Las noches mejicanas

Part 13

Chapter 134,053 wordsPublic domain

El salón estaba iluminado, por multitud de bujías colocadas en todos los candelabros y sobre todos los muebles, y en uno de sus ángulos y con muebles amontonados habían construido una barricada, tras la cual se refugiaron doña Dolores y las mujeres y los hijos de los peones de la hacienda. Delante de la mencionada barricada y a dos pasos de la misma, estaban alineados, en pie e inmóviles, con un fusil en una mano y una pistola en la otra, don Andrés, el conde, Domingo y León Carral, los cuales tenían cerca de sí dos barriles de pólvora abiertos.

--¡Alto! gritó don Luis con voz zumbona; ¡alto, caballeros! si dan Vds. un paso más nos vamos todos por los aires. Háganme Vds. el favor de no atravesar los umbrales de esta puerta.

Los guerrilleros se guardaron muy mucho de desobedecer tan cortés recomendación, pues a la primera mirada habían medido toda la intensidad del peligro que corrían.

Don Melchor pataleaba de ira al verse de esta suerte reducido a la imposibilidad.

--¿Qué quieren Vds.? preguntó con voz atragantada al conde el hijo de don Andrés de la Cruz.

--De V., nada, respondió Luis; tenemos sobrada honra para no tratar con un miserable de su calaña.

--Serán Vds. fusilados como perros, franceses malditos, aulló don Melchor.

--Le reto a V. a que ponga en obra su amenaza, replicó el conde levantando con toda impasibilidad el gatillo del revólver que tenía en la mano y apuntando al barril de pólvora que estaba próximo a él.

Los guerrilleros se hicieron atrás profiriendo gritos de terror.

--No dispare V., no dispare V., exclamaron; aquí viene el coronel.

En efecto, Cuéllar acababa de llegar.

Era Cuéllar un bandido desalmado, afirmación que no sorprenderá a nadie; pero hay que confesar que era valiente como un león.

El coronel se abrió paso entre sus soldados y una vez solo al frente de éstos, se inclinó con gracia ante los cuatro hombres, les inspeccionó con mirada socarrona, lió un cigarrillo y dijo con acento de buen humor:

--Es muy ingenioso el aparato ese que han dispuesto Vds. ahí; les doy mi enhorabuena, caballeros. A esos demonios de franceses se les ocurren unas ideas increíbles; por mi fe, añadió hablando consigo mismo, no hay quien les coja desprevenidos; con ese par de barriles basta para que todos volemos al paraíso.

--Y si no nos avenimos, dijo el conde, no vacilaremos como no hemos vacilado en mandar a las nubes a los soldados que había usted mandado a la descubierta por la gruta.

--¿Qué dice usted? profirió Cuéllar palideciendo.

--Digo, repuso con la mayor calma el conde, que puede V. hacer buscar los cadáveres de sus soldados en el subterráneo y los hallarán a todos, pues todos han quedado en él.

Los guerrilleros se estremecieron de terror al oír tales palabras, y todos guardaron silencio.

Cuéllar se puso meditabundo, y al cabo de un minuto levantó el rostro, del que había desaparecido toda huella de emoción, y tendió una mirada en torno de sí como quien busca algo.

--¿Busca V. fuego? le preguntó Domingo acercándose a él con una bujía en la mano. Encienda V. su cigarrillo, señor.

Cuéllar tomó la bujía que galantemente le alargaba Domingo, y después de encender el cigarrillo, la devolvió a éste dándole las gracias.

--Conque, dijo Cuéllar una vez el joven se hubo reunido a sus compañeros, ¿piden ustedes capitulación?

--Se equivoca V., señor, repuso el conde; no la pedimos, se la ofrecemos a V.

--¿Qué Vds. me la ofrecen? profirió con admiración el guerrillero.

--Sí; porque somos dueños de la vida de usted.

--Usted dispense, arguyó Cuéllar, lo que está diciendo es especioso, porque en el caso de mandarnos a cenar con San Pedro a nosotros también irían Vds.

--¡Caramba! repuso el conde, en esto estamos.

Cuéllar se entregó de nuevo a la meditación, y poco después dijo:

--Vamos a ver, no perdamos el tiempo en un tiroteo de palabras; hablemos como hombres; ¿qué quieren Vds.?

