Las noches mejicanas

Part 16

Chapter 164,141 wordsPublic domain

--Debe, replicó el aventurero recalcando con intención la palabra.

--¿No vino ex professo a Méjico con este fin?

--Sí.

--Luego ya ve V. que casará con ella.

--Su conclusión de V. es absurda, repuso el aventurero encogiendo los hombros; ¿por ventura sabe el hombre lo que va a hacer? ¿le pertenece acaso el mañana?

--Pero desde que las desgracias abrumaron a la familia de doña Dolores y a doña Dolores misma, el conde tienta lo imposible para salvar a su prometida.

--Eso demuestra que el conde es un caballero cumplido, y nada más; por otra parte, es primo de la joven, y al procurar salvarla, aun con peligro de su vida y de su fortuna, cumple con su deber.

--La ama, la ama, dijo Domingo.

--Entonces vuelvo la oración por pasiva: doña Dolores no ama al conde.

--¿Usted lo cree así?

--Estoy seguro de ello.

--¡Oh! como pudiese yo persuadirme de semejante supuesto, esperaría.

--Es V. un niño, repuso el aventurero. Ahora parto; aguárdeme V. aquí; pero antes de irme júreme que no se alejará en tanto no esté yo de regreso.

--Se lo juro a V.

--Bien, voy a trabajar para V.; espere; hasta luego.

Y haciendo a Domingo una última señal de despedida con la mano, el aventurero se alejó por una galería lateral.

El joven permaneció inmóvil e imaginativo mientras oyó el ruido de los pasos de su amigo que se alejaba; luego se dejó caer en el lecho de pieles, y murmuró con voz apagada:

--Me dijo que esperara.

Ahora vamos a dejar a Domingo sumergido en reflexiones que, a juzgar por la expresión del rostro del joven, debían ser agradables, y seguiremos a don Jaime en su arriesgada expedición.

El subterráneo estaba situado a una media legua de la ciudad; por lo tanto ésta era la distancia que don Jaime tenía que recorrer bajo tierra para encontrarse en Puebla. Sin embargo, lo largo del trayecto no parecía inquietarle lo más mínimo; seguía a buen andar por la galería, en la que por intersticios invisibles penetraba luz suficiente para que con facilidad pudiese guiarse en medio de los innumerables rodeos que se veía obligado a dar. De esta suerte don Jaime caminó por espacio de tres cuartos de hora, al cabo de los cuales llegó al pie de una escalera compuesta de unos quince peldaños, por la que empezó a subir después de haberse detenido por un instante para recobrar el aliento. Una vez arriba, buscó un resorte, con él que dio casi inmediatamente, apoyó con fuerza los dedos en él, y al punto una enorme piedra se destacó de la pared, giró sobre invisibles goznes y abrió ancho paso. Don Jaime atravesó la abertura, empujó la piedra, que recobró instantáneamente su primitiva posición, y paseó en torno de sí una escrutadora mirada: estaba solo. El sitio donde se encontraba era una capilla de la mismísima catedral de Puebla; la puerta secreta que había librado paso el aventurero, se abría en uno de los ángulos de aquélla y estaba oculta por un confesionario. Las precauciones estaban bien tomadas; no se corría riesgo alguno de ser descubierto.

Don Jaime se salió de la iglesia y se encontró en la plaza Mayor, que, por ser las doce del mediodía, hora de la siesta, se hallaba casi solitaria.

