Las Solteronas

Chapter 3

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--Aiglemont--dice con énfasis en el tono arrastrado y nasal peculiar de los aiglemonteses,--es la última fortaleza del catolicismo. Hasta la Revolución éramos posesión eclesiástica y moriremos fieles a nuestros destinos. Nada de ideas nuevas...

El habitante de nuevo cuño tiene un lenguaje muy distinto:

--Aiglemont--dice,--es la fortaleza del obscurantismo, del clericalismo y del fanatismo. Es un país de supersticiones; transformémosle en país de luz.

Y detrás de sus fortificaciones, los aiglemonteses, divididos en dos campos, miran con malos ojos a todo el que no piensa como ellos. Los católicos condenan a los librepensadores y éstos tratan a aquéllos de imbéciles, sin más ceremonias.

Existe un terreno de unión, sin embargo, en los días de grandes fiestas. Católicos y librepensadores se agolpan con entusiasmo en la antigua Catedral para oír los incomparables acentos de nuestro incomparable coro.

--Estáis cogidos, odiosos impíos--parecen decir las caras de los devotos asiduos ante la invasión de los nuevos filisteos.

--El coro nos pertenece como a vosotros, estúpidos santurrones--parece que responden los impíos aludidos.

Y unos y otros, al salir de la Catedral, exclaman con satisfacción:

--La verdad es que Aiglemont puede estar orgulloso de su coro.

Se dice Aiglemont y no la Catedral.

En Aiglemont, en efecto, hay dos parroquias, San Aprúnculo, la Catedral, y San Gengulfo, la parroquia secundaria. La guerra es casi continua entre aprunculinos y gengulfianos, y los primeros desdeñan a los segundos por su iglesia, por supuesto. Unos y otros cuentan en sus filas numerosas solteronas, pues el matrimonio, preciso es confesarlo, está poco de moda en nuestro pueblo. En teoría se habla mucho de él; las muchachas pululan en Aiglemont. Pero el número limitado de los jóvenes casaderos hace que, si son muchos los llamados al sacramento del matrimonio, son pocos los escogidos.

No sé si es ese medio ambiente lo que me hace ser también refractaria al matrimonio, o si es la poca costumbre de ver casar a las jóvenes de mi sociedad lo que me hace considerar mi propio matrimonio como una eventualidad temible. La verdad es que, a pesar de mi deseo de claridad, no consigo poner estar cosas en claro.

--Estas muchachas...--diría la abuela,--qué imposibles son...

14 de octubre.

Llueve, hace viento y reina un tiempo frío y obscuro. En la prisión en que la prudencia manda estarse, vuelvo a ocuparme de la cuestión de las solteronas. Esta mañana he declarado a la abuela que deseaba estudiar seriamente ese asunto tan interesante.

--No veo el interés--respondió la abuela.

--Pero, abuela, en una población como ésta, el pueblo de las solteronas, como le llama Francisca, es...

--Francisca no es seria--exclamó Celestina, que iba a arreglar el fuego de la chimenea, y aprovechó la oportunidad para mezclarse en la conversación.

--¿Tú qué sabes?--dije descontenta.

--Sé lo que sé--respondió Celestina con la dignidad de los grandes días.--Una señorita que no habla más que de casarse, no es una señorita seria...

--Cállese usted, Celestina--replicó la abuela.--Tú no entiendes nada de eso, hija mía.

Celestina no dijo palabra, muy ofendida por la observación de la abuela. Vi, en efecto, por su mirada despreciativa y por su labio en forma de pila de agua bendita, que las personas que hablaban de matrimonio eran sospechosas para ella; tan sospechosas, que tomó el partido de volvernos la espalda sin más ceremonia.

--Sí, abuela--dije en cuanto se fue Celestina,--quiero seguir a las solteronas a través de las edades. ¿Ves en ello algún inconveniente?

--Veo los de hacer un viaje muy fastidioso y de singularizarte de un modo ridículo.

--Sin embargo, antes de decir si estoy madura para el matrimonio, me gustaría saber si el celibato me tienta definitivamente...

La abuela hizo un movimiento de tan excesivo mal humor, que me quedé ligeramente aturdida.