--Voy a decírselo a V., respondió el conde.

XVII

DESPUÉS DE LA BATALLA

Cuéllar estaba fumando indolentemente el cigarrillo que pocos momentos antes encendiera, con la mano izquierda apoyada en su largo sable, cuya vaina descansaba en el suelo.

En el modo como estaba en pie el bandido, a la puerta del salón y dejando vagar al acaso su mirada, de suavidad felina, y despidiendo por boca y narices espirales de azulado humo, había un no sé qué seductivo.

--Vds. dispensen, señores, dijo; pero antes de pasar adelante es menester que nos pongamos completamente de acuerdo. Así pues, permítanme una ligera observación.

--Hable V., señor, dijo el conde.

--Pactemos, repuso Cuéllar, lo quiero y aun lo pido; como Vds. ven, soy muy acomodaticio; pero recomiendo que no me exijan imposibles, pues en este caso me vería constreñido a negárselos. No necesito decirles que si están Vds. decididos, también lo estoy yo, y que si bien deseo llegar a una transacción ventajosa para ambas partes, por quien soy les juro que de mostrarse demasiado exigentes preferiré volar con Vds., con tanta más razón cuanto tengo el presentimiento de que tarde o temprano terminaré mi vida como eso y no me pesaría irme al diablo en tan buena compañía.

Por más que Cuéllar pronunciara estas palabras con ademán risueño, el conde no se llamó a engaño respecto de la expresión decidida del hombre con quien se las había.

--¡Oh! señor, dijo éste, mal nos conoce usted si nos supone capaces de pedirle imposibles; lo único que hay es que queremos aprovecharnos de nuestra buena posición.

--Y yo se lo aplaudo de todas veras, caballero, repuso el guerrillero; mas como es usted francés y sus compatriotas nada temen, he creído de mi deber hacerle esta observación.

--Quépale a V. la certeza, señor, contestó el conde, fingiendo la misma tranquilidad que su interlocutor, que lo que vamos a exigir estará muy puesto en razón.

--¡A exigir! repitió Cuéllar, recalcando estas palabras.

--Sí, señor; pero no vamos a obligarle a que nos restituya en la posesión de la hacienda, porque nos consta que si saliese V. de ella sería para atacarnos de nuevo mañana.

--Es V. muy sagaz, señor; pero vengamos a lo que importa.

--A eso voy; ante todo va V. a devolvernos los pobres peones que han escapado de la matanza.

--No hallo dificultad.

--Junto con sus armas, sus caballos y lo poco que poseen.

--Convengo en ello.

--Don Andrés de la Cruz, su hija, el mayordomo León Carral, mi amigo, y yo y todas las mujeres y los niños refugiados en este salón, seremos libres de retirarnos a donde más nos acomode, sin temor a que nadie nos importune.

--¿Qué más? dijo Cuéllar haciendo una mueca.

--V. dispense, ¿acepta?

--Sí, señor, acepto. ¿Qué más?

--Mi amigo y yo somos franceses, y, que yo sepa, Francia no está en guerra con Méjico.

--Pero puede llegar día que sí, repuso Cuéllar en son de burla.

--Tal vez, pero ínterin, estamos en paz y tenemos derecho a su protección de V.

--¿No se han batido Vds. contra nosotros?

--Dice V. bien, pero en legítima defensa; desde el momento que nos atacaron, debíamos defendernos.

--Conforme; prosiga V.

--Queremos tener el derecho de llevarnos con nosotros, sobre nuestras mulas, cuanto nos pertenece.

--¿Nada más?

--Poco falta; ¿acepta V. estas condiciones?

--Las acepto.

--Perfectamente, ahora sólo falta llenar una formalidad.

--¡Una formalidad! ¿cuál?

--La de los rehenes.

--¡Cómo se entiende rehenes! ¿No les he empeñado a Vds. mi palabra?

--Sí, señor.

--¿Pues qué quieren Vds. más?

