Chapter 11
--Qué se puede esperar de una solterona...
Si se trata de una devoción mal comprendida, todo el mundo se encoge de hombros y murmura:--Es una verdadera solterona...
Si por casualidad se hace alusión a costumbres rutinarias, al egoísmo o a las conversaciones agridulces, todos repiten:
--Qué propio es de una solterona...
Para pintar un traje extravagante se exclama:
--Vaya una facha de solterona...
Si por ventura recae la conversación sobre la pasión de los gatos, de los perros, de los pájaros o de los cintajos amarillos, brota un grito unánime:
--Gustos de solterona...
En fin, última y suprema ofensa, si se quiere calificar a alguna persona profundamente inútil a la sociedad, todos proclaman:
--Inútil como una solterona...
Véase cómo la solterona se convierte en un objeto antipático cuando debiera ofrecer el más singular de los atractivos, el de un enigma que descifrar.
9 de diciembre.
¡Cuántas mudanzas en lo que constituye una vida de joven soltera!... Ayer todo era tranquilidad absoluta; hoy empiezo de nuevo a subir el calvario de una muchacha casadera... ¡Qué fastidio!... Y pensar que es el padre Tomás a quien debo esta resurrección de las complicaciones.
Esta mañana me previno la abuela que deseaba hacer conmigo algunas visitas por la tarde. A las dos subí a mi cuarto para ponerme el traje de rigor, cuando la abuela me hizo sufrir un examen imprevisto.
--¿Qué vestido te pones?
--El gris, corte de sastre.
--El gris... No, yo preferiría el azul marino con aquella linda pechera que tan bien te sienta. Debajo del abrigo de pieles ligeramente entreabierto, hace muy bien...
--Pero yo no tengo conquistas que hacer, abuela... ¿Cree usted útil que me ponga el traje número uno?...
--Sí... sí... ¿Qué sombrero?...
--El Santos Dumont.
--No, ese no... Ponte más bien el de la pluma amazona que te sienta maravillosamente sobre tu cabello rubio.
--¿Maravillosamente?... Bueno, abuela.
Me vestí muy pensativa... ¿Qué significaban esas precauciones inusitadas?... ¿Qué las idas y venidas de la abuela, que ha salido estos días varias veces de tapadillo?... Verdaderamente todo esto me parecía poco claro y empezaba a temer seriamente un atentado premeditado contra mi libertad, cuando tomé confianza al ver que la abuela se dirigía, y me dirigía por consiguiente, hacia el Colegio Libre.
--En casa del padre Tomás--murmuré para mis adentros,--no hay nada que temer... La feria del matrimonio no tiene allí puesto.
Llamé, pues, con todo el candor de una perfecta quietud y no encontré extraordinario que el cura no estuviese solo. Muy ocupado en hablar de buenas obras con un caballero bastante feo, que parecía un tarro de tabaco, el cura nos acogió, sin embargo, con una alegría muy halagüeña... Evidentemente no había la menor mala intención en aquellos ojos eternamente maliciosos ni en aquella risa tan franca.
La abuela, no queriendo interrumpir la conversación de aquellos señores, se confundió en excusas y suplicó al cura que nos dejase aprovechar sus luces comunes continuando su plática.
El caballero tarro de tabaco nos fue presentado. Se llama Teodoro Baurepois y practica como especialidad la salvación de Francia. Tuvimos el gusto de oír interesantes cosas sobre el socialismo cristiano, los círculos obreros, la protección de los patronos, los retiros y un diluvio de teorías... El caballero habla bien y se expresa con facilidad y hasta con elegancia. El padre Tomás parece que le da gran importancia y le exhibe como una coqueta enseñaría una sortija.
La abuela, por discreción, hizo una visita muy corta. Mi inocencia no sospechó del señor de Baurepois, el cual no me parecía de la madera de que se hacen los maridos.
En casa de la Bonnetable, olvidada ya de su enfado, esperé en vano al señor en honor del cual me había puesto mi traje azul y el sombrero cuya pluma, etc.
En casa de la señora de Ribert, ni sombra de pretendiente.
En casa de la Roubinet, nada más que un diluvio de flores de retórica.
En casa de la Sarcicourt, absolutamente nada...
