Las noches mejicanas

Part 12

Chapter 124,021 wordsPublic domain

--¡Hola! dijo el conde al cabo de un instante, ¿qué significa esto? ¿acaso vamos montados en caballos espectros que no producen ruido alguno al marchar?

--Hable V. más quedo, señor, repuso el mayordomo; probablemente estamos rodeados de espías; en cuanto a lo que despierta tanto su curiosidad, no es sino una sencilla precaución; los cascos de nuestros caballos están envuelto en sacos de piel de carnero rellenos de arena.

--¡Demontre! profirió Luis, entonces nuestra expedición es secreta.

--Sí, señor, y por demás importante, repuso Carral.

--¿Qué ocurre pues?

--Que desconfío de don Melchor.

--¡Hombre! piense V. que don Melchor es hijo y heredero de don Andrés.

--Sí, pero su madre era una india zapoteca, de la que no atino por qué se enamoró mi amo, pues no era hermosa, ni buena, ni tenía pizca de entendimiento, y de ella tuvo a don Melchor. La madre murió de sobreparto, rogando a don Andrés que no abandonase a la pobre criatura; mi amo se lo prometió, reconoció al hijo y le educó, cual si hubiese sido legítimo, y años después obligó a su esposa a tener al niño junto a ella. Don Melchor fue pues educado como si realmente hubiese sido hijo legítimo, tanto más cuanto doña Lucía de la Cruz murió sin haber dado más que una niña a su marido.

--¡Ah! dijo el conde, ahora empiezo a vislumbrar la verdad.

--Todo marchó a pedir de boca durante muchos años; don Melchor, tratado muy bien por su padre, llegó poco a poco a persuadirse de que a la muerte de don Andrés heredaría efectivamente la fortuna de éste; pero hace cosa de un año que mi amo recibió una carta, a consecuencia de la cual tuvo con su hijo una larga y seria conferencia.

--Ya, repuso Luis, dicha carta recordaba a don Andrés el proyecto de matrimonio estipulado entre mi familia y la suya y al par le notificaba mi próxima llegada.

--Probablemente, señor, dijo Carral; pero nada de cuanto pasó entre el padre y el hijo traspiró; lo único que todos notamos fue que don Melchor, que no es alegre ni mucho menos, desde entonces está sombrío y áspero, busca siempre la soledad y no habla con su padre sino cuando a ello se ve obligado. Don Melchor, que no hacía sino cortas y contadas excursiones por el campo, empezó a aficionarse a la caza, y emprendió expediciones que con frecuencia duraban muchos días. La súbita llegada de V. a la hacienda, cuando indudablemente le animaba todavía la esperanza de no verle nunca, ha aumentado por modo indecible sus malas disposiciones, y de ahí que esté yo convencido de que desesperado de ver como se le escapa para siempre de las manos la herencia que desde hace tanto tiempo codicia, no vacilará ni siquiera ante el crimen para apoderarse de ella. Ahí, señor, lo que he creído de mi deber comunicarle; Dios sabe que al hablar no me ha guiado sino la mejor intención.

--Ahora me lo explico todo, ño León Carral, dijo el conde, y como V. estoy persuadido de que don Melchor medita una odiosa traición contra el hombre a quien todo lo debe, contra su padre.

--¿Quieren Vds. saber mi opinión? dijo Domingo; pues bien, yo opino que, si se presenta oportunidad, haríamos una buena obra alojándole una bala en la cabeza; de este modo libraríamos al mundo de un horrible asesino.

--Amén, repuso el conde riendo.

En esto los tres jinetes llegaron al llano.

--Señor, dijo León Carral, dirigiéndose a don Luis, aquí empiezan las dificultades para llevar a cabo la empresa que intentamos; es preciso obrar con la mayor prudencia y sobre todo evitar que nuestra presencia se revele a los invisibles espías que es indudable nos están acechando.

--Nada tema V., repuso el conde, seremos mudos como peces; pase V. adelante, nosotros le seguiremos a la moda de los indios cuando caminan por el sendero de la guerra.

El mayordomo se puso a la cabeza de la fila y los tres empezaron a avanzar con bastante rapidez por senderos que se entrecruzaban y habrían formado una red intrincada para otro menos conocedor del terreno que León Carral.

Como hemos dicho más arriba, la noche aquella era sin luna y el firmamento estaba oscuro como la tinta.

En el campo reinaba el más profundo silencio, sólo interrumpido a largos intervalos por los estridentes gritos de las aves nocturnas.

De esta suerte y sin cruzar palabra los tres jinetes continuaron avanzando durante media hora, al cabo de la cual el mayordomo se detuvo y dijo en voz baja:

--Hemos llegado; apéense Vds.; aquí estamos seguros.

