Las Solteronas

Chapter 4

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--¿Cómo?--dijo el cura con estupor,--¿encuentra usted que Magdalena ha dicho una tontería porque quiere que el cristianismo inspire la vida de la solterona?

--No, señor cura, no es eso. Esta chica nos marea suponiendo que sólo el cristianismo ha hecho las solteronas...

--¿Y usted quisiera que yo le dijese que se equivoca?--preguntó el cura maliciosamente.

--¡Oh! sí, señor cura--suspiró la abuela.

--Pues bien, señora, para complacer a usted, quiero recordar a Magdalena el respeto que debe a esos cabellos blancos--prosiguió el cura con su franca sonrisa.--Pero no puedo desmentirla por completo en cuanto a lo demás...

--¡Imposible!--exclamó la abuela.--No va usted a decirme que es el cristianismo el que ha hecho las solteronas... No, no... Eso es una herejía...

--Sin embargo, señora, las palabras de San Pablo son formales. «El que no estando obligado por ninguna necesidad y siendo enteramente dueño de hacer lo que quiera, ha tomado la firme resolución de guardar su hija, hace bien. Porque el que casa a su hija hace bien, pero el que no la casa hace mejor.» ¿Lo oye usted, señora? San Pablo dice «hace mejor...»

--¡Ah!--exclamó la abuela indignada,--jamás hubiera esperado semejante lenguaje de un apóstol y un santo...

--Cálmese usted, señora--dijo el cura muy divertido,--y observe qué alivio representaba el consejo de San Pablo a los padres de familia de la época, obligados por las leyes a casar a sus hijas e impotentes por las costumbres para hallar el esposo obligatorio...

--No--exclamó la abuela,--no hubiera creído jamás que un apóstol, que un santo, aconsejase el celibato mundano...

--Y en esto tiene usted razón--respondió el cura.--Tan lejos ha estado San Pablo de hacer la solterona, que no se encuentran muchas en los primeros siglos del cristianismo, ni en la Edad Media ni, siquiera, en los tiempos modernos.

--¿Por qué?--pregunté interesada, mientras la abuela se reponía de su indignación.

--A consecuencia de los cambios que las invasiones de los bárbaros trajeron a las costumbres y, sobre todo, a causa de la transformación propia de las cosas humanas. San Pablo no había dado más que un consejo y los siglos que siguieron encontraron en él un amplio permiso para condenar a una cantidad innumerable de mujeres, no al celibato mundano voluntario, sino al celibato religioso forzado, tan penoso para las almas a quienes no atrae una vocación especial...

--¿En interés de qué?--dije más y más poseída de mi asunto.

--En el interés personal de las familias de entonces. Vamos a ver, Magdalena--dijo el cura en tono regañón,--un poco de memoria... Usted debe de recordar la historia... Pues bien, dígame usted lo que sepa de la transformación de las leyes en el momento de la invasión de los bárbaros.

--No es difícil, señor cura--respondí con entusiasmo.--Ayer precisamente he estado hojeando la «Historia moral de las mujeres» de mi amigo Legouvé, y he visto que las luchas perpetuas y las guerras continuas acabaron por poner los bienes en manos masculinas. Entre los invasores, las hijas estaban excluidas de la propiedad.

--Bien--dijo el cura con satisfacción,--muy bien...

--Los bárbaros decían: «Nada de hijas ante los hijos,» lo que no es justo--añadí con convicción.

--Eso es un detalle--dijo el cura en tono doctoral.--¿Y qué pasó después de la conquista?

--Una cosa muy sencilla, señor cura. Los dueños del suelo, en plena y legítima posesión de sus bienes, no tuvieron más que un deseo, asegurar la conservación de esos bienes en toda su integridad a una descendencia única. El feudalismo no dice ya «nada de hijas delante de los hijos,» sino «nada de hijos delante de los primogénitos...»

