Part 2
El problema estaba planteado con toda claridad: Miramón representaba al partido conservador, o si decimos al partido del clero, de los propietarios más acaudalados y de los comerciantes ricos; Juárez al partido democrático absoluto.
La guerra tomó entonces proporciones formidables.
Por desgracia para guerrear se necesita dinero y esto era lo que faltaba completamente a Juárez; el cual carecía de él por las razones que van de seguida: en Méjico la fortuna pública no está concentrada en las manos del gobierno, sino que cada Estado, cada provincia dispone y maneja los fondos particulares de las poblaciones que constituyen su territorio, de modo que en lugar de depender del gobierno las provincias, el gobierno y la metrópoli son los que sufren el yugo de éstas; las cuales, cuando se sublevan, suspenden los subsidios y colocan al poder en una situación crítica. Demás, las dos terceras partes de la fortuna pública están concentradas en manos del clero, que se guarda muy bien de desprenderse de sus riquezas. Éste, que no paga impuesto ni obligación de ninguna especie, se limita a prestar su dinero a un tipo usurario, con lo que aumenta sus riquezas sin que nunca corra riesgo de perder su capital.
Juárez, si bien dueño de Veracruz, se encontraba pues en situación muy apurada; pero como era hombre fecundo en medios, el hallar dinero no le puso en aprieto. Lo primero que hizo fue apoderarse de la aduana de dicha ciudad, luego organizó cuadrillas o guerrillas que sin escrúpulo alguno asaltaban las haciendas de los secuaces de Miramón, españoles establecidos en la república, ricos casi todos ellos, y las de los extranjeros de todas las naciones en las moradas de los cuales había donde clavar las uñas. Las mencionadas guerrillas no limitaron ahí sus hazañas, sino que extendieron el campo de sus operaciones a los caminos, desbalijando a los viajeros y asaltando los convoyes.
No vigorizamos los colores del cuadro, muy al contrario, los suavizamos; más para ser justos, debemos añadir que por su lado Miramón no ponía reparo en echar mano de los mismísimos medios siempre que se le ofrecía ocasión propicia, si bien tales ocasiones eran raras, ya que su posición no ofrecía las ventajas que la de Juárez para sacar abundante pesca de aquel río revuelto.
Cierto es que los guerrilleros al parecer obraban por su propia cuenta y que públicamente su conducta merecía la reprobación de ambos gobiernos, que en ocasiones fingían perseguirlos hasta con crueldad, pero el velo era tan transparente que nadie se llamaba a engaño.
De esta suerte Méjico se encontraba transformado de hecho en una inmensa caverna de bandidos, en la que la mitad de la población robaba y asesinaba a la otra mitad. Tal era la situación política de aquella desventurada nación en la época a que nos referimos; después, es dudoso que haya cambiado, a no ser para empeorar[2].
El día mismo en que da comienzo nuestra historia, en el momento en que el sol todavía debajo del horizonte empezaba a rayar el oscuro azul del firmamento con deslumbradores haces de púrpura y oro, un rancho, labrado de cañas y aunque vasto parecido a una jaula de gallinas, ofrecía un aspecto animadísimo muy singular en hora tan matinal.
El mencionado rancho, construido en medio de un campo feraz y en situación deliciosa a contados pasos del Rincón Grande, hacía poco lo habían transformado en venta para refugio de los viajeros a quienes les sorprendiera la noche o que, por la razón que fuere, preferían detenerse en ella en vez de continuar hasta la ciudad.
En un espacio de terreno bastante capaz que delante de la venta habían dejado libre se veían amontonados en semicírculo los fardos de muchos convoyes de mulas, y en el centro del semicírculo, los arrieros, acurrucados alrededor de una fogata, acecinaban tasajo para su almuerzo o remendaban las albardas de sus animales que, distribuidos en grupos, comían su pienso de maíz colocado sobre frazadas tendidas en el suelo. Al lado de una diligencia que por causa de una avería en una de sus ruedas tuvo que detenerse en la venta, se veía una berlina atestada de maletas. Gran número de viajeros, que habían pasado la noche al raso envueltos en sus sarapes, empezaban a despertarse, mientras otros iban de acá para allá fumando sendos papelitos; otros, más activos, habían ya ensillado sus caballos y se alejaban al galope en distintas direcciones.
