Las noches mejicanas

Part 21

Chapter 214,167 wordsPublic domain

En un sitio en que la mencionada carretera se dividía en varias ramificaciones y formaba una como encrucijada, se levantaba una casita de blancas paredes y tejado a la italiana, cuya puerta estaba provista de un portillo formado de troncos de árbol mal escuadrados, que sostenían una mirada provista de un rejado de espesa malla que la cerraba como una jaula.

Aquella casita era una venta.

En el portillo había muchos caballos arrendados, con la cabeza tristemente caída, jadeantes los ijares y cubiertos de sudor, y al parecer tan rendidos por el bochorno del día como por la fatiga.

Acá y allá se veían, con los pies al sol y la cabeza en la sombra, muchos hombres envueltos en sendos sarapes, los cuales estaban durmiendo a pierna suelta.

Dichos hombres eran guerrilleros; un centinela semidormido, apoyado en su lanza y arrimado a la pared, tenía a su cargo el vigilar por las armas de la cuadrilla, puestas en pabellón.

Bajo el portillo había un oficial semitendido en una hamaca a la que con los pies imprimía suave vaivén, mientras con los dedos zangarreaba un jarabe y con voz rajada y baja canturreaba un triste.

En esto salió de la venta un hombrecillo barrigudo y de hinchados carrillos, de mirada maliciosa y burlona fisonomía; el cual, acercándose a la hamaca, saludó respetuosamente al músico improvisado y preguntó:

--¿No quiere V. comer, señor don Felipe?

--Señor ventero, respondió con arrogancia el oficial, me parece que al hablar conmigo podría V. ser un poco más respetuoso y darme el título a que me cabe derecho, es decir, llamarme coronel.

--Perdone V., señoría, repuso el hombrecillo haciendo un nuevo y más reverente saludo, soy ventero y estoy muy poco al cabo de los grados militares.

--No hay de qué, profirió don Felipe. Todavía no quiero comer; estoy aguardando a una persona cuya llegada no puede hacerse esperar.

--Es lástima, señor coronel don Felipe, dijo el ventero, pues se echará a perder la comida que con tanta diligencia he preparado.

--¿Qué quiere V.? Pero ¡voto al chápiro! ponga V. la mesa; he aguardado ya bastante y tengo un apetito que se me lleva.

El ventero saludó y se retiró al punto.

Entre tanto el guerrillero se había decidido a saltar de su hamaca y a abandonar interinamente su jarabe, y después de liar y encender una pajilla de maíz, avanzó indolentemente algunos pasos hacia el extremo del portillo, y con las manos cruzadas sobre los lomos y el cigarrillo en los labios, fijó una mirada escrutadora en el horizonte.

Un jinete envuelto en densa nube de polvo levantada por la rapidez de la carrera de su cabalgadura, se dirigía hacia la venta.

Don Felipe dio un grito de alegría, pues conoció que el personaje aquel era realmente él a quien tanto tiempo hacía estaba aguardando.

--¡Uf! profirió el viajero tirando de las riendas de su caballo delante del portillo y apeándose, ¡válgame Dios! no puedo más; ¡qué calor tan horrible!

A una seña del coronel, uno de los soldados se hizo cargo del caballo y lo condujo al corral.

--Hola, señor don Diego, dijo el coronel al recién llegado tendiéndole la mano a la usanza inglesa, bienvenido sea V.; casi desesperaba de verle. La comida nos está aguardando; y a fe me parece que no le vendrá a V. mal después de la carrera que acaba de dar.

El ventero introdujo entonces en un cuarto retirado a don Felipe y a don Diego, los cuales se sentaron a la mesa y empezaron a comer con voraz apetito.

Durante la primera parte de la comida, nuestros dos personajes, ocupados enteramente en satisfacer un hambre aguzada por larga abstinencia, no cruzaron sino contadísimas palabras; pero calmado, a no tardar, su ardor, se echaron de espaldas sobre el respaldo de sus respectivas butacas profiriendo un ¡ah! de satisfacción, liaron sendos cigarrillos y los encendieron y empezaron a fumar, acompañándose de pequeños sorbos de refino de Cataluña que el ventero había traído como complemento obligado de la comida.

