Las noches mejicanas

Part 5

Chapter 54,027 wordsPublic domain

Por lo demás, el joven hacendero era un arca de misterios y sus acciones tan tenebrosas como su semblante. Gozaba de libertad absoluta y de ella usaba y abusaba para ir y venir, entrar y salir sin dar cuenta de sus pasos a persona alguna. Su padre y su hermana, indudablemente acostumbrados a semejantes genialidades, nunca le preguntaban de dónde venía ni qué había hecho cuando tras una ausencia de siete u ocho días regresaba a la hacienda.

En estas circunstancias, por cierto muy frecuentes, llegaba a la hora del almuerzo.

Don Melchor saludaba con la cabeza a los asistentes y se sentaba a la mesa sin pronunciar palabra, y en comiendo liaba un cigarrillo, lo encendía y se retiraba a sus habitaciones sin hacer caso alguno de los que se encontraban en el comedor.

Comprendiendo don Andrés la inconveniencia y máxime lo poco galante de semejante conducta para con su huésped, una o dos veces ensayó disculpar a su hijo, atribuyendo la falta de cortesía de éste a graves ocupaciones que le absorbían por entero.

--Don Melchor, contestó el conde, es caballero cabal y de conducta correcta; y aun la franqueza de que hace gala, tratándome como amigo y pariente y no como extraño, prueba la amistad que me profesa. Sentiría pues en el alma que por mí modificase lo más mínimo sus costumbres.

El hacendero, que no se llamó a engaño respecto de la aparente mansedumbre de su huésped, juzgó prudente no insistir sobre el particular y no se habló más del asunto.

A don Melchor le temían no sólo todos los peones de la hacienda, sino también, por lo que podía colegirse, su mismo padre.

Era evidente que aquel sombrío joven ejercía sobre cuánto le rodeaba un influjo que quizá por lo oculto era más terrible; pero nadie se atrevía a quejarse. El conde, único que pudiera haber aventurado algunas observaciones, no se tomaba el trabajo de hacerlas, por la sencilla razón de que hallándose de paso, y sólo por algunos días en Méjico y teniéndose por extraño, no le halagaba intervenir en asuntos o en intrigas que no le incumbían ni debían concernirle para nada.

Dos meses hacía que Luis de Saulay llegara a la hacienda, y este periodo de tiempo lo había empleado en leer o en recorrer los alrededores, casi siempre en compañía del mayordomo de don Andrés, sujeto de unos cuarenta años de edad, rechoncho, robusto y de semblante sincero y que al parecer gozaba de ilimitada confianza en el ánimo de sus amos.

Dicho mayordomo, llamado León Carral, había cobrado grande afición al joven francés, cuya liberalidad e inagotable buen humor le tenían cautivado.

Se complacía el buen Carral, durante sus carreras por el llano, en amaestrar al conde en el arte de la equitación, haciéndole comprender los defectos de la escuela francesa y aplicándose en convertirle en lo que él tenía la justificada pretensión de ser, esto es, un verdadero hombre de a caballo, un jinete consumado.

Debemos añadir que el discípulo aprovechó muy mucho las lecciones y que no sólo se había convertido en poco tiempo en habilísimo jinete, sino también, gracias asimismo al mayordomo, en tirador de primer orden.

Siguiendo los consejos de su maestro, hacia poco que el conde adoptara el elegante y cómodo traje mejicano, que le sentaba a las mil maravillas.

Don Andrés de la Cruz se había frotado de gusto las manos al ver que aquél a quien consideraba ya casi yerno suyo tomaba el traje del país, pues esto le demostraba que al conde le animaba el intento de establecerse en Méjico; y aun se asió de esta circunstancia para hacer rodar diestramente la conversación sobre aquello que más le interesaba, o si decimos el matrimonio del conde con doña Dolores. Él del Saulay, sin embargo, siempre ojo avizor, había rehuido, como hiciera ya repetidas veces, este tema escabroso.

--No obstante, es menester que nos expliquemos, murmuraba entre sí don Andrés, moviendo la cabeza y retirándose.

