Chapter 5
Algunas veces era una delicada niña de púdica sonrisa; con frecuencia era la esposa de algún caballero renombrado, pero ni una sola vez, que yo sepa, se la encuentra bajo las facciones de una honrada y casta solterona. El estado neutro de que hablaba el Papa no está muy en honor ni en el mundo eclesiástico ni en la sociedad seglar. Preciso es añadir, por otra parte, que el enorme éxito de lo que se llamaba tan exactamente «cortes de amor» no era para fomentar el estado de virginidad ni para darle muchos elogios. El espíritu caballeresco, basado en el amor, debía ser hostil al celibato, y todas sus adoraciones y homenajes se dirigían a aquellas que, lejos de estar armadas contra los sentimientos tiernos, sabían animarlos graciosamente.
La caballería, a pesar de la aureola con que ha llegado hasta nosotros, no se alimentaba exclusivamente de flores azules cogidas en el país del ideal. Práctica y dura, apreciaba muy bien las especies contantes y sonantes o los hermosos dominios dorados por el sol.
El sistema feudal, al privar a las hijas de toda fortuna, aumentó considerablemente el número de las muchachas pobres y, por consiguiente, imposibles de casar, pues en aquel noble tiempo de sentimientos caballerescos hacía falta un dote para conquistar un marido. La historia no nos dice si bardos o trovadores consagraron a este asunto, sin embargo tan interesante, sus versos y sus melodías. Es de creer que ni unos ni otros hubieran logrado transformar una sociedad que exaltaba a la mujer y buscaba el dinero.
La nobleza y la burguesía, encontrando la mayor facilidad para desembarazarse de las hijas sin soltar dinero, preferían darlas sin dote al convento a dotarlas para casarlas.
Pero las dificultades de la vida se acentuaban para las jóvenes casaderas y para los conventos que las servían de refugio. El número de monjas obligadas crecía hasta tal punto, que ciertas casas faltas de recursos tuvieron que recurrir a la bondad real para obtener algunas larguezas. Luis XIV permitió a algunas comunidades aceptar dotes a condición de que se dedicasen a la instrucción profesional de las hijas del pueblo. Pero con esta ocasión se renovaron los antiguos edictos para los conventos ricos con agravación de las penas para los infractores. El Parlamento de París castigó a las religiosas de la Virginidad por haber medido una vocación «más al peso del metal que al del santuario.»
La sociedad meticulosa de la época prefería la desgracia de sus hijas en un claustro, a su dicha relativa en el mundo, en el que no se admitía el celibato. Las conveniencias lo mismo que el espíritu religioso de la época se oponían a este último partido.
Los predicadores tronaban en el púlpito contra el entristecedor espectáculo del celibato involuntario, y uno de ellos llegó a decir que las hijas solteras que se quedan en el mundo son en él objeto de escándalo y un obstáculo a las buenas costumbres.
¿Cómo, después de esto, atreverse a permanecer solterona? Era necesario tomar el camino del claustro, donde nadie pensaba en averiguar el grado de vocación que llevaba a tantas pobres almas.
Los moralistas hablaban también en favor del matrimonio, demostrando, como Montesquieu, que «cuanto más se disminuye el número de los matrimonios que pudieran hacerse, más se corrompe a los que están ya hechos: cuantas menos personas casadas hay, menos fidelidad existe en los matrimonios, como cuando hay más ladrones existen más robos.»
Y como la causa del matrimonio no avanzaba un paso, se decidió dejar resueltamente a un lado a las jóvenes feas y pobres para dar, al menos, a las que no lo eran un puesto más ancho en el mundo. Un sabio casuista, el padre Bonacina, jesuita, declaraba «exenta de pecado a la madre que desee la muerte de sus hijas sino puede casarlas a su gusto a causa de su fealdad o de su pobreza.»
Con el convento para las unas, el matrimonio para las otras y la muerte para las que no entraban en ninguno de los dos estados, pudiérase creer que en adelante no habría ya esas desgraciadas jóvenes cuya vista producía en la conciencia pública el efecto de un remordimiento. Pero la especie no quiso desaparecer. Al fin del siglo XVIII, el moralista Sebastián Mercier declara que «en todas las casas burguesas de París se encuentran cuatro jóvenes casaderas por una casada.»