--¿Es necesario hacer un estudio tan profundo para poner en claro ese grave problema?... ¡Qué rara eres, hija mía!

--Pero, en fin, tú permites que me ocupe en esto; es todo lo que reclamo de tu indulgencia...

--¡Ay!--suspiró la abuela,--cuánto preferiría verte reclamar un buen marido... Sabes que la mujer del coronel Dauvat me ha hablado para ti de un joven teniente que...

--Me escapo; abuela, me escapo... Nada de tenientes, por amor de Dios... Por ahora, vivan las solteronas...

--Chiquilla--murmuró la abuela, encogiéndose de hombros.--Mala chiquilla...

Tranquila con el permiso de la abuela, registré la biblioteca y busqué con ardor todo lo que pudiera ilustrarme sobre el concepto de la mujer en la antigüedad respecto del celibato. ¿Aceptaba sin repugnancia la idea del matrimonio?... ¿Sentía alguna contrariedad al casarse?... ¿Hubiera experimentado cierto alivio sabiendo que estaba libre de una obligación que le creaban las leyes religiosas y civiles?...

Mis investigaciones me pusieron pronto al corriente.

No hay la menor incertidumbre en estas cuestiones.

El único sueño de la mujer antigua es un marido. Su cerebro está tan hecho a la idea de la necesidad del matrimonio y su corazón tan desequilibrado fuera del marido obligatorio, que no puede concebir otro ideal. Todo su ser moral va todavía a apoyar esas buenas razones por el terror de los castigos de la otra vida que esperan a la mujer desprovista de la égida de un marido. La pobre mujer de la antigüedad está, pues, colocada en el dilema más espantoso: un marido, o nada de dicha en la tierra, ni de reposo eterno.

El desprecio y la abyección en que viven las mujeres sin marido le dan desde luego en el mundo una muestra de lo que tendrá que soportar en el otro. No puede considerar el celibato más que como la más terrible desgracia, la única que compromete al mismo tiempo el mundo y la eternidad.

Una desgracia que persigue durante la vida y sigue aún a la eternidad, es para hacer reflexionar, convengo en ello. Si la abuela, en vez de prodigarme argumentos discutibles me ofreciese algo semejante, se puede apostar a que no vacilaría yo lo más mínimo, pues preferiría aventurar la desgracia de mi existencia mortal a arriesgar la salvación eterna... Pero el caso es que como no hay nada sólido en el mundo, las ideas han cambiado de tal modo, que la abuela no puede llamar al Cielo en su ayuda, aunque no le faltarían ganas. Desde San Pablo... Pero no anticipemos.

En aquellos abominables tiempos de matrimonio forzoso, las leyes que regían los bienes agravaban todavía la dependencia de la mujer. Aquellas leyes, fieles reflejos del pensamiento antiguo, multiplicaban las trabas en torno del sexo débil y acentuaban en él la creencia en la necesidad absoluta del matrimonio. No sólo hacía falta un marido para asegurar la dicha eterna, sino que ese marido era igualmente necesario para ser admitida al derecho de vivir, implicado en el de poseer.

Cuando, por el mayor de los azares, se encuentra en la antigüedad una mujer honrada sin casar, la trompeta de la fama invita a la posteridad a guardar la memoria de un hecho tan sorprendente. No se dice: Tal mujer no se casó porque no quiso. No. Se busca, se comenta y se considera que algo sobrehumano protegió una determinación que todos califican de extraordinaria. Si se trata de la hija de Pitágoras, una de las primeras que ilustró el nombre de solterona, se cuenta que el filósofo, suponiendo haber sido mujer en una vida anterior, tenía una alta idea de la excelencia de la mujer, en lo que difería extraordinariamente de sus contemporáneos, y había reivindicado la encarnación de la antigua sabiduría en un hermoso tipo femenino. Ese tipo lo encontró en su propia familia. Damo, su hija, llegó a ser su discípulo más ardiente; y la consagró a los dioses por un voto de virginidad perpetua, le confió todos los secretos de su psicología y se dice que le dejó sus escritos, haciéndole prometer que no los publicaría jamás. Damo, el asombro y la admiración de toda la Grecia, tuvo el valor de la obediencia y se llevó a la tumba los secretos del ilustre anciano.

