Chapter 10
--Papá se enfadó al principio, y cuando volvió a casa regañó a mamá diciendo que su debilidad era la causa de este nuevo incidente.
--Pobre señora de Dumais--gimió la Sarcicourt.--Es tan buena...
--Demasiado buena--dijo la abuela entre dientes.--De modo--siguió diciendo más alto,--que no se casa usted, Francisca...
--¡Ay!--respondió la aludida,--mis pretendientes no cesan de correr... Señorita--dijo yendo a arrodillarse delante de la Melanval,--¿no tiene usted una liga por pequeña que sea, que se ocupe de las jóvenes casaderas?... Si no la hay debiera haberla... Sería cien veces más útil--terminó levantándose,--que todas esas ligas que fastidian a todo el mundo...
--¡Francisca!--dijo la abuela con cierto tono de severidad,--va usted a decir tonterías, hija mía.
--Sí, es verdad... Me callo--respondió Francisca con esa gracia irresistible que hace que se le perdonen todas sus imprudencias.
--No comprendo--dijo la Fontane,--el horror que usted manifiesta por el celibato... Eso estaba bien en otro tiempo, pero hoy le aseguro a usted que está bien visto el quedarse soltera.
--No, amiga mía--respondió vivamente la abuela.--Eso es inadmisible.
--Sin embargo--añadió la Fontane reprimiendo una fuerte gana de reír,--estamos aquí cuatro representantes del celibato, sin contar la quinta--dijo echando una mirada a Genoveva,--y no veo lo que tenemos de reprensible.
--Eso depende de los motivos que han ocasionado en cada una el celibato. Los hay que yo admito y otros que no--terminó la abuela, ya descontenta al ver que iba yo a caer en mi tema favorito.
--¿Cuáles son esos motivos admitidos?--suspiró la Sarcicourt,--¿es indiscreto preguntarlo?
--De ningún modo, querida amiga--dijo la abuela, ya en pleno buen humor.--El padre Tomás, explicando este asunto a mi nieta, los enumeró bastante sumariamente. Voy a tratar de recordarlos para complacer a usted, aunque estoy muy cansada.
--No se tome usted esa molestia, señora--interrumpió la Fontane.--Ese asunto le es a usted antipático y voy a tratar de reemplazar a usted. Creo--continuó, mirando a la Sarcicourt,--que una de las primeras razones que impulsan al celibato es la abnegación.
--¡La abnegación!--exclamó la Roubinet con todo el ardor de una persona que nunca ha sabido lo que es eso.--¡Qué poesía en ese motivo!... ¡Qué suavidad!...
--Hay muchos géneros de abnegación--hizo observar Genoveva.
--En efecto, puede una sacrificarse de mil modos--repuso la Fontane muy risueña.
--Se trata de encontrar el bueno--dijo Francisca, que generalmente proclama que la abnegación es un asunto de edad y de temperamento.
--Todos son buenos--respondió la Fontane.--Entre la abnegación de una hija que se consagra a sus padres y la de una hermana que se sacrifica por sus hermanos menores, no sé, en verdad, a cuál dar la preferencia. Aquí son los padres muertos que dejan una familia que criar; allí unos padres pobres o enfermos a quienes hay que atender o cuidar... Se puede una quedar al lado de un hermano soltero para cuidarle la casa... Un hermano que se queda viudo necesita a su hermana para vigilar a los pequeños, dirigir a los mayores y ser una madre para todos... Un hermano sacerdote nos reclama... Una hermana enferma nos absorbe... Y luego, fuera de la familia, se encuentran nobles causas de abnegación...
--Dios mío--interrumpió Francisca,--bastantes hay ya; no añada usted más...
--¡Niña mimada!... Debe usted comprender, Francisca--siguió diciendo la Fontane,--que hay almas que sienten la necesidad de sacrificarse por el prójimo en un marco más ancho que el de la familia. Existen muchas nobles hermanas de la caridad, seglares.
--Sí--respondió Francisca poco convencida,--para las almas hermosas puede tener atractivos todo eso... Para las almas inferiores como la mía, no tiene ninguno.
--Yo creí, Francisca--dijo la abuela con tono de reproche,--que tenía usted corazón.
--Mi corazón se atrofia en el celibato--respondió Francisca sin miramientos.--Siento que me voy volviendo mala...
