Part 29
--Pues aprovéchela para descansar, dijo el conde; nosotros vamos a prepararnos.
Cuando, a las once de la noche, llegó don Jaime, éste encontró ya a sus amigos completamente preparados y armados.
--Partiremos, dijo don Jaime.
--Cuando V. quiera, profirió Luis del Saulay.
--¿Vamos lejos? preguntó el duque.
--Me parece que no, respondió don Jaime; pero tal vez tengan que hablar las armas.
--Mejor, dijeron los dos jóvenes.
--Todavía podemos disponer de media hora, tiempo más que sobrado para que les explique a Vds. lo que pienso hacer, profirió don Jaime. Ya saben Vds. cuan sincera es la amistad que me une al general Miramón.
--Nos consta.
--Pues vean Vds. lo que ocurre: el general ha reunido unos mil quinientos hombres, con cuya escolta imagina llegar con seguridad a Veracruz, donde piensa embarcarse. A la una de esta madrugada se pone en marcha.
--¿A tal extremo han llegado ya las cosas? preguntó el conde.
--Todo ha concluido, respondió don Jaime; Méjico se ha rendido a los juaristas.
--En fin, que se arreglen como puedan; esto no nos atañe.
--Hasta ahora, dijo el duque, no veo qué papel nos toca desempeñar en este drama.
--Voy a decírselo a Vds., repuso don Jaime. Miramón cree poder contar con los mil quinientos hombres que componen su escolta; pero yo estoy persuadido de lo contrario. Los soldados le quieren, es cierto, pero detestan a ciertos personajes que parten con él; y como me consta que se han hecho proposiciones a las tropas para que éstas los entreguen, temo que se dejen convencer y que por la misma causa Miramón caiga prisionero.
--Que es lo que probablemente sucederá, dijo el conde moviendo la cabeza.
--Pues ahí lo que yo quiero evitar, dijo don Jaime con energía, y para ello cuento con ustedes.
--Hace V. bien, profirió Luis.
--No podía V. elegir con más acierto, añadió el duque.
--Perfectamente, continuó don Jaime; de este modo Vds., yo, López, León Carral y los dos criados formamos un efectivo de siete hombres decididos, con quienes será menester contar en el caso de que las circunstancias se presenten desfavorables; demás, la calidad de extranjeros que les ampara a Vds. y el cuidado que han puesto en vivir retirados, nos permitirán coronar nuestra obra, ocultando al general en esta casa.
--Donde estará en completa seguridad, dijo el conde.
--Por otra parte cuanto acabo de manifestarles a Vds. es todavía muy inseguro; las circunstancias nos servirán de guía. Tal vez la escolta permanezca fiel al general; entonces, como nuestro concurso no le servirá de nada, nos retiraremos después de haberle acompañado hasta bastante distancia de la ciudad.
--A la buena de Dios, dijo Luis del Saulay; Miramón asume algo de grande y caballeresco que me ha seducido, y no sentiría que se me presentara coyuntura de serle útil.
--Ahora que nos hemos puesto de acuerdo, profirió el duque, podríamos partir; ardo en deseos de encontrarme al lado de ese valiente general; pero dígame usted, supongo que ante todo ha vigilado por la seguridad de mi madre.
--Nada temas, sobrino, respondió don Jaime; a mi ruego el embajador de España ha colocado una guardia de comerciantes de nuestra nación en la misma casa donde ella mora; tu madre, Carmen ni Dolores tienen qué temer. Por otra parte Esteban está con ellas, y gracias al aprecio en que a éste le tiene Juárez, basta su sola presencia para protegerlas eficazmente.
--Entonces adelante, dijeron los jóvenes levantándose, embozándose en sus capas y armándose.
--Partamos, dijo don Jaime.
Los criados, que estaban ya en su sitio, se unieron a sus amos, y juntos se salieron los siete de la casa, jinetes en sendos caballos, y se encaminaron a la plaza Mayor donde se iban reuniendo las tropas.
Las casas estaban iluminadas y por las calles circulaba una multitud inmensa; pero en la ciudad reinaba la mayor tranquilidad, gracias a las fuertes patrullas compuestas de franceses, ingleses y españoles que la recorrían en todas direcciones y vigilaban con la más generosa abnegación para el mantenimiento del orden durante el intervalo de anarquía que siempre separa la caída de un gobierno de la instalación del que le sustituye.