Dejé la pluma, pensativa, reflexionando que en provincias, a la hora actual, el matrimonio está por lo menos tan abandonado como en tiempo de Sebastián Mercier, cuando la abuela me arrancó bruscamente de mis demasiado sabias meditaciones.
--Un poco de memoria, Magdalena. Olvida que tenemos que ir esta tarde a ver a la señora de Brenay.
--Es verdad--exclamé,--no me acordaba...
--Las solteronas te hacen perder la cabeza, pobre hija mía... Vamos, despáchate. Voy a ponerme el sombrero y te espero en el salón.
En diez minutos hice el milagro de estar compuesta y acicalada. La abuela, satisfecha, se dignó sonreírme con una benevolencia en la que entraba un poco de inocente admiración.
Pasar de repente de la calma absoluta a una intensa tempestad, es siempre desagradable, y esto fue lo que nos sucedió a la abuela y a mí. Dejamos la apacible tranquilidad de nuestro _home_ y nos encontramos en pleno huracán en casa de los Brenay.
El señor de Brenay, que no parece más que raras veces por su salón, estaba paseándose con agitación febril que sacudía con bruscos movimientos sus bigotes largos y retorcidos. La de Brenay, desplomada en una butaca, parecía aniquilada y olvidaba por completo el cuidado de conservar sus maneras aristocráticas. Petra, muy encarnada y como vergonzosa, estaba mordiendo rabiosamente el pañuelo. Era indudable que caíamos en plena escena de familia. La abuela y yo cambiamos rápidamente una mirada de estupor, pero era imposible retroceder.
El salón de los Brenay, siempre tan animado, tan alegre, tan en armonía con los gustos de los dueños de la casa, me pareció ensombrecido por negras nubes cuando tomé posesión de una silla al lado de Petra. El señor de Brenay, hombre muy corrido, creyó que debía, en cuanto se cambiaron los primeros cumplimientos, ponernos al corriente de lo que motivaba semejante perturbación en su interior.
--Esta democracia...--dijo con un desdén exasperado,--esta democracia es audaz en extremo... ¿Creerá usted, señora, que un teniente de infantería... sin apellido... casi sin fortuna... mil doscientos pesos de renta--¿qué es eso?--se atreve a levantar los ojos hasta mi hija?
--Audaz es en efecto--dijo la abuela en tono de broma.--Un gusano de la tierra enamorado de una estrella...
--Precisamente--exclamó Brenay con acento de aprobación.--El teniente Cotorrac...
--¿Es posible--dijo la señora de Brenay confundida,--que con semejante nombre se atreva a pensar en mi hija?...
--¡Ah!--gimió Petra,--estoy avergonzada... Qué apellido para anunciar en un salón... La señora de Cotorrac...
La desesperación de Petra era tan franca, que reprimí valerosamente toda hilaridad. Y tuve mérito, porque la escena era divertida.
--¡Cállate, hija mía, cállate!... Ese ganapán, ese perdido merecería seis meses de castillo por haberse permitido pensar en ti... ¡Si volviera el antiguo régimen!
--Si se nos permitiese solamente hacer que nuestros criados dieran una buena paliza a esos insolentes...--acentuó la señora de Brenay,--no pasarían estas cosas.
--Dios mío--se atrevió a decir la abuela, bastante divertida en el fondo por aquella tragicomedia.--¿Creen ustedes que el crimen no tiene excusa?... Petra es tan linda y tan seductora...
--Mi hija no debe ser linda ni seductora para quien no es de su clase--gruñó el padre.
--Un pobre diablo puede tener ojos--añadió la abuela,--y hasta corazón... Y si ese pobre diablo es un oficial y tiene mil doscientos pesos de renta... la cosa cambia de punto de vista.
--No cambia nada--exclamó Brenay.--¿Es bien nacido?... No... ¿Tiene fortuna?... No... ¡Ah! el lado vergonzoso del negocio es que ese mozo afirma que está loco por mi hija...
--Papá, por Dios, no repitas semejante cosa...
--¿Y qué?--preguntó la abuela.
