Part 17
--No, pero ¿de qué me servirían contra un número tan considerable de enemigos?
--Para hacerse V. matar bravamente en lugar de ser ignominiosamente ahorcado.
--Tiene V. razón, exclamó el joven.
--Silencio, desventurado, profirió don Antonio con viveza; tome V. este revólver de seis tiros y este puñal; yo me reservo para mí igual número de armas.
--Ahora ya no les temo, dijo don Melchor estrechando las armas contra su pecho.
--Así quería verle a V., repuso Cacerbar; los caballos aguardan ensillados allí, al pie de la colina, a la derecha; si conseguimos llegar a ellos, estamos salvados.
--Suceda lo que quiera, le doy a V. las gracias, don Antonio, dijo el joven; y si Dios permite que escapemos...
--Nada me prometa V., interrumpió Cacerbar; ya tendremos ocasión de saldar nuestras cuentas más adelante.
El fraile dio la absolución al penitente, y transcurridos algunos minutos este último se levantó con ademán altivo y tranquilo. Es que estaba seguro de no morir sin vengarse.
De improviso reaparecieron los enmascarados y de nuevo coronaron la cumbre de la colina. Él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, se acercó al condenado, aliado de quien se había colocado don Antonio para exhortarle en sus últimos momentos.
--¿Está V. preparado? preguntó a don Melchor el desconocido.
--Sí, respondió fríamente el joven.
--Levanten Vds. la horca y enciendan las antorchas, ordenó él de la carátula.
Entonces hubo un instante de desorden entre los que obedecían a los mandatos del desconocido.
Los iniciados estaban tan convencidos de que toda fuga le era imposible al condenado, y por otra parte era tan poco probable que éste intentase evadirse de su suerte, que por espacio de algunos minutos descuidaron su vigilancia; descuido del que don Melchor y su amigo se aprovecharon.
--Ea, exclamó Cacerbar, derribando al hombre colocado más cerca de él, sígame V.
--Adelante, profirió osadamente don Melchor armando su revólver y empuñando su puñal.
Y precipitándose ambos y con la cabeza baja en medio de los iniciados, descargaron furiosamente sus armas a derecha y a izquierda y consiguieron abrirse paso.
Como todas las acciones desesperadas, la llevada a cabo por aquellos dos hombres se vio coronada de éxito a causa de su insensatez misma; hubo una refriega espantosa, una lucha gigantesca de algunos minutos entre los iniciados sorprendidos de sopetón y los dos hombres resueltos a escapar o a morir con las armas en la mano: luego se oyó un galope furioso de caballos, y una voz burlona que a lo lejos gritaba:
--¡Hasta la vista!
Don Melchor y don Antonio corrían a escape camino de Puebla.
Toda esperanza de alcanzarles era inútil; por lo demás, los fugitivos habían dejado tras sí un surco de sangre: diez cadáveres yacían tendidos en el suelo.
--¡Deténganse Vds.! gritó don Adolfo a los que se disponían a subirse sobre sus caballos; déjenles que huyan; don Melchor está condenado y no evitará su muerte. Luego y como hablando consigo mismo, añadió: pero ¿quién es ese fraile maldito?
León Carral se inclinó hasta el oído de don Adolfo, y le dijo:
--Ese fraile es don Antonio de Cacerbar; le reconocí.
--¡Ah! exclamó con ira el aventurero, ¡otra vez ese hombre!
Algunos minutos después un escuadrón compuesto de unos diez jinetes tomaba al trote largo el camino de Méjico, al mando de don Jaime, u Oliverio, o don Adolfo, como al lector le plazca apellidarle.