--Ahora que hemos matado el hambre, gracias a Dios y a San Julián, patrón de los viajeros, departamos un poco, mi querido coronel.

--De mil amores, contestó éste sonriendo.

--Pues bien, repuso don Diego, digo que ayer hablé con el general de un asunto que yo contaba proponerle a V.; ¿y sabe V. lo que me contestó? pues me contestó que no lo hiciera, porque V., a pesar de su inteligencia, es un bobo imbuido de las preocupaciones más ridículas y no comprendería el alcance patriótico del asunto que yo quería proponerle, ni vería sino el dinero, que se negaría a aceptar, por más que veinte mil duros no sean moco de pavo. Y terminó con estas palabras textuales: Enhorabuena, ya que le dio V. cita, vaya a encontrarle, y no sea sino por la singularidad del caso, verá como si por casualidad le habla V. del asunto le cierra la boca y le envía noramala, a V. y a sus veinte mil duros.

--¡Jum! murmuró el coronel, a quien la enunciación de la cantidad había dado que pensar.

--Y meditándolo bien, continuó don Diego, que espiaba a su interlocutor con el rabillo del ojo, veo que el general tiene razón; así pues de nada le hablaré a V.

--¡Ah! profirió el coronel.

--Confieso que lo siento; pero como me precisa tomar una resolución definitiva, me iré a encontrar a Cuéllar, que tal vez no sea tan meticuloso.

--Cuéllar es un pillo, exclamó don Felipe con arrebato.

--Lo sé, profirió don Diego con la mayor naturalidad; pero ¿qué me importa que lo sea si dándole una decena de miles de duros anticipadamente estoy seguro de que va a aceptar mi proposición, que por otra parte asume la ventaja de ser sumamente honrosa?

--¡Demonios! repuso el coronel, llenando los vasos y con gesto por demás preocupado; bonita es la suma que V. ofrece; ¡diez mil duros!

--No diez, veinte, querido señor, replicó don Diego; ¿oyó V. bien? No soy yo hombre para meter gratuitamente en un negocio a uno de mis amigos.

--¡Pero Cuéllar no es amigo de V.!

--Dice V. bien; por eso siento tener que dirigirme a él.

--Pero en definitiva, ¿de qué se trata?

--Es un secreto.

--¿No soy yo amigo de V.? Quépale la certeza de que seré mudo como una tumba.

--¿Me promete V. el silencio? preguntó don Diego después de reflexionar un rato, o de hacer que reflexionaba.

--Por mi honor se lo juro a V.

--Entonces nada me veda hablar. Vea V. sencillamente de qué se trata: nada nuevo le contaré a V. si le digo que hay multitud de espías que sirven a la vez a las dos causas y que sin el menor escrúpulo venden a Miramón los secretos de nuestras operaciones militares, mientras se hacen pagar muy bien las noticias que nos proporcionan respecto de las del enemigo. Ahora bien, el gobierno de su excelencia don Benito Juárez, en este momento tiene los ojos abiertos sobre las maquinaciones de dos hombres de quienes se sospecha muy fundadamente que desempeñan este doble papel; pero los individuos de que se trata son astutos si los hay y tienen tan bien tomadas sus providencias, que pese a la cuasi certeza moral que existe contra ellos, hasta la actualidad ha sido imposible conseguir la más insignificante prueba de la verdad: a esos dos hombres convendría desenmascararlos apoderándose de sus papeles particulares, por la entrega de los cuales recibirá, él que los proporcione, quince mil duros inmediatamente además de los diez mil de anticipo. Una vez el general gobernador sea dueño de estas pruebas, no vacilará ya en mandarles al consejo de guerra. Ya ve V. que el negocio es realmente honroso para él que se encargue de darle cima.

--Efectivamente, repuso don Felipe, el adquirir semejante certeza es un acto de patriotismo meritorio. ¿Y quiénes son esos dos hombres?

--¡Qué! ¿no se lo dije a V.?

--Es lo único que se le ha olvidado a V. decirme.

--No crea V. que sean unos pelagatos ni mucho menos: el primero acaba de ser nombrado secretario particular del general Ortega, y si no estoy mal informado, el segundo levantó recientemente una cuadrilla a su costa.

--Pero bien, ¿cómo se llaman?

