Chapter 13
--Sí, lo concedo--respondió Francisca en tono de condescendencia.--Pero ese señor, en vez de volver la espalda en seguida, pudo decir claramente lo que pensaba a la madre de la joven. Pudieron entenderse, economizar, borrar uno de los gastos...
--¿Cuál hubiera usted borrado, Francisca?--preguntó la de Ribert con una sonrisa ligeramente burlona.
--¿Yo?... Ni uno, señora,--respondió Francisca muy convencida.--Todo eso es estrictamente necesario...
--Sí--dijo la de Ribert,--un gasto a que se está acostumbrado, se convierte, en efecto, en una necesidad. El período que precede al matrimonio es generalmente una amable suspensión de todas las facultades prácticas, y se tira el dinero por las ventanas... Es, con frecuencia, una fiebre de las más malignas, de la que las jóvenes se resisten durante algún tiempo... Y se acostumbra uno pronto a no calcular...
--¡Qué exageración!--exclamó Francisca.
--No, no exagero. Después de los esplendores de unos esponsales dichosos, vienen los faustos de la boda, completados por los gastos del viaje obligatorio... Los jóvenes que poseen pocos bienes, hacen las cosas tan regiamente como aquellos cuya fortuna está sólidamente establecida... Hace falta voluntad y energía para resistir a la corriente de los placeres y arreglar los gastos de tal modo, que se salve el equilibrio del presupuesto, conservando las apariencias de una vida acomodada... ¿Cree usted que las jóvenes modernas ven bien ese grave aspecto del matrimonio?...
--La verdad es que no lo sé--dijo Francisca.--Por mi parte prefiero confesar en seguida que no entiendo nada de todo eso.
--Ya ve usted--respondió sencillamente la de Ribert,--que el señor Marcelier tenía razón.
--¿Y la otra carta?--preguntó Francisca, queriendo cambiar de conversación.
Genoveva puso en la mesa la carta que acababa de leer, y cogió la reclamada por Francisca.
--Te prevengo--dijo riendo,--que esta carta no te va a gustar mucho más. Escucha.
* * * * *
«Juan Dormal al abonado X. Y. Z.
»Nadie era más partidario que yo del matrimonio. Soñaba yo con amor y con agua fresca, cuando las muchachas se encargaron de administrarme dicha agua fresca en forma de duchas desilusionantes.
»Tres intentos de matrimonio a cual más desgraciado, me han desanimado para mucho tiempo, y he abandonado la idea de casarme.
»Permítame usted que le cuente estos ensayos lo más sucintamente posible, a fin de contribuir así modestamente a sus interesantes estudios.
»Hace unos seis meses, mi madre me presentó en una casa donde debía encontrar una señorita llena de cualidades y limpia de todo defecto. Encontré, en efecto, una encantadora joven, de una elegancia perfecta, amable, graciosa, alegre, y, en una palabra, enteramente seductora. Antes de inflamarme por esta maravilla, el último resplandor de buen sentido, me hizo averiguar los gustos de la que mi madre llamaba ya en el fondo de su corazón «mi deliciosa hija.»
»No soy un lobo, ni tengo nada de salvaje, pero tampoco tengo los gustos de un mundano decidido. Confieso que mi ideal sería un hogar apacible y dichoso, y que encontraría muy desagradable que mi mujer estuviese siempre rodeada de una multitud de adoradores.
»Ahora, bien, en pocas horas supe que Gilberta M... era una coqueta empedernida, muy experta en audaces amoríos... Se citaba el número de sus adoradores, casi igual al de sus trajes... Se me dijo que aquella joven tan perfecta, era tan desagradable en el interior de su casa, como encantadora fuera... Supe que era incapaz de coger una aguja, pero que, en cambio, sobresalía en el piano, en el _tennis_ y en el _croquet_, que nadie montaba en bicicleta como ella y que no tenía rival en la gabota...
»Como sujeto de amoríos encontré a Gilberta ideal, pero como esposa... diablo, aquello dejaba que desear. Abandoné, pues, el proyecto de mi madre, y declaré francamente que no me casaría más que con una joven seriamente educada... Se casa uno para estar tranquilo, después de todo.
»Mi segundo ensayo fue lamentable, en otro concepto. Di con una joven profundamente seria, pero una verdadera mujer mecánica. Sofía D... se había impuesto cinco horas diarias de estudio de piano, dos de pintura, una de canto y dos de paseo higiénico: total, diez horas de ocupaciones sagradas que nada ni nadie tenía derecho a distraer... Condiciones _sine qua non_ del matrimonio; había que tomarla así o dejarla... Yo la dejé con mucho gusto... ¡Cinco horas de piano!... ¡Cabeza hacía falta!...
»--Búscame--dije a mi madre,--una buena camarada, ni muy mundana ni muy seria; una joven de buena familia, sin demasiadas habilidades... Una hija de la Naturaleza...
»Esta perla estaba esta vez en un castillo de la Edad Media, muy pintoresco, a fe mía... Fui a él en la estación de la caza, y sufrí desengaño tras desengaño...
»Micaela S..., buena muchacha, fraternal como un diablo, camarada con exceso; tenía una conversación que indicaba demasiado que era, realmente, una hija de la Naturaleza...
»No podía decir tres palabras sin añadir una patochada y soltar una desvergüenza digna de un carretero. No pude hacerme a aquella fantástica educación, y llegué al colmo del asombro cuando le oí llamar a su padre: «Mi viejo Teófilo» y a su madre: «La buena Isabel.» Cerré la maleta, y volví a tomar el tren.
»He aquí el relato muy abreviado de mis tentativas matrimoniales, la más desagradable de las cuales, fue la de la camarada.
»Una camarada es la mujer a quien se prohíbe tener ese encanto femenino que nos cautiva; es la loca que firma riendo un contrato de igualdad, que es para ella un engaño... La camarada es la mujer que renuncia a las consideraciones que da la ternura, a los miramientos que da el respeto y a los matices que da el amor... La camarada es la mujer ante la cual se puede hacer todo, es la mujer con la que nadie debe casarse...
»Rogando a usted que me dispense tan larga misiva, suplícole que acepte la expresión de mis respetos.
»JUAN DORMAL, »Capitán de Artillería.»
* * * * *
Cuando Genoveva terminó la lectura, nos quedamos todas en silencio. Francisca mordisqueaba la punta del pañuelo y columpiaba un pie puesto sobre el otro. Yo me reía en mis adentros de su evidente disgusto. Ella, que tiene por principio que la camarada es la mujer del porvenir, no podía evidentemente conformarse con este nuevo concepto de la camarada, y esto le hacía perder su buen humor acostumbrado.
--Este señor razona muy bien... ¿Qué os parece?--preguntó la de Ribert, echando una mirada a Francisca.
--Ese señor es un imbécil--dijo levantándose bruscamente.
--No te enfades, Francisca--exclamé, echándome a reír...--No te he oído nunca decir las palabrotas de que habla el señor Dormal... No se trata de ti.
--Sí, sí, sabes bien que todas esas frases sobre la camarada me dan en pleno estómago. ¡Ah! el muy idiota...
--¿Tu estómago?...
--No, ese capitán del diablo.
--Vamos, Francisca, tranquilícese usted--dijo la de Ribert.--Si hubiera previsto que estas cartas iban a contrariar a usted tanto, no se las hubiera leído.
--No lo sienta usted, señora--respondió Francisca con una vivacidad enteramente elástica,--soy yo quien lo ha pedido... Pero ese señor ridículo que afirma que no se casa nadie con la mujer camarada, se engaña... Yo me casaré--añadió con una expresión repentinamente endurecida,--diga lo que quiera ese señor y sus admiradores...
Estas fueron las últimas palabras de la fantástica Francisca, que dijo que nos dejaba porque tenía que terminar sus visitas de primero de año. En cuanto se marchó, me levanté para despedirme de aquellas señoras, pero la de Ribert me detuvo.
--Esta Francisca es alarmante, muy alarmante... Su gana de casarse le turba el entendimiento--dijo moviendo la cabeza con expresión meditabunda.
--¡Bah!--respondió Genoveva siempre indulgente.--Es esa una crisis por la que pasan muchas jóvenes... Ya pasará; te lo aseguro.
