Chapter 6
--He recibido hace un momento--prosiguió la abuela,--una esquela de nuestro notario y amigo el señor Boulmet, que me ruega que le reciba a las dos. No me oculta que su visita tiene por objeto un proyecto de matrimonio...
--¡Oh! no, no--exclamé con espanto.--¡Ah! San José...
--He dicho un proyecto y no un matrimonio... Te dejo absolutamente libre de resolver lo que te acomode, pero quiero...
La abuela puso en esta palabra toda su energía.
--...Quiero que estés presente en la entrevista. A los veinticinco años debe una mujer decidir ella misma su vida... Te prevengo que no toleraré más que te sustraigas a la menor petición de matrimonio como lo has hecho hasta hoy.
--Pero abuela--repliqué victoriosa,--sabes que no estaré libre a las dos. La señora de Dumais y Francisca van a venir a buscarme para ir a paseo, de modo...
--Escribe dos letras a Francisca para excusarte--respondió la abuela con su tranquila firmeza de los grandes días.
Cuando la abuela se expresa así no hay más que obedecer, y así lo hice.
A las dos en punto, el señor Boulmet, tieso y atildado como de costumbre, entró en el salón bajo la poco benévola mirada de Celestina, que sospecha evidentemente algo. Habitualmente encuentro muy bien al señor Boulmet, pero hoy me es sencillamente odioso...
Su cráneo desnudo me parecía el receptáculo de un mundo infinito de malos pensamientos; aquellas dos cositas brillantes que esconde bajo sus anteojos de oro despedían para mí fulgores satánicos, y hasta su bigote gris, de aspecto ordinariamente bondadoso, tomó a mis ojos una significación agresiva. Hízome estremecer su perfecta levita negra abierta sobre una correcta corbata, y el alto cuello en que el señor Boulmet aprisiona las gracias conquistadoras que le quedan, me pareció una alusión directa a la dicha del matrimonio.
El señor Boulmet me conoce demasiado bien para no echar de ver que su visita, o más bien, su objeto, me entusiasmaba poco.
--Ea, Magdalena--me dijo después de los primeros cumplimientos,--no ponga usted esa cara tan triste. Qué diablo, un matrimonio no es un entierro...
--Casi--exclamé dando un suspiro.
--Entonces--preguntó el notario volviéndose hacia la abuela,--¿la conversión no se ha verificado?...
--¡Ay!--murmuró la abuela.
--Es muy singular--siguió diciendo el señor Boulmet.--¿Querrá usted creer, señora, que su nieta de usted no es una excepción y que existe esta antipatía por el matrimonio en una gran parte de mi clientela?... Así como las jóvenes sencillas y sin gran instrucción ni dote parecen entusiasmadas por el matrimonio, las dotadas de talento y fortuna manifiestan respecto de él una frialdad significativa.
--Semejante disposición huele a feminismo--dijo la abuela pensando todavía en la conversación del cura con la de Ribert.
--¡El feminismo!... ¡El feminismo en Aiglemont!--exclamó con horror el Señor Boulmet.--Me deja usted estupefacto, señora... Después de todo--añadió volviendo a tomar su aspecto profesional,--tengo tan poco tiempo para ocuparme en semejante cuestión, que me dispensará usted si me declaro incompetente.
--Sí, lo comprendo--respondió la abuela.--Pero dígame usted, entre nosotros, ¿qué piensa usted de estas jóvenes de hoy?
--Que son muy viejas para su edad.
--¡Gracias a Dios que encuentro alguien de mi opinión!--exclamó la abuela triunfante.
--Sí, confieso que estas cuestiones nuevas me confunden un poco y trastornan también mi estudio... Tenemos menos contratos de matrimonio y, sobre todo, menos buenos contratos... Es muy deplorable... Sé que habitamos en un clima templado y que éstos son especiales para las solteras...
--¿Por qué?--pregunté interesada por mis queridas solteronas.
--Porque la acción del clima influye en el desarrollo de la vida de familia y en el temperamento personal.
--¿Cómo?--pregunté con emoción y sorpresa.
--Porque las ideas más serias... una naturaleza más fría... y una gran dificultad para los cuidados materiales son las causas de esta propensión al celibato.