--¿Lo cree V. así? preguntó Domingo; durante nuestra marcha me ha parecido oír gritos de aves nocturnas demasiado bien imitados para que fuesen verdaderos.

--Tiene V. razón, dijo León Carral; son los centinelas enemigos que se dan el alerta; nos han venteado; pero gracias a la oscuridad y a conocer como conozco los vericuetos, por ahora a lo menos hemos despistado a los que han salido en nuestra persecución. Éstos nos están buscando en dirección opuesta a la en que nos encontramos.

--Tal me ha parecido también a mí, profirió Domingo.

El conde escuchaba con avidez, pero en vano, lo que sus compañeros estaban hablando; para él era puro hebreo; por primera vez en su vida el acaso le colocaba en una situación tan singular, y por tanto le faltaba por completo la experiencia; distante estaba de temer que había atravesado todas las avanzadas de un campamento enemigo, pasado a tiro de pistola de los centinelas emboscados a derecha y a izquierda y tal vez se había librado milagrosamente de la muerte un sin fin de veces.

--Señores, dijo el mayordomo, quiten ustedes los sacos a los caballos, ya no los necesitan; yo entre tanto encenderé una antorcha de ocote.

Luis y Domingo, que reconocían tácitamente a Carral como jefe de la expedición, obedecieron.

--¿Está? preguntó al cabo de unos instantes el mayordomo.

--Sí, respondió el conde; pero no vemos pizca; ¿enciende V. la antorcha?

--Ya está encendida, respondió León; pero sería demasiado imprudente mostrar aquí la luz; síganme Vds. tirando a sus caballos de las bridas.

León se puso de nuevo a la cabeza, para guiar a sus compañeros, y los tres anudaron la marcha, pero esta vez a pie.

A poco brilló una luz ante sus ojos, luz que alumbraba lo suficiente para que aquéllos pudiesen ver los objetos que les rodeaban.

Los expedicionarios se encontraban en una gruta natural, abierta en el fondo de un pasadizo bastante tortuoso para que desde fuera nadie advirtiese la luz de la antorcha.

--¿Dónde demonios nos encontramos? preguntó el conde con sorpresa.

--Ya lo ve V., señor, respondió Carral, en una gruta.

--Sí, repuso Luis; mas para conducirnos aquí debía asistirle a V. una razón.

--Una me asistía, señor, contestó el mayordomo, y es que esta gruta comunica con la hacienda por medio de un subterráneo bastante largo; subterráneo que tiene muchas salidas al campo y dos en la hacienda. De estas últimas, una de ellas sólo la conozco yo, y hoy he tapado la otra; pero temeroso de que don Melchor durante sus carreras por el campo haya descubierto la gruta ésta, he querido venir esta noche para cerrarla interiormente por medio de una gruesa pared y de esta suerte evitar que nos sorprendan.

--Muy bien dispuesto, ño León, dijo el conde; cuando V. quiera pondremos manos a la obra; no faltan piedras.

--Primeramente asegurémonos de que no nos han precedido otros.

--¡Jum! difícil me parece, profirió Luis.

--¿Usted cree? repuso Carral con suave ironía.

Y tomando la antorcha que había plantado en un rincón, se inclinó hasta el suelo, pero casi al punto se irguió de nuevo dando un grito de cólera y de rabia.

--¿Qué hay? exclamaron con ansiedad el conde y Domingo.

--Miren Vds., respondió el mayordomo señalando el suelo.

El conde miró.

--Es demasiado tarde, continuó Carral; nos han ganado por la mano.

--Por Dios explíquese V., profirió el conde; nada comprendo de cuanto dice.

--Mira, repuso Domingo mostrando el suelo a don Luis, ¿ves estas pisadas que van en todas direcciones?

--¿Y qué?

--¡Pobre amigo mío! respondió el vaquero, estas pisadas las han impreso los hombres probablemente conducidos por don Melchor, los cuales han tomado este camino para introducirse en la hacienda, donde quizá se encuentran ya a estas horas.

--No, repuso el mayordomo, las huellas son frescas, de pocos minutos. La delantera que nos han tomado es insignificante, porque una vez hayan llegado al final del subterráneo se verán precisados a derribar el muro que yo he construido y que por cierto es robusto; no desmayemos pues; quizá Dios permita que lleguemos a la hacienda a tiempo. Vengan Vds., síganme sin tardanza y dejen los caballos. ¡Ah! divina ha sido la inspiración que tuve de no lapidar la segunda salida.

Agitando entonces su antorcha para reavivar la llama, el mayordomo se precipitó corriendo hacia una galería lateral, seguido de los dos jóvenes.