--Buena solterona--murmuró Petra a la sordina.--Esto promete para el porvenir.
--Entonces, Francisca--dijo la Fontane,--no es usted de aquellas a quienes retiene en la pendiente del matrimonio un sentimiento de pudor virginal...
--Absolutamente--respondió Francisca con la inconsciente franqueza que brilla en todas sus palabras y que le vale tantas críticas.--¿Existen, pues, casos de ese género?...
--Ciertamente. ¡Cuántas almas temen los rozamientos de la vida!...
--Sí--hizo observar la Melanval bajando púdicamente los párpados,--el matrimonio no es un modo de existencia propio de las naturalezas finas y delicadas...
--¡Oh!--protestaron la abuela, Francisca y Petra.
--Yo misma--continuó la presidenta,--me he estremecido siempre de horror al pensar que un caballero hubiera podido besarme...
--Entonces--exclamó Francisca,--no tenía usted más que besarlo la primera, y así...
--¡Francisca!--dijeron todas a coro.--_Schoking_...
--Francisca razona como una niña caprichosa--respondió la Melanval.--Habrá que cuidar esa imaginación--añadió un poco descontenta.--Si no pone usted remedio se va a destruir cerebro, corazón y alma. Mala pendiente, hija mía; muy mala pendiente...
--¿Qué le voy a hacer?--suspiró Francisca en tono burlón.--Es el efecto en mí del celibato... Hay jóvenes que se vuelven de azúcar, como Genoveva; hay otras que se ponen más agrias que un limón, como yo... No comprendo por qué tienen ustedes todas, trazas de encontrar magnífico ese sentimiento de pureza virginal de que hablan. Eso es bueno para una monja, pero cuando no se siente una llamada hacia Dios...
--Ciertas almas--respondió la Fontane,--prefieren su blancura de armiño a todos los goces de la vida... Ese sentimiento purísimo es infinitamente respetable, tanto como hermoso.
--Y muy raro--dijo la abuela echando a Francisca una mirada terrible para que no dijera alguna nueva tontería.
--Es muy difícil el saberlo exactamente--respondió la Fontane.--La pureza extrema siendo silenciosa, las almas que han huido del matrimonio para sacrificarse a ese deseo virginal, no lo cuentan generalmente. Es un secreto entre ellas y Dios.
--¡Secreto ideal!... ¡Secreto de amor!...--murmuró la Roubinet con la cara satisfecha de un niño que está comiendo dulces.
--En materia de secretos de amor--dijo la Fontane,--hay también afecciones interrumpidas por la muerte, la traición o cualquiera otra causa. Esas afecciones dejan en el corazón de ciertas jóvenes una huella bastante profunda para que no sea posible otro amor... No habiendo podido casarse con el que amaban, esos corazones fieles prefieren vivir, envejecer y morir solos...
--¡Ah!--dijo Francisca estremeciéndose.--Nos deja usted heladas... Si eso es el amor no le quiero.
--¡Qué hermoso es el amor!--murmuró la Roubinet.
--Muy hermoso--replicó la abuela,--pero muy peligroso para cabezas jóvenes.
--No para la mía--objetó Francisca triunfante.
--¿Quién sabe?...--exhaló Genoveva en un aliento apenas perceptible.
--Una de las causas más frecuentes de celibato--dijo la Fontane,--es tener un carácter demasiado independiente.
--Detestable causa--exclamó la abuela dirigiéndome un suspiro.
--No es ese mi caso--afirmó la Sarcicourt, que temía probablemente que se le imputase semejante disposición.--En mi vida he sabido lo que era tener ideas fijas y personales...
--¡Pobre amiga!--respondió Francisca llena de lástima.
--Esa independencia de carácter--continuó la Fontane,--no sólo es un motivo de celibato del lado femenino, sino que asusta también a no pocos jóvenes. ¿Qué vamos a hacer--piensan--de una mujer autoritaria y déspota?...
--Ahogarla--exclamó Francisca pensando en la Bonnetable y en el deseo ya formulado.
--Es un remedio un poquito radical--opinó la Sarcicourt, que no está por las medidas violentas.
--No se emplea casi nunca--respondió la Fontane.--Existe, por otra parte, el contraste de la independiente, y es la joven a quien todo asusta, la que teme las responsabilidades del matrimonio y rehuye la carga de almas que ese estado lleva consigo.
