Chapter 15
No se habla en el pueblo más que del chasco de la de Brenay con el Barón de Erinois. La Bonnetable hace el oficio de tambor municipal y va de casa en casa a llevar la noticia. El brillante capitán se vuelve a casar, pero no con Petra. Sus 13.000 pesos de renta han encontrado otra renta de 4.000 en una joven, sin más antepasados que unos fabricantes de productos químicos... La crónica añade que las esperanzas de la novia exceden con mucho a su dote...
La abuela lo siente por Petra, puesto que ésta lo deseaba, pero vitupera vivamente a la de Brenay, por desear tanto la gran riqueza.
--¡Qué singulares matrimonios se hacen ahora!--dice.--Todo desaparece ante la fortuna... Todo el mundo se arrodilla ante el becerro de oro... Qué costumbres...
No hay noticias del señor Baltet... La de Ribert le espera todos los días... ¡Y yo!...
--Dígale usted que sí en seguida, señora, no le haga usted esperar--le digo muy bajo.
--De modo que hay que decir sí...
--Sí... sí... sí...
--Cómo me recuerdas a tu pobre madre--dijo la abuela, con voz temblorosa.--Así estaba el día en que tu padre la solicitó...
--Y los dos te dan las gracias, abuela adorada, por la dicha que das a su hija...
--Así lo espero--respondió la abuela mirando las fotografías de los muertos queridos...--He hecho cuanto he podido para reemplazarlos contigo... ¿Lo he conseguido?
--Bien sabes que sí.
Mis besos pusieron fin a la conversación.
Como el señor Baltet no sea un buen nieto para la abuela, estoy pronta al divorcio... Cuidado con el papel sellado...
9 de marzo.
Por fin ha habido una carta suya, dirigida esta vez al padre Tomás, a propósito de un volumen que no se encuentra en las librerías... Pero como el volumen me interesa poco, retengo sobre todo la frase en que el señor Baltet asegura que su viaje a Aiglemont ha sido su camino de Damasco, y que su sueño dorado sería llamar su mujer a aquella de quien conserva tan profundo recuerdo...
¡Qué bien dicho está!
Cinco veces he leído el famoso pasaje, y, finalmente, para escapar a las miradas maliciosas del padre Tomás, me he arrojado llorando en los brazos de la abuela.
El cura se quedó un poco sorprendido por esta conclusión imprevista.
--¡Cómo!... ¿Lágrimas?...--murmuró levantando las gafas para ver mejor.
--Sí--respondió la abuela,--esta niña está muy sensible...
--¿Y es esa frase, que parece insignificante, la que ha provocado tal diluvio?
--Ciertamente... Señor cura--añadió la abuela descontenta,--no tiene usted corazón, sino comprende estas lágrimas.
--¡Bah!--respondió el cura, comprimiendo políticamente la risa,--creo tenerlo un poco, aunque mis glándulas lacrimales no tengan la misma capacidad que las de Magdalena...
No pude menos de reírme de la evidente sinceridad del cura, el cual dio un salto al oír la carcajada burlona que dejé escapar.
--¿Ahora se ríe?...--exclamó abriendo los ojos con intensa sorpresa.--Qué hermosa es la juventud... Se llora y se ríe sin saber por qué...
En seguida, para evitar otra emoción, me preguntó a quemarropa:
--¿Y las solteronas?... veo que las abandona usted definitivamente... No está bien interrumpir tan bonitos estudios...
--Así es la vida--respondí;--pero no crea usted que las abandono, puesto que les deberé mi felicidad...
El cura me miró con expresión de asombro, y la abuela me dirigió una sonrisa.
--Eso--dijo,--no es de la competencia de usted, señor cura... sea indulgente... Magdalena es tan feliz...
--Feliz por una frasecilla sin estilo, sin citación...--dijo despidiéndonos,--sí, no lo comprendo...
--Lo creo, señor cura, que no lo comprende usted... Eso no es de su competencia, como dice la abuela...
12 de marzo.
¡Ay!... todo está acabado desde ayer... desapareció aquella dicha que tanto me ilusionaba...
El señor Baltet se casa, sí, pero... con Francisca...
Es en Francisca en quien ha reparado; es a Francisca a quien ama; a ella es a quien pide en matrimonio, por medio de la de Ribert, consternada.
En el primer momento, la de Ribert quería devolver la carta y rogar al señor... no, no puedo escribir su nombre... que hiciese sus encargos él mismo, pero le supliqué que salvase mi amor propio y aceptase la misión que se le confiaba.
La abuela echa chispas contra Francisca; la de Ribert y Genoveva están indignadas, y el cura afirma que desde Dalila no se ha visto un ejemplo de traición semejante... Me esfuerzo por parecer animosa, pero estoy herida en el corazón...
--¡Queridos sueños míos!... ¡Qué derrumbamiento!
