Las Solteronas

Chapter 12

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--No hay nada en todo esto que necesite perdón. Francisca me hacía una pregunta y yo respondo... Los profesores están hechos para responder--añadió el cura con una buena sonrisa.--Decíamos, pues--dijo reanudando el hilo de sus ideas,--que Marcel Prevost se ocupaba en la cuestión del celibato y va hasta aconsejar que se eduque a las muchachas para ese estado. El escritor dirige a las jóvenes un discurso, muy bien hecho a fe mía, en el que les dice poco más o menos:

«Soñad con un marido, unos hijos y un hogar; es legítimo. Tratad de ser unas muchachas casaderas tan cumplidas, que el dejaros por cuenta atestigüe una inverosímil ceguera. Pero concebid paralelamente otro porvenir además del matrimonio para el caso de que no os caséis a pesar de todo... Sobre todo, no vayáis a meteros en la cabeza que vuestra vida quedará truncada si no habéis encontrado esposo. Hay algo que el celibato no perjudicará ni disminuirá, y es vuestra propia personalidad, o, más sencillamente, las probabilidades de gozar honradamente de la vida que os ofrecen vuestro corazón, vuestra inteligencia y hasta vuestras facultades físicas, desarrolladas con cuidado. El celibato no es, en suma, más que una desgracia negativa, la falta de una añadidura. Guardaos de jugar todo vuestro destino a un suceso que no depende de vosotras. Antes de ser esposas, antes de ser casaderas, sois personas; el perfeccionamiento de esa persona depende sólo de vosotras.»

--¡Bravo por Marcel Prevost!--exclamé con entusiasmo.--Todo eso es justamente lo que yo pienso... ¡Y qué bien dicho está!...

--Ya tenemos a Marcel Prevost elevado a la altura de un padre de la Iglesia--dijo la abuela descontenta de sus teorías.--¡Si nos vamos a preocupar de la opinión de los literatos modernos!...

--Querida señora--respondió el cura, otra vez en discordancia con su antigua amiga,--esa opinión tiene su valor... Mientras los novelistas tengan la especialidad de pintar las ideas de una época, habrá que tener en cuenta lo que ellos indican y...

--¿Son acaso las ideas de nuestra época lo que ese señor ha expuesto en el discurso que acaba usted de leernos?... ¡Ah! señor cura, jamás, jamás--respondió la abuela en un acceso de violenta indignación.--¿Qué madre tendría semejante lenguaje?

--Una madre prudente y lista--dijo el cura muy bajo.--Pero, en realidad, señora ¿se cree usted de esta época?... Usted, abuela, ¿comprende todos los pensamientos de su nieta?

--Verdaderamente no--repuso la abuela confusa.--Todo lo que oigo ahora es tan contrario a lo que se decía y se pensaba en mi juventud, que no puedo acostumbrarme... Esta Magdalena me trastorna.

--¿Yo?--balbucí sorprendida.--Diga usted más bien Marcel Prevost... En cuanto a mí, te engañas seguramente, abuela.

--No, no, sé lo que me digo... Ya estás entusiasmada por las teorías de ese caballero... ¡Ah! qué jóvenes las actuales...

--¡Ay!--gimió la de Dumais a modo de aprobación.

--¿Por qué educar a las jóvenes como se hace ahora?--dijo la abuela con más energía.--En mi tiempo éramos más prácticos y no educábamos a las jóvenes más que para esposas ni les inculcábamos cualidades o talentos más que para el matrimonio... Aquel era mejor tiempo.

--De eso habría mucho que hablar--respondió el cura moviendo la cabeza.--En la dichosa época de que usted habla, los prejuicios eran tales, que los padres no se atrevían a desarrollar en sus hijas una de las más puras pasiones de un gran corazón, el amor a la belleza... Entonces existían muchas mujeres para las cuales la cultura de la inteligencia y la generosidad del alma eran causas incesantes de lucha y de discordia con sus maridos...

--¿Y cree usted que se han acabado esos tiempos?--preguntó la de Aimont en tono de burla.--¿Los señores maridos se han vuelto tan perfectos que pueden apreciar la idealidad en sus mujeres?...

--Eso--dijo el cura confuso,--depende de las mujeres y... de los maridos.