--¡Qué valentía!--exclamó Genoveva riendo.--Eso huele a las Cruzadas, ¿eh, Petra?
Petra se encogió de hombros amablemente sin decir nada.
--El divorcio y la inseguridad en el matrimonio--prosiguió la Fontane,--provocan igualmente la vocación del celibato en algunas muchachas...
--Lo que pasa en el mundo es verdaderamente espantoso... ¡Qué negro abismo!--exclamó la Melanval.
--«Corromper y ser corrompido, ha dicho Tácito, es lo que se llama el siglo»--dijo la Roubinet orgullosa de su frase.
--Por fortuna--observó la Melanval,--tenemos obras para evitar todos esos peligros... Así, la obra de la reforma social...
--No es suficiente--terminó Francisca con un resplandor malicioso en los ojos.--Haría falta una obra de los desengañados, una unión de las separadas, una liga contra los divorcios, una federación de celosas, y qué sé yo cuántas cosas más... ¿Tiene usted una asociación contra el celibato obligatorio?... Pues sería de primera utilidad. Admitirá usted fácilmente que si los motivos enumerados por la señorita Fontane impulsan al celibato, hay otros que le crean... sin impulsar a él...
--Ciertamente--respondió la Fontane con sonrisa burlona.--La insuficiencia del dote cuando se es gastadora, es una de esas causas temibles y temidas.
--Esto es lo que se llama recibir una estocada--articuló Francisca.--_Mea culpa_... _Mea culpa_...
--Los pretendientes toman miedo a las mujeres que les llevarían tan graves motivos de alarma.... Además, hay que tener en cuenta las presunciones de las muchachas que se estiman en un alto valor, siendo así que...
--Que no valen gran cosa...--concluyó Petra.--Me reconozco a mi vez... _Mea máxima culpa_...
--¿Para qué tantas pretensiones?--preguntó la Melanval.
--Es muy sencillo--respondió Petra.--Yo deseo el nombre, la familia, la fortuna, la respetabilidad, las relaciones y un físico agradable.
--¡Mucho es eso!--exclamó la Melanval.
--Tengo veinte mil pesos de dote...
--Es poco--hizo constar la Melanval.--Hagamos un pequeño sacrificio... ¿El nombre?
--Imposible... ¿Un matrimonio desigual?... Horror...
--La familia va con el nombre. ¿La fortuna?...
--Jamás... Se va el dinero de las manos sin echarlo de ver.
--Entonces--replicó la Melanval un poco extrañada--no queda nada que sacrificar, pues la respetabilidad es necesaria. Como no sea el físico...
--Me es indispensable--respondió sencillamente Petra.
--¡Bah! ya irá usted rebajando, hija mía--dijo la abuela con su dulce filosofía.--Y quiera Dios que no sea tarde--suspiró pensando en el teniente Cotorrac.
--Es lo que yo digo algunas voces a mamá--dijo Paulina un poco confusa por no ser de la opinión de su madre.--Mamá, que me quiere mucho, sueña para mí con una situación brillante, y... con diez mil pesos de dote... no sé si...
--¿Si conquistarás esa situación?--acabó Francisca riéndose.--Creo que no, mi pobre Paulina... Rebaja pronto... pronto... Ya quisiera yo tener que rebajar algo--gimió Francisca,--pero no puedo disminuir mis pretensiones a no ser que me case con un gañán, con un marmitón o con un mono vestido, lo que está lejos de ser tentador.
--¡Ah!--suspiró la Sarcicourt;--no estamos ya en los tiempos en que la gente se contentaba con una choza y un corazón...
--¡Dichosa época!--exclamó la Roubinet.--Pero si no tenemos ya esas graciosas costumbres, sepamos acomodarnos, como decía Máximo del Camp, al tiempo en que vivimos; sólo en esto reside el gran arte de la vida.
--La falta de salud--dijo la Fontane, llevando la conversación a su punto de partida,--asusta también a muchos pretendientes. ¿Qué hacer de una mujer enferma?...
--Cuidarla--murmuró Francisca con irónica piedad.--Pero esos hombres son tan detestables enfermeros...
--Es cierto--dijo la abuela,--que se debería vigilar escrupulosamente la salud de la mujer lo mismo que la del hombre en todos los matrimonios, y, en caso de incertidumbre, prohibirles una unión llena de peligros.