Aun cuando se debilita en Occidente el culto por los muertos y disminuye, por consecuencia, la hostilidad que creaba contra el celibato, la antipatía subsiste, a pesar de todo. Se hace constar con asombro que una mujer pintora de Grecia, la famosa Lala, de Cycique, que vivió 80 años antes de Jesucristo, no se casó, y se cuida de hacer observar que fue su gran fervor por su arte lo que la llevó a esa extremidad lamentable. Del mismo modo, la hija de Plinio, el célebre naturalista, necesita la reputación de su padre para hacer aceptar su situación de solterona.

Si la antigüedad cuida de hacernos notar particularmente ilustres excepciones a la ley común del matrimonio, no quiere esto decir que esa ley no haya sufrido ningún eclipse a través de los siglos. Cuando, en el momento de la decadencia, fue necesario multiplicar las leyes en favor del matrimonio, es evidente que, esa multiplicación indicaba que el matrimonio caía en olvido.

Es de notar, en efecto, que la multiplicación de las leyes morales no prueba que un pueblo se mejore, sino precisamente lo contrario. Cuando la moral está en peligro, es cuando tiene que pedir socorro. Y toma entonces de la autoridad de las leyes la última, y casi siempre impotente sanción.

Este hecho es particularmente cierto cuando se trata de las leyes concernientes al matrimonio en los pueblos monógamos, como Grecia y Roma. Cuando el matrimonio se hundió por todas partes fue cuando las leyes civiles, que no hay que confundir con las religiosas, multiplicaron sus prescripciones para obligar a realizarlo. ¿Quién pensaría en buscar penas severas para los recalcitrantes ni en acentuar los castigos que les están destinados si no hubiese necesidad de castigar ni de obligar?

La verdad exige declarar que en este caso los recalcitrantes fueron los hombres y no las mujeres. Los solterones son los que han producido las solteronas.

La mujer ocupaba tan poca plaza en el mundo antiguo, que era fácil tratarla como una cantidad despreciable; y sin preocuparse de lo que podía pensar, los señores hombres no pensaron más que en hacer una vida de placeres y de feliz quietud, exenta de los cuidados de la paternidad y de las cargas de familia.

Influida todavía por siglos de hostilidad contra el celibato, la mujer tuvo que sublevarse contra tal abandono. Hay que confesar que todo concurría a hacerle la resignación difícil. Sin gran esfuerzo de imaginación, podemos figurarnos el estado de alma de una de aquellas romanas o de aquellas griegas honradas a quienes las leyes civiles y religiosas llamaban al matrimonio y que no encontraban marido.

Extrañadas al principio, cada cual podía pensar que siendo más amable y más bella que su vecina, su juventud no se pasaría en un lamentable aislamiento. Después, pasada la edad fijada por las leyes, y fuertemente estropeada la juventud, venían las inquietudes y triunfaban los cuidados. El deseo de agradar ponía un fulgor febril en la mirada de la solterona anticipada y en la más estudiada de sus sonrisas había una crispación. Iba, venía, rogaba a la diosa favorable al matrimonio, suplicaba a su padre o a su tutor que la encontrasen un marido, los llevaba en caso de necesidad a los tribunales, y no por eso encontraba lo que era el objeto de sus sueños. Agriábase entonces su carácter, su humor se ponía triste y acerbo su pensamiento. Y juventud, belleza y salud, se consumían en la vana espera del que no venía ni vendría jamás... ¡Pobres solteronas!

Fue preciso el cristianismo para cambiar el ideal de una gran parte del mundo. En cuanto apareció, la existencia de la mujer sufrió una transformación tan completa como prodigiosa; de esclava que era, se encontró de repente con una personalidad justamente respetada. Después, la divinización de la virgen echó por tierra todas las ideas admitidas y fue posible a la mujer vivir honrada y casta al lado del matrimonio. Bajo la influencia del cristianismo se llegó a comprender que el término «solterona,» cuyo equivalente existía ciertamente en la lengua del tiempo, no era en sí mismo nada deshonroso. Una vez admitido el estado de virginidad, era natural que se envejeciese en él. ¿Qué es una solterona? Una virgen vieja. Tener cabellos blancos y la cara arrugada no ha sido nunca una mala acción, que yo sepa.