20 de marzo.
Se han hecho los esponsales de Francisca... La de Dumais vino ayer a participar el matrimonio a la abuela, pero ésta, muy delicada, no pudo recibirla...
¡Cuánto sufro, Dios mío!... ¿Le amaba, pues, hasta ese punto?
25 de marzo.
Parece que hay que salvar la situación y tener el valor de no cambiar mis costumbres para escapar de las hablillas del pueblo. La abuela me suplica que reciba a Francisca, que ha venido ya a verme cuatro veces... Hasta ahora he resistido, pero la abuela tiene razón... A la misma Celestina no dejaría de chocarle... Ayer dejó escapar una reflexión significativa:
--No vale la pena de ponerse una persona en las niñas de los ojos para dejarla luego en la puerta...--murmuró cuando iba a decir a Francisca que había yo salido.
Recibiré, pues, a Francisca... Qué penoso momento... Con tal de que tenga valor...
28 de marzo.
He visto a Francisca y he tenido con ella una escena muy dura.
La abuela me había suplicado tanto que me dominase, y tan vigorosamente me había sermoneado el padre Tomás, que estuve casi correcta.
Francisca entró un poco desconcertada. Evidentemente tenía conciencia de su mala acción. Sin hacerle un reproche, le ofrecí la mano.
--¿Me guardas rencor, Magdalena?
--Mucho.
--Sin embargo, te juro que ha sucedido a pesar mío...
--De modo que te casas a pesar tuyo...
--No... lo confieso... Pero... ¿Cómo diré yo?... Al principio no pensé en tal cosa.
--Sin duda--dije con amargura.--Sin pensar, estuviste provocadora y coqueta. Sin querer, prodigaste mil gracias conquistadoras y lo hiciste todo, todo, para quitármele...
Me callé de repente, viendo que iba demasiado lejos, y seguí diciendo con más calma:
--¿Por qué me has hecho traición?
--¡Traición!... que palabra...
--Es la justa.
--Pues bien, sí, te he hecho traición, pero al principio, créeme, Magdalena, no pensaba en ello...
--Que no pensabas...
--No, te lo juro... estuviste tan torpe... no hablabas... apenas sonreías...
--Sí, estuve torpe como un ganso y tú ingeniosa como un demonio... es sabido... ¿Y qué?...
--¿Y qué?... Que vi en seguida que no le gustarías jamás... jamás... ¿entiendes?...
--¿Por qué jamás?
--Los hombres como él, no aprecian a las mujeres como tú... Su razón no podía simpatizar con la tuya... Su prudencia tenía necesidad de mi locura...
--¡Ah!...
--La prueba es--dijo Francisca con energía,--que en seguida comprendí su inclinación hacia mí y su indiferencia contigo.
--Debiste decírmelo.
--¿Para hacer imposible mi juego?... No, por cierto, Magdalena. El señor Baltet es un hombre serio, un hombre que no ha vivido... Te aseguro--continuó Francisca casi suplicante,--que esa clase de hombres no se aficionan más que a...
--A las bribonas, tienes razón.
La palabra era dura, y la sentí inmediatamente, aunque sin desear retirarla.
--¡Bien!--articuló Francisca, respirando profundamente.--Pero, por muy bribona que sea, oye lo que tengo que decirte... Mi prometido... era el único marido posible para mí...
--¿Por qué?
--Porque es uno de los raros jóvenes que desprecian la fortuna...
--Desprecio no recíproco, ¿verdad?...
--No recíproco--confirmó Francisca muy sombría.--El es rico y le es fácil ese desprecio... yo, soy pobre y quiero vivir...
--Pues bien, tus medios te lo permitirán ahora--dejé escapar...
--¡Ah! Magdalena, eres cruel...
--Es que sufro... ¿Pero qué te importa eso a ti?--exclamé bruscamente.
--Yo también he sufrido--dijo Francisca...--tú no sabes lo que es desear casarse... No comprendes el infierno de no concebir otra vida más que la del matrimonio, ni más dicha que la de una buena unión, y pensar que jamás... jamás... se tendrá marido...
--Se toma el de las demás...
--El señor Baltet no lo era tuyo.
--No, pero sin ti, lo hubiera sido...
--Nunca...
--¿Qué sabes tú?
--El me lo ha dicho.
--¡Ah!--exclamé yendo hacia ella en actitud amenazadora,--¿me has hecho traición dos veces?...
--No--me respondió sin bajar los ojos;--le he preguntado sencillamente por qué me había preferido siendo pobre, a ti que eres rica...
--¡Ah!...
--Jamás--me respondió,--me hubiera casado con una mujer que tuviese fortuna... Quiero que mi esposa me lo deba todo, lo mismo su bienestar que su amor...
--De modo que te has perdonado tu traición...