--Perfectamente--exclamó el cura.--Va usted a ver en seguida el encadenamiento de los hechos. Por una rara asociación de ideas, la dureza del padre de familia, que excluye de su herencia a la totalidad de sus hijos menos uno, se une a la fe sincera del creyente que quiere la prosperidad de la religión. Estos dos sentimientos, al parecer, inconciliables, impulsan al padre de familia a poner continuamente en práctica y hasta exagerar el consejo de San Pablo... Así pues, no se casa a las hijas más que cuando se encuentra una unión ventajosa para el padre o para el hijo mayor; en el caso contrario, se las mete en un convento, sean los que quieran sus gustos o deseos.

--¡Infelices!--exclamé llena de conmiseración por aquellas hermanas de antaño.

--Los siglos pasados--continuó el cura, que se creía en su cátedra,--están llenos del ruido de esas vocaciones obligatorias, gracias a las cuales no había entonces más que pocas o ninguna solterona en el mundo. La totalidad o poco menos de las mujeres no casadas, eran entonces encerradas en los conventos...

--¡Qué admirado debió estar San Pablo con semejante éxito!--exclamé con una risa tan ruidosa que la abuela se estremeció.

--San Pablo...--murmuró con rencor,--San Pablo es un mal santo.

--¡Oh! señora--respondió el cura descontento,--San Pablo es la gloria de la Iglesia... Pero como no quiero que le crea usted el padre de las solteronas voy a leerle una carta muy curiosa del Papa Inocencio IV a propósito de las solteronas. Allí verá usted la doctrina de la Iglesia en plena Edad Media, y, por consecuencia, una rehabilitación de San Pablo.

El cura desapareció un instante en su biblioteca y volvió con un gran librote que abrió por la página en cuestión.

--Se trata, señoras--dijo,--de la Princesa Isabel de Francia, hermana de San Luis. Aquella virtuosa Princesa resolvió no casarse, siendo así que su hermano deseaba que lo hiciera con el hijo del Emperador Federico II. Si la Princesa hubiera querido hacerse religiosa no hubiera encontrado ciertamente ninguna oposición en su familia, pero la desgraciada hablaba de celibato mundano... «No tendré--respondía a todas las instancias,--otro esposo más que Jesucristo; sin pasar el resto de mis días en un claustro, viviré en medio del mundo en un estado de virginidad.» Blanca de Castilla, su madre, y el Rey Luis IX, su hermano, a quien esta resolución contrariaba en extremo, se dirigieron al Papa Inocencio IV para que la combatiese. Inocencio escribió a la Princesa una carta llena de razón y de dulzura, en la que se esforzaba por demostrar a la joven qué desagradable sería para la familia real contar con una «solterona» entre sus miembros.

El cura recalcó la palabra «solterona» con entonación tan burlona, que la abuela y yo soltamos la carcajada.

--Escuchen ustedes la lectura de esta carta, que va a consolar a usted, señora. «Me dicen--escribía el Pontífice,--que queréis vivir en el mundo y que vuestra inclinación os lleva a hacer en él una existencia separada de los vivos, sin pretender el matrimonio ni las esperanzas de posteridad. Sin embargo, según me informan, no tenéis la intención de entrar en un monasterio para vivir en él en la profesión religiosa, sino que vuestra mente se forma una vida neutra que no es ordinaria en el siglo y que no puede recibir la aprobación de aquellos a quienes debéis obediencia.»

--Eso está bien hablado--exclamó la abuela;--Inocencio IV me consuela de San Pablo... ¿Qué tienes que responder a esto, hija mía?

--Lo que probablemente respondería Isabel de Francia...

--Isabel--continuó el cura,--escribió al Papa una larga carta para justificar su conducta y solicitar su perdón. «No soy una rebelde--decía,--ni una desobediente; quiero obedecer y morir a vuestros pies, cuando me hayáis hecho el favor de oír una sola palabra para mi justificación.» Inocencio IV había hablado a la Princesa de la excelencia y de la santidad del matrimonio...

--¡Qué gran Papa!--exclamó la abuela llena de admiración.

--...Isabel respondió en estos términos: «Sé que el matrimonio es honroso, y el lecho de las esposas castas inmaculado; pero no puedo olvidar lo que dijo el apóstol San Pablo...»

--¡Otra vez San Pablo!--gruñó la abuela...--¡Qué santo!...