En esto estaban mis reflexiones, cuando juzgué a propósito hacer participar de mi admiración a la abuela.

Sorprendida por mi brusca entrada en el salón donde ella estaba, me echó una mirada interrogadora.

--Abuela--exclamé triunfante,--es el cristianismo el que ha hecho las solteronas; así, pues...

--¡Qué tonterías dices, hija mía! ¿Cómo quieres que el cristianismo haya hecho las solteronas?...

--Divinizando la virginidad.

--Ya ves que tú misma te contradices. El cristianismo ha divinizado la virginidad, es cierto. Pero si ha hecho de la virgen la esposa de Dios, no ha querido en modo alguno divinizar a las vírgenes mundanas, a las que uno de vuestros autores de moda llama las «semivírgenes.»

--Yo tampoco, abuela, hablo de las solteronas que conocemos...

--Dejemos en paz sus lenguas, hija mía; no despertemos al gato que duerme...--murmuró la abuela sonriendo.

Y no quiso oír nada más.

Es obstinada la abuela... No le gustan las solteronas y no consiente en escuchar nada en su favor. Por fortuna, estoy aquí yo para rehabilitarlas en mi propia mente.

16 de octubre.

Pensaba poder continuar hoy lo que yo llamo con cierto énfasis «mis estudios históricos,» pero había contado sin la abuela. Lo que le conté del resultado de mis investigaciones la tenía muy contrariada, según pude juzgar por su expresión nada satisfecha, al tomar el desayuno.

--Estas chiquillas--murmuró al sentarse a la mesa,--tienen una independencia y unas ideas...

Y en cuanto terminamos, me dijo sencillamente:

--Ponte el sombrero, Magdalena.

Obedecí de prisa, y la encontré dispuesta a salir conmigo. El sombrero, puesto ligeramente torcido en la cabeza, indicaba en la abuela ideas belicosas. No hice ninguna pregunta y la seguí dócilmente, preguntándome dónde me llevaba. ¿Era al convento para hacerme reflexionar sobre el matrimonio? ¿Era a la cárcel, para castigar mi falta de vocación espontánea?...

No era, por fortuna, a ninguno de los dos sitios, sino sencillamente a casa de su director y amigo, el señor canónigo Tomás, profesor del Colegio Libre. La abuela tiene la costumbre de consultar con él todos sus asuntos, pequeños y grandes.

Era, pues, el caso de hacerlo.

En cuanto entramos en su despacho, el padre Tomás comprendió que había electricidad en el aire.

--¿La señorita Magdalena ha roto su muñeca?--preguntó sonriendo al ver la seriedad de la abuela.

--Si no fuera más que eso...--suspiró la abuela, sentándose en una cómoda butaca, mientras yo me instalaba modestamente en una silla.--Magdalena me tiene consternada.

Y se puso a contar con vehemencia sus penas. Narró al cura su deseo de casarme, mi poco entusiasmo por obedecerla, mi manía de profundizarlo todo y el estudio que yo estaba haciendo de las solteronas; en una palabra, todo salió a relucir.

El cura, repantigado en su butaca, escuchó con atención las quejas de la abuela. En su buena y plácida cara, iluminada por una mirada de sorprendente inteligencia, no se hubiera podido leer ninguna impresión si el brillo malicioso de sus ojos no le hubiera hecho traición. El cura se divertía.

Cuando la abuela lo hubo dicho todo, el padre Tomás clavó un instante sus chispeantes pupilas en las de la abuela y se echó a reír.

La abuela dio un salto de indignación.

El cura, que la conocía, vio que no debía tirar más de la cuerda sensible, y respondió tranquilamente, ajustándose los anteojos:

--Al desear casar a su nieta, señora, cumple usted con su deber...

La abuela me lanzó una mirada de triunfo.

--Pero Magdalena está en su derecho al querer reflexionar--añadió.

Y, a mi vez, levanté la cabeza victoriosamente.

El cura hizo como que no echaba de ver lo que pasaba entre nosotras.