Me resigné fácilmente a pensar que el pretendiente--porque debía de haberlo--había llegado tarde al tren.
--Otro día será--pensé con alguna angustia ante la idea de volver a empezar las fases de mi atavío de conquista.
La abuela se encargó de desengañarme con una pregunta tan brusca como imprevista.
--¿Qué te parece el señor de Baurepois, Magdalena?
--Muy feo--respondí con indiscutible sinceridad.
--Sí, no es un Adonis, ya lo sé... Pero su corazón... su inteligencia...
--Su corazón, abuela, parece muy vasto a juzgar por la extensión y el número de las obras a que se dedica... Su inteligencia debe de tener las mismas dimensiones... Seguramente es un alma poco vulgar...
--¡Ah! querida--exclamó la abuela besándome con efusión.--Qué dichosa soy al oírte juzgar así al señor Baurepois... Temía que su físico...
--¿Su físico?...--respondí disimulando una sonrisa.
--Sí, temí que te impresionase contra él... Pero el padre Tomás, que es un hombre de gran talento, me había dicho que él conduciría la conversación de manera que quedases conquistada...
--¿Conquistada?... Entonces se conquista ahora a las muchachas con discusiones sociales...
--Las muchachas serias--respondió la abuela ligeramente ofendida,--tienen así ocasión de apreciar a un pretendiente... ¿Qué más quieren?
Solté una carcajada vibrante, prolongada, interminable.
--De modo, abuela, que el señor de Baurepois era un pretendiente...
--Ciertamente--balbuceó la abuela.--¿Por qué no?
--¿Y el padre Tomás ha tratado de encontrar una conversación seductora?
--Seguramente--dijo la abuela, que no comprendía mis preguntas.
--Pues bien, el señor de Baurepois es horrible y su conversación... cargante, como diría Francisca.
--¡Oh! estas muchachas...
--Figúrate una conferencia entre un señor que quiere salvar a Francia y su pobre mujer... Cada uno de sus desengaños recaerá en la desgraciada... Cada _meeting_ fracasado será una ocasión de recriminaciones... Cada _speech_ interrumpido constituirá un motivo de discordia... Y los artículos de los periódicos... Y los ataques personales... Y las perfidias de los amigos políticos... Figúrate el despertar por la mañana: «¡Ah! amiga mía, _La Linterna_ se va a meter conmigo»--«No, amigo mío.»--«Sí sí, siento que voy a recibir alguna cosa desagradable.»--«Pero mi pobre Teodoro, te alarmas sin motivo.»--«Pues si no es _La Linterna_, será _La Acción_.»--«Nada de eso, está tranquilo. Además, _La Autoridad_ te defenderá si te atanca.»--«¿Tú crees?»--«_La Autoridad_ está en el caso de administrarme una paliza disimulada... Me defenderá criticándome.»--«Pues bien, amigo, espera para apurarte a que ocurran todas estas cosas.»--«¡Ah! así sois las mujeres, descuidadas, frívolas, egoístas... El padre Tomás me ha engañado sobre tu carácter. No tienes nada de lo que hace falta para un hombre de mi valía.» ¡Ay! abuela, no quiero despertar de esta manera...
La abuela se encogió de hombros.
--¡Qué niñada, Magdalena!... Estás desbarrando... Y yo que esperaba que la belleza moral del señor de Baurepois...
--Permíteme, abuela. No niego la belleza moral del señor de Baurepois... Es hasta probable que si yo conociera a ese señor un poco más, me gustaría bastante para olvidar a la larga las imperfecciones físicas que me ciegan por el momento. Esa belleza moral está demasiado oculta... El salvar a Francia es hermoso, no digo que no, pero, entre nosotras, yo no tengo tanta ambición. Mi alma burguesa estaría más conforme con una dicha más tranquila y menos ilusoria... Un marido que me hiciera feliz es todo lo que yo pediría.
--Y bien, el señor Baurepois...
--Temo que me aburriría mortalmente.
--Trate usted de gustar a una muchacha...--murmuró la abuela con una desesperación que hubiera sido cómica a no ser tan sincera.--Oye--me dijo dejándome para no ceder a la tentación de regañarme,--quiero creer que no es esa tu última palabra. Tengo los informes más perfectos sobre el señor de Baurepois. Como fortuna y como relaciones no encontrarás cosa mejor... Es un hombre serio... Reflexiona.
