Part 4
_Con mi albarda y mi burro_ _no envidio nada,_ _que son coches de pobres_ _burros y albardas._
UNA MUJER.
_Tan gustosa yo vengo_ _de ver los toros,_ _que nunca se me quitan_ _de entre los ojos._
TERCERO.
_Unos ojos que adoro,_ _llevo a las ancas;_ _¿quién ha visto los ojos_ _a las espaldas?_
UN ARRIERO.
(_Dentro_). ¿Gruñes, o gritas, o cantas?
CUARTO.
Mis males espanto así.
ARRIERO.
¿Somos tus males aquí?, porque también nos espantas.
CUARTO.
Calla y toma mi consejo, que no es la miel para ti.
ARRIERO.
¿Fuiste a ver los toros?
CUARTO.
Sí.
ARRIERO.
¿Pues no hay en tu casa espejo?
ARRIERO SEGUNDO.
¡Ah del coche! ¿Dónde bueno? Del camino se han salido.
PRIMERO.
O el cochero se ha dormido, o han de hacer noche al sereno.
SEGUNDO.
¡Ah Faetón de los cocheros, que te pierdes! Por acá.
PRIMERO.
Por esos trigos se va.
SEGUNDO.
Y tras él dos caballeros.
PRIMERO.
De malas lenguas se quita quien va al desierto a morar.
SEGUNDO.
No van ellos a rezar, que por allí no hay ermita.
PRIMERO.
Arre, mula de Mahoma, ella hace burla de mí; dale, Francisco.
SEGUNDO.
Echa aquí.
PRIMERO.
Arre, ¿qué diablo te toma?
(_Vanse_).
DON MENDO.
(_Dentro_). Para, cochero.
DOÑA ANA.
¿Quién es?
DON MENDO.
Don Mendo soy.
DOÑA ANA.
¡Anda!
DON MENDO.
¡Para!
Escena XIV.
_Don Mendo, doña Ana, doña Lucrecia y Leonardo._
DOÑA ANA.
¿Quien sino tú se mostrara conmigo tan descortés?
DON MENDO.
Mi exceso y atrevimiento disculpo con tu mudanza.
DOÑA ANA.
Llámala justa venganza, y cuerdo arrepentimiento.
DON MENDO.
¿Quien lo causó?
DOÑA ANA.
Tus traiciones.
DON MENDO.
¡Ah falsa! ¿Engañarme piensas? ¿Acreditas mis ofensas por abonar tus acciones? Pues no lograrás tu intento.
DOÑA ANA.
¿Qué es esto?
(_Llega don Mendo a pelear con doña Ana, doña Lucrecia a ayudarla, y Leonardo a tener a doña Lucrecia_).
DON MENDO.
Justo castigo de tu mudanza.
DOÑA ANA.
¿Conmigo tan grosero atrevimiento?
DOÑA LUCRECIA.
¡Justicia de Dios!
LEONARDO.
¡Teneos!
DOÑA ANA.
¿Hay excesos más extraños?
DON MENDO.
A pesar de tus engaños he de lograr mis deseos.
Escena XV.
_Dichos, el Duque y don Juan, de cocheros, que sacan las espadas y dan sobre ellos._
DUQUE.
La venganza nos convida.
DOÑA ANA.
¿Dónde están mis escuderos? Vendido me han los cocheros.
DUQUE.
Por vos, señora, la vida vuestros cocheros darán.
DON MENDO.
¿A don Mendo os atrevéis, viles?
LEONARDO.
Cocheros, ¿qué hacéis?, que es don Mendo de Guzmán. A vuestro coche os volved.
DON MENDO.
Furias del infierno son.
DOÑA LUCRECIA.
¡Qué pena!
DOÑA ANA.
¡Qué confusión!
(_Retíranse don Mendo y Leonardo, y el Duque y don Juan van tras ellos_).
Cocheros, tened, tened.
(_Vase_).
ACTO TERCERO.
Escena primera.
Sala en casa de doña Ana.
_Doña Ana, Celia, el Duque y don Juan. (Todos como acabaron el segundo acto)._
DOÑA ANA.
¿No advertís lo que habéis hecho? ¿Cómo tan despacio estáis?
DUQUE.
Por nosotros no temáis, quitad el hermoso pecho; pues con probar la violencia que intentó aquel caballero; en nuestro favor espero, que tendremos la sentencia. Y por su reputación le estará más bien callar; no penséis que ha de tratar de tomar satisfacción por justicia un caballero. ¿No veis lo mal que sonara, que herido se confesara del brazo vil de un cochero un tan ilustre señor, dueño de tantos vasallos? De estos casos el callallos es el remedio mejor.
