Part 27
--Y a mi vez yo le doy mi palabra de soldado, de que si V. consigue la carta que me ofrece, el traidor será fusilado por la espalda, en medio de la plaza Mayor, aun cuando no me quede sino una hora de poder.
--Se la cojo a V., mi general; por otra parte tengo la firma en blanco que se sirvió V. darme, y yo mismo detendré al canalla tan pronto llegue el momento oportuno.
--¿Tiene V. que comunicarme algo más?
--Usted dispense, todavía tengo que pedirle algo: deseo acompañarle en su expedición.
--Le doy a V. las gracias, acepto con gozo.
--Tendré la honra de reunirme a V. en el momento de ponerse en marcha el ejército.
--Le agrego a V. a mi estado mayor.
--Me es imposible aceptar favor tan señalado, mi general, repuso don Jaime.
--¿Por qué?
--Porque no iré solo, sino que me acompañarán los trescientos jinetes que ya estuvieron conmigo en Toluca; pero a los míos y a mí nos tendrá V. a su lado durante la batalla.
--Desisto de comprenderle a V., amigo mío, dijo Miramón; goza V. del privilegio de obrar milagros.
--Pronto se convencerá V. de la verdad de estas palabras. Ahora, mi general, con su permiso me retiro.
--Vaya V., amigo mío.
Después de haberse ambos interlocutores estrechado afectuosamente las manos, don Jaime se retiró, se reunió a López, que le estaba aguardando a la puerta de palacio, y subiéndose sobre su caballo se fue en derechura a su casa, donde escribió algunas cartas, que mandó inmediatamente a su destino por su peón, y mudando luego de traje, tomó algunos papeles que estaban encerrados en una caja de bronce, consultó su reloj, y al ver que no eran sino las diez de la noche, se encaminó apresuradamente hacia la embajada de España, no muy distante de la casa donde él moraba.
La puerta del palacio del embajador estaba todavía abierta; algunos criados de gran librea iban y venían por los pasillos y por el peristilo, y a la entrada del zaguán estaba de guardia un suizo armado de una alabarda.
Don Jaime se dirigió al suizo este, quien llamó a un lacayo y le indicó que condujese al recién llegado.
El aventurero siguió a su guía, y una vez en una antesala, aquél entregó a un ujier que ostentaba una cadena de plata al cuello y se le había acercado, una carta metida en un sobre con una oblea sólo pegada de un lado, y le dijo:
--Ponga V. esta carta en manos de su excelencia.
Poco después reapareció el ujier, y levantando una cortina invitó al aventurero a que pasase adelante.
Don Jaime siguió a su nuevo conductor, y después de atravesar gran número de salones, penetró en un gabinete donde estaba el embajador, don Francisco Pacheco, el cual salió al encuentro de su visitante, le saludó con galantería suma, y le preguntó:
--¿A qué debo su amable visita, caballero?
--Ruego a vuecencia me dispense, respondió don Jaime haciendo una reverencia, pero no ha dependido de mí el escoger otra hora más a propósito.
--A cualquier hora le plazca a V. venir no me proporcionará sino satisfacciones, profirió Pacheco.
Luego hizo seña al ujier de que acercase asiento a don Jaime y se marchase, y una vez a solas los dos personajes y sentados después de saludarse nuevamente, dijo el embajador:
--Sírvase V. explicarse, señor.
--Ruego a vuecencia me permita conservar el incógnito, aun aquí.
--Enhorabuena, respeto su deseo.
Don Jaime abrió su cartera, sacó de ella un papel y lo entregó abierto al diplomático, diciéndole:
--Dígnese vuecencia enterarse de esta real orden.
Pacheco tomó el papel, y después de haberse inclinado ante su visitante, empezó a leer con la atención más profunda; luego, una vez hubo terminado, devolvió el papel a don Jaime, quien lo dobló y lo metió de nuevo en su cartera.
--¿Lo que V. exige es la ejecución de esta real orden? preguntó el embajador.
Don Jaime, por toda respuesta, movió la cabeza en señal afirmativa.
--Está bien, profirió don Francisco Pacheco.
