Part 24
--El militar entregó su sombrero de plumas al peón, el cual entró en la casa para salir de nuevo y al instante trayendo un sombrero de piel de vicuña con golilla de oro, un par de pistolas y un fusil; luego calzó unas espuelas de plata al oficial, que tomó las armas, se puso el sombrero, subió a caballo y emprendió la marcha.
--¿Qué dirección tomó?
--La de la plaza Mayor.
--¿Y el peón?
--Se metió otra vez en la casa.
--¿Estás seguro de que uno ni otro te vieron?
--Lo estoy.
--Está bien, vigila, y adiós.
--Adiós, repitió el desconocido perdiéndose en medio de las tinieblas.
El aventurero y su peón volvieron grupas, y a no tardar llegaron a la plaza Mayor, que atravesaron sin detenerse.
Al parecer, don Jaime sabía qué dirección seguir, pues galopaba sin perplejidades al través de las calles. Cuando llegó a la garita de San Antonio, empezaban ya a entrar en la ciudad algunos hortelanos.
Al encontrarse no seis cientos pasos de la garita, en un sitio donde el camino forma una encrucijada en cuyo centro se levanta una cruz de piedra a la que afluyen seis carreteras bastante anchas pero mal conservadas, el aventurero se detuvo nuevamente y dio otro silbido, a cuyo son se levantó un hombre que estaba tendido al pie de la mencionada cruz y que permaneció en actitud del que aguarda que le interroguen.
--¿Ha pasado por aquí un sujeto montado en un caballo pío y tocado con un sombrero con golilla de oro? preguntó el aventurero.
--Sí, señor, respondió el interpelado.
--¿Hace mucho tiempo?
--Una hora.
--¿Iba solo?
--Solo.
--¿Qué dirección tomó?
--Ésta, respondió el desconocido tendiendo el brazo hacia el segundo camino de la izquierda.
--Perfectamente.
--¿Me voy con V.?
--¿Dónde está tu caballo?
--En un corral próximo a la garita.
--Lejos está; no puedo aguardarte. Vigila. Adiós.
--Vigilaré, repuso el desconocido tendiéndose nuevamente al pie de la cruz.
Los dos jinetes anudaron su marcha.
--Realmente se dirige al Palo Quemado, dijo don Jaime; allá daremos con él.
--Es probable, profirió López con la mayor impasibilidad; y hasta me parece imposible que no lo haya yo adivinado más pronto.
Los dos jinetes galoparon por espacio de una hora, sin cruzar palabra, y al final de ella percibieron a corta distancia una mole sombría cuyo negro bulto se destacaba sobre la menos densa oscuridad del campo que la rodeaba.
--Ahí el Palo Quemado, dijo don Jaime.
--Sí, repuso López.
Ambos avanzaron unos pasos más y se detuvieron.
De improviso un perro se puso a ladrar desaforadamente.
--¡Demonios! es preciso no detenernos, dijo el aventurero, ese maldito animal nos delataría.
Los dos jinetes espolearon a sus monturas y partieron a escape.
Poco después los ladridos del perro degeneraron en sordos gruñidos y por último el animal se calló del todo.
Los jinetes se detuvieron, y don Jaime se apeó y dijo a López:
--Oculta los caballos por ahí cerca y aguárdame.
López, que no era hablador, cumplió sin chistar las órdenes de su amo.
El cual después de haber inspeccionado sus armas con la mayor escrupulosidad para en el probable caso de tener que servirse de ellas estar seguro de que no le darían higa, se tendió en el suelo, boca abajo, como un indio de las altas sabanas, y con movimiento undulatorio, lento y casi imperceptible, avanzó hacía el rancho del Palo Quemado, y poco antes de llegar a éste, vio lo que hasta entonces no advirtiera, o si decimos unos diez o doce caballos arrendados y gran número de hombres que, tendidos en el suelo, estaban durmiendo.
Inmóvil delante de la puerta del rancho y sin duda colocado en tal sitio para velar por la seguridad general, había un hombre armado de una larga lanza.
El aventurero se detuvo: la situación era peligrosa; fueren cuáles fuesen los individuos reunidos en el rancho, no habían descuidado precaución alguna para el caso en que hubieran querido sorprenderles.
