Part 25
En pronunciando este lacónico responso, don Jaime registró el dolmán y las calzoneras de Irzabal, se apoderó de todos los papeles de éste, luego tomó otra vez sus revólveres, se puso nuevamente la carátula, y embozándose como pudo en su desgarrada capa, atravesó el seto sin ser visto por el centinela que permanecía ante la puerta del rancho, y una vez hubo llegado a cierta distancia del Palo Quemado, imitó el silbo del búho.
Casi al punto apareció López conduciendo los dos caballos.
--¡A Méjico! dijo don Jaime saltando sobre la silla; esta vez creo tener segura mi venganza.
Los dos jinetes partieron a escape.
El gozo que el inesperado buen éxito de su expedición infundiera al aventurero, le impedía sentir el dolor de los chirlos, ligeros en verdad, que había recibido en el duelo.
XVI
RESOLUCIÓN SUPREMA
La primera luz del día empezaba a teñir de ópalo el cielo, en el instante en que los dos jinetes llegaron a la garita de San Antonio.
Hacía ya algún tiempo que éstos habían acortado el andar de sus cabalgaduras, quitado las carátulas y repuesto algún tanto el desorden de sus trajes, sucios y echados a perder por las numerosas peripecias de su carrera nocturna.
A algunos pasos de la garita, don Jaime y López se habían confundido entre los grupos de indios que se dirigían al mercado, de modo que les fue fácil penetrar en la ciudad sin ser notados.
Don Jaime se dirigió inmediatamente hacia la casa en que habitaba en la calle de San Francisco, contigua a la plaza Mayor, y una vez en ella despidió a López, que literalmente se caía de sueño a pesar del que echara mientras su amo estuvo en Palo Quemado, y le dio todo el día para él, citándole únicamente para la noche, y luego se retiró a sus habitaciones, o más bien a su cuarto. Era éste una verdadera vivienda espartana; el mobiliario se componía tan sólo de un cuadrado de madera con un cuero de buey que le servía de cama, una vieja silla de montar que hacía las veces de almohada y una piel de oso negro que reemplazaba al cobertor; una mesa atestada de papeles y de libros, un escabel, un cofre que contenía sus ropas, y un astillero lleno de armas de todas clases, completaban, con algunos arreos colgados de la pared, aquel ajuar, entre él que había también una jofaina en su trípode situada detrás de un sarape colocado en forma de cortina en un rincón del cuarto.
Don Jaime se curó las heridas lavándoselas cuidadosamente con agua y sal, según la costumbre india, luego se sentó a la mesa, y empezó a inspeccionar los papeles de que a tanta costa se apoderara y cuya posesión había puesto en peligro su existencia, y a poco quedó absorto por este trabajo, que al parecer le interesaba en grado sumo.
Por fin, a las diez de la mañana el aventurero se levantó, dobló los papeles, los puso en una cartera que se metió en un bolsillo de su dolmán, se echó un sarape sobre los hombros, se cubrió la cabeza con un sombrero de piel de vicuña adornado de ancha golilla de oro, y en este traje tan elegante como pintoresco se salió de su casa.
Como el lector recordará don Jaime había dado a don Felipe palabra de honor de ser su albacea testamentario; para cumplir esta promesa sagrada salía.
A las seis de la tarde y después de haber entregado la herencia a la madre y a la hermana del guerrillero, don Jaime regresó a su casa, a la puerta de la cual encontró a López que, completamente descansado, le estaba aguardando y había dispuesto para su amo una frugal comida.
--¿Hay novedad? le preguntó el aventurero sentándose a la mesa y empezando a comer con apetito.
--Pocas, mi amo, respondió López, sólo vino un capitán ayudante de campo del excelentísimo señor presidente.
--¡Ah! murmuró don Jaime.
--Sí, continuó López, el señor presidente desea que vaya V. a palacio a las ocho.
--Iré; pero ¿aquí acaban tus noticias? ¿luego no saliste?
--Usted dispense, mi amo, como de costumbre fui a la barbería.
--¿Y qué oíste en ella?
--Sólo dos cosas.
--A ver la primera.
--Dicen que los juaristas avanzan a marchas forzadas contra la ciudad y que no están de ella sino a tres jornadas.
