Las noches mejicanas

Part 18

Chapter 184,086 wordsPublic domain

--No insisto, mi querido don Adolfo, repuso el joven sonriendo; así pues doblemos la hoja.

--Entonces es V. libre de dar comienzo a la historia que ofreció contarnos, dijo Domingo al aventurero.

Oliverio llenó un vaso de champaña con refino de Cataluña, lo vació de un sorbo, y golpeando la mesa con el mango de un cuchillo, dijo:

--Atención, señores, voy a dar principio; pero ante todo debo solicitar su indulgencia por ciertas lagunas y sobre todo por algunos puntos oscuros que aparecerán en mi relato; repito a ustedes que no haré sino relatar lo que me contaron a mí mismo, que por consiguiente hay muchas cosas que las ignoro y que no puedo ser responsable de las reticencias hechas probablemente con intención por el primer narrador, que indudablemente tiene sus razones para callarse ciertos incidentes de esta historia, por lo demás muy curiosa.

--Empiece V., empiece V., dijeron los dos jóvenes.

--Todavía encierra otra dificultad este relato, continuó don Jaime con la mayor imperturbabilidad, y es que ignoro completamente en qué tierra pasó; pero esto no tiene sino una importancia relativa, ya que poco más o menos los hombres son los mismos en todas partes, es decir, movidos y señoreados por vicios y pasiones idénticos. De lo que creo estar cierto es de que los hechos pasaron en el viejo mundo; pero Vds. van a juzgar. Había en Alemania (supongamos que fue en Alemania donde pasó esta verídica historia); había en Alemania, repito, una familia rica y poderosa cuya nobleza se perdía en la noche de los tiempos. Ya saben ustedes, de fijo, que la nobleza alemana es una de las más antiguas de Europa y que entre ella las tradiciones sobre el honor se han conservado casi intactas hasta hoy. Ahora bien, el príncipe de Oppenheim-Schlewig, que así le llamaremos, el jefe de esta familia, era príncipe y tenía dos hijos poco más o menos de la misma edad, pues el mayor no llevaba sino dos o tres años al menor, ambos gentiles de cuerpo y dotados de grande inteligencia; estos dos jóvenes habían sido educados con todo cuidado, bajo la vigilancia directa de su padre. En Alemania no pasa como en América; la potestad del jefe de la familia está muy extendida y no es menos respetada; hay algo realmente patriarcal en el modo como se conserva la disciplina interior de la casa. Los jóvenes se aprovechaban de las lecciones que recibían, pero a medida de los años iban caracterizándose sus inclinaciones, y en este punto pronto les separó una diferencia marcadísima, por más que ambos fuesen caballeros cumplidos, en la acepción vulgar de la palabra. Sin embargo, sus cualidades morales, si puedo expresarme así, diferían de todo en todo: el primero era apacible, afable, servicial, grave, esclavo de sus deberes y sobre todo imbuido en superlativo grado del honor de su apellido; el segundo mostraba gustos diametralmente opuestos; por más que era extremadamente orgulloso y estaba muy más pagado de su nobleza, no reparaba en comprometer el respeto que debía a su apellido, en los garitos más inmundos y entre gente la más soez; en una palabra, llevaba la vida más disipada y borrascosa. El príncipe se condolía a solas del desenfreno de su segundogénito, y para traerle a buen camino le había llamado repetidas veces a su presencia y le había dirigido las más severas amonestaciones. El joven había escuchado respetuosamente a su padre y le había prometido enmendarse, pero en vez de cumplir su promesa, redobló sus escándalos.

Francia declaró la guerra a Alemania. El príncipe de Oppenheim-Schlewig fue uno de los primeros que obedeciendo las órdenes del emperador ingresó en el ejército, en compañía de sus dos hijos, que le seguían en calidad de edecanes e iban a recibir su bautismo de sangre. Pocos días después de su llegada al campamento, el príncipe recibió del general en jefe orden de practicar un reconocimiento. Se trabó con este motivo una seria escaramuza con los forrajeadores enemigos, y en lo más recio de la pelea el príncipe cayó del caballo, muerto; pero lo singular del caso y que nunca pudo explicarse, fue que la bala que acabó con él, le había entrado por entre los hombros, de atrás a delante.