DOÑA ANA.
Siéntome tan obligada de vuestro valor extraño, que el temor de vuestro daño toda me tiene turbada.
DUQUE.
No temáis.
DOÑA ANA.
El pecho fiel el daño está previniendo.
DUQUE.
Quien pudo herir a don Mendo, podrá defenderse de él.
CELIA.
(_A doña Ana al oído_). En hablar tan cortesanos, tan valientes en obrar, mucho dan que sospechar estos cocheros.
DOÑA ANA.
(_A Celia al oído_). Las manos les mira, que la verdad nos dirán.
CELIA.
Es gran razón pagarles la obligación que tienes a su lealtad,
(_Toma las manos al Duque y vuélvese a hablar aparte a doña Ana_).
pues por otras manos queda tu honestidad defendida.
(_Aparte las dos_).
¡Ay, señora de mi vida! Blandas son como una seda, y en llegando cerca, son sus olores soberanos.
DOÑA ANA.
¿Buen olor y buenas manos? Clara está la información. Disimula.
(_Don Juan se está escondiendo detrás del Duque_).
CELIA.
El otro está siempre cubierto y callado.
(_Va Celia por detrás de todos a coger de cara a don Juan_).
Cogerelo descuidado, pues la aurora alumbra ya, lo que basta a conocerlo.
DOÑA ANA.
Amigos, puesto que así os arriesgasteis por mí, sin obligación de hacerlo, de esta casa y de mi hacienda os valed.
DUQUE.
Los pies os beso, mas yo no paso por eso, que no es razón que se entienda que fue sin obligación el serviros; pues de un modo se le pone al mundo todo vuestra rara perfección. Porque a quien os llega a ver dais gloria tan sin medida, que aunque os pague con la vida, os queda mucho a deber.
CELIA.
(_Aparte a don Juan_). Y vos, ¿sois mudo, cochero? ¿De qué estáis triste? Volved; alzar el rostro, aprended ánimo del compañero. ¿El que riñó sin temer, teme sin reñir ahora?
DUQUE.
En vano os cansáis, señora, que es mudo.
CELIA.
Bien puede ser. (_Aparte_). (Mas yo don Juan de Mendoza pienso que es... Él es, ¿qué dudo? El triste se finge mudo por no perder lo que goza mientras encubierto está.) ¿Quien dirá, señora, que es el callado?
DOÑA ANA.
Dilo pues.
CELIA.
¿Quién piensas tú que será?
DOÑA ANA.
No lo sé.
CELIA.
¿Quién puede ser quien, siendo gran caballero, quisiese ser tu cochero, solo por poderte ver? ¿Quién el que con tal valor, en un lance tan estrecho, pusiese a la espada el pecho por asegurar tu honor? ¿Quién, el que en pensar se goza por tu amor y tu desdén, sigue enamorado? ¿Quién, sino don Juan de Mendoza?
DOÑA ANA.
Bien dices, solo él haría finezas tan extremadas.
CELIA.
Bien merecen ser premiadas.
DOÑA ANA.
Que no las pierde, confía.
DUQUE.
El sol sale, porque vos, que sol al mundo habéis sido en tanto que él ha dormido, reposéis ahora; adiós. Y así los cielos, que os dan belleza, os den larga vida, que no os inquiete la herida de don Mendo de Guzmán.
(_Vase_).
Escena II.
_Dichos, menos el Duque._
DOÑA ANA.
Tras la ofensa que ha intentado, no hay por qué inquietarme pueda, que ni aun la ceniza queda en mí del amor pasado. Detén a don Juan, que quiero hablarle.
CELIA.
A servirte voy.
DOÑA ANA.
Y mientras con él estoy, entretén al compañero.
CELIA.
Señor cochero fingido, mi dueño os llama, esperad.
DON JUAN.
Hum...
CELIA.
No hay «Hum», volved y hablad, que ya os hemos conocido.
(_Vase_).
Escena III.
_Doña Ana y don Juan._
DON JUAN.
¡Eso debo a mi ventura!
DOÑA ANA.
¿Qué es esto, don Juan?
DON JUAN.
Amor.
DOÑA ANA.
Locura, dirás mejor.
DON JUAN.
¿Cuándo amor no fue locura?
DOÑA ANA.
Sí; mas los fines ignoro de estos disfraces que veo.
DON JUAN.