El diplomático se levantó, se fue a su escritorio, escribió algunas palabras en una hoja de papel autorizada con el escudo de armas de España y el timbre de la embajada, firmó, estampó su sello, y entregando abierto el documento a don Jaime, le preguntó:
--Ahí tiene V. una carta para el excelentísimo señor presidente; ¿quiere V. llevarla V. mismo o prefiere que yo la envíe a su destino?
--Si a vuecencia le es igual, yo me encargo de ponerla en manos del general Miramón.
El embajador dobló la carta, la metió en un sobre y la entregó a su interlocutor, diciendo:
--Quisiera poder dar a V. otras pruebas de mi deseo de servirle.
--Tengo el honor de significar a vuecencia mi gratitud, profirió don Jaime haciendo una respetuosa reverencia.
--¿Me cabrá la satisfacción de verle a V. de nuevo?
--Tendré a mucha honra el volver para ofrecer mis respetos a vuecencia.
El embajador tocó un timbre, a cuyo son apareció el ujier.
Don Jaime y Pacheco cruzaron un nuevo y ceremonioso saludo, y aquél se retiró.
XIX
GOLPE DE GRACIA
Al día siguiente el sol se levantó radiante entre oleadas de oro y de púrpura.
Méjico estaba de fiesta, parecía haber vuelto a los hermosos tiempos en que se disfrutaba de calma y tranquilidad; toda la población se había echado a la calle y se encaminaba al paseo Bucareli, profiriendo gritos, entonando canciones y riendo a más y mejor.
En direcciones distintas se oían resonar músicas militares, tambores y trompetas, y continuamente cruzaban galopando por en medio de la multitud oficiales de estado mayor ostentando uniforme lleno de bordados de oro y sombrero de picos adornado de plumas.
Las tropas salían de los cuarteles y se dirigían hacia el paseo, a ambos lados del cual iban formando.
La artillería tomó posiciones frente a la estatua ecuestre de Carlos IV, al que los léperos se obstinan en confundir con Hernán Cortés, y la caballería, fuerte de unos mil cien hombres, se alineó en la Alameda.
Los léperos y los pilluelos se aprovechaban de las circunstancias para distraerse arrojando petardos entre los pies de los paseantes.
A eso de las diez de la mañana se oyó gran clamoreo de voces, que fue acercándose rápidamente al paseo.
Era el pueblo que aclamaba al presidente de la república.
El general Miramón, que llegó rodeado de un lúcido estado mayor, parecía estar satisfecho de la ovación de que era objeto, pues sobre patentizarle que el pueblo seguía queriéndole, le demostraba que éste, con sus aclamaciones, le daba las gracias por la heroica determinación que acababa de tomar, de librar una batalla definitiva en campo raso, en vez de aguardar al enemigo en la ciudad.
Miramón avanzó saludando y sonriendo a derecha y a izquierda, y una vez a la entrada del paseo, los veinte cañones situados en él dispararon a un tiempo, anunciando de esta suerte la presencia de aquél a las tropas que estaban congregadas en aquel sitio.
Entonces se comunicaron de fila en fila y con rapidez algunas órdenes, los soldados se alinearon, las músicas de los regimientos y las bandas de tambores y cornetas dejaron oír sus acordes, el presidente pasó con lentitud por el frente de banderas y empezó la revista.
Los soldados, a quienes la muchedumbre había comunicado su entusiasmo, parecían estar llenos de ardor, y al paso del presidente le adamaban a porfía.
La inspección que pasó el general fue severa y concienzuda; no fue una de esas revistas de parada que los gobernantes ofrecen de cuando en cuando al pueblo para divertirle; al salir de la ciudad, aquellas tropas iban a marchar en derechura al campo de batalla, y de consiguiente se trataba de saber si estaban realmente en estado de hacer frente al enemigo ante el cual debían encontrarse pocas horas después.
Las órdenes de Miramón habían sido ejecutadas con toda escrupulosidad; los soldados estaban bien armados y daba gusto ver su actitud marcial.
Una vez el presidente hubo pasado por delante de las filas dirigiendo acá y allá la palabra a los soldados a quienes conocía o simulaba conocer, antiguo ardid que siempre da buenos resultados porque halaga el amor propio del soldado, se colocó en una de las plazoletas del paseo y ordenó varías maniobras a fin de cerciorarse del grado de instrucción de las tropas, y aun cuando algunas de ellas eran difíciles, tuvo la satisfacción de verlas ejecutadas con una precisión de conjunto por demás satisfactorio.