Don Adolfo hizo una pausa y dijo a Domingo:

--Deme V. de beber.

El joven le escanció un vaso de ponche; el aventurero se lo sorbió casi hirviendo, y después de haberse pasado la mano por la frente, pálida y empapada en sudor, anudó su relato en estos términos:

--Los dos hijos del príncipe, que se encontraban a bastante distancia de éste cuando ocurrió la catástrofe, acudieron apresuradamente, pero no hallaron sino el ensangrentado cadáver de su padre. El dolor de los dos jóvenes fue hondísimo, él del primogénito, sombrío, por decirlo así, él del menor, ruidoso. Pese a las más minuciosas pesquisas, fue imposible descubrir como yendo el príncipe al frente de sus soldados, quienes adoraban en él, pudo ser herido por la espalda; esto permaneció siempre envuelto en el misterio. Los jóvenes se separaron del ejército y regresaron a su hogar, tomando el primogénito el título de príncipe y pasando a ser el jefe de la familia. En Alemania el derecho de primogenitura existe en todo su vigor; así pues el menor dependía completamente de su hermano; pero no queriendo éste dejarle en una situación inferior y vergonzosa, le donó la fortuna de su madre, unos cuatrocientos mil duros, le dejó completamente libre de sus acciones y le autorizó para que tomara el título de marqués.

--De duque, querrá V. decir, interrumpió el conde.

--Esto es, repuso don Adolfo, mordiéndose los labios, ya que era príncipe; pero ya sabe usted, añadió con sonrisa amarga, que nosotros los republicanos no estamos muy al tanto de esos títulos pomposos que no nos merecen sino el más profundo desprecio.

--Prosiga V., dijo Domingo con indolencia.

--El duque realizó su fortuna, se despidió de su hermano y partió para Viena, desde cuya fecha el príncipe, que había permanecido en sus tierras en medio de sus vasallos no oyó hablar de su hermano sino muy de tarde en tarde, y aún no de modo que pudiese darle satisfacción alguna. El duque no ponía ya dique a sus desenfrenos, llegando los escándalos a tal extremo, que el príncipe se vio constreñido a tomar una resolución severa y a intimar a su hermano la orden de abandonar inmediatamente el reino; orden que éste obedeció sin replicar. Durante una larga serie de años el duque viajó por Europa, y cuando escribía a su hermano, lo que rara vez acontecía, era para notificarle los cambios que según decía en él se habían operado y la reforma radical de su conducta. Creyese o no en sus protestas, el príncipe juzgó no deber dispensarse de anunciar a su hermano su próxima boda con una noble heredera, joven, hermosa y rica; y tal vez presumiendo que a causa de la distancia el duque no podría concurrir a ella, le invitó a asistir a la bendición nupcial. Si tal creyó, se equivocó de medio a medio, pues el duque llegó la víspera de la boda. Su hermano le recibió con agasajo y le señaló habitación en su propio palacio, y al día siguiente se efectuó la unión proyectada. La conducta del duque fue irreprochable; viviendo en compañía de su hermano, parecía aplicarse en complacerle en todo y en demostrarle a cada paso que su conversión era sincera. En una palabra, desempeñó tan perfectamente su papel, que engañó a todos, y al príncipe el primero; el cual no sólo le devolvió su amistad, sino que no tardó en concederle toda su confianza. Muchos meses hacía ya que el duque había regresado de sus viajes y parecía haber tomado la vida por lo serio y no sustentar sino un deseo: el de reparar sus faltas de la juventud. Acogido en el seno de todas las familias, al principio con cierta prevención, pero con distinción a no tardar, había casi logrado hacer olvidar los deslices de su pasada existencia, cuando no sé a propósito de qué fiesta o de qué aniversario, se celebraron en aquella tierra regocijos extraordinarios. Cumpliendo con su deber, el príncipe tomó, como era natural, la iniciativa de las diversiones y aun a instancias de su hermano resolvió darlas más brillo tomando personalmente una parte importante en las mismas. Se trataba de representar un como torneo, para el cual la primera nobleza de las comarcas circunvecinas, a invitación del príncipe, habían ofrecido con solicitud su concurso. Por fin llegó el día de las justas. La joven esposa del príncipe, bastante adelantada en una preñez laboriosa, movida por uno de esos presentimientos que nacen del corazón y nunca engañan, intentó en vano disuadir a su marido de que bajase a la liza, confesándole en medio de lágrimas que temía una desventura; el duque unió su voz a la de su cuñada para recabar de su hermano que se abstuviera de aparecer en el torneo más que como simple espectador. El príncipe, que creía su honor comprometido en la empresa, fue inquebrantable en su resolución, y después de chancearse y de tildar de quiméricos sus temores, se subió sobre su caballo y partió. Una hora después le llevaron moribundo a su palacio. Por acaso extraordinario, por fatalidad inaudita, el desventurado príncipe había encontrado la muerte en el sitio mismo donde pretendiera hallar el placer. El duque demostró el más profundo dolor por la espantosa muerte de su hermano. Inmediatamente se procedió a abrir el testamento del príncipe, por el cual éste nombraba heredero universal de todos sus bienes a su hermano, siempre y cuando la princesa, cuya preñez tocaba a su fin, no pariese varón, en cuyo caso éste heredaría los bienes y títulos de su padre y permanecería durante su minoridad bajo la tutela de su tío. Al saber la muerte de su marido, a la princesa le asaltaron repentinamente los dolores del parto, y dio a luz una niña.