--Sí--añadió la de Brenay,--sin contar que el intelectualismo exagerado de que padecemos no es muy apreciado por esos pobres maridos... ¿Qué se hace con una intelectual?--terminó con una sonrisa llena de malicia.

--Esa es una objeción pueril--respondió el cura.--Nunca el corazón de las mujeres encontrará mejor sostén ni un alimento más poderoso que el estudio de la Naturaleza. ¿Verdad, Magdalena?

--Predica usted a una convertida--dijo la abuela.--Magdalena piensa como usted... Usted es para ella la ley de los profetas... Sin embargo, admitiendo que tenga usted razón, ¿todas esas bellas cosas mejorarán la situación de las solteronas?... Esa es la cuestión.

--Por lo menos les harán soportar una situación que muchas de ellas no han creado ni deseado--respondió el cura,--pues en esta clase de cosas las costumbres pueden mucho... En Inglaterra una mujer no está obligada a tomar un nombre que no es el suyo para ser respetada. Los ingleses llegan hasta a encontrar muy práctica esa multiplicación de las solteronas...

--No me extraña--dijo Francisca,--los ingleses razonan siempre en contra del sentido común.

--No tanto, no tanto--murmuró el cura.--En estos tiempos está cada cual tan absorbido por sus intereses que no tiene tiempo más que para pensar en sí mismo. Ahora bien, las solteronas, que no tienen nada que hacer, están destinadas a pensar en los demás.

--¡Es delicioso!--exclamó Francisca con convicción.

--Es hermoso--dijo la abuela levantándose para despedirse.--Pero, sin embargo, ¿es esa la dicha?...

El cura contempló durante unos segundos la silueta de la abuela plantada delante de él como una verdadera interrogación.

--¿La dicha?--respondió.--La dicha se encuentra allí donde está el deber.

--¡Ay!--exclamó Francisca,--esa es la dicha a precios reducidos.

--Yo hubiera preferido otros deberes--replicó la abuela moviendo la cabeza con melancolía.

--Sí, ya sé... Pero el deber cambia con la época en que se vive.

--Puede ser--respondió la abuela.--La generación actual es eléctrica hasta en el deber... Tiene usted razón, señor cura, yo no soy de este siglo...

El saludo de la abuela se resintió de la tristeza de su última frase y careció, casi, de la tradicional reverencia. Las mías indicaron mi serenidad habitual. Yo estoy siempre contenta cuando se habla de las solteronas.

¡Cuánto voy a tener que escribir esta noche!...

Ya acabé... Qué suerte...

29 de diciembre.

Empiezan a llegar las respuestas... Soy feliz como el pez en el agua. Mi dicha está, sin embargo, un poco empañada por el aspecto frío de la abuela, cada vez más disgustada por las ideas de su nieta; así es que no me atrevo a hablar de este asunto espinoso y mi alegría es silenciosa.

La de Ribert, que es la bondad misma, ha venido con Genoveva para darme lectura de los primeros envíos. Hasta ahora no sirven para ilustrar mucho la situación: egoísmo, filosofía, mal humor y recriminaciones, esto es lo que nos dan las cuatro primeras muestras. La de Ribert asegura que esto es ya un éxito enorme que nos promete para los días siguientes cartas de un interés palpitante. Como yo no pido más que palpitar, espero...

* * * * *

«Bernardo Monastiel a una persona seria.

»Apreciable persona seria:

»Soy hombre y soltero.

»Confieso francamente que el matrimonio me tentaba bastante y hasta iba a sacrificar en su altar, cuando el Destino misericordioso me inundó de luz colocando ante mis ojos dos inocentes frases llenas de consecuencias.

»Una de ellas estaba concebida de este modo:

»Serás demasiado feliz si no tienes mujer.

»Ya me sonreía el ser feliz; ¿cómo resistir a serlo demasiado?

»La otra, con su laconismo, acabó lo que la primera había empezado:

»No hay nada tan hermoso ni tan bueno como el celibato.

»Menandro y Horacio son los únicos culpables... Sólo a ellos, señora, debe usted dirigir sus reproches... si los hay.

»Reciba usted, apreciable persona seria, el homenaje de todo mi respeto.

»BERNARDO MONASTIEL.»

* * * * *

--Esto es hablar para no decir nada--dije a Genoveva, devolviéndole la carta.