IV
DON DIEGO
Don Melchor de la Cruz, resuelto a apoderarse a toda costa de la fortuna de su padre, fortuna que el casamiento de su hermana amenazaba hacerle perder para siempre, se había entregado en cuerpo y alma a la política, esperando hallar en medio de los bandos que desde hacía largo tiempo estaban desgarrando a su patria, la ocasión de satisfacer su ambición y su insaciable avaricia pescando a manos llenas en las revueltas aguas de las revoluciones. Dotado de un carácter enérgico y de grande inteligencia, verdadero bandolero político que sin vacilaciones ni remordimientos pasaba de un partido a otro según los beneficios que le ofrecían, siempre dispuesto a servir al que más bien le pagaba, había llegado a hacerse dueño de importantes secretos que le hacían temible para todos y le había conquistado cierto crédito para con los jefes de los partidos a los cuales sirviera uno en pos de otro; espía de la sociedad encumbrada, había sabido meterse en todas partes, afiliarse a todas las hermandades y sociedades secretas, pues poseía por modo imponderable el talento tan envidiado de los más famosos diplomáticos, de fingir con naturalidad asombrosa los sentimientos y las opiniones más opuestas. De esta suerte es como se había hecho admitir entre los miembros de la misteriosa sociedad de Unión y Fuerza, por la que después debía ser condenado a muerte, con la firme resolución, tomada de antemano, de vender los secretos de esta temible asociación, tan pronto se presentase favorable coyuntura. Don Antonio de Cacerbar consiguió, poco tiempo después, que también le recibiesen como a miembro de la asociación mencionada. Estos dos sujetos debían comprenderse a la primera palabra, y tal sucedió. Pronto les unió la más estrecha amistad. Cuando al principio de sus relaciones, y a consecuencia de revelaciones anónimas, don Antonio de Cacerbar, convicto de traición, condenado por la asociación misteriosa y obligado a defender su vida contra uno de los afiliados, cayó herido por la espada de su adversario, que le dejó por muerto en medio del camino, donde, según ya hemos dicho, le encontró Domingo, don Melchor, que de lejos asistía enmascarado a la sangrienta ejecución, resolvió, de ser ello posible, salvar a aquel hombre que tan profundas simpatías le inspiraba. Una vez hubieron partido sus compañeros, y tan pronto le fue posible, corrió con el intento de auxiliar al herido, pero ya no le halló; el acaso, al conducir a aquel lugar a Domingo, le arrebató, con gran pesar suyo, la ocasión tan deseada por él de convertir en su deudor a don Antonio. Más adelante, cuando éste, medio curado, había huido de la gruta donde le cuidaban, los dos amigos se habían encontrado de nuevo, y más afortunado esta vez don Melchor pudo prestar importantes servicios a Cacerbar. El cual a su vez y en muchas circunstancias había hallado el medio de que el joven se aprovechase del crédito oculto de que él gozaba. La única diferencia que entre los dos existía, era que si bien don Antonio conocía a fondo los negocios de su asociado, el fin que éste se proponía y los medios de que pensaba echar mano para conseguirlo, no sucedía lo mismo con don Melchor respecto de Cacerbar, quien permanecía para él un enigma indescifrable. El joven había ensayado muchas veces hacer hablar a su amigo y conducirle a confidencias que le hubieran dado ciertas prerrogativas; pero aun cuando nada consiguiera, no renunció a descubrir más o menos tarde lo que el otro parecía tener tanto empeño en ocultar. El último favor que don Antonio le había prestado, librándole de improviso de la implacable condena de los afiliados de la Unión y Fuerza, había colocado, a lo menos provisionalmente, a don Melchor bajo la dependencia del primero. Don Antonio parecía tomar a pundonor el no recordar al joven el inmenso peligro de que le salvara, y continuó sirviéndole como hasta entonces.
El primer cuidado de don Melchor, al entrar en Puebla, fue dirigirse inmediatamente al convento donde, después de haberla robado, había relegado a su hermana; pero conforme lo presintiera, ésta había desaparecido.
Respecto del particular don Antonio no le había dicho sino contadas palabras, pero de elocuencia terrible: « Sólo los muertos no se escapan. »
Todas las pesquisas que el joven hizo en Puebla fueron infructuosas; nadie pudo o quiso ponerle en antecedentes; hasta la madre abadesa del convento permaneció muda.
--Vámonos a Méjico, le dijo don Antonio; si no está muerta allá la hallaremos.
No es posible imaginar cuanto hizo Cacerbar para descubrir el retiro de doña Dolores; lo que sí es cierto, es que dos días después de su llegada a la ciudad, conocía la vivienda de la joven.