--¡Cómo!--exclamó asombrada.--Ahora es la abuela partidaria del celibato... ¡Qué conquista!...
--¿Y dónde me dejan ustedes el amor al estudio y la pasión por las artes?--interumpió la Roubinet.--En nuestra época hay muchas jóvenes que prescinden del matrimonio para seguir esa vía privilegiada.
--¡Bah!--dijo la abuela.--¿Son las jóvenes sabias y las artistas en flor las que renuncian al matrimonio, o es el matrimonio el que no las quiere?
--La estadística se calla en este punto--respondió la Roubinet ligeramente confusa.--Pero he leído con gran satisfacción la vida de ciertas solteronas sabias o artistas--dijo con su énfasis habitual.
--¡Oh!--exclamó Petra.--Creo que sueña usted.
--No, por cierto--insistió la Roubinet.--Así, en literatura...
En este momento entró Celestina con una bandeja cargada de pasteles de perfumes variados, e interrumpió a la Roubinet.
--Suplico a usted que espere un poco--dije a la oradora.--Déjeme servir el té, pues sentiría mucho no oír a usted.
--Vaya usted, vaya, Magdalena--respondió la Roubinet muy halagada por mi petición.
--¡Qué delicioso perfume de flor de azahar!--exclamó Francisca apoderándose de un plato de mostachones para presentárselo a las invitadas.--Es un perfume de circunstancias... Hoy, fiesta de Santa Catalina, todo debe ser flor de azahar.
--¡Oh!--dijo haciendo monadas la Roubinet,--yo prefiero unas gotas de ron en el té... Si me hace usted el favor, Magdalena...
--¡Cuidado!--exclamó Francisca;--el ron es un perfume de coraceros...
--No me importa--aseguró la Roubinet,--mi estómago le recibe muy bien.
--El mío no--dijo dulcemente la Sarcicourt.--El médico me prohíbe los licores fuertes... Una gotita de leche, Magdalena, si usted gusta.
Cada cual tuvo al fin lo que deseaba, y la conversación se volvió a animar.
--¿Cree usted--dijo Genoveva dirigiéndose a la Roubinet,--que las solteronas cuentan en sus filas muchas literatas distinguidas?
--¡Cómo! Genoveva--dijo la Fontane,--¿olvida usted a nuestra ilustre Eugenia de Guerín?...
--No, pensaba en ella, así como en Clarisa Bader y en la Bremer. Pero no conozco muchas más.
--¡Cómo!--exclamó la Roubinet con indignación.--¿No conoce usted a la señorita de Marchef, que compuso un libro titulado «_Las mujeres, su pasado, su presente y su porvenir..._»? ¿Ni a la señorita Bertin, que hizo un volumen coronado por la Academia Francesa y hasta compuso dos óperas?... Hay además Miss Frances Brown, poetisa; Miss Martineau, la ilustre filósofa de opiniones un poco atrevidas... Miss Cummins, Miss Sedwick, Miss Wetherell, Miss Lothropp, Miss Johnson, americanas cuyas obras habrá usted leído; Miss Pardoc y Miss Kavanagh, novelistas inglesas; las señoritas Poulet y Luisa Stappaerts, poetisas belgas; la señorita Gatti de Gamond, prosista de mérito; las señoritas Fleuriot, Marechal y Monniot, cuyas obras han hecho la dicha de las generaciones nuevas, y no sé cuántas más...
--¡Qué diluvio!--exclamó la abuela.--¡Cómo las solteronas tienen la pluma tan intemperante!... Ya no me extraña que Magdalena...
--¡Abuela!--imploré.
--La pintura--prosiguió la Roubinet poseída de su asunto--cuenta también solteronas de talento. No citaré a usted más que dos de las más ilustres: la gran artista holandesa María Van-Osterroyek, que vivió en el siglo XVII, y nuestra gran francesa Rosa Bonheur...
--¡Qué nombres y qué artistas!... Cuánto celebro ver que las solteronas están tan favorecidas...
--¿Por qué no habían de serlo?--preguntó la Melanval.--Las solteras encierran bastantes mujeres de bien para tener el derecho de enorgullecerse con las mujeres de talento que figuran en sus filas.
--Con más motivo--añadió la abuela,--porque no pueden ustedes citar personas vivas. Nada asegura que no se casarán...