El presidente felicitó calurosamente a los jefes de los cuerpos, y luego empezó el desfile, yendo las tropas a ocupar sus primeras posiciones, donde levantaron un campamento provisional.
Miramón, que no quería fatigar inútilmente a sus soldados obligándoles a marchar expuestos a los ardorosos rayos del sol, resolvió no salir de Méjico hasta la caída de la tarde.
Entre los oficiales que componían el estado mayor del presidente y que con él regresaron a palacio, estaban don Melchor de la Cruz, don Antonio Cacerbar y don Jaime.
Don Melchor, por más que se admirara de ver en uniforme militar a aquél a quien conocía solamente por don Adolfo, y al cual hasta entonces le supusiera ocupado en hacer el contrabando, le saludó sonriendo con ironía, a cuyo saludo correspondió don Jaime por modo serio y apartándose para no trabar conversación con semejante individuo.
En cuanto a don Antonio, como nunca había visto a don Jaime a rostro descubierto, no reparó en él.
Mientras el presidente entraba en palacio, el aventurero, que se detuviera en la plaza Mayor, se había apeado y reunido al conde del Saulay y a Domingo, a quienes citara para aquel punto, y los cuales no le hubieran conocido a no tomar aquél la precaución de encaminarse a su encuentro.
--¿Sale V. con el ejército? le preguntaron los dos jóvenes.
--Sí, amigos míos, pero pronto estaré de vuelta, respondió don Jaime; por desgracia la campaña será corta. Durante mi ausencia, les recomiendo que redoblen la vigilancia; no pierdan de vista la casa de mi hermana, pues uno de nuestros enemigos se queda aquí.
--¿Solamente uno? preguntó Domingo.
--Sí, pero es el más temible de los dos: aquel a quien tan torpemente salvaste la vida.
--Le conozco; pero que se vaya con mucho tiento, repuso el joven.
--¿Y don Melchor? preguntó el conde.
--Este no nos molestará más, respondió don Jaime con acento singular. ¡Ea! mis queridos amigos, velen Vds. atentamente y no se dejen sorprender.
--En caso necesario recabaremos la ayuda de León Carral y la de nuestros criados.
--Será lo más acertado, y tal vez obrarían ustedes más cuerdamente todavía alojándoles en la casa de doña María. Ahora separémonos, tengo que hacer en palacio. Hasta la vista.
Los tres amigos se separaron.
Don Jaime entró en palacio y se encaminó directamente al gabinete de Miramón, sin que el ujier de guardia, que le conocía, opusiese obstáculo alguno a su paso.
El presidente estaba hablando con varios exploradores, que le daban noticias acerca de los movimientos del enemigo.
Don Jaime se sentó y aguardó con calma a que el presidente hubiese dado fin a su interrogatorio.
Por fin el último explorador terminó su relación y se retiró.
--¿Qué hay, mi amigo? ¿ha visto V. al embajador? preguntó Miramón a don Jaime.
--Sí, mi general; le vi ayer al salir de aquí.
--¿Y la famosa carta?
--Ahí está.
El general hizo un gesto de sorpresa, tomó el papel y lo leyó con rapidez.
--¿Qué tal? preguntó don Jaime.
--No sólo me dejan libre la acción, sino que aun me ruegan que trate con todo rigor a ese individuo. Es maravilloso. Por mi honor le juro que me da V. más que no me ofrecía. Pero dígame, ¿cómo se las ha compuesto V.?
--Sencillamente he solicitado la carta esta, y nada más.
--Es V. el hombre más misterioso que conozco.
Ahora me corresponde a mí el cumplir mi promesa.
--Nada apresura.
--¿No quiere V. ya hacerlo prender?
--Al contrario, pero lo aplazo para cuando regresemos.
--Como V. quiera; mas ¿qué vamos a hacer con él de aquí a entonces?
--Le dejaremos aquí, a las órdenes del jefe de plaza.
--Tiene V. razón, repuso el presidente.
El cual extendió una orden, la selló, y llamando al ujier se la entregó a éste, a quien preguntó:
--¿Está ahí el coronel Cacerbar?
--Sí, excelentísimo señor.