Anulada por lo tanto la cláusula segunda del testamento, el duque tomó el título de príncipe y se apoderó de la fortuna de su hermano. La princesa, no obstante los halagadores ofrecimientos que le hizo su cuñado, no quiso continuar viviendo, como extraña, en un palacio donde había sido dueña y señora, y se retiró al seno de su familia.

El aventurero hizo una pausa, y luego preguntó a sus oyentes, sonriendo con ironía:

--¿Qué les parece a Vds. la historia?

--Aguardo que haya V. dado fin a ella para manifestarle mi parecer, dijo el conde.

--¿Así pues V. cree que no he terminado? arguyo don Adolfo dirigiendo una mirada límpida y penetrante a Luis.

--Todas las historias se componen de dos partes distintas, replicó éste.

--¿Cuáles?

--La apócrifa y la verdadera.

--Si no se explica V...

--De mil amores; la parte apócrifa es la pública, la que todo bicho viviente sabe y puede comentar y referir a su antojo.

--Corriente, profirió el aventurero; ¿y la parte real?

--Ésta es la secreta, la misteriosa, conocida de dos o tres personas a lo sumo; la piel de cordero arrebatada de encima de los lomos del lobo.

--O la máscara de virtud arrancada del rostro del bandido, exclamó con arranque terrible el aventurero; ¿no es eso?

--En efecto, así es.

--¿Y V. aguarda la parte segunda de esta historia?

--Sí, respondió con gravedad el conde.

Don Adolfo permaneció por espacio de dos o tres minutos con la frente apoyada en la palma de la mano, luego irguió con altivez la cabeza, vació de un trago el vaso que ante sí tenía, y con voz nerviosa y entrecortada, dijo:

--Entonces escuche V., porque por Dios vivo le juro que lo que ahora voy a contar vale la pena de ser oído.

VI

REVELACIÓN

Hubo una larga pausa de silencio, durante la cual nuestros tres personajes permanecieron sumergidos en profundas meditaciones.