Sin embargo, cuanto mayores parecían las dificultades, más comprendía el aventurero la importancia del secreto que él anhelaba sorprender. Por lo tanto y pese al inminente peligro que debiese arrostrar, resolvió saber quiénes eran los miembros de aquella reunión clandestina y por qué se habían congregado.
El lector conoce lo bastante al aventurero a quien le hemos dado a conocer bajo distintos nombres, para adivinar que una vez resuelto a seguir adelante no titubearía en hacerlo.
En efecto, don Jaime puso en obra su plan, pero redoblando la prudencia y sobre todo las precauciones; no avanzando, por decirlo así, sino paso a paso y arrastrándose con la silenciosa elasticidad de un reptil.
Lo que también hizo el aventurero, fue que en vez de dirigirse en línea recta hacia el rancho, lo rodeó con objeto de cerciorarse de que además del centinela colocado delante de la puerta no tenía que temer verse descubierto por alguno que vigilase emboscado en la trasera del edificio.
El aventurero que, según había previsto, notó que el rancho sólo estaba vigilado en la parte delantera, se levantó y examinó los alrededores cuanto se lo permitieron las tinieblas, y descubriendo un corral, cerrado por un seto vivo, que se unía a la habitación, y que al parecer estaba desierto, buscó una abertura por la cual poder deslizarse al interior, lo que consiguió después de algunos minutos de tanteo.
Don Jaime penetró pues en el corral, y siguiendo adelante arrimado al seto, poco después llegó casi hasta el pie de la pared del rancho.
Lo que más admiraba a nuestro excursionista nocturno era que no hubiese sido venteado y perseguido por el perro que por modo tan ruidoso anunciara su llegada.
Ahí lo que había sucedido: los extranjeros reunidos en el rancho, desasosegados por los ladridos del perro y temiendo que éstos no revelasen su sospechosa presencia a los indios que en aquella hora se encaminaban hacia la ciudad para vender sus mercaderías, habían ordenado al ranchero que hiciese entrar al perro en el interior de su casa y le encadenase en sitio bastante recóndito para que desde fuera no pudiese oírse su voz en el caso de que se le antojase anudar sus ladridos.
Este exceso de prudencia por parte de los huéspedes interinos del rancho, permitió al aventurero acercarse no solamente sin que le descubriesen, sino también sin despertar sospecha alguna.
Don Jaime, por más que ignorase la particularidad de que hemos hecho mérito, dio mentalmente gracias a Dios por haberle librado de un vigilante tan incómodo, y siguiendo adelante con los ojos fijos en la pared frontera, llegó a una puerta que por un descuido inconcebible sólo estaba entornada y que cedió a la ligera presión que le imprimió aquél. Dicha puerta daba a un pasillo obscuro, pero un tenue rayo de luz que pasaba al través de las mal unidas tablas de otra puerta, reveló a don Jaime el sitio donde, según todas las probabilidades, estaban congregados los extranjeros.
El aventurero se acercó de puntillas, miró al través de la hendedura, y vio, en medio de una sala bastante capaz, por lo que podía colegirse, una mesa atestada de vasos y botellas, alumbrada solamente por un humoso candil colocado en uno de los esquinazos de la misma, y en torno de ella a tres sujetos embozados en sendas y tupidas capas; los cuales bebían y charlaban como quien está seguro de no ser escuchado.
Don Jaime conoció en seguida a los mencionados sujetos, que no eran otros que don Felipe Neri Irzabal, don Melchor de la Cruz y don Antonio Cacerbar.
--¡Por fin voy a saberlo todo! dijo entre sí el aventurero, estremeciéndose de gozo y prestando oído atento.
Don Felipe, que en aquel instante hacía uso de la palabra, parecía estar un tanto alegre y sostenía con inquebrantable pertinacia una condición que quería imponer a sus dos interlocutores y éstos no querían aceptar en modo alguno.
--No, no, no, y no, señores, decía Irzabal; es inútil que insistan Vds.; no les entregaré la carta que me exigen; soy hombre cabal y esclavo de mi palabra.
--¿Pero no ve V., replicó don Melchor, que si se empeña en conservar en su poder esa carta, que sin embargo debe entregarnos, pues así se lo ordenaron, nos veremos en la imposibilidad de llenar la comisión que nos han conferido?
