Las noches mejicanas

Part 20

Chapter 204,042 wordsPublic domain

--Mi querido don Adolfo, repuso Luis, como usted sabe, yo soy noble. En Francia el rey es el primero entre la nobleza de su reino, el _primus ínter pares_, y tal supongo sucede en todas partes. Ahora bien, todo ataque contra alguno de los miembros de la nobleza hiere tan profundamente al soberano como a los demás nobles del imperio. Cuando el Regente de Francia condenó al conde de Horn a ser descuartizado en la plaza de Greve, por haber robado y asesinado a un judío, respondió a un señor de la corte que intercedió para con él a favor del culpado recordándole que el conde de Horn estaba emparentado con familias reinantes y que era pariente suyo: « Cuando tengo sangre mala me la hago sacar. » Y se volvió de espaldas al solicitante. Esto no obstante, la nobleza mandó sus carrozas a la ejecución del conde de Horn. Lo que V. acaba de referir es poco más o menos lo mismo; la única diferencia que existe es que el emperador, menos enérgico que el Regente de Francia, al par que conocía que era menester administrar justicia, retrocedió ante una publicidad que, según él, debía señalar con un estigma infamante a la nobleza toda de su nación, y, como todos los hombres débiles, se detuvo a la mitad del camino, esto es, dio probablemente una autorización al conde para que éste pudiese valerse de cualquier pretexto para matar o hacer asesinar a su noble pariente, y, una vez suprimido su enemigo, obtener la justicia que reclamaba, ya que, muerto el príncipe, sería fácil restituir a la viuda del primogénito o a su hijo, caso de dar de nuevo con él, los títulos y la fortuna que su tío le arrebatara por modo tan criminal. Esto, a mi ver, es lo que se pactó entre el emperador y el conde en la conferencia celebrada en Schoenbrunn.

--En efecto, señor conde, profirió don Adolfo, así pasó; con la única diferencia que el emperador exigió que las hostilidades no empezasen entre el príncipe y el conde hasta encontrarse ambos fuera del imperio, y que el conde solicitó del emperador le proporcionase todos los medios de acción de que dispusiese a fin de hallar a su sobrino, si por acaso vivía aún, en lo que el soberano consintió. El conde se volvió pues a su palacio, provisto de la autorización de S. M., en la que le confería los poderes más amplios para que prosiguiese su venganza, y además una orden hológrafa para que el conde pudiese reclamar siempre y cuando lo exigiese, el auxilio de todos los agentes imperiales, así en Austria como fuera de ella. Como V. comprenderá sin duda, el conde no estaba del todo satisfecho de las condiciones que le impusiera el emperador; pero conociendo la imposibilidad de conseguir más, tuvo que resignarse.

Octavio hubiera preferido el arrostrar todas las consecuencias de un proceso escandaloso, a la venganza vergonzosa y mezquina que le permitían; pero en provecho de su hermana y de su sobrino valía más que hubiese obtenido esas semiconcesiones a haberse estrellado inútilmente contra una resolución tomada de antemano y una negativa formal. El conde tomó pues inmediatamente todas las providencias para buscar a su sobrino, en cuyas pesquisas debían servirle grandemente las preciosas noticias que contenían los papeles que Brazo Rojo le entregara, y sin decir nada a su hermana, puso manos a la obra sin perder minuto. ¿Qué más les diré a Vds., amigos míos? Las pesquisas del conde fueron largas, duran todavía; sin embargo, la situación empieza a aclararse, ya que Octavio ha tenido la suerte de hallar a su sobrino, a quien nunca más ha vuelto a perder de vista. Éste, aun en la hora presente, ignora los lazos sagrados que le unen al hombre que le ha educado y le ama como un padre; al hombre que ni aun a su propia hermana ha revelado este secreto, por no querer descubrírselo sino en la ocasión misma en que pueda anunciarle que la justicia queda por fin satisfecha y vengado el marido a quien llora hace tantos años. Desde que el conde empezó la persecución del príncipe, los dos enemigos se han encontrado cara a cara, y más de dos veces Octavio ha podido matar al príncipe; pero el vengador no se ha dejado llevar nunca del odio, más bien dicho, su odio le ha dado fuerzas para esperar. El conde quiere, sí, matar a su enemigo, pero antes quiere que éste se haya deshonrado y caiga, no vencido en una lucha noble, sino como el criminal que por fin sufre el castigo a sus maldades.