--Que lleve esta orden al jefe de la plaza.
El ujier tomó la orden y partió.
--Ya está, dijo Miramón.
Don Jaime estuvo con el presidente hasta la hora de la partida.
A la caída de la tarde, las tropas empezaron el desfile por la plaza, rodeadas por el pueblo, que no cesaba de aclamarlas, y una vez hubieron desfilado, el general Miramón salió de palacio seguido de su estado mayor.
En la plaza estaba formado un numeroso escuadrón de caballería.
--¿Qué jinetes son esos? preguntó el presidente.
--Mi cuadrilla, respondió don Jaime inclinándose.
Dichos jinetes, que eran en número de trescientos, iban envueltos en gruesas capas y llevaban sombreros de anchas alas que sólo dejaban en descubierto la parte inferior del rostro, cubierta de barba.
En vano el presidente los examinó para descubrir sus facciones.
--No los conocerá V., dijo don Jaime en voz baja a Miramón; las barbas que usan son postizas y el traje que ostentan, un disfraz; pero esté V. seguro de que no por esto dejarán de portarse como buenos en la batalla.
--Lo creo, y le doy a V. las gracias por su ayuda.
El presidente y su estado mayor emprendieron la marcha.
Don Jaime blandió entonces su espada, y los jinetes evolucionaron; y se colocaron a retaguardia.
Al revés de la caballería mejicana, cuya arma predilecta es la lanza, los soldados de don Jaime, llevaban carabina, el sable recto de los cazadores de África franceses y pistolas en las fundas.
A media noche el ejército acampó en medio de la obscuridad, obedeciendo a la orden que de no encender fogata alguna se había circulado.
Tres horas después llegó un explorador, que inmediatamente fue conducido a presencia de Miramón.
--¡Hola! ¿eres tú, López? dijo el presidente conociendo al explorador.
--Sí, mi general, respondió el interpelado dirigiendo una risueña mirada a don Jaime, que estaba sentado al lado de Miramón y fumaba con indolencia un cigarrillo.
--¿Qué novedades ocurren? ¿Traes noticias del enemigo? preguntó el presidente.
--Sí, mi general, y muy frescas.
--Mejor; ¿dónde se encuentra?
--A cuatro leguas de aquí.
--Entonces no tardaremos en verle. ¿Qué cuerpo de ejército es ése?
--Él del general don Jesús González Ortega.
--¡Bravo! profirió con satisfacción el presidente; vales un Perú, muchacho.
Y poniendo algunas monedas de oro en la mano de López, Miramón añadió:
--Toma. Ahora dame algunos pormenores.
--El general Ortega, continuó López, trae consigo ocho mil infantes, tres mil caballos y treinta y cinco cañones.
--¿Lo has visto tú?
--Durante una hora marché con ellos.
--¿En qué disposiciones se encuentran?
--¡Canario! vienen furiosos.
--Está bien. Ve a descansar; puedes dormir por espacio de una hora.
López saludó y se alejó.
--Por fin vamos a vernos las caras, dijo Miramón.
--¿Cuántos soldados trae V. consigo, general? preguntó don Jaime.
--Cinco mil infantes, mil cien caballos y veinte cañones.
--¡Jum! profirió don Jaime, poco es contra once mil.
--No llegan al doble; el valor suplirá al número.
--Dios lo quiera.
A las cuatro se anudó la marcha bajo la guía de López.
Las tropas, transidas de frío, estaban en malas disposiciones.
A eso de las siete de la mañana se dio la orden de alto; el ejército fue colocado en batalla en una posición bastante buena y puestos en batería los cañones.
Don Jaime hizo situar a los suyos detrás de la caballería regular.
A las nueve de la mañana empezó a oírse un tiroteo; eran las avanzadas de caballería que se replegaban ante las cabezas de columna de Ortega que desembocaban en el campo de batalla elegido por Miramón y que cruzaban algunos disparos con ellas.
Nada hubiera sido más fácil al presidente que evitar la batalla; pero anheloso éste de acabar de una vez, no quiso de ningún modo.
Miramón estaba rodeado de Vélez, Cobos, Negrete Ayestarán y Márquez, sus más fieles generales, y al divisar al enemigo, se subió a caballo, recorrió las filas de su pequeño ejército, dio sus instrucciones con firmeza y laconismo, procurando infundir a todos el ardor de que él estaba poseído, y blandiendo su espada gritó en voz vibrante:
--¡A ellos!