--No--replicó la de Ribert,--es el lenguaje de un amable egoísta... La belleza y la bondad del celibato son la eterna canción de los que rehuyen las cargas de una familia. Se pueden encontrar mejores razones...

--Empiezo la otra--exclamó Genoveva.--No nos detengamos en el egoísmo.

* * * * *

«X. Y. Z. a la señora...

»Señora:

»La pregunta que usted hace me hiere en lo vivo y me obliga a confesar una situación deplorable, en la que nos hallamos muchos jóvenes de mi edad, sin atrevernos a quejarnos.

»Nadie desea casarse más que yo. Desgraciadamente, no tengo fortuna. Siendo reducidos mis recursos, me es tan imposible encontrar una mujer rica, como casarme con una pobre.

»Homenajes respetuosos.

»X. Y. Z.»

* * * * *

--¡Pobre mozo!--exclamé.--¿Cree usted que ese motivo es verdadero?

--Vaya si lo creo--respondió la de Ribert;--ese muchacho es absolutamente sincero. Ya conoce usted las pretensiones de las mujeres ricas, que jamás se casan con jóvenes pobres o sin gran porvenir... ¿Cómo casarse con muchachas sin fortuna, cuando la bolsa está mal provista?... Eso sería, como dice el proverbio, casar el hambre con la gana de comer.

--Es muy triste para los jóvenes--dije con compasión.--¿Cómo remediarlo?

--Es difícil--respondió la de Ribert. Hay en esto todo un problema de economía social que hace retroceder a las inteligencias más juiciosas.

--Retrocedamos, entonces, sin vergüenza--dijo Genoveva.--Propongo que las muchachas ricas se conformen con maridos sin fortuna, a fin de restablecer el equilibrio, puesto en peligro por la acumulación de riquezas en las mismas manos...

--¡Miren la socialista!--exclamé riéndome.--Esta Genoveva tiene teorías aventuradas. Si la oyese la abuela...

--¡Bah!--dijo Genoveva con serenidad.--Mi socialismo no hace daño a nadie, y estoy segura de que tu abuela lo aprobaría.

--En teoría, puede ser que sí. Pero en la práctica, puedes estar segura de que no sería lo mismo. Jamás me dejará la abuela casarme con un joven sin fortuna...

--Pasemos al número tres--dijo la de Ribert.--Es una linda muestra de los productos modernos, con una ligera tintura de bellas letras.

* * * * *

«Un perfecto egoísta a la Esfinge del Periódico de las preguntas y respuestas:

»Oh, Esfinge, que se oculta bajo la modesta apelación de «persona seria,» siento que es usted mujer joven y bonita...»

--Cuando se quiere mostrar ingenio--interrumpió la de Ribert,--se engaña uno algunas veces...

«Porque es usted esas tres cosas, respondo a su pregunta.

»No soy más que un vulgar egoísta, que, saturado de bellas letras, dice con Anaxándrides:

* * * * *

»Voy a casarme.--Tanto peor.--¡Cómo tanto peor!--Sí, es abrir tu hogar a todos los males: Si eres pobre y tomas mujer rica, serás esclavo hasta la muerte; si la mujer no tiene nada, serás más desgraciado, porque en lugar de un estómago, tendrás que alimentar dos...»

»Quisiera besar a usted la mano, amable Esfinge, pero no puedo...

»UN PERFECTO EGOÍSTA.»

* * * * *

--El matrimonio pobre--dije riéndome,--es el efecto terrible. No había yo reflexionado en la cruel necesidad de alimentar dos estómagos, en lugar de uno...

--¿Dos?...--terminó Genoveva;--di más bien tres... cuatro... cinco... seis...

--¿Por qué no doce... o dieciocho?...

--Como en el Canadá--hizo observar la de Ribert.--Pero en el Canadá produciría vergüenza escribir semejante carta. Allí se considera una familia numerosa como una bendición divina. Mientras que aquí es...

--Una maldición--terminé, un poco pensativa.--Cómo huele esta carta a decadencia... El retoño de una raza fuerte, no escribiría una carta semejante.

--El espíritu caballeresco, Magdalena, está muy enfermo--respondió la de Ribert.--En ninguna de estas cartas se encuentra la más pequeña huella de él.

Cogí las cartas esparcidas en la mesa, y las recorrí con los ojos durante unos segundos.

