Part 28
Miramón hizo un gesto de disgusto y ordenó que tocasen botasillas.
Los fugitivos anudaron la marcha.
Sólo dos hombres habían permanecido cerca del infeliz, contemplándole como se retorcía a sus pies en medio de los más atroces padecimientos: el general Cobos y D. Jaime.
El cual se inclinó hasta el moribundo, le levantó la cabeza y obligándole a fijar en él su vidriosa mirada, le dijo en voz sorda:
--¡Parricida, traidor hacia tu patria y hacia tus hermanos, éstos son los que hoy se vengan; muere como quien eres y llévese tu alma el diablo; tu cuerpo, privado de sepultura, será pasto de las fieras!
--¡Misericordia! exclamó el desdichado cayendo de espaldas, ¡misericordia!
Una postrer convulsión sacudió el cuerpo del joven, sus crispadas facciones cobraron un aspecto horrible, lanzó un rugido y quedó inmóvil.
D. Jaime le empujó con el pie: estaba muerto.
--¡Uno! murmuró el aventurero subiéndose otra vez a caballo.
--¿Qué dice V.? preguntó Cobos.
--Nada, estaba echando una cuenta, respondió D. Jaime riéndose con zumba.
XX
CARA A CARA
Cuando Miramón llegó a Méjico, era ya pública la noticia de su derrota.
Entonces ocurrió un hecho singular: el clero y la aristocracia, a quienes Miramón había sostenido y defendido siempre, y la indiferencia y el egoísmo de los cuales sin embargo causaran la ruina y perdición de aquél, ahora deploraban la conducta que habían observado para con el único hombre capaz de salvarles.
Como en aquella hora suprema Miramón hubiese querido hacer un llamamiento a la población, ésta se habría agrupado inmediatamente en torno de él, facilitándole la organización de una vigorosa defensa.
A Miramón ni siquiera se le ocurrió tal pensamiento: disgustado del poder no aspiraba sino bajar de él y retirarse a la vida privada.
Apenas llegado a Méjico, lo que primero hizo el joven presidente fue reunir al cuerpo diplomático extranjero y rogar a los miembros del mismo que interpusieran su influjo para salvar a la ciudad, haciendo cesar un estado de guerra que no tenía ya razón de ser desde el instante que la capital estaba dispuesta a abrir sus puertas a las tropas federales sin disparar un tiro.
Sin pérdida de tiempo fue a entrevistarse con el general Ortega, para alcanzar una capitulación honrosa, una comisión compuesta de los representantes de Francia y España, del general Berriozábal el prisionero de Toluca, y del general Ayestarán, amigo particular de Miramón.
D. Antonio Cacerbar había ensayado unirse a la comisión expresada; y es que, sabedor del triste fin de su amigo Cruz, tenía el presentimiento de que le amagaba una suerte parecida; pero las puertas de la ciudad estaban cuidadosamente vigiladas, y nadie podía salir por ellas sin ir provisto de un pase refrendado por el jefe de plaza. Así pues, D. Antonio no tuvo más remedio que quedarse en la ciudad. Sin embargo, le hizo recobrar un tanto la esperanza una carta, en la cual le dejaban entrever la próxima realización de los proyectos que perseguía hacía tanto tiempo.
Ello no obstante, como D. Antonio Cacerbar era hombre muy precavido por haberle acostumbrado a estar siempre sobre aviso las sombrías maquinaciones a que se entregara durante toda su existencia, al par que permanecía en su casa, como a ello, le invitaban en la carta a que acabamos de hacer referencia, había convocado a ella a una docena de matones de los más desalmados y les había ocultado tras los tapices a fin de estar preparado a todo evento.
Esto sucedía el día mismo del regreso de Miramón a Méjico.
Poco más o menos a las nueve de la noche del mencionado día, D. Antonio estaba en su dormitorio, leyendo, o más bien dicho, ensayando leer, porque su atormentada conciencia no le dejaba la tranquilidad de ánimo necesaria para entregarse a tan inocente distracción, cuando oyó hablar bastante recio en la antesala. Cacerbar se levantó al punto y se encaminó hacia la puerta a fin de indagar la causa de tal ruido, pero no bien iba a abrirla cuando lo hizo otra mano y pareció en el dormitorio el ayuda de cámara de aquél, sirviendo de introductor a muchas personas, nueve en junto, seis hombres enmascarados y embozados en sarapes, y tres damas.
