Las noches mejicanas

Part 19

Chapter 194,102 wordsPublic domain

El capellán dijo algunas palabras al que de éstos estaba más próximo a la puerta, y él y el conde, seguidos de un carcelero, se dirigieron hacia el calabozo del condenado a muerte. El carcelero, con un farol en la mano, guió silenciosamente a los dos visitantes al través de una larga serie de corredores, y una vez delante de una puerta forrada de hierro, se detuvo y pronunció estas únicas palabras:

--Pueden Vds. entrar.

El capellán y el conde penetraron en el calabozo; y decimos calabozo por ser palabra consagrada por el uso, ya que la pieza en la que aquéllos entraron todo lo parecía menos tal. Era una celda bastante capaz, iluminada por dos ventanas ojivales provistas de fuertes rejas en la parte exterior, y en la cual había una cama, más bien dicho, un catre sobre el que estaba tendido un cuero de vaca, una mesa, gran número de sillas y un espejo colgado del muro. En la testera se veía un altar cubierto de negro, en él que, desde que se dictó la sentencia, el capellán rezaba una misa por la mañana y otra por la tarde.

El condenado estaba en capilla.

Al oír este pormenor, pues la costumbre de poner en capilla a los reos de muerte sólo existe en España y sus colonias, los dos oyentes cruzaron al soslayo una mirada de inteligencia, que pasó inadvertida al aventurero. El cual, sin notar la falta que acababa de cometer, continuó.

--El condenado, que estaba sentado en un taburete, con la cabeza en la palma de la diestra y el codo apoyado en la mesa, y leyendo a la luz de un humoso candil, al entrar los visitantes se levantó con diligencia, y saludando con la cortesía más exquisita, dijo:

--Señores, sírvanse Vds. dispensarme la honra de molestarse unos instantes; pronto van a llegar las personas a quienes mandé a buscar y cuya presencia aquí es indispensable para que luego nadie pueda poner en tela de juicio la veracidad de lo que voy a revelar.

El capellán y el conde hicieron un gesto de asentimiento y se sentaron en las butacas que aquél les acercara.

Los circunstantes guardaron silencio por espacio de algunos minutos, silencio sólo interrumpido por el cadencioso paso del centinela colocado en el corredor para vigilar al condenado.

Brazo Rojo se había sentado de nuevo en su taburete y parecía meditar, cuya circunstancia aprovechó el conde para examinarle detenidamente.

Era el bandido hombre de treinta y cinco a cuarenta años, alto y bien formado y de gestos desembarazados y elegantes. Debido a la costumbre del mando, tenía la cabeza un tanto echada hacia atrás, sus facciones eran abultadas y simpáticas y en su mirada había una fijeza extraordinaria; en cuanto a la fisonomía, es imposible describir el singularísimo sello que imprimía en ella la notable expresión de apacibilidad y de energía que la animaba. Cabellos azulados de puro negros, espesos y ensortijados de suyo, que se le desparramaban por los hombros, formaban marco a su hermoso rostro. El traje que llevaba el reo, de terciopelo negro y de corte excepcional, hacía contraste con la palidez mate de su dueño, y a ser posible realzaba el aspecto simpático de éste.

Transcurridos algunos minutos se oyó ruido de pasos en el corredor, rechinó una llave en la cerradura, se abrió la puerta, y parecieron dos hombres guiados por el carcelero, el cual, después de haberles introducido silenciosamente en el calabozo, volvió a salir, cerrando tras sí la puerta.

El primero de los dos sujetos recién entrados era el director de la cárcel, anciano todavía lozano a pesar de sus setenta años, de facciones sosegadas, aspecto venerable, y cuyos cabellos, canos, poco abundantes y cortados casi al rape en las sienes, por detrás le caían sobre el cuello de su levita. El segundo, militar, un mayor, a juzgar por sus charreteras, frisaba con los treinta, y nada de particular ofrecían sus facciones; era uno de esos hombres nacidos para vestir el uniforme y que en traje de paisano están ridículos.

Ambos saludaron cortésmente, y sin proferir palabra aguardaron a que se la dirigieran explicándoles el porqué de haberles llamado a aquel sitio.

