Part 9
El resultado no contrarió las esperanzas del general, quien fue elegido casi por unanimidad presidente por la Cámara de los notables. Miramón, como hombre que comprende lo apremiante de las circunstancias, prestó juramento y entró inmediatamente a desempeñar su cargo.
Aunque, materialmente hablando, el desastre de Silao fue casi nulo, desde el punto de vista moral el efecto fue inmenso.
Miramón, comprendiéndolo así, se ocupó activamente en reorganizar la hacienda, en crearse recursos precarios; pero suficientes para atender a las urgentes necesidades de la situación, en decretar nuevas levas, por fin en tomar todas las precauciones que aconsejaba la prudencia.
Por desgracia, el presidente se veía constreñido a abandonar muchos puntos importantes para concentrar sus fuerzas alrededor de la capital, cuyos habitantes, interpretando mal estos movimientos, se llenaron de zozobra y temieron peligros no lejanos.
En tales circunstancias, el presidente, sin duda con el objeto de dar una satisfacción a la opinión pública y devolver un poco la tranquilidad a la metrópoli, consintió o hizo que consentía en entablar con Juárez, su competidor, cuyo gobierno residía en Veracruz, negociaciones para llegar a la firma, sino de la paz a lo menos de un armisticio destinado a detener provisionalmente la efusión de sangre.
Los hados adversos quisieron que una nueva complicación hiciese imposible toda esperanza de arreglo.
El general Márquez había sido enviado en auxilio de Guadalajara, la cual, según suponían, continuaba resistiendo victoriosamente a las tropas federales; pero de improviso y sin mediar circunstancias que lo hiciese prever, y en pos de haberse los federales apoderado de una conducta de plata perteneciente a varios comerciantes ingleses, se firmó un armisticio entre los beligerantes, al cual es indudable que no fue extraña la mencionada conducta de plata. El general Castillo, gobernador de la plaza, abandonado por la mayor parte de sus tropas, se vio obligado a salir de la ciudad y a refugiarse en el Pacífico: de modo que los federales, libres de este estorbo, se reunieron contra Márquez, le derrotaron y destruyeron su cuerpo de ejército, único que sostenía la campaña.
La situación iba haciéndose pues más y más crítica; los federales, que no encontraban obstáculo ni resistencia en su victoriosa marcha, se desparramaban por todas partes, y estaba perdida toda esperanza de entrar en negociaciones. A pesar de todo era menester luchar.
Por decirlo así, la caída de Miramón no era sino asunto de tiempo; indudablemente lo comprendía en su fuero interno el general; pero nada dejaba transparentar; al contrario, redoblaba su ardor y su actividad para hacer frente a los sin cesar renacientes apuros de la situación.
Después de haber hecho un llamamiento a todas las clases de la sociedad, el presidente decidió por último dirigirse al clero, al cual siempre había sostenido y protegido; éste respondió a su llamamiento, colectó a toda prisa un diezmo sobre sus bienes y resolvió que llevasen a la casa de la moneda sus joyas de oro y plata para que las acuñasen y las pusiesen a la disposición del poder ejecutivo. Por desgracia tales esfuerzos resultaron estériles, pues los gastos aumentaban en proporción de los peligros siempre crecientes de la situación, y pronto el presidente, después de haber empleado inútilmente todos los recursos que le sugería su posición por demás crítica, se encontró con un tesoro exhausto y con la amarga certidumbre de que no había que pensar en llenarlo otra vez.
Hemos ya presentado ocasión de explicar como quedándose como se quedaba con el caudal público en tiempos de revolución, cada uno de los estados de la confederación mejicana, el gobierno, que reside en la capital, se encuentra de continuo en la mayor penuria. Efectivamente, éste no puede disponer, y aun, más que de los fondos del Estado de Méjico, mientras sus competidores, que recorren sin cesar y en todas direcciones el campo, no sólo detienen en los caminos las conductas de plata y se apropian sumas a las veces muy cuantiosas sin escrúpulo alguno, sino que también saquean las cajas de los Estados en los cuales penetran, con lo que se encuentran en disposición de sostener sin desventaja la guerra.