D. Antonio, al ver a los recién llegados experimentó un estremecimiento nervioso, pero rehaciéndose casi instantáneamente, permaneció en pie ante su mesa, probablemente aguardando a que uno de los desconocidos se decidiese a hacer uso de la palabra.
Esto fue lo que, en efecto, sucedió.
--Señor don Antonio, dijo uno de los enmascarados adelantando un paso, aquí le entrego a V. a doña María, duquesa de Tobar, su cuñada, a doña Carmen Tobar, su sobrina, y a doña Dolores de la Cruz.
Al oír estas palabras, pronunciadas con sangrienta ironía, don Antonio se echó atrás, palideció intensamente y en voz en la que se traslucía la emoción, repuso:
--No le entiendo a V.
--¿Conque no me conoce usted, don Horacio? dijo entonces doña María en voz suave; ¿por tal modo me ha desfigurado el dolor que le sea a V. posible negar que yo soy la desventurada esposa del hermano a quien V. asesinó?
--¿Qué significa esta comedia? exclamó don Antonio con arrebato; esta mujer ha perdido el juicio; y V., miserable, que se atreve a chancearse conmigo, váyase con cuidado.
Aquél a quien iban dirigidas estas palabras contestó con una sonrisa de desprecio, y levantando la voz, dijo:
--¿Quiere V. testigos de lo que va a pasar aquí, caballero? ¿Le parece que todavía no somos bastantes para oír lo que va a decirse aquí? Perfectamente: salgan Vds. de sus escondites, señores, y Vds., caballeros, acérquense.
Al mismo tiempo se levantaron los tapices y se abrieron las puertas y unas veinte personas penetraron en el dormitorio.
--¡Ah! ha llamado V. testigos, profirió don Antonio con acento zumbón; pues bien, caiga sobre su cabeza de V. la sangre que aquí va a derramarse.
Y volviéndose hacia los hombres que tras él permanecían inmóviles, les dijo en voz de trueno, al mismo tiempo que se apoderaba de dos revólveres de seis tiros que estaban sobre una mesa situada al alcance de su mano.
--¡Maten Vds. como perros a esos canallas!
Pero nadie se movió.
--¡Quítense todos las máscaras! dijo el personaje que hasta entonces había hablado; ya son inútiles; a ese hombre debemos hablarle a rostro descubierto.
Y arrojando la carátula que le cubría el semblante, sus compañeros le imitaron.
El lector los ha conocido ya: eran don Jaime, Domingo, el conde del Saulay, León Carral, don Diego y el ranchero Loick.
--Ahora, señor, dijo don Jaime, despójese V. de su nombre postizo como nosotros nos hemos despojado de nuestras máscaras. ¿Me conoce usted? soy don Jaime de Vivar, el hermano de su cuñada; veintidós años hace le sigo a V. paso a paso, señor don Horacio de Tobar, espiando todos los de V. y buscando la venganza que Dios me concede al fin, grande y cabal como yo la soñara.
Don Horacio levantó orgullosamente la cabeza, y dirigiendo una mirada de soberano desdén a don Jaime, replicó:
--Y diga V., mi noble cuñado, porque como usted desea renuncio a fingir y consiento en conocerle, ¿qué venganza es esa tan grande y cabal que ha conseguido después de veintidós años? ¿la de obligarme a que yo mismo me dé la muerte? ¡Vaya un provecho! ¿Acaso no está siempre pronto a morir un hombre de mi temple? ¿Qué más puede V.? nada; suponiendo que yo ruede aquí por el suelo, a sus pies, me llevaré conmigo a la tumba el secreto de esa venganza. Secreto que V. ni siquiera sospecha, y cuyos beneficios los reporto yo por completo, porque al morir le legaré una desesperación más profunda que la que en una noche encaneció los cabellos de su hermana.
--Desengáñese V., don Horacio, arguyó don Jaime; esos secretos que V. supone tan ocultos, los conozco todos, y en cuanto a matarle, esta consideración es secundaria en mi plan de venganza; le mataré a V., sí, pero por mano del verdugo, porque ha de saber que morirá V. deshonrado, de muerte infamatoria, en una palabra, de garrote vil.