Dejemos por ahora a estos dos personajes, con quienes volveremos a encontrarnos demasiado pronto, y digamos como quedó libre doña Dolores.
Por orden de don Melchor, ésta había sido encerrada en un convento de Carmelitas.
La madre abadesa, a quien don Melchor logró hacérsela suya gracias a una cantidad de dinero muy importante y a la promesa de entregarle otras más cuantiosa todavía si ejecutaba con celo e inteligencia sus recomendaciones, no dejaba que la joven recibiese más visita que la de su hermano, ni le permitía que escribiese carta alguna, ni le entregaba ninguna de las que para ella llegaban al convento.
De esta suerte doña Dolores pasaba los días en medio de la mayor tristeza, en una reducidísima celda, privada de toda clase de relaciones con la sociedad y no conservando ni aun la esperanza de recobrar la libertad. Por lo demás, su hermano le había dado a conocer su voluntad respecto de este punto, exigiéndola que tomase el velo.
Renunciar al siglo, éste era el único medio que don Melchor había hallado para obligar a su hermana a hacerle abandono de bienes.
Sin embargo, el joven, aun cuando se hubiese hecho nombrar tutor de su hermana, no pudiera haber conducido a ésta a un convento sin una autorización escrita del gobernador, autorización fácilmente obtenida y que fue presentada por el secretario particular de su excelencia, don Diego Izaguirre, a la madre abadesa, al ser conducida al convento doña Dolores.
La noche del día en que don Melchor había sido tan diestramente secuestrado por don Adolfo, a quien creía prisionero suyo, a cosa de las nueve de ella, tres hombres envueltos en tupidas capas y montados en sendos y vigorosos caballos, se detuvieron a la puerta del convento, a la que llamaron. La tornera abrió un portillo, cruzó en voz baja algunas palabras con uno de los jinetes que había echado pie a tierra, y satisfecha sin duda de las respuestas que éste le diera, entreabrió la puerta y dio paso al visitador nocturno. El cual entregó entonces las bridas de su caballo a uno de sus compañeros y penetró en la santa casa mientras en la calle le aguardaban éstos. Cerrada la puerta tras el desconocido, éste, acompañado de la tornera, atravesó muchos corredores, hasta que su guía abrió la celda de la abadesa y anunció a don Diego Izaguirre, secretario particular de su excelencia el gobernador. Don Diego, después de cruzar algunos cumplidos, sacó de uno de los bolsillos de su dolmán un paquete y lo entregó a la abadesa, la cual lo abrió y lo leyó rápidamente.
--Perfectamente, señor, dijo ésta, estoy pronta a obedecerle a V.
--Recuerde V. bien, señora, lo que dice la orden que la he comunicado y que me veo obligado a recobrar. Todos, absolutamente todos, añadió don Diego recalcando la palabra, deben ignorar de qué modo ha salido doña Dolores del convento; esta recomendación es importantísima.
--No la olvidaré, señor.
--Es V. libre de decir que se escapó; ahora le ruego se sirva mandar recado a doña Dolores.
La abadesa dejó a don Diego en su celda y fue a buscar personalmente a la joven.
Una vez a solas, Izaguirre rompió en mil pedazos la orden que había mostrado a la abadesa y los arrojó al brasero, cuyo fuego los consumió en un instante.
--Eso me importa, dijo entre sí don Diego mirando como ardían los restos de la orden, que el gobernador se dé un día u otro cata de la perfección con que imito su firma.
No transcurrido un cuarto de hora apareció de nuevo la abadesa, quien dijo a Izaguirre:
--Aquí está doña Dolores de la Cruz; tengo la honra de depositarla en manos de V.
--Está bien, señora, repuso el joven, y pronto espero demostrar a V. que su excelencia sabe, cuando se presenta el caso, recompensar dignamente a las personas que le obedecen sin vacilaciones y desinteresadamente.
La abadesa hizo un humilde saludo y levantó los ojos hacia el cielo.
--¿Está V. dispuesta, señorita? preguntó don Diego a la joven.
--Sí, respondió ésta lacónicamente.
--Entonces hágame V. el favor de seguirme.
--Vamos, dijo la joven envolviéndose en su mantilla y sin despedirse de la abadesa.