Así miro a quien deseo, así sirvo a quien adoro.
DOÑA ANA.
No; traidoras intenciones encubren estos disfraces.
DON JUAN.
Falsas conjeturas haces, por negar obligaciones.
DOÑA ANA.
El probarte lo que digo no es difícil.
DON JUAN.
Ya lo espero.
DOÑA ANA.
¿Quién es ese caballero y a qué fin viene contigo? Traer quien me diga amores, y escucharlos escondido, ¿podrás decir que no ha sido con pensamientos traidores?
DON JUAN.
¡Cuán lejos del blanco das, pues si traidores los llamas, la mayor fineza infamas que ha hecho el amor jamás!
DOÑA ANA.
Dila pues, que a agradecella, si no a pagalla, me obligo.
DON JUAN.
Por obedecer la digo, no por obligar con ella. Como mi mucha afición y poco merecimiento engendró en mi pensamiento justa desesperación, vino amor a dar un medio en desventura tan fiera, que a mi mal consuelo fuera, ya que no fuera remedio: y fue que te alcance quien te merezca; tu bien quiero, que el efecto verdadero es este de querer bien. A este fin, tus partes bellas al duque Urbino conté, si contar posible fue en el cielo las estrellas; él, de tu fama movido, de tu recato obligado, este disfraz ha ordenado con que te ha visto y oído. Y ojalá que conociendo tu sujeto soberano, dé, con pretender tu mano, efecto a lo que pretendo; que yo, con verte en estado igual al merecimiento, al fin quedaré contento, ya que no quede pagado. Esta ha sido mi intención, y si escuchaba escondido, fue porque el ser conocido no estorbase la invención. Que juzgues ahora quiero, si he merecido o pecado, pues de puro enamorado vengo a servir de tercero.
DOÑA ANA.
Tu voluntad agradezco, pero condeno tu engaño, que presumes por mi daño más de mí que yo merezco. Porque no es a la excelencia del Duque igual mi valor; que no engaña el propio amor donde hay tanta diferencia. Fue mi padre un caballero ilustre, mas yo imagino que pensara honrarle Urbino si lo hiciera su escudero. Y así, a tan locos intentos tus lisonjas no me incitan, que afrentosos precipitan los soberbios pensamientos.
DON JUAN.
Mucho, señora, te ofendes, porque sin tu calidad, digna es por sí tu beldad de más bien que en esto emprendes. No te merece gozar el Duque, ni el Rey, ni...
DOÑA ANA.
Tente; la fiebre de amor ardiente te obliga a desatinar. Tu amoroso pensamiento encarece mi valor; diérasle al Duque tu amor, que yo le diera tu intento.
DON JUAN.
¿Quien podrá quererte menos, en viendo tu perfección?
DOÑA ANA.
Al fin, por tu corazón quieres juzgar los ajenos; y es engaño conocido, que si el tuyo por mí muere, no con una flecha hiere todos los pechos Cupido; y aunque el Duque tenga amor, galán querrá ser, don Juan, y honra más que un rey galán, un marido labrador; y aunque en el Duque es forzosa la ventaja que le doy, grande para dama soy si pequeña para esposa.
DON JUAN.
Nadie con tal pensamiento ofende tu calidad.
DOÑA ANA.
De mi consejo, dejad de terciar en ese intento; porque mayor esperanza puede al fin tener de mí, quien pretende para sí, que quien para otro alcanza.
(_Vase_).
Escena IV.
_Don Juan, y después Beltrán._
DON JUAN.
¿Posible es que tal favor merecieron mis oídos? ¡Dichosos males sufridos! ¡Dulces victorias de amor! Que tendrá más esperanza, dijo, si bien lo entendí, quien pretende para sí, que quien para otro alcanza. Que la pretenda mi amor me aconseja claramente, y la mujer que consiente ser amada, hace favor.
BELTRÁN.
Mira que el Duque te espera, y no el padre de Faetón, que a publicar tu intención, apresura su carrera.
DON JUAN.
En cas de mi amada bella son los años puntos breves.
BELTRÁN.
En la taberna no bebes, pero te huelgas en ella.
DON JUAN.
Bien lo entiendes.
BELTRÁN.
Alegría vierten tus ojos, señor.
DON JUAN.
Hacen fiestas a un favor.
BELTRÁN.
Mucho alcanza la porfía.
Escena V.
_Dichos y Celia._
DON JUAN.
Celia, amiga, Dios te guarde.
CELIA.
Y te dé el bien que deseas.
DON JUAN.