El aventurero se calló otra vez, y él y sus oyentes guardaron profundo silencio.

La noche tocaba a su fin; al través de las entreabiertas ventanas penetraban ya algunas ráfagas de blanquecina luz, que amortiguaban la de las bujías; sordos rumores anunciaban que la ciudad empezaba a despertarse, y las lejanas campanas de los conventos y de las iglesias llamaban a los fieles a la misa del alba.

El aventurero se levantó y empezó a pasearse por el aposento, dirigiendo de vez en cuando y al soslayo una mirada escrutadora a sus compañeros.

Domingo, arrellanado en su butaca y con los ojos entornados, chupaba maquinalmente una pipa india. El conde del Saulay repiqueteaba con los dedos una tocata sobre la mesa, al par que con el rabillo del ojo seguía las evoluciones del aventurero.

--Conque, dijo por fin e inopinadamente Luis, levantando la cabeza y mirando de hito en hito a don Adolfo, ¿ha terminado V. su relato?

--Sí, respondió lacónicamente el aventurero.

--¿No tiene V. que añadir nada más?

--No.

--Me parece que se equivoca V., y dispénseme que se lo diga.

--No le comprendo a V., mi querido conde.

--Me explicaré, pero con una condición.

--¿Cuál?

--Que no me interrumpa V.

--Concedido; le escucho a V., dijo don Adolfo.

--Sepa, amigo mío, profirió el conde, que el primer rostro simpático que vi al desembarcar en América, fue el de V. Aunque nuestra situación respectiva era muy diferente, el acaso se ha complacido en acercarnos uno a otro con tal persistencia, que lo que en un principio no era entre los dos sino una amistad pasajera, sin saber como ni como no se ha convertido en afecto sincero y profundo. Y aquí encaja decir que un hombre no se une a otro como yo lo he hecho con V., sin estudiar un poco el carácter del individuo que le atrae; tal me sucedió a mí y tal creo le sucedió también a V. Ahora bien, tengo la pretensión de conocerle a V. bastante íntimamente, para sustentar la convicción de que no ha venido V. de improviso a nuestra casa, esta noche, con el único objeto de cenar, más bien dicho, de hacer una francachela impropia de su carácter y de sus costumbres; y digo esto, porque es V. el hombre más sobrio que he conocido. Además, me llama la atención que V., tan parco en el hablar y sobre todo tan celoso en sus secretos, nos haya hecho un relato muy interesante, sí, pero que aparentemente en nada le atañe y debe de tener una importancia muy secundaria para V. Así pues, digo que si V. vino esta noche a pedirnos una cena de la que pudiera haber prescindido perfectamente, aparte la satisfacción que nos causó su visita, fue con el deliberado propósito de hacernos este relato, relato que tal vez le interesa a V. más que a nosotros. De todo lo cual deduzco que todavía tiene V. algo que decirnos, más claro, pedirnos.

--Evidente es, por mí vida, profirió Domingo.

--Ea, sí, repuso el aventurero; todo cuanto sospecha V. es cierto; la cena era un pretexto; no vine sino con el intento de contarles a Vds. la historia que escucharon.

--Gracias a Dios, dijo gozosamente Domingo, a lo menos esto es hablar con franqueza.

--Pero ahora les confieso a Vds. que vacilo; me ha entrado miedo, repuso el aventurero con tristeza.

--¡Miedo V.! ¿y de quién? exclamaron los dos jóvenes llenos de sorpresa.

--Sí, le tengo, respondió don Adolfo, porque esta larga historia toca a su desenlace y este desenlace va a ser terrible. Al venir aquí tenía la intención de solicitar el concurso de Vds.; pero después reflexioné, y al pensar en la juventud, en la dicha y en la indolencia de ustedes, retrocedí ante la idea de envolverles indirectamente en ella, en esta historia terrible, a la cual deben permanecer extraños. Por favor, olviden Vds. cuanto les dije; tómenlo como un relato hecho después de haber bebido.