--Ya se lo he dicho a V., rehenes; V. comprenderá perfectamente, señor, que no me arriesgaré a confiar la vida de mis amigos y la mía propia, no diré a V., pues ha empeñado su palabra y la estimo buena, pero si a sus soldados que, como valientes guerrilleros que son no sentirían escrúpulo alguno, dado que cometiésemos la majadería de ponernos en sus manos, en hacernos satisfacer un rescate u otra cosa peor; V., señor Cuéllar, no manda tropas regulares, y por severa que sea la disciplina que mantenga en su cuadrilla, dudo que llegue al extremo de hacer respetar los prisioneros que caen en su poder, cuando V. no puede defenderlos con su presencia.

Cuéllar, interiormente halagado por las palabras del conde, sonrió con agrado y dijo:

--¡Jum! lo que acaba V. de manifestar puede ser verdad hasta cierto punto. Pero terminemos de una vez; ¿cuáles y cuántos son los rehenes que V. exige?

--Uno sólo, señor, respondió el conde; ya ve V. si somos contentadizos.

--En efecto, pero ¿quién es ese rehén?

--V., señor, respondió sin ambages el conde.

--¡Canario! respondió Cuéllar con risa zumbona, no tiene V. mal gusto; efectivamente les bastaría a Vds. con éste.

--Por eso no queremos otros.

--Pues es muy sensible.

--¿Por qué?

--Porque rehúso, demontre, ¿Y quién me serviría de fiador a mí?

--La palabra de un caballero francés, respondió con arrogancia el conde, palabra que nunca se ha empeñado en vano.

--Por mi vida, repuso Cuéllar con la mansedumbre que sabía adoptar tan bien cuando lo requerían las circunstancias, y le hacían tomar por el hombre más bueno del mundo, acepto, caballero, y suceda lo que quiera siento comezón de poner un poco a prueba la palabra esa de que tan orgullosos están los europeos. Quedamos pues en que yo les sirvo de rehén. Ahora espero me diga cuánto tiempo debo permanecer entre Vds., pues esto es para mí muy importante.

--No exigimos de V. sino que nos acompañe hasta la vista de Puebla; una vez allá quedará usted libre. Si le place, puede V. tomar una escolta de diez hombres para regresar con seguridad.

--Conforme, conforme, estoy a sus órdenes, caballeros, profirió Cuéllar. Y volviéndose hacia don Melchor, dijo a éste: V. se queda aquí durante mi ausencia para vigilar que todo vaya bien.

--Sí, contestó sordamente don Melchor.

El conde, después de haber dicho algunas palabras en voz baja al mayordomo, se dirigió de nuevo a Cuéllar.

--Señor, le dijo, hágame V. el favor de ordenar que conduzcan acá a los peones; luego, mientras V. permanezca con nosotros, ño León Carral irá a disponerlo todo para nuestra partida.

--Está bien, contestó el guerrillero; puede el mayordomo ir a cumplir sus quehaceres. Y dirigiéndose a los suyos y designando a Carral, añadió: este hombre es libre; conduzcan acá a los peones.

Poco después entraron en el salón unos quince pobres diablos con el traje hecho jirones y cubiertos de sangre, pero armados, según pacto estipulado previamente.

Dichos quince hombres eran los únicos que quedaban de los defensores de la hacienda.

Cuéllar penetró luego en la pieza en cuyo umbral hasta entonces había permanecido, sin que a ello le invitaran, y fue a colocarse detrás de la barricada.

Don Melchor, que comprendió lo falso de su posición, ahora que se veía solo frente por frente de los sitiados, se volvió para retirarse; pero entonces don Andrés se levantó, e interpelándole con voz vibrante e imperiosa, le dijo:

--Deténgase V., Melchor, no podemos separarnos de esta suerte; ahora que ya no debemos volver a vernos en este mundo, es necesario, indispensable, una explicación suprema entre los dos.

Don Melchor se estremeció al oír aquella voz; palideció, e hizo un movimiento cual si quisiese huir; pero deteniéndose prontamente y levantando con arrogancia la frente, dijo:

--¿Qué quiere V. de mí? hable, ya le escucho.