Como de mi parte seas, no hay ventura que no aguarde.
CELIA.
Si en mi mano hubiera sido, tu dicha fuera la mía; mas, don Juan, sirve y porfía, que no va tu amor perdido.
(_Vase don Juan_).
Escena VI.
_Celia y Beltrán._
BELTRÁN.
¿Y a mí me aprovecharía el servir como a mi amo?
CELIA.
¿Pues amas también?
BELTRÁN.
Yo amo por solo hacer compañía.
Escena VII.
_Dichos y doña Ana._
DOÑA ANA.
Celia está con el criado de don Juan, y no sosiego hasta hablarle; ya está el fuego en mi pecho declarado.
CELIA.
Mi señora.
BELTRÁN.
Voyme.
DOÑA ANA.
Hidalgo, volved. ¿Quién sois?
BELTRÁN.
Soy Beltrán, un criado de don Juan de Mendoza.
DOÑA ANA.
¿Queréis algo?
BELTRÁN.
Servirte solo quisiera; aquí a Celia le decía que amo por compañía.
DOÑA ANA.
No es conclusión verdadera. ¿Satirizas?
BELTRÁN.
No conviene, que eso puede solo hacer, quien no tiene que perder, o que le digan no tiene. Pero yo, ¿cómo querías que predique, sin ser santo? ¿Qué faltas diré, si hay tanto que remediar en las mías?
DOÑA ANA.
Tu gusto desacreditas con esa cuerda intención, porque a la conversación la mejor salsa le quitas.
BELTRÁN.
Si ella es salsa, es muy costosa, señora; que bien mirado, ni hay más inútil pecado, ni salsa más peligrosa. Después que uno ha dicho mal, ¿saca de hacerlo algún bien? Los que le escuchan más bien, esos lo quieren más mal; que cada cual entre sí dice, oyendo al maldiciente: «Este, cuando yo me ausente, lo mismo dirá de mí». Pues si aquel de quien murmura lo sabe, que es fácil cosa, ¿qué mesa tiene gustosa?, ¿qué cama tiene segura? Viciosos hay de mil modos, que no aborrecen la gente, y solo del maldiciente huyen con cuidado todos. Del malo más pertinaz lastima la desventura, solamente al que murmura lleva el diablo en haz y en paz. En la corte hay un señor, que muchas veces oí (_Aparte_), (esto encaja bien aquí para quitarle el amor), que está malquisto de modo, por vicioso en murmurar, que si lo vieran quemar diera leña el pueblo todo. ¿No conoces a don Mendo de Guzmán?
DOÑA ANA.
Beltrán, detente. El vicio del maldiciente has estado maldiciendo, ¿y con tal desenvoltura de don Mendo has murmurado?
BELTRÁN.
Pienso que es exceptuado murmurar del que murmura; dicen que el que hurta al ladrón gana perdones, señora.
DOÑA ANA.
Dicen mal. Vete en buen hora.
BELTRÁN.
Da a mi ignorancia perdón, si acaso te he disgustado. (_Aparte_). (Mal disimula quien ama.)
(_Vase_).
Escena VIII.
_Doña Ana y Celia._
CELIA.
Apagado se ha la llama, mas mucha brasa ha quedado pues su ofensa te ofendió. Sin duda que en tu memoria ha borrado amor la historia que esta noche te pasó.
DOÑA ANA.
Celia, ten; cierra los labios, mira que mi honor ofendes, cuando de mi pecho entiendes que olvida así sus agravios. No los males he olvidado, que ha dicho de mí don Mendo; la infame hazaña estoy viendo que hoy en el campo ha intentado, en que claramente veo, pues tan poco me estimaba, que engañoso procuraba solo cumplir su deseo. Conque ya en mi pensamiento no solo el fuego apagué, pero cuanto el amor fue es el aborrecimiento. Mas esto no da licencia para que un bajo criado de hombre tan calificado hable mal en mi presencia; que no por la enemistad que entre dos nobles empieza, pierden ellos la nobleza, ni el villano la humildad. Esto, Celia, me ha obligado a indignarme con Beltrán, que no porque ya don Juan no esté solo en mi cuidado.
CELIA.
¿Al fin su fe te ha vencido?
DOÑA ANA.
Con lo que anoche pasó, cuanto don Mendo bajó, él en mi rueda ha subido.
CELIA.
¿Declarástele tu amor?
DOÑA ANA.
¿Tan liviana me has hallado? ¿No basta haberle mostrado resplandores de favor?
CELIA.