--Es bastante verosímil la noticia; en este momento el enemigo debe de estar operando un movimiento de concentración. ¿La otra?
López se echó a reír.
--¿Por qué te estás riendo, botarate? le preguntó don Jaime.
--La segunda noticia que oí es la que me hace reír, mi amo.
--¿Tan chistosa es?
--¡Canario! va V. a juzgar: dicen que esta mañana fue encontrado muerto de una cuchillada, en una sala del rancho del Palo Quemado, uno de los más temibles guerrilleros de don Benito Juárez.
Don Jaime se rió a su vez y dijo a López que le contara como había pasado este suceso.
--Nadie lo sabe, respondió el criado; parece que ese coronel, porque hay que saber que era coronel, había salido a la descubierta hasta Palo Quemado, donde hizo alto para pernoctar. El rancho lo guardaban centinelas apostados en torno de él, y nadie, excepto dos jinetes, se había introducido en el edificio. Pues bien, una vez fuera del rancho los jinetes esos, que sostuvieron una larga conversación con el guerrillero, éste fue encontrado muerto de una cuchillada en el corazón; lo que da pie a suponer que entre el coronel y los dos desconocidos se habrá levantado una disputa y que éstos lo quitaron de en medio. Sin embargo, ocurrió tan a la chita callando el lance, que nadie oyó nada, ni siquiera los soldados que dormían a pocos pasos de la sala donde ocurrió el conflicto.
--Es singular, en efecto, repuso don Jaime.
--Parece, mi amo, continuó López, que el coronel don Felipe Irzabal, que así se llamaba el guerrillero, era un gran tunante; de él se refieren atrocidades.
--Vaya pues, así nada se ha perdido, y no merece que continuemos ocupándonos en él, dijo don Jaime levantándose.
--No necesita de nuestra ayuda para que el diablo cargue con él, profirió López.
--Es probable, con tal que ya no se le haya llevado. Ahora escucha: me voy a dar una vuelta por la ciudad aguardando que den las ocho; a las diez te encontrarás a la puerta de palacio con dos caballos y armas, por si, como anoche, nos vemos obligados a dar un paseo a la luz de la luna.
--Está bien, mi amo; le aguardaré a V. hasta que salga.
--Si no te necesito haré que te avisen.
--Váyase V. tranquilo, mi amo.
Don Jaime se salió, y, como dijera, fue a dar un corto paseo por los portales de la plaza Mayor, a fin de dejarse caer en palacio a la hora exacta que le habían señalado.
En efecto, a las ocho en punto el aventurero llegó a la puerta de palacio, donde le estaba aguardando un ujier, que le introdujo inmediatamente en presencia de Miramón.
El cual se estaba paseando, triste e imaginativo, por un saloncito contiguo a sus habitaciones particulares.
--Bien llegado sea V., dijo el general al ver a don Jaime, serenándosele el semblante y tendiendo afectuosamente la mano a éste; ardía en deseos de verle a V.; es V. el único hombre que me comprende y con quien puedo hablar sin ambages. Siéntese V. ahí, a mi lado, y departamos.
--Está V. triste, general, profirió el aventurero; ¿le ha ocurrido a V. algún percance desagradable?
--No; pero ya sabe V. que desde hace mucho tiempo no se me presentan con frecuencia ocasiones de estar alegre. Acabo de dejar a mi esposa; la pobre teme, no por ella, sino por nuestros hijos; todo lo ve tétrico y prevé desdichas terribles. Ahí por qué estoy triste.
--Pero ¿por qué no aleja V. a su esposa de la ciudad, general, sobre todo cuando ésta puede verse sitiada de hoy a mañana?
--Se lo he propuesto ya repetidas veces, y he insistido ensayando darle a comprender que el interés de nuestros hijos y su seguridad lo exigían imperiosamente; pero se negó. Ya usted sabe cuánto me quiere; para ella no existen sino yo y sus hijos, y no acierta a resolverse. Respecto de mí, no me atrevo a obligarla a que parta; no sé qué hacer; estoy perplejo.
Miramón volvió la cabeza y ahogó un suspiro.
Los dos interlocutores permanecieron silenciosos por espacio de algunos segundos.
Don Jaime comprendió que correspondía a él dar un nuevo sesgo a la conversación. Así es que preguntó:
--¿Y los prisioneros?
