Chapter 14
Todo me lleva invariablemente a ese señor Baltet a quien no conozco. Ayer encontré a Petra que, con tierna solicitud, iba a acompañar a paseo a Simona y Gertrudis de Erinois, y no pude menos de pensar que sería yo muy feliz paseándome así con las niñas de Baltet... si es que existen niñas de Baltet... La de Brenay acapara a los Erinois, padre e hijos; todo Aiglemont se interesa por la lucha Brenay-Erinois, como llaman a la nueva intentona de esta ambiciosa señora de Brenay. Se hacen apuestas, y Paulina me ha contado que su padre ha apostado un peso a que la boda no se hace. La de Aimont está muy descontenta porque teme que esta historia de la apuesta llegue a oídos de los Brenay, que se pondrían furiosos.
--Pero también--objetaba la de Aimont,--no se comprende semejante imprudencia... Petra ha recorrido ayer toda la calle de Thiers con las niñas de Erinois... Es correr detrás del padre demasiado visiblemente.
No veo que haya una relación tan visible entre el padre y las hijas, pero esto debe de consistir en mis preocupaciones personales.
¿Será que mi cabeza descarrila, como dice algunas veces la abuela?...
29 de enero.
Esta tarde, me ha sorprendido la abuela registrando el diccionario geográfico.
--¿Qué buscas, Magdalena?
--Nada, abuela... El nombre de una población--balbucí ruborizándome de un modo anormal.
--¿Qué nombre?
--Bellefontaine--murmuré ocultando esta vez la cara en el libro.--Tiene 6.000 habitantes--dije sin atreverme a levantar los ojos.
--Un poco menos que Aiglemont--respondió la abuela sin fijarse lo más mínimo en mi confusión.--Me gustan esos pueblos pequeños... Las costumbres son en ellos apacibles y honradas...
Dicho esto, me dejó con el pretexto de dar órdenes a Celestina. No sé por qué me pareció sorprender un relámpago de satisfacción en la mirada que me echó al cerrar la puerta...
2 de febrero.
Descarrilo, positivamente.
Esta mañana, después de misa, me he encontrado delante de la imagen de San Antonio con la de Aimont. San Antonio es menos comprometedor que San José y las muchachas casaderas pueden rezarle sin que todo el pueblo sea informado inmediatamente de que están en instancia con el Cielo para obtener un marido.
La de Aimont estaba confusa y yo también. Ella rezaba por el señor de Martimprey a fin de que el santo favoreciese el matrimonio de su hija. Yo suplicaba a San Antonio en favor del señor Baltet. Pero sin precisar.
--He perdido unas llaves que me hacen mucha falta y vengo a encomendar mi causa a San Antonio--me dijo la de Aimont al oído.
--Yo he extraviado un pañuelo de valor--respondí con la misma sinceridad,--y espero que San Antonio...
Cambiamos un apretón de manos y no hubo más.
La de Ribert, a quien encontré al salir de la Catedral, me dio broma amablemente sobre mi repentino desencanto respecto de nuestros estudios...
Protesté, pero débilmente y sin convicción. Para explicar mi cambio de actitud alegué unos trabajos urgentes de pintura. La abuela, que se reunió con nosotros en este momento, cambió con la de Ribert una mirada de inteligencia que me ruborizó... Por fortuna, la conversación tomó otro sesgo.
¡Dios mío, te lo ruego, haz que ni la abuela ni la de Ribert adivinen mi niñería!
10 de febrero.
Francisca, extrañada porque no me encuentra en ninguna parte, ha venido a buscarme esta mañana.
Vamos a ver, Magdalena--me gritó desde el umbral de la puerta,--vengo a saber por qué desapareces así de la circulación. ¿Por qué no has ido a casa de Petra ni a la de Paulina?... Te hemos echado mucho de menos... Si supieras cómo nos hemos reído... La de Brenay se cree ya suegra del Barón de Erinois; habla de él con un orgullo extravagante y mima a las chiquillas cuanto puede...
--¡Ah!--dije aparentando interés.
--Simona de Erinois dijo el otro día una frase que no tiene precio. Figúrate que se atrevió a decir a la de Brenay: «Eres amable porque quieres a papá...» Imagínate el cuadro...
--¡Ah!...