--«...Que hay que tener una santa emulación por los dones de Dios y desear los más excelentes. He oído con frecuencia que la virginidad está tan por encima del matrimonio como la claridad del sol sobre la de las estrellas. Es la vida que Jesucristo ha consagrado en su purísima carne y aquélla de que la Santísima Virgen nos ha dado ejemplo. ¿Qué daño hago a mi nacimiento renunciando al hijo del Emperador para casarme con el soberano Monarca del Cielo y de la tierra? El poco conocimiento que tengo de las letras sagradas no me permite ignorar unas palabras de San Agustín, que dice: «Más vale dar vírgenes a Jesucristo que Césares al mundo.»

--Es encantador que también San Agustín se meta en esto--dijo la abuela.--Y añadió volviéndose hacia mí.--¿De modo que las ideas de la Princesa son las tuyas?

--No por completo--confesé.--La Princesa es una santa y yo no. Además, su celibato no es más que una vida religiosa...

--Precisamente--confirmó el cura.--La historia nos enseña que si la Princesa Isabel ganó su causa, no perseveró en su deseo de celibato mundano. Rompiendo con aquella vida neutra que afligía al Papa, se hizo monja, y murió siéndolo.

--¡Bah!--dijo la abuela,--para ser una solterona tan convencida de su derecho, la Princesa no tuvo mucha perseverancia...

--Es verdad--contestó el buen cura, que no quería contrariar de nuevo a la abuela.--Note usted, sin embargo, qué progreso en el desarrollo de la personalidad femenina denota ese proyecto de la Princesa... Cincuenta años antes supongo que no hubiera habido grandes escrúpulos para vencer la resistencia de una joven colocada en oposición directa con los suyos...

--Ese fue entonces el comienzo de la rebelión--objetó la abuela, levantándose para despedirse del cura, al que habíamos hecho perder un tiempo precioso.

--Nada de eso, señora--respondió con bondad el cura;--es el primer vagido de una personalidad que se ignora.

--¡Singular vagido!--dijo la abuela.--En fin... a San Pablo y San Agustín se lo debemos--añadió con rencor.--Verdaderamente, no puedo digerir eso...

--Sí, sí--respondió el cura con condescendencia,--ya lo digerirá usted. Ya verá, ya verá.

Y al acompañarnos galantemente hasta la puerta, nos dijo con malicia:

--Vayan en paz, señoras, vayan en paz...

Aquel deseo no debía realizarse, pues apenas entramos en casa, a la abuela le faltó tiempo para dar parte a Celestina del supuesto horror del Papa Inocencio IV por las solteronas.

--¡Eso un Papa!--exclamó Celestina.--Debe de ser, todo lo más, un Papa falso...

Iba la abuela a protestar vigorosamente, cuando me apresuré a calmar a Celestina recordándole las palabras de San Pablo: «El que casa a su hija hace bien; el que no la casa hace mejor.»

Creí que se iba a desmayar de gusto al oír estas palabras.

--Ese es un santo bueno... Ese es un santo grande... Ese es un santo... santo. No hay como los apóstoles.

--No hay como los Papas--replicó la abuela.

Celestina es tan intransigente en sus ideas que no va a dejar vivir a la abuela con San Pablo. La guerra está declarada entre el apóstol y el Papa, ¡Pobre Inocencio IV! ¡Bueno le va a poner Celestina!

Estaba yo escribiendo estas palabras, cuando oí un golpe en la puerta y me vi entrar a Celestina muy sofocada.

--No comprendo--acabó por decir cuando pudo recobrar el uso de la palabra,--no comprendo que la señora dé tanta importancia a lo que dice un «inocente.»

--Inocencio IV no era un inocente--repliqué.--Fue, por el contrario, un gran Papa que se llamaba Inocente como tú te llamas Celestina.

--¡Bah!--dijo Celestina incrédula;--la señorita no me hará creer que nadie se llame Inocente sin tener buenas razones para ello.

Y me dejó muy indignada por lo que ella llamaba mi obstinación en defender a aquel «inocente.» Tenía yo razón al exclamar: ¡Pobre Inocencio IV!

18 de octubre.

Hoy he dado un buen paseo con el que no contaba. Estaban dando las dos cuando la campanilla sonó alegremente a impulso de un mano viva y nerviosa.