Don Diego y doña Dolores abandonaron la celda, y conducidos por la abadesa llegaron a la puerta del convento. Una vez en la cual, la acompañante alejó bajo un fútil pretexto a la tornera, abrió por su propia mano la puerta, y una vez fuera don Diego y la joven, saludó por última vez al secretario del gobernador y volvió a cerrar como si la apremiara el deseo de verse libre de su presencia.
--Señorita, dijo respetuosamente don Diego a la joven, tenga V. la amabilidad de subirse sobre este caballo.
--Señor, repuso doña Dolores con voz triste pero firme, soy una pobre huérfana indefensa, por lo tanto le obedezco sin oponer resistencias inútiles, pero...
--Doña Dolores, dijo entonces uno de los jinetes, nos envía don Jaime.
--¡Oh! exclamó con gozo la joven, es la voz de don Carlos.
--Sí, señorita; de consiguiente tranquilícese usted y monte a caballo sin tardanza.
La joven se subió con ligereza sobre el caballo de don Diego.
--Ahora, señores, dijo éste, ya no necesitan ustedes de mí; adiós, a escape y buen viaje.
Los jinetes desaparecieron como un torbellino.
--¡Cómo corren! dijo riendo don Diego; creo que don Melchor se verá apuradillo para alcanzarles.
Y envolviéndose en su capa tomó pedestremente la vuelta del palacio del gobernador, donde vivía.
Los dos hombres que acompañaban a la joven eran Domingo y León Carral; los cuales, después de haber galopado durante toda la noche, al amanecer llegaron a un rancho abandonado donde les estaban aguardando muchas personas, entre las que doña Dolores conoció a don Adolfo y al conde.
Ahora, rodeada de sus devotos amigos, nada tenía que temer, estaba salvada.
El gozo de la joven, al llegar a Méjico escoltada por sus valientes amigos, fue inmenso, pero lo experimentó imponderablemente mayor al entrar en la casita donde todo estaba anticipadamente dispuesto para recibirla y al arrojarse llorando en brazos de doña María y de doña Carmen.
Don Adolfo y sus amigos se retiraron discretamente, dejando a las damas que se hiciesen sus confidencias.
El conde, a fin de velar más de cerca por la seguridad de la joven, hizo que su ayuda de cámara alquilase una casa situada en la calle misma en que aquélla habitaba y ofreció a Domingo, que aceptó con diligencia, compartir con él su vivienda.
A fin de no despertar sospechas y de no llamar la atención sobre la casa de las tres damas, se convino que Luis y Domingo no irían a ella sino de tarde en tarde y que las visitas serían sumamente cortas. En cuanto a don Adolfo, apenas doña Dolores quedara instalada en su casa, había anudado su vida errante y se hizo nuevamente invisible; a las veces, cerrada ya la noche, se presentaba de improviso en la habitación de los dos jóvenes, cuya mayordomía desempeñaba León Carral, pretendiendo que pues el conde debía casar con su joven ama, éste era el amo y él el mayordomo; el conde, para no disgustar al honrado servidor, había respetado su antojo. En sus raras apariciones, el aventurero departía, por espacio de algún tiempo, sobre asuntos indiferentes, con ambos jóvenes, y luego se separaba de ellos recomendándoles la mayor vigilancia. Nada de particular ocurrió durante el transcurso de muchos días. Doña Dolores, bajo la benéfica impresión de la dicha, había recobrado la alegría y la indolencia propias de su edad; ella y Carmen charlaban de la mañana a la noche en todos los rincones de la casa, y aun doña María, que experimentaba el influjo de alegría tan franca, parecía haber rejuvenecido y de cuando en cuando se le iluminaban sus severas facciones y por los labios le vagaba una sonrisa. El conde y su amigo, que a pesar de las recomendaciones de don Jaime frecuentaban cada vez más a menudo y por más tiempo la morada de las damas, con sus visitas amenizaban la monótona existencia de éstas, reclusas voluntarias que nunca ponían los pies en la calle y vivían en la ignorancia más absoluta de cuanto en torno de ellas pasaba.