--No, don Adolfo, exclamó Luis con energía, por mi honor le juro que no sucederá así; y advierto que hablo en nombre mío y en él de Domingo, V. necesita de nosotros; estamos aquí. Ignoro qué interés misterioso tiene V. en ese negocio; ni aun quiero profundizar las causas que le mueven; pero le repito que de prescindir de nosotros en el momento en que va V. a correr un gran peligro que de compartirlo nosotros tal vez pudiera evitarlo, nos demostrará que no siente por Domingo ni por mí afecto ni amistad y que lejos de tenernos por hombres de corazón nos juzga V. muñecos de alfeñique.

--V. exagera, señor conde, profirió don Adolfo; nunca he pensado tal. Lo que hay y vuelvo a repetir, es que envolverles a Vds. en este asunto que para nada les interesa, me hace estremecer.

--Dispense V., arguyó Luis, desde el momento que le interesa a V., también a nosotros; por tanto nos cabe el derecho de inmiscuirnos en él.

El aventurero bajó la cabeza y anudó sus paseos, hasta que transcurridos algunos segundos se detuvo y dijo:

--Está bien, ya que Vds. lo exigen, obraremos de común acuerdo; van Vds. a ayudarme en mi empresa, y espero que triunfaremos.

--¿V. lo espera? pues yo estoy convencido de ello, profirió el conde.

--Entonces partamos, repuso Domingo levantándose.

--Todavía no, dijo el aventurero, pero el momento se acerca; juro a Vds. que no tendrán que aguardar mucho tiempo. Ahora bebamos otro vaso de vino a nuestra salud, y adiós. ¡Ah! se me olvidaba; por si no pudiese venir yo mismo, sepan ustedes que la consigna es ésta: _uno y dos hacen tres._ ¿Se acordarán Vds.?

--Perfectamente.

--Adiós.

Cinco minutos después el aventurero estaba fuera de la casa.

VIII

HORAS DE SOL

La casita del Arrabal en la que doña Dolores había hallado tan seguro patrocinio, entre doña María y doña Carmen, aunque modesta y comparativamente muy poco importante, era una deliciosa habitación alhajada con sencillez suma pero con gusto exquisito. En la parte de atrás, cosa muy rara en la capital de Méjico, se extendía una pequeña, pero bien distribuida huerta, poblada de frondosos árboles que daban sombra y frescor y ofrecían gratísimo refugio contra los ardores del sol de mediodía.

En el corazón de uno de los fragantes bosquecillos que sombraban el huerto era donde se ocultaban las dos jovencitas para hablar con entera libertad y acompañar con sus argentinas carcajadas los alegres gorjeos de los pájaros.

Sólo tres personas habían entrado en aquella casa: el aventurero, el conde y Domingo.