--¡Mientes, canalla! exclamó don Horacio con rugido de bestia fiera; ¡yo, yo, el duque de Tobar! ¡noble como el rey! ¡yo, perteneciente a una de las más encumbradas y antiguas familias de España! ¡yo morir agarrotado! El odio te trastorna el juicio, estás loco; en Méjico hay un embajador de S. M.
--Sí, replicó don Jaime, pero ese embajador te abandona a todo el rigor de las leyes mejicanas.
--¿Quién, él, mi amigo, mi protector, él que me presentó al presidente Miramón? Esto no es verdad, no puede serlo. Además, soy extranjero y nada tengo que temer de las leyes de esta nación.
--Sí, un extranjero que en Méjico se ha puesto al servicio de un gobierno para venderlo en provecho de otro; la carta que con tanta instancia pedías al coronel don Felipe y que éste no quiso vendértela, me la dio a mí de balde, y las para ti tan comprometedoras cartas que te robaron en Puebla, gracias a don Esteban, a quien no conoces a pesar de ser primo tuyo, en este instante las tiene Juárez. Ya ves pues que por este lado estás irremisiblemente perdido. Por último, tu más precioso secreto, el secreto que tan bien guardado crees, también lo poseo yo: conozco la existencia del hermano gemelo de doña Carmen, y además sé donde está y si quiero puedo hacerle parecer de improviso a tu presencia: mira, aquí está el hombre a quien vendiste tu sobrino, añadió don Jaime designando a Loick, que estaba inmóvil a su lado.
--¡Oh! murmuró el cuñado de doña María, dejándose caer en una butaca y retorciéndose las manos con desesperación, estoy perdido.
--Irremisiblemente perdido, don Horacio, profirió don Jaime con desprecio, pues ni aun la muerte puede salvarte de la deshonra.
--Hable V., por Dios, dijo doña María acercándose a su cuñado; ¿verdad que no me he engañado? ¿que lo que don Jaime me dijo es cierto? en una palabra, ¿que tengo un hijo y que ese hijo es el hermano gemelo de doña Carmen?
--Sí, murmuró don Horacio en voz apagada.
--¡Bendito seas, Dios mío! exclamó doña María con expresión de gozo inefable; pero V. sabe dónde está mi hijo y va a restituírmelo ¿no es verdad? por favor, piense V. que no le he visto nunca y que necesito de sus caricias. ¿Dónde está? dígamelo V.
--¿Dónde está?
--Sí.
--No lo sé, respondió fríamente don Horacio.
La desventurada madre se dejó caer en un asiento y ocultó la cabeza entre las manos.
--¡Ánimo, hermana mía! la dijo don Jaime acercándose a ella.
Por espacio de algunos segundos reinó un silencio fúnebre; en aquel aposento donde se hallaban reunidas tantas personas no se oía más ruido que el de las silbantes respiraciones y el de los ahogados sollozos de doña María y de las dos jóvenes.
--Mí noble cuñado, dijo don Horacio avanzando un paso y en voz firme no exenta de grandeza, hágame V. el favor de rogar a esos caballeros que se retiren a una de las piezas contiguas; deseo hablar a solas con V. y mi cuñada.
--Amigo mío, dijo don Jaime al conde del Saulay, tenga V. la amabilidad de conducir a esas señoritas al salón inmediato.
El conde ofreció la mano a las jóvenes y salió sin proferir palabra, seguido de todos los circunstantes, que a una señal de don Jaime se retiraron silenciosamente.
Únicamente se quedó Domingo, el cual, fijando una mirada de fuego en don Horacio, dijo:
--Como ignoro lo que va a pasar aquí y temo una asechanza, no salgo hasta que expresamente me lo mande don Jaime, pues mi deber es defenderle; hijo adoptivo suyo soy y él es quien me ha educado.
--Puede V. quedarse, señor, profirió don Horacio sonriendo con tristeza, casi pertenece usted a nuestra familia.
--Cuñado, dijo entonces don Jaime, el hijo que V. arrebató a mi hermana, el heredero de los duques de Tobar a quien V. creía perdido, yo lo salvé. Domingo, abraza a tu madre; María, éste es tu hijo.
--¡Madre mía! exclamó el joven arrojándose en brazos de la hermana de don Jaime, ¡madre mía!