La batalla se empeñó inmediatamente.
El ejército juarista, obligado a formar bajo el fuego del enemigo tenía de su parte una desventaja notable.
Los soldados de Miramón, excitados con el ejemplo de su joven jefe, que no tenía entonces más allá de veintiséis años de edad, peleaban como leones y hacían prodigios de valor.
En vano los juaristas se esforzaban en afirmar los pies en las posiciones que habían escogido; una y otra vez eran desalojados de ellas por las vigorosas cargas de sus enemigos. Así es que no obstante su superioridad numérica, los soldados no avanzaban sino palmo a palmo, para tener que ceder luego el terreno conquistado.
Los generales de Miramón, a quienes parecía haber pasado el alma de éste, se multiplicaban, se ponían al frente de sus tropas, las arrastraban en pos y con ellas se metían en lo más recio de la refriega.
Un esfuerzo más, y Ortega se veía obligado a pronunciarse en retirada.
Miramón, con su mirada certera, juzgó la situación inmediatamente. Había llegado el momento de lanzar la caballería sobre el centro de los juaristas a fin de romperlo con una carga decisiva.
--¡Adelante! gritó el presidente.
La caballería vaciló.
Miramón repitió la orden.
Los jinetes avanzaron; pero en vez de cargar, la mitad de ellos se pasó al enemigo para precipitarse luego lanza en ristre sobre la otra mitad que había permanecido fiel.
Desmoralizados por esta súbita deserción, los jinetes no pasados al campo juarista volvieron grupas y se dispersaron en todas direcciones.
La infantería, al verse tan traidoramente abandonada, perdió sus bríos, y por sus filas corrió la voz de ¡traición! ¡traición! ¡sálvese quien pueda!
Inútiles fueron los esfuerzos de los oficiales para obligar a los soldados a que atacasen al enemigo; estaban ya desmoralizados y no pensaron sino en desbandarse.
El ejército de Miramón había desaparecido, y Ortega quedado vencedor una vez más, si bien gracias a una traición indigna llevada a cabo en el momento mismo en que para él estaba perdida la batalla.
Hemos dicho que don Jaime había tomado con su cuadrilla posición detrás de la caballería del presidente.
Como trescientos hombres pudiesen haber cambiado la faz de la batalla, es indudable que aquellos bravos jinetes habrían hecho tal prodigio; aun en el instante mismo de la derrota combatían con sin igual encarnizamiento contra la caballería juarista lanzada en persecución de los fugitivos.
Al prolongar la lucha don Jaime obedecía a un propósito. Testigo de la indigna traición que ocasionara la pérdida de la batalla, había visto al primer oficial que se pasara al enemigo con sus soldados: dicho oficial era don Melchor de la Cruz, y don Jaime, que le conociera, había jurado apoderarse de él.
La cuadrilla del aventurero no la componían jinetes vulgares, como lo habían probado ya y debían probarlo nuevamente.
En pocas palabras don Jaime hizo comprender su intento a los suyos, los cuales profirieron gritos de rabia y atacaron resueltamente al enemigo, trabándose con tal motivo una lucha titánica de trescientos hombres contra tres mil.
La cuadrilla desapareció por completo como si hubiese sido engullida por aquella formidable mole de adversarios.
Luego los juaristas empezaron a oscilar, se abrieron sus filas, y por el boquete que dejaron pasó la cuadrilla llevando consigo y prisionero a don Melchor.
--¡Al presidente! ¡al presidente! gritó don Jaime echando a escape seguido de todos sus parciales hacia Miramón que en vano trataba de reunir algunos destacamentos.
Los generales del presidente, todos amigos suyos, fieles al juramento que prestaran de morir con él, no le habían abandonado.
La cuadrilla dio una última carga para librar al presidente.
El cual, después de haber dirigido una mirada de desconsuelo al campo de batalla, se decidió por fin a escuchar a sus amigos y a emprender la retirada.
De todo su ejército, apenas si al infortunado general le quedaban mil hombres; los demás estaban muertos, o se habían dispersado o pasado al enemigo.