--Sí--dijo la Fontane,--se han visto casos en estos últimos tiempos.
--Hablen ustedes de las mujeres de bien--dijo la Melanval;--será más edificante...
--Ahí tenemos a Celestina--exclamó Francisca dirigiendo una sonría a la anciana criada que entraba en este instante para llevarse las tazas del té y todo lo que nos molestaba. Pero Celestina hizo como que no había oído.
--Las mujeres de bien solteronas son demasiado numerosas--siguió diciendo la Fontane.--Creo que habría que nombrarlas todas para no cometer error. ¿Qué solterona no ha contribuido al bien de la familia o de la sociedad?...
--La señorita Bonnetable--aseguró Francisca.
--Silencio, Francisca,--exclamó la abuela.--El carácter de la señorita Bonnetable no le impide ser muy buena en el fondo.
--Sí, señora--respondió Francisca,--en el último fondo, en el sitio que no se ve ni se oye, es buena y dulce como el azúcar.
--Niña cruel--dijo la abuela encogiéndose de hombros.
--Lo cierto es--siguió diciendo la Melanval,--que la mayor parte de nuestras obras tienen como presidentas o como fundadoras mujeres solteras... Sería imposible hacer una lista...
--No veo la dificultad--dijo Francisca disimulando un bostezo.--No hay más que coger la nomenclatura de los premios de virtud en la Academia; eso no puede servir de base.
--Detestable burlona--murmuró la Melanval contrariada. Y añadió dirigiéndose a la Fontane:--creo que hay que convenir entre nosotras que si todas las mujeres de bien no son solteras, en cambio todas las solteras son mujeres de bien.
--¡Felices ellas!--exclamó Petra.--Ese es un panegírico bien sentido...
--En un día de Santa Catalina era obligatorio,--repuso Francisca.--Y por cierto que han olvidado ustedes el citar a esta pobre santa entre las ilustres solteronas... Tengo una vaga idea de que fue una filósofa distinguida.
--Y una mártir incomparable--añadió la Melanval santiguándose.--¡Buena Santa Catalina!...
--_Ora pro nobis_--exclamaron a la vez Petra y Francisca que se reían con toda su alma.
--No, no--dijo Francisca dando un salto;--no queremos formar parte de la corporación.
--Y tienen ustedes razón, hijas mías--respondió la abuela siempre llena de indulgencia por las jóvenes deseosas de casarse.--Recen ustedes a San José y será mucho mejor...
--Además--añadió la Roubinet mirando a Francisca con intención,--al rezar a nuestro gran patriarca cuide usted de conservar su gracia y su humor apacible:
Con la sonrisa en los labios Y con la gracia en los ojos La virtud es aún más bella...
--Bonitos versos--dijo la abuela.--¿De quién son?
--De uno de mis autores favoritos--respondió la Roubinet muy contenta por haber hecho efecto.--Son de Laprade.
--¿Laprade?--murmuró Francisca reuniendo sus recuerdos.--Creo haber leído algo de ese buen señor... ¡Qué aburrido era!...
Genoveva y Paulina trataron de hacer callar a Francisca, pero fue inútil felizmente, pues sus palabras se perdieron en el ruido de las despedidas.
--Espera--me dijo Francisca al oído al tiempo de despedirse de la abuela,--voy a dejar con la boca abierta a la Roubinet con mi erudición. Escucha bien.
Y haciendo una graciosa reverencia a la abuela, Francisca declamó con gracia:
Si el tiempo se va, señora, Nosotras también nos vamos...
Una risa general acogió esta nueva broma de Francisca, que había encontrado medio de desnaturalizar el pensamiento del poeta.
--Delicioso--exclamó la Roubinet extasiada.--Yo conozco estos versos, pero no recuerdo el nombre del autor... Venga usted al socorro de mi memoria infiel, Francisca.
--Esos versos son de uno de mis autores favoritos--parodió Francisca.--Son de Ronsard...
--¡De Ronsard!--exclamó la Roubinet sofocada.
--Sí, señorita--terminó Francisca,--rabie usted... Usted no nos ha dado más que Laprade...--Y repitió con una mueca desdeñosa:--Laprade...
Todas exclamaron en coro en medio de las risas que reinaban:
--¡Oh! Francisca...
3 de diciembre.