Poco después, el mayoral de la diligencia salió de debajo de su coche donde durmiera escondido en la hierba, echó pienso a sus mulas, curó las heridas que a éstas produjeran los arreos, las unció, y luego se puso a llamar uno a uno a los viajeros; los cuales, despertados por los gritos de aquél, salieron todavía medio dormidos de la venta y se encaminaron a ocupar su sitio en la diligencia. Dichos viajeros eran nueve, y de ellos solamente dos vestían a la europea y a tiro de ballesta se descubría que eran franceses. Los demás ostentaban el traje mejicano y parecían ser verdaderos hijos del país.
En el momento en que el mayoral, americano del norte de pura raza, después de haber logrado, a fuerza de reniegos yankees entreverados de español chapurrado, encajonar bien o mal a los viajeros, empuñó las riendas para emprender la marcha, se oyó el galopar de muchos caballos acompañado de chischás de sables, y una tropa de jinetes vestidos casi a lo militar, aunque muy desastradamente, se detuvo delante del rancho. Dicha tropa, compuesta de unos veinte hombres de facha patibularia, iba al mando de un alférez o subteniente tan miserablemente vestido como sus soldados, pero mucho más bien armado.
Dicho oficial era de elevadísima estatura, enjuto de carnes, amojamado y nervioso, bizco, de fisonomía socarrona, y de color de hollín.
--¡Hola, compadre! gritó al mayoral, temprano se pone V. en camino.
El yankee, tan insolente pocos minutos antes, cambió súbitamente de modales; se inclinó humildemente, contrajo los labios a impulsos de la risa del conejo, y con voz lánguida y meliflua y afectando una alegría que probablemente no experimentaba, respondió:
--¡Válgame Dios! Es el señor don Jesús Domínguez. ¡Vaya un feliz encuentro! no esperaba yo tamaña dicha esta mañana. ¿Acaso viene su señoría para escoltar la diligencia?
--Hoy no; otro deber me trae.
--Razón tiene su señoría; mis viajeros no merecen una escolta tan honorable; son costeños al parecer no muy ricos. Además, me veré obligado a detenerme a lo menos tres horas en Orizaba para recomponer mi coche.
--Entonces adiós y el diablo cargue contigo, repuso el oficial.
El mayoral vaciló un instante, luego, en vez de obedecer la orden de marcha, se bajó rápidamente de su asiento y se acercó al alférez, quien preguntó:
--¿Tiene V. que comunicarme alguna noticia, compadre?
--Una, señor, respondió el mayoral con sonrisa falsa.
--¡Ah! repuso el otro; ¿y qué noticia es esa? ¿buena o mala?
--El Rayo se encuentra más adelante en el camino de Méjico.
Al oír esta revelación el oficial se estremeció imperceptiblemente, pero serenándose al punto, replicó:
--Se equivoca V., compadre.
--Como que le vi como le estoy viendo a usted en este instante.
--Está bien, repuso el oficial, después de uno o dos minutos de meditación; tomaré las precauciones del caso. ¿Y los viajeros que V. conduce...?
--Son unos infelices petates; aparte de dos criados de un conde francés cuyas maletas y cajas llenan por sí solas todo el coche, los demás no merecen que se ocupen en ellos. ¿Tiene V. la intención de visitarles?
--Todavía no lo he decidido; veré, lo reflexionaré.
--Obre V. como más bien le parezca; y ahora dispénseme que le deje, señor don Jesús, pues mis viajeros se impacientan y es menester que me ponga en marcha.
--Vaya V. con Dios.
El mayoral se encaramó a su asiento, zurriagó a las mulas y la diligencia partió con rapidez poco tranquilizadora para los que iban en ella y corrían peligro de romperse los huesos a cada revuelta de carretera.
Tan pronto se encontró solo, el oficial se acercó al ventero, que estaba ocupado en medir maíz a algunos arrieros, y le interpeló con altivez.