Por espacio de algunos segundos el anciano permaneció con los ojos clavados en su hijo con singular expresión de amor, cólera, dolor y desprecio, y haciendo por fin un esfuerzo sobre sí mismo, tomó la palabra en estos términos:

--¿Por qué quiere V. marcharse? ¿acaso porque le horroriza el crimen que ha cometido, o bien porque la rabia se ha apoderado de su corazón al ver abortado su parricidio y salvado a su padre a pesar de todos los esfuerzos que V. ha hecho para arrancarle la vida? Dios, que ha permitido que no consiguiese V. el completo triunfo de sus proyectos, me castiga por mi debilidad hacia V. y por el sitio que había V. usurpado en mi corazón; caro pago mi error; pero por fin ha caído la venda que me cubría los ojos. Váyase V., miserable, marcado con un estigma indeleble; ¡maldito sea V.! y esta maldición que sobre V. fulmino pese eternamente sobre su corazón. ¡Márchese V., parricida! desde ahora deja V. de ser hijo mío.

Sin embargo de su audacia, don Melchor no pudo aguantar la mirada fulgurante que su padre fijaba implacablemente en él; se le cubrió de lívida palidez el rostro, le conmovió el cuerpo un temblor convulsivo, inclinó la cabeza bajo el peso del anatema, retrocedió lentamente sin volverse, como arrastrado por una fuerza superior a su voluntad, y desapareció por en medio de los guerrilleros, que le abrieron calle impulsados por un sentimiento de horror.

En el salón reinaba un silencio fúnebre; y es que aquellos hombres, sin embargo de ser tan poco impresionables, experimentaban el influjo de la terrible maldición pronunciada por un padre contra su hijo culpado.

Cuéllar, que fue el primero que recobró su presencia de ánimo, dijo a don Andrés:

--Ha hecho V. mal en inferir a su hijo y en presencia de todos tan cruel afrenta.

--Le comprendo a V., profirió el anciano con tristeza; ¿pero qué me importa que se vengue si para siempre más mi vida está quebrantada?

E inclinando la cabeza sobre el pecho, don Andrés cayó en sombría y profunda meditación.

--Vele V. por él, dijo Cuéllar al conde; conozco a don Melchor, y sé que es un verdadero indio.

En esto doña Dolores, que hasta entonces permaneciera temerosamente escondida en medio de sus criadas, detrás de la barricada, se levantó, apartó algunos muebles, pasó sin hacer ruido al través de la abertura que ella misma acababa de practicar y fue a sentarse al lado de don Andrés; el cual no se movió, ni la había visto venir, ni oído como se sentaba cerca de él.

La joven se inclinó hasta su padre, le cogió amorosamente las manos, le besó en la frente, y con voz melodiosa e impregnada de ternura indecible, le dirigió estas palabras:

--Padre, mi buen padre, ¿no le queda a V. por ventura una hija que le quiere y le respeta? No se deje V. abatir de esta suerte por el dolor. Míreme, padre mío, por la Virgen Santísima; soy su hija. ¿Acaso no me quiere a mí que le amo tanto?

Don Andrés levantó el rostro, bañado en lágrimas, y abrió los brazos, en los que doña Dolores se precipitó dando un grito de gozo.

--¡Oh! profirió el anciano con ternura inefable, ¡cuánta ingratitud la mía al dudar de la infinita bondad de Dios! ¡Me queda mi hija! ¡No estoy ya solo en la tierra! ¡Todavía puedo ser dichoso!

--Sí, padre, repuso doña Dolores, Dios ha querido sujetarle a V. a prueba, pero no nos abandonará en nuestra pesadumbre; sea V. fuerte contra el infortunio, deje a su hijo entregado a su arrepentimiento, levante V. la terrible maldición que ha fulminado contra él, y permítale que vuelva arrepentido a sus plantas. ¡Oh! estoy convencida de que su acción no es sino hija de un momento de extravío; porque ¿cómo no amaría a V., tan noble tan grande y tan bueno?

--No me hables nunca de tu hermano, replicó don Andrés con hosca energía; para mí ha dejado de existir ese hombre. No tienes hermano alguno ni lo has tenido nunca. Perdóname que te haya engañado dándote a entender que el miserable ese formaba parte de nuestra familia; no, ese monstruo no es hijo mío; yo mismo he padecido error al suponer que por sus venas circulaba la misma sangre que por las mías.

--Padre, por Dios, sosiéguese V.

--Ven, hija mía, repuso don Andrés estrechando entre sus brazos a la joven, no me abandones, necesito sentirte ahí, a mi lado, para no creerme solo en el mundo y para tener la fuerza de sobrellevar mi desesperación. ¡Oh! repíteme que me quieres; no puedes comprender cuánto alivia mi corazón y suaviza mi dolor él que me lo digas.