¡Liviana dices, después de dos años que por ti ha andado fuera de sí! Bien parece que no ves lo que en las comedias hacen las infantas de León.
DOÑA ANA.
¿Cómo?
CELIA.
Con tal condición o con tal desdicha nacen, que en viendo un hombre, al momento le ruegan, y mudan traje, y sirviéndole de paje, van con las piernas al viento. Pues tú, que obligada estás de tanto tiempo y fe tanta, si bien señora, no infanta, honestamente podrás decirle tu voluntad con prevenciones discretas, sin temer que a los poetas les parezca impropiedad.
DOÑA ANA.
¿Poco a poco no es mejor?
CELIA.
¿Tú quiéreslo?
DOÑA ANA.
Celia, sí.
CELIA.
¿Sabes que él muere por ti?
DOÑA ANA.
Bien cierta estoy de su amor.
CELIA.
Pues cuando de esa verdad hay certidumbre, yo hallo más crueldad con dilatallo, que en decillo liviandad; que el tiempo sirve de dar del amor información, y es necia la dilación, si no queda que probar.
DOÑA ANA.
El sujetarme es forzoso, Celia, a tu agudeza extraña.
CELIA.
Es verdad que es poca hazaña persuadir a un deseoso.
(_Vanse_).
Escena IX.
Sala en casa de don Mendo.
_Don Mendo con banda, sin espada, y el Conde._
DON MENDO.
Mis cocheros me han vendido, dijo mi enemiga apenas, cuando en espadas y dagas truecan azotes y riendas, y como animosos, mudos, indicio de su fiereza, que da el valor a los pechos lo que les quita las lenguas, embistieron dos a dos con tal ímpetu y violencia, que pensé, viendo el exceso de su valor y sus fuerzas, que transformado en cochero, Jove, por mi ingrata bella vibraba rayos ardientes para vengar sus ofensas; porque sus valientes golpes eran tantos, que no suenan en la fragua de Vulcano los martillos tan apriesa. Al fin, primo, (que a vos solo puedo confesar mi afrenta), la espada de un hombre humilde pudo herirme en la cabeza; y tanta sangre corría, con ser la herida pequeña, que cegándome los ojos puso fin a la pendencia. Volví a curarme a Alcalá, que estaba a cuarto de legua, más con rabia de la causa, que del efecto con pena. Esto ha podido en doña Ana una mal fundada queja, y este es el premio que traigo de celebrarla en las fiestas.
CONDE.
¡Hay suceso más extraño! ¿Y habéis sabido quién eran cocheros tan valerosos?
DON MENDO.
Como se va con cautela procurando, por mi honor, que el suceso no se sepa, no es averiguarlo fácil; mas yo tengo una sospecha, que siempre estas viudas mozas, hipócritas y santeras, tienen galanes humildes, para que nadie lo entienda. Tal valor en un cochero los celos no más lo engendran, que nunca así por leales los hombres bajos se arriesgan. Esto se viene rodado, que si no, no lo dijera, que ya sabéis que no suelo meterme en vidas ajenas.
CONDE.
(_Aparte_). (¡Así tengas la salud!) No vengo en esa sospecha. El enojo os precipita contra tan honradas prendas; y no es justo hablar así de quien puede ser que sea vuestra esposa.
DON MENDO.
Ya he perdido la esperanza y la paciencia.
CONDE.
¿Tan presto?
DON MENDO.
Volverme quiero a mi constante Lucrecia.
CONDE.
(_Aparte_). (¡Malas nuevas te dé Dios!) Indicios dais de flaqueza. Si doña Ana está engañada, procurad satisfacerla.
DON MENDO.
Niega a mi voz los oídos.
CONDE.
Entrad y habladle por fuerza, porque quien el dueño ha sido, siempre tiene esa licencia mientras no se satisface de que es la mudanza cierta. Quizá enojada os castiga, y no os despide resuelta; o decid vuestras disculpas en un papel.
DON MENDO.
Yo lo hiciera si hubiera de recibirlo.
CONDE.
Yo me obligo a que lo lea.
DON MENDO.
¿Cómo?
CONDE.
Dádmelo, que yo lo pondré en sus manos mesmas.
DON MENDO.
Al punto voy a escribirlo.
(_Vase_).
Escena X.
_El Conde._
CONDE.