--En suma--dije a modo de conclusión,--es el _yo_, siempre el _yo_ lo que domina... Ninguna otra razón... ¿Piensan así todos los hombres, señora?

--Todos no, Magdalena, pero sí muchos. Note usted, hija mía, cómo se desprende de todas estas cartas el cuidado del bienestar personal... ¡Pobres mujeres!...

--Sí--suspiré.--Y pensar que van tan alegremente al matrimonio con individuos de ese género...

--Van muy alegres, es verdad... ¿Pero siguen estándolo?...--murmuró la de Ribert con inconsciente tristeza.

--Dios mío--exclamé para cortar las meditaciones de la de Ribert, que parecían dolorosas;--qué contenta estoy de aprender a conocer a los señores hombres... Nuestra averiguación me va a abrir horizontes enteramente nuevos. Con tal de que todas las cartas no se parezcan a éstas... Quisiera encontrar mi alma hermana.

--¿Y qué harás cuando la hayas descubierto?

--Nada--aseguré con toda convicción.--Lo quiero por amor al arte, y sólo para convencerme de que no soy un objeto descabalado en la gran feria del matrimonio.

--¿Sólo para eso?--repitió la de Ribert mirándome con atención.--¿Está usted segura de su imaginación y de su corazón, Magdalena?...

--No comprendo--exclamé estupefacta.

La de Ribert me besó con efusión por toda respuesta. Decididamente, cada vez comprendo menos...

1.º de enero 1904.

El mes de enero ha hecho su aparición esta mañana. La abuela está desolada.

--Piensa, hija mía--me dijo, cuando fui a cumplimentarla por el año nuevo,--piensa que tendrás 26 años en septiembre próximo... Es horrible.

--¿Por qué?... ¿tendré que matarme para no llegar a esta época nefasta?... Confieso que quiero conservar la cabeza y...

--No digas tonterías, Magdalena, ya me comprendes.... Tener 26 años y no estar casada, es humillante.

--Pues yo no siento semejante humillación.

--Tú no sientes nada, como todo el mundo... Pregunta a Francisca, a Petra y a Paulina, y a tantas otras, lo que pensarían si se encontrasen en una situación tan ridícula.

--¡Bah! se lo preguntaré cuando lo estén, porque llegarán como yo, querida abuela.

--No será por su culpa--respondió la abuela, dando un gran suspiro.--¡Ah! Magdalena, si tú quisieras...

Magdalena se hizo la sorda y ofreció a su abuela un almohadón bordado como recuerdo del día de año nuevo. Recibí, en cambio, un gran cuello de encaje de Venecia, del que tenía yo mucha gana, y que excedía mucho de los recursos de mi modesta pensión. La abuela, que es inflexible en la economía, me asigna 100 pesos al año para vestirme y para mis gastos personales. Con ningún pretexto puedo gastar más. Pero, por fortuna mía, están ahí el día de año nuevo y el de mi santo para corregir los rigores de mi presupuesto. Y la abuela es tan buena con su nieta...

Al salir de misa, las de Ribert me llevaron a su casa, para darme lectura de dos nuevas epístolas. En cuanto estuvimos instaladas en su saloncillo, Genoveva me puso en la mano las cartas en cuestión, y después, quitándome prestamente la corbata, me puso al cuello un delicioso lazo, obra maestra de sus primorosos dedos.

--Es mi aguinaldo--me dijo, abrazándome con todo su corazón.--Te deseo un buen año y... un alma hermana...

Sin recoger la broma, puse en las manos de Genoveva mi recuerdo de año nuevo, que era un velillo de butaca, pintado a mano. Genoveva pareció contenta de mi trabajo, y fui dichosa al ver su placer.

--¿Y las cartas?--dijo la de Ribert.--Pensemos en las cosas serias...

Iba a abrir una cuando se presentó Francisca.

--Estoy haciendo visitas--nos dijo al entrar,--a todas las personas queridas, para desearles un buen año.

Genoveva recibió sonriendo su entusiasta abrazo, cambiaron las dos sus regalitos, y nos pusimos a hablar al lado del claro fuego de los leños monumentales en uso en Aiglemont.

--¿Vamos a leer estas cartas a Francisca?--exclamó de pronto aturdidamente.

--«Las cartas a Francisca»--dijo la de Ribert, frunciendo las cejas,--son la propiedad de uno de nuestros novelistas...