Y la abuela desapareció sin dejarme decir una palabra.
De modo que estoy lucida... Después del señor Desmaroy, el señor de Baurepois... De Escila a Caribdis... ¡Qué agradable situación la de una joven casadera!...
16 de diciembre.
La abuela acepta difícilmente mi negativa respecto del señor de Baurepois, dice que me porto como un chorlito y lamenta mi deplorable obstinación.
El padre Tomás, aunque más conciliador, confiesa que le ha sorprendido desagradablemente lo que él llama el fracaso de mi inteligencia y de mi razón.
--Rehusar un joven ocupado en cuestiones tan elevadas... Y yo, que creía que su conversación había encantado a usted...
--Me interesó, señor cura, lo que no es lo mismo. El interés está lejos del encanto...
Por la gesticulación del cura se ve que no comprende mi estado de alma y que no se da cuenta tampoco de la psicología de un corazón de muchacha.
La de Ribert y Genoveva son más indulgentes conmigo. Sin dejar de apoyar a la abuela ponderándome las ventajas de una unión con el señor de Baurepois, una de las fuerzas del partido militante conservador, han depuesto las armas las primeras.
--No ha llegado la hora de Magdalena, ha dicho la de Ribert a Genoveva. Cuando esa hora suene, discutirá menos... Su convicción se formará sola y ella misma reclamará el derecho de casarse con el que le haya gustado.
--¡Oh! señora--respondí con cierta melancolía,--renuncio a conocer jamás esa hora... Jamás podré acostumbrarme a ese modo de casarse...
--Pero, Magdalena--dijo la buena Genoveva,--todo el mundo se casa así en nuestra sociedad.
--Sí--respondí suspirando,--el matrimonio de inclinación es considerado como un suceso raro y muy peligroso. Todos predican las peores calamidades a los que se dejan llevar al matrimonio por un cariño apasionado. Lo que no obsta para que yo encuentre odioso casarse en las condiciones ordinarias...
Estaba yo tan nerviosa por las interminables discusiones que había tenido que sostener con la abuela en los últimos días, que me eché a llorar. Genoveva me abrazó.
--¡Oh! no llores, Magdalena... Qué niña eres... Nadie te obliga a casarte... Sé razonable...
Razonable... Que si quieres... Cada vez lloraba más... La de Ribert parecía consternada y Genoveva, para consolarme, acabó por llorar también.
--No llore usted así, Magdalena, hija mía... Su abuela de usted no piensa obligarla al matrimonio.
--No, señora--respondí entre dos sollozos,--pero todas ustedes me encuentran poco razonable y novelesca porque no puedo decidirme a casarme con un hombre a quien no conozco. Es ese juicio lo que me hace daño, mucho daño en el corazón...
--¡Bah! tontuela, nadie juzga a usted así--me dijo con bondad la de Ribert.--No llore usted más, no sea niña...
--Tranquilízate--añadió Genoveva enjugándose los ojos, muy encarnados.--Te lo ruego; me das pena...
Al fin logré dominarme y me decidí a guardarme el pañuelo en el bolsillo.
--Vamos, ¿se acabó la pena?--me preguntó amablemente la de Ribert dándome un beso.
--Así lo espero--dije mientras se me saltaban otra vez las lágrimas por el tono de la pregunta y por el beso maternal de la buena señora.
En cuanto me tranquilicé un poco, expliqué a aquellas señoras que había algo en mí que se negaba absolutamente al matrimonio con un desconocido.
--Sí--exclamé,--no puedo, no podré nunca decidirme...
--Pues bien--respondió la de Ribert, que comprendió que no era el momento de insistir,--espere usted, la cosa no corre prisa... Si Dios quiere que usted se case, él sabrá enviarle el marido que la convenga.
--Sí, sí--añadió Genoveva.--Hablemos de las solteronas... Eso distraerá a Magdalena.
Pronto recobró mi alegría su vivacidad habitual. Al contar mis últimas impresiones sobre mi asunto favorito, hablé del deseo de saber lo que piensan los hombres que no se casan.
--¿Para qué?--preguntó la de Ribert un poco asombrada.