--Lo que me parece que va bien es el matrimonio de Paulina. Según lo que cuenta la de Aimont, el joven que tiene tan bonita fortuna en Martimprey exige 20.000 pesos de dote. La de Aimont protesta... «¡Qué exigencia!--murmura;--es draconiano...»
--Y ella, ¿no se encuentra exigente?
--Nada de eso--respondió Francisca con una burlona carcajada.--Ella es natural que tenga las pretensiones que quiera, eso es permitido... Lo que no lo es, es que el caballero haga lo mismo.
--¡Ah!--respondí pensando en otra cosa.
Francisca se acercó a mí y me levantó la cabeza cogiéndome por la barbilla.
--¿Me quieres decir qué significan esas distracciones?--me preguntó meneándome.--La verdad es que no te conozco... Vamos, no me mires así, porque creeré que no tienes la conciencia tranquila...
Por toda respuesta me eché a llorar sin poder más que decir débilmente:
--No sé lo que tengo... Creo que estoy enferma...
Francisca me miró un instante en silencio, registró mi escritorio, descubrió mi diario y leyó las últimas páginas sin que yo pensase siquiera en oponerme.
--¡Vamos! esto es... Estás cogida, mi pobre amiga...
--¿Cómo cogida?...
--Sí, estás chiflada por el señor Baltet.
--Chiflada...
--Ciertamente... Le amas... ¿Comprendes ahora?
--No, no, Francisca, no te figures eso--exclamé espantada y sin llorar ya esta vez;--estoy enferma...
--Enferma... ¿Dónde?
--Por todas partes...
--Una especie de angustia, ¿eh?...
--Sí.
--Falta de interés hacia todo... Una idea fija...
--Sí, sí...
--Accesos de tristeza... Ganas de llorar...
--Sí, sí--dije sintiendo que las lágrimas se me escapaban con abundancia.
--Pues bien, eso es el amor--exclamó Francisca con entonación triunfante.--Te aseguro, hija mía, que eso es el amor...
--No es posible--respondí indignada.--No conozco siquiera a ese señor y quieres que le ame...
--No es necesario conocer para amar--dijo Francisca con vivacidad.--En las novelas no se conoce más que a los amigos. Con los enamorados la cosa es más rápida... Una chispa, y brota el amor...
--En las novelas, Francisca, pero en la vida...
--En la vida pasa como en las novelas... Créeme, Magdalena, he leído bastante para conocer la materia...
--¿Crees entonces?...--pregunté un poco influida por la convicción de Francisca.
--Sí... Con tus ideas y tu educación, tenía que suceder... ¡Ah! Magdalena, la solterona se transforma en una enamorada... Es graciosísimo...
Sonreí débilmente.
--No te burles, Francisca... Piensa que te puede suceder lo mismo...
--¿A mí?--exclamó indignada;--jamás... ¿Yo enamorada?... El amor, amiga mía, no es de mi cuerda.
--¿Y lo es de la mía?...
--Completamente... Tú eres cariñosa, Magdalena, y yo no... Por otra parte--añadió,--prefiero mi carácter al tuyo...
--Cada cual es como Dios le ha hecho--suspiré, envidiándole su filosofía y su buen humor.
--Desgraciadamente para ti. Teniendo corazón se sufre... Con un corazón de similor como el mío, todo importa poco... ¡Viva el similor!...
--¡Viva el amor!--respondí por lo bajo.
--¡Qué gusto!--exclamó Francisca muy contenta.--Va a ser divertido ver a una enamorada de carne y hueso... ¿Me lo contarás todo, eh, Magdalena?...
La niñada de Francisca me hizo reír, y prometí todo lo que quiso. He aquí a la buena Francisca elevada al papel de confidente... Se calumnia al decir que no tiene corazón, y todo el mundo es injusto con ella... Es, sin embargo, la única que me ha comprendido... Qué buena y segura amiga...
--¡Pensar que estoy enamorada!... Es lindo el amor, pero triste... Y hasta hace un poco de daño...
16 de febrero.
La abuela va con frecuencia a casa de la Ribert, el padre Tomás viene a la nuestra, Genoveva aparece y desaparece y me envía amables sonrisas, y Celestina afecta cierto aire de discreción... Con tal de que no piensen otra vez en casarme... ¡Oh! no, no estoy para entrevistas...
No he podido menos de dar parte a Francisca de mis temores, y me ha animado a la resistencia.