Desde la llegada del conde a la hacienda, a lo menos era la décima vez que el señor de la Cruz se prometía tener con él una explicación; pero hasta entonces el joven había tenido la maña de eludirla.

Un día en que el conde, retirado en su aposento, había leído hasta más tarde que de costumbre, en el momento de cerrar el libro y de meterse en cama levantó por casualidad los ojos y le pareció ver pasar una como sombra por delante de la puerta-ventana que miraba a la huerta.

La noche estaba muy avanzada y hacía ya dos horas que todos los moradores de la hacienda dormían o debían de estar durmiendo.

Luis, sin darse exacta cuenta de los motivos que a ello le impulsaban, resolvió informarse por sí mismo de quien era aquel noctívago que tenía el capricho de pasearse a tales horas. Se levantó pues de la butaca en que estaba sentado, se proveyó de dos revólveres Devisme de seis tiros cada uno que había sobre una mesa, a fin de estar apercibido para lo que pudiese ocurrir, abrió cuan suavemente le fue posible la puerta-ventana y se internó en la huerta, tomando la dirección por la cual había visto desaparecer la sombra sospechosa.

La noche estaba espléndida, la luna difundía sobre la tierra una luz vivísima, y la atmósfera asumía una transparencia tal, que a larga distancia se distinguían claramente los objetos.

El conde, que muy rara vez entrara en la huerta y por consiguiente desconocía las revueltas de la misma, vacilaba en internarse en las alamedas que ante sus ojos se prolongaban en todas direcciones, cruzándose y entrecruzándose, pues por muy hermosa que estuviese la noche, no sentía la más mínima comezón de pasarla al raso.

Se detuvo pues para reflexionar, y de su meditación dedujo que tal vez se había engañado, sido juguete de una alucinación, y que lo que tomara por la sombra de un hombre era la que proyectara una rama de árbol agitada por la brisa nocturna.

No sólo era razonable semejante observación, sino lógica; sin embargo, el joven no se dio por satisfecho, sino que sonriéndose con ironía, en lugar de internarse en la huerta se deslizó con precaución a lo largo de la cortina de enredaderas que de este lado formaba una pared de verdor a la hacienda.

Diez minutos después Luis se detuvo para tomar aliento y orientarse.

--No me he equivocado, aquí es, murmuró el joven después de tender una mirada escrutadora a su alrededor.

E inclinándose hacia adelante, apartó con tiento sumo las hojas y las ramas, y miró; pero casi al punto se echó hacia atrás ahogando un grito de sorpresa. Se encontraba frente por frente de las habitaciones de doña Dolores.

Ésta, apoyada en el alféizar de una ventana, al parecer estaba engolfada en una conversación por demás interesante con un joven situado a dos pies de ella en la huerta.

Al conde le fue imposible conocer a aquel hombre, del que sólo le separaban algunos pasos, primeramente porque estaba vuelto de espaldas y luego porque iba envuelto en una capa que le ocultaba del todo.

--¡Ah! murmuró el conde, no me había equivocado.

A pesar de que semejante descubrimiento le ajaba el amor propio, el conde experimentó una satisfacción íntima al ver realizadas sus sospechas, pues el hombre aquél no podía sino ser un amante.

Con todo, por mucho que los dos interlocutores suavizasen la voz, no hablaban tan quedo que a corta distancia no se les pudiese oír; así es que Luis, si bien tildándose la poco delicada acción que estaba cometiendo, excitado por su despecho y quizá, sin darse cuenta de ello, por los celos, entreabrió las ramas y avanzó de nuevo la cabeza para escuchar.

--Dios mío, decía doña Dolores con acento conmovido, cuando se pasan algunos días sin que le vea a V., la zozobra me mata, siempre estoy temiendo una desgracia.

--¡Diantre! murmuró el conde, pues no le ama poco.

Este aparte le privó de oír la contestación del hombre.

--¿Estoy condenada a vivir mucho tiempo aquí? continuó la joven.

--Tenga V. un poco de paciencia, respondió el desconocido con voz sorda, pronto habrá concluido todo, así lo espero. Y él ¿qué hace?