--¡Eh! le preguntó, ¿no cobija V. en esta casa a un caballero español y a una dama?
--Sí, respondió el ventero, descubriéndose con temeroso respeto; sí, señor oficial, ayer, un poco después de ponerse el sol, llegó un caballero ya entrado en años acompañado de una joven dama en la berlina esa que ve V. ante la puerta del rancho; traían consigo una escolta. Según los soldados, vienen de Veracruz y se dirigen a Méjico.
--Esto es; a mí me han enviado para que les escolte hasta Puebla de los Ángeles; pero a lo que parece no les apresura ponerse en marcha. Sin embargo, la jornada es larga y no harían mal en darse prisa.
En aquel instante se abrió una puerta interior y entró en la sala común un hombre ricamente ataviado, el cual se levantó ligeramente el sombrero, pronunció la frase sacramental _Ave María purísima_, y se acercó al oficial, quien, al verle, había avanzado a su encuentro.
Este nuevo personaje era hombre de unos cincuenta y cinco años de edad, todavía lozano, de estatura alta y elegante, nobles y hermosas facciones y fisonomía franca y bondadosa.
--Soy don Antonio de Carrera, dijo el recién llegado, dirigiéndose al oficial; oí las palabras que dirigió V. al ventero, y si no me engaño yo soy la persona a quien tiene V. el encargo de escoltar.
--En efecto, caballero, contestó cortésmente el alférez, el nombre que V. ha pronunciado es el mismo que va escrito en la orden que traigo; estoy completamente a su disposición para lo que guste mandar.
--Gracias, señor; mi hija se encuentra delicada de salud, y de ponernos en camino tan temprano temería perjudicarla; si no halla V. inconveniente permaneceremos aquí algunas horas más, hasta después del almuerzo, al que espero nos concederá la honra de acompañarnos.
--Le doy a V. un millón de gracias, caballero, repuso el oficial, inclinándose cortésmente; pero siendo como soy un grosero, mi sociedad sería muy poco grata para una dama; dispénseme V. pues si rehúso su galante invitación, que le agradezco lo mismo que si la aceptara.
--No insisto, señor, por más que me hubiera complacido tenerle a nuestro lado. ¿Así pues, quedamos en que vamos a pasar aquí todavía algunas horas?
--Cuantas le parezca bien, señor; ya le he dicho que estoy a sus órdenes.
Después de este cambio mutuo de cumplidos los dos interlocutores se separaron; el anciano se fue hacia el interior del rancho y el oficial se salió para instalar el vivaque de sus soldados.
Éstos se apearon, arrendaron sus caballos a sendas estacas y empezaron a vagar de acá para allá fumando y mirándolo todo con la recelosa curiosidad peculiar de los mejicanos.
El oficial dijo algunas palabras al oído de un soldado; el cual, en lugar de seguir el ejemplo de sus compañeros, se subió otra vez a caballo y partió al galope.
A cosa de las diez de la mañana, los criados de don Antonio Carrera uncieron los caballos a la berlina, y poco después salió el anciano dando el brazo a una dama de tal suerte envuelta en su toca y en su manto que era de todo punto imposible descubrir ninguna de sus facciones ni hacer conjetura alguna respecto de la gentileza de su talle.
Tan buen punto la dama estuvo cómodamente instalada en la berlina, don Antonio se volvió hacia el oficial, que se había acercado apresuradamente a él, y le dijo:
--Señor teniente, podemos partir cuando V. quiera.
Don Jesús se inclinó.
La escolta se subió a caballo; el anciano tomó asiento en la berlina, y una vez cerrada la portezuela por un criado que se colocó al lado del cochero, otros cuatro criados bien armados se pusieron en línea detrás del coche.
--¡En marcha! gritó el oficial.
La mitad de la escolta se situó a vanguardia, la otra mitad formó a retaguardia, el cochero azotó los caballos, y coche y jinetes desaparecieron al galope en medio de una nube de polvo.
--¡Dios le proteja! murmuró el ventero persignándose y haciendo saltar en la mano dos onzas de oro que le había dado don Antonio; es todo un noble caballero el anciano ese; por desgracia don Jesús Domínguez va con él y temo que su escolta le sea fatal.
