Part 15
Loick no se hizo repetir la orden; saludó y se retiró, dejando solo al aventurero.
Poco después se abrió la puerta del aposento donde éste se encontraba y en él entraron las dos damas, las cuales se encaminaron al encuentro de don Jaime, a quien doña María preguntó con voz turbada:
--¿Ha recibido V. malas noticias?
--Sí, hermana mía, respondió aquél, muy malas.
--¿Podemos saberlas?
--No me asiste razón alguna para callarlas; por otra parte atañen a personas queridas para ustedes.
--¡Virgen santísima! exclamó doña Carmen juntando las manos, ¿tal vez Dolores?
--Sí, hija mía, respondió don Jaime, la hacienda del Arenal fue sorprendida e incendiada por los juaristas.
--¡Dios mío! profirieron las dos damas con arranque de dolor; ¡pobre Dolores! ¿y don Andrés?
--Está gravemente herido.
--Demos gracias a Dios que no haya muerto.
--Poco más vale que un difunto, profirió el aventurero.
--¿Dónde se encuentran actualmente?
--En Puebla, donde llegaron escoltados por algunos de sus peones mandados por León Carral.
--Es un criado fiel.
--Sí, pero dudo que de ir solo hubiese logrado salvar a sus amos; por fortuna don Andrés tenía hospedados en la hacienda a dos caballeros franceses, el conde del Saulay...
--¿El que debe casar con Dolores? preguntó Carmen con viveza.
--El mismo, y el barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa. Parece que estos dos heroicos jóvenes hicieron prodigios de valor, y que gracias a ellos nuestros amigos se han librado de la horrible suerte que les esperaba.
--Bendígales Dios, profirió doña María; no les conozco, pero me intereso ya por ellos como si fuesen antiguos amigos.
--No tardará V. en conocerles, a lo menos a uno de ellos, dijo don Jaime.
--¡Ah! repuso con curiosidad la joven.
--Sí, de un momento a otro aguardo al barón de Meriadec.
--Le reservaremos la mejor acogida posible, dijo doña María.
--Les recomiendo a Vds. que así lo hagan, profirió don Jaime.
--¡Pero doña Dolores no puede permanecer en Puebla! dijo doña Carmen.
--Tal es mi parecer, repuso el aventurero, y por eso cuento trasladarme allá.
--¿Por qué no viene ella aquí? preguntó la joven; estaría en seguro y su padre recibiría los cuidados que su estado exige.
--Es muy juicioso lo que V. dice, Carmen, replicó don Jaime; tal vez valdría más que pasase algún tiempo con Vds.; pensaré en ello; ante todo, empero, es preciso que yo vea a don Andrés para cerciorarme de si su estado consiente el viaje.
--Observo, mi querido hermano, dijo doña María, que nos habló V. de doña Dolores y de su padre, pero no de don Melchor.
Al oír estas palabras, el rostro de don Jaime adquirió de súbito una expresión sombría y se le contrajeron las facciones.
--¿Le ha sucedido acaso alguna desgracia? preguntó doña María.
--¡Ojalá Dios que así hubiese acontecido! respondió aquél entre triste y colérico; no hable usted nunca de semejante hombre, es un monstruo.
--Me llena V. de espanto, don Jaime.
--Ya les he dicho a Vds. que la hacienda del Arenal había sido asaltada por los guerrilleros, ¿no es eso?
--Sí, respondió doña María, palpitante de terror.
--¿Sabe V. quién mandaba a los juaristas y les servía de guía? don Melchor de la Cruz.
--¡Oh! exclamaron horrorizadas las dos mujeres.
--Luego, cuando en pos de un convenio don Andrés y su hija lograron la autorización para retirarse sanos y salvos a Puebla, un hombre les armó un lazo a no mucha distancia de la ciudad y les atacó traidoramente, y ese hombre era don Melchor.
--¡Es horrible! profirieron doña María y doña Carmen ocultando el rostro entre las manos y rompiendo en sollozos.
--Sí, es horrible, continuó don Jaime, tanto más cuanto don Melchor había calculado impasiblemente la muerte de su padre, cuanto por medio de un parricidio quería apoderarse de la fortuna de su hermana, fortuna a la cual no tiene derecho alguno y que el próximo casamiento de doña Dolores se la arrebataba por completo, o a lo menos él así lo creía.