El aventurero, siempre absorto en sus misteriosas ocupaciones, aparecía en ella rarísimas veces. No así los jóvenes. Éstos, durante los primeros días, se habían conformado estrictamente a las recomendaciones de su amigo, no haciendo a las damas sino muy contadas visitas, y aun, puede decirse, de un modo furtivo; pero poquito a poco y arrastrados por el hechizo invisible que les atraía inconscientemente, las visitas fueron menudeando y haciéndose más largas, hasta el extremo que, so pretexto de esto o de lo otro, llegaron a pasar los días casi enteros al lado de las damas. Cierto día, mientras los habitantes de la casita, retirados en el riñón de su jardín, estaban hablando entre sí alegremente, se oyó en la calle un alboroto espantoso, y a poco el anciano criado acudió presuroso y despavorido para advertir a su ama que una gavilla de bandidos, reunidos delante de la casa, exigían que les abriesen la puerta, amenazando con astillarla de no consentir en ello. El conde tranquilizó a doña María, diciéndola que nada temiese, y después de inducirla a que no se moviese del jardín, así como las dos jóvenes, él y Domingo se encaminaron hacia la puerta de la casa. Por casualidad Raimbaut había llegado algunos instantes hacía trayendo una carta para su amo, y por lo tanto su presencia era por demás preciosa en aquellas circunstancias. Los tres hombres se proveyeron de sendos fusiles, y después de haberse puesto de acuerdo en pocas palabras, el conde se acercó a la puerta, en la cual daban repetidos golpes desde fuera, y ordenó al anciano criado que la abriese. Apenas entreabierta ésta, se precipitaron como un alud, en el zaguán, unos diez hombres profiriendo voces y aullidos furiosos; pero de improviso se detuvieron; ante ellos, a unos diez pasos, estaban en pie, inmóviles, tres hombres que les apuntaban las bocas de los fusiles. Los bandidos, que en la confianza de no encontrar resistencia iban casi todos sin más arma que un cuchillo sujeto al cinto, quedaron como clavados en el sitio al ver los fusiles apuntados a sus pechos. La actitud enérgica de aquellos tres hombres les impuso, y tras unos segundos de vacilación se detuvieron cruzando entre sí despavoridas miradas. No era aquello lo que les habían dicho; aquella casita, tan tranquila en la apariencia, encerraba una guarnición formidable. El conde entregó su fusil al anciano criado, y empuñando un revólver de seis tiros, avanzó resueltamente al encuentro de los bandidos. Los cuales, impulsados por un movimiento contrario, empezaron a retroceder paso a paso, hasta que, llegado que hubieron a la puerta, volvieron grupas de un brinco y pusieron pies en polvorosa. El conde cerró de nuevo y con toda tranquilidad la puerta, y después de celebrar con francas risotadas, junto con sus compañeros, la fácil victoria que acababan de alcanzar, se reunieron a las damas, a quienes encontraron acurrucadas y temblorosas en lo más retirado de la huerta. Esta lección había bastado para que nunca más hubiesen vuelto a turbar la tranquilidad de los habitantes de la casita. Sin embargo, doña María, agradecida al servicio que le habían prestado los jóvenes, no sólo no halló ya que éstos le hacían las visitas demasiado largas, sino que cuando éstos, por urbanidad, manifestaban deseos de retirarse, les incitaba a que todavía no se marchasen. A bien que las dos jovencitas unían sus ruegos a los de la dama, con lo que Luis y Domingo se dejaban convencer fácilmente.

A primeras horas de la tarde del día que siguió a la noche en que don Adolfo cenó tan copiosamente con sus amigos, los dos jóvenes, que por regla general se presentaban a las once de la mañana en casa de doña María, todavía no habían parecido.

Doña Dolores y doña Carmen, reunidas en el comedor, hacían que ordenaban y desempolvaban los muebles para no ir al jardín, donde hacía largo rato las estaba aguardando doña María.

Aunque no hablasen, las jóvenes, mientras ordenaban, o más bien, desordenaban los muebles, consultaban a cada punto el péndulo.

--¿V. se explica, Carmencita, dijo doña Dolores haciendo un gracioso mohín, que mi primo no haya llegado todavía?

--Es inconcebible, querida, respondió al punto doña Carmen, y confieso a V. que estoy en zozobra; dicen que en estos momentos la ciudad anda revuelta. ¡Con tal que no les haya sucedido alguna desgracia!

--Sería horrible.

--¿Qué sería de nosotras solas y sin amparo en esta casa, en la que ya hubiéramos perecido asesinadas a no ser ellos?

--Tanto más cuanto para nada podemos contar con don Jaime, que siempre está ausente.

Las dos doncellas exhalaron un suspiro, cruzaron en silencio una larga mirada, y echándose mutuamente los brazos al cuello rompieron a llorar.

Una y otra se habían comprendido: no era por ellas por quien temían.

--¡Ah! ¿conque le amas? preguntó por fin doña Dolores en voz baja y entrecortada al oído de su amiga.

--¡Oh! sí, respondió suavemente doña Carmen, ¿y tú?

--También.

Hecha la confesión, las dos jóvenes nada tenían ya que ocultarse.

--¿Desde cuándo le amas? preguntó doña Carmen.

--No sé; me parece que le he amado siempre.

--¿Y él te ama? siguió preguntando la hija de doña María.

--¡Desde el momento que yo le amo!

--Tienes razón.

Lo que en sí tiene de adorable el amor, es que es esencialmente ilógico; de lo contrario no sería tal.