--El matrimonio es cosa tan grave--continuó,--que cierto moralista ha dicho que no era demasiado toda la vida para reflexionar antes de comprometerse a él...

La abuela bajó los ojos en señal de desaprobación.

--No digo que ese parecer sea eminentemente práctico... Pero, en fin--dijo el cura moviendo la cabeza,--no podemos menos de reconocerle cierta prudencia...

La abuela se estremeció, y yo me eché a reír.

--Sin aconsejar a Magdalena que llevé las cosas tan lejos, es bueno, sin embargo, que reflexione, y mucho, antes de contraer los lazos sagrados del matrimonio.

--Pero, padre--interrumpió la abuela, que perdía la paciencia,--¿hacían falta tantas ceremonias en otro tiempo para casarse? Los padres presentaban un partido conveniente, y las jóvenes se casaban sin decir palabra. Nadie pensaba en estas dilaciones de que usted habla, y que no comprendo más que cuando una joven es llamada hacia Dios...

--Evidentemente--respondió el cura, cogiendo su caja de rapé y tomando un buen polvo.--Así sucedía y así sucede todavía con las jóvenes acostumbradas a la obediencia pasiva...

--Señor cura, le cojo a usted en flagrante delito de contradicción. Habla usted de obediencia pasiva... ¿Quién me ha aconsejado desarrollar la personalidad de mi nieta?... ¿Quién me ha impulsado a formarle un carácter suyo?... ¿Quién me ha dicho a cada uno de sus caprichos: «Déjelo usted pasar; será una mujer y no una figurante?...» ¿No ha sido usted, señor cura?

--Sí, señora--respondió el cura sin confusión alguna.--Y hoy lo repetiría una vez más. Los tiempos han marchado, y nosotros con ellos. La vida fácil de otro tiempo se ha acabado, y ante las generaciones nuevas se abre una vida de combate. Hay que combatir para tener un sitio al sol, y educar a las jóvenes como se las educaba en otro tiempo, sería un verdadero anacronismo.

--¿Por qué?--dijo la abuela, no convencida.

--Porque la joven figurante ha dejado de existir. En otro tiempo, la joven era educada exclusivamente para el matrimonio, y se trataba de formarle un carácter fácilmente maleable para asegurar la felicidad conyugal. Las ricas se casaban todas. Hoy no es ya lo mismo. Al lado de las muchachas sin dote, que no encuentran con quién casarse, existen las jóvenes de dote pequeño o mediano, que no son más buscadas por los hombres. Hacer del matrimonio el ideal de todas las jóvenes es, pues, un grave error, puesto que es condenarlas de antemano a desengaños ciertos...

--No veo en qué--replicó la abuela.

--¡Que no ve usted en qué!--dijo el cura sorprendido.--Piense usted, señora, en la crueldad de condenar a una joven al celibato cuando todas sus aspiraciones y todo su ser tiendan hacia la dicha del matrimonio... ¿Qué quiere usted que haga en la vida una pobre joven cuyo espíritu, cuya voluntad y cuyo corazón no están formados y necesitan equilibrarse con el espíritu, la voluntad y el corazón de un hombre?...

--Entonces, usted cree en la dificultad creciente del matrimonio para las mujeres...--preguntó la abuela.

--Sí, señora, creo en ella.

--Magdalena tiene un bonito dote y...

--Sí, es posible, y se casará fácilmente--respondió el cura.--Pero como posee un carácter muy personal y fuertemente equilibrado, la dificultad vendrá de su parte. Querrá reflexionar, elegir, calcular...

--Entonces, Dios mío, ¿qué va a ser de nosotras? Las jóvenes que no tienen carácter, están expuestas a ser desgraciadas no casándose... Las que lo tienen, están amenazadas de sufrir casándose... ¡Qué dilema, señor cura!

--Sí--dijo el cura pensativo;--es cierto que ahí está el escollo. El matrimonio sufre la suerte común a las cosas de la tierra; está atravesando una crisis...

--Por eso mismo hay que combatirla--afirmó la abuela con gran energía.

--¿Cómo?--dijo el cura más y más pensativo.--Lo que pasa en los grandes centros industriales es una imagen de lo que ocurre en todas partes. Hay tendencias a la huelga general...