Una noche en que, para matar el tiempo, el conde estaba jugando una partida de ajedrez con Domingo, y en que, poco atentos al juego, permanecían uno frente de otro con el codo sobre la mesa y la cabeza en la palma de la mano en actitud del que medita una gran jugada, pero en realidad para pensar en otra cosa, llamaron recio a la puerta de la calle.
--¿Quién diablos puede venir a estas horas? exclamaron los dos a un mismo tiempo y estremeciéndose.
--Es más de media noche, dijo Domingo.
--Como no sea Oliverio, profirió el conde, no sé quién pueda ser.
--Indudablemente será él, repuso Domingo.
En esto se abrió la puerta del aposento y apareció don Jaime.
--Buenas noches, señores, dijo el aventurero, no me aguardaban Vds. a estas horas, ¿no es verdad?
--Siempre le estamos aguardando a usted, amigo mío, respondió el conde.
--Gracias, profirió don Jaime; y volviéndose hacia el ayuda de cámara que le alumbraba, añadió: aderéceme V. algo para cenar, señor Raimbaut.
Una vez éste se hubo salido, don Jaime arrojó el sombrero sobre un mueble, se dejó caer en una silla y empezó a darse aire con su pañuelo.
--¡Uf! dijo el aventurero dirigiéndose a los dos jóvenes, estoy pereciendo de hambre.
V
LA CENA
Luis y Domingo contemplaban a don Jaime con sorpresa que en vano trataban de disimular y que a su pesar se les reflejaba en el semblante.
Con ayuda de Lanca Ibarru, Raimbaut bajó una mesa cubierta de platos y la colocó ante don Adolfo.
--Vive Dios, señores, dijo alegremente el aventurero, el señor Raimbaut ha tenido la fina atención de poner tres cubiertos, previendo sin duda que Vds. no se negarían a acompañarme; háganme pues el obsequio de dar por unos instantes tregua a sus pensamientos y vengan a sentarse a la mesa.
--De mil amores, contestaron Luis y Domingo tomando sitio al lado de don Jaime.
El cual empezó a comer con envidiable apetito, mientras hablaba con facundia y animación hasta entonces desconocida de sus amigos. La boca del aventurero era un manantial de agudezas, de frases luminosas y de anécdotas contadas con la finura más exquisita. El conde y Domingo cruzaban continuas miradas, como quien no comprendía jota de aquel buen humor tan singular; porque no obstante la chispa de sus palabras y la soltura de sus maneras, la frente del aventurero permanecía cuidadosa y su semblante conservaba la máscara fríamente burlona que le era habitual. Sin embargo, excitados a pesar suyo por aquella alegría comunicativa a no poder más, no habían tardado todos en olvidar sus preocupaciones y en dar entrada a buen humor tan franco en la apariencia; así es que a poco empezó entre los tres un tiroteo de agudezas y chistes que se confundió con el choque de los vasos y el ruido de los cuchillos y de los tenedores.
Los criados habían sido despedidos y por consiguiente quedadon solos los tres amigos.
--Por mi vida, señores, dijo don Adolfo destapando una botella de champaña, que a mi ver de todas las comidas la mejor es la cena; nuestros padres lo estimaban así y hacían perfectamente; entre las buenas costumbres que se van, ésta es una y pronto la olvidarán del todo. Y a fe que lo sentiré en el alma.
Don Jaime llenó los vasos de sus compañeros, y luego dijo:
--Déjenme Vds. que beba a su salud con este vino, uno de los más preciosos productos de su patria.
Y después de haber chocado, se bebió de un sorbo el contenido de su vaso.
Las botellas se sucedían con rapidez; los vasos estaban tan pronto llenos como vacíos.
Los tres amigos no tardaron en ponerse alegres. Entonces encendieron sendos puros y la emprendieron con el ron de Jamaica, el refino de Cataluña y con el aguardiente de Francia. Luego con los codos en la mesa, envueltos en espesa nube de odorífero humo, los tres hablaron con un poco más de orden, e insensiblemente y sin que de ello se percatasen, su conversación tomó poco a poco un sesgo más serio y más confidencial.
--¡Bah! profirió prontamente Domingo apoyándose en el respaldo de su silla, la vida es buena y sobre todo hermosa.
