Las ovejas y las rosas del padre Serafín
Part 2
-Pero no había matado, ni robado, ni. . . Facundo pensó agregar "ni sería brujo", pero se guardó de ello para no impacientar más al padre Serafín. Este pensaba: "¿Qué hacer? ¿Que hacer, Dios mío?" El cacique del pueblo, que siempre con mucha deferencia le oía, estaba lejos, guerreando. El que hacía ahora las veces de Jefe Civil, formaba entre las peores cabezas del tumulto. No le ocurrió sino un medio: "quizás en la iglesia no se atreverían".
-¡Bueno!, voy a confesarlo. Llamen al sacristán para que abra la iglesia.
-No, padre -advirtió Facundo-. Los muchachos han pensado ya que no debe ser en la iglesia. Quieren que sea en el mismo camino real, casa de don José, en la trastienda de la pulpería.
-Pero ¿qué intentan ustedes, hermanos?
Los más próximos bajaron la cabeza. La voz del hombre tornó a oírse:
-¡Tengo sed!
Y el padre Serafín, ya sin esperanzas de salvar al hombre, echó a correr hacia la casa parroquial en busca de un vaso de agua. Cuando volvió a salir con el agua, a través de la plaza descendía la lúgubre procesión; el hombre a la cabeza. El padre se acercó al prisionero, y después de darle el agua, que el hombre sorbió con furia, se abrazó a él y fue protegiéndolo con su cuerpo hasta la entrada de la pulpería.
-Mire, padre, si el hombre no es brujo -gritó un desalmado, y arrancándole un mechón de pelo al miserable indefenso lo tiró al aire. Todos, en el soplo de la brisa, vieron al mechón reciamente ensortijado convertirse en un murciélago.
Durante la confesión, el pueblo en masa esperaba en la calle, con el sordo y grave zumbar bullente de cólera de una enorme colmena.
El padre Serafín, acabada la confesión, apareció en la puerta:
-¡Por última vez, hermanos! Por última vez, oíd: ese hombre está sin pecado. Os lo juro. Ese hombre es inocente. Ya lo habéis matado y está moribundo. Por las gloriosas llagas de Cristo, por nuestro santo patrón, dejadle morir en paz.
Dejadle morir en paz, o la sangre de ese hombre caerá sobre todos nosotros, caerá sobre este pueblo por los siglos de los siglos.
Con un esfuerzo heroico, el hombre se levantó de su lecho de agonía y surgió detrás del cura en el vano de la puerta.
-Sí, sí, ¡perdón! ¡Morir en paz! -balbuceó lamentablemente.
Y como el padre Serafín se apartara un poco, el hombre cayó hacia afuera y de soslayo, presa de mortal vahído. Uno del motín, que se hallaba cerca, imaginando o pretextando imaginar una agresión, paró al hombre en su machete, y saltó un chorro de sangre tal, como no lo sospechara nadie en aquella negrura que ya no era más que un pálido montón de ceniza. En confusión laberíntica se precipitó la turba al husmeo de la sangre. El histérico paroxismo de las mujeres predominaba en el tumulto, que cesó cuando apenas quedaba del hombre en medio de la calle una masa inerte, rojiza y disforme. Una impura vieja desdentada hurgó con su machete la masa rojiza. mascullando:
-Dicen que los brujos se hacen los muertos, como los rabipelados.
Y de un tajo habilísimo al cuerpo ya exánime le mutiló el sexo.
El padre Serafín, pálido y de rodillas junto al cadáver, musitaba una oración, abiertos los brazos, clavados los ojos en el azul impasible. Algo dentro de su corazón palpitó, brilló y se apagó como una llamita trémula. Levantóse después, marchó hasta el altozano y lo cruzó de rodillas. AI llegar a la puerta del templo, se detuvo, y no osó penetrar en sagrado. En seguida salió del pueblo, rumbo a Ávila y caminó bajo el llanto de sangre de los bucares hasta perderse de vista.
En el éter, muy diáfano, parpadeó un lucero. El Ávila, con su calvez de la cima y en la imponderable pureza de la luz, claro, fuerte y sereno, se erguía sobre el paisaje como un incorruptible testimonio.
Al día siguiente, no se encontraba al padre Serafín en parte alguna. Había desaparecido. Muy turbados de conciencia, varios mozos del pueblo convinieron en salir juntos a buscarle. Después de tres o más días de vanas pesquisas por las quiebras del monte, lo hallaron en devota actitud al pie de un alto peñón que el Sebucán labra y pule con su perenne beso cristalino. Al oírlos acercarse y hablar, el padre Serafín volvió a ellos el rostro. Los acogió con semblante risueño, como si los aguardase:
-El Señor del cielo me ha distinguido entre todas las criaturas. Porque hice de mi pueblo un rebaño de suavísimas ovejas, mi padre San Francisco intercedió por mí para que el Señor me honrase como a él, dándome sus rosas divinas. Mirad.
Y el padre, sonriendo con aquella sonrisa de ciertas locuras dulces que debe ser la misma de la felicidad perfecta, a los del pueblo confundidos mostró las manos y el pecho desnudo en donde la aspereza y los abrojos del Ávila prendieron tres vivas rosas.
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