Ahora que sucintamente hemos dado a conocer al lector la situación política de Méjico, anudamos nuestro relato en los primeros de noviembre de 186..., es decir, unas seis semanas después del día en que le hemos interrumpido.
Las sombras de la noche empezaban ya a invadir la llanura; los oblicuos rayos del sol poniente, arrojados poco a poco del fondo de los valles, se agarraban aun a las nevadas cumbres de las montañas del Anáhuac, tiñéndolas de carmín; la brisa se estremecía al través del follaje; algunos vaqueros montados sobre caballos tan indómitos como sus jinetes, aguijaban, al través de la planicie, numerosos rebaños que todo el día habían errado en libertad, pero que al anochecer volvían al corral, y en lontananza resonaban los cascabeles de las mulas de algunos arrieros rezagados que se apresuraban a llegar a la magnífica calzada orillada de corpulentos áloes contemporáneos de Motecuhzoma y que conduce a Méjico.
Un viajero de gallarda presencia, montado en caballo de musculatura férrea y cuidadosamente envuelto en una capa cuyo embozo le subía hasta los ojos, seguía al paso las caprichosas sinuosidades de un angosto sendero que, abierto a campo atravieso, se unía a unas dos leguas de la ciudad, a la carretera de Méjico a Puebla, carretera completamente desierta en el instante que presentamos en escena a nuestro desconocido, no sólo a causa de la aproximación de la noche, sino también y principalmente porque el estado de anarquía en que tanto tiempo hacía estaba hundido el país, había arrojado al campo numerosas pandillas de bandidos que, aprovechándose de las circunstancias y guerreando a su guisa, destrozaban sin distinción de opiniones políticas a liberales y a constitucionales, y, envalentonados por la impunidad, a menudo no se contentaban con _maniobrar_ en las carreteras, sino que ejercían sus depredaciones en las ciudades mismas.
Sin embargo, el viajero de quien estamos hablando parecía preocuparse muy poco con los riesgos a que se exponía, y continuaba indolentemente su peligrosa marcha al mismo paso tranquilo y reposado.
Tres cuartos de hora hacía, poco más o menos, que el incógnito avanzaba de esta suerte, y todavía no se había alejado una legua de la ciudad, cuando al levantar la cabeza advirtió que acababa de llegar a un sitio en que el sendero se dividía en dos ramales que se dirigían en opuestas direcciones; entonces se detuvo marcadamente perplejo, y al cabo de un instante tomó por el ramal de la derecha.
Después de haber seguido por espacio de unos diez minutos esta dirección, el jinete pareció orientarse, y dando un suave espolazo a su cabalgadura la obligó a tomar un trote bastante largo.
Pronto el jinete llegó a un montón de ruinas negruzcas, esparcidas desordenadamente por el suelo y cerca de las cuales se hacía un bosquecillo de árboles cuyas largas ramas sombraban en torno de sí la tierra en una extensa circunferencia. Una vez allí, el desconocido se detuvo, después de haber tendido en torno suyo una mirada escrutadora, indudablemente para convencerse de que estaba solo, se apeó, se sentó cómodamente en un otero de césped, se arrimó a un árbol, se quitó el embozo, dejando el rostro al descubierto y mostrando las facciones pálidas y macilentas del herido a quien vimos conducir al rancho por el vaquero Domingo.
Don Antonio de Cacerbar, que así se llamaba el personaje, no era sino sombra de lo que fue; especie de espectro lúgubre, parecía que toda la vida se le había concentrado en los ojos, que le brillaban con fulgor siniestro, pero en aquel cuerpo tan endeble en la apariencia alentaba un alma ardorosa y una voluntad firme y decidida; aquel hombre, salido vencedor de una lucha encarnizada con la muerte, perseguía con un tesón inquebrantable la ejecución de terribles resoluciones que anteriormente tomara. Apenas curado de su honrosa herida, por demás endeble aún y no soportando sino con grandísima dificultad la fatiga de un largo viaje a caballo, había sin embargo acallado sus padecimientos para acudir, a prima noche, a una cita que él mismo diera para un sitio distante no tres leguas de Méjico. Muy importantes debían ser para él las causas que le impulsaran a dar semejante paso, máxime en el estado de postración en que se encontraba.