--¿Qué crédito van a darnos las personas con las cuales debemos entendernos, arguyó Cacerbar, si no podemos demostrarles que estamos para ello debidamente autorizados?
--Esto no me atañe; en el mundo cada cual trabaja para sí; soy hombre cabal y debo velar por mis intereses como por los suyos velan ustedes.
--¿Pero V. no conoce que lo que está diciendo es absurdo? exclamó don Antonio con impaciencia. En este negocio arriesgamos nuestra cabeza.
--Puede, profirió Irzabal; pero cada cual hace lo que más bien le parece. Yo soy hombre cabal, y marcho en línea recta. Vds. no conseguirán la carta a menos que no me den lo que les pido. Nada más entiendo. ¿Por qué, según el pacto estipulado con el general, no le pusieron Vds. al cabo del negocio de hoy?
--Ya le demostramos a V. que esto era imposible, a causa de haber resuelto de improviso esta salida.
--¡Bah! ¡de improviso! Compónganselas ustedes como puedan con el general en jefe; yo me lavo las manos.
--¡Basta de necedades! dijo don Antonio con aspereza. ¿Quiere V. o no quiere entregar a este caballero o a mí la carta que para nosotros le dio el presidente?
--No, respondió sin ambages don Felipe, a menos que me libren Vds. un vale por diez mil pesos fuertes. Ya ven Vds. que es una bicoca.
--¡Jum! murmuró entre sí el aventurero; en efecto, un autógrafo de Juárez es precioso; no lo regatearía yo si me lo ofreciesen.
--Lo que está V. haciendo es un robo indigno, exclamó don Melchor de la Cruz.
--¿Y qué? profirió Irzabal con amarga ironía; si yo robo, Vds. son unos traidores y por lo tanto somos tal para cual.
Cacerbar y de la Cruz, al oír un insulto tan desembozado se levantaron como impulsados por un resorte.
--Partamos, dijo don Melchor; este hombre es un bruto que no quiere atender a nada.
--Lo más expedito es ir a ver al general en jefe para que nos vengue de este borracho, repuso don Antonio.
--Vayan Vds., dijo el guerrillero riéndose socarronamente; vayan, y feliz viaje; yo me quedo con la carta, por la que tal vez encuentre quien me dé un buen pico.
Al oír esta amenaza, don Antonio y don Melchor cruzaron una mirada y llevaron las manos a sus armas; pero después de titubear por espacio de un segundo, encogieron los hombros y abandonaron la sala.
Poco después se oyó, fuera del rancho, el rápido galopar de muchos jinetes que se alejaban.
--Se marcharon, murmuró Irzabal escanciándose un vaso de mezcal, que apuró de un trago; y corren como si el diablo hubiese cargado con ellos... Están furiosos; pero ¡bah! ¿Y a mí que me importa? He conservado en mi poder la carta.
Mientras formulaba en alta voz este soliloquio, el guerrillero puso de nuevo el vaso sobre la mesa; pero prontamente se estremeció: ante él estaba en pie e inmóvil un hombre embozado hasta los ojos en amplia capa y empuñando en cada mano un revólver de seis tiros, cuyos cañones estaban dirigidos al pecho de aquél.
Irzabal hizo un repentino gesto de espanto al ver ante sí una aparición para él tan inesperada.
--¿Qué quiere V.? preguntó el guerrillero, sereno del todo por la sacudida que experimentara.
--Como profiera V. una voz o se mueva, dijo en voz torda el desconocido, le levanto la tapa de los sesos.
XV
SALDO DE CUENTAS
Oculto tras la puerta del corredor, el aventurero había oído toda la conversación de los tres sujetos reunidos en la sala, y cuando Cacerbar y Cruz se hubieron levantado, ignorando aquél por qué puerta saldrían los mencionados sujetos, había abandonado su puerta, ido al corral y, hecho un ovillo al pie del seto, aguardado por espacio de algunos minutos; pero al ver que todo continuaba envuelto en el más absoluto silencio, se arriesgó a salir de su escondite, a penetrar de nuevo en el pasillo y a acercarse otra vez a la puerta para mirar al través de la hendedura.
Don Antonio y don Melchor habían salido; en la sala sólo quedaba Irzabal.
