ayudarme, ya que ha venido.
--Muy bien--dijo el cura, comprendiendo que no había cambiado tanto de ideas como él creía, lo que me valió una dulce sonrisa, pues el cura detesta a las veletas.--¿Qué desea usted saber de éste su humilde servidor?--prosiguió, con mirada maliciosa.
--¿Me van ustedes a condenar a otra conversación sobre las solteronas?--preguntó la abuela descontenta.--Creo, señor cura, que es usted tan insoportable como mi nieta...
--¿Cree usted?--preguntó el cura con una de esas buenas sonrisas de que él tiene el secreto.--Y yo que me hacía ilusiones...
La abuela movió la cabeza con expresión de duda, lo que puso el colmo a la alegría del cura, pues es éste tan feliz como un rey cuando puede contrariar a la abuela.
--Y bien, Magdalena, ¿en qué está usted?--me dijo por fin, cuando recobró el aliento.
--Me detiene la dificultad de distinguir las solteronas voluntarias de las involuntarias...
--¿Cómo es eso?
--En las jóvenes reconozco muy bien las diferentes categorías. Así, por ejemplo, veo sin microscopio que si Francisca y Petra, sin contar otras amigas en el mismo caso, no llegan a casarse, serán ciertamente solteronas involuntarias, recalcitrantes del celibato. Es igualmente visible a simple vista que si Genoveva y yo no nos casamos, pasamos inmediatamente a la categoría de solteronas voluntarias. Lo que es menos claro es lo que pasa con las solteronas llegadas.
--¿Llegadas a qué?--preguntó el cura abriendo los ojos interrogadores detrás de las gafas.
--Llegadas al pleno esplendor del celibato, a la completa y profunda posesión de su yo personal.
--¡Vaya! si empiezan ustedes con eso del «yo personal»--protestó la abuela,--van a decir, ciertamente, muchas tonterías... Estamos perdidos.
--No tanto como usted cree--respondió vivamente el cura.--Si he comprendido bien--continuó dirigiéndose a mí,--querría usted saber cómo se distingue una solterona voluntaria de una forzosa, cuando ambas son de cierta edad...
--Eso es, señor cura, enteramente eso.
--Entonces--replicó el cura sonriendo a medias,--se tiene ya la murmuración del pueblo como base de información...
--¡Oh!--protesté vivamente, un poco conmovida por semejante frase.
--No deja usted de saber--prosiguió con acento burlón más marcado,--que la señorita X, que tiene sesenta años, tenía una vocación pronunciada por el matrimonio; que la señorita Y, de cinco años más que ella, tuvo un amor desgraciado segado en flor; que la señorita Z, de unas cuantas primaveras menos, asustó a sus pretendientes por su mal carácter; que ésta no tenía dote; que aquélla tenía demasiadas pretensiones, etc., etc.
--Sí, señor cura, se pueden, en efecto, conocer las hablillas; pero sé por mí misma lo que valen los chismes de una población pequeña, para darles ninguna fe. Eso es la fábula, y yo querría la historia.
--Veo--respondió el cura riéndose,--que no ha olvidado usted la conversación que sorprendió en la víspera de cierta fiesta...
Yo también me reí, pues sabía que la abuela le había contado de cabo a rabo mi escena de la Catedral.
--Comprendo ese rencor--continuó el cura.
--He perdonado, señor cura.
--Muy bien; digamos entonces su memoria. El consejo de referirse a las hablillas corrientes ha sido una broma; nada más falso, con frecuencia, ni más malo siempre. Hay, por otra parte, un medio muy sencillo de formular el distingo que usted busca. Cuando, por ejemplo, ve usted en el mundo una madre de familia cuidadosa de sus deberes, celosa de su dignidad, buena esposa, buena madre, y adicta de una manera absoluta a aquel cuyo nombre lleva, ¿qué piensa usted?
--Que está dentro de su vocación, señor cura.
--Tiene usted razón.
--¡Bonitas cosas dicen ustedes!--exclamó la abuela con repentina energía...--¿Qué cree usted entonces de esas malas cabezas que hacen la desgracia de su matrimonio?... ¿Que no están dentro de su vocación?... Entonces, esa vocación... Señor cura, me hace usted ruborizarme...
--No hay por qué, señora--respondió el cura con un dejo de impaciencia.--Esas malas cabezas, están, sin duda, en su vocación. No se han engañado más que en la línea general que convenía tomar, puesto que estaban hechas para el matrimonio; lo que les ha faltado es el marido que les convenía. Hay mala cabeza con un marido que podía ser una mujer perfecta con otro. Hace usted más el proceso del matrimonio moderno que el del matrimonio en sí mismo, ¿sabe usted, señora?