--Sombrío y misterioso como siempre, respondió doña Dolores.

--¿Se encuentra en la hacienda esta noche?

--Sí.

--¿Arisco como de costumbre?

--Más todavía.

--¿Y el francés?

--¡Ah! murmuró Luis, vamos a ver qué concepto le merezco.

--Es un caballero cumplido, respondió la joven con voz trémula; hace algunos días que le veo triste, o a lo menos lo parece.

--¿Se está aburriendo?

--Me temo que sí.

--¡Pobre niña! dijo para sus adentros el conde, ha advertido que me estoy aburriendo; a bien que cuido poco de ocultarlo. Pero, añadió con fatuidad, ¿me habré engañado por ventura? ¿Y si el hombre ese no fuese un amante? ¿Quién sabe?

Durante este largo soliloquio, los dos interlocutores habían continuado su conversación, que resultó totalmente perdida para el conde.

--Ya que V. lo exige lo haré, dijo la joven, cuando Luis se puso a escuchar de nuevo; ¿pero tan necesario es, amigo mío?

--Indispensable, Dolores.

--¡Demontre! ¡qué familiaridad! murmuró el conde.

--Obedeceré pues, profirió la joven.

--Ahora adiós, he permanecido aquí demasiado tiempo, dijo el desconocido.

Éste se bajó el sombrero hasta los ojos, murmuró «adiós» por última vez y se alejó apresuradamente.

Luis había permanecido inmóvil, estupefacto, en el mismo sitio en que se encontraba; al pasar, casi rozándole la ropa, el desconocido, que sin embargo no reparara en él, una rama le hizo caer el sombrero y un rayo de luna le iluminó de lleno el semblante.

--¡Oliverio! murmuró el conde. ¡Ah! ¡con que a él es a quien ama Dolores!

El joven se volvió a su aposento dando traspiés como un ebrio, trastornado por el descubrimiento que acababa de hacer, y se acostó; pero en vano intentó conciliar el sueño; toda la noche estuvo forjando proyectos a cual más descabellado. Con todo a la madrugada su turbación pareció ceder al cansancio.

--Antes de tomar una resolución definitiva, dijo para sí el conde, quiero celebrar una conferencia con ella; no la amo, es cierto, pero mi honor me exige que le dé a conocer que no soy un necio y que todo lo sé. Hoy mismo voy a solicitar de ella una entrevista.

Más tranquilo, después de haber tomado esta determinación, el conde se durmió, y al despertar vio al pie de su cama a Raimbaut, con un papel en la mano.

--¿Qué hay? preguntó el joven a su ayuda de cámara.

--Traigo una carta para el señor conde, respondió éste.

--¿Serán noticias de Francia? profirió Luis.

--No lo creo, dijo Raimbaut; esta carta se la dio a Lanza una de las doncellas de doña Dolores de la Cruz para que se la entregaran a usted tan pronto como se despertase.

Realmente la mencionada carta era de la hija de don Andrés, y no contenía sino las contadas líneas siguientes, escritas en carácter de letra elegante y un poco trémulo:

«Doña Dolores de la Cruz ruega encarecidamente al señor don Luis del Saulay se sirva concederle una entrevista particular para tratar de un asunto de gran importancia, hoy, a las tres de la tarde, hora en que la misma le aguardará en sus habitaciones.»

--Ahora sí que me quedo del todo a oscuras, dijo el conde.

Y tras un instante de reflexión, añadió:

--¡Bah! tal vez vale más que esta proposición parta de ella.

VII

EL RANCHO

El Estado de Puebla está formado por una meseta de más de veinticinco leguas de circunferencia, cruzada por las elevadas cordilleras del Anáhuac.

Los llanos que circuyen la ciudad, muy desiguales, están surcados por multitud de torrenteras, cubiertos de colinas y cerrados al horizonte por montañas que ostentan un sudario de nieves eternas.

Hasta donde alcanza la vista se extienden inmensos campos de maguey, verdaderos viñedos de aquellas comarcas, ya que de esta planta se extrae el pulque, bebida predilecta de los mejicanos.