El aventurero se bajó el capuchón hasta los ojos, escondió las manos en sus mangas, y con paso reposado atravesó la plaza diagonalmente, se internó en una de las calles que a ella afluían, y llegó de esta suerte hasta la puerta de una graciosa casa construida entre patio y jardín, la cual parecía surgir del corazón de un bosquecillo de naranjos y de granados en flor. El aventurero abrió dicha puerta, que no estaba cerrada sino con un pestillo, entró y volvió a cerrarla tras sí, y se encontró en una alameda arenosa, sombrada por una bóveda de follaje y que terminaba en la puerta misma de la casa, separada del plan terreno por algunos escalones y coronada de una azotea al estilo mejicano. Oliverio tendió a su alrededor una mirada suspicaz, y vio que el jardín estaba desierto. Entonces siguió adelante, pero en vez de dirigirse hacia la casa, se internó en una alameda lateral, y después de algunos rodeos se encontró ante una puerta excusada que al parecer pertenecía a la servidumbre. Una vez allí Oliverio tomó un silbato de plata que de una cadenita de oro llevaba suspendido al cuello, se lo llevó a los labios y arrancó de él un sonido suave y modulado de cierta manera, a cuyo son y desde el interior de las habitaciones contestó otro parecido, tras lo cual se abrió una puerta y apareció un hombre. El aventurero hizo un signo masónico a éste, que le respondió del mismo modo y entró en pos de él en la casa. Sin pronunciar palabra, aquel hombre guió al aventurero al través de gran número de aposentos, hasta que por fin abrió una puerta, se hizo a un lado para dejar paso franco a su acompañado, y una vez éste hubo penetrado en la pieza, volvió a cerrar, quedándose fuera. El aposento en el cual don Jaime acababa de ser introducido de esta suerte, estaba amueblado con elegancia, en las ventanas había anchas y corridas cortinas que interceptaban los rayos del sol, el piso estaba cubierto con uno de esos blandos petates que únicamente los indios saben labrar, y lo dividía en dos una hamaca de hilo de áloe suspendida por argollas de plata, de grapas del mismo metal, en la que dormía a pierna tendida un hombre que no era otro que don Melchor de la Cruz. Sobre una baja mesa de sándalo y al alcance del durmiente se veían un cuchillo con puño de plata dorada delicadamente cincelado, de ancha, larga y afilada hoja, y un par de magníficos revólveres de seis tiros, en cuyos cañones se leía el nombre de Devisme. Aun en el riñón de Puebla, en su propia casa, don Melchor creía prudente estar preparado contra una sorpresa o contra una traición. A bien que sus temores nada tenían de exagerado, porque el hombre que en aquel instante se encontraba ante él, en aquella pieza, era uno de sus más temibles enemigos. Don Jaime contempló a don Melchor por espacio de algunos segundos, luego avanzó de puntillas hasta la hamaca, tomó las pistolas, las hizo desaparecer debajo de sus hábitos, se apoderó del cuchillo, y luego dio un golpecito al durmiente, que no necesitó de nueva insinuación para despertarse y tender maquinalmente la mano hacia la mesa.

--Es inútil, dijo con despego don Jaime, no están.

Al sonido de aquella voz conocida, don Melchor se levantó como despedido por un resorte, y fijando una mirada hosca en el individuo que estaba inmóvil delante de él, preguntó con voz ahogada por el miedo:

--¿Quién es V.?

--¿Todavía no me ha conocido? respondió con zumba el aventurero.

--¿Quién es V.? repitió don Melchor.

--¡Ah! dijo el fingido fraile, ¿quiere V. estar seguro? en hora buena, mire V.

Al pronunciar estas palabras, el aventurero se echó atrás el capuchón.

--¡Don Adolfo! murmuró el joven con voz sorda.

--¿A qué tal extrañeza? preguntó el aventurero sin dejar el tono de zumba. ¿No me esperaba V.? sin embargo debía V. suponer que vendría a encontrarle.

--Está bien, dijo don Melchor después de unos instantes de reflexión; en definitiva vale más acabar de una vez.

Y se sentó de nuevo en el borde de la hamaca, con la mayor tranquilidad e indolencia del mundo, en la apariencia a lo menos.

--Enhorabuena, profirió Oliverio sonriéndose; prefiero que lo tome V. así. ¡Ea! hablemos, nos sobra el tiempo.

--¿Conque no viene V. con la intención de asesinarme? preguntó el joven con ironía.

--¡Vaya un pensamiento más diabólico se le ha acudido a V., mi querido señor! respondió el aventurero. ¡Yo poner la mano encima de V.! ¡Dios me libre! Éste es negocio del verdugo, y me guardaré de hacer la competencia a tan estimable empleado.

--El caso es, profirió impetuosamente don Melchor, que V. se introdujo en mi casa como pudiera haberlo hecho un bandido, bajo este disfraz, sin duda para asesinarme.