--Para comprender sus motivos de celibato. Puesto que hay solteronas recalcitrantes que lo son a pesar suyo, tendría curiosidad de saber los motivos que alegan esos caballeros para despreciarlas de ese modo.
--La falta de dote y las pretensiones de las jóvenes casaderas son motivos suficientes--dijo Genoveva.--No veo qué más puedes desear para informarte...
--Sí--repliqué--hay además otra cosa. No me harás creer que el egoísmo está bastante extendido en la tierra para que no haya otros motivos serios que expliquen ese abandono del matrimonio... Además--añadí bajando los ojos a la chimenea, que ostentaba un hermoso fuego,--no pueden ustedes figurarse qué curiosa estoy por saber si hay entre los hombres algunos que piensen como yo... Debo de poseer un alma hermana que se asuste de casarse con una desconocida.
--¿Y quisieras conocer a esa alma hermana?--preguntó con curiosidad Genoveva sonriendo.
--Puede ser--dije sintiendo que me ponía colorada.--Quisiera al menos saber si existe...
--Vean ustedes esta joven razonable que quisiera hacer un estudio del natural--exclamó la de Ribert sonriendo...--Después de todo--añadió después de una corta vacilación,--¿por qué no?...
--¡Cómo!--exclamó Genoveva.--¿Qué diría la de Sermet?
--Sí, comprendo, hija mía, pero no se trata de Magdalena... ¿Por qué no he de hacer yo lo que no puede hacer ella? Yo tengo ya la edad de la razón.
--¡Oh! señora--exclamé con ardor arrojándome en sus brazos.--¡Qué buena es usted!...
--No, no tan buena... Sabe usted que hace mucho tiempo que me ocupo en cuestiones femeninas... Me gusta tener datos precisos. Algunas veces, esto entre nosotras, he escrito a un periódico para obtener informes... Ese periódico se llama «Preguntas y Respuestas». Inserta las preguntas que se le envían, y entre sus lectores o lectoras, hay siempre personas de buena voluntad que dan una respuesta cualquiera... ¿Quiere usted que trate de tener lo que desea en su lugar?...
--Sí, pero ¿cómo?--dije interesada.
--No es difícil poner un anuncio pidiendo las noticias que deseamos. Los que quisieran dar respuesta dirigirían sus misivas al periódico, y éste me las transmitiría bajo sobre con iniciales.
--¡Oh! sí--respondí llena de entusiasmo.--Haga usted eso por mí, señora... Genoveva, corramos a pedir permiso a la abuela...
--No, ve tú sola--dijo Genoveva riendo de mi entusiasmo.--Tu abuela se va a enfadar y no me atrevo a ser yo la que haga semejante petición.
--Anda Genoveva, te lo suplico--dije abrazándola.--La abuela te lo concederá todo... Sabe que eres tan buena y razonable...
--¿Qué hago?--preguntó Genoveva a su madre.--¿Debo arriesgarme?
--Sí--respondió la de Ribert.--Bien puedes hacer eso por Magdalena.
El tiempo de echarse una falda, de ponerse los guantes y el sombrero, y Genoveva estuvo pronta a acompañarme a casa de la abuela, que se quedó sorprendida de nuestra entrada repentina. Costole mil trabajos ponerse al corriente de lo que queríamos y empezó por llenarse de indignación en cuanto supo poco más o menos de lo que se trataba. Se calmó un poco al oír las dulces razones de Genoveva y acabó por enviarnos al padre Tomás, sin cuya opinión no podía pasarse en semejante caso.
--La cosa se sale tanto de las conveniencias...--murmuró la pobre abuela consternada.--En verdad, no sé si estáis locas o si soy yo la que no está en el movimiento de ideas moderno... ¡En qué siglo vivimos!...
Genoveva nos acompañó a casa del padre Tomás, que, felizmente para nosotras, tiene la indignación menos fácil que la abuela. El cura escuchó con atención las explicaciones de Genoveva, la cual se abstuvo, sin embargo, de hablar de mi deseo de encontrar un alma hermana. Un poco sorprendido al principio, movió largo tiempo la cabeza antes de responder... Era seguro que vacilaba.
--¡Dios mío!--dijo por fin,--si fuese Magdalena la que pusiera ese anuncio, diría que era imposible de todo punto...