No existe perspectiva tan imponente como la que ofrecen aquellas enormes pitas de hojas prietas, duras, lustrosas, llenas de temibles espinas, que alcanzan seis y ocho pies de longitud.

Poco más o menos a dos leguas de Puebla, como quien se encamina a Méjico, se encuentra la ciudad de Cholula, en otro tiempo plaza fuerte importante, pero que hoy, decaída de su pasado esplendor, no encierra sino unas doce o quince mil almas.

En tiempo de los aztecas, el territorio que hoy constituye el Estado de Puebla, era considerado por los habitantes como una Tierra Santa privilegiada, como el santuario de la religión. Ruinas importantes y sobre todo muy notables desde el punto de vista arqueológico, atestiguan todavía hoy la verdad de lo que dejamos expuesto; en un espacio muy limitado existen tres pirámides principales, sin contar las ruinas con que a cada paso tropieza el viajero.

De las tres pirámides de que acabamos de hacer mérito, una sobre todo goza de justa celebridad, aquélla a la cual los hijos de la tierra apellidan _Monte hecho a mano_, o gran _teocali_ de Cholula.

Dicha pirámide, coronada de cipreses y en la cúspide de la cual se levanta hoy una capilla dedicada a Nuestra Señora de los Remedios, está enteramente labrada de ladrillos, mide ciento setenta pies de altura, y, según calcula Humboldt, su base tiene una longitud de mil trescientos cincuenta y cinco, esto es, un poco más del doble que la base de la pirámide de Cheops.

Ampere hace observar, con mucho tacto y primor, que la imaginación de los árabes ha rodeado de prodigios la cuna para ellos desconocida de las pirámides egipcias, cuya construcción hace remontar a la época del diluvio, y que lo mismo acontece en Méjico, al efecto relata una tradición recogida en 1566 por Pedro del Río, referente a las pirámides de Cholula y conservada en los manuscritos de éste existentes hoy en el Vaticano.

Nosotros a nuestra vez copiaremos al célebre sabio trasladando a estas páginas la mentada tradición tal cual él la publicó en sus _Paseos por América_.

Dice así:

«En tiempo de la última grande inundación, la tierra de Anáhuac (la meseta de Méjico) estaba habitada por gigantes. Los que no perecieron en aquel desastre quedaron convertidos en peces, excepto siete gigantes, que se refugiaron en cavernas cuando las aguas empezaron a bajar. Uno de aquellos titanes, apellidado Xelhua, que era arquitecto, construyó cerca de Cholula, en recuerdo de la montaña de Tlaloc, que había servido de asilo a él y a sus hermanos, una columna de forma piramidal. Celosos los dioses al ver aquel edificio cuya cima se esconde en las nubes, e irritados ante la audacia de Xelhua, fulminaron fuegos celestes contra la pirámide, de lo que se originó la muerte de muchos de los que en ella trabajaban y la interrupción de las obras. Dicha pirámide fue consagrada al dios del aire, Qualzalcoatl.»

¿Quién al leer las líneas que preceden, no creería hacerlo del bíblico relato de la construcción de la Torre de Babel?

Sin embargo, en la descripción esta resalta un error no imputable al célebre Ampere, y que a pesar de nuestra humilde condición de novelista creemos útil rectificar.

_Quetzalcóatl_, la serpiente cubierta de plumas, cuya raíz es _Quetzalli_, pluma, y _Coatl_, serpiente, y no _Qualzalcoatl_, que nada significa y no es siquiera mejicano o más bien dicho azteca, es el dios del aire, el dios legislador por excelencia: era blanco y barbudo y negra su capa y salpicada de cruces rojas; apareció a Tula, del que fue gran sacerdote; los hombres que le acompañaban vestían traje negro en forma de sotana y, como él, eran blancos.

Atravesaba Cholula el mencionado dios para dirigirse al misterioso país de donde habían salido sus antepasados, cuando los cholulanos le suplicaron que les gobernase y les diese leyes, en lo que consintió, permaneciendo veinte años entre ellos; luego y considerando ya terminada provisionalmente su misión, se fue hasta la desembocadura del río _Huasacoalco_, una vez en la cual desapareció, no empero sin haber prometido a los cholulanos que días a venir regresaría para gobernarles.