Comprendiéndolo así el reo, éste se apresuró a hacerles sabedores de las causas que le habían obligado a suplicarles a que se presentasen en el calabozo en el momento supremo en que nada debía esperar ya de los hombres.

--Señores, dijo con voz firme Brazo Rojo, dentro de algunas horas habré saldado mis cuentas con la justicia humana y compareceré ante la más terrible de Dios. Desde el día en que empezó para mí la implacable lucha que sostuve contra la sociedad, cometí muchos crímenes, serví a muchos odios y convertí en cómplice de un número incalculable de atentados a cual más odioso. La sentencia que me condena es justa, y aunque resuelto a sobrellevarla con la fortaleza del hombre a quien la muerte no ha arredrado nunca, creo deber confesar a Vds., con la sinceridad más grande y la humildad más profunda, que me arrepiento de mis crímenes, y que lejos de morir impenitente, los expiaré suplicando a Dios, no que me perdone, sino que tome en cuenta mi arrepentimiento.

--Bien, hijo mío, bien, dijo con amor el capellán; refúgiese V. en Dios, su bondad es infinita.

Por espacio de algunos segundos reinó el más profundo silencio.

--En este momento supremo, dijo por fin Brazo Rojo, querría haber reparado los males que he causado; pero ¡ay! es imposible, mis víctimas están muertas y poder alguno humano sería capaz de devolverles la vida que tan traidoramente les quité. Sin embargo, entre los crímenes que sobre mí pesan hay uno, tal vez de todos el más horrendo, que si no puedo repararlo completamente, a lo menos espero neutralizar sus efectos, revelando a Vds. sus siniestras peripecias y divulgando el nombre de mi cómplice. Dios, al conducir de improviso a esta ciudad al conde Octavio, quiso sin duda imponerme esta expiación; por lo tanto me someto a su voluntad, esperando que en cambio de mi obediencia tal vez se apiade de mí. Al suplicarles a Vds., señores, que viniesen aquí, me guió la idea de que la persona más interesada en lo que voy a decir contase con los testigos indispensables, para que después la justicia humana pudiese, sin temor alguno, perseguir al culpado. Así pues, señores, sírvanse Vds. tomar nota de mis palabras, que al umbral del sepulcro les juro serán reflejo de la verdad más pura.

El condenado se calló y se entregó a la meditación como para recoger sus recuerdos.

Los asistentes sentían la curiosidad más viva; el conde, principalmente, ensayaba en vano, bajo una apariencia fría y severa, disimular la ansiedad que le oprimía el corazón; tenía el presentimiento de que por fin iba a ser dueño del impenetrable secreto que hasta entonces envolvía a su familia y cuyo descubrimiento persiguiera inútilmente por espacio de tanto tiempo.

Brazo Rojo escogió, entre los muchos papeles que cubrían su mesa, un cuaderno bastante voluminoso, y después de abrirlo y colocarlo ante sí, dijo:

--Aunque desde la fecha en que ocurrieron los sucesos que aquí se narran, hayan transcurrido ocho años, están tan presentes en mi memoria, que tan pronto supe la llegada del conde Octavio a esta ciudad, me puse a escribirlos circunstanciadamente a vuela pluma. Esta horrorosa historia es la que voy a leerles a Vds., señores; historia a cuyo pie me harán ustedes luego el favor de echar su firma, a fin de dar al manuscrito este la autenticidad indispensable para que el señor conde haga de él el uso que juzgue más conveniente en pro de su familia y para castigo del culpado. Yo no fui sino el cómplice pagado, el instrumento de que se sirvieron para herir a la víctima.

--Esta precaución es muy buena, dijo entonces el director de la cárcel; no hallaremos reparo en firmar esa revelación, sea la que fuere.

--Gracias, señores, profirió el conde; por más que yo ignore los hechos que van a sernos revelados, me asisten sin embargo ciertas razones particulares para tener la cuasi certeza de que lo que voy a saber es de grandísima importancia para la dicha de algunas personas de mi familia.