De esta suerte transcurrieron algunos minutos, durante los cuales don Antonio, con los brazos cruzados sobre el pecho y cerrados los ojos, se reconcentró, probablemente con objeto de prepararse para la entrevista que iba a celebrar con la persona a quien había venido a buscar a tanta distancia.
Prontamente se oyó ruido de caballos y choque de sables, nuncio de que se acercaba numeroso escuadrón al sitio donde se encontraba don Antonio.
El cual se irguió, dirigió una investigadora mirada hacia donde se oía el ruido, y se levantó sin duda para recibir a los que llegaban.
Éstos, unos cincuenta, se detuvieron cerca de las ruinas, pero no echaron pie a tierra.
Sólo uno de ellos se apeó, puso las bridas de su caballo en manos de un jinete y se acercó apresuradamente a don Antonio, quien, por su parte, se había adelantado a recibirle.
--¿Quién es V.? preguntó Cacerbar en voz baja cuando ya no le separaban del desconocido sino cinco o seis pasos.
--Él que está V. aguardando, señor don Antonio, respondió incontinente el recién llegado, el coronel don Felipe Neri Irzabal, para servir a usted.
--Le conozco; acérquese V., don Felipe.
--Y bien, don Antonio, repuso el coronel, tendiendo la mano a éste, ¿cómo va esa salud?
--Mal, respondió Cacerbar, retrocediendo sin tocar la mano del guerrillero.
Éste no notó el movimiento de su interlocutor, o si lo notó no le dio importancia alguna.
--Viene V. muy acompañado, dijo don Antonio.
--¡Caramba! ¿V. cree que me daría gusto caer en manos de las avanzadas de Miramón? ¡Diablos! como se apoderasen de mí, pronto me ajustarían las cuentas; pero estimo que a pesar de la satisfacción que el vernos reunidos nos proporciona, obraríamos cuerdamente en ocuparnos sin demora en nuestros asuntos, ¿le parece?
--Esto deseo.
--El general le da las gracias por las últimas y exactísimas noticias que le envió usted; así es que ha jurado recompensarle merecidamente tan pronto se ofrezca la ocasión.
--¿Trae V. el papel? preguntó con cierta vivacidad don Antonio, al mismo tiempo que hacía un movimiento de disgusto.
--Sí traigo, respondió el coronel.
--¿Redactado cual pedí?
--Nada falta en él, señor, tranquilícese usted, respondió el coronel dando una carcajada; ¿por dónde andaría hoy la honradez si no se hubiese refugiado entre nosotros? Cuanto estipuló V. lo ha aceptado y firmado el general Ortega, general en jefe del ejército federal, y lo ha refrendado Juárez, presidente de la república. ¿Está V. satisfecho?
--Cuando haya visto el papel le responderé a usted.
--Ello es lo más fácil del mundo; ahí está, profirió el guerrillero sacando de un bolsillo de su dolmán un ancho pliego y entregándolo a don Antonio.
Éste lo cogió con mal disimulada alegría y le abrió con mano temblorosa.
--Me parece que en este instante le va a ser a V. difícil el leerlo, dijo con zumba don Felipe Neri.
--¿Le parece? repuso Cacerbar con ironía.
--¡Demontre! está bastante oscuro.
--No importa, pronto tendré luz, replicó don Antonio, frotando un fósforo contra una piedra y encendiendo una cerilla de rosca que se sacó de la faltriquera.
A medida de la lectura, en el semblante de don Antonio se iba pintando la satisfacción más viva.
--Señor, dijo Cacerbar al coronel, apagando la cerilla, doblando el papel y metiéndolo cuidadosamente en una cartera, dé V. de mi parte las más expresivas gracias al general Ortega; se ha portado conmigo como un caballero cumplido.
--No me olvidaré de dárselas, repuso el coronel haciendo un saludo, sobre todo si puede V. añadir algunas noticias a las que anteriormente ha dado.
--Sí, y por cierto muy importantes.
--¡Ah! profirió el guerrillero frotándose con satisfacción las manos; diga V. querido señor.