--¡Hijo mío! murmuró doña María en voz desfallecida y cayendo sin sentido en brazos del hijo a quien acababa de encontrar.
Fuerte contra el dolor, como todas las naturalezas privilegiadas, el gozo la había vencido.
Domingo levantó a su madre en sus robustos brazos y la colocó en una silla larga; luego, con el ceño fruncido, los ojos preñados de ira y oprimidos los labios, avanzó lentamente hacia don Horacio.
El cual, lleno de terror, con la mirada fija y la frente cubierta de palidez, le veía venir, retrocediendo a compás que el joven iba avanzando, hasta que por fin tocó de espaldas en la pared y se vio obligado a detenerse.
--¡Asesino de mi padre! ¡verdugo de mi madre! exclamó Domingo con acento terrible, infame y canalla, ¡maldito seas!
Ante tal anatema, don Horacio doblegó la cabeza; pero irguiéndose al punto, dijo:
--Dios es justo; mi castigo empieza; yo sabía que mi sobrino vivía; a fuerza de pesquisas había concluido por conocer el paradero de aquel a quien vendí el niño al nacer y que se encubre con el nombre de Loick...
--Sí, repuso don Jaime, y ese Loick a quien la miseria indujera al crimen, arrepentido de su falta me lo devolvió a mí.
--Es cierto, dijo don Horacio con acento entrecortado; ese joven es realmente mi sobrino; tienes las facciones y la voz de mi desventurado hermano.
Don Horacio se cubrió el rostro con las manos; pero rehaciéndose luego, continuó:
--Hermano mío, V. posee casi todas las pruebas de los horribles crímenes que he cometido; y acercándose a un mueble y rompiéndolo, sacó de él un mazo de papeles, que entregó a don Jaime, diciéndole: Aquí tiene V. las que le faltan. Tal vez inconscientemente había ya penetrado en mi corazón el arrepentimiento. Tome V., éste es mi testamento; en él nombro a mí sobrino mi heredero universal, fijando sus derechos de una manera indiscutible; pero no debe ser manchado el apellido de Tobar. Por usted, por su sobrino, cuyo apellido es el mío, no ejecute V. la cruel venganza que ha preparado contra mí; por mi honor, por la honra inmaculada de mis antepasados, le juro que alcanzará V. satisfacción cumplida de los crímenes que cometí y de la amarga existencia a que he condenado a mi cuñada.
Don Jaime y Domingo permanecieron sombríos y silenciosos.
--¿Se negarían Vds. a escucharme? ¿Por ventura no les movería yo a compasión? exclamó don Horacio con ansiedad.
En este momento doña María se levantó de la silla en la que su hijo la colocara, avanzó lenta y automáticamente hacía su cuñado, se interpuso entre éste, su hermano y su hijo, y tendiendo con ademán majestuoso el brazo, dijo en voz impregnada de suavidad inefable:
--Hermano de mi marido, la venganza no pertenece sino a Dios. En nombre de aquél a quien tanto amé y al que su crueldad de V. me arrebató, le perdono los atroces tormentos que me ocasionó y los dolores indecibles a que me condenó por espacio de veintidós años, con todo y ser yo una mujer desventurada e inocente. Le perdono a V., sí, y ojalá Dios le mire a V. con misericordia.
--Es V. una santa, profirió don Horacio cayendo de rodillas; no merezco perdón, lo sé; pero en cuanto dependa de mí y haciendo sacrificio de mi vida, procuraré rescatar los crímenes que cometí.
En pronunciando estas palabras, don Horacio se levantó e hizo ademán de querer besar la mano a doña María; pero ésta retrocedió con gesto de horror.
--Es justo, murmuró con acento triste el despreciado, soy indigno de tocarla a V.
--No, repuso doña María, desde el instante que el arrepentimiento entró en su corazón, no lo es V.
Y tendiendo la dama la mano y volviendo el rostro, don Horacio imprimió en ella un respetuoso beso.
--¿Sólo Vds. van a ser implacables? dijo luego éste con tristeza y dirigiéndose a don Jaime y a Domingo, que permanecían inmóviles.
--Ya no nos queda el derecho de castigar, respondió en voz sorda el aventurero.
Domingo bajó la cabeza guardando un silencio huraño, al ver lo cual doña María se le acercó y le asió suavemente el brazo.