--Que es un amor inadmisible--respondió Brenay con su voz más mordaz,--que estoy seguro de que hace estremecerse de horror en sus tumbas a todos los Brenay pasados...
--Sin contar los Mauval a que yo pertenezco,--apoyó la de Brenay.
La abuela se esforzó en vano por establecer que la respetabilidad personal, las cualidades del joven, su sinceridad y su lealtad evidente eran dignas de otra acogida. Ni el señor de Brenay ni su mujer quisieron conceder nada, y Petra, herida en su amor propio, no consintió tampoco en deponer su cólera.
Después de un cuarto de hora de una conversación difícil, cuyo asunto era imposible de cambiar, tan violenta era la exasperación reciente, la abuela se levantó con gran satisfacción mía. Yo, que me complazco mucho habitualmente con la compañía de Petra, fui feliz al dejarla. Tales prejuicios de casta, o de pandilla, como diría Francisca, son tan extraordinarios que me producen el efecto de un gran anacronismo.
--¡Bah!--dije a la abuela, que estaba un poco sublevada con lo que acababa de oír;--supongamos que vivimos en el siglo XVIII en lugar de encontrarnos en el XX, y todo será natural...
--Las enseñanzas de la historia son letra muerta para muchos--murmuró la abuela...--Es curioso--añadió,--el ver cuántas personas inteligentes hay entre nosotros a quienes la historia no ha enseñado nada.
--¡Aprender!... Esa es toda la filosofía de la vida, abuela querida... Pides demasiado.
La abuela, sorprendida, me miró atentamente.
--Acaso tengas razón--añadió cuando se dio cuenta de que era yo quien había hablado.--En todo caso, la pobre Petra está en la dolorosa vía del celibato.
--¡Dolorosa!... no, abuela, muy feliz.
Y para ahorrarme un sermón de la abuela, desaparecí prontamente de su horizonte. Abríase ante mí la puerta de mi casa y me metí en ella más que de prisa.
22 de octubre.
Mis investigaciones van tomando cuerpo... Las solteronas se enredan en una madeja inesperada. Estaba yo gimiendo en mi interior por las dificultades de mi tarea, cuando la Providencia, bajo las facciones del padre Tomás, vino a llamar a la puerta de la abuela. El buen cura deseaba averiguar el estado de nuestras cabezas y el de nuestros corazones.
Apenas entró en el salón, iluminado por un lindo rayo de sol, que aureolaban los primeros fuegos del hogar en un dulce resplandor, cuando llegaron también la de Ribert y Genoveva para informarse del resultado de mis lecturas.
La abuela no reanuda sus días de recibir hasta noviembre, pero acoge con gusto a las personas de nuestra intimidad que se presentan. No cierra su puerta desde julio hasta Todos los Santos más que a los indiferentes que, con pretexto de interés, van a casa ajena a informarse del matiz de las ideas y del aspecto de las caras para inventar historias sorprendentes e inverosímiles.
Me puse tan alegre por aquella doble visita que de buena gana hubiera saltado al cuello del cura y al de la señora de Ribert para manifestarles mi satisfacción. Me indemnicé de la imposibilidad absoluta de hacerlo precipitándome a las mejillas de Genoveva que recibieron cada una dos sonoros besos.
La de Ribert es el vivo retrato de su hija o más bien, ésta es la reproducción exacta de lo que ha debido de ser su madre. El cabello gris de la de Ribert, parece ser el sucesor designado de la opulenta cabellera de Genoveva. Sólo ha cambiado el talle, engruesado por la edad, y, sobre todo, ha venido la enfermedad triste e implacable que la mitad del tiempo clava a Genoveva en la cabecera de su madre, sin que la una ni la otra pierdan por eso una sola de sus sonrisas ni un átomo de su apacible amabilidad.
El padre Tomás, conocido y apreciado por el pueblo entero, lo que no es frecuente en Aiglemont, es también íntimo de los Ribert. El cura sacó en seguida la conversación de las solteronas, ayudado por la de Ribert, apasionada por todo lo que se refiere a la evolución femenina. Es, al contrario que la abuela, enemiga del matrimonio y se dice por lo bajo que su marido, muerto hace muchos años, no la hizo precisamente feliz.