--Cómo me espanta ese matrimonio en que ninguno de los dos se conoce--murmuré estremeciéndome...
--No hablemos de matrimonios--exclamó el cura.--Estamos en el celibato, hablemos de él... No tenemos más que transportar a las solteronas las cualidades de bondad que admiramos en la mujer casada, para darnos cuenta si está o no en su vocación.
--Eso es muy fuerte--protestó la abuela indignada.--¿Hay, pues, ahora una vocación del celibato?...
--Puede ser--dijo el cura sonriendo. ¿Qué es la vocación sino la atracción que sentimos por una vida especial?... ¿Podemos negar que ciertas almas tienen una simpatía particular por el celibato?
--Pero eso es abominable--exclamó la abuela con espanto.
--No, no tanto como usted supone--respondió el cura un tanto malicioso.--Lo que estoy exponiendo en este momento son las ideas nuevas. Ahora bien, estando casi admitida la vocación al celibato, se puede decir de un modo general que toda solterona agria, malévola y malhumorada es una solterona involuntaria. No le ha faltado más que el matrimonio para hacer de ella una mujer encantadora, puesto que _a priori_, toda mujer debe ser encantadora...
--Sin embargo, señor cura--repliqué sin recoger la alusión a mí contenida en las últimas palabras,--esa mujer ha podido atravesar pruebas que hayan transformado su carácter...
--No creo que tales causas puedan producir ese efecto. La desgracia eleva a las almas hermosas y no abate más que a los caracteres débiles. Conozco solteronas para quienes la vida ha sido muy dura, y son mujeres casi perfectas. Así, cuando encuentro a una de esas solteronas buena, servicial, contenta con su suerte, benévola en sus juicios y caritativa en palabras y en obras, pienso siempre con satisfacción: He aquí un alma en su vía... Qué rica naturaleza...
--Pero entonces--interrumpí prorrumpiendo en una carcajada muy poco reverente,--si lo que usted dice es exacto, como lo moral influye en lo físico, no hay más que mirar a las solteronas para distinguir la voluntaria de la que no lo es... Una fisonomía animada, una mirada de bondad, una sonrisa satisfecha y una conversación amable, deben ser la característica de la soltera por vocación...
--No tan de prisa--exclamó el cura.--¿Qué hace usted de la enfermedad, que cambia la animación en tristeza, sobre todo en las nerviosas?... ¿Qué de la sordera que ensombrece la mirada y le da una expresión inquieta?... No hay que ser tan categórico. El buen fruto se distingue del averiado por las palabras y los actos. Además, entre las solteras voluntarias y las que no lo son, hay que colocar a las resignadas.
--¡Ah!--dije interesada,--¿en qué se puede reconocer a éstas; en el color de sus cintas, en la flor de sus sombreros, en la armonía de su traje?...
--No--respondió el cura, divertido por mi interés.--Se las conoce... ¿cómo diré yo?... en su resignación, qué diablo... Son blandas, grisáceas, dulces y borrosas. Son más bien cuadros despintados que mujeres de edad...
--Sí, comprendo, señor cura--dije conteniendo la risa,--son las «Flácidas» de la corporación...
Un ruido de pasos, una puerta que se abre, y nuestra conversación queda interrumpida. Celestina, con su voz especial de los jueves--se anuncia todavía en casa de la abuela,--anunció:
--La señorita Sarcicourt.
El cura me echó una mirada rápida que significaba: «Va usted a estudiar en lo vivo.»
Aprovechando las efusiones a que se entregaban la abuela y la señorita Sarcicourt, el padre Tomás se retiró, con gran desesperación de aquellas señoras, que querían retenerle.
--¡Oh! señor cura, soy yo quien le echa... Qué lástima...--murmuraba la señorita Sarcicourt haciendo monadas.
--Nada de eso, nada de eso--respondía el cura, que no entendía de finuras...--Me voy porque me voy... Buenas tardes... Adiós, señoras.
Acompañé al cura hasta la puerta, y sus últimas palabras fueron:
--Sobre todo, no falte usted a la caridad...
Cuando volví al salón, la conversación era ya animada. La de Sarcicourt estaba dando a la abuela una receta exquisita para hacer el _pudign_ con fresas. Volví a ocupar mi puesto, sin intervenir en la tal receta, y me divertí en observar a la señorita Sarcicourt, como si no la hubiera visto nunca.