Por fin don Adolfo rompió el hechizo que parecía encadenarles, y tomando de improviso la palabra, continuó en estos términos:

--La princesa tenía un hermano, en aquel entonces no mayor de veintidós años; era éste caballero cumplido, diestro en todos los ejercicios del cuerpo, valiente como su espada, muy bien quisto de las damas, a las cuales correspondía, y bajo una apariencia de frivolidad escondía un carácter muy formal, una inteligencia privilegiadísima y una energía indómita. El hermano ese, a quien daremos el nombre de Octavio, si a Vds. les place, quería sinceramente a su hermana, por lo mucho que la pobre había sufrido, y él fue el primero que la indujo a que abandonase el palacio de su difunto marido y se volviese al seno de su familia, y a que reclamase su viudedad y rechazase los ofrecimientos del príncipe su cuñado; y es que Octavio, sin que a los ojos de la sociedad cosa alguna justificase la conducta que guardara para con el príncipe, sentía hacia éste la repulsión más viva. Sin embargo, no por esto había dejado de relacionarse con él, si bien es verdad que le visitaba rarísimas veces. Estas entrevistas, siempre frías y molestas para el joven, eran, por el contrario, cordiales y afectuosas por parte del príncipe; el cual con sus cariñosos modales y sus ofrecimientos ensayaba atraerse al joven, cuya repulsión había adivinado. La princesa, retirada entre su familia, educaba a su hija apartada de la sociedad, con ternura y abnegación verdaderamente extraordinarias. Dicha señora no se había quitado el luto desde la muerte de su esposo; pero lo llevaba más aún en el corazón que en el traje, porque la catástrofe que la dejara viuda, la tenía siempre fija en la mente con la tenacidad de los corazones amantes para los cuales el tiempo no avanza. Si alguna vez y por acaso alguno pronunciaba el nombre de su cuñado en medio del retiro en que ella voluntariamente se confinara, la conmovía de improviso un temblor convulsivo, de pálida se tornaba lívida, y sus grandes ojos, abrasados por la fiebre e inundados de lágrimas, se fijaban entonces en su hermano Octavio con singular expresión de reproche y de desesperación, cual si quisiese darle a conocer que era muy tardía la venganza que la prometiera. El príncipe, ya ahora hombre maduro, había reflexionado que él era el último de su estirpe y que por lo tanto era urgente, si no quería que los bienes y los títulos de su familia pasasen a colaterales lejanos, tener un heredero de su apellido; en fuerza de este raciocinio, había pues entablado negociaciones con un gran número de familias principescas del país, y en la época a que hemos llegado, unos ocho años después de la muerte de su hermano, se hablaba mucho del próximo matrimonio del príncipe con la hija de una de las más nobles casas de la confederación germánica. Todas las ventajas se encontraban reunidas en tal alianza, destinada a acrecentar aún más la importancia y riqueza proverbiales de la casa de Oppenheim-Schlewig: la novia era joven y hermosa y por alianza pertenecía a la casa reinante de Habsburgo. El príncipe, pues, daba a esta unión la mayor importancia y hacía cuanto de él dependía para apresurarla. En esto el conde Octavio se vio constreñido, a causa de tener que arreglar ciertos asuntos de interés, a abandonar su residencia y trasladarse por algunos días a una ciudad distante unas veinte leguas escasas. El joven se despidió de su hermana, se subió a una silla de postas y partió. Dos días después y a eso de las ocho de la noche llegó Octavio a la ciudad de Bruneck y se hospedó en una casa de su propiedad, situada en la plaza principal de la población y a contados pasos del palacio del gobernador. Bruneck es una pequeña y linda ciudad del Tirol, construida en la margen derecha del Rienz, y cuya población, compuesta de mil quinientos a mil seiscientos habitantes, ha conservado y todavía conserva en lo presente, las costumbres patriarcales, sencillas y severas de sesenta años atrás. El conde Octavio notó con sorpresa, a su entrada en la ciudad, que en ella reinaba un movimiento inusitado; a pesar de lo avanzado de la hora, las calles que atravesó su silla de posta estaban llenas de una multitud inquieta que iba, venía y corría en todas direcciones dando voces por demás singulares; casi todas las casas estaban iluminadas, y en la plaza ardían grandes fogatas. Tan pronto el conde estuvo en su casa se sentó a la mesa para cenar, informándose, al mismo tiempo, de la causa de aquella efervescencia extraordinaria.