--Usted les conoce mucho, o a lo menos así lo creo yo; el primero es don Antonio Cacerbar y el segundo...

--Don Melchor de la Cruz, interrumpió con viveza don Felipe.

--¡Ah! ¡lo sabía V.! exclamó don Diego con sorpresa perfectamente fingida.

--La elevación súbita de esos dos individuos, el crédito casi ilimitado de que gozan para con el presidente, me había dado ya que sospechar; nadie comprende el porqué de este repentino favor.

--De ahí que haya quien juzgue necesario dilucidar el asunto asegurándose de un modo positivo que tal son esos sujetos.

--Yo lo sabré, dijo don Felipe, se lo prometo, y las pruebas que me exige, las pondré en manos de V.

--¿De veras?

--Se lo juro a V., tanto más cuanto considero como un deber de hombre honrado el coger a esos pilletes con las manos en la masa. Y luego añadió, sonriendo de un modo particular: nadie posee los medios que yo para conseguir este resultado.

--Ojalá no se equivoque V., coronel, porque de suceder tal como V. dice, creo poder asegurarle que el agradecimiento del Gobierno para con V. no se limitará al dinero del que voy a entregarle parte.

Don Felipe sonrió con orgullo al escuchar esa transparente alusión al grado inmediato, que él tanto ambicionaba.

Al parecer sin que reparase en la sonrisa de su interlocutor, don Diego sacó de una gran cartera una hoja de papel doblado en cuarto y la puso en manos del guerrillero, que se apoderó de ella con gesto de gozo y expresión de rapacidad satisfecha que daba a sus facciones, y esto que las tenía bastante hermosas y correctas, algo de vil y de despreciable.

Aquel papel era una letra de diez mil duros pagadera a la vista, girada contra una gran casa de banca inglesa de Veracruz.

--¿Se va V.? preguntó el coronel a don Diego, al ver que éste se levantaba.

--Sí, siento verme obligado a dejarle a V.

--Hasta la vista, señor don Diego.

El joven se subió nuevamente sobre su caballo y se alejó con rapidez, mientras decía para sus adentros:

--Me parece que esta vez está bien armada la ratonera y que los miserables van a quedar cogidos en ella.

El coronel se había sentado de nuevo en la hamaca y vuelto a zangarrear el jarabe con más bríos que afinación.

X

AMOR

Dolores y Carmen estaban solas en el jardín.

Acurrucadas, como dos temerosas currucas, en el interior de un bosquecillo de naranjos, de limoneros y de granados en flor, estaban charlando a cual más.

Doña María, ligeramente indispuesta, se había visto obligada a no moverse de su dormitorio, o a lo menos tal era el pretexto que diera a las jóvenes para no ir con ellas al jardín; pero en realidad se había encerrado para leer una carta importante que don Jaime le mandara por mano de un hombre fiel a toda prueba.

Las jóvenes, libres de toda vigilancia, se aprovechaban de la ocasión para confiarse sus sencillos y suaves secretos, y pocas palabras les bastaron para hacer entre ellas inútil toda explicación. Así es que no acudieron a subterfugios ni a frases de doble sentido, sino que se entregaron a una confianza entera e ilimitada, y fácilmente estipularon ayudarse mutuamente para obligar a los donceles amados a que por fin rompiesen su prolongado silencio y las permitiesen que en el corazón de cada uno de ellos pudiesen leer el nombre de la preferida.

Precisamente éste era el grave e interesante tema sobre el que en tal momento versaba la conversación de las dos jóvenes.

Aunque una ni otra tuviesen ya que confesarse su mutuo amor, con todo y debido a un sentimiento de dignidad inseparable de toda pasión verdadera, vacilaban y retrocedían sonrojándose ante la idea de impeler a los dos jóvenes a que se declarasen.

Doña Carmen y doña Dolores eran verdaderamente sencillas e inocentes, ignorantes de todas las coqueterías y de todas las truhanadas que constituyen la moneda corriente de Europa, pueblo sedicente civilizado, en el cual las mujeres suelen convertir el amor en un juego cruel y a las veces implacable.

Por una de esas casualidades que no se explican y que con tanta frecuencia surgen en la vida real, la conversación de las dos doncellas, era, con ligeras variantes, la misma que el conde y su amigo sostuvieron sobre el mismo asunto.