El aventurero, en virtud de una resolución tomada sobre la marcha, metió la hoja de su cuchillo entre el pestillo de la cerradura y el cajo, abrió sin ruido y se acercó silenciosamente al guerrillero, a quien se reveló del modo que ha visto el lector en el final del capítulo precedente.
Sin embargo de que el guerrillero era valiente, la repentina aparición del aventurero y la vista de los revólveres apuntados a su pecho le perturbaron.
Don Jaime se aprovechó de este instante de postración, para, sin desmontar sus pistolas, ir a cerrar la puerta por la cual salieran don Antonio y don Melchor, y después de cerrarla por dentro para evitar toda sorpresa, se acercó de nuevo y pausadamente a la mesa, se sentó en un taburete, colocó los revólveres ante sí, y dejando caer el embozo de su capa, dijo:
--Hablemos.
No obstante haber el aventurero pronunciado esta palabra en voz casi suave, Irzabal experimentó una sensación singular.
--¡El Rayo! exclamó éste al ver la negra carátula que cubría el rostro de su interlocutor.
--¡Ja! ¡ja! profirió don Jaime riéndose con ironía, ¿conque me conoce V., don Felipe?
--¿Qué quiere V.? preguntó éste.
--Muchas cosas, respondió el aventurero; pero como nada nos apresura, procedamos ordenadamente.
El guerrillero se escanció un vaso de refino de Cataluña y lo vació de un trago.
--Vaya V. con cuidado, don Felipe, le dijo el aventurero, el aguardiente de España es fuerte, y se sube con facilidad a la cabeza; atento a lo que va a pasar entre V. y yo juzgo prudente que conserve V. clara la razón.
--Dice V. bien, murmuró el guerrillero, cogiendo la botella por el cuello y estrellándola contra la pared.
Don Jaime se sonrió, y liando un cigarrillo, dijo:
--Veo que tiene V. la memoria feliz y me doy el parabién; creí que me había V. olvidado.
--Me acuerdo perfectamente de nuestro último encuentro en las Cumbres, profirió Irzabal.
--Por supuesto que no ha olvidado V. como terminó nuestra entrevista.
El guerrillero palideció, pero no respondió palabra.
--Ea, continuó don Jaime, veo que la memoria le da higa; si quiere V. que le ayude...
--Es inútil, profirió don Felipe levantando la cabeza y tomando al parecer una resolución definitiva; cuando el acaso me permitió ver sus facciones de V., V. me dijo...
--Ya sé, ya sé, interrumpió el aventurero con viveza. Pues bien, voy a cumplir la promesa que le hice.
--Me alegró, repuso Irzabal con desembarazo; en resumidas cuentas no nos morimos sino una vez, y tanto da hoy como otro día. Estoy a sus órdenes.
--No puede V. imaginarse el gozo que experimento al encontrarle en tan belicosas disposiciones, profirió impasiblemente el aventurero; pero hágame V. el favor de refrenar un tanto sus ímpetus. Todo se andará, nada tema; pero por de pronto no se trata de esto.
--¿De qué, pues? preguntó el guerrillero con extrañeza.
--Voy a decírselo a V.
El aventurero se sonrió de nuevo, apoyó los codos en la mesa, e inclinándose ligeramente hacia su interlocutor, preguntó:
--¿En cuánto quería V. vender a sus nobles amigos la carta que para ellos le entregó el señor don Benito Juárez?
Don Felipe fijó en el aventurero una mirada despavorida, y persignándose murmuró:
--¡Ese hombre es el diablo!
--No tal, replicó don Jaime, pero sé muchas cosas, y en particular respecto de V., mi querido señor, y acerca de los innumerables tráficos a que se ha dedicado; sé el ajuste que hizo V. con un tal don Diego, y además, si V. lo desea, le repetiré de pe a pa la conversación que hace poco sostuvo aquí con don Antonio Cacerbar y don Melchor de la Cruz. Pero vengamos a lo que importa: quiero que V. me dé, no que me venda, la carta de Juárez que trae V. en el bolsillo del dolmán y que se negó V. a entregar a los dignos caballeros cuyos nombres acabo de citar, y además de la carta los demás papeles de que es portador y que supongo son de sumo interés.
--¿Y qué pretende V. hacer con los papeles esos? preguntó el guerrillero, que se había ya repuesto algún tanto.