--Escuche V.; Miramón no sabe dónde dar de cabeza; no tiene dinero ni sabe ya como proporcionárselo; sus soldados, casi todos ellos reclutas, mal armados y peor equipados, hace dos meses que no reciben paga alguna y el descontento cunde en sus filas.
--Perfectamente. ¡Pobre Miramón! Diga usted pues que está apuradillo.
--Tanto más cuanto el clero, que al principio le prometiera su auxilio le ha negado rotundamente su apoyo.
--Pero ¿cómo está V. tan bien informado, señor? preguntó irónicamente el guerrillero.
--¿Olvida V. que estoy agregado a la embajada española?
--Verdad es, se me había olvidado, dispénseme V.; pero vayamos al grano: ¿qué más sabe V.?
--Las filas de los secuaces del presidente se van aclarando más y más; sus más antiguos amigos le abandonan; así es que para rehacerse un poco ante la opinión pública, ha resuelto intentar una salida y atacar al general Berriozábal.
--Toma, toma, toma, bueno es saberlo.
--Ya está V. advertido.
--Gracias; vigilaremos. ¿Sabe V. más?
--Sí: reducido, como ya le dije a V., al último extremo y queriendo proporcionarse dinero a toda costa, Miramón ha tomado por pretexto el robo de la conducta de Laguna Seca, llevada a cabo por los de V.
--Ya sé, interrumpió el coronel, frotándose las manos, yo soy quien llevé a cabo esa _negociación_; por desgracia, añadió con pesadumbre, tales redadas pueden cantarse con los dedos.
--Miramón está pues resuelto, continuó don Antonio, a apoderarse del dinero de la Convención, en la actualidad depositado en la legación británica.
--¡Magnífica idea! profirió el coronel; ¡no estarán poco furiosos esos demonios de herejes! ¿Cuál es el hombre de talento que le ha inspirado esa determinación que le enemista irremisiblemente con Inglaterra? Mire V. que los gringos no se chancean en asunto de dinero.
--Por eso le he sugerido yo tal pensamiento.
--Señor, dijo majestuosamente el guerrillero, por este acto merece V. bien de la patria. Pero ¿quiere V. decir que la cantidad es importante?
--No es despreciable.
--¿Cuánto poco más o menos?
--Seiscientos sesenta mil duros.
--¡Carape! exclamó el coronel experimentando un como deslumbramiento; me rindo, lo entiende más que yo. El negocio de Laguna Seca es una bicoca en comparación. ¡Dios me libre! con ese dinero va a poder anudar la guerra.
--Es demasiado tarde; ya hemos cuidado nosotros de que este dinero se gaste en pocos días, repuso don Antonio riendo sardónicamente; fíen Vds. en nosotros.
--¡Dios lo quiera!
--Ahí por ahora cuantas noticias puedo dar, y a mí me parece son importantes.
--¡Yo lo creo! profirió el coronel; en grado sumo.
--Dentro de algunos días espero dárselas más importantes todavía.
--¿En este mismo sitio?
--Sí, y a la misma hora y valiéndonos de la misma seña.
--Conforme; no va a estar poco satisfecho el general, al enterarse de todos esos pormenores.
--Bueno, ahora tratemos de lo demás, del asunto que nos atañe a nosotros dos: ¿qué ha hecho V. desde la última vez que nos vimos?
--Poco; en la actualidad me faltan recursos para llevar a cabo las difíciles pesquisas que me encargó V.
--Sin embargo, la recompensa es cuantiosa.
--No digo que no, contestó distraídamente el guerrillero.
--¿Pone V. en duda mi palabra? dijo con altivez don Antonio mientras lanzaba a su interlocutor una mirada penetrante.
--Tengo por norma no dudar nunca de nada, señor, respondió don Felipe Neri.
--La cantidad es importante.
--Precisamente esto es lo que me da espina.
--No le entiendo a V., don Felipe.
--¡Caramba! profirió el guerrillero, tomando de improviso una determinación, creo que es lo mejor que puedo hacer; escúcheme V.
--Ya escucho.
--Sobre todo no se incomode V., querido señor; ¡qué diablos! los negocios son negocios y deben tratarse lisa y llanamente.
--Abundo en este parecer, prosiga V.