--Dolores, decía doña Carmen con voz de mimo, V. es más animosa que yo, y más que yo conoce a don Luis, que por otra parte está emparentado con V. ¿Por qué pues se muestra usted tan reservada para con él?

--¡Ay! mi querida amiga, respondió doña Dolores, esta reserva me la impone mi posición. Hoy que me veo abandonada de todos, no me queda más pariente que él, mi prometido de la infancia.

--¿Cómo es posible que haya padres que de esta suerte encadenen a sus hijos, sin consultarles, y les condenen a un porvenir de amarguras? dijo doña Carmen.

--Dicen que en España esto es muy frecuente, querida mía, respondió doña Dolores; por otra parte, ¿a nosotras las mujeres nuestra flaqueza no nos hace esclavas de los hombres, que han conservado para sí el poder supremo? Por más que esta intolerable tiranía nos haga gemir, no nos cabe sino humillar la frente.

--Demasiado cierto es lo que V. dice; sin embargo, me parece que si resistiésemos...

--Seríamos infamadas, y nos señalarían con el dedo, y perderíamos nuestra reputación.

--¿Así pues, y a pesar de lo que le dicta a usted el corazón, determina llevar adelante la boda esa?

--¡Qué quiere V. que le diga! sólo el pensar que el matrimonio ese puede efectuarse, me quita el juicio; sin embargo, no vislumbro como evitarlo. El conde vino de Francia con el único objeto de casar conmigo, y mi padre, al morir, le hizo prometer que no me abandonaría y que llevaría adelante la unión esa. Ya ve V. que existen razones graves si las hay para que me sea imposible evadirme a la suerte funesta que me amaga.

--¿Pero por qué, repuso con fuego doña Carmen, no tiene V. una explicación franca y leal con el conde? De hacerlo así tal vez se allanarían todas las dificultades.

--No digo que no, pero esta explicación no puedo provocarla yo, ya que habiéndome el conde dispensado favores que no se pagan con todo el dinero del mundo, desde la muerte de mi padre, sería una ingratitud contestar con una negativa a una pretensión que bajo todos conceptos me favorece.

--¡Oh! diga V. que le ama, exclamó doña Carmen con resentimiento.

--No, no le amo, replicó doña Dolores con gesto de dignidad; pero tal vez él me ame a mí.

--Pues yo estoy segura de que es a mí a quien ama, profirió doña Carmen.

--Querida mía, repuso doña Dolores sonriendo, respecto del particular nadie está nunca seguro, ni aun cuando se han cruzado los juramentos más solemnes; con tanta más razón pues cuando no pueden justificar que una no se equivoca, ni una palabra, ni un gesto, ni una mirada. Digo pues: una de dos, o el conde me ama, o no me ama y supone que yo le quiero. En uno como en otro caso, mi línea de conducta está trazada: debo aguardar, sin provocarla, una explicación, que forzosamente debemos tener a no tardar. Entonces le juro a V. que me portaré como debo, es decir, franca y lealmente, y si después quedan aún algunas dudas en el corazón del conde, será porque él querrá conservarlas, y no me cabrá sino inclinar la cabeza y resignarme con mi suerte. Esto es cuanto me es posible prometerle a V., Carmen; no me atrevería a obrar de distinta manera; mi dignidad de mujer y el respeto que me debo a mí misma me han trazado una línea de conducta de la que mi honra me dicta que no me desvíe.

--Mi querida Dolores, dijo doña Carmen, aunque siento en el alma la determinación que usted ha tomado, no puedo menos de convenir en que en las circunstancias actuales es la única que le conviene adoptar. ¿Va V. a guardarme rencor por lo que le he dicho? ¡Ay! ¡sufro tanto!

--¿Y yo? profirió doña Dolores; ¿cree V. acaso que yo soy dichosa? ¡Oh! desengáñese V. si tal supone. Tal vez de las dos yo soy la más desventurada.

En esto se oyó rechinar ligeramente la arena de las alamedas.

--Alguien viene, dijo doña Dolores.

--Es el conde, repuso al punto doña Carmen.

--¿Cómo lo sabes tú, querida? preguntó la primera.

--Lo adivino en los latidos de mi corazón, respondió la hija de doña María sonrojándose.