--Esto no le incumbe a V.
--¿Y si me niego a dárselos?
--Se los tomaré a V. quieras que no.
--Caballero, profirió don Felipe con acento de dignidad que sorprendió a don Jaime, no es de hombres valientes como V. amenazar a quien no puede defenderse; por toda arma no traigo sino un sable, mientras V. va provisto de dos revólveres de seis tiros.
--Esta vez aparentemente está V. en lo justo, repuso el aventurero, y la observación de V. sería acertada, como debiese yo servirme de mis pistolas para obligarle a que satisficiese mi demanda; pero nada tema V., don Felipe, el duelo será leal; no cruzaré sino mi machete con su sable, lo que no sólo restablecerá el equilibrio entre nosotros, sino que le proporcionará a V. una ventaja manifiesta.
--¿Realmente obrará V. como dice, caballero?
--Le doy a V. mi palabra; acostumbro a saldar lealmente mis cuentas con amigos y enemigos.
--¿Usted llama a eso saldar sus cuentas? preguntó con ironía don Felipe.
--No puedo llamarlo de otra manera.
--Pero ¿de qué se origina el odio que V. me lleva?
--¿Odio? lo siento igual por V. como por los demás de su calaña, respondió con aspereza el aventurero; en un momento de farfantonería quiso V. verme el rostro para conocerme más adelante, pese a haberle yo advertido que tal curiosidad le costaría la vida. Tal vez le habría olvidado; pero hoy le encuentro de nuevo en mi camino, con la adición de que trae V. encima unos papeles que me son necesarios de toda necesidad y de los cuales estoy resuelto a apoderarme a toda costa. Así pues, si V. se niega a dármelos buenamente, no puedo apoderarme de ellos sino matándole a V., y le mataré. Le concedo cinco minutos para que reflexione y me diga redondamente si persiste en su negativa.
--Es inútil el plazo; desde ahora le digo a V. que mi resolución es inquebrantable y que no conseguirá lo que se propone sino quitándome la vida.
--Está bien, se la quitaré a V., repuso don Jaime levantándose.
Y tomando las pistolas fue a colocarlas sobre una mesa que había en una de las extremidades de la pieza. Luego, empuñando su machete y acercándose de nuevo a don Felipe, le preguntó:
--¿Está V. preparado?
--Antes de medir nuestras armas, respondió el guerrillero, levantándose, quiero dirigirle dos preguntas.
--Diga V.
--¿El duelo que vamos a efectuar será a muerte?
--Ahí tiene V. la prueba, respondió el aventurero quitándose la carátula y arrojándola lejos de sí.
--Basta; en efecto, uno de los dos vamos a sucumbir; supongamos que sea yo.
--Déjese V. de suposiciones; morirá V.
--Admitido, replicó con la mayor impasibilidad don Felipe; y en este caso ¿me promete V. hacer lo que yo voy a pedirle?
--Cuente V. conmigo si lo que va a pedirme está en mi mano hacerlo.
--Está; no se trata sino de que sea V. mi albacea testamentario.
--Lo seré.
--Pues bien, tengo madre y una hermana, joven aún, que viven con bastante escasez en una casita situada no lejos del canal de las Vigas, en Méjico, y las señas exactas de cuyo domicilio hallará V. entre mis papeles.
--Corriente.
--Deseo que, después de mi muerte, ellas sean herederas de mi fortuna.
--Bien, pero ¿dónde radica la fortuna esa?
--En Méjico; todo mi dinero lo tengo depositado en casa de *** y Ca., banqueros ingleses, a cuyo poder lo hacía llegar yo a medida que lo iba reuniendo. Bastará que presente V. mis papeles para que se lo entreguen a V. peso sobre peso.
--¿Nada más?
--Todavía no he concluido; traigo conmigo muchas letras de cambio por valor, en junto, de cincuenta mil duros contra distintos banqueros de la capital. Dichas letras, me hará V. el favor de hacerlas efectivas y añadir su importe al precedente para entregar luego el total a mi madre y a mi hermana. ¿Me jura V. cumplir mis deseos?
--Le doy a V. mi palabra de caballero.
--Fío en V.; ahora no me queda sino dirigirle una pregunta.
--¿Cuál?