Unos sesenta años. Alta, flaca, después de haber sido delgada, la señorita Sarcicourt carece de proporciones en lo alto de su larga silueta. Tiene una cabeza de pájaro en un cuello de jirafa. Su cabeza está siempre cubierta con un vasto sombrero de plumas desmayadas, que se agitan en cadencia a cada una de las palabras que pronuncia. La fisonomía de la buena mujer es más bien simpática, sus frases son bastante benévolas y sus recetas culinarias, en las que sobresale, son exquisitas. Los ojos azules, que fueron hermosos, según asegura la abuela, y la sonrisa, que debió de ser encantadora, son, por el momento, los primeros muy tiernos y la segunda profundamente melancólica. Se ve el alma no comprendida a la que ha faltado el alma hermana para ser dichosa... ¡Pobre señorita Sarcicourt!...
La clasifico inmediatamente y la clavo con un alfiler en mi colección: «Resignada en toda la línea. Inútil profundizar. Alma grisácea, dulce, borrosa, cuadro despintado...»
Iba, sin embargo, a escuchar la conversación comenzada para comprobar mi impresión con todo conocimiento de causa, cuando Celestina introdujo nuevas visitantes:
--La señorita Bonnetable.
--La señora y la señorita Dumais.
De un salto estuve en los brazos de Francisca y le expliqué en dos palabras mi estudio del natural y mi deseo de no tomar posesión aquella tarde del rincón de las malas cabezas. Francisca me echa una mirada de pesar, lanzando un suspiro hacia nuestro querido biombo, y un gesto hacia la señorita Bonnetable. Mi amiga se inclina con su gracia habitual ante la abuela, que la besa en la frente, y va a sentarse a mi lado después de haber yo saludado a las recién llegadas y preguntado por Pomme, la gata favorita de la señorita Bonnetable, y por Loustic, su perro.
La Bonnetable no se parece en nada a la Sarcicourt, de la que es casi contemporánea. Pequeña y corta, la primera parece un tambor mayor con las piernas cortadas, pues goza de una estatura desmesuradamente larga, con relación a los miembros inferiores. En pie es una enana; sentada parece inmensa. Su voz, retumbante, hace eco en todos los departamentos que tienen la suerte de recibirla; habla alto y firme y no admite que se discuta con ella. Sus palabras adquieren así una importancia capital, y todos la escuchan con respeto. Pero si cuando habla sabe tomar aspecto de maza, cuando se calla es todavía más aterradora; su silencio es de plomo.
--¿Qué hay de nuevo, señoras?--preguntó en cuanto estuvo sentada.--Supongo que sabrán ustedes que la doncella de la Courtin deja a su ama...
--¿De veras?--exclamó la señorita Sarcicourt.
--Es un desagradable acontecimiento para esa buena señora de Courtin...
--¡Buena!... ¡Buena!...--replicó la Bonnetable, ya a la defensiva.--Si lo que se dice es verdad, la de Courtin no tiene nada de buena...
--Me asombra usted--exclamó la de Dumais.
--Figúrense ustedes, señoras...
--La señora y la señorita Aimont--anunció Celestina en este momento.
Corrí a recibir a Paulina, una de mis buenas amigas, y la coloqué al lado de Francisca, después de haberme inclinado delante de la de Aimont, que me respondió con un vigoroso _shake-hand_.
Muy amable y jovial la señora de Aimont. No tiene más que un sueño: casar a su hija... Pero Paulina tiene 10.000 pesos de dote y cree que con esa suma puede conquistar un yerno en una posición fantásticamente hermosa. Lo que la de Brenay y Petra sueñan en aristocracia o en dinero, la de Aimont lo desea en posición. No tiene más que estas palabras en la boca:
--Mi hija se casará con una posición.
Si se la incita un poco, se la obliga a precisar:
--Mi hija no se casará más que con un forastero. En Aiglemont no hay posiciones...
Todos aquí compadecen a esta pobre muchacha destinada a casarse con un forastero. Es cosa corriente, como un proverbio, que no hay en Aiglemont ninguna situación digna de la señorita Aimont, y la interesada, que es de mi edad, no es pedida con frecuencia en matrimonio. Los que pudieran arriesgarse no se atreven, y los que serían aceptados no se presentan.
Paulina sufre con invariable buen humor los inconvenientes de tener una madre demasiado ambiciosa y acepta por adelantado la famosa posición venidera. A todo lo que dice su madre, responde dócilmente:
--Sí, mamá.