El subterráneo subía en pendiente suave; el camino que éstos siguieran para venir a la gruta, daba la vuelta a la colina sobre la cual estaba asentada la hacienda; además, les había sido preciso dar numerosos rodeos y marchar con circunspección, es decir, con bastante lentitud, temerosos de verse sorprendidos, lo que les absorbiera un espacio de tiempo considerable; pero ahora era distinto; ahora corrían en línea recta, y en un cuarto de hora hicieron un camino igual al que, a caballo, les había exigido una hora.

Cuando los tres llegaron al jardín de la hacienda, ésta estaba silenciosa.

--Despierten Vds. a sus criados mientras yo toco a rebato, dijo el mayordomo; quizá salvemos la hacienda.

Y León se precipitó hacia la campana cuyas redobladas vibraciones despertaron a no tardar a los habitantes de la hacienda que acudieron inmediatamente al son, medio desnudos y no comprendiendo lo que ocurría.

--¡A las armas! ¡a las armas! gritaban el conde y sus compañeros.

A don Andrés le pusieron en dos palabras al corriente de la situación, y mientras éste hacía conducir a su hija a su habitación bajo la salvaguardia de criados devotos, y organizaba la defensa cuanto lo permitían las circunstancias, el mayordomo, seguido del conde y de Domingo y de los criados del primero, se había encaminado al jardín.

Luis y doña Dolores no habían cruzado sino contadas palabras.

--Me voy a las habitaciones de mi padre, dijo la joven al conde.

--Allá iré a reunirme con V.

--Le aguardo, ¿Nadie más se acercará?

--Se lo juro a V.

--Gracias.

Doña Dolores y el conde se separaron.

Una vez en el jardín, los cinco hombres oyeron claramente los apresurados golpes que los asaltantes descargaban sobre la pared, y se emboscaron a tiro de pistola de la salida, detrás de los árboles y de las flores.

--Para venir de esta suerte a robar a la gente honrada es menester que esos hombres sean unos bandidos, profirió el conde.

--¡Que si lo son! repuso con zumba Domingo, pronto va V. a verlos en la faena de modo que no le quepa a V. duda alguna.

--Entonces mucho ojo, dijo el conde, y recibámosles como se merecen.

Ínterin, en el subterráneo redoblaban los golpes, y a no tardar se desprendió una piedra, y luego otra, y otra, hasta que apareció en el muro una brecha bastante considerable.

Los guerrilleros se precipitaron al jardín dando un aullido de alegría que se cambió al punto en rugido de rabia.

Cinco disparos hechos a un tiempo habían estallado como un formidable trueno.

Empezaba la lucha.

XVI

EL ASALTO

Al oír la descarga que les recibiera sembrando la muerte en sus filas, los guerrilleros habían retrocedido llenos de espanto; sorprendidos por aquéllos a quienes imaginaban sorprender, preparados a robar, pero no a combatir, su primer pensamiento fue emprender la fuga.

Los defensores de la hacienda, cuyo número había aumentado considerablemente, el ver el indescriptible desorden que se introdujera entre los asaltantes, no desperdiciaron la ocasión de mandar a éstos una rociada de balas.

Sin embargo, era menester tomar una determinación: o avanzar arrostrando una lluvia de proyectiles, o renunciar al asalto.

El propietario de la hacienda estaba rico, y esto los guerrilleros lo sabían, y no sólo lo sabían, sino que hacía ya mucho tiempo que deseaban apoderarse de estas riquezas de ellos codiciadas y que con razón o sin ella suponían escondidas en la hacienda. Así pues les costaba renunciar a una expedición preparada de larga fecha y de la que tan magníficos resultados se prometían.

Entre tanto las balas iban lloviendo sobre los asaltantes sin que éstos se atreviesen a traspasar la brecha. Los jefes de los guerrilleros, más interesados todavía que no sus soldados en el buen logro de sus proyectos, pusieron fin a la vacilación empuñando resueltamente picos y martillos no sólo para agrandar la brecha, sino para reventar completamente el muro, pues comprendían que solamente por medio de una irrupción súbita e irresistible conseguirían derribar el obstáculo que les oponían los defensores de la hacienda.

Éstos continuaban haciendo un fuego graneado, pero casi todas sus balas se perdían, ya que los guerrilleros trabajaban a cubierto y cuidaban de no mostrarse delante de la brecha.

--Han cambiado de táctica, dijo el conde a Domingo; ahora se ocupan en derribar el muro y dentro de poco van a anudar el asalto; y dirigiendo una mirada de tristeza en torno de sí, añadió: entonces y no siendo capaces de resistir a un ataque vigoroso los que nos acompañan, nos veremos constreñidos a retroceder.

--Tienes razón, amigo, la situación es grave, repuso el joven.