--¿Qué quiere V., madre? preguntó el joven estremeciéndose.
--Yo perdoné a ese hombre, le respondió la buena mujer en voz dulce como una súplica.
--Madre, repuso Domingo con acento de odio implacable, al maldecir yo a ese hombre, mi padre habló por mi boca, y desde el fondo de la ensangrentada tumba donde le tendió ese infame, me dictó la maldición, que quedará impresa en él como estigma indeleble. ¡Ah! Dios va a preguntar a ese asesino lo que al primer fratricida: Caín, ¿qué has hecho de tu hermano Abel?
Al oír estas palabras, pronunciadas con acento terrible, don Horacio cayó desplomado al suelo.
Don Jaime y doña María se habían alejado de él con horror.
Por espacio de largos minutos permaneció don Horacio tendido en el suelo, sin que los circunstantes hiciesen movimiento alguno para socorrerle. Sin embargo, doña María, dando rienda a los impulsos caritativos de su corazón, hizo por fin un movimiento como para acercarse a su cuñado.
--Deténgase V., madre, le dijo el joven; no toque V. a ese infame; su contacto la mancharía.
--¡Le perdoné! repuso en voz débil la dama.
Don Horacio, que poco a poco había ido recobrando los sentidos, se levantó lentamente, con las facciones espantosamente contraídas y llevando impresa en ellas una resolución singular.
--Usted lo exige, dijo volviéndose hacia Domingo; enhorabuena, la reparación será ruidosa.
Y registrando el cajón de una papelera cuya cerradura había abierto valiéndose de una llave que pendiente de una cadenita de oro llevaba al cuello, don Horacio tomó algo que nadie pudo ver, volvió a cerrar el cajón, se encaminó con paso firme hacia la puerta, la abrió de par en par y dijo en voz estridente:
--Entren Vds., caballeros.
En un instante la sala se llenó de gente; únicamente y a una seña de don Jaime, el conde del Saulay y don Esteban se habían quedado en el salón en compañía de doña Dolores y de doña Carmen.
Don Jaime se acercó entonces a su hermana, y ofreciéndole el brazo, dijo:
--Venga V., María, esta escena la está matando; ahora que perdonó V. a ese hombre, debe no permanecer aquí por más tiempo.
Doña María resistió apenas a la invitación de su hermano, el cual la condujo al salón, volvió a entrar inmediatamente y cerró la puerta.
A poco se oyó el rodar de un coche; eran las tres damas que, acompañadas del conde, se volvían a su casa.
Casi a compás resonó choque de armas en el salón.
--¿Qué es eso? preguntó don Horacio con gesto de inquietud.
Se oyó el ruido de pasos de mucha gente, la puerta se abrió de par en par y con estrépito y en el umbral de ella aparecieron multitud de soldados a cuyo frente iba el gobernador de la ciudad, el alcalde mayor y muchos corchetes.
--En nombre de la ley, dijo el gobernador en voz lacónica, es V. mi prisionero, don Antonio Cacerbar; corchetes, apodérense Vds. de este hombre.
--Don Antonio Cacerbar ha dejado de existir, dijo don Jaime interponiéndose con viveza entre los agentes de policía y su cuñado.
--Gracias, profirió éste, gracias por haber salvado la limpieza de mi apellido.
Y volviéndose a los recién llegados, y señalando a Domingo, que permanecía inmóvil, añadió en voz levantada:
--Señores, aquí tienen Vds. al duque de Tobar; yo soy un gran culpado; suplicad a Dios que me perdone.
--Ea, corchetes, exclamó el gobernador, apodérense Vds. de este hombre.
--Vengan por mí, dijo don Horacio llevándose prestamente la mano a la boca.
De improviso el cuñado de doña María palideció, se tambaleó como un borracho y dio consigo en tierra sin proferir un ay. Estaba muerto.
Don Horacio se había envenenado.
--Señores, dijo entonces don Jaime al gobernador y al alcalde mayor, su cometido de ustedes termina ante la muerte del culpado; desde este instante el cadáver de éste pertenece a su familia. Háganme el favor de retirarse.
--Dios perdone a ese desdichado su último crimen, profirió el gobernador; nada nos queda ya que hacer aquí.