[Footnote 1: Al escribir en 1868 y a raíz de graves sucesos Gustavo Aimard la presente obra, las apreciaciones que dicho novelista vierte en este párrafo eran congruentes hasta cierto punto. Por fortuna Méjico camina hoy por una senda que en plazo no lejano debe conducirla a la meta de la prosperidad. _(N. del T.)_ de Juárez, quien, como vicepresidente que era cuando la abdicación de Zuloaga, no había reconocido al presidente que a éste sustituyera y se había hecho elegir, por una junta sediciente nacional, presidente en Veracruz, y publicó un decreto en el cual anulaba su abdicación y retiraba a Miramón los poderes que le confiriera para ejercerlos de nuevo él mismo.]
[Footnote 2: Repetimos aquí lo que en la nota precedente. (_N. del T._)]
III
LOS SALTEADORES
La berlina seguía adelante, rodeada de su escolta, camino de Orizaba; pero a poca distancia de esta ciudad dobló a un lado y por una trocha penetró de nuevo en el camino de Puebla y avanzó hacia los desfiladeros de las Cumbres.
Mientras la berlina corría a escape por la polvorosa carretera, los dos viajeros que en ella iban sostenían un coloquio.
La dama que acompañaba al anciano tenía a lo más dieciséis o diecisiete años; de correctas y delicadas facciones, ojos rodeados de largas pestañas que al entornarse trazaban un oscuro semicírculo en sus aterciopeladas mejillas, nariz recta de rosadas y movibles ventanillas, boca diminuta cuyos coralinos labios al entreabrirse descubrían la doble sarta de perlas de sus dientes, barbilla dividida en dos por un hoyuelo, cutis pálido el mate de cuya blancura aumentaban los sedosos rizos de una cabellera de azabache que le encuadraba el rostro y se le desparramaba por los hombros, asumía uno de esos aspectos singulares y simpáticos como únicamente los producen Las tierras equinocciales, y que, no obstante carecer de la delicadeza de contornos de las endebles beldades de los fríos climas del norte, tienen ese irresistible atractivo que hace soñar el ángel en la mujer e impone no sólo el amor, sino también la adoración.
Graciosamente ovillada en un rincón de la berlina y semiescondida en oleadas de gasa, dejaba vagar con ademán pensativo su mirada por el campo y sólo respondía con monosílabos y gesto distraído a las palabras que le dirigía su padre.
El anciano, aunque fingía cierta tranquilidad de espíritu, al parecer no las tenía todas consigo.
--Ya ve V. que esto no se presenta claro, Dolores, decía don Antonio; a pesar de las reiteradas afirmaciones de los jefes del gobierno de Veracruz y de la protección de que hacen alarde de rodearme, no tengo maldita la confianza en ellos.
--¿Por qué, padre? preguntó con indolencia la joven.
--Por un sin fin de razones, y la primera y principal porque soy español. Usted ya sabe que por desgracia en los tiempos que atravesamos, esta cualidad no contribuye sino a aumentar el odio que los mejicanos llevan a los europeos en general.
--Demasiado cierto es lo que V. dice, padre, pero permítame que le dirija un ruego.
--Diga V.
--Pues bien, quisiera que me hiciese sabedora de las apremiantes causas que le han obligado a abandonar súbitamente Veracruz y emprender este viaje conmigo sobre todo, a quien nunca se lleva en sus excursiones.
--Es muy sencillo, hija mía; intereses de monta reclaman mi presencia en Méjico, a donde debo trasladarme cuanto antes; por otra parte, el horizonte político se ennegrece más cada día, y he reflexionado que la estancia en nuestra hacienda del Arenal podría dentro de poco hacerse peligrosa para nuestra familia. He determinado pues, después de haberla dejado a V. en Puebla en casa de nuestro pariente don Luis de Pezal, de quien es V. ahijada muy querida, llegarme hasta el Arenal, recoger allí al hermano de V., Melchor, y llevármelos a Vds. dos a la capital, donde fácilmente podremos hallar una protección eficaz, en el caso, por desgracia facilísimo de prever, en que ocurriera, no una nueva revolución, pues estamos sufriendo una hace ya mucho tiempo, sino un cataclismo que derribaría de repente al poder constituido para poner en su lugar él de Veracruz.