De pronto las dos jóvenes se irguieron y se llevaron la diestra al corazón.

--Aquí está, dijo doña Dolores.

--Viene, profirió doña Carmen.

¿Cómo lo sabían las jóvenes, cuando en el exterior reinaba el silencio más profundo?

Doña Carmen y doña Dolores abandonaron entonces el comedor, y echaron a correr hacia el jardín como dos palomas despavoridas.

Casi al punto llamaron a la puerta, y sin duda el anciano criado conoció a quien llamaba, pues acudió inmediatamente al llamamiento.

El conde y su amigo entraron.

--¿Están las señoras? preguntó Luis.

--En la huerta, excelentísimo señor, respondió el criado cerrando la puerta.

Las damas estaban sentadas en un bosquecillo: doña María, bordando; las jóvenes, leyendo con mucha atención en la apariencia, con tanta atención, que por más que se sonrojaron súbitamente, no oyeron chillar sobre la arena de las alamedas las pisadas de los visitantes y quedaron grandemente sorprendidas al verles.

Éstos se descubrieron al penetrar en el bosquecillo y saludaron respetuosamente a las damas.

--Por fin han llegado Vds., señores, dijo doña María sonriendo; ¿saben Vds. que estábamos en zozobra?

--¡Oh! repuso doña Carmen repulgando la boca.

--¡Bah! murmuró doña Dolores, esos caballeros habrán sin duda hallado en otra parte ocasión de divertirse, y la aprovecharon.

El conde y Domingo, que no comprendían el lenguaje de las jóvenes, las miraron con sorpresa.

--Ea, locuelas, dijo con blandura doña María, no martiricen Vds. a esos caballeros; les tienen Vds. todos corridos y avergonzados. Si no vinieron antes es porque les fueron imposible.

--Son completamente libres de venir cuando les plazca, profirió doña Dolores con desdén.

--Nos guardaremos muy bien de buscarles quisquillas por tan poco, añadió doña Carmen en el mismo tono.

Los jóvenes, para quien estas últimas palabras fueron el golpe de gracia, perdieron la serenidad.

Las zumbonas jóvenes les miraron por un instante al soslayo, y luego se echaron de improviso a reír de un modo tan franco, que el conde y Domingo palidecieron de despecho.

--¡Vive Dios! exclamó el vaquero, que es demasiada crueldad castigarnos de esta suerte por una falta que no hemos cometido.

--Don Adolfo nos ha retenido a su lado pese a nuestra voluntad, dijo el conde.

--¡Ah! ¿han visto Vds. a don Jaime? preguntó doña María.

--Sí, señora, respondió Luis, ayer a las once de la noche vino a vernos.

Los dos jóvenes tomaron entonces asiento y la conversación continuó en tono festivo.

Doña Carmen y doña Dolores, a quienes les placía apurar la paciencia del conde y de Domingo, por más que en su interior sintiesen que éstos no comprendiesen el sentimiento que dictaba sus reproches, no cesaron en sus pullas.

En cuanto a Luis y al vaquero, no podían experimentar dicha mayor que la de encontrarse al lado de aquellas hermosas y sencillas jóvenes; les embriagaba el fuego de sus miradas; escuchaban con arrobo la suave música de su voz, y no pensaban sino en gozar lo más posible de la grata ventura que les deparaba a tan poca costa el destino.

De esta suerte y con la velocidad del sueño se deslizó la tarde y parte de la noche; y al sonar las nueve, se retiraron a su casa, sin cruzar, durante el camino, una sola palabra.

--¿Tienes sueño? preguntó el conde a su amigo, una vez en su habitación.

--No, respondió éste; ¿por qué me lo preguntas?

--Porque desearía hablar contigo.

--Magnífico; yo también tengo que hablarte.

--¡Ah! profirió el conde, pues mientras nos fumamos un puro cada uno y remojamos las fauces con una botella de grog, podemos explicarnos.

--De mil amores.

Luis y Domingo se sentaron frontero uno de otro, y encendiendo sendos puros, dijo el primero:

--¡Qué día más delicioso hemos pasado!

--¿Cómo no al lado de personas tan amables? repuso Domingo.