Los guerrilleros se habían desparramado por la hacienda, saqueando y devastando, rompiendo muebles y forzando cerraduras con destreza que demostraba larga práctica. Solamente, según el pacto estipulado, habían sido respetadas las habitaciones del conde.

Raimbaut e Ibarru, relevados de su larga facción por León Carral, se ocupaban activamente en cargar sobre el lomo de algunas mulas los cofres y las maletas de Luis y de Domingo; y aunque los guerrilleros les habían mirado por espacio de algunos instantes con gesto socarrón y haciendo burla del modo desmañado como los dos criados cargaban las mulas, acabaron por ofrecer su ayuda a Raimbaut, ayuda que éste no tuvo reparo en aceptar. Entonces se vieron a aquellos hombres que sin el menor escrúpulo se hubieran entregado al latrocinio robando los objetos valiosísimos que encerraban las maletas y los cofres que los criados del conde estaban cargando, ocuparse con ahínco en transportarlos con cuidado sumo, y sin que ni por un segundo les asaltase la idea de apoderarse ni por el valor de un céntimo.

Gracias pues al inteligente concurso de los secuaces de Cuéllar, los equipajes del conde y de Domingo estuvieron en poquísimo tiempo cargados sobre tres mulas, y León Carral no tuvo ya que cuidar sino de que ensillasen los caballos necesarios para emprender el viaje, lo que fue ejecutado en un santiamén, gracias asimismo a la buena voluntad que en ir a buscar los caballos al corral y conducirlos al patio pusieron los guerrilleros.

Entonces León Carral penetró de nuevo en el salón y anunció que todo estaba dispuesto para la partida.

--Cuando Vds. quieran, señores, dijo Luis.

--Adelante.

Los que en el salón se encontraban fueron saliendo uno a uno escoltados por los guerrilleros, que daban grandes voces, si bien y al parecer contenidos por el respeto que les inspiraba su jefe no se atrevían a pasar a vías de hecho.

Una vez a caballo los que debían abandonar la hacienda, así como diez guerrilleros al mando de un oficial destinados a escoltar al coronel a su regreso, Cuéllar dirigió la voz a sus soldados, recomendándoles que obedeciesen ciegamente a don Melchor de la Cruz, mientras él estuviese ausente, y luego dio la señal de marcha.

Entre hombres, mujeres y niños, la pequeña caravana se componía de sesenta individuos, únicos que sobrevivieron a los doscientos que moraban en la hacienda.

Cuéllar iba a la cabeza de la caravana, a la derecha del conde; luego seguían doña Dolores, que iba entre su padre y Domingo; los peones, que conducían las acémilas de carga bajo la dirección de León Carral y de los dos criados del conde, y los guerrilleros cerraban la marcha.

El convoy bajó al paso por la colina y pronto se encontró en el llano.

Eran las dos de la madrugada poco más o menos; todo estaba envuelto en tinieblas, y los tristes viajeros, abrigados con sus sarapes y tiritando de frío, tomaron por la carretera de Puebla, a la que llegaron en veinte minutos; luego apresuraron el andar, en la esperanza de que al salir el sol o a lo menos a las primeras horas de la mañana llegarían a la ciudad, que no se encontraba sino a unas cinco o seis leguas de distancia.

Prontamente una luz vivísima tiñó de rojizos resplandores el cielo e iluminó el campo en una grande extensión.

La hacienda estaba ardiendo.

A este espectáculo, don Andrés dirigió una mirada triste hacia atrás y lanzó un suspiro profundo, pero no profirió palabra alguna.

Únicamente hacía uso de la palabra Cuéllar; el cuál trataba de demostrar al conde que la guerra tenía tristes necesidades; que hacía ya mucho tiempo que don Andrés había sido denunciado como secuaz devoto de Miramón, y que la toma y destrucción de la hacienda no eran sino el resultado de la malquerencia del hacendero hacia Juárez; cosas todas a las cuales el conde, que comprendía la inutilidad de discutir sobre tal tema con semejante sujeto, no se tomaba el trabajo de replicar.

De esta suerte y por espacio de unas tres horas, los viajeros continuaron su camino, sin que incidente alguno viniese a interrumpir la monotonía de su viaje.