--Es la señorita Francisca, seguramente--dijo Celestina, yendo a abrir sin apresurarse.

Era ella, en efecto, que venía con Petra Brenay, Genoveva Ribert y sus madres, a buscarme para dar un paseo. Acepté con entusiasmo. La abuela tiene dificultad para andar y me confía con placer a esas señoras que me acogen siempre con gran amabilidad.

Genoveva y Petra son, como Francisca, de mis más antiguas amigas, y, como yo, son aiglemontesas de nacimiento.

Genoveva nuestra decana, frisa en los veintiocho años. Es una morenita delgada y esbelta, de facciones acentuadas y dulces al mismo tiempo. Elegante sin exceso, piadosa sin mogigatería y adicta sin ostentación, es enteramente mi ideal. A ella es a quien confío más fácilmente mis pensamientos, y la abuela, que aprecia mucho el carácter firme y leal de Genoveva, protege nuestra intimidad. Genoveva quiere permanecer soltera por gusto, según dice ella, pero la abuela, que no podría soportar semejante inconveniencia, asegura que es más bien por abnegación para su madre, a la que cuida y consuela en sus dolores físicos y morales. Yo soy de la misma opinión.

Petra es extremadamente fina y menuda, muy rubia y con una aristocrática silueta. Es la gracia hecha mujer, aunque un poco caprichosa y fantástica y algo niña mimada. Su padre, el Barón de Brenay, no ve más que por los ojos de su querida hija, que es la única bonita, la única bien nacida y la única posible. A fuerza de oírlo repetir, Petra lo cree y espera con serena convicción la hora encantadora y deseada en que la renta de sus veinte mil pesos de dote, o sean seiscientos pesos, le atraerán algún millonario por marido. Los señores de Brenay desean el millón, como es de suponer, y Petra, hija respetuosa, comparte enteramente las opiniones de sus padres. Está convenido que Petra no se casa con menos de un millón.

--No se puede vivir con menos de seis u ocho mil pesos al año--dice a cada momento el Barón de Brenay.

--Es lo justo para no morirse de hambre--añade la Baronesa.

Y como los dos tienen una fe ardiente y convencida en el valor de la partícula «de» colocada delante de un nombre, conservan la dulce o inocente ilusión de que toda la humanidad participa de esa fe. Un riquísimo plebeyo será indudablemente muy halagado al depositar a los pies de la divina Petra un número incalculable de billetes de banco... Esperan a ese novio ideal y le aceptan de antemano con una condescendencia muy divertida. Muchas veces nos reímos entre nosotras de los sueños dorados de Petra, pero sin permitirnos discutirlos. Los dogmas de fe no se discuten.

Dejando a las mamás que hablasen entre ellas, tomamos rápidamente la delantera en cuanto estuvimos fuera de la población.

--Y bien, Magdalena--exclamó de repente Francisca,--¿sigues defendiendo a las aiglemontesas?

--Como las ataques mucho, puede ser.

--¡Ah! veo que cedes, caballeresca Magdalena--exclamó Francisca triunfante.--El otro día te alzabas en los espolones como un gallo inglés.

--Si alguien enseñaba los espolones--dije reprimiendo una fuerte gana de reír,--no creo que fui yo...

--No, joven virtuosa; confieso que debió de ser mi modesta persona la que se agrió con los golpes repetidos que me asestan ciertas malas solteronas...

--Si tú las provocas, no tienes más que lo que mereces.

--Eso es, métete en esa pandilla, y contra mí además... ¡Ah!--dijo Francisca dando un gran suspiro,--bastante desgraciado es pensar que se va una a enmohecer como las otras en la piel de una solterona...

--Nadie te obliga a enmohecer--objetó Genoveva.

--Sí, se acartona una a pesar suyo cuando el celibato le ata las alas.

--Pues bien, cásate--exclamé.

--¡Ah! como llegue a pasar al alcance de mi mano un pretendiente, os prevengo que salto a él y de grado o por fuerza le llevo al cura y al alcalde.

--¿Aunque no te guste?...--pregunté interesada.

--Un pretendiente gusta siempre.

--¿Aunque sea feo y viejo?