--¡Gran Dios! hacia los polos eso debe de ser un ideal...
--No--respondió el notario sonriendo por mi ardor.--En los países muy fríos las dificultades de la vida son tales y los rigores del clima tan implacables, que la gente se casa con entusiasmo por motivos opuestos a los que hacen de los meridionales celosos partidarios del matrimonio. Allí se necesitan los unos a los otros, y la existencia de una solterona...
--Sería un escándalo--añadió la abuela contenta al ver que había en la tierra numerosas personas sensatas.--Pero--continuó,--no nos extraviemos... Magdalena me ha prometido escuchar cuerdamente la proposición que nos hace usted el honor de trasmitirnos. Cuento con su razón y con sus sentimientos para hacerle comprender que tiene algo mucho mejor que hacer que permanecer solterona...
--Evidentemente--exclamó el señor Boulmet.--Una joven tan bonita, tan inteligente, tan instruida... Una mujer superior...
--Señor Boulmet--dije en tono de súplica, ofendida por unos cumplimientos que tomaba por una burla.
--Con tan hermoso dote--prosiguió nuestro notario,--sería una lástima... Su boda de usted sería para mí la ocasión de uno de mis mejores contratos.
Después sacó una cartera, cogió unos papeles y siguió diciendo:
--Vean ustedes la proposición que vengo a comunicarles. Mi colega de Plany en Val me escribe que está encargado por uno de sus clientes de encontrar una joven de buena familia, de 22 a 26 años, bonita, seria, bien educada y perfecta dueña de su casa, que tenga tanto en dote como en esperanzas...
--¡Oh!--exclamé con indignación.
--¿Qué hay?--me preguntó el notario muy tranquilo.--Acaso la palabra esperanzas... Es el término corriente.
--Sí--respondí mientras sentía en el corazón un agudo dolor,--es el término para hablar de la muerte de las personas queridas... La esperanza, palabra de alegría y de dicha, se convierte en ciertas circunstancias en sinónima de tristeza y de luto...
Boulmet hizo el gesto vago de un hombre que no puede cambiar nada de las cosas y siguió su relato sin que la abuela hubiese manifestado la menor emoción.
--Decíamos que debe tener, tanto en dote como en esperanzas de cuarenta a sesenta mil pesos; Magdalena me ha parecido que estaba indicada. Los 28.600 pesos que tiene de sus padres y los 20.000 que usted le dejará, la ponen en una bonita situación. Sé que para la mayor parte de nuestros modernos «Arribistas» no será mucho, pero como el joven en cuestión se contenta, todo está bien. Así, pues...
--¿Y el joven?--preguntó la abuela.
--¡Ah! es verdad; olvidaba hablar del joven... Pues bien; ese caballero me parece perfecto. Hasta ahora ignoro su nombre y sólo sé que es un industrial del norte del departamento. Linda fábrica de familia, grandes esperanzas, 31 años, bien parecido, buena salud, bien educado, principios religiosos...
--Perfectamente--exclamó la abuela,--queremos ante todo principios religiosos...
--Tiene actualmente 40.000 pesos de capital y gana un año con otro de cuatro a cinco mil pesos.
--Soberbio--exclamó la abuela encantada.--¡Oh! querido amigo, qué agradecimiento...
--Tiene un automóvil, caballos, coches...
--¡Dios mío! qué hermosa vida puedes hacer... Veamos, responde algo, Magdalena.
--Estoy escuchando y espero...
--¿Qué?
--Saber algo del joven.
--¡Cómo! ¿no sabe usted bastante?--dijo el notario sorprendido.--¿Qué más quiere usted saber?...
--¿Cómo es ese caballero?...
--¡Ah! es muy justo--dijo el notario tomando de su cartera otro sobre.--Vea usted su fotografía...
Y dándosela a la abuela, esperó el resultado del examen.
--No es feo...--exclamó la abuela acercándose y retirándose la fotografía a los ojos para ver sus diversas expresiones.--Me gusta esta expresión enérgica, esos ojos francamente abiertos, esta boca medio sonriente... Tiene hermosos cabellos... y buen bigote... Sí, no es feo... Mira, Magdalena.