La plaza Mayor estaba muy animada; los soldados fraternizaban con el pueblo, hablando y riendo como si lo que en tal momento pasaba fuese lo más natural del mundo.
El general Miramón rodeado de un grupo bastante numeroso de oficiales que habían permanecido fieles a su causa, o que demasiado comprometidos para esperar que el vencedor les concediese buenas condiciones, preferían acompañarle en su fuga a quedarse en la ciudad, fingía una tranquilidad y un buen humor que estaba muy lejos de sentir; hablaba con notable soltura, defendiendo sin acritud los actos de su gobierno y despidiéndose, sin dirigir reproche ni recriminación, de aquéllos que por egoísmo le habían abandonado y ocasionado su caída.
--¡Ah! profirió Miramón al divisar a don Jaime y encaminándose hacia él, ¿conque se viene V. decididamente conmigo? Temí que mudase V. de consejo.
--Está V. muy amable, dijo don Jaime riéndose.
--No tome V. a mal mis palabras, repuso el general.
--La prueba de que le acompaño a V. es que le traigo dos amigos que a toda costa quieren seguirle.
--Gracias mil, profirió Miramón; dichoso el hombre que al caer de tan alto puede contar con amigos que le suavicen la caída.
--De esto no puede V. quejarse, general, dijo el conde haciendo una profunda reverencia, porque amigos no le faltan.
--En efecto, murmuró Miramón tendiendo una triste mirada a su alrededor, todavía no me encuentro solo.
Por espacio de algún tiempo la conversación continuó rodando sobre este tema, hasta que dio la una en el Sagrario.
--Partamos, señores, dijo Miramón levantándose y en voz firme, ha llegado la hora de salir de la ciudad.
--Que toquen marcha, gritó un oficial.
Las cornetas dieron la señal, los soldados se subieron a caballo y formaron filas, y la multitud se refugió en los portales.
Luego se restableció la calma como por encanto y sobre aquella plaza inmensa llena de una compacta muchedumbre y materialmente empedrada de cabezas, se cernió un silencio de muerte.
Miramón estaba erguido y firme en su caballo, en medio de sus tropas; don Jaime y sus compañeros habían tomado sitio entre el estado mayor que rodeaba al general.
Después de un momento de perplejidad, el presidente dirigió una triste y postrer mirada al sombrío y silencioso palacio presidencial, en él que no brillaba luz alguna, y luego dio en voz potente la orden de marcha.
Las tropas se pusieron en movimiento, y a compás y de todas partes partieron gritos de ¡viva Miramón!
--Ya me echan de menos, dijo éste inclinándose hasta el oído de don Jaime, y eso que aún no he partido.
Las tropas atravesaron lentamente la ciudad, seguidas de la multitud, que al rendir este último tributo al presidente caído, parecía como si quisiese demostrarle la estimación en que le tenía personalmente.
Por fin a las dos de la madrugada se encontraron los expedicionarios en campo raso, y pronto la ciudad no apareció sino como un punto luminoso en el horizonte.
Las tropas marchaban tristes y silenciosas, y buen rato hacía que emprendieran la caminata, cuando prontamente pareció que en las filas reinase una agitación sorda.
--¡Alerta! algo se prepara, dijo don Jaime en voz queda a sus amigos.
A no tardar la agitación fue en aumento, y en la vanguardia se oyeron algunos gritos.
--¿Qué ocurre? preguntó Miramón.
--Los soldados se sublevan, le respondió don Jaime sin ambages.
--No puede ser, exclamó el general.
Al mismo instante reventó una de gritos y silbidos, entre los que sobresalían estas voces:
--¡Viva Juárez! ¡El hacha! ¡el hacha!
El hacha en Méjico es el símbolo de la federación, y aclamarla es sublevarse, o más bien dicho pronunciarse.
El grito ¡el hacha! recorrió con rapidez todas las filas, hasta hacerse unánime, y pronto llegaron al colmo la confusión y el desorden.
Los partidarios de Juárez, confundidos con los soldados, proferían amenazas de muerte contra los enemigos a quienes no querían dejar escapar, y desenvainando los sables y afianzando las lanzas en el ristre se hizo inminente un conflicto.
--Es preciso huir, general, dijo don Jaime a Miramón.
--¡Nunca! respondió éste; moriré con mis amigos.
--Va V. a perecer asesinado sin lograr salvarse; por otra parte, vea V., ellos mismos le abandonan.
Era cierto, los amigos del presidente se habían desbandado y huían en todas direcciones.
--¿Qué hacer? preguntó Miramón.