--Me tiene sin cuidado--respondió Francisca con su desenvoltura habitual.

--¡Oh!--dije indignada.--No creo que te casaras con alguien que no te gustara...

--¿No?... Como que le iba a dejar... ¿Estás todavía en los dichosos tiempos de los matrimonios por amor?

--¡Cómo!--exclamé consternada.--¿No estás tú ya en ellos?

--El amor sublime...--respondió la incorregible burlona;--creo que no me sentaría bien.

--Dices tonterías--hizo observar la prudente Genoveva, también muy sofocada.

--Tonterías... no. En realidad--añadió Francisca viendo que había ido demasiado lejos, estoy hablando en broma.--Me sacáis de mis casillas con vuestros gustos de celibato. Es horrible volverse un ser ridículo, malo, maldiciente y charlatán... una sobra.

--Yo no creo ser una sobra--protestó vivamente Genoveva.

--Tú, puede que no--concedió con generosidad Francisca,--pero las demás... Dios mío, no es ese mi ideal.

--Ni el mío--afirmó Petra.--A mí me gustará comerme el dinero de un marido muy rico.

--¡Comerte el dinero!--objeté.--¿Es eso todo lo que tú ves en el matrimonio?

--Evidentemente--respondió Petra con su gran aspecto de las cruzadas.--Comprenderás que si me caso con un plebeyo rico, no voy a pasar el tiempo en amar a ese caballero... Amar a su dinero y hacerle valsar, es otra cosa...

--Pobre plebeyo--dijo Francisca con compasión.--Estoy segura de que le harás ver que es un honor para él dejarse roer el dinero por tus lindos dientecitos aristocráticos.

Petra sonrió sin responder.

--¡Bah!--replicó Francisca sin poderse contener, una partícula no es cosa que se come...--¿Qué le vas a dar en cambio a tu marido?

--Nada--respondió Petra desdeñosa.

--Pobre señor; su vida va a ser un perpetuo viernes...

Genoveva, para cambiar de conversación, nos llamó la atención sobre el paisaje de otoño que se ofrecía a nuestra vista.

--No, no, Genoveva, nada de poesía; nada de hojas muertas o a punto de morir... Estoy harta de eso... Hace veintitrés años que estoy contemplando las bellezas de nuestro pueblo y ya no me entusiasma la Naturaleza... Es aburrido.

--Qué alma de artista--murmuré _in petto_; y después, armándome de valor, me atreví a hablarles de mis estudios sobre las solteronas. Francisca aprovechó la ocasión para lanzar gritos de horror, que Petra imitó a la sordina. Envalentonada por la mirada de aprobación de Genoveva, conté mis descubrimientos sobre el origen de las solteronas y les dije que en los pueblos polígamos no las había.

--¿No?--exclamó Francisca.--Pronto, Petra, vámonos a esos pueblos felices.

--No creas que me conformaría con la vida de harén--respondió Petra en tono desdeñoso.

--Es verdad--exclamó Francisca;--ya he dicho otra tontería.

--No me extraña--dijo dando un suspiro la pobre señora de Dumais que nos había seguido.

--Esperaba eso de mamá--respondió Francisca con filosofía.

A mí tampoco me extrañan las reflexiones maternales...

Cuando llegamos a mi casa ofrecí a todas las señoras una taza de té. Las de Brenay y Dumais tenían prisa por volver a sus casas, y rehusaron; pero las tres jóvenes aceptaron. Celestina, que sabe cuánto me gusta tomar un refrigerio al volver de paseo, lo preparó todo en seguida, y entre una galleta y una tostada continué mis confidencias.

La idea de que San Pablo, con gran escándalo de la abuela y gran contento de Celestina, era el padre de las solteronas, divirtió mucho a mis amigas. Francisca, que tiene siempre ideas originales, me pidió que llamase a Celestina para contemplar su gozo. Hícelo yo de buen grado y pedí una cosa cualquiera a mi buena vieja para explicar mi campanillazo.

--Y bien, Celestina--dijo Francisca,--San Pablo es un gran santo...

--Sí, señorita--respondió respetuosamente Celestina, que pareció mirar a Francisca con mejores ojos.--No es como ese inocente...