No eché más que una ojeada a la fotografía, que representaba, en efecto, un buen mozo. Para mí importa tan poco el físico en la cuestión del matrimonio, que no me fijé gran cosa en las facciones de aquel señor que me ofrecían como pudieran ofrecerme otra cosa.
--Ha comprendido usted mal, caballero--dije al notario devolviéndole su fotografía.--Preguntaba cómo era moralmente ese caballero, el señor X... hasta más amplia información.
--No tiene ningún vicio--afirmó redondamente el notario.--Si fuese jugador, mujeriego o borracho, mi colega de Plany no me lo recomendaría tan eficazmente.
--Seguramente--apoyó la abuela muy satisfecha.
--¿Constituye, pues, una cualidad el no ser jugador, mujeriego, ni borracho?--pregunté.
--No, no, no digo eso; pero, en fin, así se tiene la seguridad de que no hay tacha.
--¿Tiene corazón?--pregunté sencillamente.
--¿Corazón?--dijo el notario sorprendido.--Creo que sí; todo el mundo posee en el pecho una víscera de ese nombre.
--¿Se le conocen sentimientos generosos?...
--Diablo, diablo... Eso no lo sé; lo supongo...
--¿Ha sido bueno con su familia?... ¿Es humano con sus obreros? ¿Se ocupa de ellos?...
--¿Cómo diantre quiere usted que yo lo sepa?
--¿Le gusta la música?... ¿Se interesa por la literatura?... ¿Sabe hablar?... ¿Es de los que tienen en la boca más que historias de caza o chismes de política?...
--¡Demonio!--exclamó el digno notario.--Esto no es una proposición de matrimonio; es un examen...
--Sí--respondí sonriendo;--es un examen. El matrimonio es cosa bastante seria para que desee no casarme solamente con una cara y una fábrica. Al lado de los hechos exteriores hay muchas cosas pequeñas que revelan a un hombre. Esas cosas pequeñas son las que yo quisiera conocer...
--Precisamente estoy encargado de solicitar el favor de una entrevista y...
--¡Oh! todavía no--respondí con espanto.--No estoy decidida a tomar en consideración este proyecto, pues no puedo admitir la posibilidad de confiar mi vida a un desconocido.
--Ya le conocerás y le amarás--dijo la abuela con fuego.
--No, abuela, no te hagas ilusiones--objeté moviendo la cabeza.--Entre algunas de mi generación y la generalidad de la tuya hay un mundo de distancia... Vosotras os casabais a ciegas y el amor venía después o no venía. Yo quiero saber con quién me caso. Quisiera conocer a ese elegido, escogerle entre todos y, sobre todo--añadí más bajo,--quisiera amarle antes de casarme, pues después... tendría miedo de que no ocurriera tal cosa...
--¡Dios mío! qué niñería en una cabeza de veinticinco años...--gimió la abuela.--¿Comprende usted, amigo, el estado de alma de estas jóvenes instruidas y razonadoras?
--Puede ser--dijo el notario ligeramente pensativo.--Magdalena tiene alguna razón.
--¿Verdad, caballero?--dije con confianza.--La abuela encuentra extraño que yo no manifieste gran simpatía por el matrimonio... Le aseguro a usted que preferiría mil veces permanecer soltera...
--Es sabido--respondió la abuela en tono seco poniéndose las manos en los oídos para no oír el resto.
--...Antes que hacer una boda como las que veo todos los días... No quiero arreglar un negocio, sino asegurar mi dicha.
--Bueno, pero, una entrevista...--propuso el notario.
--Sí--dije con amargura;--una entrevista en la que los dos estaremos tiesos y falsos iluminará enormemente mi juicio...
--En fin, di adónde vas a parar--exclamó la abuela violenta.--El uso quiere que las cosas se hagan así...
--El uso sí, abuela--respondí dulcemente,--pero la prudencia...
--¡La prudencia!... ¡Eres tú la que habla de prudencia!... No sabes lo que dices... En fin--dijo al señor Boulmet,--dejemos a esta razonadora reflexionar hasta el primero de noviembre. Hasta entonces, usted será tan bueno que tomará los informes complementarios, pues espero que Magdalena consentirá, por darme gusto, en aceptar esta entrevista... Sería una locura el rehusar tal situación...
--Sí--confirmé políticamente al notario,--la situación es tentadora, pero el hombre...
--¡Bah!--respondió bruscamente el notario levantándose para despedirse.--La situación vale lo que vale el hombre...
--Es cierto--confirmó la abuela con seguridad.--Ese caballero me es muy simpático.
--A mí no--respondí por lo bajo, mientras la abuela daba unos pasos para acompañar al notario llenándole de testimonios de agradecimiento.
En cuanto desapareció, la abuela se me acercó bruscamente.
--Y bien Magdalena--dijo con ternura,--reflexiona, te lo suplico... Piensa que puedes darme una gran alegría...
Apoyada en la abuela, que me tenía abrazada y bien apretada contra ella, prometí todo lo que ella quiso... Tengo, pues, seis días para descubrir si quiero o no ver al señor X...
¡Ah! llévese el diablo al señor X... y al notario con él... San José ha escuchado demasiado bien a la abuela...
28 de octubre.
La abuela afecta una expresión de absoluta seguridad. Celestina, que sospecha alguna cosa, me mira con lástima, y esta mañana llegó a decirme mientras la abuela estaba en misa:
--No tenga usted miedo, señorita; San Pablo va a sacarla del mal paso.
--¿Qué quieres decir?
--No estoy ciega--respondió mi vieja Celestina, y su cara tomó una expresión de astucia tan intensa, que tomé el partido de reír sin pedir otra explicación.
Estoy muy contrariada, y Celestina lo ve muy bien. Paso los días y las noches en las más serias reflexiones y no llego a decidir si quiero o no ver al señorito X...
Para complacer a la abuela, me siento muy capaz de decir sí, y aceptar la entrevista.
Para complacerme a mí misma, me siento igualmente capaz de gritar no, y no aceptar nada.
Cambio de opinión cada cinco minutos, lo que no es para llegar a una solución.
Los estudios que he hecho en estos últimos tiempos sobre las solteronas, unidos a la intervención del padre Tomás, me ilustran asombrosamente. Hasta ahora no lograba comprender por qué me era tan indiferente el matrimonio y, al ver el espanto de la abuela, llegaba a creerme un ser desequilibrado. Ahora estoy tranquila. Veo muy bien que esta indiferencia que yo tomaba por una cosa anormal y alarmante no es más que el resultado de la educación que he recibido y el fruto de una evolución que todo el mundo echa de ver.
No sé si esto es feminismo; pero, en todo caso, mis reivindicaciones son modestas. Quisiera solamente que la sociedad cambiase la manera de casar a las jóvenes y la hiciese más conforme con la educación que recibimos. Si se nos educa con cuidado, si se trata de aumentar el número de nuestras cualidades y de disminuir el de nuestros defectos, si se nos da una educación cuidada y una instrucción extensa, si se nos inicia en el culto de la belleza en todas sus formas, si, sobre todo, se nos forma una voluntad y un juicio personales, ¿es para arrojarnos sin más miramientos en los brazos del primer individuo que pasa?...
Evidentemente, hay en esto una flagrante contradicción.
Para aceptar un matrimonio de este género era necesario que nos preparase a él una educación especial, la de otro tiempo. Entonces se formaban generalmente «tipos flácidos,» como dice el presidente Roosevelt, de esos tipos propios para recibir cualquiera impresión. En cuanto se les presentaba un marido, las jóvenes de ese tipo le aceptaban con los ojos cerrados. El mundo, las conveniencias, la familia y la razón querían ese matrimonio, y era imposible resistir a tales argumentos.
Ahora se ha hecho una revolución.
Si hay todavía jóvenes del tipo «flácido,» las hay que han aprendido a bastarse a sí mismas y, por consecuencia, a pasarse sin el apoyo de un marido.
Esas jóvenes, lejos de ser figurantes, según la graciosa expresión del padre Tomás, se sienten capaces de ocupar en su hogar una categoría equivalente a la de su futuro marido. Sin pensar en destronarle y conservándole las señales exteriores del respeto conyugal más completo, quieren ser amigas, consejeras, confidentes, y no simples criadas solamente admitidas al honor de remendar los calcetines del señor o de presidir al buen orden de las comidas.