He pasado una gran parte del día en la Catedral. Hoy era la fiesta de Santa Catalina, fiesta parroquial tan sólo, pero interesante por el gran número de personas a quienes se refiere.
¡Cuántas distracciones tuve en la misa mayor!
Aunque salí de la casa con buenas disposiciones de fervor, mi insoportable imaginación hizo de las suyas. Hasta el Ofertorio todo fue bien, pero en ese momento, curiosa de reflexionar un poco sobre la innumerable cantidad de solteronas que desfilaban delante de mi vista, me extravié completamente.
En seguida clasifiqué a las personas que pasaban en mis tres grandes divisiones:
Solteronas voluntarias.
Solteronas resignadas.
Solteronas recalcitrantes.
Vuelta a casa, continué mis meditaciones y he aquí lo que llegué a poner en claro en conjunto.
La solterona voluntaria, diga lo que quiera el padre Tomás, se distingue a primera vista. Es viva, aunque sea reumática y sobre todo si es nerviosa. Su fisonomía es apacible y animada, su mirada benévola y su sonrisa bondadosa.
La resignada es melancólicamente trivial: mirada apagada, sonrisa triste, modo de andar frío. A diez pasos y aun de más lejos se la conoce de una mirada.
La recalcitrante es... recalcitrante. ¡Qué aspecto de mal genio!... En lugar de la sonrisa amable de la primera y de la dulzura borrosa de la segunda, es enteramente alarmante. Mirada dura, labios secos, modo de andar irritado. En vano se esfuerza la piedad por dar a su fisonomía un aspecto de ternura; se ve el esfuerzo y no se adivina la paz.
Irremediablemente formadas en mi mente las tres grandes divisiones, pasé a las subdivisiones.
Las solteronas voluntarias se reclutan evidentemente entre las que se han dejado guiar en la elección de su existencia por motivos de abnegación, o un sentimiento de pureza virginal, o el recuerdo de una afección muerta, o el amor de la independencia, o ese vago esceptismo que se apodera de tantas jóvenes, o por el temor de las responsabilidades, espantosas en efecto para quien reflexiona.
El amor al estudio y a las artes hace descontentas o satisfechas, según que el celibato proviene de la libre elección o del encadenamiento de las circunstancias. Estas, según sus tendencias personales, se vuelven entonces resignadas, si son de humor acomodaticio, o sublevadas si pertenecen a la categoría de las violentas.
La misma observación respecto de la falta de salud. La solterona se ha sustraído por sí misma al matrimonio o la han sustraído. En la primera suposición, su alma tranquila y estoica impone silencio a su corazón y le da los medios de llegar a las dulzuras del celibato voluntario. En la segunda, se lamenta, se entristece, no piensa más que en su mala salud, envidia la suerte de las jóvenes más favorecidas en este concepto y acaba por dar un ejemplo notable de rebelión en el celibato.
--Sin mi mala salud--murmura,--hubiera podido casarme... A mi mala salud debo, pues, el tener que vivir sola...
--En cuanto a la insuficiencia de dote o a la exageración de pretensiones, que hace que una solterona sería feliz al aceptar a los cuarenta años el partido que ha renunciado a los veinte, no creo engañarme haciendo de esos dos motivos la causa inicial del gran ejército de las recalcitrantes.
Estas recalcitrantes no han renunciado al matrimonio; son los pretendientes los que no han querido presentarse. Por una parte, el dote era tan pequeño y tan desproporcionado con la fortuna, que era imposible que los hombres de buen sentido se arriesgasen a la gran aventura del matrimonio con semejantes jóvenes. Por otra parte, el dote estaba tan poco en relación con las pretensiones emitidas, que había pretendientes que no se atrevían a pedir lo que otros no se dignaban solicitar.
En las pequeñas poblaciones es cosa corriente que la joven de buena familia, sin dote o con uno muy pequeño, participe de la educación y de los placeres de las muchachas ricas: piano torturado, pintura profanada, fútiles trabajos de aguja de los que enseñan a una joven a apasionarse por lo superfino cuando no tiene siquiera lo necesario...
Todos estos tipos de solteronas viven juntas en medio del alegre concierto de burlas imparcialmente distribuidas a todas sin distinción de mérito.
Cuando se quiere designar un carácter susceptible se dice:
--Es una solterona.
Cuando se habla de un espíritu estrecho y vulgar, se exclama con mirada desdeñosa: