Las noches mejicanas

Part 22

Chapter 223,975 wordsPublic domain

--¡Ah! exclamó la joven con los ojos arrasados en lágrimas y estrechando la mano que tenía asida la suya, ¿por qué no le amo a V., tan digno como es de inspirar sentimientos de ternura?

--El corazón tiene estas anomalías, prima; ¿quién sabe? tal vez valga más que suceda así; ahora enjugue V. sus lágrimas, mi querida Dolores; no vea V. en mí sino un amigo abnegado, un confidente fiel, a quien podría V. confiar sus hechiceros secretos si éstos no me fuesen ya conocidos.

--¡Qué! murmuró la joven mirando con sorpresa a su interlocutor, ¿V. sabe?

--Todo, prima; de consiguiente sosiéguese usted. Por otra parte él no fue tan discreto; todo me lo ha confesado.

--¡Me ama! exclamó Dolores, poniéndose en pie; ¿es posible?

En esto se oyó precipitado ruido de pasos fuera del bosquecillo.

--Él mismo va a decírselo a V.

--¡Ah! murmuró la joven cayendo temblorosa sobre el banco del que acababa de levantarse, al ver entrar a Domingo.

--¡Dios mío! profirió éste palideciendo, ¿qué pasa?

--Nada que deba desasosegarle a V., respondió sonriendo el conde; doña Dolores le permite a V. adorarla.

--¡Es cierto! exclamó Domingo abalanzándose a la joven y cayendo de rodillas a los pies de ésta.

--¡Oh! primo, profirió doña Dolores con acento de suave reproche, ¿por qué abusó usted de esta suerte de un secreto?

--Que V. no me había confiado, repuso el conde, pero que adiviné.

--¡Traidor! dijo la joven levantándose prontamente y amenazando a su primo con el dedo; si V. adivinó mi secreto, también adiviné yo él de V.

En pronunciando estas palabras, doña Dolores desapareció con la ligereza de un pájaro, dejando a solas a Luis y a Domingo.

Éste, que no sabía a qué atribuir una fuga tan imprevista, hizo un movimiento como para precipitarse tras la joven; pero el conde le detuvo, diciéndole:

--No te muevas; el corazón de las doncellas encierra misterios que deben no ser descubiertos. ¿Qué más quieres ahora que estás seguro de su amor?

--¡Oh! amigo mío, profirió el joven echando los brazos al cuello de Luis, soy el más dichoso de los hombres.

--Egoísta, le dijo en voz baja el conde; sólo piensas en ti cuando mi alma tal vez llora sin esperanza.

Doña Dolores no había huido tan precipitadamente del bosquecillo más que para coordinar un poco sus ideas, reponerse de la honda conmoción que acababa de experimentar, y dirigirse al encuentro de Carmen; la cual salía de la casa en el instante en que iba a entrar en ella doña Dolores.

La prima del conde, al ver a aquélla, se arrojó en sus brazos y echó a llorar a lágrima viva.

Doña Carmen, asustada del estado en que veía a su amiga, la condujo suavemente a su dormitorio, donde ésta permaneció largo rato antes no pudo contar a su compañera lo que acababa de ocurrir en el bosquecillo, y como la imprevista llegada de Domingo la había obligado, por decirlo así, a confesar su amor.

La hija de doña María, que estaba muy distante de esperar un desenlace tan rápido y sobre todo tan propicio, experimentó un gozo indecible.

No ya más trabas, no más dudas; en lo sucesivo las dos podrían entregarse sin reservas a sus más gratas esperanzas. ¿Qué debían temer ahora que estaban seguras del amor de los dos jóvenes? ¿qué obstáculo podría impedir su pronta unión?

Así raciocinaba doña Carmen, para apaciguar el pudor un tanto alborotado de su amiga a causa de la confesión que inconscientemente se la escapara y la llenaba de vergüenza.

Las doncellas son así; consienten que aquel que las ama adivine su amor; pero consideran como una falta punible el declararlo ante él.

Carmen, que llevaba algunos años a Dolores y por consiguiente era más fuerte contra sus propias emociones, hizo suave burla de la debilidad de su amiga, y poco a poco la hizo convenir en que aun cuando había declarado su amor, no lo deploraba.

Doña Dolores y doña Carmen abandonaron entonces el aposento, y componiéndose el rostro para borrar de él todo vestigio de emoción, se encaminaron al jardín, en él que no hallaron a nadie.

XI

SORPRESA

Retrocediendo un poco, referiremos qué había pasado desde el día en que Miramón dispusiera tan _libremente_ del dinero de los bonos de la Convención depositado en el consulado inglés, hasta él en que ha llegado nuestra historia; porque los acontecimientos políticos no solamente no fueron extraños a ella, sino que precipitaron el desenlace de la misma.

Conforme don Jaime predijera a Miramón, el modo inconsiderado con que el general Márquez ejecutara las órdenes que éste le diera, y el acto financiero ilegal de apoderarse de los fondos de la Convención, habían fatalmente manchado el carácter hasta entonces tan puro de toda arbitrariedad y de toda expoliación del joven presidente.

Al saber semejante noticia, los individuos del cuerpo diplomático, entre ellos el embajador de España y el representante de Francia, que más simpatías sentían por Miramón que no por Juárez, debido a la nobleza de su carácter y a su elevación de miras, habían considerado, desde aquel momento, la causa del partido moderado representada por Miramón, como irremisiblemente perdida, a menos de obrarse uno de esos milagros tan frecuentes en las revoluciones, pero del cual nada hacía sospechar la posibilidad. Por otra parte, la cantidad relativamente importantísima de los bonos de la Convección, unida a la que don Jaime pusiera en manos del presidente, no sólo no había sido suficiente para enjugar el déficit, pero ni siquiera a disminuirlo sensiblemente.

La mayor parte del dinero fue empleado en pagar a los soldados; los cuales, como hacía tres meses que no se les repartía la paga, empezaban murmurar y a amenazar con que desertarían en masa.

Pagado el ejército, o poco menos, Miramón abrió banderines de enganche con el objeto de aumentarlo y probar por última vez fortuna en el campo de batalla, resuelto a defender palmo a palmo el poder que libremente le confiaran los representantes de la nación.

Sin embargo, y a pesar de la confianza que fingía, el joven y arriesgado general no se forjaba ilusión alguna respecto de su precaria situación frente a las fuerzas cada vez más considerables y en realidad imponentes de los _puros_, como se apellidaban a sí mismos los partidarios de Juárez. Así es que antes de jugar su última partida, quiso ensayar el último medio de que aún podía echar mano, es decir, una mediación diplomática.

El embajador de España, a su llegada a Méjico, había reconocido al gobierno de Miramón. A este diplomático acudió pues, en su apuro, el acorralado presidente, con el fin de alcanzar una mediación de los ministros residentes, para intentar por medio de la reconciliación llegar al restablecimiento de la paz, proponiendo someterse a ciertas condiciones, de las cuales copiamos a continuación las más importantes:

Primera: los delegados nombrados por las partes beligerantes, celebrarán una conferencia con los representantes de las potencias europeas y él de los Estados Unidos, para excogitar el modo de restablecer la paz.

Segunda: dichos delegados nombrarán a la persona que deberá regir los destinos de la república, ínterin una asamblea general resuelve las diferencias que dividen a los mejicanos.

Tercera: determinarán asimismo, los repetidos delegados, la forma y modo de convocar al Congreso.

Este oficio, dirigido el 3 de octubre de 1860 al representante de España, terminaba con las siguientes significativas palabras que demostraban claramente el cansancio de Miramón y el verdadero deseo que de concluir con el estado anómalo de la república le animaba:

« Quiera Dios que este convenio, intentado con carácter confidencial, obtenga mejor resultado que los propuestos hasta la fecha. »

Como todo daba pie a suponerlo, esta tentativa suprema de reconciliación fracasó por completo, por una razón muy sencilla y fácil de comprender hasta para aquéllos que vivían alejados de la política.

Juárez, dueño de la mayor parte del territorio de la república, se sentía en su gobierno de Veracruz demasiado fuerte enfrente de su fatigado adversario, para no mostrarse intratable respecto de la esencia del pacto que se le proponía: no quería compartir la situación por medio de concesiones recíprocas, sino triunfar enteramente.

Sin embargo, como valiente león acorralado por los cazadores, Miramón, que no había perdido la fe en su tan a menudo vencedora espada, todavía no desesperaba, o más bien, no quería desesperar. Así pues y con el fin de retener los esparcidos restos de sus últimos defensores, el 17 de noviembre les dirigió un llamamiento supremo, en el cual se esforzó en reavivar las moribundas chispas de su ya perdida causa, ensayando imbuir a los que aun le rodeaban la energía que él conservaba intacta.

Por desgracia la fe se había apagado; así es que sus palabras no hallaron sino oídos cerrados por el interés personal o por el miedo. Nadie quiso comprender aquel grito supremo de agonía de un patriota grande y sincero.

Con todo, era menester tomar una resolución u otra: o renunciar a proseguir la lucha, o tentar nuevamente la suerte de las armas y resistir hasta el postrer aliento.

Esta última fue la resolución que, tras maduras reflexiones, tomó el general.

La noche tocaba a su fin; azuladas ráfagas de luz pasaban a través de las cortinas y hacían palidecer las de las bujías encendidas del gabinete al cual ya una vez hemos conducido al lector para hacerle asistir a la entrevista celebrada entre el general presidente y el aventurero, y al que volvemos a acompañarle para que sea testigo de la nueva conferencia que los mismos interlocutores están celebrando ahora.

Las bujías, casi del todo consumidas, patentizaban que la sesión había sido larga. Miramón y el aventurero, inclinados hasta un inmenso mapa, parecían estudiarlo con la mayor atención, mientras sostenían un animado diálogo.

De improviso el general se irguió con ademán de mal humor, y dejándose caer en una silla de brazos, dijo en voz baja:

--¡Bah! ¿para qué obstinarnos contra la adversidad?

--Para vencerla, general, respondió el aventurero.

--Es imposible.

--¿Y V. desespera? ¿Usted? repuso con intención don Adolfo.

--No desespero, respondió Miramón, muy al contrario, estoy resuelto a hacerme matar si es preciso antes que sufrir la ley que pretende imponerme Juárez, Juárez, que nada sería a no haberle recogido y educado quien V. y yo nos sabemos.

--¿Qué quiere V.? profirió con zumba el aventurero. Tal vez el individuo a que V. se refiere no lo recogió y educó sino con el fin de llevar a cabo una venganza y previendo lo que pasa hoy.

--Todo da a sospecharlo. Nunca hombre alguno ha proseguido con más felina paciencia más tenebrosos proyectos ni cometido más odiosas acciones con más descarado cinismo.

--¿No es el jefe de los _Puros_? dijo riendo el aventurero.

--¡Maldito sea! exclamó Miramón.

--¿Por qué no quiere V. seguir mi consejo?

--Porque el plan que V. me propone es impracticable.

--¿Y ésta es la única causa que le impide a usted aceptarlo? preguntó con disimulo el aventurero.

--Además, respondió Miramón un tanto turbado, porque lo hallo indigno de mí.

--¡Oh! general, permítame que le diga que usted no me comprendió.

--Usted se chancea, profirió Miramón; le comprendí tan bien, que si se empeña le repetiré textualmente el plan por V. concebido y que, añadió sonriendo, por amor propio de autor tiene tanto empeño en verlo en ejecución.

--¡Ah! murmuró el aventurero con gesto de duda.

--El plan es éste: salir prontamente de la ciudad, sin llevarme conmigo artillería para marchar con más rapidez, y al través de senderos extraviados salir al encuentro del enemigo, sorprenderlo y atacarlo.

--Y derrotarlo, añadió el aventurero con intención.

--¡Oh! ¡oh! profirió el general con acento de duda.

--Es infalible. Note V. que sus enemigos le suponen con razón encerrado en la ciudad, ocupado en fortificarse en ella en previsión del sitio con que le amenazan; que desde la derrota del general Márquez, saben que partidario alguno de V. recorre el campo; que por lo tanto no tienen que temer ningún ataque, y que avanzan confiadamente.

--Dice V. bien.

--Luego, nada más fácil que derrotarlos; la guerra de guerrillas no sólo es la única que V. puede hacer en la actualidad, sino la que ofrece más probabilidades de triunfo. Hostigando incesantemente a sus enemigos, y batiéndolos por grupos, le queda a V. la esperanza de coger de nuevo por los cabellos a la fortuna y de librarse de su competidor. Como en tres o cuatro encuentros lleve V. la ventaja, cuantos le abandonan por creerlo a V. perdido van a agruparse de nuevo y en tropel en torno de V. y el ejército de Juárez desaparece.

--El plan es atrevido, lo veo.

--Y por otra parte le ofrece a V. una gran ventaja.

--¿Cuál?

--La de que si es V. vencido, ennoblece su caída, ya que le coge con las armas en la mano y en el campo de batalla en lugar de dejarse ahumar como una zorra en su madriguera por un enemigo a quien V. desdeña y verse dentro de algunos días obligado a aceptar una capitulación vergonzosa, para evitar a la capital de la república los horrores de un sitio.

El general se levantó y empezó a pasearse por el gabinete, hasta que al cabo de un instante se detuvo delante del aventurero y le dijo con voz afectuosa:

--Gracias, don Jaime, gracias, dijo Miramón, con voz afectuosa; su ruda franqueza de V. me produjo grata impresión, pues me demuestra que a lo menos me queda un amigo fiel en la adversidad. ¡Ea! adopto su plan de V., don Jaime, y hoy mismo voy a ponerlo en obra, ¿Qué hora es?

--Todavía no las cuatro.

--A las cinco habré salido de Méjico.

El aventurero se levantó.

--¿Me deja V., amigo mío? le preguntó el presidente.

--Ya no es necesaria aquí mi presencia, general; así pues con su permiso me voy.

--¿Volveremos a vernos?

--Sí, general, en el momento de la batalla. ¿Dónde piensa V. atacar al enemigo?

--Aquí, respondió Miramón, colocando un dedo sobre un punto del mapa, en Toluca, a donde su vanguardia no llegará antes de las dos de la tarde, avanzando con rapidez, puedo yo estar en Toluca mediado el día y de esta suerte contar con el tiempo necesario para preparar mi ataque.

--El lugar está bien escogido, general; le profetizo a V. la victoria.

--Dios le escuche a V.; por mi parte no creo en ella.

--¿Todavía dura su desaliento?

--No, no es desaliento, sino convicción.

El presidente tendió afectuosamente la mano al aventurero, el cual se despidió y se retiró.

Poco después don Jaime salía de Méjico y corría en campo raso, montado en un caballo que llevaba la velocidad del huracán.

XII

LA SALIDA

Como dijera al aventurero, a las cinco de la mañana Miramón salía de Méjico a la cabeza de sus tropas, poco numerosas por cierto, ya que entre infantería y caballería apenas si se componían de tres mil quinientos hombres. Artillería no la llevaba, a causa de tener que efectuarse la marcha por senderos extraviados.

Cada jinete llevaba un infante en la grupa, a fin de facilitar el avance.

Lo que el presidente iba a intentar era un verdadero golpe de mano, y de los más arriesgados, pero que por esta misma razón tenía muchas probabilidades de buen éxito.

Miramón cabalgaba al frente de su ejército, en medio de su estado mayor, con el cual departía alegremente; al verle tan tranquilo y risueño, no parecía sino que ninguna preocupación le entristecía el espíritu, y que al salir de Méjico había recobrado esa dichosa indolencia de la juventud que los cuidados anejos al poder le hicieron olvidar tan rápidamente.

Aunque un tantico fresca, la mañana era heraldo de hermoso día; de la tierra subía una transparente niebla que los rayos del sol, más ardientes por momentos, iba desvaneciendo, y acá y allá, en los llanos, aparecían algunas recuas de mulos, conducidas por arrieros, que se dirigían a Méjico y cruzaban incesantemente la marcha de las tropas.

El suelo, bien cultivado, no ofrecía huella alguna de la guerra; al contrario, la campiña parecía gozar de la calma más profunda.

A lo largo de los caminos se veía a algunos indios, unos conduciendo bueyes a la ciudad, otros llevando a la misma frutas y legumbres, todos diligentes y cantando con indolencia para matar el tedio y distraer la monotonía del camino.

Dichos indios, al pasar por delante de Miramón, a quien conocían perfectamente, se detenían admirados, se descubrían y le saludaban con respeto.

A una orden del presidente los soldados se internaron en senderos extraviados casi intransitables y por los cuales avanzaban a duras penas los caballos. Sin embargo, la marcha se hizo todavía con más rapidez y en medio del mayor silencio.

Miramón y los suyos iban acercándose al enemigo.

A eso de las diez de la mañana el presidente mandó hacer alto para dar un poco de descanso a los caballos y a los soldados el tiempo necesario para almorzar.

Por regla general nada hay tan curioso como un ejército mejicano; todos los soldados van acompañados de su mujer, encargada de llevar las provisiones de boca y preparar las comidas. Estas desdichadas, que arrostran con ánimo sereno todas las espantosas consecuencias de la guerra, acampan a alguna distancia de las tropas cuando éstas se detienen; lo que da a los ejércitos mejicanos la apariencia de una emigración. Mientras dura la batalla, las mujeres permanecen espectadoras impasibles de la lucha, sabiendo anticipadamente que van a convertirse en botín del vencedor; sin embargo, aceptan, o más bien, se someten con filosófica indiferencia a esta dura necesidad.

Esta vez, empero, no sucedió así; Miramón había prohibido terminantemente que mujer alguna siguiese al ejército. Los soldados pues, cada cual se llevó las provisiones de boca preparadas en sus alforjas; precaución que, ahorrando un tiempo considerable, asumía la ventaja de que de esta suerte se evitaba él que tuviesen que encenderse fogatas.

A las once se dio el toque de botasillas, se formaron filas y se anudó la marcha hacia Toluca, lugar donde el presidente resolviera aguardar al enemigo.

El camino, cortado por profundas torrenteras, al través de las cuales no era posible pasar sino a costa de grandísimas dificultades, se hacía casi impracticable; con todo, los soldados no se desalentaban, y es que los que consigo se llevara Miramón constituían la flor y nata de sus partidarios; eran los que acompañado le habían desde el principio de la guerra. No se desalentaban, decimos, antes al contrario, su ardor crecía a medida de los obstáculos, a los que vencían riendo, alentados por el ejemplo de su joven general que iba animosamente al frente de ellos, convirtiéndose de esta suerte en espejo de paciencia y de abnegación.

El general Cobos había sido destacado para salir a la descubierta con veinte hombres decididos a fin de espiar la marcha del enemigo y advertir la presencia de éste, tan pronto le descubriera, a Miramón, replegándose al punto y sin dejarse ver sobre el grueso del ejército.

De improviso el presidente vio a tres jinetes que a escape se dirigían hacia él, y suponiendo lógicamente que los que venían eran portadores de una noticia importante, espoleó a su caballo y salió al encuentro de aquéllos, a los que se reunió bien pronto.

De los tres jinetes aludidos, dos eran soldados, y el tercero, que iba perfectamente montado y armado de punta en blanco, paisano.

--¿Quién es este hombre? preguntó Miramón a uno de los soldados.

--Excelentísimo señor, respondió el interpelado, este individuo se ha presentado al general, solicitando que le condujesen a presencia de vuecencia; dice que es portador de un pliego que debe entregar a vuecencia en persona.

--¿Quién te envía? preguntó el presidente al desconocido que permanecía inmóvil.

--Lea ante todo, vuecencia, esta carta, respondió el paisano sacando de su dolmán un pliego sellado y entregándolo respetuosamente a Miramón.

Éste abrió el pliego y lo recorrió rápidamente con la mirada. Luego fijando con atención los ojos en el desconocido, le preguntó:

--¿Cómo te llamas?

--López, mi general.

--Está bien. ¿Conque está cerca de aquí?