--Ese hombre es un monstruo, dijo doña María.
La relación de don Jaime había aterrorizado a las dos damas, y con razón; su intimidad con la familia de la Cruz era grande; doña Dolores y doña Carmen se habían criado juntas, y aunque esta última tenía algunos años más que la primera, se querían como hermanas. Así es que la noticia de la desventura que de improviso vino a abrumar a la familia de don Andrés, las llenaba de dolor.
Doña María insistió calurosamente para que don Andrés y su hija fuesen conducidos a Méjico y pasasen a vivir en compañía de ella y de Carmen y así pudiesen recibir los cuidados y los consuelos de que tan necesitados estaban después de semejante desastre.
--Veré, procuraré complacerlas a Vds., respondió don Jaime; sin embargo, no me atrevo a prometerles todavía cosa alguna. Cuento partir hoy mismo para Puebla, camino de la cual saldría ahora mismo si no aguardara la visita del barón de Meriadec.
--Ésta será la primera vez que le veré separarse de nosotras casi sin pesar, dijo suavemente doña María.
Don Jaime se sonrió.
En esto los tres interlocutores oyeron abrir la puerta de la calle y resonar los pasos de un caballo en el zaguán.
--Aquí está el barón, dijo el aventurero saliendo a recibir a su visitante.
En efecto, el recién llegado era Domingo.
Don Jaime tendió la mano al joven, y dirigiéndole una mirada significativa, le dijo en francés, lengua que las dos damas hablaban muy bien:
--Bienvenido sea V., mi querido barón; estaba aguardando a V. con impaciencia.
Domingo, que comprendió que hasta nueva orden debía conservar su incógnito, respondió:
--Siento en el alma haberle hecho aguardar a V., mi querido don Jaime; pero acabo de llegar a escape y nada nuevo le comunicaría si le dijese que el camino es largo.
--Lo sé, repuso don Jaime sonriendo, pero no permanezcamos aquí más tiempo; véngase usted, quiero presentarle a dos damas que desean conocerle.
--Señoras, dijo don Jaime entrando, permítanme Vds. que les presente al barón Carlos de Meriadec, agregado a la embajada francesa, uno de mis más queridos amigos de quienes he tenido ocasión de hablarlas. Mi estimado barón, tengo la honra de presentar a V. doña María, mi hermana, y doña Carmen, mi sobrina.
Aunque intencionalmente, como es de suponer, el aventurero se hubiese callado el apellido de las damas, el joven pareció no advertirlo y las saludó respetuosamente.
--Ahora, añadió de buen humor don Jaime, se encuentra V. aquí como en medio de su familia, barón; V. ya conoce nuestra hospitalidad española; si necesita V. algo, no tiene más que hablar; estamos a sus órdenes.
Todos tomaron asiento y luego que hubieron servido los refrescos se entabló entre nuestros personajes el siguiente diálogo:
--Puede V. hablar con toda franqueza, dijo don Jaime; estas señoras están al corriente de la horrorosa catástrofe del Arenal.
--Más horrorosa de lo que Vds. suponen, profirió Domingo; y pues Vds. se interesan por esa desventurada familia, temo con mis palabras aumentar su dolor y ser mensajero de malas nuevas.
--Estamos íntimamente relacionados con don Andrés de la Cruz y su hechicera hija, respondió doña María.
--Entonces, señora, le pido anticipadamente mil perdones, repuso el joven vacilando; no tengo sino asuntos tristes que comunicarla.
--¡Oh, hable V., hable V.!
--Pocas palabras tengo que decir: los juaristas se han apoderado de Puebla; la ciudad se rindió a la primera intimación.
--¡Cobardes! exclamó el aventurero descargando un puñetazo en la mesa.
--¿No lo sabían Vds.? preguntó Domingo.
--No, respondió don Jaime, todavía la creía en poder de Miramón.
--Según su inveterada costumbre, continuó el joven, lo primero que hicieron los juaristas fue apoderarse de los extranjeros, sobre todo de los españoles, y exigirles rescate. De estos últimos, algunos fueron fusilados sumariamente. No siendo ya bastantes las prisiones, se ha echado mano de los conventos para encerrar a los prisioneros. Es espantoso el terror que reina en Puebla.
--Prosiga V., amigo mío, dijo don Jaime. ¿Qué ha sido de don Andrés?
--Probablemente ya sabe V. que el pobre está gravemente herido.
--Lo sé.
--Pocas esperanzas inspira su estado. El gobernador de la ciudad, a pesar de las representaciones de personajes notables y de los ruegos de toda la gente honrada, mandó prender a don Andrés como convicto de alta traición, y no obstante las lágrimas de doña Dolores y de todos sus amigos lo hizo trasladar a las mazmorras de la antigua inquisición. Luego saquearon y arrasaron la casa del infeliz.
--Pero, eso es espantoso; eso es barbarie pura.
--¡Pues todavía son tortas y pan pintado!
--¿Cómo se entiende?
--Don Andrés fue sumariado, y como protestaba de su inocencia, pese a todos los esfuerzos de sus jueces para obligarle a acusarse a sí mismo, le aplicaron el tormento.
--¡El tormento! exclamaron los oyentes, con gesto de horror.
--Sí, respondió Domingo, aquel anciano herido, moribundo, fue suspendido por los pulgares y recibió el trato de cuerda por dos veces consecutivas. No obstante, sus verdugos no pudieron conseguir que confesase los crímenes que le imputaban y de que estaba inocente.
--¡Oh! esto traspasa los límites de lo creíble, exclamó don Jaime. El desventurado murió, es indudable.
--Todavía no, o a lo menos todavía no lo estaba cuando me salí de Puebla; ni siquiera le han condenado. A sus verdugos nada les apresura, y como pueden disponer del tiempo que se les antoje, se divierten jugando con su víctima.
--¿Y Dolores? preguntó doña Carmen, pobrecita ¡cuánto debe sufrir!
--Doña Dolores ha desaparecido; la robaron, respondió Domingo.
--¡Que desapareció! exclamó don Jaime con voz de trueno. ¡Y V. vive para decírmelo!
--He hecho cuanto pude para que me matasen, replicó Domingo con la mayor sencillez del mundo, pero no lo he logrado.
--¡Ah! yo la hallaré, repuso el aventurero. ¿Y qué hace el conde?
--Está desesperado; ayudado por León Carral, busca mientras yo me vine a verme con V.
--Ha obrado V. bien; por quien soy le juro que daré con ella. ¿Así pues el conde y León Carral se quedaron en Puebla?
--Únicamente León Carral; el conde se vio obligado a huir para librarse de las persecuciones de los juaristas y se refugió con sus criados en el rancho; todos los días, el más joven de ellos, a quien creo llaman Ibarru, va a la ciudad para ponerse de acuerdo con el mayordomo.
--Dígame V., ¿vino V. a mi encuentro por impulso propio?
--Sí, pero primeramente tomé consejo del conde; no quise obrar sin que me fuese conocido su parecer.
--Hizo V. santamente, repuso el aventurero; y volviéndose a doña María, añadió: hermana, prepare V. una habitación a propósito para doña Dolores.
--¿Va V. a conducirla aquí? profirieron las dos damas.
--Sí, o sucumbiré en la demanda, respondió don Jaime.
--¿Partimos? preguntó Domingo con impaciencia.
--Pronto, estoy aguardando a Loick y a López.
--¿Loick está aquí?
--Él es quien me trajo la noticia de la toma de la hacienda.
--Yo le envié.
--Me lo dijo. Su caballo de V. está fatigado, de consiguiente va V. a dejarlo aquí para que cuiden de él; ya le proporcionaré otro.
--Como V. quiera.
--¿Usted ha oído pronunciar sin duda los nombres de los principales perseguidores de don Andrés?
--Tres son: el primero el primer secretario, el alma condenada del nuevo gobernador, don Antonio de Cacerbar.
--¡Estuvo V. de chiripa, por mi vida! dijo el aventurero con voz irónica: ése es el hombre a quien salvó V. tan filantrópicamente la existencia.
--¡Le mataré! dijo el joven rugiendo como un tigre.
--¿Tanto es el odio que V. le lleva? preguntó don Jaime fijando una mirada singular en su interlocutor.
--La muerte misma no será parte a extinguirlo. La conducta de ese hombre es inexplicable. Dos días después de haber los juaristas entrado en Puebla, se presentó él de improviso, para desaparecer nuevamente dejando tras sí un largo reguero de sangre.