--Va V. a juzgar de ello, señor conde, dijo el reo, empezando a leer su manuscrito, lo cual duró próximamente dos horas.

Del conjunto de los hechos resultaba: primeramente que la bala que cortara la existencia del príncipe de Oppenheim-Schlewig había partido del fusil de Brazo Rojo, quien al efecto se emboscara entre unas matas, y que el segundogénito del príncipe había pagado al bandido para que cometiera tal asesinato. Una vez en la resbaladiza pendiente del crimen, el joven se había entregado a él en cuerpo y alma, sin vacilación y sin remordimientos, para lograr el fin que se propusiera, que no era sino él de apoderarse de la fortuna paterna. Después de un parricidio, para él nada significaba un fratricidio, y lo llevó a cabo con un lujo de precauciones atroz. Otros crímenes más horrorosos aún, si es posible, los refería el manuscrito, con una verdad de pormenores tal y con apoyo de pruebas tan irrecusables, que los testigos llamados por el reo se preguntaban con espanto si era posible que existiese un monstruo tan atroz y qué horrible castigo le reservaba la justicia divina, de la que él se burlaba con tan horroroso cinismo hacía tantos años. A la princesa, al saber la muerte de su esposo, le habían sobrevenido los dolores del parto y dado a luz, no una niña, como todos creían, sino dos gemelos, uno de los cuales, el niño, fue arrebatado por orden del príncipe con objeto de anular la cláusula del testamento de su padre que transmitía al hijo que debía nacer, caso de ser varón, los títulos y toda la fortuna de la familia.

El conde Octavio, con el rostro sepultado entre las manos, se creía pábulo de una terrible pesadilla; a pesar de las prevenciones que le animaran siempre contra su cuñado, nunca se hubiera atrevido a creerle capaz de cometer impasiblemente y a largos intervalos una serie de crímenes odiosos pacientemente urdidos y meditados a impulsos de la más vil, despreciable e inexcusable de todas las pasiones, la sed de oro. El conde se preguntaba si no obstante las irrecusables pruebas que de esta suerte y de improviso se le venían a las manos, hallaría en todo el imperio un tribunal que se atreviese a asumir la responsabilidad de perseguir tan vergonzosos e inhumanos crímenes. Además, como de hacer pública tal revelación quedaba irremisiblemente deshonrada una familia a la cual estaba entroncada la suya, ¿iba a refluir sobre ésta la deshonra? Todos estos pensamientos bullían en la mente del conde, causándole dolores agudísimos y acrecentando su perplejidad hasta el extremo que no sabía que resolución tomar. En caso tan grave, no se atrevía a pedir consejo a nadie ni buscar apoyo fuera de sí mismo.

--Caballero, dijo Brazo Rojo levantándose y acercándose al conde, tome V. este manuscrito; desde ahora le pertenece.

El conde tomó maquinalmente el cuaderno que le entregaba el reo, quien continuó en estos términos:

--Comprendo su admiración de V. y su espanto, señor; son tan horribles los acontecimientos esos, que a pesar del sello de verdad que revisten, de las circunstancias excepcionales en que han sido escritos, y de la autoridad de las personas que los han firmado después de leídos, corren peligro de ser puestos en duda; así pues quiero ponerlos al abrigo de toda sospecha de impostura, añadiendo al manuscrito lo que se ha dado en llamar piezas de autos y que yo llamaré pruebas irrecusables.

--¿Posee V. pruebas? preguntó el conde estremeciéndose.

--Sí, señor. Sírvase V. abrir esta cartera y en ella hallará veintitantas cartas de su cuñado de usted dirigidas a mí, todas ellas referentes a los hechos narrados en este manuscrito.

--¡Dios mío! ¡Dios mío! profirió el conde juntando las manos; pero volviéndose prontamente hacia Brazo Rojo, dijo: es muy singular.

--Le comprendo a V., repuso el reo sonriendo.

V. se admira de que yo poseyese cartas tan comprometedoras para el príncipe, sin que éste se haya servido de su poderío para hacerme desaparecer y recuperarlas.