--El amor es siempre contrariado por la familia--observó, dándose importancia.
--¿Crees eso?
--Sí. Hay que tener energía y no dejarte influir...
--Pero...
--Si cedes, todo está perdido.
--No cedo--respondí;--pero, en fin, Francisca, yo no conozco al señor Baltet...
--Que no le conoces... ¿Y la famosa carta?...
--Es verdad; existe la carta.
--Una carta como esa, basta para inflamar un corazón...
--Un corazón inflamable--rectifiqué,--pero no uno como el tuyo.
--No se trata de mí--respondió Francisca.--sabes que yo no represento más que los papeles de coqueta, mientras que tú eres una enamorada de nacimiento...
--¿Verdad?...
--Sí, cuando yo te lo digo...
¡Buena y querida Francisca!... Qué suerte tiene de saber tanto... Hemos discutido juntas el santo a quien hay que rezar para conseguir que el señor Baltet llegue a conocerme. Yo me inclinaba a San Antonio, pero Francisca no es de mi opinión y me encomienda a Santa Magdalena. Me ha traído el librito del padre Lacordaire para excitar mi confianza en la querida santa.
20 de febrero.
--¡Qué revolución en mi vida!...
--¡Oh! qué inmenso agradecimiento el mío a mi buena y querida abuela... Y pensar que estaba yo a punto de creer que su abnegación se debilitaba... Qué monstruoso error y qué ingratitud sin ejemplo...
Esta mañana, almorzando, la abuela me hizo observar que estaba quedando mal con la de Ribert y que no debía abandonarla así, después de haberla molestado tanto con mis deseos de estudio.
Si ahora te interesan menos las solteronas--dijo la abuela con fina sonrisa,--no por eso debes tomar ese aspecto despegado... Hace más de cinco meses nos estás fastidiando con tus solteronas... ¡Dios mío! qué disgustos me has dado... En fin, ya pasó...
--¿Qué es lo que ha pasado?--pregunté fingiendo no comprender el pensamiento de la abuela.
--Tu incomprensible gusto... Para ti no había más que las solteronas... Sólo ellas eran buenas y perfectas...
--No, abuela. Pero convengamos en que son tan buenas y tan perfectas como las casadas... o más.
--¡Bah! no hablemos más... Para salvar tu reputación, iremos esta tarde a casa de la de Ribert... No quiero que esta excelente amiga te juzgue mal.
Se convino que a las tres dadas me encontraría dispuesta para acompañar a la abuela, y como no quería, de ningún modo, sufrir un interrogatorio malicioso, envié dos letras a Francisca para que se encontrase a las tres en casa de la de Ribert. Contaba con ella para cambiar de conversación e impedirla que fuese desagradable para mí.
A la hora indicada, y en el momento de entrar en casa de nuestras amigas, nos tropezamos con Francisca, la cual, después de haber saludado amablemente a la abuela, nos propuso acompañarnos. La abuela hizo un movimiento de protesta que Francisca aparentó no ver ni yo tampoco. En seguida llamé, para evitar la hostilidad de la abuela, a la que no hacía ninguna gracia la compañía de Francisca.
Marieta, la doncella, nos abrió la puerta, y cambió un mirada con la abuela, que me asombró. Pareció que la abuela le preguntaba:
--¿Hay alguien con la señora?
Y que Marieta había respondido:
--Sí.
Mientras subía la escalera, me sentí oprimida y rara. Francisca me empujó con el codo y me dijo:
--Esto huele a misterio, ¿eh?...
Mi opresión aumentaba, y me parecía que marchaba hacia mi destino, casi hacia mi desgracia... Si me hubiera atrevido, me hubiera escapado... Por fin, se abre la puerta del salón y... ¿qué veo?
Delante de la ventana, ocupados en mirar fotografías, estaban la de Ribert y un joven rubio... alto... delgado... de ojos azules... Es el señor Baltet, estoy segura...
Las presentaciones no me enseñaron nada. Le había conocido... ¡Cómo se parecía al hombre de mis sueños!... Su voz tiene las mismas inflexiones corteses... ¡Es él!...
Pero... si es él, es que la abuela y la de Ribert me han adivinado... ¡Qué vergüenza!