--Ya daremos con él; ¿quién es el segundo?
--¿Todavía no lo ha adivinado V.?
--Don Melchor ¿no es eso?
--El mismo.
--Está bien; ahora ya sé dónde hallar a doña Dolores; él es quien la robó.
--Es probable.
--¿Y el tercero?
--El tercero es un joven de gallarda y agradable presencia, de voz suave, modales distinguidos, más terrible por sí solo, según dicen, que los otros dos reunidos, y aunque no tiene título oficial, parece disfrutar de un gran poder; pasa por agente secreto de Juárez.
--¿Se llama?
--Don Diego Izaguirre.
--¡Bah! repuso el aventurero sonriéndose, el negocio no es tan desesperado como me temí; triunfaremos.
--¿Lo cree V.?
--Estoy seguro de ello.
--Dios le escuche a V., profirieron las dos damas juntando las manos.
Desde la llegada de Domingo, doña María era pábulo de una preocupación extraordinaria; mientras éste estaba hablando con don Jaime, aquélla le miraba con singular fijeza, y sentía subírsele las lágrimas a los ojos, y el corazón parecía querer saltársele del pecho, sin que pudiese explicarse la emoción que le producía la presencia y el timbre de voz de aquel apuesto doncel a quien, no obstante, veía por vez primera. En vano la buena señora evocaba sus recuerdos para adivinar dónde oyera ya aquella voz cuyo sonido asumía para ella un no sé qué simpático que le llegaba hasta el alma. Doña María estudiaba el hermoso y leal semblante del vaquero cual si en las facciones de éste hubiese querido hallar un parecido fugaz, pero su memoria era un caos; entre lo presente y lo pasado parecía como que se levantase una valla insuperable, cual para demostrarle que se dejaba dominar por una esperanza desatinada, y que el hombre que se encontraba en su presencia le era realmente extraño.
Don Jaime seguía atentamente en el rostro de doña María los diversos sentimientos que iban consecutivamente reflejándose en él; pero fuese cual fuese el concepto que se formara sobre el particular, permaneció frío, impasible e indiferente en la apariencia a las peripecias de aquel drama íntimo que sin embargo debía interesarle hasta más no poder.
Una vez hubieron llegado Loick y López, ensillaron un caballo para Domingo.
--Partamos, dijo el aventurero levantándose; el tiempo apremia.
El joven se despidió de las damas.
--Volverá V. ¿no es cierto, caballero? le preguntó con agasajo doña María.
--Es V. muy bondadosa para conmigo, respondió el vaquero; será para mí una dicha el aprovecharme de tan fina invitación.
Domingo, Loick y López se salieron, y en pos de ellos iba a hacerlo don Jaime, cuando su hermana le asió del brazo para decirle con voz temblorosa:
--Una pregunta.
--Hable V., hermana mía.
--¿Conoce V. al joven ese?
--Mucho.
--¿Realmente es un caballero francés?
--Pasa por tal, respondió don Jaime, mirando fijamente a su hermana.
--¡Qué locura la mía! murmuró la dama soltando el brazo de su hermano y dando un suspiro.
El aventurero se sonrió sin responder.
Poco después resonaron en la calle los cascos de los cuatro caballos lanzados a escape.
II
LA SORPRESA
De esta suerte y sin cruzar una palabra galoparon hasta la puesta de sol, en cuya hora llegaron a un rancho ruinoso colocado como un centinela a orillas del camino.
El aventurero hizo un gesto, y los jinetes detuvieron a sus cabalgaduras.
Un hombre salió del rancho, y después de mirar silenciosamente a los recién llegados, entró nuevamente en aquél, hasta que algunos minutos después reapareció por la parte posterior del edificio, conduciendo dos caballos de las bridas.
Dichos caballos iban ensillados.
El aventurero y Domingo echaron pie a tierra: quitaron las alforjas y las pistolas, las colocaron en los arzones de los caballos de refresco y volvieron a montar.
Por segunda vez compareció el hombre del rancho, conduciendo otros dos caballos, y Loick y López se apearon a su vez e imitaron a don Jaime y a Domingo.
El mudo personaje cogió en un haz las cuatro bridas y se alejó tirando de los cuatro caballos.
--¡Adelante! gritó don Jaime.