--Todavía no... Quisiera, Magdalena, que te dieses cuenta de los sentimientos que puede experimentar una muchacha pobre cuando contempla la vida de las dichosas de la tierra desde el fondo del abismo en que vegeta... Ninguna probabilidad de casarse... Ninguna esperanza en la vida... Entonces deja una de darse cuenta del bien y del mal... No se piensa, no se vive, ni se desea más que conquistar lo imposible...
--Aunque sea destrozando el corazón de otra...
--Qué importa... Es la lucha por la vida...
--Lucha horrible...
--Pero permitida.
--¿Por qué, desgraciada?...
--Por el instinto de la dicha... ¿Es ésta, acaso, un monopolio de las jóvenes que tienen dote?
--¿Somos tan felices?...
--Vuestra felicidad es insolente...
--¡Ah! Francisca--dije enternecida.--No tengo padre ni madre y me quitas el único hombre a quien hubiera podido amar...
--Era el único con quien podía yo casarme... Tú puedes escoger...
--Ya había escogido.
--Peor para ti... La cuestión no está en escoger, sino en ser escogida...
--Bueno--respondí.--Estoy vencida, luego no tengo razón... No te deseo ningún mal, pero quiera Dios, Francisca, que seas más honrada como esposa que como amiga... ¿Le amas al menos?
--Todavía no--respondió Francisca después de un instante de vacilación.--Pero ya le amaré--añadió precipitadamente.
--O no le amarás--murmuré llena de angustia...--¡Qué triste es vivir!...
Francisca me miró, vaciló y se atrevió por fin a invitarme a su boda. Entregada a mí misma, hubiera rehusado con indignación; para salvar las apariencias, acepté.
--Para ti como para mí, vale más que nada se sepa fuera... Nuestra amistad ha muerto...
--¡Oh, Magdalena!
--Sí, ha muerto... de nada sirve negar la evidencia. Vas a salir de Aiglemont; hasta que te vayas, estaremos en la misma actitud en que estábamos. ¿Has comprendido?...
--Acepto tus condiciones puesto que he obrado mal contigo... Pero... yo... Magdalena... te quiero como siempre...
--Sin duda... el gato quiere al ratón con que juega... Adiós, Francisca.
Hizo un movimiento para abrazarme, pero yo permanecí helada.
--Adiós, Magdalena... Eres dura...
--Sí, las víctimas lo son siempre, es sabido. Pero me es imposible darte las gracias a pesar de mi buena voluntad... Adiós, pues...
Y Francisca desapareció, muy feliz sin duda, por haber terminado su nueva comedia.
Qué razón tenía la de Ribert y la abuela al ponerme en guardia contra ella... ¿Por qué no las he escuchado?... ¡Ay! ya es tarde...
31 de marzo
Se habla mucho del matrimonio de Francisca. Yo estoy heroica y me callo... La de Aimont gime al hablar de la increíble suerte de esta muchacha que ha encontrado el secreto de pescar tan buen partido. La cosa les es más sensible porque el joven de Martimprey exige 20.000 pesos de dote en vez de 10.000, para casarse con Paulina. Es lo último...
Los Aimont están furiosos por tal regateo, y es natural.
--¿Cómo va una a hacer para casar a sus hijas, Dios mío?--murmura la de Aimont.--No puede una, sin embargo, ponerse al acecho detrás de un muro protector y tirar sobre los yernos posibles...
--A eso se llegará, señora--dijo la abuela como consuelo...--La caza a los maridos amenaza con hacerse bárbara... ¡Qué costumbres!...
Pobre abuela... Siente mi pena a pesar de la calma aparente que ha logrado conquistar. Está triste y pálida y me mira con inquietud... En pocos días ha envejecido muchos años... Y pensar que hubiera querido tanto hacerla dichosa...
16 de abril.
He pasado una parte del día leyendo este voluminoso diario, relato de mis deseos y de mis ilusiones y testigo de mi decepción. Estaba recorriéndole con toda la melancolía de un ensueño interrumpido, cuando han venido a pedir noticias mías el padre Tomás, la de Ribert y Genoveva.
Les he leído unos pasajes de mi precioso cuaderno, y el padre Tomás me aconseja que le continúe.
--¿Qué voy a continuar?--pregunté.--¿Se continúa lo que está acabado?
--¿Cómo que está acabado?...
--Sí... ¿Qué quiere usted que añada a mis solteronas?--dije sonriendo tristemente.
--Un último capítulo--respondió el cura con fingida alegría.--Alguna cosa original.
--Ese capítulo--respondí,--está escrito... Me faltaba la solterona por decepción, y ya la tengo... Después, como cosa inédita...
--Permítame usted...
--Hacía falta añadir la lucha vergonzosa que atraviesa la joven sin fortuna en el camino de la que la posee... También está relatado.