(_Aparte_). Y yo a pedir a Lucrecia que me cumpla su palabra, pues ha visto sus ofensas; que pues con doña Ana vino de Alcalá en un coche, es fuerza que viera lo que ha contado, y su desengaño viera; y este papel ha de ver, para que negar no pueda; que modo habrá de excusarme, cuando don Mendo lo sepa y consiga yo mi intento, suceda lo que suceda; que no mira inconvenientes el que ciega amor de veras.
(_Vase_).
Escena XI.
_Don Juan y Beltrán._
BELTRÁN.
¿Qué, llegó el tiempo?
DON JUAN.
Llegó el fin de las ansias mías.
BELTRÁN.
¡Gracias a Dios, que en mis días un milagro sucedió! ¿Que a doña Ana le das pena? ¿Que olvida al Guzmán Narciso? Este es el tiempo que quiso ver el Marqués de Villena. Es verdad que de cada año lo mismo decir he oído; pero viene aquí nacido con suceso tan extraño. ¿Que te quiere bien?
DON JUAN.
Sin duda. Ya lo dijo claramente, y un ángel, Beltrán, no miente.
BELTRÁN.
Todo, en efecto, se muda, pues algún tiempo averiguo, que fue ya la calva hermosa: jamás el tiempo reposa. ¿No dice un romance antiguo: «Por mayo era por mayo, cuando los grandes calores, cuando los enamorados a sus damas llevan flores?». Pues ves aquí se ha pasado a septiembre ya el calor; pero sospecho, señor, que tú también te has mudado. ¿De qué tal melancolía te ha cargado en un instante? Tahúr parece el amante, pues no dura su alegría. Pero advierte que es flaqueza.
DON JUAN.
Déjame con mi aflicción.
BELTRÁN.
¿Ello importa a la invención, señor? Pues va de tristeza.
DON JUAN.
Beltrán, la mudanza mía, en mudarse todo está, que también se mudará la causa de mi alegría. Que adora así su beldad el duque Urbino, que creo que, por lograr su deseo, perderá la libertad.
BELTRÁN.
¿Que se case temes?
DON JUAN.
Sí.
BELTRÁN.
Pues si tu querida alcanza de vista aquesa esperanza, bien pueden doblar por ti; que por llamarse excelencia, ¿qué no hará una mujer?
DON JUAN.
Eso me obliga a perder la esperanza y la paciencia.
BELTRÁN.
Pues el remedio, señor.
DON JUAN.
Dilo tú, si alguno ves.
BELTRÁN.
Si él ama así, no lo es el declararle tu amor. Mas pues que tu amada bella contigo está declarada, antes que él la persuada, cásate, señor, con ella.
DON JUAN.
¿Cómo la podré obligar tan brevemente?
BELTRÁN.
Fingiendo que la herida de don Mendo se ha sabido en el lugar, y con esto el vulgo toca en la opinión de doña Ana, que tengo por cosa llana, que por taparle la boca, si se ha de determinar tarde, que quiera temprano darte de esposa la mano; con esto puedes mostrar un desconfiado pecho con recelos de su fe, porque la mano te dé para verte satisfecho. Que pues dice claramente que te quiere, y tú la quieres, o ha de hacer lo que quisieres, o ha de confesar que miente.
DON JUAN.
Al jardín irá esta tarde, allí la tengo de ver, y seguir tu parecer.
BELTRÁN.
Nunca ha vencido el cobarde. El Duque es este.
Escena XII.
_Dichos, el Duque y Fabio._
DON JUAN.
¿Señor?
DUQUE.
Don Juan, amigo, yo muero.
DON JUAN.
¿Cómo?
DUQUE.
En un combate fiero de celos, desdén y amor. Al ingrato como bello ángel que adoro, escribí hoy un papel.
DON JUAN.
(_Aparte_). ¡Ay de mí!
DUQUE.
Y no ha querido leello.
DON JUAN.
(_Aparte_). (El alma al cuerpo me ha vuelto.) ¿Pues cómo tanto rigor?
DUQUE.
Nacido es de ajeno amor un disfavor tan resuelto.
DON JUAN.
Yo a ser amada atribuyo el mostrarse tan ingrata.
DUQUE.
Cuando el efecto me mata, sobre la causa no arguyo. Lo que es cierto, es que yo muero; vos, don Juan, me aconsejad.
DON JUAN.
De tan resuelta crueldad la mudanza desespero. Dejarlo es mi parecer, antes que crezca el amor.
DUQUE.
Ya no puede ser mayor.
DON JUAN.
Pues amad y padeced.
Escena XIII.
_Dichos y Marcelo, criado del Duque._
MARCELO.
¿Puedo hablarte?
DUQUE.
Sí, Marcelo.