--Nosotros, los mejicanos, manejamos con poca destreza el sable y la espada, a causa de estar prohibido por nuestras leyes el duelo; la única arma de que verdaderamente sepamos servirnos es el cuchillo. ¿Consiente V. en que a él nos batamos? A toda la hoja, por supuesto.
--El duelo que me propone V. es más propio de léperos y de bandidos que no de caballeros, arguyó el aventurero; sin embargo, acepto.
--Le agradezco a V. la condescendencia, dijo Irzabal; y ahora a la buena de Dios; me portaré tan bien como sepa.
--Amén, repuso don Jaime sonriendo.
Esta conversación tan tranquila entre dos hombres próximos a degollarse mutuamente, este singular testamento _in extremis_ dispuesto con impasibilidad tanta y cuya ejecución estaba confiada, en caso de muerte de uno de los dos adversarios, al que sobreviviese, es una de las notas salientes del carácter mejicano; porque sépase que estos pormenores son rigurosamente exactos. El mejicano, aunque valiente por naturaleza, teme a la muerte; pero llegado el momento de arriesgar definitivamente su vida o de perderla, nadie acepta con más indiferencia, con más filosofía que él tan dura alternativa, ni lleva adelante con más indolencia este sacrificio que, en los demás pueblos, no hay quien no lo arrostre con espanto, ni quien, al llevarlo a cumplimiento, no se estremezca instintivamente.
En cuanto al duelo, las leyes mejicanas lo prohíben aun entre los oficiales del ejército; de ahí el gran número de asesinatos y emboscadas que se cometen y arman para lavar afrentas recibidas e imposibles de vengar de otra manera. Únicamente los léperos y las gentes del pueblo se baten a cuchillo.
El duelo de esta naturaleza está ajustado a leyes de las que no es permitido separarse; los adversarios estipulan sus condiciones respecto de la longitud de la hoja, a fin de concertar de antemano la profundidad de las heridas que uno a otro van a inferirse. Así es que se baten a una pulgada, a dos, a la mitad o a la totalidad de la hoja según la gravedad de la ofensa. Los duelistas colocan el pulgar sobre la hoja del cuchillo, a la longitud concertada, y empieza la lucha.
Don Felipe y don Jaime se habían desceñido los sables, inútiles ya, y empuñado cada uno el largo cuchillo que todo mejicano lleva en la bota derecha; luego se quitaron la capa y se la arrollaron respectivamente a su brazo izquierdo, para parar los golpes, cuidando de que pendiera un pedazo de ella en forma de cortina, y por fin se pusieron en guardia, con las piernas separadas y ligeramente encogidas, el cuerpo echado hacía adelante, el brazo izquierdo semitendido y la hoja del cuchillo escondida tras la capa.
El duelo empezó al punto con igual encarnizamiento por parte de los dos duelistas, que giraban y saltaban en torno uno de otro, y avanzaban y retrocedían como dos bestias fieras, mirándose de hito en hito, con la boca cerrada y jadeante el pecho.
Era verdaderamente un duelo a muerte.
Don Felipe poseía, por modo extremo, la ciencia de arma tan temible; muchas veces su adversario vio lucir ante sus ojos el azulado brillo del acero y sintió la aguda punta del cuchillo penetrarle ligeramente en las carnes; pero más impasible que el guerrillero, dejaba que éste se fatigase en vanos esfuerzos, aguardando con la paciencia del tigre al asecho, el momento favorable de acabar de un solo golpe.
Varías veces y rendidos de fatiga se habían los duelistas detenido de común acuerdo para embestirse luego con nueva furia.
La sangre manaba de muchas ligeras heridas que mutuamente se habían inferido el guerrillero y don Jaime, y corría por el suelo.
De improviso don Felipe se replegó sobre sí mismo y saltó hacia adelante con la rapidez de un jaguar; pero resbalando en la sangre, se tambaleó, y mientras ensayaba recobrar su equilibrio, el cuchillo de don Jaime desapareció por entero en su pecho.
El desventurado exhaló un apagado suspiro, arrojó una bocanada de sangre y cayó en tierra cual pedazo de plomo.
Don Jaime se inclinó hasta él; estaba muerto: la hoja del cuchillo le había partido el corazón.
--¡Infeliz! murmuró el aventurero; pero él lo quiso.