--Y bien, ¿cómo van esos estudios?--dijo el cura con una risa sonora que hizo estremecerse hasta las tenazas de la chimenea.
--Están suspendidos, señor cura.
--¿Por qué?
--Porque no encuentro el lazo que debe unir a la solterona involuntaria de otro tiempo con la de hoy. He llegado casi al fin del siglo XVIII y me falta una Princesa Isabel...
--¡Dios mío!--gimió la abuela,--no se concibe semejante obstinación.
--Sí, señora, ciertamente--respondió el cura con bondad.
Y añadió dirigiéndose a mí:
--Si necesita usted absolutamente una princesa, me parece que la Corte de Luis XVI le ofrece una solterona distinguida...
--¡Qué aturdida soy!--dije con convicción.--Es verdad, olvidaba a madama Isabel, la hermana de Luis XVI...
--Sí, madama Isabel, sin hablar de otras ilustres solteronas. En cuanto al lazo que usted reclama entre las solteronas involuntarias y las voluntarias, existe muy claro. ¿Qué hace usted de la Revolución y del Código de Napoleón?...
--Nada absolutamente, señor cura--dejé escapar a pesar mío.--Esas dos cosas no me dicen nada que valga.
--Pues es un error--respondió el cura.--La Revolución y el Código de Napoleón, por el establecimiento de principios nuevos y por la abolición del derecho de primogenitura, han dado a las jóvenes de las clases acomodadas una independencia real para permitirles vivir como les acomoda. De aquí se deduce...
--¿Entonces, señor cura--preguntó la de Ribert muy interesada,--usted cree que la Revolución y el Código entran por mucho en este temor del matrimonio que manifiestan tantas jóvenes modernas...
--Evidentemente... ¿No se nota ese temor precisamente en la burguesía?...
--Sí, es cierto. Sin embargo...
--No hay sin embargo--afirmó el cura con autoridad.--Desde el momento en que se suprimió el derecho de primogenitura y la mujer mayor, no casada, fue admitida a gozar de sus bienes, se ha desarrollado, por la fuerza de las cosas, el gusto por el celibato voluntario. Abra usted el Código...
--No, no--dijimos en coro,--la cosa no es distraída.
--Pues bien, no le abran. Pero si le abrieran, verían que la mujer soltera es más generosamente tratada que la que se encuentra bajo la potencia del marido. La primera goza de todos sus derechos en cuanto es mayor de edad; la segunda es una eterna menor.
--Pero dije cautivada por la demostración;--entonces usted cree...
--Sin duda, sin duda--replicó el cura.--Es claro que al convertirse la soltera en protegida del Código, el celibato, hasta entonces objeto de aversión, adquiere rápidamente, bajo el imperio de nuevas costumbres, toda la apariencia de una posición escogida.
--Si lo que usted dice es exacto--repuso la abuela olvidando su antipatía por este asunto,--habría que buscar en esa transformación de las leyes el comienzo de otras muchas evoluciones.
--Así lo creo, señora--respondió el cura.--La evolución femenina de que habla todo el mundo, me parece que no tiene otra causa primera. Los cambios de hechos acarrean siempre cambios de ideas, cuando no es el cambio de éstas lo que produce el de los primeros.
--Es curioso, muy curioso--exclamó la de Ribert.--Sin embargo--objetó,--no comprendo bien la importancia extraordinaria que da usted al Código de Napoleón desde el punto de vista femenino.
--Va usted a comprenderlo--respondió el cura, muy contento por la atención de su auditorio.--Por primera vez en la historia de los siglos, la mujer de las clases acomodadas es llamada de soltera a la libre posesión de sus bienes de familia. ¿Cómo quiere usted que tal evolución no traiga consigo otra?
--Es verdad--dijo Genoveva,--todo se enlaza.
--Usted me comprende, señorita Genoveva--dijo el cura con una mirada de aprobación.--La mujer que posee, es naturalmente una mujer que obra y llega a ser por la fuerza de las cosas una personalidad con la que hay que contar.
--¡Qué lejos estamos--exclamé,--de las leyes de Manou, del Génesis y del Corán!... Unas y otras declaraban con una notable unanimidad que la mujer sin marido no era nada y no podía nada...