La carrera empezó de nuevo silenciosa y veloz; y como la noche estaba sombría, los jinetes se deslizaban cual sombras.
Después de andar toda la noche, a las cinco de la mañana relevaron los caballos en un ruinoso rancho.
Aquellos hombres parecían de bronce, pues tras quince horas de vertiginosa carrera a caballo la fatiga no había hecho mella en ellos.
Durante tan largo trayecto, ninguno de los viajeros había pronunciado palabra.
A eso de las diez de la mañana, don Jaime y los suyos vieron brillar, a los deslumbradores rayos del sol, las cúpulas de Puebla.
En menos de veinticuatro horas habían recorrido, al través de caminos impracticables, los ciento veintiséis kilómetros que van de esta ciudad a Méjico.
A media legua escasa de la ciudad, en lugar de continuar avanzando en línea recta, a una señal del aventurero hicieron una conversión y se internaron en un sendero apenas perceptible que cruzaba un soto.
Por espacio de una hora don Jaime cabalgó a la cabeza de sus compañeros, y una vez llegados a un claro en medio del cual se hacía una enramada, aquél detuvo su caballo, se apeó y dijo:
--Hemos llegado; aquí es donde provisionalmente vamos a establecer nuestro cuartel general.
Domingo, López y Loick echaron también pie a tierra y empezaron a desensillar a sus caballos.
--Aguarden Vds., repuso el aventurero; Loick, vas a llegarte a tu rancho, donde en este momento se encuentran el conde del Saulay y sus criados, y les conduces aquí; tú, López, ve por provisiones.
--¿Vamos a aguardarles V. y yo bajo esta enramada? preguntó Domingo.
--No, porque yo me voy a Puebla.
--¿Y sí le conocen a V.?
El aventurero se sonrió.
Don Jaime y el vaquero se quedaron solos, y después de introducir sus caballos en la espesura y quitarles las bridas para que pudiesen ramonear la hierba, aquél dijo al joven:
--Sígame V.
Domingo obedeció, y él y don Jaime se internaron en la enramada.
Dan el nombre de enramada en Méjico a una especie de cabaña informe construida sin arte con ramas de árboles entrelazadas y cubierta con otras ramas y hojas; esas viviendas, de muy pobre aspecto, ofrecen sin embargo un abrigo muy bueno contra la lluvia y contra los rayos del sol.
La enramada a que llegaron don Jaime y Domingo, más bien construida que las demás, estaba dividida en dos compartimientos por un tejido de ramas que subía hasta el techo y dividía la cabaña en dos partes iguales por lo ancho.
Don Jaime pasó, sin detenerse, por el compartimiento primero y entró en el segundo, seguido del vaquero, que desde hacía algunos instantes parecía estar sumergido en profundas reflexiones.
El aventurero apartó un montón de hierbas y de hojas secas, y tomando su machete empezó a cavar el suelo.
--¿Qué hace V.? le preguntó Domingo lleno de admiración.
--Ya lo ve V. estoy desembarazando la entrada de una cueva; ayúdeme V.
El joven y el aventurero pusieron manos a la obra, y a poco apareció una losa ancha y plana en medio de la cual estaba empotrada una anilla.
Una vez hubieron quitado la piedra, quedaron al descubierto dos groseros escalones tallados en la peña.
--Bajemos, dijo el aventurero, después de encender una lámpara.
Domingo tendió una mirada de curiosidad en torno de sí; el sitio donde se encontraba, situado siete u ocho metros debajo del suelo, formaba una especie de sala octagonal bastante capaz a la que afluían cuatro galerías, que conducían a puntos distintos y parecían penetrar en las entrañas de la tierra.
Dicha sala estaba abundantemente provista de armas de todas clases; se veían en ella arneses, equipos, una cama de hojarasca con su manta y hasta una anaquelería con libros suspendida de la pared.