Por un violento esfuerzo, logro recobrar un poco la calma, pero no puedo hablar... Francisca, que lo ha comprendido todo, se divierte grandemente, ríe, habla, afecta su expresión reservada de los buenos días, y exhibe de vez en cuando algún ingenio. Está encantadora, mientras que yo tengo la sensación de estar estúpida como una docena de gansos reunidos... La de Ribert me mira con reproche, la abuela con ansiedad, y las dos están casi duras con Francisca, y cortan intencionadamente sus frases más brillantes... Por fortuna para mi amiga, su humor parece estar en buen tiempo fijo y me quedo asombrada de su dulzura desusada. ¡Pobre Francisca! Hace eso por mí... Qué buena es...
La de Ribert nos explicó en pocas palabras cómo había conocido al señor Baltet, y habló de sus investigaciones sobre el celibato... La abuela sonrió... El señor Baltet tomó parte en la conversación... Genoveva habló también... Solamente a mí no se me ocurrió nada que decir... Era tan feliz con mi absurda angustia... No sé cuánto tiempo duró la visita, pero cuando la abuela se levantó, di un suspiro de pena... La abuela lo notó probablemente, pues invitó al señor Baltet a ir a casa al día siguiente, con aquellas señoras, para ver unas antigüedades que podía enseñarles.
El señor Baltet dio las gracias y aceptó, diciendo que quería aprovechar su estancia en Aiglemont para hacer unos estudios arqueológicos del mayor interés. Tiene una carta de recomendación para el padre Tomás, lo que pareció encantar a la abuela.
Pero Francisca dio un violento golpe a su encanto, expresando que tendría mucho gusto en ser admitida a contemplar esas cosas que tanto le gustan. La abuela no había comprendido ciertamente a Francisca en la invitación, pero la curiosilla desempeñó perfectamente bien el papel de aficionada a antigüedades, y hasta tomó cierta expresión profunda al hablar de arqueología, todo para ablandar a la abuela y conseguir que no se le cerrase la puerta... El señor Baltet parecía ver con placer las diversas evoluciones de Francisca. Cómo se hubiera reído si hubiera sospechado la comedia que nos estaba representando...
Genoveva me acompañó hasta la puerta y me dio un beso tan tierno, que me sentí instantáneamente animada y libre de mi absurda angustia.
--Qué lástima, dejar a la de Ribert--dije a la abuela en cuanto salimos.--Creo ahora haber recobrado mi presencia de ánimo y hubiera gozado más de la presencia de mi alma hermana...
--Silencio--dijo la abuela;--esperemos a estar en casa para hablar libremente...
Al llegar, me eché en los brazos de la abuela, y sólo mis lágrimas le dijeron elocuentemente mi agradecimiento.
--¡Querida abuela!--suspiré, cubriéndola de besos.
--¿Estás contenta, hija mía?--me preguntó con voz conmovida, devolviéndome con usura mis caricias.
--Abuela, abuela... ¿Habías adivinado?... Qué ángel guardián...
--No era difícil--respondió.--Eres tan misteriosa, pobre hija mía, que llevas el secreto escrito en la frente...
--¡Dios mío! y yo que apenas lo sabía... Sin Francisca, no lo hubiera sospechado siquiera...
--Dichosa inocencia--exclamó la abuela riéndose.--Pero--añadió más severamente,--te ruego, Magdalena, que no acojas a Francisca como lo haces... Es astuta esa muchacha... Me contraría el verla mañana con el señor Baltet...
--¿Por qué?--pregunté sorprendida.
--Por nada--respondió la abuela, haciendo un movimiento como para ahuyentar un pensamiento importuno.--Hablemos de nuestro complot...
Me contó entonces que había vigilado mis impresiones, que se había confiado al padre Tomás, y que la de Ribert había prestado su concurso a la conspiración. Con el pretexto de comunidad de ideas, había respondido directamente al señor Baltet. Este había pedido con la misma ocasión algunos datos sobre los descubrimientos arqueológicos hechos en Aiglemont, y la de Ribert había respondido tan bien, que el señor Baltet manifestó el deseo de venir a juzgar personalmente. Y todo se había arreglado.
--De modo--pregunté mordida en el corazón por una secreta angustia,--que no se ha tratado de mí...
--Nada de eso--respondió la abuela.--Acuérdate de la declaración de principios del señor Baltet... Creo que hablaba de exterminar a todo intermediario en un asunto matrimonial... No era este el caso de probar...