Los seres modernos que nos hemos vuelto, las personalidades perfectamente vivientes que se mueven en nosotras, no pueden ir con entusiasmo al matrimonio tal como le comprenden las costumbres provincianas estrechas y desconfiadas, malévolas, celosas y tiránicas.
Sería, pues, preciso tener la facultad de recibir en nuestra casa al joven con quien pudiéramos casarnos y llegar así por el conocimiento al amor. Pero esto está terminantemente prohibido. Recibir jóvenes en una casa donde hay muchachas sin hermanos, sería exponerse a perder la buena reputación y atraerse toda clase de molestias mezcladas con las más estúpidas observaciones.
Mi asunto, pues, es claro.
Si quiero complacer a la abuela, no tengo más recurso que el flechazo. Ver a un caballero, vislumbrarle tan sólo, y enamorarme de él; esto es lo que necesito...
¡Si yo pudiera sentir y razonar como Francisca y Petra no tendría dificultades!... Pero nunca, jamás podré ver un salvador en un marido.
¿Qué hacer?... ¿Negarme a la entrevista?... La verdad es que me dan buenas ganas...
31 de octubre.
Mucho la mujer varía, Loco quien de ella se fía...
La sabiduría de las naciones habla en este momento por mi boca, sin que mi propia sabiduría la contradiga... Al contrario.
Encuentro tonto el ir así en contra de todo lo que siento; y sin embargo, por complacer a la abuela, primero, y por otro motivo después, acepto la entrevista... Me encojo de hombros por adelantado, pero lo hecho hecho está. Resignémonos a la aventura...
Esta mañana, en la Catedral, mientras esperaba mi vez para confesarme y estaba meditando sobre los proyectos de la abuela, preguntándome si debía confiarme o no a mi confesor, fui distraída de mis pensamientos por un murmullo molesto. Volví discretamente la cabeza para darme cuenta de lo que pasaba, y vi con terror que me había colocado justamente delante de las dos peores lenguas de Aiglemont, dos solteronas, naturalmente. Confieso que mi amor a las solteras se alía muy bien con un justo conocimiento de los defectos de algunas de ellas. Entre muchos ángeles hay algunas víboras. Estaban éstas aguzando sus aguijones a costa del señor cura, del vicario de semana, de cierta capilla mal arreglada, etc.
No presté al principio gran atención a lo que se decía tan cerca de mí y me contenté con experimentar una fuerte distracción representándome la fisonomía feliz de mis dos charlatanas. Sus ojos chispeaban ciertamente de malicia bajo los párpados devotamente bajos y la sonrisa de sus delgados labios debía de ser agria. No pude menos de volverme ligeramente para contemplar el delicioso cuadro que mis falsas santas ofrecían a las miradas del prójimo... Tan ocupadas estaban con sus chismes y tan expertas eran en disimularlos, que no vieron mi movimiento y pude impregnar los ojos a mi gusto en su exquisita hipocresía. Sus palabras me llegaban ahora distintamente:
--¿Quién se confiesa tan largamente?
--La de Bormel.
--Mucho tiene que decir... Mire usted... agita los pies... No parece que está muy a sus anchas...
--Lo creo... Si confiesa la mitad de lo que tiene de qué acusarse, tendrá para toda la mañana.
--¡Es posible!... Es verdad entonces lo que se dice...
--Vaya si es verdad.
--¿Está usted segura de que el capitán Clarmont?...
--Está todo el día metido en su casa...
Púseme en seguida de rodillas para no oír la continuación de la historia, que prometía ser picante aunque poco a propósito para castos oídos. Traté de reanudar el curso de pensamientos más serios, pero me fue imposible... Apenas me había vuelto a sentar el murmullo llegó a mí más fuerte.
Es el cuarto sombrero desde el mes de junio.
--¿De veras?
--Como usted lo oye, querida... Tiene una rosa, otro negro y otro encarnado... El que usted ve es el encarnado... Es indigno de una joven...
Alcé los ojos para contemplar a mi vez el famoso sombrero indigno, y me vi en la sombra de la capilla el perfil de Francisca Dumais debajo del sombrero incriminado. ¡Pobre Francisca! Era de ella de quien hablaban...
--Con dos mil pesos de dote es vergonzoso ponerse tan maja--siguió diciendo una de las solteronas en un devoto susurro.