A este arranque, que caía exabrupto como un aerolito en medio de la conversación, el aventurero se echó a reír de un modo nervioso y áspero, y dijo:
--¡Bravo! a eso le llamo yo filosofía pura. Este hombre, que ignora de quién y dónde nació, que ha crecido como un hongo, y no ha conocido más amigo que a mí, que no tiene dónde caerse muerto, halla hermosa la vida y se congratula de gozarla. Por mi alma que me gustaría oírle desenvolver semejante teoría.
--Nada más fácil, profirió el joven con la mayor impasibilidad; es cierto que no sé dónde nací, pero esto constituye para mí una ventaja: la tierra entera es mi patria. Sea cual fuere la nación a que pertenezcan los hombres, son paisanos míos. También es cierto que no conozco a mis padres; mas ¿quién sabe si asimismo es una dicha para mí? Con su abandono me han eximido del respeto y de la gratitud por los cuidados que me habrían prodigado, y me han dejado en libertad de obrar a mi antojo, sin que tenga que temer sus censuras. No he tenido en mi vida sino un amigo; ha dicho usted bien; pero ¿cuántos hombres pueden vanagloriarse de tener tantos? El mío es bueno, sincero y devoto, lo he tenido siempre a mi lado, cuando de él he tenido necesidad, para gozarse en mis alegrías, entristecerse con mis penas, y sostenerme y unirme con su amistad a la gran familia humana de la que a no ser él estaría desterrado. No poseo donde caerme muerto; verdad innegable también; pero ¿qué me importan a mí las riquezas? Soy fuerte, animoso e inteligente; además ¿no está el hombre condenado al trabajo? Pues cumplo mi cometido como los otros, tal vez más bien que los otros, porque no envidio a nadie y me conformo con mi suerte. Ya ve V., mi querido don Adolfo, que la vida es, para mí a lo menos, como hace poco dije, buena y hermosa, y le reto a V., tan escéptico y lleno de desengaños, a que me demuestre lo contrario.
--Muy bien, repuso el aventurero; todas las razones que acaba V. de exponerme, aunque especiosas y fáciles de refutar, no dejan de parecer muy lógicas; pero no me tomaré el trabajo de discutirlas; lo único que le haré observar a V., es que se equivoca al calificarme de escéptico: desengañado tal vez lo estoy; pero escéptico no lo seré nunca.
--¡Oh! ¡oh! profirieron, a una los dos jóvenes, esto necesita una explicación, don Adolfo.
--Si me la exigen Vds. se la daré, repuso el aventurero; mas, ¿de qué aprovecharía? Voy a hacerles una proposición que a mi ver les placerá grandemente.
--¿Qué proposición es esa?
--Casi es ya de madrugada; dentro de contadas horas amanecerá; Vds. ni yo sentimos sueño. ¿Qué les parece si nos quedásemos aquí mismo y continuásemos hablando?
--Por mi parte acepto, respondió el conde.
--Lo mismo digo, añadió Domingo; pero ¿de qué hablaremos?
--Si Vds. quieren les referiré un lance, o una historia, como les plazca llamarle, que oí hoy mismo y cuya veracidad les abono, ya que él que me la contó es hombre a quien conozco hace muchos años y desempeñó un papel en ella.
--¿Por qué no nos cuenta V. su propia historia, don Adolfo? debe de estar llena de peripecias conmovedoras y de incidentes por demás curiosos, dijo intencionadamente el conde.
--Se equivoca V., mi querido amigo, replicó Oliverio con bondadoso gesto; nada hay más insustancial y despojado de interés que lo que os place apellidar mi historia; poco más o menos es la de todos los contrabandistas; porque, añadió en tono de confidencia, ya saben ustedes que no soy otra cosa. Todos llevamos la misma existencia; nos valemos de mil ardides para pasar las mercancías que nos confían, y la aduana se vale de los mismos medios para impedírnoslo y apoderarse de ellos; de ahí conflictos que a las veces, pero muy poco a menudo, gracias a Dios, resultan sangrientos. Esto es en sustancia la historia que me ha pedido usted, señor conde; ya ve V. que en la esencia no encierra interés alguno.