--Por este lado todo está en orden; a Dios gracias nada tienen que temer por su seguridad personal. También les autoricé para que fuesen a ver a los amigos y parientes que tienen en la ciudad.
--Más vale así, mi general; le confieso a V. que por un instante temí por ellos.
--Ahora que puedo hablar con toda franqueza, repuso Miramón, le digo a V. que más temí y o todavía, porque en este asunto peligraba mi honor.
--Dice V. bien; pero vamos a ver, ¿tiene V. algún nuevo proyecto?
Antes de responder, el presidente dio una vuelta por el saloncito y levantó una a una las cortinas para asegurarse de que nadie podía escucharle; luego se sentó nuevamente al lado de don Jaime, y dijo:
--Sí, le tengo; quiero acabar de una vez: o sucumbo o mis enemigos van a quedar quebrantados para siempre más.
--Dios quiera que triunfe V.
--Mi victoria de ayer me ha devuelto sino la esperanza, a lo menos el ánimo; quiero intentar un golpe decisivo. Ahora ya no tengo que andarme con contemplaciones; voy a jugar el todo por el todo; quizá me sonría otra vez la fortuna.
Miramón y don Jaime se acercaron entonces a una mesa en que estaba abierto un inmenso mapa de la confederación mejicana, y en el cual se veían clavados en diferentes sitios gran número de alfileres.
--Don Benito Juárez, continuó el presidente, desde su capital, Veracruz, ordenó la concentración de sus tropas y la marcha de éstas sobre Méjico, donde estamos encerrados, y único punto del territorio que en lo presente ocupamos. Mire V., aquí está el cuerpo de ejército del general Ortega, fuerte de once mil hombres, que viene del interior, esto es, de Guadalajara, replegando a su paso todos los pequeños destacamentos diseminados por los campos. Amondia y Gazza, que han seguido la costa, vienen por Jalapa, al frente de seis mil hombres de tropas regulares y flanqueados a vanguardia, a derecha y a izquierda, por las guerrillas de Cuéllar, de Carvajal y de Irzabal.
--En cuanto a este último jefe, dijo el aventurero, no tiene V. que pensar más en él; está muerto.
--Conformes, pero no por eso dejan de existir sus soldados.
--Es cierto.
--Ahora bien, esos cuerpos de ejército que llegan por diferentes puntos a un tiempo, y que, como les dejemos maniobrar, no tardarán en reunirse y en encerrarnos en un círculo de hierro, componen un efectivo de veinte mil hombres, poco más o menos. ¿De qué fuerzas disponemos nosotros para resistirles?
--Pero...
--Voy a decírselo a V.: echando mano de todos los recursos que nos quedan, no podría yo disponer sino de siete mil hombres, y, a lo más, de ocho mil armando a los léperos, etc.; ejército, como V. confesará, por demás débil.
--En campo raso no diré que no; pero aquí, en Méjico, con los ciento veintitantos cañones de que V. dispone, le es fácil organizar una resistencia formal, y si el enemigo se decide a sitiarle a V., antes no consiga apoderarse de la ciudad correrán torrentes de sangre.
--Cuanto dice V. es verdad, amigo mío, repuso Miramón; pero ya V. sabe que soy humano y comedido. La ciudad no está dispuesta a defenderse, y además carecemos de víveres y no sabemos como procurárnoslos, pues el campo está en poder del enemigo. Excepto una extensión de tres o cuatro leguas al rededor de la ciudad, todo nos es hostil. Ya ve V. que con tan desventajosas condiciones serían imponderables los horrores del sitio y los estragos que sufriría la más noble y hermosa ciudad del Nuevo Mundo. Sólo al pensar en el extremo a que se vería reducida esta desventurada población, el corazón se me parte; nunca consentiré en reducirla a tal extremidad.
--Usted habla como hombre generoso y verdaderamente amante de su patria, mi general, dijo don Jaime, y a fe quisiera que sus enemigos le oyesen expresarse de esta suerte.
--Aquéllos a quienes califica V. de enemigos míos, profirió Miramón, en realidad no lo son, lo sé perfectamente: más de una vez me hicieron personalmente proposiciones ofreciéndome condiciones por demás favorables y honrosas; pero aun cuando caiga, quiero ofrecer una particularidad rara en Méjico: la de un presidente de la república derribado por hombres que le estiman y llevándose en su caída las simpatías de sus enemigos.