--Abrirnos paso, respondió don Jaime.
Y sin dar al presidente lugar a la reflexión.
--¡Adelante! gritó en voz de trueno a los suyos.
Al mismo tiempo los sublevados se revolvían, con las lanzas en el ristre, contra el exiguo grupo en el centro del cual estaba Miramón.
Por espacio de algunos segundos la lucha fue espantosa: don Jaime y sus amigos, bien montados y sobre todo bien armados, consiguieron por último abrirse paso conduciendo al general en medio de ellos.
Entonces empezó una carrera vertiginosa.
--¿A dónde vamos? preguntó el presidente.
--A Méjico, respondió don Jaime; es el único sitio donde no pensarán en buscarle a V.
Una hora después penetraban de nuevo en la ciudad, confundidos con los soldados desbandados que proferían ensordecedores vivas a Juárez y gritando ellos solos más que todos los que les rodeaban.
Ya en la ciudad, Miramón y don Jaime se separaron de sus amigos, pues la prudencia exigía que los fugitivos se retirasen a sus casas uno a uno.
A las cuatro de la madrugada estaban todos reunidos y en seguridad.
Las tropas de Juárez entraron en Méjico sólo algunas horas antes de lo que hiciese el general Ortega.
Gracias a las disposiciones tomadas de con concierto entre el general Berriozábal y los residentes extranjeros, el cambio de gobierno se había operado casi sin conmoción: al día siguiente Méjico parecía tan tranquilo como si en su seno no hubiese ocurrido nada.
Sin embargo, don Jaime no tenía confianza alguna en aquella calma aparente; temía que de permanecer Miramón algunos días en la ciudad no acabase por ser conocida su presencia en ella. Así es que buscaba ocasión propicia para hacerle evadir, y ya empezaba a desesperar de conseguirlo, cuando el acaso le ofreció una, en la que estaba por cierto muy distante de contar.
Habían transcurrido muchos días; la revolución estaba hecha y todo caminaba por su cauce ordinario, cuando por fin Juárez llegó de Veracruz e hizo su entrada en la capital.
Lo primero que, conforme previera Miramón, hizo el nuevo presidente, fue dar una orden de expulsión contra el embajador de España, el legado pontificio y los representantes de Guatemala y del Ecuador.
La ocasión que don Jaime buscaba tanto tiempo hacia, se le presentaba por fin.
Miramón partiría no con el embajador de España, sino con el representante de Guatemala.
Y así sucedió.
La partida de los diplomáticos expulsados se efectuó el mismo día: eran éstos el embajador de España, el legado pontificio, el representante de Guatemala y el del Ecuador; además, el arzobispo de Méjico y cinco obispos mejicanos que componían todo el episcopado de la confederación y habían sido desterrados, se aprovecharon de la escolta del embajador para abandonar la capital.
Miramón, la esposa y los hijos del cual habían partido hacía ya algunos días, seguía, vestido con un disfraz que le hacía de todo punto desconocido, al representante de Guatemala.
En cuanto a Luis del Saulay y al duque de Tobar, tomaron el camino de Veracruz escoltando a doña María y a las dos jóvenes.
Don Jaime, que no quiso abandonar a su amigo, viajaba con éste en compañía de López.
Únicamente don Esteban se había quedado en la capital.
Dos días después el _Velasco_ de la marina de guerra española, hacía rumbo a la Habana, llevando a bordo todos nuestros personajes.
El 15 de enero de 1863 se efectuaron dos bodas en la hermosa capital de la isla de Cuba: la del conde del Saulay con doña Carmen de Tobar, y la del duque de este título con doña Dolores de la Cruz, siendo testigos el embajador de España en Méjico, el general Miramón, el comandante del _Velasco_ y el ex-representante de Guatemala, y oficiante el legado del papa.
FIN
_Traducción de_ Luis CALVO.
ÍNDICE
TOMO SEGUNDO
I. Complicaciones. II. La sorpresa. III. Los prisioneros. IV. Don Diego. V. La cena. VI. Revelación. VII. El vengador. VIII. Horas de sol. IX. Un hombre de bien. X. Amor. XI. Sorpresa. XII. La salida. XIII. Triunfo. XIV. El Palo Quemado. XV. Saldo de cuentas. XVI. Resolución suprema. XVII. Jesús Domínguez. XVIII. Principio del fin. XIX. Golpe de gracia. XX. Cara a cara. XXI. Epílogo. El hacha.