--Pero es una crisis peligrosa--observó la de Ribert;--su corazón y su cabeza se atrofian visiblemente... No se fíe usted, Magdalena... No debía usted decírselo todo a Francisca como lo hace.
--Siento en el alma haber iniciado a Francisca en nuestras averiguaciones, puesto que esto contraría a usted--respondí un poco confusa.--Me he arrepentido en seguida de mi indiscreción, y...
--Sí, hubiera preferido no ponerla al corriente de lo que hacemos--murmuró la de Ribert un poco ensombrecida.--Pero a lo hecho, pecho--añadió con su sonrisa habitual.--Esa Francisca desea demasiado casarse y ese deseo es chocante en una señorita...
--¡Bah! váyase por las que no lo desean bastante--dijo Genoveva.--Hay en esto un buen sistema de compensaciones...
La de Ribert no respondió, pero su cara expresaba una penosa ansiedad.
--Magdalena--dijo dirigiéndose a mí,--disminuya usted un poco sus relaciones con Francisca... Casi me dan ganas de hablar de esto con la señora de Sermet...
Genoveva y yo le suplicamos que no lo hiciese. Francisca es buena en el fondo, muy amable y muy divertida. No comprendo que se sea tan severa con ella. La de Ribert es un poco dura...
Por la tarde han venido a vernos todas nuestras amigas, con gran satisfacción de Celestina, orgullosa de ver tanta gente.
--Hay aquí más visitas que en casa del alcalde--decía.
Francisca ha estado a punto de tener otro pique con la Bonnetable, a la que se obstina en contrariar en todo; pero la abuela lo ha evitado dos veces, cortando la palabra a la incorregible niña mimada. La Roubinet, como de costumbre, ha dicho lindas frases sobre el primero de enero, y cuando deseó amablemente un marido a las solteras presentes, la virtuosa Melanval no dejó de exclamar:
--Con el permiso de Dios, por supuesto...
A lo que Francisca, nerviosa, por su comienzo de escaramuza con la Bonnetable, respondió por lo bajo:
--O del diablo, me importa poco...
La Bonnetable, al oírlo, dio tal salto, que su silla produjo un horrible gemido y dio ocasión a la abuela para variar de conversación hablando de la poca solidez de los muebles modernos.
Mientras tanto, Petra y Paulina hablaron mucho de la próxima fiesta del general. Parece que el regimiento se ha aumentado con un nuevo capitán, el Barón de Erinois, viudo y padre de cinco hijos, pero poseedor de 12.000 pesos de renta. La de Brenay está tratando de pescar en sus redes a este incomparable capitalista, mientras la ingeniosa madre de Paulina ha descubierto en Martimprey, el pueblo de al lado, un joven industrial cuya posición es tan tentadora, que la de Aimont ha inaugurado su plan de campaña haciendo la corte al cura del pueblo, que tiene una gran influencia con el joven en cuestión...
Dios las bendiga... Como en el día de año nuevo se cambian los votos más estrafalarios, nada se opone a que desee a estas señoras un pronto éxito.
8 de enero.
Estaba hace ocho días deleitándome en el análisis de las cartas recibidas y encontrando que los hombres tienen a veces buenas razones para no casarse, cuando esta mañana recibí con gran satisfacción esta esquela de Genoveva:
* * * * *
«Querida amiga:
»El alma hermana no es un mito, pues ha dado señales de vida. Adjuntas esas señales, con muchos besos de tu
»GENOVEVA.»
* * * * *
Abro la carta y descubro con encanto el milagroso hallazgo... El alma hermana está en mis manos, al menos por la expresión de sus pensamientos... ¡Qué dichosa soy!...
* * * * *
«Señora:
«Agradezco infinito al periódico que me procure el honor de escribir a usted sobre un asunto que tanto me interesa.
»Soy soltero y estaría bastante resuelto a casarme, si tuviese la suerte de encontrar una mujer que me gustase a mí y no a la servicial persona que quiera mediar para probarme que tal joven me conviene muchísimo. Tengo horror a los intermediarios en esta especie de cosas y votaría con gran placer una ley que castigase a las personas cuya especialidad consiste en hacer la felicidad de los demás.
»A mi edad--30 años el mes próximo,--se sabe bien lo que se quiere y lo que no se quiere. Puedo juzgar por mí mismo, y como mi fortuna me permite no mirar a la de la mujer con quien me case, no me molesta ningún prejuicio...»
--¡Ah! eso es--exclamé sin dejar de leer.
«No deseo ni dote, ni relaciones, ni gran trascendencia intelectual en mi prometida, y sé que solamente con sentirla en perfecta comunidad de ideas conmigo, podré amarla.
--Lo mismo que yo con un marido, murmuré con unos latidos del corazón que no me dejaban respirar.
«Ahora bien, señora, no creo que se puede amar a una joven que en la primera entrevista aparece desempeñando un papel convenido de antemano. Cualesquiera que sean sus atractivos, son artificiales, y confieso que, por mi parte, renunciaría a adivinar lo que pasa en aquel cerebro velado, como no me arriesgaría a augurar las causas que hacen moverse a un corazón que vive bajo tan lindos atavíos.
»La joven casadera es un enigma difícil de descifrar, siendo así, que yo quiero descifrar a mi prometida antes de querer a mi mujer. Para amar hay que conocer y no basta la etiqueta...
»Como usted ve, señora, tengo la debilidad de desear un matrimonio de inclinación, pero, desagraciadamente, la vida de nuestras pequeñas poblaciones se presta poco a ello. En Bellefontaine, donde vivo, los hombres están agrupados de un lado y las mujeres de otro. Conocemos el color de los sombreros de esas señoritas, pero no el de sus ideas.
»Me es imposible casarme en esas condiciones.
»Tengo fe, sin embargo, en la Providencia y espero tranquilamente que suene mi hora. La mujer con quien debo casarme existe seguramente y vendrá a mí. La espero con confianza y una ternura que no pide más que entregarse...
»Perdone usted esta confidencia demasiado personal, en gracia de la intención que la ha motivado. He querido dar a usted parte de esta causa de celibato, más frecuente de lo que se cree. Nosotros, los hombres, somos con frecuencia tímidos. ¿Por qué no confesarlo?
»Reciba usted, señora, el testimonio de mis respetos.
MAURICIO BALTET.»
* * * * *
Me quedé muy pensativa después de la lectura de esta carta singular que tan bien concuerda con mis ideas... Genoveva, pues, no se había engañado; existe realmente un joven que piensa como yo en esta cuestión del matrimonio... ¡Lástima que el señor Baltet viva en Bellefontaine en lugar de vivir en Aiglemont!... En fin, qué le hemos de hacer...
Fui por la tarde a dar las gracias a Genoveva por su amable envío, y mi amiga se arrojó a mis brazos para felicitarme por mi buena suerte, mientras su madre me preguntaba con interés si estaba satisfecha.
No pude negarlo, puesto que a mi satisfacción de los primeros momentos se unía otro sentimiento muy comprensible, que era éste; el señor Baltet empezaba a pertenecerme por derecho de conquista. La de Ribert decía hablando de él:
--El alma hermana de usted.
Genoveva iba más lejos y decía:
--Tu _alter ego_.
--Figúrese usted, señora, que este señor Baltet no me parece ya un extraño... Le adopto, le acaparo y hago causa común con él...
--De prisa vas--respondió Genoveva maliciosamente.--¡Qué lástima, mamá, que el señor Baltet y Magdalena no se conozcan!...
No pude menos de ruborizarme al oír estas palabras que estaban tan en el tono de mis ideas, y me apresuré a distraer la atención de Genoveva, que empezaba a pesarme un poco.
--Nuestros estudios adelantan mucho, ¿verdad?--dije con una flexibilidad de tono digna de Francisca.
--Sí--respondió la de Ribert,--y estoy muy satisfecha al ver que los hombres no son tan egoístas como yo temía. Decididamente, hay unanimidad en las quejas contra la educación de las jóvenes actuales... Tengo aquí otras cartas en el mismo sentido.
--¿Sí?--exclamé esforzándome por olvidar al señor Baltet para no pensar más que en la correspondencia de la de Ribert.--¿Qué se les reprocha de nuevo?