--Vuelve V. a las andadas y esto arguye torpeza; si he venido disfrazado aquí, es porque las circunstancias exigen que tome esta precaución, y nada más; por otra parte, no hice sino seguir el ejemplo de V. Y cambiando inopinadamente de tono, el aventurero añadió: a propósito, ¿está V. satisfecho de Juárez? ¿Le pagó a V. generosamente su traición? He oído cosas de él que me hacen suponer se habrá limitado a hacerle a V. promesas, ¿no es así?

--¿Para decirme esas majaderías, repuso don Melchor con desdén, se introdujo V. furtivamente en mi casa?

--¡No, miserable! exclamó el aventurero levantándose, empuñando un revólver en cada mano, avanzando un paso y midiendo de pies a cabeza y con mirada de desprecio al joven; no, miserable, vine para levantarle a V. la tapa de los sesos como no me revele qué hizo de su hermana doña Dolores.

III

LOS PRISIONEROS

Reinaron algunos instantes de silencio amenazador. Aquellos dos hombres, de pie uno en frente de otro, se medían con la mirada.

--¡Ja, ja, ja! profirió don Melchor de la Cruz interrumpiendo el silencio, echándose a reír de un modo estridente y dejándose caer de nuevo sobre el borde de la hamaca; mire V. si me equivocaba, señor, al decirle que se había V. introducido en mi casa para asesinarme.

--Pues no, repuso el aventurero con voz vibrante, después de esconder los revólveres y de morderse los labios con despecho; se lo repito a V., no le mataré, no es V. digno de morir a manos de un hombre honrado; pero le obligaré a que me diga la verdad.

--Pruébelo V., profirió el joven mirando con expresión singular a su interlocutor y encogiendo los hombros con desdén.

Luego se puso a liar un cigarrito de paja de maíz, lo encendió, y lanzando hacia el techo una bocanada de azulado y odorífero humo, añadió:

--Le escucho a V.

--Pues vea lo que le propongo: es V. mi prisionero y no le devolveré la libertad sino a condición de que ponga a doña Dolores, no en mis manos, sino en las del conde del Saulay, con quien debe casar inmediatamente.

--¡Jum! mucho me exige V., querido señor, replicó el joven; observe V. que yo soy el tutor legal de mi hermana.

--¡Cómo su tutor!

--Sí, puesto que nuestro padre ha fallecido.

--¡Qué! ¿don Andrés de la Cruz muerto? exclamó el aventurero levantándose de un brinco.

--¡Ay! sí, respondió hipócritamente el joven levantando los ojos al cielo; hemos tenido el dolor de perderlo anteanoche, y ayer por la mañana le enterraron; el pobre anciano no pudo resistir el cúmulo de desventuras que anonadaron a nuestra familia, el dolor le quebrantó. Su muerte fue conmovedora.

Hubo un momento de silencio, durante el cual Oliverio se paseó por el aposento.

--Sin ambages ni rodeos, dijo prontamente éste deteniéndose delante del joven, ¿quiere V., o no, devolver la libertad a doña Dolores?

--No, respondió resueltamente don Melchor.

--Está bien, repuso con calma el aventurero; peor para V.

En esto se abrió la puerta y un joven de presencia distinguida y de porte elegante entró en el aposento.

--Los acontecimientos podrían tomar un sesgo muy distinto de lo que supone don Adolfo, dijo entre sí don Melchor sonriendo socarronamente al ver al recién llegado.

El cual saludó cortésmente al dueño de la casa, a quien preguntó después de cambiar con él un apretón de manos y de haber dirigido una mirada indiferente al fingido fraile:

--¿Incómodo?

--Al contrario, mi querido don Diego, no podía V. llegar más oportunamente, respondió don Melchor; ¿pero a qué debo el verle a V. a hora tan insólita?

--Vengo a comunicarle a V. una buena noticia. El conde del Saulay, su enemigo personal, está en poder nuestro; pero como es francés y debemos guardar para con él algunas consideraciones, el general ha resuelto enviarle, bajo la vigilancia de una buena escolta, a nuestro ilustrísimo presidente. Otra noticia agradable, V. es el encargado de mandar la escolta esa.

--¡Demonios! exclamó con alborozo don Melchor, es V. lo que se llama un verdadero amigo. Pero ahora me toca a mí: fíjese V. bien en este fraile, ¿le conoce V.? ¿no? Pues este hombre no es otro que el aventurero llamado don Adolfo, don Oliverio, don Jaime y qué sé yo cuántos nombres más, y a quien hace tanto tiempo persiguen en vano.