--¿Qué inocente?--interrogó Francisca asombrada.

--Ya te contaré eso dentro de un momento--dije.--Vamos, Celestina, dinos lo que piensas de San Pablo--continué dirigiéndome a la anciana, que se obstinaba en pasarse la mano por las narices como para quitarse una humedad molesta.

--Pienso--respondió la aludida, a la que halagaba la atención de que era objeto,--pienso que Dios ha enviado a San Pablo para impedir que las jóvenes se pierdan casándose.

--Pero, Celestina--dijo Genoveva con una débil sonrisa,--no es una perdición el casarse.

--Sí, señorita--aseguró Celestina;--en los hombres es puro vicio y en las mujeres una torpeza...

--¡Bueno!... Ya está la especie humana rápidamente juzgada--exclamó Petra en medio de las risas de todas.

--Pues bien, Celestina--añadió Francisca muy seria,--encuentro que tiene usted razón. En su lugar de usted daría algún paso cerca del señor cura para obtener que Santa Catalina, que es una solterona de pacotilla, sea puesta en la puerta de la corporación y que San Pablo sea nombrado patrono en su lugar.

--¡Cuánta razón tiene la señorita y qué bien estaría eso!...

--Me apresuré a despedir a Celestina e hice reproches a Francisca. La aturdida no ha pensado que Celestina va a tomar todo esto en serio y acaso a intentar con el cura el paso aconsejado... En fin, ya veremos.

Reanudé mi narración de las solteronas para explicar el «inocente» de Celestina, y aquello fue un concierto de risas. Francisca por poco se ahoga con una castaña en dulce y Petra se atragantó completamente al beber el último sorbo de té.

Por fin se restableció el silencio y emprendimos una nueva conversación más seria, aunque sobre el mismo asunto.

Genoveva me preguntó con qué objeto hacía mis investigaciones, y le respondí que todo mi deseo era encontrar libros que me inicien en la introducción de las solteronas en la sociedad moderna, pues hasta ahora no me daba cuenta más que de la solterona involuntaria.

--Mi madre debe de tener algo sobre eso--dijo Genoveva después de reflexionar.--Buscaré y te enviaré todo lo que encuentre.

--Le di las gracias con efusión, y como se hacía tarde, unos campanillazos vinieron a poner término a nuestra alegre conversación. Era que venían a buscar a mis amigas.

Francisca fue todavía la que tuvo la última ocurrencia. Había ya salido de la antesala, cuando, dando media vuelta, vino hacia mí y me dijo con su gracia acostumbrada:

--Hasta la vista, solterona...

--Adiós y gracias--repitieron en coro Genoveva y Petra.

--Adiós, hasta la vista, muchachas...--respondí gozosa, mientras se restablecía el silencio en nuestra tranquila casa y resonaban todavía a lo lejos las notas del alegre terceto.

¡Solterona!... Pues bien, acepto el augurio...

20 de octubre.

Con gran desesperación de la abuela, Genoveva me envió al día siguiente los libros prometidos y desde entonces los leo y los devoro. Aunque la abuela dice que estoy ridícula con mis solteronas, la verdad es que las encuentro un serio interés. Mis estudios me deleitan y los continúo.

Hubiera deseado encontrar otra Isabel de Francia para tener derecho a sentar un sólido juicio sobre una base no menos seria; pero con gran sentimiento mío, la vocación del celibato no parece haber sido voluntaria en los siglos pasados. Casarse es decididamente una cosa de un orden esencialmente natural y parece que la solterona por gusto es una creación exclusivamente moderna.

¿De dónde viene?

Eso es lo que he procurado investigar con una paciencia tan extraordinaria como inusitada. He reanudado mis estudios en pleno feudalismo, en medio del vigoroso impulso del espíritu caballeresco. Me ha parecido curioso estudiar esa época, ya muy brumosa, en la que «Mi Dios y mi Dama» era el grito de los infanzones que iban a la batalla con una cruz en la mano y los colores de la señora de sus pensamientos en el corazón. Eso difiere un poco de nuestros jóvenes modernos, que no han conservado, evidentemente, esas nobles maneras.

¿Qué era esa dama evocada por la imaginación de nuestros antepasados?