--Bien; V. me ofreció cincuenta mil duros para...
--Ya me lo sé; al grano.
--Al grano pues; y como cincuenta mil duros no son moco de pavo y no cuento con otra garantía que su palabra de V.
--¿No le basta?
--No, señor; ya sé que entre caballeros la palabra es inquebrantable; pero tratándose de negocios, ya es distinto; creo que está V. rico, riquísimo, pues me lo dice V. y me ofrece cincuenta mil duros; pero ¿quién me asegura a mí que en el momento de saldar cuentas y a pesar de su buen deseo esté V. en estado de hacerlo?
Mientras el guerrillero estaba planteando en términos tan descarnados el asunto, don Antonio era pábulo de una cólera sorda que estuvo a punto de reventar Dios sabe cuántas veces; pero por fortuna logró dominarse y conservar su impasibilidad.
--Entonces ¿qué desea V.? preguntó con voz atragantada Cacerbar al coronel.
--En lo presente, nada, señor; deje que terminemos nuestra revolución. Una vez hayamos entrado en Méjico, lo que por V. y por mí espero no va a tardar, me acompañará V. a casa de un banquero conocido mío, quien saldrá garante de los cincuenta mil duros. ¿Le conviene a V.?
--Preciso es; ¿pero de aquí a entonces?
--Tenemos que ocuparnos en asuntos más urgentes; unos días más o menos nada significan; pero ya que por ahora nada más tenemos que comunicarnos, con su permiso me retiro, señor.
--Cuando V. guste, contestó con sequedad don Antonio.
--Beso a V. las manos, querido señor, profirió el coronel; hasta luego.
--Adiós.
D. Felipe saludó cortésmente al español, giró sobre sus tacones, se reunió a los suyos, se subió sobre su caballo, y desapareció a escape al frente de su escuadrón.
En cuanto a don Antonio, tomó imaginativo y al paso la vuelta de Méjico, a donde llegó dos horas después.
--¡Oh! murmuró deteniéndose delante de su morada, que la tenía en la calle de Tacuba, a pesar del cielo y del infierno saldré con la mía.
¿Qué significaban estas palabras siniestras, al parecer resumen de su prolongada meditación?
XIII
LOS BONOS DE LA CONVENCIÓN
Los nevados picachos del Popocatepetl se teñían de rojizos reflejos, las últimas estrellas se apagaban en el firmamento y la cúspide de los edificios se vestía de ópalo: quebraba el alba. Méjico dormía aún; por sus silenciosas calles no cruzaban sino a largos intervalos y apresuradamente algunos indios procedentes de los pueblos circunvecinos para vender sus frutas o sus legumbres, y una que otra tienda de pulquero entreabría tímidamente su puerta y se preparaba a servir a los consumidores matutinos la dosis de fuerte licor, prólogo obligado de la labor cotidiana.
En el Sagrario sonaron las cuatro y media, y de la calle de Tacuba salió un jinete que cruzó al trote la plaza Mayor y vino en línea recta a detenerse a la puerta del palacio de la Presidencia, custodiada por dos centinelas.
--¿Quién vive? gritó uno de éstos.
--Amigo, respondió el jinete.
--Pase V. de largo.
--No por mi vida, repuso el jinete; aquí es a donde me llaman mis asuntos.
--¿Quiere V. entrar en palacio?
--Sí.
--Es demasiado temprano; vuelva V. dentro de dos horas.
--Sería muy tarde; necesito entrar ahora mismo.
--¡Bah! profirió en tono de zumba el centinela; y dirigiéndose a su compañero, añadió: ¿Qué dices tú a eso, Pedrito?
--¿Que qué digo? respondió el interpelado, chungueándose también, pues digo que el caballero debe de ser extranjero y que indudablemente imagina que se encuentra a la puerta de un mesón.
--¡Basta de groserías, tunantes! exclamó el jinete; he perdido ya demasiado tiempo, avisen ustedes al oficial de guardia; ¡vivo!
El tono imperativo que empleara el desconocido, produjo, al parecer, honda impresión en los soldados; los cuales, después de haber cruzado algunas palabras en voz baja, y como por otra parte aquél estaba en su derecho y lo que pedía lo preveía su consigna, se decidieron a satisfacerle, llamando a la puerta con la culata de sus fusiles.