--Sí--respondió la otra,--así es como se llega insensiblemente a la perdición... Esa chica de los Dumais tiene la simiente de las malas personas.
Hice un esfuerzo para no oír más y hasta tosí con furor. Las habladoras siguieron impertérritas.
--¿Qué le pasa a la chica de Gardier?... Hace un ruido... Es casi indecente...
--Es que se da importancia--respondió la otra por lo bajo...--Piense usted, querida, que el señor Boulmet, el notario, se está ocupando de casarla...
--¿Hace mucho tiempo?
--Me han dicho que estuvo en casa de la señora Sermet, la abuela de esta chica, el sábado último... Entró a las dos y salió a las tres y trece... Ya comprende usted...
--¡Digo!... la buena señora estará muy contenta porque se va a desembarazar de su nieta.
--Lo creo... parece que la muchacha le da una guerra... Tiene un carácter infernal y no hace más que lo que se le antoja...
--No me extraña, porque está muy mal educada.
--Como todas las jóvenes de ahora. ¿Querrá usted creer, amiga mía, que esa chica no quiere casarse?
--¿Es posible?... No me gustan nada tales ideas... ¿Y es seria esta farsante?
--No lo creo.
--Ya decía yo... Habrá probablemente algún oficial bajo cuerda...
Estaba yo tan indignada que me quedé incapaz de todo esfuerzo de voluntad.
¡Cómo!... Yo doy guerra a la abuela, tengo un carácter infernal y, por añadidura, no soy seria... La cosa era fuerte.
Detrás de mí seguía el susurro, pero con pausas. Bien necesitaban tomar aliento... Al cabo de unos instantes las dos buenas almas echaron de ver probablemente que no estaban nada edificantes o se les acabó el asunto de la conversación.
--Querida--dijo una de ellas,--me está usted distrayendo.
--Es verdad--confesó la otra,--y voy a rezar humildemente un diez del rosario para pedir perdón a Dios.
Se puso de rodillas y sentí pasar por mis cabellos su aliento de víbora. Yo también me arrodillé para evitarlo. Estaba furiosa.
En la calma de la capilla apenas iluminada por el resplandor rojizo que entraba por los vidrios, me sentía irritada y nerviosa. Quería rezar y no podía... En vez de formular actos de contrición no hacía más que repetir:
--Estúpidas, perversas, ridículas... ¡Estas solteronas!...
Mi imaginación excitada no tenía en cuenta el sitio en que estaba; y en la sombra del altar, apenas visible entre los fieles, me parecía ver levantarse la silueta de la abuela que me gritaba:
--Ahí tienes lo que tú serás si te obstinas en tus ideas de celibato...
¡Oh! no, no es así. A Dios gracias, no todas las solteronas tienen la devoción llena de hiel ni son tan falsas y mordaces. Si hay entre ellas frutas podridas, no lo están todas, por fortuna, y las hay sanas y agradables de saborear en las relaciones cotidianas... Los pensamientos se agolpaban en mi pobre cerebro y me hacían sufrir. Me preguntaba lo que valen a los ojos de Dios las oraciones de esas malas almas... ¿Las escucha?... ¿Las perdona cuando por toda reparación pasan unas cuentas del rosario creyendo que eso basta para expiar una calumnia o una maledicencia?...
Empezaba a sentirme muy severa para todas esas faltas y sus autoras, cuando me llegó la vez de confesarme.
* * * * *
Las buenas palabras del cura me repusieron tan pronto como las otras me habían desequilibrado. Encontré por milagro mi serenidad habitual y perdoné por completo a mis detractoras.
En cuanto entré en casa corrí al cuarto de la abuela y le dije que estaba decidida a hacer lo que ella deseaba. Le di la segunda edición de la conversación de mis charlatanas esperando un gran acceso de indignación, pero no hubo nada de eso. La abuela sonrió con perfecta tranquilidad.
--¿Tienes la pretensión, Magdalena, de reformar las cabezas y las lenguas?
--De ningún modo, abuela.
--Entonces, hija mía, ¿qué te importa?
--Me subleva oír hablar mal de todo el mundo... y en la iglesia sobre todo.
--Dios está en todas partes--respondió la abuela,--y ofenderle aquí o allá siempre es ofenderle.