Los primeros momentos de la retirada fueron terribles; a Miramón le ahogaba la pesadumbre, causada, no por su derrota, que ésta la había previsto, sino por la infame traición de que fuera víctima.
Cuando estuvieron bastante lejos para no temer ser alcanzados por el enemigo, el presidente ordenó hacer alto para dar algún descanso a los caballos, y arrimado a un árbol, con los brazos cruzados encima del pecho y la cabeza caída, guardó un silencio lúgubre, que sus generales, inmóviles a su alrededor, no se atrevían a interrumpir.
D. Jaime avanzó, y deteniéndose a dos pasos del presidente, le dijo:
--General.
Al timbre de aquella voz amiga, Miramón levantó la cabeza y tendiendo la mano al aventurero, murmuró:
--¿Es V.? ¡Ah! ¿por qué me obstiné en no escuchar su consejo?
--Lo hecho, hecho está, general, repuso don Jaime; no hay que hablar más de ello; pero antes de abandonar este sitio, tiene V. que cumplir un deber, hacer un castigo ejemplar.
--¿Qué quiere V. decir? preguntó Miramón con extrañeza.
Los otros generales que se habían acercado estaban no menos sorprendidos que su jefe.
--¿Sabe V. por qué fuimos vencidos? preguntó el aventurero.
--Porque nos traicionaron.
--¿Pero V. conoce al traidor?
--No, respondió Miramón con resentimiento.
--Pues yo sí le conozco, pues me encontraba no lejos de él cuando llevó a cabo su infame proyecto, vigilándole, porque tiempo hacía que me inspiraba sospechas.
--¡Qué me importa si no podemos ya apoderarnos de él!
--Se equivoca V., general, repuso D. Jaime; se lo traigo a V.; fui a buscarle en medio de sus nuevos compañeros, como hubiera ido hasta el infierno para cogerlo.
Al escuchar tales palabras, los jefes y soldados experimentaron un estremecimiento de gozo.
--¡Vive Dios! exclamó Cobos, ese miserable merece ser descuartizado.
--Conduzcan acá a ese hombre y se le juzgará, dijo Miramón con tristeza, pues nada más penoso para él que verse obligado a emplear medidas rigurosas.
--Pronto habremos concluido, profirió el general Negrete; morirá como traidor, fusilado por la espalda.
--No se requiere sino probar su identidad y luego hacerle ejecutar, añadió Cobos.
A una señal de D. Jaime, dos soldados condujeron a D. Melchor, atado codo con codo.
El hermano de doña Dolores de la Cruz, estaba pálido y descompuesto y llevaba el traje desgarrado y manchado de sangre y lodo.
Los oficiales se habían constituido en consejo de guerra bajo la presidencia del general Cobos.
--¿Cómo se llama V.? preguntó éste al reo.
--D. Melchor de la Cruz, respondió en voz sorda el joven.
--¿Confiesa V. haberse pasado al enemigo junto con los soldados que estaban a sus órdenes?
D. Melchor no respondió, pero se estremeció de píes a cabeza.
--Al tribunal le cabe el convencimiento de que este hombre es un traidor, dijo Cobos, ¿qué castigo merece?
--Él de los traidores, respondieron unánimemente los oficiales.
--Que le fusilen, dijo el general Cobos.
El reo fue conducido ante el frente de banderas y puesto de rodillas, y tras él y a seis pasos diez cabos formaron pelotón. Luego Cobos se acercó al que iban a ejecutar, y le dijo:
--Cobarde y traidor, eres indigno de la jerarquía a que te habían elevado; por lo tanto, en nombre de todos nuestros compañeros te declaro degradado y expulso de entre la gente de honor.
Un soldado arrancó entonces a D. Melchor las insignias de su grado y con ellas le cruzó el rostro.
A este insulto, el joven lanzó un rugido de tigre, tendió en torno de sí una mirada despavorida e hizo un movimiento para levantarse.
--¡Fuego! gritó el general Cobos.
Resonó una descarga, el reo dio una horrible voz de agonía y cayó boca abajo, revolcándose entre terribles convulsiones.
--¡Remátenle! dijo el presidente movido a compasión.
--No, repuso Cobos con aspereza; que muera como un perro; cuanto más padezca más completa será nuestra venganza.