Dos o tres minutos después acudió a la llamada un sargento, fácil de reconocer en la rama de vid, insignia de su grado, que ostentaba en la mano izquierda.
En preguntando a los centinelas el porqué de su llamada, saludó cortésmente al jinete, a quien rogó que se aguardase un instante, y se metió dentro otra vez dejando tras sí la puerta abierta; pero casi al punto reapareció precediendo a un capitán que iba de uniforme de servicio.
El jinete saludó al oficial y reiteró la petición que antes dirigiera a los centinelas.
--Siento en el alma no poder complacerle a usted, señor, respondió el oficial; la consigna nos prohíbe terminantemente introducir persona alguna en palacio antes de las ocho de la mañana. Si la causa que le conduce es grave, sírvase volver a la hora que le he indicado y entonces podrá entrar con entera libertad.
--Perdone V., dijo el jinete al capitán, que se disponía a entrar de nuevo en palacio; ¿me permite dos palabras?
--Diga V., señor.
--Es inútil que nadie más que V. me oiga.
--Nada más fácil, repuso el oficial acercándose al desconocido hasta tocarle; diga V.
El jinete se inclinó hasta el capitán y murmuró a su oído algunas palabras que éste escuchó con marcadas muestras de sorpresa.
--¿Está V. satisfecho ahora? preguntó el jinete.
--Sí, señor, respondió el capitán, el cual volviéndose hacia el sargento, que permanecía inmóvil a algunos pasos de distancia, añadió: Abra V. la puerta.
--No hay necesidad; si V. me da su permiso voy a apearme aquí y uno de los soldados cuidará de mi caballo.
--Como V. guste, señor.
El jinete echó pie a tierra, dio las bridas al sargento, que las tomó mientras esperaba que un soldado viniese a reemplazarle, y dirigiéndose al capitán, repuso:
--Ahora si quiere V. colmar su galantería sirviéndome de guía y conduciéndome personalmente al lado de la persona que me está aguardando, me tiene a sus órdenes.
--Yo soy quien estoy a las de V., señor, contestó el oficial, y ya que tal es su deseo, tendré la honra de conducirle.
El desconocido y el capitán penetraron en palacio, dejando tras sí al sargento y a los dos centinelas, que no volvían de su sorpresa.
Precedido del capitán, el jinete atravesó gran número de piezas que a pesar de lo temprano de la hora estaban ya llenas de gente, no de visitantes, sino de oficiales de todas graduaciones, de senadores y consejeros de la Suprema Corte que parecían haber pasado la noche en palacio.
La mayor agitación reinaba en los grupos, compuestos de militares, miembros del clero y representantes del alto comercio, y todos, aunque en voz baja, hablaban con cierta viveza y manifestaban en sus fisonomías un recelo sombrío.
El capitán y su acompañado llegaron por fin a la puerta de un gabinete custodiado por dos centinelas, y por delante de la cual se estaba paseando un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello.
--Ha llegado V., señor, dijo el capitán al desconocido.
--No me queda sino despedirme de V. y darle las más expresivas gracias por su atención, contestó aquél.
El jinete cruzó un saludo con el capitán, que se volvió al cuerpo de guardia.
--Su excelencia no puede recibir en este instante; esta noche ha celebrado consejo extraordinario, y quiere estar solo; éstas son sus órdenes, dijo el ujier saludando con sequedad al desconocido.
--Pues va a hacer una excepción en mi pro su excelencia, repuso cortésmente el jinete.
--Lo dudo, señor, replicó el ujier; la orden es general y no me atrevería a faltar a ella.
El desconocido pareció reflexionar, mientras el ujier le contemplaba admirado de que perseverase en quedarse allí.
--Comprendo, señor, dijo por fin y levantando la cabeza el jinete, cuan sagrada es para usted la orden que ha recibido, y por lo tanto no intento inducirle a que falte a ella; sin embargo, como el motivo que me trae reviste la mayor gravedad, le ruego me dispense un favor.
--Para complacerle haré cuanto sea compatible con los deberes de mi cargo, contestó el ujier.