--En efecto, dijo el conde, admirado de que el reo hubiese adivinado su pensamiento; el príncipe, mi cuñado, es hombre por todo extremo prudente, y sobre esto tenía interés sumo en hacer desaparecer pruebas tan abrumadoras para él.

--Así es, y no hubiera dejado de hacerlo aun cuando hubiese debido apelar a los medios más expeditos para conseguirlo; pero el príncipe ignora que tales pruebas hayan quedado en mis manos y por qué sucedió así. Voy a explicárselo a V.: cada vez que por escrito me daba una cita, en presencia de él quemaba yo una carta exacta a la que él me había enviado, para demostrarle la buena fe de mi conducta y la confianza que él me merecía; de modo que nunca sospechó que yo las hubiese retenido en mi poder. Luego y en cuanto hubo parido la princesa, suponiendo yo con fundamento que habiendo el príncipe logrado sus propósitos desearía deshacerse de mí, le salí a camino abandonando de repente el país, durando mi ausencia tres años, que los pasé en el extranjero. Transcurrido este período de tiempo, hice circular la voz de mi muerte, componiéndomelas para que esta noticia llegase a oídos del príncipe, con visos de la más exacta verdad. Luego me vine aquí. El príncipe nunca supo como me llamaba yo, porque nosotros, los caballeros de carretera, no sólo tenemos la costumbre de cambiar de seudónimo cada dos por tres, siendo como es para nosotros el incógnito una salvaguardia, sino usar tres o cuatro a la par a fin de establecer respecto de nosotros una confusión gracias a la cual nos encontramos del todo seguros. Así pues, el príncipe, a pesar de todas sus pesquisas, si, lo que ignoro, intentó llevarlas a cabo alguna vez, no logró, no diré descubrir mi paradero, ni aun comprobar mi existencia.

--Pero ¿con qué objeto había V. conservado estas cartas? preguntó el conde.

--Con el muy sencillo de servirme de ellas para obligar al príncipe, por medio del temor a una revelación, a que me proporcionase el dinero que me hiciese falta cuando se me antojase renunciar a mi peligroso oficio; pero como me sorprendieron cuando menos lo esperaba, no pude hacer uso de ellas; y ello no lo siento ahora, se lo aseguro a V.

--Gracias, dijo con efusión el conde; pero en cambio del inmenso servicio que acaba V. de prestarme ¿no me sería dable hacer algo por V. en la situación extrema en que se halla?

Brazo Rojo dirigió al soslayo una mirada en torno de sí, y vio que para dejar al conde en completa libertad de hablar con él, el capellán y los dos militares se habían retirado al rincón más distante del calabozo, donde al parecer conversaban con mucha animación.

--¡Ah! señor conde, dijo el reo con voz apenas perceptible, es ya demasiado tarde; yo hubiera querido...

--Diga V., tal vez pueda yo satisfacer su último deseo.

--No es la muerte lo que me espanta, señor, profirió Brazo Rojo, sino subir al ignominioso cadalso, el verme expuesto en vida a la irrisión y a los insultos de ese populacho al que por tanto tiempo vi temblar ante mí; esto es lo que turba mis postreros instantes y me entristece. Lo que yo quisiera es burlar la expectación de esa multitud frenética que anticipadamente se recrea en mi suplicio, y que llegado el momento de conducirme a él no encontrasen sino mi cadáver. Ya ve V., señor conde, que nada puede hacer en mi favor.

--Se equivoca V., repuso Octavio con viveza; no sólo puedo evitarle a V. el bochorno del cadalso, sino también a sus dos compañeros, si quieren.

--¿No me engaña V.? preguntó el reo, por cuyos ojos pasó un rayo de alegría.

--¡Silencio! profirió el conde; ¿qué interés tendría yo en engañarle, cuando no deseo sino demostrarle mi agradecimiento?

--Dice V. bien; pero ¿de qué medio va V. a valerse?

--Escuche V., esta sortija que ostento en el dedo encierra un veneno activísimo; basta abrir el engaste y aspirar su contenido para caer muerto con la rapidez del rayo y sin padecimiento alguno. Uno de mis antepasados trajo de Nueva España, de donde había sido virrey, esta sortija. Ya sabe V. cuan inteligentes son los indios para componer venenos. Tome V. la sortija.