--Mejor--respondí;--me quitas un gran peso...
--Un poco de buen sentido, Magdalena--dijo la abuela.--Ya me haces incurrir en cosas bastante extraordinarias sin llegar a ofrecer a nadie mi nieta... ¡Ah! qué débil es el corazón de una abuela... Por cariño a ti, me veo metida en la más tonta historia que he visto jamás... La culpa es de las solteronas... Las abomino...
--Querida abuela--respondí, apoyando la cabeza en su hombro,--si esas aborrecidas solteronas fuesen la causa de mi felicidad, ¿las detestarías?...
--No, hija mía--dijo la abuela enternecida.--Tu dicha es mi única preocupación... de modo que tú crees...
--Sí--balbucí confusa,--sí, creo...
--¿Ya no eres opuesta al matrimonio?
--Muy poquito ya... casi nada.
--¡Ay! hija mía, qué alegría me das... Al fin podré morir tranquila...
--No hables así, abuela adorada. Lo que hace falta es que vivas mucho tiempo... siempre.
La abuela movió la cabeza con expresión de pena, y para no enternecerse más, me habló de la buena posición del señor Baltet, de sus gustos serios y de sus relaciones con el mundo de la ciencia.
--¡Es alguien!--dijo la abuela.
--Con tal de que yo llegue a ser algo para ese alguien...--murmuré con nueva angustia.
--¿Por qué no?--respondió la abuela con orgullo.--Tendría que ver que a ese señor se le ocurriera criticarte...
--Sin criticarme, podría sencillamente no reparar en mí...
--¿En ti?...
Esta pregunta fue un poema de amor, de confianza y de admiración y dijo todo el cariño de mi abuela querida y su fe ciega en el porvenir de su nieta.
¡Pobre abuela!...
21 de febrero.
El señor Baltet me gusta cada vez más.
Ha estado delicioso esta tarde. Cada uno de los objetos que le presentaba la abuela, era motivo para una disertación medio seria, medio jocosa. La de Ribert y Genoveva han quedado conquistadas como yo... aunque en distinto grado. Hasta Celestina manifiesta alguna indulgencia hacia el señor Baltet. La abuela no habla más que de él, y su nombre sale a cada instante en la conversación... Yo sonrío y me pongo encarnada... Dios mío, qué dichosa soy...
Francisca me asombra prodigiosamente. Ella, que no tiene la costumbre de hablar seriamente, está admirable de formalidad y de oportunidad. No sé dónde ha ido a buscar las anécdotas que nos ha contado sobre un plato de Bernardo Palissy; todas la hemos escuchado con la misma sorpresa. Sin ese airecito reservado y dulce que ha inaugurado, sin duda en obsequio del señor Baltet, se hubiera ganado algunas observaciones de la abuela o de la de Ribert; pero nadie ha dicho nada, en consideración a un esfuerzo tan meritorio. El mismo señor Baltet escuchaba con gusto lo que decía Francisca. En varias ocasiones ha buscado su mirada y casi solicitado su aprobación; y la deliciosa Francisca, encantadora de ingenuidad y de modestia, sonreía, decía algunas palabras sin incorrecciones, se callaba y bajaba los ojos... Hasta he notado que le sale muy bien ese juego de miradas... Qué milagrosa conversión... No he podido menos de hacérselo observar:
--Dime, Francisca, ¿se trata de una apuesta?
--No hagas caso, Magdalena--me respondió, soltando una carcajada, que me pareció nerviosa,--es mi cara de hacer conquistas...
--¡Su cara de hacer conquistas!... ¡Qué broma!...
25 de febrero.
Se ha marchado, y todo mi horizonte se ha ensombrecido de repente... El cielo me parece obscuro, las nubes tristes, las calles enlutadas, la gente fea y me pesa la vida diaria... ¿Es esto el amor?... ¿Amaré verdaderamente a un hombre a quien apenas conozco y en el que pienso sin cesar?...
La abuela asegura que le he gustado y apoya su opinión en las confidencias que le ha hecho el padre Tomás. El señor Baltet le ha hablado de su deseo de casarse y de su voluntad de no hacerlo más que con una mujer que le guste absolutamente. El cura, con su espiritual bondad, le ha animado, y ha sabido por él que mi alma hermana se interesa por una joven descubierta hace poco tiempo... ¡Salto de alegría!... Gracias, Dios mío...