--¿Quieres ser franco? dijo prontamente el conde, tomando una resolución repentina.

--Contigo lo soy siempre, ya te consta, respondió el vaquero.

--Pues escucha; tú sabes que apenas hace algunos meses que estoy en Méjico, pero lo que puede decirse ignoras es la causa que me trajo a esta tierra.

--Creo haberte oído decir que llegaste con el intento de casar con tu prima doña Dolores de la Cruz.

--Es verdad; pero lo que tú no sabes es el modo como se convino este matrimonio y las razones que impiden romperlo. Voy a explicártelo sucintamente. Muy niño era yo aún, cuando en virtud de las cláusulas de un pacto de familia me prometieron a doña Dolores de la Cruz, la que ni siquiera sabía yo si estaba en el mundo, y hombre ya, mis padres me requirieron para que cumpliese el compromiso que sin consultarme habían arrostrado en mi nombre. Pese a la repugnancia natural que experimentaba yo hacia unión tan singular con una mujer a quien no conocía, no me cupo sino obedecer, y en su consecuencia abandoné con pesar profundo la vida dichosa, tranquila e indolente que llevaba en París en el seno de mis amistades, y me embarqué para acá. A mi llegada, don Andrés de la Cruz me recibió con el gozo más vivo, me colmó de obsequios, y me presentó a su hija, mi prometida; la cual me reservó una acogida más que fría. Indudablemente doña Dolores no estaba más satisfecha que yo de la unión que la obligaban a contraer con un desconocido, y la mortificaba el derecho que su padre se abrogara disponiendo de su mano sin consultarla, o siquiera sin advertirla; porque, como supe más adelante, doña Dolores ignoraba completamente el pacto estipulado entre las dos ramas de nuestra familia... En cuanto a mí, satisfecho del frío recibimiento de mi prometida, sustentaba la esperanza de que no se llevaría a cabo la boda. Ya sabes tú cuan hermosa es doña Dolores.

--¡Sí lo es! murmuró Domingo.

--Tiene el carácter más encantador y la inteligencia cultivada; en una palabra, reúne todas las gracias y todos los atractivos de la mujer cumplida.

--Sí, profirió Domingo, cuanto dices es la exacta verdad.

--Pues mira, a pesar de todo no puedo conseguir amarla, no puedo; y sin embargo, el deber me obliga a tomarla por esposa, porque la pobre se ha quedado de improviso huérfana, casi arruinada y entregada indefensa al odio de su hermano. Prometido a ella contra mi voluntad, el honor me obliga a llevar a cabo esta unión, última voluntad de su padre al morir, no obstante estar yo enamorado...

--¿Qué quieres decir? preguntó Domingo con voz jadeante.

--Perdóname, amigo mío, respondió Luis; estoy enamorado de doña Carmen.

--¡Oh! gracias, Dios mío.

--¿Qué? no te entiendo.

--También estoy yo enamorado, profirió el vaquero, y tus palabras me han inundado de gozo pues la mujer a quien amo es doña Dolores.

El conde tendió la mano a Domingo, que se echó en los brazos de aquél.

Ambos jóvenes permanecieron largo rato abrazados.

--Esperemos, dijo por fin Luis, desprendiéndose de su amigo y resumiendo con esta sola palabra los sentimientos que bullían en sus corazones.

IX

UN HOMBRE DE BIEN

Eran las dos de la tarde. No soplaba la más ligera bocanada de aire; la campiña parecía estar dormida bajo el peso de un sol de plomo, cuyos candentes rayos caían, cual cobre bruñido, sobre la sedienta tierra, y hacían brillar como otros tantos diamantes los guijarros micáceos de una carretera larga y tortuosa que serpenteaba describiendo infinitas sinuosidades al través de una árida campiña sembrada de rocas de un blanco plomizo por las cuales se despeñaba una ígnea cascada de luz deslumbradora.

La atmósfera, del todo transparente, como acontece en los climas privados de humedad, permitía distinguir, limpias y exactas, hasta el último término del horizonte, las diversas desigualdades del paisaje, con una crudeza de tonos y de pormenores que a causa de la falta de perspectiva aérea les imprimía una dureza entristecedora.