--¿Y éste es el único motivo que le impulsó a V., padre? preguntó la joven inclinándose ligeramente y sonriendo con suavidad.
--¿Qué otro pudiera ser, querida Dolores?
--No sé, por eso se lo pregunto.
--Es V. una niña curiosa, repuso el anciano, riendo y amenazando con el dedo a su hija; V. quisiera que le descubriera mi secreto.
--¿Conque hay un secreto?
--¿Quién sabe? pero en cuanto al particular tendrá V. que resignarse, pues no diré palabra.
--¿De veras, padre?
--Formal.
--Entonces no insisto, pues me consta que cuando toma V. estos humos y frunce el ceño, es inútil machacar.
--¡Ah locuela!
--Pero lo mismo da; sin embargo, me hubiera gustado saber por qué emprendió V. este viaje bajo un nombre supuesto.
--Respecto a esto voy a decírselo a V. de mil amores; mi nombre es demasiado conocido y extendida, por demás, mi fama de hombre rico para aventurarme a ostentarlo por los caminos estando éstos como están infestados de salteadores.
--¿Es ésta la única causa?
--La única, hija mía, y a mi ver bastante poderosa para obligarme a obrar como he obrado.
--Está bien, repuso Dolores moviendo la cabeza con ademán embotijado; y luego, transcurrido un instante, preguntó de improviso: padre, ¿no le parece a V. que el coche va más despacio?
--Tienes razón, respondió el anciano; ¿qué significa esto?
Don Antonio bajó el cristal y sacó la cabeza por la ventanilla, pero nada vio de particular.
En aquel instante la berlina se internaba en el desfiladero de las Cumbres, y la carretera describía tantas revueltas, que la vista no podía extenderse más allá de veinticinco a treinta pasos hacia delante o hacia atrás.
El padre de la dama llamó entonces a uno de los criados que iban a la zaga, y le preguntó:
--¿Qué ocurre, Sánchez? me parece que no andamos tan aprisa.
--Es cierto, señor amo, respondió el interpelado; desde que hemos dejado el llano caminamos más despacio, sin que me explique la causa; los soldados de nuestra escolta parecen estar recelosos, cruzan palabras en voz baja y miran continuamente en torno de sí; es palmario que temen algún peligro.
--¿Acaso intentarían atacarnos los salteadores o los guerrilleros que infestan los caminos? dijo el anciano con mal disimulada zozobra; infórmese V., Sánchez. El sitio estaría bien escogido para una sorpresa; sin embargo, nuestra escolta es numerosa, y a menos que esté en connivencia con los bandidos, dudo que éstos se atrevan a cerrarnos el paso. Vaya V., Sánchez, vaya; interrogue con destreza a los soldados y vuelva para decirme lo que haya sabido.
El criado saludó, tiró de la brida para dejar que se adelantase el coche, y se dispuso a cumplir la comisión que su amo acababa de confiarle; pero casi al punto se reunió de nuevo a don Antonio.
--Estamos perdidos, señor amo, dijo Sánchez con las facciones descompuestas, voz jadeante, que silbaba al pasar por entre sus dientes apretados por el terror, y con el rostro cubierto de palidez cadavérica.
--¡Perdidos! exclamó don Antonio, experimentando una sacudida nerviosa y fijando en su hija, enmudecida por el espanto, una mirada en que se reflejaba todo el amor paternal. ¡Perdidos! V. está loco, Sánchez; a ver, explíquese.
--Es inútil, mi amo, respondió el infeliz con voz entrecortada. Ahí llega el señor don Jesús Domínguez, el jefe de la escolta, quien indudablemente viene a participar a V. lo que ocurre.
--Que venga, repuso don Antonio; por terrible que sea, vale más conocer la realidad que no experimentar una ansiedad semejante.