--¡La huelga contra el matrimonio!--exclamó la abuela, que no sabía si reír o enfadarse.

--La huelga contra el matrimonio, sí--articuló claramente el cura.--Lo que hace al grevista es la conciencia de sus derechos y la posibilidad de hacerlos valer... Transporte usted la huelga de la industria al matrimonio, y tendrá la palabra de la situación.

--Entonces--exclamó la abuela desesperada,--Magdalena es una huelguista...

--No, todavía no--dijo dulcemente el cura,--pero tiene tendencias.

Y añadió designándome a la abuela:

--¿Se puede saber lo que pasa en una cabeza de veinte años?

--Veinticinco, señor cura, veinticinco--rectificó la abuela, un poco humillada por la cifra respetable de mis primaveras.

--Veinticinco años--repuso el cura;--entonces es más grave... A los veinticinco años no se es ya un alma cualquiera y se tiene una personalidad... Sí, es más grave... A esa edad se sabe que la vida de la mujer casada es una vida relativa y que su dicha está a merced de otro... No hay que extrañar que ciertas naturalezas se subleven y retrocedan ante esta dependencia absoluta... Note usted, señora, qué general es la huelga del matrimonio; tan difícil es decidir a ciertos jóvenes a casarse como a ciertas muchachas a contraer matrimonio.

--Sin embargo, señor cura, todavía se casa la gente--objetó la abuela.

--Sí--respondió el cura con bondad,--todos los obreros no están en huelga, pero sí muchos. Hay huelguistas hombres y huelguistas mujeres; entre éstas habrá usted de contar a todas las que no quieren casarse por motivos de abnegación, de salud, de sentimientos de pureza virginal, de amor al estudio, de exceso de escepticismo... de menor necesidad de la persona complementaria, es decir, del marido.

Bajé la cabeza y me ruboricé ante la mirada investigadora del cura.

--Además--prosiguió éste,--hay los huelguistas hombres, de los que no tenemos para qué ocuparnos, pues los motivos que les impiden casarse son de interés o de egoísmo, lo que es poco caballeresco... Entre los huelguistas mujeres y los huelguistas hombres hay, como siempre, víctimas de la misma huelga, que son algunas buenas y puras jóvenes que no encuentran con quién casarse por falta de un poco de dinero. Esta es una de las plagas de nuestra época--concluyó el cura haciendo un gesto de desanimación.

--Entonces--respondió la abuela con un resplandor de esperanza,--puesto que usted califica de plaga semejante estado de cosas, es que está por el matrimonio...

--Sin duda, señora--afirmó el cura,--el matrimonio es una necesidad social a la que deben someterse los que están llamados a ese estado...

La abuela volvió a tomar aspecto de triunfo.

--Pero no soy de opinión de que se violenten las vocaciones...

A mi vez cobré valor.

--Deje usted a Magdalena estudiar su cuestión de las solteronas, puesto que eso le interesa. Acaso nos descubrirá cosas asombrosas--añadió con una risa sonora que hizo temblar los cristales del despacho.

--Señor cura--dije en tono de protesta,--si usted supiera cuánto deseo complacer a la abuela...

--Eso está muy bien dicho, pequeña--respondió la abuela muy contenta.

--Vaya, la señorita Magdalena no se quedará solterona, lo preveo--dijo el cura sin dejar de sonreír.

--No será porque no las quiera ni porque no las defienda--contesté arriesgando una mirada del lado de la abuela.

--Sí, sí, usted quiere jugar a los perros de Terranova--exclamó el cura satisfecho al ver que estábamos más contentas.--Tiene usted razón. La solterona de otro tiempo, aquella caricatura física de la mujer, ha dejado, casi, de existir. Ya no se encuentran aquellos buenos tipos clásicos de trajes anticuados y estrechos como sus ideas. La solterona actual es con frecuencia una mujer de gusto, cuando no es la mujer de todas las caridades y de todas las abnegaciones.

--¡Ah!--exclamé aturdidamente,--siendo el cristianismo el que ha hecho posible la vida de la solterona, es muy natural que inspire esa vida...

--Otra tontería de Magdalena--murmuró la abuela.