--Viene solo a lo que parece.

--Sí.

--¡Virgen santa! ¿ocurrirá alguna novedad?

--Dios quiera que no.

Luis pareció a la entrada del bosquecillo, solo, saludó a las dos jóvenes y aguardó a que éstas le diesen permiso para pasar adelante.

Doña Dolores le tendió la mano sonriendo, mientras su compañera se inclinaba para ocultar su rubor.

--Bien llegado sea V., primo, dijo doña Dolores tendiéndole la mano y con gesto el más risueño; tarde se deja V. ver hoy.

--Mucho me halaga, prima, repuso el conde, que haya V. advertido este retardo involuntario; mi amigo Domingo, obligado a salir muy temprano esta mañana para un sitio distante dos leguas de la capital, me encargó una comisión que me fue preciso llenar antes de tener la dicha de venir a saludarla a V.

--Buena está la excusa, primo, profirió la joven, y por buena la admitimos Carmen y yo; ahora, siéntase V. ahí, entre las dos, y hablemos.

--Con sumo gusto, prima.

--Luis entró entonces en el bosquecillo y tomó asiento entre las dos jóvenes.

--Permítame V., doña Carmen, dijo el conde inclinándose cortésmente hacia la doncella, que la salude muy respetuosamente y me informe de su preciosa salud.

--Le agradezco a V. la atención, caballero, dijo doña Carmen; a Dios gracias, mi salud es excelente; así quisiera la de mi madre.

--¿Está enferma doña María? preguntó Luis con el interés más vivo.

--Espero que no; sin embargo, está lo bastante indispuesta para no poder salir de su dormitorio.

El conde hizo un movimiento como para levantarse, y dijo:

--Tal vez mi presencia aquí en tales circunstancias parecería importuna; voy...

--No, no se mueva V., caballero; para nosotras no es V. un extraño. Y luego añadió con intención: el ser primo y novio de doña Dolores le autoriza a V. para quedarse.

--Y más, primo, repuso doña Dolores, los innumerables servicios que V. nos ha prestado le dan derecho a nuestra gratitud.

--Así es que suceda lo que quiera, continuó doña Carmen sonriendo, tanto V. como Domingo serán siempre bien llegados a esta casa.

--Me colman Vds. de favores, señoritas, dijo Luis.

--¿No nos cabrá hoy el placer de ver a su amigo de V.? preguntó doña Carmen.

--Antes de una hora estará aquí; pero ¿se va V.?

--¿Por qué me lo pregunta?

--Como veo que se levanta.

--Pronto estoy de vuelta; denme permiso por algunos minutos, dijo la joven. Mientras voy a ver como se encuentra mi madre, Dolores se queda con V.

--Vaya V., señorita, profirió Luis, y sírvase decir a su señora madre cuánto siento su indisposición.

Doña Carmen saludó y desapareció corriendo como un pájaro.

El conde y doña Dolores quedaron solos. Su situación era singular y sobre todo muy engorrosa al encontrarse de improviso en disposición de dar principio a una explicación ante la cual, pese a la urgente necesidad que de celebrarla sentían ambos, los dos retrocedían.

Si para una mujer es difícil confesar al hombre que la galantea, que ella no le ama, más difícil es y más penoso aún cuando tal confesión debe salir de labios de un hombre.

Transcurrieron algunos minutos durante los cuales los dos jóvenes permanecieron silenciosos y se contentaron con cruzar algunas miradas al soslayo. Por fin y como el tiempo iba discurriendo, y el conde temía, de no aprovechar aquella favorable coyuntura, que no volvería a presentarse tal vez nunca más, se decidió a tomar la palabra.

--Y bien, prima, dijo el joven con acento el más natural que pudo fingir: ¿empieza V. a acostumbrarse a esta vida de recluida en que la metieron las desgraciadas circunstancias que llovieron sobre V.?

--Estoy del todo acostumbrada a esta existencia tranquila y reposada, primo, respondió la joven; y si no fuesen los tristes recuerdos que a cada instante me asaltan, le confieso que sería completamente dichosa.

--La felicito a V., prima.

--En efecto, ¿qué me falta aquí? doña María y su hija me quieren, me rodean de cuidados y de atenciones, tengo un pequeño círculo de amigos devotos. ¿Qué más puedo desear en este mundo, donde la verdadera felicidad no existe?