--¿Es posible? exclamó don Diego.

--Tal como dijo el señor, repuso entonces don Adolfo.

--Antes de una hora, profirió él de la Cruz, será V. fusilado por traidor y bandido.

Don Adolfo encogió con desdén los hombros.

--Es evidente, observó don Diego, que este hombre será fusilado; pero como pretende que es francés, sólo al presidente corresponde decidir de su suerte.

--¡Ah! profirió don Melchor, ¿así pues todos esos demonios pertenecen a esa nación maldita?

--No sé, dijo don Diego; pero lo que sí puedo asegurar a V. es que el hombre ese es duro de pelar, y como tal vez se vería V. en apuros para llevarle a buen recaudo, le mandaré al presidente bajo la vigilancia de una escolta especial.

--Al contrario, repuso don Melchor, si quiere usted darme gusto, tengo empeño en conducirle yo; nada tema, mi amigo don Diego, tomaré tales precauciones, que por muy astuto que sea no se me escapará; lo único que hay que hacer es desarmarle.

El aventurero entregó silenciosamente las armas a don Diego.

En esto entró un criado y anunció que la escolta estaba aguardando en la calle.

--Está bien, dijo don Melchor; en marcha.

El criado entregó un machete, un par de pistolas y un sarape a su amo y le enhebilló las espuelas.

--Ahora podemos partir, dijo él de la Cruz.

--Vamos, profirió don Diego; y volviéndose al aventurero, añadió: don Adolfo o como se llame, pase V. adelante.

El aventurero obedeció sin replicar.

Veinticinco soldados vestidos podríamos decir caprichosamente y casi todos ellos harapientos, estaban, efectivamente, aguardando en la calle e iban bien montados y bien armados. En medio del escuadrón y rigurosamente vigilados, iban el conde del Saulay y sus criados.

Al ver al conde, a don Melchor se le iluminó el semblante; en cuanto a aquél, no se dignó siquiera aparentar que había notado la presencia del hermano de su prometida.

A una señal de don Diego, don Adolfo se subió sobre un caballo que al efecto para él habían preparado, y fue a colocarse a la derecha del conde, con quien cambió un apretón de manos.

--Ahora, amigo don Melchor, dijo don Diego al joven, que a su vez también había montado, buen viaje; yo me vuelvo al gobierno.

--Adiós, contestó don Melchor.

La escolta se puso en marcha.

Eran poco más o menos las dos de la tarde, y como habían ya menguado los grandes calores del día, las tiendas empezaban a abrirse, y los tenderos, de pie en el umbral de sus puertas, miraban, bostezando, pasar los soldados. Don Melchor iba algunos pasos delante del escuadrón; y aunque su postura era fría y comedida, se conocía que hacía esfuerzos para dominar el gozo que experimentaba al verse por fin dueño de sus implacables enemigos.

Tiempo hacía que habían salido de la ciudad la escolta y los prisioneros, cuando el teniente que mandaba la escolta se acercó a don Melchor y le dijo:

--Los soldados están rendidos de fatiga; de consiguiente bueno sería que pensásemos en acampar con objeto de pasar la noche.

--Acampemos, contestó el joven, con tal que sea en sitio seguro.

--No lejos de aquí, repuso el teniente, conozco un rancho abandonado donde nos encontraremos a las mil maravillas.

--Pues vamos allá.

El teniente tomó la dirección de los soldados, los cuales no tardaron en internarse en un sendero apenas abierto al través de un bosque sumamente frondoso, y al cabo de unos tres cuartos de hora llegaron a un extenso claro en cuyo centro se elevaba el rancho de que aquél hablara.

A una orden del teniente, los soldados se apearon más que de prisa; tantos deseos tenían, al parecer, de descansar de sus fatigas.