El señor Baltet debe de estar contento de la recepción que se le ha hecho en Aiglemont. El padre Tomás le ha mostrado una benevolencia excesiva. El señor Dumais, a ruego de Francisca, se ha desvivido por acompañarle y enseñarle las curiosidades de la población, y, en una palabra, todos han puesto de su parte para que el arqueólogo encuentre en Aiglemont algo más que la antigüedad... ¿Ha encontrado, verdaderamente?... ¿Se lleva una impresión seria y duradera?... ¡Cómo quisiera saberlo!...
He tratado de ver a Francisca para saber su pensamiento sobre esto, y me ha sido imposible... Francisca, que se encontraba como por milagro ante los pasos del señor Baltet, es ahora invisible.
--La señorita ha salido.
Tal es la respuesta que responde a mi campanillazo, cada vez que trato de ver a esta fantástica Francisca.
Es curioso... Creí tener muchas cosas que escribir esta noche, y no me ocurre nada... Estoy distraída... Busco las palabras, y mis ideas se confunden... ¿Qué estará haciendo el señor Baltet mientras yo escribo?...
1.º de marzo.
La de Ribert ha recibido una carta de mi alma hermana, llena de esperanzas para mí. El señor Baltet escribe con todas sus letras:
«Espero que tendré pronto una gran confidencia que hacer a usted, confidencia a que tiene derecho, puesto que está usted un poco en el fondo del secreto que me interesa.»
Genoveva me ha dado broma sobre esto.
--El señor Baltet ha descubierto un sarcófago o alguna moneda muy rara, y quiere participárselo a mi madre... Es muy amable--ha añadido, dirigiéndome una linda sonrisa.
Yo también me he reído... Qué lejos está el señor Baltet de tal asunto de confidencias... Tan lejos como yo...
He podido echar la vista encima a Francisca, durante un minuto. Estaba nerviosa, molesta e impresionable en exceso.
--Sabes--le dije, con toda la exuberancia de mi alegría,--la de Ribert tiene una carta...
--¡Ah!--dijo con voz apagada.--¿Y qué dice?...
--Nada preciso, pero hay muchas esperanzas...
--¿Nada preciso?... ¿Seguramente?...--preguntó en un tono violento y temeroso a la vez.
--Puesto que yo te lo digo--respondí extrañada al ver aquel temor incomprensible.--Nadie está más interesado que yo en creer otra cosa...
--Es verdad--replicó Francisca con voz extraña,--tú eres la más interesada en la cuestión...
--Sin duda--dije.--Y dime, ¿cómo le encuentras?...
--¿Yo?...--preguntó Francisca...--Pero cogió de prisa el sombrero, que estaba en una mesa de su cuarto, y se lo puso en un momento...--¡Y yo que olvidaba el encargo de mamá!...--exclamó, con una prisa extraordinaria en ella.--Dispénsame, Magdalena, tengo que salir... ¡Ah! sí--dijo en el momento en que la dejaba,--me preguntabas cómo le encuentro... Pues bien, mi opinión no ha cambiado... El señor Baltet es un majadero, a quien la primera mujer un poco lista escamoteará cuándo y cómo le plazca...
--Si soy yo--exclamé,--no me quejo.
--Y tienes razón--respondió Francisca, con no sé qué relámpago en los ojos.
Es singular esta Francisca...
Mi destino empieza a dibujarse... Voy a él confiada y dichosa, creyendo al fin en la felicidad de la mujer en posesión de un marido amado y de unos hijos queridos... ¡Qué camino recorrido en pocas semanas!...
No he podido menos de hacérselo observar a la de Ribert, cuya indulgencia conozco.
--Es el momento psicológico, Magdalena... Esa hora suena para todas...
--Pero hay que oírla--murmuré con una fantástica visión en el corazón y en los ojos.
--¡Bah! habría de ser sorda para no oír, al menos, las campanadas de una parte...
--Es verdad... pero con algodón en los oídos...
--¿Tiene usted algodón ahora?--me preguntó la de Ribert, con una sonrisa enteramente maternal.
--No--respondí, ruborizándome;--al menos para lo que viene de Bellefontaine...
Y me marché con el corazón en fiesta y el alma en ebullición.
5 de marzo.