--¡Oh! gracias, dijo Brazo Rojo, apoderándose de ella y escondiéndosela en el pecho; gracias, señor conde, ha saldado V. sus cuentas conmigo, nada me debe V. ya; al contrario, donándome esta sortija sale V. acreditando. Gracias, gracias; de esta suerte mis pobres amigos y yo evitaremos la suerte ignominiosa que nos espera.

El conde y Brazo Rojo se acercaron entonces a los demás personajes que concurrieran al calabozo, los cuales, al ver que el coloquio que aquéllos sostenían había terminado, cesaron de hablar.

--Caballeros, dijo el reo, con toda el alma les agradezco a Vds. que se hayan dignado asistir a la revelación que mi conciencia me ordenaba hacer; ahora me siento más sosegado, y puedo aguardar tranquilamente los brevísimos instantes que me separan de la muerte. Quisiera pedir a Vds. un nuevo favor, y es que me dejasen pasar los contados segundos que de existencia me quedan, junto a mis dos compañeros que, cual yo, deben morir hoy en el patíbulo.

--Es un consuelo supremo, repuso el capellán.

El director de la cárcel reflexionó por espacio de un minuto, y luego dijo al reo:

--No hallo inconveniente en acceder a sus deseos; voy a dar las órdenes necesarias para que conduzcan acá a sus compañeros y permanezcan Vds. reunidos hasta el momento de la ejecución.

A una orden del director de la cárcel, el centinela llamó al carcelero, que acudió a abrir la puerta del calabozo.

--Adiós, señores, dijo el reo. Él les acompañe.

El conde, después de haberse despedido del capellán y de las otras dos personas, se salió de la cárcel, atravesó la plaza, llena de una multitud inmensa, y se apresuró a entrar en su casa, donde llegó en el preciso instante en que sonaban las seis, hora designada para la ejecución.

De improviso y como por arte de magia imperó el más profundo silencio entre la muchedumbre, un segundo antes tan bulliciosa y movediza; y es que por fin iba a ver cumplida su venganza.

VII

EL VENGADOR

No bien hubo llegado a su casa, el conde dictó sus disposiciones para partir inmediatamente, olvidándose por completo del asunto que le llevara a Bruneck. Por otra parte, por muy importante que le hubiese sido el asunto, no hubiera sido parte a retenerle; tal era la priesa que de alejarse sentía aquél.

Sin embargo, no tuvo más remedio que permanecer todavía algunas horas más en la ciudad, por no ser posible disponer de caballos hasta las tres de la tarde.

Octavio se aprovechó de este contratiempo para tomar algún descanso, pues en efecto le rendía la fatiga. A poco de haberse acostado dormía tan profundamente, que no oyó siquiera las desaforadas y furiosas voces que daba la multitud al ver que en lugar de los tres criminales a quienes hacía tanto tiempo estaba aguardando para gozarse en su suplicio y saborear con delicia una venganza tan anhelada, no le entregaban sino tres cadáveres.

En el momento en que el carcelero y los agentes de la justicia entraron en el calabozo de los condenados para conducir a éstos al patíbulo, no hallaron sino tres cadáveres.

Cuando el conde despertó, todo había concluido; las tiendas estaban abiertas y la ciudad ofrecía el aspecto normal.

Octavio preguntó si estaba dispuesto el coche, y al responderle que éste le estaba aguardando a la puerta de la casa, apresuró los últimos preparativos, que pronto estuvieron terminados, y bajó a la calle.

--¿A dónde vamos, excelentísimo señor? preguntó el lacayo descubriéndose.

--A Viena, respondió el conde, acomodándose en el testero del carruaje.

El postillón esgrimió su látigo, y los caballos partieron a escape.

Octavio había reflexionado, y el resultado de sus reflexiones fueron éste: sólo existía una persona bastante poderosa para hacer que le administraran recta y pronta justicia: el emperador; así pues a éste era a quien debía dirigirse. Ahí porque tomó el camino de Viena.