--Sí, señora, pero yo no hablo de Marcel Prevost, sino de las cartas, de las famosas cartas...

--¡Niña charlatana! exclamó la de Ribert, cuyo fruncimiento de cejas comprendí entonces. No quería, evidentemente, que Francisca estuviese al corriente de nuestras averiguaciones, y yo había hablado como una tonta.

Viendo que no había modo de retroceder, la de Ribert explicó a Francisca el estudio que estaba haciendo sobre el celibato, pero se abstuvo de hacerme intervenir en el asunto. Francisca se quedó entusiasmada.

--¡Qué gusto, saber lo que piensan esos bribones de hombres, cuando no las echan de gran corazón!... ¡Cuánto me alegro de que me admita usted a conocer las lucubraciones de esos caballeros!...

--Y con más motivo--dijo la de Ribert,--puesto que encuentro que las dos cartas de que se trata, le convienen a usted bastante...

--¡Qué suerte!--dijo Francisca interesada.--¿Hay, pues, personas que me aprecian?... Esto me hará encontrar una novedad después de mi querida mamá.

--Genoveva, léenos esas cartas--dijo la de Ribert a su hija.--Francisca va en seguida a saber a qué atenerse...

--¡Qué!--exclamó Francisca;--si se trata de una reprimenda, me tapo los oídos; para esa ingrata tarea, basta con mi madre...

Pero era curiosa, y abrió las orejas cuanto pudo, a fin de no perder sílaba de una lectura tan poco común.

--Qué asombrados se quedarían los aiglemonteses si tuvieran noticias de una correspondencia escandalosa como ésta...--dijo, todavía, antes de callarse definitivamente.

--Se trata de un secreto entre nosotras--hizo observar la de Ribert,--y cuento con la discreción de usted, Francisca.

--A fe de hombre honrado--respondió la aludida,--lo prometo.

--Y la incorregible niña mimada se repantigó cómodamente en un sillón para escuchar mejor. Francisca asegura que su moral no está a gusto más que cuando su físico no sufre ninguna molestia.

* * * * *

«Pedro Marcelier, Registrador de la Propiedad en Santa Rosa, a una persona desconocida.

»Caballero o señora:

»Empiezo por presentarme.

»Soy soltero, partidario del matrimonio, veintisiete años, 560 pesos de sueldo y una posición honrosa cuando me jubile; familia considerada y apreciables probabilidades de fortuna por herencia.

»En lo físico, se me encuentra, generalmente, bien, sobre todo mis tías, que son tan indulgentes.

»En lo moral, no me conozco ninguna deformidad, pero esta vez, soy yo el indulgente... signo característico de mi buen temperamento: busco una mujer, y no un dote...»

* * * * *

--Eso es lo que me hace falta--exclamó Francisca.--Buen muchacho...

--Silencio--dijo Genoveva.--Continúo...

* * * * *

«El sutil talento de usted, señora o caballero, percibirá en seguida la diferencia enorme, inconmensurable, que me separa de los demás solteros, y su corazón preverá un éxito fácil.

»Error grave, señora. (Creo decididamente que es usted mujer.)

»Hago a usted juez de la situación.

»Hará unos tres meses, una de esas excelentes tías de que he tenido el honor de hablar, me hizo insinuaciones a propósito de un proyecto de matrimonio.

»--Desgraciadamente--me dijo,--la muchacha no tiene otro dote más que sus veinte primaveras, sus bellos ojos y sus muchas habilidades...

»--Es mucho, tía.

»--¿Cómo mucho?

»--Sí, soy joven, me gusta el trabajo, y en vez de un matrimonio rico, me contentaré con un matrimonio feliz.

»--Bravo muchacho--respondió mi tía, dándome un abrazo.»

* * * * *

--¡Diablo!--exclamó Francisca,--yo haría otro tanto... Ese Pedro es un corazón de oro...

* * * * *

«Mi tía corrió a casa de su amiga, madre de la joven, e hizo triunfalmente su proposición: pero, en lugar del éxito esperado, la respuesta fue rotundamente negativa. Le dijeron que era yo muy joven y no bastante rico. Aquella muchacha de tantas perfecciones, no quería casarse más que con un caballero llegado a la fortuna y... a la edad de los ataques reumáticos. Evidentemente, no era yo su ideal.