Apareció la aurora y a su primera luz se divisó en lontananza el sombrío contorno de las cúpulas y los altos campanarios de Puebla.

El conde hizo detener a la caravana, y luego dijo a Cuéllar:

--Señor, ha cumplido V. lealmente el pacto que habíamos estipulado, por lo que en mi nombre y en el de mis desgraciados amigos le doy las gracias; no nos encontramos más que a unas dos leguas de Puebla, es ya de día, y por lo tanto es inútil que siga acompañándonos.

--En efecto, señor, repuso Cuéllar, creo que ahora pueden Vds. prescindir de mí, y ya que me dan su permiso, voy a dejarles, reiterándoles la expresión de mi pesar por lo ocurrido. Por desgracia no soy yo quien mando, y...

--Basta, por favor se lo ruego, interrumpió el conde; lo pasado es irreparable; por lo tanto y a lo menos en la hora de ahora, es excusado hablar más del asunto.

--¿Me permite V. dos palabras? dijo Cuéllar en voz baja e inclinándose.

El joven se acercó al guerrillero.

--Antes de separarnos, dijo éste a Luis, quiero hacerle una advertencia.

--Diga V.

--Todavía se encuentran Vds. lejos de Puebla, a donde no llegarán en menos de dos horas; estén Vds. alerta; vigilen el campo en torno de sí.

--¿Qué quiere V. decir, señor?

--Nadie sabe lo que puede ocurrir; le repito que vigilen Vds.

--Adiós, señor, repuso con indolencia el joven, devolviendo el saludo al guerrillero.

Después de haberse despedido cortésmente de sus compañeros de viaje, Cuéllar se puso al frente de sus soldados y se alejó al galope, no sin haber antes y por medio de un gesto significativo recomendado la prudencia al joven.

--¿Qué tienes? preguntó Domingo acercándose a Luis, al ver el ademán pensativo con que éste miraba alejarse a los guerrilleros.

El conde respondió a su amigo contándole lo que Cuéllar le había dicho al separarse.

--Aquí hay gato encerrado, profirió el vaquero frunciendo las cejas; como quiera que sea la advertencia es buena y no obraríamos cuerdamente si la despreciásemos.

XVIII

LA EMBOSCADA

Después de la partida del guerrillero, la caravana siguió marchando por espacio de algunos minutos más en medio del más profundo silencio.

Sin embargo, las últimas palabras proferidas por Cuéllar habían producido efecto; el conde y el vaquero se sentían desasosegados, y a pesar suyo y sin atreverse a comunicarse sus sombríos pensamientos, avanzaban con excesiva prudencia, venteando el aire, por decirlo así, estremeciéndose al más leve ruido sospechoso que se levantaba en los jarales.

Eran un poco más de las cinco de la mañana, hora en que la naturaleza parece por un instante recogerse y en que la luz y las tinieblas luchan con fuerzas casi equilibradas, se funden una en otra y producen ese vislumbre opalino cuyas vaporosas tintas dan a los objetos una apariencia vaga e indeterminada, un sí es no es fantástica. De la tierra subía un vapor ceniciento, produciendo una neblina transparente que los rayos del sol, más y más cálidos, iban disolviendo a trechos, iluminando parte del paisaje y dejando la otra envuelta en sombras; en una palabra, no era ya de noche, pero tampoco de día.

A lo lejos aparecían las numerosas cúpulas de los edificios de Puebla, resaltando confusamente sobre el sombrío azul del firmamento; los árboles, lavados por el abundante rocío de la noche, eran más verdes y al extremo de cada una de sus hojas temblequeaba una gotita de agua cristalina, mientras sus ramas, movidas por la brisa matinal, se entrechocaban suavemente produciendo misteriosos susurros; ya los pájaros, apelotonados al amparo del follaje, preludiaban por lo bajo sus alegres conciertos, y los bueyes silvestres levantaban acá y allá la cabeza por encima de las altas hierbas lanzando sordos mugidos.

Los fugitivos seguían un tortuoso sendero encajonado entre tierras removidas para el cultivo del agave y las cuales limitaban el horizonte a un círculo por demás restringido para que a aquéllos les fuese permitido vigilar los alrededores con todo el cuidado que tal vez hubiera sido necesario para la seguridad general de la caravana.