--Ahora voy a decirles lo que el conde Octavio supo: el Tirol es un país sumamente montañoso, es la Suiza del Austria; pues bien, la mayor parte de aquellas montañas sirve de madriguera a numerosas gavillas de bandidos, cuya única ocupación consiste en exigir rescate a los viajeros a quienes su funesta estrella les lleva por aquellos vericuetos, y en entrar a saco en los villorrios y aun en ocasiones en villas importantes. Desde hacía muchos años, un capitán de bandoleros, más diestro y emprendedor que los otros, a la cabeza de una numerosa, resuella y disciplinada gavilla, desolaba la comarca, atacaba a los viajeros, incendiaba y saqueaba las aldeas, y no vacilaba, cuando el caso lo requería, en oponer resistencia a los soldados enviados en su persecución, los cuales, con harta frecuencia, llevaban la peor parte. Dicho bandolero había acabado por infundir tal terror en aquella comarca, que sus habitantes concluyeron por reconocer tácitamente su dominación y le obedecían temblando, persuadidos como estaban de que era imposible vencerle. Como era natural, el gobierno austriaco no quiso admitir este pacto estipulado con salteadores, y resolvió acabar con ellos a toda costa. Durante un espacio de tiempo bastante dilatado, todos sus esfuerzos resultaron infructuosos; aquel capitán de bandidos, maravillosamente servido por sus espías, estaba siempre al tanto de cuanto se maquinaba contra él; así es que dirigía sus movimientos en consonancia con las necesidades, y lograba sustraerse con la mayor facilidad a la persecución de que era objeto y escapar de todos los lazos que le armaban. Pero lo que no consiguiera la fuerza, lo logró por último la traición; uno de los secuaces del _Brazo Rojo_, que tal era el nombre de guerra del bandido, descontento de la parte que le dieran en el reparto de un cuantioso robo efectuado algunos días antes y creyéndose perjudicado por su capitán, resolvió vengarse de él traicionándole. Una semana después _Brazo Rojo_ fue sorprendido por las tropas, de quienes quedó prisionero al igual que los principales de su gavilla. Los que pudieron apelar a la fuga, desmoralizados por la captura de su capitán no habían tardado en caer en poder de sus perseguidores; de modo que la gavilla quedó completamente destruida. Corto fue el proceso de los bandidos; los cuales fueron condenados a muerte y ejecutados inmediatamente. El capitán y dos de sus principales tenientes fueron los únicos que quedaron por entonces en la cárcel, para que su suplicio fuese más ejemplar. Debían ser ejecutados al día siguiente. Ahí la causa de los regocijos a que se entregaba Bruneck. Los habitantes de las poblaciones circunvecinas habían acudido presurosas para asistir al suplicio del hombre ante el cual por espacio de tanto tiempo temblaran, y a fin de no perder aquel espectáculo para ellos tan atractivo, acampaban en calles y plazas, aguardando con impaciencia la hora de la ejecución. El conde dio poquísima o ninguna importancia a tales noticias, y como estaba fatigado de un viaje de dos días seguidos por caminos intransitables, en cenando se dispuso a acostarse; pero en el preciso instante en que entraba en el dormitorio, pareció un criado que cruzó en voz baja algunas palabras con el ayuda de cámara de aquél.

--¿Qué ocurre? preguntó Octavio, volviendo el rostro.

--Perdone, señor conde, respondió respetuosamente el criado; pero ahí fuera está un hombre que desea hablar con vuecencia.

--¿A estas horas? profirió Octavio con extrañeza; es imposible: ¿apenas llego y ya conocen mi llegada? Diga V. al sujeto ese que vuelva mañana; ahora es demasiado tarde.

--Ya se lo he manifestado, señor conde, y me ha contestado que mañana sería inútil que se viese con vuecencia.

--¡Es extraordinario! ¿qué clase de individuo es ése?

--Un sacerdote, señor conde, y ha añadido que lo que tiene que comunicar a vuecencia es muy grave y que por lo tanto rogaba encarecidamente que vuecencia le recibiese.