--De nuevo, poco. Esos señores se quejan con una notable unanimidad del espíritu de independencia, de la coquetería y del ardor por los _sports_ que distinguen a las muchachas... Y el piano, el pobre piano, qué tempestades levanta...
--Y hay madres que creen que la música es una preciosa añadidura al dote de sus hijas--dijo Genoveva con una risa que nos puso de buen humor.
--Se equivocan como unas estúpidas--exclamó una voz burlona y vibrante, la voz de Francisca, que entraba en este momento en el saloncillo.--Y bien--añadió, después de darnos un vigoroso apretón de manos,--¿hay indiscreción en preguntar a ustedes qué dicen esos imbéciles?...
Y sin oír el grito ordinario de protesta que se nos escapó a pesar nuestro: «¡Oh! Francisca,» se instaló cómodamente en un sillón. La de Ribert le echó una mirada escandalizada al verla sentarse con las piernas cruzadas, postura con que la incorregible Francisca se complace en excitar la indignación de las respetables aiglemontesas. La buena señora se calló sin embargo.
--He encontrado mi alma hermana, Francisca... He...
Una imperiosa mirada de la de Ribert me cortó la frase. Era visible que, según ella, acababa de cometer otra tontería. No comprendo esos misterios para una cosa tan sencilla... Pero como ya no podía retroceder di a Francisca la carta del señor Baltet diciéndole sencillamente:
--De mi alma hermana.
--Entonces será tan mema como tú--respondió Francisca,--y no es poco decir, mi pobre Magdalena...
Leyó y releyó la carta como para pesar sus términos.
--¿De modo que este majadero es tu ideal?--preguntó en tono burlón en cuanto acabó la lectura.--¿No ves, inocente, que tiene todas las cualidades para ser engañado?...
--¿Cómo es eso?--dije admirada por la apreciación de Francisca.
--Ese señor es demasiado cándido--continuó.--Para cogerle y acapararle no hay más que hacerle creer que se tienen los mismos gustos que él, y ¡pan! ya está pescado...
--Qué cosas dices--murmuré confundida.
--De tu alma hermana... ¿eh?... Si tu abuela te hubiera dejado leer la mitad solamente de los librotes que yo he leído, razonarías como yo, mi pobre Magdalena.
--Y sería una lástima--respondió la de Ribert, muy descontenta esta vez.--Usted, Francisca, tiene un modo de ser poco tranquilizador... No comprendo...
--¿Que tenga estas ideas sobre la especie masculina?... ¡Ah!--suspiró Francisca cómicamente,--yo puedo asegurar que los hombres no valen nada, puesto que...
--Puesto que no se casan contigo--añadió Genoveva.
--Tú lo has dicho--respondió Francisca imperturbable.--¿Sabe usted lo que a los mejores les gusta más en nosotras?
--No--contestó la de Ribert divertida a pesar suyo.
--Nuestros defectos.
--Pero, Francisca--dijimos con indignación,--¿cómo puede usted decir una cosa semejante?
--Dios mío, no griten ustedes tanto--respondió poniéndose las manos en los oídos.--Certifico que un exceso de cualidades en la mujer aleja a los pretendientes... En cambio una llena de defectos se casa en seguida.
--Entonces está usted madura para el matrimonio--respondió la de Ribert medio enfadada, medio en broma...
--Lo creo... con un poco más de mis 2.000 pesos de dote, hace mucho tiempo que estaría casada. Esos caballeros me encuentran encantadora.
--Y muy mal educada--añadió la de Ribert.
--Eso es lo más sabroso... Usted, señora, no entiende nada de amor...
--Francisca--replicó la de Ribert, muy severa esta vez,--si sigue usted así voy a ponerla en la puerta.
--Señora--exclamó Francisca con una flexibilidad enteramente felina,--hablaba en broma, no me regañe usted... Era para escandalizar a Magdalena, cuya expresión de inocencia me divierte mucho.
Y Francisca me envió un beso con los dedos mientras la de Ribert seguía mirándola de un modo poco tierno... Qué idea la de tomar en serio lo que dice esta loca de Francisca... Es tan niña...