--No hace mucho tiempo todavía que de haber V. consentido en apartar de sí a ciertos individuos que no nombro, todo se habría arreglado amistosamente.
--Lo sé como V. mismo, pero hubiera sido una mala acción y no quise cometerla. Los individuos a que V. alude, me son devotos y me quieren; caeremos o triunfaremos juntos.
--Son demasiado nobles los sentimientos de usted para que yo los discuta, mi general, dijo el aventurero.
--Gracias, pero volvamos a lo que estábamos diciendo. No quiero que por mi culpa la ciudad se vea expuesta a la destrucción y al saqueo que forman el obligado cortejo de las poblaciones sitiadas.
--Por desgracia, mi general, es lo más probable que acontecería; pero entonces ¿qué resuelve V.? ¿cuáles son sus proyectos? Es obvio que no piensa V. en entregarse a sus enemigos.
--Por un instante tal fue mi resolución; pero renuncié a ella. Vea V. mi plan; es por demás sencillo. He determinado salir de Méjico con unos seis mil hombres, la flor y nata de mis tropas, marchar al encuentro del enemigo, y sorprenderle y batirle por fracciones antes de que sus diferentes cuerpos hayan tenido tiempo de reunirse.
--En efecto, el plan es muy sencillo y ofrece muchas probabilidades de buen éxito.
--Todo depende de la primera batalla; si la gano, mi triunfo es seguro; de no, mi caída es irremediable.
--Dios es grande, mi general, dijo el aventurero. No siempre la victoria sonríe al número.
--En fin, vivir para ver, profirió Miramón.
--¿Y cuándo determina V. poner en ejecución su plan?
--No tardaré sino el tiempo indispensable de prepararlo todo; antes de diez días. Cuento con usted.
--Suyo soy en cuerpo y alma, mi general.
--Me consta, amigo mío; pero basta ya de política. Ahora, como mi esposa desea vivamente verle a V., hágame V. el favor de venirse conmigo a sus habitaciones.
--Me llena de gozo tan galante invitación, mi general: sin embargo, quisiera haber podido hablar con V. de un asunto muy importante.
--Luego, luego; demos un momento de tregua a los negocios; tal vez se trata de una nueva defección o de algún traidor merecedor de castigo. De algunos días a esta parte llegan a mí sobrado malas noticias para que no anhele gozar de algunas horas de respiro. Los negocios malos dejarlos para mañana, como decía no sé quién.
--Sí, pero a veces mañana es tarde, repuso con intención el aventurero.
--A la buena de Dios, gocemos de lo presente, que es el único bien que le queda a quien no le pertenece ya lo porvenir.
Y tomando del brazo a don Jaime, se lo llevó suavemente, sin que éste se atreviese a resistir más, a las habitaciones de la señora de Miramón, mujer seductiva, cariñosa y tímida, verdadero ángel guardián de su esposo, cuyas grandezas la despavorían, y la cual no se sentía venturosa sino en la vida íntima del hogar, entre sus dos hijos.
XVII
JESÚS DOMÍNGUEZ
Una hora después don Jaime salió de palacio y, seguido de López, se fue a la casa del arrabal, en la que encontró al conde y a su amigo que, entregados por completo a su amor e indiferentes a cuanto pasaba en torno suyo, pasaban días enteros al lado de sus respectivas amadas y gozaban, con la dichosa indolencia de la juventud, de lo presente, para ellos tan benigno, sin preocuparse con lo porvenir.
--¡Ah! ¡por fin! profirió gozosamente doña María al ver a su hermano; ¡cuán caro se nos vende V.!
--Los negocios, dijo Jaime sonriendo.
La mesa estaba colocada en medio del comedor, los dos criados del conde, inmóviles delante de los aparadores, se disponían a servir, y León Carral, con una servilleta en el brazo, aguardaba que cada cual ocupase su sitio en torno de la mesa.
--Pues en tan buena coyuntura llego, dijo don Jaime alegremente, por mi vida que no voy a dejarlas a Vds. que cenen solas con esos caballeros, si es que se dignan permitirme que las acompañe.
--¡Qué dicha! exclamó doña Carmen.