--Sí--aprobó el cura,--todo está muy cambiado. Las mujeres, que no eran nada en otro tiempo, están a punto de serlo todo, gracias a las solteronas--añadió con malicia.
--¡Todo!--exclamó la abuela.--Las solteronas son entonces, según usted, abominables feministas....
--No, no--respondió el cura divertido por la alarma de la abuela.--Usted exagera... Afirmo sencillamente que la posesión legal de los bienes fomenta en la soltera el desarrollo de su personalidad. Y hay que confesarlo, no se puede creer que el desarrollo de la personalidad en la mujer sea un excelente factor de matrimonio.
--Es verdad--aprobó la de Ribert.--La independencia de bienes provoca la de la voluntad y la de la mente. No querría deducir que la independencia del corazón sigue el mismo movimiento, pues eso traería serias consecuencias. Pero hay una evidente propensión a un individualismo que, como usted dice, está muy lejos del matrimonio.
La abuela no pudo contener una exclamación de horror.
--Sí--dijo el cura pensativo sin ocuparse ya de los suspiros de la abuela,--el individualismo es ahora una especie de contagio. Es la idea fija de muchas jóvenes... ¿Es un bien o un mal?... El porvenir lo dirá. Por el momento, se hace un pedestal a la mujer moderna sin pensar que, acaso, el individualismo llegará a ser sinónimo de egoísmo...
--No, señor cura--respondió Genoveva con energía.--Se puede tener una personalidad bien caracterizada sin caer en el horrible defecto que usted señala.
--He dicho «acaso» y no «ciertamente...» Hay en esto un escollo, un gran escollo. Muchas jóvenes--añadió con tristeza más acentuada, mirándome con fijeza;--muchas jóvenes de las mejores y de las más inteligentes, no sienten ya la necesidad de apoyarse en el brazo de un marido...
--Y bien--dijo alegremente la de Ribert mientras la abuela volvía a suspirar,--tanto mejor... Puesto que se dice que ya no es posible casar a las hijas, dichosas la que no tienen la vocación del matrimonio.
--Sí, lo concedo--dijo el cura.--¿Pero por qué ese estado de alma reina precisamente entre las jóvenes que se casarían más fácilmente? Sí, es bueno en general que las jóvenes no coloquen en el matrimonio su única probabilidad de dicha...
--¡Pobre probabilidad!--interrumpió la de Ribert.
--...Es preciso, sin embargo, no complicar la situación haciendo que se implante demasiado ese miedo del matrimonio.
--Eso es lo que me canso de decir--exclamó la abuela.--Es malo, es espantoso...--acabó en el último grado de la indignación.--¡Ah! señor cura, señor cura... ¿Qué ha hecho usted de Magdalena?
--Caín, ¿qué has hecho de tu hermano?--parodió dulcemente el sacerdote.--Pero señora,--continuó con más vivacidad,--no he hecho nada malo de Magdalena, que yo sepa. Es verdaderamente buena,--añadió con la satisfacción del que se complace en su obra moral, mientras sus buenos ojos se fijaban en mí con una indulgencia enteramente paternal.
--Sí, lo concedo, no es mala--dijo la abuela halagada en su amor maternal.--Pero esa personalidad... ese modo de bastarse a sí misma...
--Ya sé, ya sé--replicó el cura confuso.--Verdaderamente, no había previsto ese peligro.
--¡Un peligro!--exclamó la de Ribert, contenta al ver al cura habérselas con la abuela.--¿Dónde ve usted ese peligro?
--Un peligro desde el punto de vista del matrimonio, se entiende--explicó el sacerdote.--Involuntariamente, al armar a las muchachas para el famoso _struggle for life_, las armamos contra el matrimonio. En el día en que sienten verdaderamente que son alguien, saben por esto mismo razonar. Ahora bien, el razonamiento mata la ilusión; la ilusión perdida da el golpe de muerte a la confianza; y aniquilada la confianza, ¿dónde quiere usted que se coloque el amor en un corazón femenino?... Pero, en realidad--continuó el buen cura levantando la cabeza con confianza,--Magdalena no ha dicho que renuncia al matrimonio.