La berlina se había detenido en una especie de plataforma de unos cien metros cuadrados; don Antonio tendió una mirada fuera del coche y continuó viendo la escolta alrededor de éste; lo único que notó fue que en lugar de veinte jinetes había cuarenta.
El anciano comprendió que se encontraba cogido en una emboscada, que el resistir sería locura, y que para salvarse no le cabría sino someterse. No obstante, como a pesar de su edad estaba todavía en el pleno de sus fuerzas y tenía el carácter enérgico y el alma resuelta, no se dio por vencido de buenas a primeras, sino que determinó sacar el mejor partido posible de su enojosa posición.
Después de haber besado con ternura a su hija, y recomendado que permaneciese inmóvil y para nada interviniese en lo que iba a pasar, en lugar de quedarse en la berlina, don Antonio abrió la portezuela y se apeó con ligereza empuñando un revólver en cada mano.
Los soldados, aunque sorprendidos de esta acción, no hicieron ademán alguno para oponerse a ella y guardaron impasibles el orden de formación en que se encontraban.
Por lo que toca a los cuatro criados del viajero, acudieron sin vacilación a colocarse detrás de éste, con la carabina preparada y prontos a hacer fuego a la primera orden de su amo.
Sánchez había dicho la verdad: don Jesús Domínguez llegaba al galope, pero no solo, sino acompañado de otro jinete.
Este último, que vestía suntuoso uniforme de coronel del ejército regular, era hombre de baja estatura, rechoncho, de facciones lúgubres, bizco y de piel que por su color cobrizo descubría al indio de pura raza.
En el mencionado lúgubre personaje, a quien el viajero viera dos o tres veces en Veracruz, conoció éste inmediatamente a don Felipe Neri Irzabal, uno de los jefes guerrilleros del partido de Juárez; así es que no sin estremecerse de terror aguardó don Antonio la llegada de los dos jinetes. Sin embargo, cuando éstos se encontraron a pocos pasos de la berlina, en lugar de permitirles que le interrogasen, fue él quien primero tomó la palabra.
--¡Hola, caballeros! exclamó con voz altanera, ¿qué significa esto y por qué me obligan Vds. a interrumpir de esta suerte mi viaje?
--Va V. a saberlo, querido señor, respondió con zumba el guerrillero, y para que desde luego sepa a qué atenerse, en nombre de la patria le arresto.
--¿Que V. me arresta? ¿Usted? exclamó el anciano; ¿y con qué derecho?
--¿Con qué derecho? repuso el coronel con fisga de mal agüero. ¡Vive Cristo! que de convenirme podría responder a V. que es con el derecho del más fuerte, y me parece que la razón sería perentoria.
--Efectivamente, replicó el viejo con voz burlona, y supongo que es la única que puede V. invocar.
--Pues se equivoca V., señor mío; no la invocaré; si le arresto es por espía y reo de alta traición.
--¿Está V. en su juicio, señor coronel? ¡Yo, espía y traidor!
--Hace ya mucho tiempo que el gobierno del excelentísimo señor presidente Juárez no le pierde a V. de vista, y como le han vigilado todos los pasos, se sabe por qué ha salido V. tan precipitadamente de Veracruz y qué le lleva a Méjico.
--Me dirijo a Méjico para asuntos comerciales, y esto lo sabe el presidente, como lo demuestra él que de propio puño haya firmado mi salvoconducto y él que voluntariamente y sin que yo la solicitase me haya cedido la escolta que me acompaña.
--Verdad es cuanto V. dice, señor; nuestro magnánimo presidente, a quien siempre repugnan las medidas rigurosas, no quería hacerle arrestar, sino que en consideración a las canas que V. peina, prefería dejarle los medios de escaparse; pero la última traición de V. ha llenado la medida, y aunque de mala gana ha conocido la necesidad de obrar con mano fuerte. Aquí donde me ve, yo he recibido la orden de perseguir y arrestar a V., y le arresto.
--¿Y podría saber de qué traición se me acusa?
--Señor don Andrés de la Cruz, respondió el coronel, nadie como V. debe saber los motivos que le han inducido a sustituir su nombre con él de don Antonio de Carrera.