Don Jaime, el conde y Domingo ofrecieron respectivamente la mano a doña María, doña Carmen y doña Dolores y las condujeron a las sillas para ellas dispuestas, y luego tomaron asiento a su lado.
La cena fue lo que se debía entre personas que se querían y se conocían de larga fecha, es decir, alegre y llena de animación y de grata intimidad.
Las dos jóvenes no habían experimentado nunca tanta dicha; aquella imprevista fiesta las llenaba de gozo.
Sin que ninguno de los que a la mesa estaban sentados pareciese notarlo, las horas se deslizaban rápidas, hasta que al sonar la medía noche en un péndulo colocado sobre una consola que había en el mismo comedor, las campanadas cortaron súbitamente la conversación.
--¡Virgen santa! exclamó doña Dolores, ¡media noche ya!
--¡Cómo vuelan las horas! dijo con indolencia don Jaime. No hay más, es menester pensar en retirarnos.
Se levantaron todos, y los tres amigos, después de haber prometido visitar de nuevo a las tres reclusas lo más pronto y a menudo posible, se retiraron, dejando a las damas libres de entregarse al descanso.
López estaba aguardando a su amo bajo el zaguán.
--¿Qué ocurre? le preguntó don Jaime.
--Nos están espiando, respondió el peón, conduciéndole hasta la puerta y haciendo correr silenciosamente un postigo sobre una ranura.
Don Jaime miró, y frente por frente de la puerta, casi confundido con la obscuridad que reinaba en una hondura producida por los escombros y los andamios de una casa en reparación, vio a un hombre inmóvil como una estatua y cuya presencia hubiera pasado inadvertida a otro de mirada menos penetrante que la del aventurero.
--Me parece que tienes razón, dijo don Jaime a López; como quiera que sea, es preciso que nos cercioremos de ello; yo me encargo de saber quien es el pájaro ese. Mira, troquemos capa y sombrero y acompaña a estos señores; ese individuo ha visto entrar tres hombres y es menester que vea salir otros tantos. ¡Ea! a caballo y partan Vds.
--A mi ver, dijo Domingo, lo más expedito sería matar a ese hombre.
--El matarlo puede dejarse para luego, repuso don Jaime; ante todo tengo interés en cerciorarme de que realmente es un espía. Nada teman Vds. por mí; antes de media hora estaré con Vds. y les explicaré lo que haya ocurrido entre ese fulano y yo.
--Hasta la vista pues, dijo el conde estrechando la mano a don Jaime.
--Hasta la vista.
Domingo y Luis del Saulay se salieron seguidos de los dos criados de éste, y además de León Carral.
El antiguo servidor de doña María cerró estrepitosamente la puerta tras aquéllos; pero inmediatamente volvió a abrirla sin producir ruido alguno.
Don Jaime se había colocado tras el postigo, desde donde le era fácil observar todos los movimientos del supuesto espía.
Al ruido que produjeron los jóvenes al salir, éste se inclinó vivamente hacia adelante, indudablemente con el objeto de informarse de la dirección que aquéllos tomaban; luego se hundió de nuevo en la penumbra y recobró su marmórea inmovilidad. De esta suerte transcurrió cerca de un cuarto de hora; don Jaime no le perdía de vista. Por fin el desconocido salió de su escondite, tomando toda clase de precauciones, tendió en torno de sí una mirada escrutadora, y tranquilizado por la soledad de la calle, se aventuró a dar algunos pasos; luego tras unos instantes de vacilación avanzó resueltamente hacia la casa, atravesando la calle en línea recta; pero de improviso se abrió la puerta y el desconocido se encontró cara a cara con don Jaime.
El espía o lo que fuese se hizo violentamente atrás e intentó huir, mas el aventurero le asió del brazo, apretándoselo como en un tornillo, y arrastrándole a pesar de la obstinada resistencia que oponía, le condujo hasta el pie de una estatuita de la Virgen que, colocada en un nicho encima de la puerta de una tienda había y ante cuya imagen ardían algunos cirios, y quitando de una manotada el sombrero a su prisionero, le miró atentamente.
--¡Hola! ¿conque es V., señor Jesús Domínguez? dijo don Jaime en voz irónica. Vive Dios que no pensaba encontrarle a V. aquí.