Apenas hace un siglo que los indios, al llevar sus ofrendas a la capilla que, consagrada a la Virgen, se levanta en la cima de la pirámide, elevaban todavía sus preces a Quetzalcóatl, cuyo regreso aguardaban piadosamente.

No nos atreveríamos a afirmar que dicha creencia esté en lo presente extinguida del todo.

La pirámide de Cholula en nada se parece a las de Egipto: cubierta completamente de tierra, forma una frondosa colina, a cuya cúspide es fácil llegar no sólo a caballo, sino también en coche.

En algunos sitios la tierra se ha desmoronado dejando al descubierto los ladrillos cocidos al sol, que para la construcción de la pirámide se emplearon.

En la cúspide de la pirámide y en el sitio mismo en que estaba construido el templo consagrado a Quetzalcóatl, se eleva actualmente una capilla cristiana.

Sentimos que algunos escritores hayan supuesto que el cristianismo ha sustituido un culto bárbaro y cruel. Nunca el pico de la pirámide de Cholula se vio manchado de sangre humana, nunca hombre alguno fue inmolado al dios adorado en el templo hoy destruido, y al cual por toda ofrenda le presentaban productos de la tierra, tales como flores y las primicias de las cosechas, y esto por orden expresa del dios legislador.

Eran las cuatro de la madrugada: las estrellas empezaban a desaparecer en las profundidades del firmamento, el horizonte se teñía de anchas y cenicientas ráfagas de luz que variaban incesantemente y tomaban poco a poco los colores del prisma para fundirse en uno solo rojo cual sangre; quebraba el alba; el sol iba a aparecer.

En este instante salieron de Puebla dos jinetes, tomaron al trote largo la carretera de Cholula, y no medía legua de la ciudad doblaron prontamente hacia la derecha, internándose en un angosto sendero abierto en un campo de agave.

Dicho sendero, pésimamente conservado, como todas las vías de comunicación de Méjico, describía un sin fin de revueltas y estaba cortado por tantas torrenteras, que era imposible transitar por él sin exponerse a cada paso a romperse la nuca. Ora se interponía un arroyo, al que era menester atravesar con agua hasta la cincha del caballo, ora una colina.

Después de veinticinco minutos de una carrera tan erizada de dificultades, los dos jinetes llegaron al pie de una como pirámide groseramente labrada a mano, enteramente cubierta de vegetación y de unos cuarenta pies de altura sobre el nivel del suelo.

En la cúspide de aquella colina artificial se elevaba un rancho de vaquero, al que se llegaba por medio de escalones abiertos a trechos en las vertientes de la misma.

Una vez allí, el desconocido se detuvo y echó pie a tierra, operación que imitó su compañero.

Entonces los dos hombres dieron suelta a sus caballos, hundiendo el cañón de sus fusiles en una fragosidad de la base de la colina, y cogiendo con ambas manos la culata de sus armas hicieron servir a éstas de alzaprima.

Aunque uno ni otro de los dos se esforzaron mucho, una enorme piedra, al parecer completamente adherida al suelo, se movió lentamente, giró sobre goznes invisibles y dejó al descubierto la entrada de una cueva que en pendiente suave penetraba en el suelo, y la cual indudablemente recibía aire y luz por infinidad de imperceptibles intersticios, pues estaba seca y en ella se veía claramente.

--Baja, López, dijo el desconocido.

--¿Y V. se va arriba? preguntó el segundo jinete.

--Sí; dentro de una hora ven a reunirte conmigo, a no ser que me hayas visto antes.

--Perfectamente.

López silbó entonces a los caballos, que vinieron rápidamente al encuentro de sus dueños, y a una señal de aquél, se internaron buenamente en la cueva.

--Hasta la vista, dijo López.

El desconocido dirigió una señal afirmativa a su criado, quien se metió a su vez en la concavidad, e hizo girar nuevamente tras sí la piedra, la cual se adaptó tan perfectamente a la roca, que no dejó vestigio alguno de entrada.