--Sí, sí, haga usted el buen apóstol... ¿No ve usted que va por ese camino?
--Todavía no, señora. Magdalena está en el período de la reflexión.
--Admito que reflexione sobre tal o cual pretendiente, señor cura, pero sobre el matrimonio... sobre el matrimonio...
--San Pablo, señora...
--No me hable usted de San Pablo, por amor de Dios--dijo la abuela con agitación.
--Y bien, Magdalena--preguntó la de Ribert para evitar a San Pablo una nueva algarada;--¿qué tiene usted que reprochar al matrimonio, hija mía?
--El marido--respondí con sincera convicción.
--¡El marido!--exclamó la de Ribert riendo, con gran contento de Genoveva, que gozaba deliciosamente de la alegría de su madre.--¡El marido!... Qué gran verdad...
La abuela, consternada, nos miraba a las tres alternativamente con tal expresión de reproche, que el cura tomó el prudente partido de dejarnos para cortar la conversación. La de Ribert y Genoveva se quedaron todavía unos instantes, y cuando vieron tranquila a la abuela, se levantaron con la promesa de vernos muy pronto.
--Estas señoras son muy amables--dijo la abuela en cuanto se marcharon,--pero es lástima que tengan ideas falsas... ¡Qué mal se razona ahora!... En mi tiempo no era así.
--En tu tiempo, abuela--repliqué apoyando dulcemente la cabeza en su hombro,--todo el mundo era perfecto.
--Aduladora--respondió la abuela dándome un beso.--Bien sabes que haces de mí todo lo que quieres...
Y se firmó la paz con otro beso.
¡Ah! si la abuela quisiera ser razonable, qué felices seríamos...
24 de octubre.
Hay personas a quienes la suerte se complace en jugar malas pasadas. Y ese es mi caso...
Creía la paz asegurada enteramente entre la abuela y yo y me preparaba a gozar de nuevos días de serena tranquilidad, cuando esta mañana la abuela me dirigió este discurso:
--Hija mía, puedes hacerme justicia...
--No tengo otra intención, abuela.
--Te dejo perfectamente libre para tomar el pulso a tu vocación futura...
Aquí hice un movimiento de cabeza afirmativo.
--Pero estimo que si esos estudios preliminares van a durar diez años...
--¡Adiós!... Estoy cogida.
--...No habrá ya para ti ninguna probabilidad de matrimonio.
--¿Y la señorita Romanot, que acaba de casarse a los treinta y ocho años?... ¿Y la de Ormont, cuya cuadragésimasexta primavera ha conocido al fin los triunfos del matrimonio?... ¿Dónde me las dejas?
--Son ejemplos que no hay que seguir. Considero sencillamente esas uniones tardías como asociaciones amistosas y no como matrimonios.
--¡Bah! todo lo que se busca hoy es una asociación amistosa.
--¡Otra vez!--exclamó la abuela con alguna impaciencia.--¿Soy yo, a mi edad, quien debe recordarte las ilusiones de la tuya?... Dios mío, qué desabridas y singulares son esas muchachas...
--No es culpa mía. La desilusión y la singularidad están en el aire que se respira.
--Empiezo a creerlo--replicó la abuela descontenta.--Pero como quiero cumplir con mi deber a pesar de todo, quiero verte aceptar dócilmente, al lado de tus estudios sobre las solteronas...
Aquí la abuela se encogió de hombros con expresión de supremo desdén.
--...Un examen atento de las proposiciones de matrimonio que se te puedan hacer...
--Abuela, me habías prometido...
--Te he prometido no influir en tu resolución definitiva, sí, Magdalena. Lo que no he prometido es dejarte echar a perder tu vida como lo estás haciendo.
--Abuela--protesté,--soy tan feliz... No trato más que de estar a tu lado.
--Sí, ya lo sé, mala nieta... Y eso es lo que no comprendo... A los veinticinco años encontrarse dichosa sin el apoyo de un marido, no es natural...
--Además, querida abuela, ¿para qué necesito un marido puesto que te tengo a ti?
--¿Para qué?... ¡Ah! Magdalena...
Y la abuela, suspirando fuertemente, me miró con tierna piedad. No me comprende, es seguro, y yo no la comprendo tampoco.