--Envidio su filosofía, prima, repuso Luis; sin embargo, mi deber de pariente... y de amigo, me obligan a hacerla observar que esta situación, por muy dichosa que sea, no puede pasar de precaria, ya que no le cabe a V. esperar pasar el resto de su existencia en el seno de esta encantadora familia. De improviso pueden surgir mil acontecimientos imprevistos que la separen violentamente de ella.

--Es cierto, primo, repuso doña Dolores en voz baja y conmovida.

--Usted sabe, continuó el conde, cuan poco, en esta desdichada tierra, puede uno fiar en lo porvenir; particularmente una joven de la edad y hermosura de V. está expuesta a mil peligros de los que casi le es imposible evadirse. Yo, sino su pariente de V. más cercano, soy el más realmente devoto. ¿V. así lo cree, no es cierto?

--Dios me libre de suponer lo contrario, primo; ya sabe V. cuan profundamente agradecida le estoy por los favores que nos ha dispensado.

--Es muy vaga la palabra agradecimiento, prima, dijo con intención el conde.

--¿Qué otra palabra me sería dable emplear? preguntó doña Dolores, fijando su límpida y hechicera mirada en su interlocutor.

--He dicho mal, dispénseme V., profirió Luis; y es que la situación en que respectivamente nos encontramos es tan singular, que en verdad no sé como expresarme teniendo que hacer yo siempre uso de la palabra; temo serle a V. enojoso.

--No, primo, en este punto esté V. tranquilo, repuso la joven sonriendo; es V. mi amigo, y como tal tiene V. derecho a decirme lo que le plazca.

--El título de amigo que me da V. prima, don Andrés, que Dios tenga en gloria, deseaba...

--Sí, interrumpió con cierto apresuramiento la joven, ya sé a qué alude V.: mi padre sustentaba respecto de mí algunos planes referentes a mi porvenir, que no pudo realizar por haberle sobrevenido la muerte.

--Proyectos que sólo depende de V. él que se realicen, dijo el conde.

Doña Dolores pareció vacilar por espacio de uno o dos minutos, y luego con voz trémula y poniéndose un tanto pálida, repuso:

--Para mí los deseos de mi padre equivalen a órdenes, primo; el día que le plazca a V. exigir mi mano, se la daré.

--¡Prima! ¡prima! exclamó con vehemencia el conde, yo no lo entiendo de esta manera; a su padre de V. le juré no sólo velar por V., sino también labrar su dicha por cuantos medios estuviesen a mi alcance. La mano que está V. pronta a cederme, en acatamiento a la voluntad de su progenitor, no la acepto ni la aceptaré como a ella no la acompañe su corazón de V. Sea cual fuere el sentimiento que V. me inspire no la obligaré nunca a doblegarse a una unión que sería para V. una desventura.

--Gracias, primo, gracias, murmuró la joven bajando los ojos; es V. noble y bondadoso.

--Dolores, dijo el conde tomando suavemente la mano a su prima, y permítame V. que la apellide así, somos amigos ¿no es cierto?

--¡Oh! sí, respondió la joven con voz apenas perceptible.

--¿Pero nada más amigos? añadió Luis titubeando.

--¡Ay! suspiró Dolores.

--Basta, profirió el conde de Saulay; es inútil insistir; es V. libre.

--¿Qué quiere V. decir? exclamó la joven con ansiedad.

--Que la eximo de todo compromiso para conmigo; que renuncio a la honra de hacerla a usted esposa mía, sin por esto abdicar del derecho, si V. lo consiente, de velar por su dicha.

--¡Primo!

--Dolores, V. no me ama, su corazón pertenece a otro; de consiguiente, de llevar adelante la boda, los dos labraríamos nuestra infelicidad. Ya la ha sujetado a V. a bastantes duras pruebas el destino a una edad en que la vida debe estar sembrada de flores. Sea V. dichosa con aquel a quien V. ama. Si de mí dependiese, a no tardar su destino de V. estaría unido al suyo. Nada tema, justificaré el precioso título de amigo que V. me da, allanando los obstáculos que tal vez se opongan al cumplimiento de sus más caros deseos.