--Así lo comprende mamá--hizo observar Genoveva.
--Pero la señora de Ribert, a quien todo el mundo conoce como mujer seria, inteligente y ocupada en trabajos intelectuales, puede perfectamente hacer lo que le plazca. No veo ninguna razón para negar la autorización solicitada.
--Entonces, señor cura, suplico a usted dos letras para la abuela... Sería capaz de no creernos...
--Esperen ustedes--dijo el cura lleno de condescendencia.
Cogió una tarjeta y escribió debajo:
«¿Por qué impedir el vuelo de un pajarillo? Hay más grandeza verdadera en lanzarse por encima de lo convencional que en permanecer obstinadamente atado a lo vulgar...
»Todos mis respetos.»
--Gracias, señor cura, gracias de todo corazón--exclamé con un intenso acento de triunfo.
--Calma, calma...--dijo el cura.--Si su cerebro de usted se pone en ebullición, retiro el permiso...
Una dulce sonrisa de Genoveva le tranquilizó. Y nos fuimos rápidamente a casa. Celestina tuvo mil trabajos para seguirnos a nuestro paso.
--Abuela--dije con expresión vencedora dándole la carta del cura,--aquí tienes la respuesta que esperabas.
La abuela se sujetó las gafas con cuidado, cogió la tarjeta, la leyó, la releyó, la meditó y dijo finalmente encogiéndose de hombros:
--El cura descarrila... y vosotras también.
--¡Oh! abuela--dije horriblemente alarmada,--¿niegas el permiso?
--No... haz lo que quieras. Francamente, no puedo hacerme a estas costumbres nuevas... Escribir a un periódico... Poner un anuncio... ¡Y qué anuncio!...
--Gracias, abuela, gracias de todos modos--exclamé con transporte.
--No hay de qué--respondió la abuela.--Pasa por el mundo entero una especie de viento de locura... No me habléis más de todo esto--concluyó volviéndonos la espalda.
La de Ribert, que esperaba una oposición obstinada de la abuela, se quedó sorprendida de nuestro éxito.
--Bueno--dijo alegremente,--aprovechemos el permiso y ocupémonos del anuncio. Aquí tenéis el que he redactado durante vuestra ausencia.
* * * * *
«Persona seria que hace estudios sobre las solteronas, desea conocer los motivos que alejan a los hombres del matrimonio. Respuesta a las iniciales A. B. C. Oficinas del periódico.»
* * * * *
--¿Qué pensáis de esto?
--¡Perfecto!--exclamé saltando de alegría.--Pronto, un sobre... ¡Oh! señora, qué agradecimiento... Qué feliz soy...
--Espere usted, Magdalena--dijo la pobre señora de Ribert, aturdida por mi turbulencia.--Espere usted; hacen falta aún mil cosas. Qué niña...
Por fin salió la carta... Volví a casa, donde encontré a la abuela casi repuesta de su exceso de indignación, y ya me encuentro alegre como... me falta término de comparación.
Cuánto quisiera tener rápidamente una respuesta.
22 de diciembre.
¡Nada!... No hay respuesta... Qué largo es esto...
Hoy, el día en que recibe la señora de Brenay, hemos ido a verla. También ha ido Francisca y su madre, Paulina y la señora de Aimont. Se habló mucho del baile blanco que da la señora de Geraumont con motivo de los esponsales de su hija, que se casa con un riquísimo banquero. Los Geraumont son unos opulentos molineros retirados de los negocios y no tienen la suerte de agradar a lo que se llama «la alta sociedad,» que les pone mala cara.
--¿Vas a ese baile, Magdalena?--me preguntó Petra.
--Magdalena no sale más que en la intimidad--respondió la abuela.--Una huérfana no está en su lugar en reuniones muy numerosas.
--Pero es un baile blanco--observó la de Brenay.
--Sí, lo sé; pero es todavía demasiado mundano para Magdalena. ¿Y usted ha aceptado?--preguntó la abuela a la de Brenay.
--Los Geraumont no son de nuestra sociedad--respondió la de Brenay desdeñosa.
--¡Ah!--respondió sencillamente la abuela, que, a pesar de ser aiglemontesa, no admite tan sutiles distinciones.--¿Y usted, señora?--preguntó a la de Aimont.