»Mi tía se quedó consternada.

»Para consolarme de aquel fracaso, quiso probarme que no todas las jóvenes pensaban del mismo modo, y yo la creí de buen grado.

»Pocos días después me anunció el descubrimiento de la mujer soñada, que era una linda joven, también sin fortuna, hija de una prima de la amiga de una amiga suya. Yo dejé correr las cosas.

»Con 560 pesos y los 240 de renta que me producirían los 8.000 que mis padres me constituyen como dote, lo que me da 800 pesos, no tengo la pretensión de hacer una vida brillante, pero puedo bien dar a mi hogar un aspecto honroso si mi mujer posee las cualidades serias que convienen a una joven sin fortuna. Ahora bien: he aquí cómo trataban de establecer nuestro presupuesto la señora X... y su hija:

»--¿Qué pensión piensa usted señalar a mi hija para vestirse?--me preguntó mi futura suegra.

»--La que ella quiera--respondí galantemente.

»--Muy bien--continuó la señora X,--Susana no es exigente. Ya sabe usted que se hace ella misma casi todos los trajes, y que no manda hacer más que los de ceremonia. Una pensión pequeña, bastará. ¿Qué diría usted de 80 pesos?

»--Concedido--respondí, dando gracias a la Providencia por haberme dado una suegra tan razonable.

»¡Ay! la hora del desengaño llegó rápidamente.

»Ante mis ojos espantados desfilaron cifras amenazadoras:

»200 pesos para los gastos de una criada. Susana había sido demasiado bien educada, para hacer ella misma los quehaceres de la casa.

»40 pesos para las comidas que tendríamos que devolver. A Susana le gustaba la sociedad.

»20 pesos para accesorios de pintura, bordado, música, etc. Susana tenía tantas habilidades...

»80 pesos para veranear. A Susana le gustaban los viajes.

»20 pesos para las buenas obras. Susana daba su óbolo a todo el que se lo pedía.

»En una palabra, llegamos rápidamente a un total de 440 pesos, y mis recursos se elevan a 800.

»--¿Ha calculado usted, señora--dije con algún embarazo,--que hemos gastado ya 440 pesos, y que no quedan más que 360 para la casa, la comida, mis gastos personales, calefacción, alumbrado, lavandera, seguro, médico, boticario, etcétera, etc.? Y si nuestra casa se poblase, si hubiera una cuna... o varias...

»--¡Dios mío! es verdad--exclamó mi futura suegra.--¿Qué hacemos?

»¿Qué hacemos?...

»Yo encontré la respuesta en seguida; no me casé, y no trataré de hacerlo, mientras la categoría de las muchachas casaderas no se transforme.

»Puesto que desea usted conocer los motivos que alejan a los jóvenes del matrimonio, puede poner entre los más frecuentes, el que me atrevo a exponerle. La educación superficial y brillante de que sufren las jóvenes sin fortuna, y pertenecientes a cierta sociedad, es ciertamente una causa de celibato forzoso para ellas.

»Si con 800 pesos no puedo yo nivelar un presupuesto, qué dirán los que están reducidos a vivir con 400 ó 600 pesos...

»Mientras las muchachas pobres sean la reproducción exacta, en cualidades, defectos y gustos, de las ricas, que no se extrañen de que éstas sean preferidas.

»Someto mi caso y mis reflexiones a su alto juicio, y ruego a usted que se sirva aceptar mis homenajes.

»PEDRO MARCELIER.»

* * * * *

--¿Qué decís de esto, hijas mías?--preguntó la de Ribert.

--Es muy interesante--respondí pensativa. Iba a añadir:--«Y muy verdad,»--pero me contuvo el pensar que aquella carta aludía directamente a Francisca. No se podía hacer más claramente el proceso de su caso particular, y el de las jóvenes educadas como ella. Genoveva se abstuvo de hacer ninguna observación, por el mismo motivo. Francisca observó el embarazo general, y con su vivacidad de siempre, se apresuró a quitar al asunto todo carácter personal.

--¡Vaya un cargante!--exclamó.--Qué manía de hacer sumas y restas... Solamente en el registro se puede tener un gusto tan pronunciado por el cálculo y sus complicaciones...

--Siempre es útil saber contar--dijo dulcemente Genoveva.