Larga es la distancia que separa a Bruneck de la capital del imperio; así es que en aquellos tiempos en que los caminos de hierro estaban en sus comienzos y no existían sino en ciertas líneas estratégicas muy contadas, los viajes eran largos, incómodos y dispendiosos. Él del conde duró veintisiete días. Lo primero que hizo Octavio al llegar al término que se propusiera, fue informarse respecto de la residencia del emperador, que en aquel entonces se encontraba en Schoenbrunn, situado a una legua escasa de Viena. Para no perder un tiempo precioso, empero, era menester recabar lo más pronto posible una audiencia del emperador, y como Octavio pertenecía a una familia demasiado encumbrada para que le hiciesen esperar, dos días después de su llegada a la capital de Austria, fue recibido en audiencia.

Como ya he manifestado, el palacio de Schoenbrunn se levanta a legua o legua y media de Viena, allende y un poco a la izquierda del arrabal de Mariahilf. Dicho palacio imperial, empezado por José I y terminado por María Teresa, es de construcción sencilla, elegante, graciosa, sin embargo de lo cual no carece de majestad. Se compone de un gran cuerpo con habitaciones del que parten dos alas circulares, y corona el peristilo una escalinata de dos rampas que afluye al piso primero. Paralelos al cuerpo principal del palacio hay algunos edificios bajos destinados a la servidumbre y a las caballerizas, los cuales están unidos a cada uno de los extremos de las alas, dejando únicamente en el eje de la escalinata una abertura no de diez metros, a cada lado de la que se levanta un obelisco. Se llega a Schoenbrunn por un puente echado sobre el Viena, delgado hilo de agua que va a perderse en el Danubio, y a espaldas del palacio se extiende un jardín semicircular en el testero del cual se levanta un mirador situado en la cúspide de un otero sembrado de césped rodeado de umbríos sotos, en los que se disfruta de suavísimo ambiente y del armonioso gorjear de infinidad de pájaros, Schoenbrunn, célebre por haber vivido en él Napoleón I y haber muerto en él, tras dolorosa agonía, el duque de Reichstad, hijo de este famoso capitán, ostenta un sello de indecible tristeza y de indefinible languidez; todo en él es sombrío, melancólico y aflictivo; la corte, con su rigurosa etiqueta y su fausto, apenas si logra de tiempo en tiempo galvanizar aquel cadáver. Como el palacio de Versalles, Schoenbrunn no es sino un cuerpo sin alma, incapaz de volver a la vida bajo esfuerzo alguno.

El conde llegó a Schoenbrunn diez minutos antes de la hora de su audiencia, fijada para mediodía, y una vez ésta hubo sonado, un chambelán de servicio, que le estaba aguardando, le introdujo a presencia del emperador, que se encontraba en un salón particular, en pie y arrimado a una chimenea.

La acogida que el soberano reservó al conde, fue cordial en extremo. La audiencia duró unas cuatro horas, y fue tan secreta, que nadie ha sabido nunca qué pasó entre el emperador y el conde; lo único de que se tiene noticia es que al despedirse los conferenciantes, S. M., en el momento de tender la mano al conde para que éste se la besase, dijo:

--Creo que vale más obrar así; en pro de la nobleza toda, es menester evitar a toda costa el horroroso escándalo que provocaría la publicidad de tan espantosos hechos; no le faltará a V. nunca mi apoyo; vaya V., señor conde, y quiera Dios que con los elementos que pongo en sus manos consiga V. sus propósitos.

El conde hizo una respetuosa reverencia y se volvió a Viena, de la que salió aquella noche misma para tomar la vuelta de su casa.

Al par que Octavio, y por el mismo camino, salió un correo de gabinete, expedido por el emperador.

El aventurero, al llegar aquí de su relato, hizo una nueva pausa, y fijando los ojos en el conde del Saulay, le preguntó:

--¿V. sospecha lo que pasó entre el emperador y Octavio?

--Casi casi, respondió el joven.

--¡Ah! profirió el aventurero con admiración, me gustaría saber el resultado de sus observaciones.

--¿Me permite V. que se lo diga?

--Pues sí.