--No hablemos de eso--exclamó la de Ribert con lágrimas en los ojos.--Distráigase usted, Magdalena, y no piense más en esa decepción que nos incumbe a todos, y a mí sobre todo...
--Por favor, déjeme usted toda la responsabilidad de lo que ha pasado--dije con voz poco segura.--Así como ignoraba lo que era una decepción, no sabía hasta donde podía ir la joven hipnotizada por el deseo de casarse... Ahora lo sé--añadí temblando ligeramente;--la cosa hace poco honor a la sociedad...
--La sociedad no tiene que ver con eso--dijo la abuela estudiándome con angustia;--todo depende del carácter particular.
--No siempre--respondí en tono más firme.--La lucha está emprendida de abajo a arriba en esta vieja sociedad alterada. Solamente en este combate por la vida, desgraciados los tímidos, desgraciados los débiles, desgraciados los concienzudos... Esos están vencidos de antemano...
--Vaya--respondió el cura,--usted exagera las cosas...
--¿No soy yo una vencida?...
--Sin embargo--replicó el cura mientras la abuela se enjugaba una lágrima,--no hay que ver las cosas tan negras... Podría usted ganar una enfermedad del estómago--añadió intentando una broma.
--Tengo ya tan malo el corazón...--murmuré apoyando la cabeza en el respaldo de la butaca.--Siento rencor por la sociedad entera.
--¿Por qué?--preguntó Genoveva.
--Una sociedad que hace tan poco para proteger a sus miembros más débiles es una sociedad a la que falta algo...
--Le faltan tantas cosas--suspiró el cura.
--Sí, pero sobre todo la presciencia de los peligros que hace correr a aquellos a quienes tiene la misión de guardar y no guarda... En el estado actual de nuestras costumbres, ¿qué puede hacer una joven que quiere casarse y no encuentra con quién?...
--Resignarse en el celibato--respondió la de Ribert.--No hay otra cosa.
--¿Y para la que no acepta la resignación?... Para esa no hay más que la rebelión--añadí convencida.--Las honradas faltarán al honor haciendo traición a quien puedan... Las otras caerán más bajo todavía... Es triste--continué,--pues si la sociedad no protege a sus individuos, se protegerán ellos mismos y volverá a empezar la lucha cuerpo a cuerpo, con la traición además...
El padre Tomás movió la cabeza, la abuela me miró con expresión de alarma y la de Ribert y Genoveva parecieron confusas.
--Es duro--añadí bajando los ojos,--ser engañada por la amistad y por lo que se cree ser el amor...
Nadie respondió.
Al cabo de un instante, el cura tosió, para aclararse la voz, y dijo:
--Por encima de la amistad que hace traición y del amor que desilusiona, hay, sin embargo, Magdalena, algo, o más bien, alguien que usted olvida...
Le miré con incertidumbre.
--Está Dios--continuó en un tono majestuoso que me conmovió;--Dios que castiga las traiciones y consuela a los engañados...
--Sí--respondí en un impulso de sinceridad.--Pero mi decepción está tan reciente que...
--¿Quiere usted una receta para curarla?
--¿Una receta?--pregunté sonriendo esta vez, con gran contento de la abuela.--Démela usted pronto, señor cura, pues bastante la necesito...
--No penar en lo que se sufre, sino en lo que sufren los demás... Esta es mi receta.
--Pero... es una receta de solteronas--exclamé.
--Por eso es de circunstancias...
--Sí--respondí valientemente.--Puesto que soy una solterona involuntaria, utilicemos las recetas de las solteronas... Resumamos, señor cura... Para hacer una solterona se toma una joven, se la desilusiona, se le hace traición...
--No siempre--protestó Genoveva.
--Y si no se le hace traición, se le acapara y se la ocupa de los demás y no de sí misma... Vive para los pobres, para los desgraciados y para los enfermos... Envejece... se acartona... se deseca...
--Y muere--dijo la de Ribert en tono trágico.
--Y va derecha al Cielo--añadió el cura,--escoltada por las lágrimas de todos los que ha aliviado y acogida por las sonrisas de los bienaventurados que la han precedido...
--Entonces, la solterona...--pregunté.
--Es una reina en el Cielo... cuando ha sido buena.
--¿Y si no lo ha sido?...
--Ha tenido bastante purgatorio en la tierra para no necesitar pasarlo de nuevo en el otro mundo--dijo el cura en tono un poquito sarcástico.
--Dichosas solteronas--suspiró la abuela.
--Sí--respondí sintiendo cierto alivio...--Dichosa la que sufre sin haber hecho nunca sufrir...
--¡Sufrir y no hacer sufrir! sí--murmuró la abuela con su voz grave de los grandes días de duelo;--sí, esa debiera ser la fórmula de la vida de la mujer, aun de la más feliz de todas.
FIN