Don Melchor echó también pie a tierra y penetró en el rancho para informarse del estado en que éste se encontraba; pero apenas hubo dado un paso en el interior del mismo, cuando prontamente se sintió sujetado, envuelto en un sarape, agarrotado y amordazado, sin que le hubiesen dado tiempo de ensayar una defensa inútil. Al cabo de algunos minutos oyó choque de sables y un ruido cadencioso fuera del rancho: los soldados, o a lo menos parte de ellos, se alejaban sin ocuparse más en él. Luego y casi al punto le cogieron por los pies y por los sobacos, le levantaron y se lo llevaron, y después de avanzar algunos pasos con rapidez, le pareció que le hacían bajar por una escalera subterránea, hasta que al cabo de diez minutos le colocaron cuidadosamente en una blanda cama de pieles, a lo que él supuso, donde le dejaron sólo y en medio del más absoluto silencio.

Por fin se oyó un ligero ruido, que fue aumentando gradualmente, ruido al parecer producido por el andar de muchas personas sobre arena.

De improviso todo quedó de nuevo en el mayor silencio. El joven sintió como le levantaban de nuevo y se lo llevaban, en cuya ocupación emplearon sus raptores un espacio de tiempo bastante largo y se relevaron de trecho en trecho, hasta que de nuevo se detuvieron y le depositaron en el suelo. Entonces el prisionero conjeturó, por el aire más fresco y vivo que le hería el rostro, que había salido del subterráneo y se encontraba al raso.

--Desaten Vds. al prisionero, dijo entonces una voz cuyo timbre seco y metálico llamó la atención del joven.

Al punto libraron a éste de las ataduras, de la mordaza y de la venda que le cubría los ojos.

Don Melchor se puso en pie de un salto y miró en torno de sí.

El sitio donde se encontraba era la cúspide de una colina bastante alta, situada en medio de una llanura inmensa. La noche estaba sombría, y a lo lejos, un poco a la derecha, brillaban como otras tantas estrellas las luces de las casas de Puebla.

El joven formaba el centro de un grupo numeroso de hombres; los cuales iban enmascarados y empuñaban en la diestra sendas teas de ocote, cuya llama, movida por el viento, matizaba de sanguinolentos vislumbres las ondulaciones del terreno y les imprimía un aspecto fantástico.

Don Melchor quedó aterrorizado, pues comprendió que se encontraba en poder de los miembros de la misteriosa asociación masónica a la cual él estaba afiliado, y que extendía por todo el territorio de la república mejicana las tenebrosas ramificaciones de sus temibles ventas.

Tal era el silencio que reinaba en la colina, de tal modo parecían estatuas aquellos hombres, en su fría inmovilidad, que el joven oía sordamente los precipitados latidos de su propio corazón.

--Don Melchor de la Cruz, dijo uno de los desconocidos adelantando un paso, ¿sabe usted dónde se encuentra y en presencia de quienes está en este momento?

--Sí, respondió el joven con los labios oprimidos.

--¿Se reconoce V. sujeto a la justicia de los que le rodean?

--Sí; porque tienen de su lado la fuerza, y toda resistencia o protesta de mi parte sería inútil.

--No, no es ésta la razón por la cual está V. sujeto al fallo de estos hombres, y V. lo sabe perfectamente, replicó impasiblemente el enmascarado, sino porque se ha ligado V. espontáneamente a ellos por un pacto, y al hacer este pacto, aceptó V. su jurisdicción y dio el derecho a juzgarle como faltase a los juramentos que voluntariamente les prestó.

--¿Qué me aprovecharía intentar una defensa inútil, repuso don Melchor encogiendo los hombros, si sé que de antemano estoy condenado a muerte? Ejecuten pues sin tardanza la sentencia que ya han pronunciado Vds. tácitamente.

El enmascarado lanzó, al través de los agujeros de su carátula, una mirada abrasadora al joven, y con voz acre y clara profirió estas palabras:

--Don Melchor, no comparece V. ante este tribunal supremo como parricida, ni como fratricida, ni como ladrón, sino como traidor a la patria; le requiero pues para que se defienda.

--No me da la gana, respondió el joven en voz alta y firme.

--Enhorabuena, repuso fríamente el enmascarado; y clavando su antorcha en el suelo y volviéndose hacia los circunstantes, preguntó:

--Hermanos ¿qué castigo merece este hombre?

--La muerte, respondieron con voz sorda los demás enmascarados.

Don Melchor permaneció impasible.