--¿Puedo escuchar aún, algunos párrafos de esa correspondencia de solteros?--preguntó Francisca.--Prometo ser buena como una imagen y respetuosa como un leño.
La mirada de la de Ribert se dulcificó ante el tono de la petición, que produjo en todas una franca carcajada.
--Al lado--dijo,--de todos los motivos de abstención ya enumerados, hay aquí una carta según la cual se debe atribuir el celibato de muchos al desarrollo del lujo. Su autor, hijo de un antiguo zuavo pontificio, cita una frase de Pío IX a la señorita de Gentelles: «Es el lujo lo que con frecuencia desune a los esposos y con más frecuencia todavía impide la conclusión de los matrimonios; pues apenas se encuentran hombres que consientan en cargarse con tan enorme gasto.»
--Pío IX debía de tener la presciencia de mis pretendientes--exclamó Francisca con graciosa convicción.--¿Y qué van ustedes a hacer de todas estas noticias?
--Nada--respondió la de Ribert.--Es una satisfacción para mí saber que los jóvenes tienen buenas razones para no lanzarse a un matrimonio arriesgado... Las muchachas de la clase media están muy mal educadas y no quieren a los hombres de posición análoga a la suya.
--Eso no es cierto--dijo Francisca.--Un marido no importa cómo, sea quien quiera, en cualquier parte que se encuentre, aunque sea en la China, es todo lo que yo pido.
--¡Qué Francisca ésta!--murmuró la indulgente Genoveva con una mirada suplicante hacia su madre para que no respondiese a Francisca.
La de Ribert me leyó todas las cartas recibidas, y dejé a aquellas señoras, llevándome la carta de mi alma hermana, que Genoveva me puso en la mano en el momento de salir.
Cuando entré en casa, la abuela, que estaba en el salón, notó en seguida mi alegría y levantó la cabeza tan bruscamente que se le cayeron las gafas a la alfombra.
--Muy risueña estás, hija mía--me dijo con su bondad habitual.--¿Qué hay?
Sin tener en cuenta su animosidad por nuestras investigaciones, se lo conté todo y le leí triunfalmente la carta del señor Baltet. Esperaba yo un sermón sobre las costumbres actuales y violentos reproches sobre el modo de ser de las jóvenes modernas, pero, con gran asombro mío, la abuela se contentó con mirarme con sorpresa y exclamó en tres tonos diferentes:
--Calla... calla... calla...
Después se aseguró tranquilamente las gafas en la nariz, cogió su labor y habló de otra cosa...
¡Y yo, que esperaba una reprimenda!...
15 de enero.
Es curioso cómo me interesa el señor Baltet... Llevo dos noches soñando con él. Le veo rubio, delgado, bastante alto. Sus ojos azules son dulces y su voz agradable.
Bajo el imperio de mi preocupación involuntaria, me interesan menos las cartas que recibe la de Ribert, que no comprende mi repentina indiferencia... Hago vanos esfuerzos para recobrar mi ardor, pero no lo consigo.
Genoveva ha descubierto una parte de la verdad.
--Ahora que Magdalena posee su alma hermana, no le interesa ya el resto.
Es eso y no lo es. Pero cómo explicar...
La de Ribert me leyó una porción de misivas explicando de diversos modos la escasez de maridos... ¡Cómo me hubiera interesado todo esto hace quince días!... Hubiera sido para mí un placer transcribir todas estas cartas, estudiarlas de cerca, discutirlas. Hoy no tengo paciencia para ello ni lo deseo... Cómo se cambia...
Lo que yo quisiera, a todo esto, es saber si el señor Baltet es rubio o moreno... Me gustaría que se pareciese a mi sueño...
24 de enero.
¡Qué cosa tan singular es una idea fija!...
Creo, palabra de honor, que no pienso ya más que en el señor Baltet... Llevo la necedad hasta poner su carta debajo de mi almohada... Es un colmo y un colmo estúpido, como diría Francisca. ¿Qué necesidad tengo de la carta del señor Baltet para dormir?...
¿Estaré enferma?
Saco la lengua delante del espejo, y la encuentro magnífica... Me tomo el pulso y nada tiene de anormal... ¿Qué es entonces todo esto?... ¿Existe un resfriado moral?...