Y después de haber saludado ceremoniosamente, el gobernador se salió de la sala y de la casa acompañado de su séquito.
--Señores, dijo entonces don Jaime en voz triste y dirigiéndose a los circunstantes, aterrorizados ante el desenlace singular y rápido de aquella escena, roguemos por el alma de ese gran culpado.
Todos se arrodillaron, excepto Domingo, que permaneció en pie, sombrío y con los ojos ardientemente fijos en el cadáver.
--Domingo, le dijo suavemente su tío, ¿llevas tu odio más allá de la tumba?
--¡Sí! exclamó el joven con acento terrible; ¡sí! ¡maldito sea por los siglos de los siglos!
Los circunstantes se levantaron con espanto; aquel anatema fulminante había helado la oración en sus labios.
XXI
EPÍLOGO
EL HACHA
Ínterin, los acontecimientos políticos se desenvolvían con rapidez fatal.
La diputación enviada a conferenciar con el general Ortega había regresado a Méjico sin haber conseguido capitulación alguna, y la situación se hacía más crítica por momentos.
En semejantes circunstancias el general Miramón dio pruebas de una abnegación suma: no queriendo comprometer más a la ciudad de Méjico, resolvió abandonarla aquella misma noche.
Entonces se encaminó a las casas consistoriales y propuso al ayuntamiento que nombrase un presidente o un alcalde interino que por sus relaciones anteriores con el partido victorioso estuviese en estado de salvar la ciudad y de mantener en ella el orden.
El ayuntamiento se dirigió en corporación al general Berriozábal, quien aceptó generosamente tan difícil cometido, siendo primer cuidado de éste rogar al cuerpo diplomático extranjero que armase a sus nacionales, para sustituir por ellos a la desorganizada policía y velar por la seguridad de la población.
Miramón, entre tanto, lo disponía todo para su partida; pero no pudiendo llevarse consigo a su mujer y a sus hijos en una huida cuyas peripecias corrían riesgo de ser sangrientas, resolvió confiar aquellos seres, para él tan queridos, a la embajada de España, donde los recibieron con todas las consideraciones debidas a su deplorable situación.
Como hubiese querido, Miramón podía haberse alejado sin tener nada que temer de los partidarios de Juárez, pues naturalmente simpático, si le miraban algunos como adversario político, nadie le odiaba como enemigo personal.
Repetidas veces habían propuesto a Miramón el dejarle huir solo; pero éste, con la delicadeza caballeresca que constituía una de las cualidades más culminantes de su carácter, se negó aceptar tales proposiciones, no queriendo como no quería abandonar en el último momento a ciertas personas que en pro de él combatieran y se habían comprometido por su causa, al odio implacable de sus enemigos, sentimiento noble, conducta generosa que sus adversarios mismos no pudieron menos de admirar.
Don Jaime pasó parte del día al lado del general, esforzándose en consolarle y ayudándole a reunir en torno de él los dispersados restos, no diremos de su ejército, pues éste había dejado de existir, sino de los diferentes cuerpos que aún estaban indecisos respecto de la causa a cuyo favor se inclinarían.
El conde del Saulay y el duque de Tobar, que así llamaremos a Domingo desde este instante, después de haber pasado la noche en compañía de las damas y hablado con ellas de los singulares acontecimientos del precedente día, se habían despedido de ellas, algo inquietos por la prolongada ausencia de don Jaime, a causa de la confusión que en aquellos momentos reinaba en la ciudad; pero no bien acababan de entrar en su casa y se disponían a entregarse al descanso, cuando Raimbaut, el criado del conde, les anunció a López, el cual se presentó poco después armado de punta en blanco.
--¡Caramba! dijo el duque al verle, vaya un arsenal trae V. consigo, amigo López.
--¿Tiene V. que comunicarnos algo? preguntó el conde.
--Nada más que esto; _Dos y uno hacen tres._
--¡Vive Dios! exclamaron a una los dos jóvenes levantándose espontáneamente. ¿Qué hay que hacer?
--Armarse Vds. y sus criados, dar orden de que ensillen los caballos y aguardar.
--¿Así pues ocurren novedades? preguntó el duque.
--Lo ignoro, señor, mi amo se lo dirá a V.
--¿Va a venir?
--Antes de una hora estará presente; me dio orden de que me quedase aquí con Vds.