--Está V. condenado a morir, profirió él que hasta entonces había hecho uso de la palabra, y la sentencia será ejecutada en este mismo sitio; tiene V. media hora para ponerse bien con Dios.

--¿Cómo moriré? preguntó con indolencia el joven.

--Ahorcado.

--Tanto da acabar así que asá, dijo don Melchor con irónica sonrisa.

--Y como no nos consideramos en derecho de matar el alma junto con el cuerpo, prosiguió el enmascarado, a no tardar vendrá un sacerdote para que le ayude a V. a bien morir.

--Gracias, profirió lacónicamente el joven.

El enmascarado permaneció inmóvil por espacio de algunos segundos como si hubiese aguardado que don Melchor le dirigiese otra petición; pero al ver que éste seguía encerrado en su silencio, tomó de nuevo su antorcha, se hizo atrás dos pasos, la agitó por tres veces distintas, y luego la apagó con el pie. Todas las demás antorchas se apagaron al mismo instante; se oyó un ligero crujido de hojarasca, y don Melchor se encontró a solas. Sin embargo, el joven no se engañó respecto a esta apariencia de soledad; comprendió que, aunque invisibles, sus enemigos no le perdían de vista.

Por muy templada que tenga el alma, por mucha que sea su energía, por más que una y otra vez haya desafiado a la muerte, el hombre, a los veinte años, es decir, cuando apenas ha puesto la planta en el umbral de la existencia y lo por venir le sonríe al través del prisma embriagador de la juventud, no puede hacer abstracción completa y real de sí mismo y pasar sin transición alguna del ser al no ser, sin experimentar un enervamiento general y súbito de todas las facultades intelectuales y sufrir una angustia horrible y un estremecimiento de músculos espantoso, sobre todo cuando la muerte que viene a arrebatarle lleno de fuerza, de sabia y de juventud, se la dan impasiblemente, de noche, a escondidas por decirlo así y tiene un sello de infamia indecible. Así es que pese a su valor y a su voluntad, don Melchor sufría una espantosa agonía; en la raíz de cada uno de sus cabellos, erizados por el terror, temblaba una gota de sudor frío, tenía horrorosamente contraídas las facciones y le cubría el semblante una palidez lívida y terrosa.

En esto le dieron un golpecito en el hombro, que le hizo estremecer cual si hubiera recibido una descarga eléctrica, y levantando la frente, vio ante sí a un fraile con el capuchón derribado sobre el rostro.

--¡Ah! murmuró el joven poniéndose en pie, ahí está el sacerdote.

--Sí, dijo el fraile en voz baja pero perfectamente perceptible; arrodíllese V., hijo mío, vengo para recibir su confesión.

Don Melchor se estremeció al timbre de aquella voz para él no desconocida, y fijó una mirada ardiente e interrogadora en el fraile, que permanecía inmóvil ante él.

Éste se arrodilló haciéndole seña de que le imitase, y el joven obedeció automáticamente.

Así arrodillados aquellos dos hombres en la desierta cúspide de una colina iluminada apenas por la débil y temblorosa luz de las linternas que no servían sino para hacer más profunda la oscuridad que les envolvía, ofrecían un espectáculo singular y conmovedor.

--Nos están observando, dijo el fraile; imponga V. la impasibilidad a sus facciones y la inmovilidad a sus nervios, y escúcheme, pues no tenemos instante que perder; ¿me conoce usted?

--Sí, murmuró casi imperceptiblemente don Melchor, que sintiendo que tenía un amigo a su lado, recobraba a pesar suyo la esperanza, sentimiento último que se extingue en el corazón del hombre; es V. don Antonio de Cacerbar.

--Disfrazado con estos hábitos, repuso don Antonio, estaba a punto de entrar en Puebla, cuando prontamente me vi rodeado de algunos hombres enmascarados que me preguntaron si era sacerdote, y a mi respuesta afirmativa, dada a todo evento, a fin de no romper un incógnito que es mi única salvaguardia contra mis enemigos, dichos hombres me condujeron aquí. Estremecido de terror por mí por si esos hombres de quienes escapé una vez milagrosamente me conocían, asistí a su condena de V.; pero sobrevenga lo que sobreviniera, he resuelto compartir su suerte.

--¿Trae V. armas?