--Ésta es una de mis guaridas, dijo sonriendo el aventurero, y como ésta poseo muchas desparramadas por todo el territorio mejicano. Esta cueva data del tiempo de los aztecas y su existencia me la reveló hace ya muchos años un indio anciano; ya sabe V. que la provincia en que nos encontramos era antiguamente el territorio sagrado de la religión mejicana; de consiguiente en él pululan los templos. Las cuevas, de las que existían gran número, servían a los sacerdotes para trasladarse de uno a otro sitio sin ser descubiertos y dar de esta suerte más valor a los milagros de ubicuidad que ellos pretendían obrar. Más adelante sirvieron de refugio a los indios perseguidos por los conquistadores españoles. Ésta, que por un lado afluye a la pirámide de Cholula y por el otro al centro de la misma ciudad de Puebla, sin mentar otras salidas, fue muchas veces de gran provecho para los insurgentes mejicanos durante la guerra de la independencia. Hoy su existencia es ignorada; V. y yo somos los únicos que en la actualidad la conocemos.
--Dispense V., dijo el vaquero, que había escuchado con el más vivo interés este relato, hay una cosa que no acabo de comprender.
--¿Cuál?
--Hace poco me dijo V. que si por acaso venía alguien, al punto lo sabríamos.
--Efectivamente se lo dije a V.
--No comprendo absolutamente como puede ser eso.
--Es muy sencillo; ¿ve V. esa galería?
--Sí.
--Pues por una especie de abertura de un metro cuadrado poco más o menos, cubierta de malezas e imposible de descubrir, afluye exactamente a la entrada del sendero, único punto por el cual es posible penetrar en el bosque; ahora bien, por un singular efecto de acústica de que no acertaría a dar la explicación, todos los ruidos, sean cuales fueren, aun los más insignificantes, que se producen cerca de dicha abertura, son inmediatamente repercutidos aquí con claridad tal, que con gran facilidad puede conocerse de qué proceden.
--Entonces nada temo ya, repuso Domingo.
--Por otra parte, una vez hayan llegado las personas a quienes estamos aguardando, taparemos la mencionada abertura, que nos será inútil, y entraremos y saldremos por otra galería que se abre a espaldas de V.
Y mientras daba estas explicaciones a su amigo, el aventurero se había quitado algunas prendas de su traje.
--¿Qué hace V.? preguntó Domingo.
--Me disfrazo para ir a informarme y saber en qué punto se encuentran nuestros asuntos en Puebla. Los habitantes de esta ciudad son muy religiosos; en ella abundan los conventos, y me pongo estos hábitos de camaldulense, a favor de los cuales podré librarme a mis comisiones sin temor de que sospechen de mí.
El vaquero se había sentado sobre las pieles, y con la espalda apoyada en la pared estaba meditando.
--¿Qué tiene V.? le preguntó don Jaime, parece que le preocupa y le entristece algo.
--En efecto, estoy triste, respondió el joven, estremeciéndose cual si de improviso le hubiese mordido una víbora.
--¿No le he dicho a V. ya que daríamos de nuevo con doña Dolores?
--Señor, repuso Domingo, estremeciéndose otra vez, poniéndose lívido y levantándose con la cabeza caída sobre el pecho, desprécieme usted, soy un infame.
--¡Un infame! ¡V. un infame! ¡Bah! V. ha mentido.
--No, señor, he dicho la verdad; falté a mis deberes, traicioné a mi amigo, olvidé cuanto V. me recomendó, dijo Domingo. Y luego, dando un gran suspiro, añadió con voz apenas perceptible; amo a la prometida del conde.
El aventurero fijó con expresión indefinible su límpida mirada en el joven, y dijo:
--Ya lo sabía.
--¡Que lo sabia V.! exclamó Domingo estremeciéndose e irguiéndose a la vez como impulsado por poderoso resorte.
--Sí, repuso don Jaime.
--¿Y no me desprecia V.?
--¿Por qué? ¿acaso somos dueños de nuestro corazón?
--¡Pero es la prometida del conde, de mi amigo!
--Dolores le ama a V., profirió el aventurero, haciendo caso omiso de la exclamación del joven.
--¡Oh! profirió éste, ¿y cómo sabré yo si ella me ama, cuando apenas me atreví a confesarme a mí mismo la pasión que yo siento?
Hubo una larga pausa de silencio. Por fin don Jaime, que mientras iba vistiéndose los hábitos de fraile miraba con el rabillo del ojo a su interlocutor, dijo con voz natural:
--El conde no ama a doña Dolores.
--¿Qué dice V.? exclamó el joven con ardoroso arranque.
--He aquí lo que son los enamorados, profirió don Jaime riendo, no comprenden que los demás tengan también ojos para ver.
--Pero el conde debe casar con ella, repuso el joven.