Aquél había permanecido inmóvil y con los ojos fijos en la llanura que le rodeaba, cual si hubiese querido cerciorarse de que estaba completamente solo y nada tenía que temer de las miradas indiscretas.

Una vez en su sitio la piedra que cerraba la boca de la cueva, el desconocido se echó el fusil al hombro y empezó a subir lentamente los escalones y al parecer sumergido en meditación sombría.

Desde lo alto de la colina la vista abarcaba un horizonte extenso: de un lado Zapotecas, Cholula, haciendas y aldeas; del otro, Puebla con sus innumerables cúpulas esféricas y pintadas, que la daban apariencias de ciudad oriental; luego campos de maguey, trigo o agave, por en medio de los cuales serpenteaba, trazando una línea amarilla, la carretera de Méjico.

El desconocido permaneció pensativo por un instante, con la mirada fija en la llanura, completamente desierta en aquella hora matinal y a la que el sol naciente matizaba de irisados reflejos; luego, después de haber exhalado un ahogado suspiro, empujó el zarzo forrado de un cuero de buey que servía de puerta al rancho, y desapareció en el interior de éste.

Desde fuera, el rancho asumía el mísero aspecto de una cabaña casi arruinada; sin embargo de lo cual interiormente ofrecía más comodidades de las que cabía derecho a esperar en una región donde las exigencias de la vida, sobre todo para el pueblo, están reducidas a lo más estrictamente necesario.

La primera pieza, porque el rancho tenía muchas, servía de locutorio y de comedor y comunicaba con un cobertizo colocado en el exterior y que hacía las veces de cocina. Las encaladas paredes del mencionado comedor estaban adornadas, no de cuadros, sino de seis u ocho láminas iluminadas, hechas en Epinal y de las que esta ciudad inunda la tierra; dichas láminas representaban distintos episodios de las guerras del Imperio y estaban pulidamente encuadradas y cubiertas con sendos cristales. En un ángulo, poco más o menos a seis pies de altura y sobre una consola de palisandro con la tapa rodeada de pinchos en los que estaban clavados cirios de cera amarilla, de los cuales ardían tres, había una estatuita que representaba a la Virgen de Guadalupe, patrona de Méjico. Seis _equipales_, cuatro butacas, un aparador atestado de utensilios caseros y una mesa bastante capaz colocada en medio del comedor, completaban el ajuar de esta pieza, alegrada por dos ventanas con cortinas encarnadas.

El suelo estaba cubierto con un petate de labor delicada.

Se nos olvidaba hacer mención de un mueble asaz importante por su rareza y que en verdad nadie hubiera presumido encontrar en sitio semejante: el mueble a que nos referimos era un reloj de cuclillo, de la Selva Negra, coronado de un pájaro que con su canto anunciaba las horas y las medias horas.

Dicho reloj estaba colocado frente a la puerta de entrada, entre las dos ventanas, y a la derecha del mismo había otra puerta que conducía a los aposentos interiores.

El desconocido, que en el momento de entrar en el comedor no encontró a nadie, dejó su fusil en un rincón de la pieza, colocó su sombrero sobre la mesa, abrió una ventana hasta al pie de la cual arrastró una butaca en la que se sentó, lió un cigarrillo de paja de maíz, le dio fuego y empezó a fumar con la misma tranquilidad e indolencia que hubiera hecho en su propia casa, después de haber consultado el reloj y murmurado:

--¡Las cinco y media! me queda tiempo todavía: tardará en llegar.

Después de haber hablado de esta suerte consigo mismo, el desconocido se echó atrás descansando la cabeza en el respaldo de su butaca, cerró los ojos, soltó el cigarrillo, y pocos minutos después quedó profundamente dormido.

Media hora, poco más o menos hacía que nuestro personaje estaba durmiendo, cuando abrieron con precaución una puerta situada a sus espaldas, y por ella penetró de puntillas en el comedor una hechicera joven de veintidós a veintitrés años a lo sumo, de ojos azules y rubia cabellera, la cual avanzó la cabeza con ademán de curiosidad y fijó una mirada de benevolencia, casi diremos de ternura, en el durmiente.