--No me halaga el exponerme a bailar con los proveedores--respondió ésta.--Es un baile de comerciantes, de modo que...
--Pues nosotros aceptamos--dijo Francisca antes de que se lo preguntaran.--Siempre encontraremos algunos amigos para hacer banda aparte, y será divertido...
--Y, sobre todo, muy fino para la dueña de la casa--murmuró la abuela a la sordina.
--Me hace usted reflexionar--dijo la de Aimont.--Si estuviera segura de encontrar en casa de esa gente personas conocidas, puede que aceptase por Paulina... Hay tan pocas distracciones en Aiglemont...
La abuela logró apenas contener una sonrisa que yo adiviné en su mirada casi maliciosa. Demasiado inteligente para apreciar mucho esas estrecheces tan en boga en Aiglemont, la abuela cambió la conversación, que amenazaba ser funesta para los pobres Geraumont.
--¿No hay ningún matrimonio en el horizonte?--preguntó sabiendo que así complacía a todas aquellas señoras.--La chica de Geraumont no es, sin embargo, la única joven casadera...
En este momento entraron otros visitantes en el salón, con tal estrépito, que la conversación se suspendió. Grande fue la sorpresa general al ver que eran el padre Tomás y la Melanval que se anonadaban mutuamente de testimonios de finura y se negaban a pasar el uno delante del otro. Por fin encontraron el secreto de ponerse de acuerdo precipitándose los dos a un tiempo a la puerta, lo que produjo un ruido espantoso y provocó una risa enorme en el interior del salón.
En cuanto se restableció la calma, siguió la conversación con toda su vivacidad.
--Señor cura--dijo la de Brenay,--háganos usted saber lo que piensa del desgraciado estado de cosas que íbamos a hacer constar una vez más; la dificultad de casar a las jóvenes que tienen un dote mediano...
--Y a las que le tiene pequeño--añadió la de Dumais con una convicción de las más sinceras.
--Lo cierto es--prosiguió la de Aimont,--que en nuestra población, como en otras muchas, hay muchas jóvenes cuyos padres viven en buena posición... Esas jóvenes no tienen ni más ni menos atractivos que los que tenían sus madres a su edad, y, sin embargo, no encuentran marido...
--Sí--convino el padre Tomás.--Ya he tenido una larga conversación sobre esto con la señora de Sermet y Magdalena. Nada se opone a que la continuemos... Las condiciones de la vida moderna aumentan considerablemente las probabilidades que tiene una muchacha para no casarse--dijo mirándonos una tras otra a todas las jóvenes presentes.--Los hechos están ahí, innegables, casi palpables...
--Destruya usted esos hechos, señor cura, destrúyalos usted--interrumpió Francisca con su petulancia habitual.--Es horrible condenarnos con hechos... y con hechos palpables...
--¿Y qué quiere usted que yo le haga?--objetó el cura.--En primer lugar, nacen indiscutiblemente más mujeres que hombres, al menos en Francia... Después la muerte se lleva más pronto a los hombres que a las mujeres, lo que hace el elogio de ustedes, señoras--observó graciosamente el cura,--porque prueba la pureza de su vida. El hombre paga sus locuras o sus debilidades... En tercer lugar, la aspereza creciente de la famosa lucha por la vida exalta los sentimientos egoístas en el hombre. «Tengo bastante para mí--se dice,--pero no para tres o cuatro, si tengo hijos...» Esta tendencia, por otra parte, no es reciente; Michelet hablaba de ella en su libro sobre la mujer.
--Y bien, ¿por qué no educar a las jóvenes con arreglo a este nuevo estado de cosas?--exclamó la Melanval.
--Es verdad--respondió el cura.--Últimamente he leído un artículo de Marcel Prevost...
--¡Oh!--balbució la Melanval con espanto.--Usted lee a Marcel Prevost...
--¡Los canónigos leen, pues, a Marcel Prevost!--murmuró Francisca con una apariencia de ingenuidad que no engañó a nadie.
--Los canónigos... no lo sé. En cuanto a los profesores, su deber es ponerse al corriente de todo lo que puede ser útil al cumplimiento de su misión y...
--Señor cura--dijo en tono lastimero la de Dumais,--perdone usted a Francisca.