--Sí, mi general, emboscado con trescientos jinetes.

--¿Y te pones a mi disposición?

--Para todo el tiempo que de mí necesite vuecencia.

--Dime, ¿conoces esta tierra?

--Nací en ella, mi general.

--¿Así pues eres capaz de guiarnos?

--A donde le plazca a vuecencia.

--¿Conoces la posición del enemigo?

--Sí, mi general; las vanguardias de las columnas de los generales Berriozábal y Degollado no están sino a media legua de Toluca, donde deben detenerse por largo espacio de tiempo.

--¿A qué distancia nos encontramos de Toluca nosotros?

--Siguiendo este camino, unas tres leguas.

--Mucho es; ¿no hay otro camino más corto?

--Uno hay que acorta dos tercios la distancia.

--¡Canario! exclamó el general, es menester tomar por éste.

--Sí, pero es sumamente angosto, peligroso, casi intransitable para la caballería, y del todo impracticable para la artillería.

--No traigo cañones.

--Entonces ya es posible pasar por él, mi general.

--Nada más deseo.

--Si vuecencia me da permiso me atreveré a hacerle una observación.

--Di.

--El camino es penoso; será preferible pues desmontar a los jinetes, hacer que la infantería vaya a vanguardia y que aquéllos la sigan conduciendo de las bridas a sus caballos.

--Esto va a hacernos perder mucho tiempo.

--Al contrario, mi general, a pie marcharemos con más rapidez.

--Enhorabuena. ¿Dentro de cuánto tiempo estaremos en Toluca?

--Dentro de tres cuartos de hora. ¿Le parece sobrado a vuecencia?

--No; si cumples tu promesa te doy diez onzas.

--Aunque no me guíe el interés, repuso López riendo, estoy tan seguro de no equivocarme, que ya siento el dinero ese en mi bolsillo.

--Ya que es así, dijo Miramón dándole su portamonedas, tómalo en seguida.

--Gracias, mi general, profirió el paisano; ahora partiremos cuando lo ordene vuecencia. Lo que precisa es que los soldados guarden el más absoluto silencio para que de sopetón podamos precipitarnos sobre el enemigo y atacarle sin darle tiempo de reponerse de la sorpresa.

Miramón envió un soldado al general Cobos para darle orden de que se replegara cuanto antes, luego hizo apear a los jinetes, mandó pasar a vanguardia a la infantería, de cuatro en frente, que eran los más que podían pasar en tal disposición, y la caballería desmontada formó la retaguardia.

Una vez el general Cobos se hubo reunido al grueso de las tropas, lo que efectuó sin tardanza, Miramón le puso en pocas palabras al tanto de lo que ocurría.

El presidente, que caminaba a pie, seguido del guía y de su caballo y del de este último, se colocó al frente de sus soldados no obstante los reiterados ruegos de sus amigos para que desistiese de semejante empeño.

--Soy vuestro jefe, decía Miramón a los que le incitaban para que abandonase aquel peligroso puesto, y como tal me corresponde correr el riesgo mayor; mi sitio es éste y en él me quedo.

--¿Nos ponemos en marcha? preguntó Miramón a López.

--Adelante, mi general.

El ejército del presidente anudó el avance en medio del mayor silencio y con rapidez y uniformidad notables.

López no se había equivocado: el sendero que hiciera tomar a las tropas era tan fragoso e intransitable, que los soldados avanzaban a pie con mucha más rapidez que no lo hubieran hecho a caballo.

--¿Está así durante mucho trecho el sendero éste? preguntó el presidente al guía.

--Hasta medio tiro de fusil de Toluca, mi general, respondió el interpelado; una vez allá sube y se ensancha mucho, hasta dominar a Toluca, a donde es fácil bajar aun al galope.

--¡Jum! repuso Miramón, en lo que acabas de decirme hay bueno y malo.

--No comprendo, mi general.

--¡Caramba! bastante claro es, o a lo menos así me lo parece: figúrate que si los _puros_ han colocado un cordón de centinelas en la altura, van a ventearnos y a inutilizar nuestra expedición. Tú no has reflexionado lo que hacías al conducirnos por aquí.