Octavio, por demás cuidadoso de tal visita y sobre todo de que se la hicieran a hora tan avanzada, se arregló el traje y se encaminó al salón, anheloso por conocer la clave del enigma. En efecto, en medio del salón le estaba aguardando, en pie, un sacerdote, hombre ya de edad provecta, de larga y cana cabellera que se le desparramaba por los hombros, dándole un aspecto venerable, completado por la expresión de bondad y de tranquila grandeza que se le reflejaba en el semblante. El conde, al verle, le saludó respetuosamente y con el gesto le invitó a que se sentase.

--Dispénseme V., señor conde, respondió el sacerdote inclinándose y permaneciendo en pie. Soy capellán de la cárcel y... ¿V. habrá sin duda oído hablar de la captura de ciertos malhechores?

--Sí, señor, me han dado algunas vagas noticias sobre el particular.

--Muchos de esos desventurados han recibido ya el terrible castigo a que les condenó la justicia humana, y el más culpado de todos, su jefe, debe ser ejecutado a su vez mañana al salir el sol.

--Lo sé, señor.

--El hombre ese, continuó el capellán, próximo a comparecer ante Dios, su juez supremo, al que tiene que dar una cuenta terrible, gracias a mis esfuerzos para inducirlo al arrepentimiento, ha sentido penetrar el remordimiento en el corazón. El arribo de V. a la ciudad, cuya noticia llegó hasta él ignoro como, le ha parecido un aviso de la Providencia, y al punto me mandó a buscar para rogarme que viniese a verme con V.

--¡Conmigo! exclamó el joven lleno de pasmo; ¿Qué conexión puede haber entre yo y ese bandido?

--Lo ignoro, señor conde; respecto del particular nada me ha dicho; lo único que me encargó es que en su nombre le rogase a usted se sirviese ir a verle en su calabozo para escuchar de sus labios la revelación de un secreto de importancia grandísima.

--No sé qué pensar de lo que V. me dice, profirió Octavio, pues no conociendo como no conozco al hombre ese, no comprendo qué punto de contacto pueda tener con la suya mi existencia.

--Es indudable que él va a explicárselo, señor conde, repuso el sacerdote. Si me permite usted un consejo, consienta V. en la entrevista que solicita el reo. Hace muchos años que soy capellán de la cárcel y he visto morir a muchos criminales. El hombre más fuerte y más denodado, ante la muerte se achica y acobarda y tiembla, y perdida toda esperanza en los hombres, la pone en Dios. El desdichado Brazo Rojo, que debe morir mañana, sabe que nada puede sustraerlo al terrible destino que le aguarda; de consiguiente ¿con qué objeto solicitaría, en los umbrales de la muerte, la entrevista esa, si no fuese con él de rescatar por medio de la revelación que quiere hacer a usted, tal vez uno de sus más horrendos crímenes, por más que este crimen sea quizás el más ignorado de todos? Créame V., señor conde, en esto está el dedo de la Providencia; no es el acaso él que le trajo a V. a esta ciudad en el preciso momento de expiación tan terrible; consienta V. en seguirme y en bajar al calabozo donde este desdichado aguarda sin duda con la más viva ansiedad y contando los minutos su llegada de V. Aún suponiendo que esa revelación no asuma para V. la importancia que pretende el reo, ¿se negaría V. a dar este último, consuelo a un hombre que por modo tan fatal va a ser borrado del catálogo de los vivos? Acceda V., señor conde, se lo suplico.

Octavio se decidió por fin, y envolviéndose en una capa se salió de su casa en compañía del sacerdote.

A pesar de la hora avanzada, pues era poco más o menos la media noche, la plaza estaba llena de una multitud que lejos de disminuir iba en aumento con la llegada de nuevos individuos que acudían presurosos de las aldeas circunvecinas.

Octavio y su guía se abrieron con grandes dificultades paso por entre la muchedumbre, hasta llegar a la cárcel, frente a la cual había gran número de centinelas.