El cuitado miró con ojos lastimeros a aquél en cuyo poder estaba, pero no respondió palabra alguna.
Don Jaime aguardó por espacio de algunos segundos, pero al ver que su prisionero se había encerrado en el más absoluto mutismo, le sacudió con violencia, diciendo:
--¿Vas a responder al fin, gran tunante?
--¡Es el Rayo o es el diablo! murmuró éste con espanto, mientras fijaba su atónita mirada en él que por tal modo sujetado lo tenía.
--Uno de los dos, en efecto, profirió don Jaime con zumba; ya ves que estás en buenas manos. ¿Quieres o no decirme por qué de guerrillero y salteador de caminos te has convertido en espía y quizás y aun sin quizás en asesino en esta capital?
--Mis desventuras me han traído, excelentísimo señor; he sido blanco de la calumnia; mi honra era inmaculada.
--¿Tu honra? el diablo me lleve si creo palabra de lo que dices, repuso el aventurero; te conozco demasiado, pillastre, para que intentes engañarme. ¡Ea! luego y sin tergiversaciones dime la verdad, o te mato como a un zopilote.
--¿Le sería a vuecencia lo mismo apretarme un poco menos el brazo? le tengo ya medio descoyuntado.
--Te suelto, dijo don Jaime; pero como intentes huir, te pesará. Di, escucho.
Domínguez, al sentirse libre de aquel tornillo humano, dio un suspiro de alivio y movió repetidas veces el brazo para restablecer la circulación; luego dijo:
--Primeramente quiero que vuecencia sepa que continúo siendo guerrillero y además que he subido de grado: soy teniente.
--Mejor para ti. Pero vayamos al grano; ¿qué estabas haciendo en aquel escondite?
--Estoy de expedición, excelentísimo señor,
--¿Tú te has venido solo a Méjico para llevar a cabo una expedición? Mira lo que dices, bergante; no consiento burlas.
--Juro a vuecencia, por la parte de paraíso que me corresponde, que le digo la verdad monda; por otra parte no vine solo, mi capitán me acompaña; más bien dicho, vine obedeciendo a una orden terminante de éste.
--¡Ah! ya; y ¿cómo se llama el capitán ese?
--Vuecencia le conoce.
--Puede; pero ¿cómo se llama, repito?
--Don Melchor de la Cruz.
--Me lo temía; ahora lo adivino todo: tú estás encargado de espiar a doña Dolores de la Cruz, ¿no es eso?
--Sí, excelentísimo señor.
--¿Qué más?
--Nada más.
--¡Ah! pillo, mientes.
--Juro a vuecencia que se lo he dicho todo.
--Veo que tendré que echar mano de un gran recurso, repuso don Jaime amartillando impasiblemente una pistola.
--¿Qué está haciendo vuecencia? exclamó Domínguez despavorido.
--Ya lo ves, me preparo a levantarte la tapa de los sesos.
--¿Pero no ve vuecencia que éste no es el modo de hacerme hablar? repuso con candidez Jesús Domínguez.
--Ya, dijo el aventurero, pero sí él de obligarte a callar.
--¡Jum! profirió Domínguez, dispone vuecencia de argumentos tan convincentes, que no hay quien los resista; prefiero decirlo todo.
--Obrarás cuerdamente.
--Pues bien, no sólo tenía el encargo de espiar a doña Dolores, sino también a la señora y a la señorita con quienes vive y a cuantos las visitan.
--¡Zambomba! mucho era para un hombre solo.
--No mucho, excelentísimo señor, pues apenas reciben a nadie.
--¿Y desde cuándo desempeñas tan honroso oficio, canalla?
--Desde hace doce días.
--¿Así pues formabas parte de la gavilla que intentó penetrar a viva fuerza en casa de esas señoras?
--Sí, excelentísimo señor; pero no logramos nuestro objeto.
--Lo sé; pero dime, ¿a lo menos te pagan bien?
--Don Melchor no me ha dado todavía dinero alguno, pero me ha prometido cincuenta onzas.
--Nada le cuestan las promesas a tu capitán: le es más fácil prometer cincuenta onzas que dar diez pesos.
--¿Vuecencia lo cree así? Don Melchor está rico.
--¿Quién, él? está más pobre que tú.
--¡Malo! lo siento, pues todavía no he conseguido economizar sino deudas.