--¿Qué hacer? preguntó el mayordomo.

--¡Ah! profirió de improviso Domingo, dándose una palmada en la frente, se me ocurre una idea: ¿tienen Vds. pólvora en la hacienda?

--Gracias a Dios no nos falta, respondió Carral. ¿Por qué?

--Mande V. traer inmediatamente un barril; de lo demás respondo.

--Fácil es.

--Pues vaya V.

El mayordomo se alejó apresuradamente.

--¿Qué quieres hacer? preguntó el conde a Domingo.

--Ya verás, respondió el joven, despidiendo rayos por los ojos; vive Dios que es magnífica la idea que se me ha ocurrido. Probable es que esos bandidos se apoderen de la hacienda, pues somos demasiado pocos para resistirles y no es para ellos sino asunto de tiempo; mas yo te fío que va a darles que sentir.

--No te comprendo.

--¡Ah! continuó el joven, pábulo de una exaltación febril, quieren abrirse un paso anchuroso, y yo voy a abrírselo, te lo juro.

En este momento regresó el mayordomo trayendo consigo no uno, sino tres barriles de pólvora en un carretón, cada uno de cuyos barriles contenía unas ciento veinte libras de pólvora.

--¡Tres barriles! profirió alegremente Domingo; mejor que mejor; así cada uno de nosotros tendremos el nuestro.

--¿Pero qué vas a hacer? preguntó Luis al vaquero.

--Voy a mandarles a las nubes, respondió éste. ¡Ea! manos a la obra.

Y tomando uno de los barriles le quitó la tapa, operación que imitaron el conde y León Carral.

--Ahora, dijo Domingo dirigiéndose a los peones, despavoridos ante tan siniestros preparativos, haceos atrás, pero seguid disparando sobre ellos.

El conde, Domingo y el mayordomo se quedaron solos con los criados del primero, que se habían negado a separarse de su amo.

En pocas palabras el vaquero puso al corriente de su proyecto a sus amigos.

Éstos se hicieron cargo de los barriles, y deslizándose silenciosamente por detrás de los árboles, se acercaron a la gruta.

Los asaltantes, ocupados en demoler interiormente el muro y no atreviéndose a salir fuera de la brecha a causa del no interrumpido fuego que hacían los peones, no veían lo que pasaba en el jardín; de consiguiente les fue fácil a los cinco hombres llegar hasta al pie mismo de la pared que estaban demoliendo los guerrilleros, sin ser vistos.

Domingo colocó los tres barriles de pólvora junto al arranque del muro, y con ayuda de sus compañeros amontonó sobre los barriles cuantas piedras pudo hallar; luego tomó su mechero, quitó de él la mecha, de la que cortó unos diez centímetros, y la introdujo en uno de los barriles.

--¡Atrás! ¡atrás! dijo a media voz el joven; la pared ya se bambolea y dentro de un instante va a derrumbarse.

Y dando el ejemplo a sus compañeros, se alejó corriendo.

Casi todos los defensores de la hacienda, en número de unos cuarenta, con don Andrés a su frente, estaban reunidos en la entrada de la huerta.

--¿Por qué corren Vds. de este modo? preguntó el señor de la Cruz a los jóvenes; ¿acaso están ahí los bandidos?

--No, señor, respondió Domingo, todavía no, pero pronto va V. a saber de ellos.

--¿Dónde está doña Dolores? preguntó el conde.

--En sus habitaciones con sus criadas; nada tema V. por ella.

--Ea, disparen Vds. dijo Domingo a los peones.

Éstos anudaron un tiroteo infernal.

--Raimbaut, dijo el conde en voz baja a su ayuda de cámara, hay que preverlo todo, váyase usted con Lanca Ibarru y ensillen cinco caballos, uno de ellos para una mujer. ¿Ha comprendido V.?

--Sí, señor conde.

--Luego conducirán Vds. los caballos esos hasta la puerta del extremo de la huerta, y allí y bien armados me aguardarán. Vaya V.

Raimbaut se alejó apresuradamente, tan tranquilo y sosegado como si en aquel momento no hubiese ocurrido nada de extraordinario.

--¡Ah! dijo don Andrés dando un suspiro de pesar, si Melchor se encontrase aquí, cuan útil nos sería.

--Pronto estará, señor, repuso con ironía el conde.

--¿Pero dónde puede estar?

--¡Jum! ¿quién sabe?

--¡Ja! ¡ja! profirió Domingo, allá abajo ocurre algo.

En efecto, las piedras, vigorosamente removidas a los repetidos golpes de los guerrilleros, empezaban a caer en la huerta. La brecha se iba ensanchando rápidamente y por fin se desprendió hacia fuera un lienzo de pared.

Los guerrilleros profirieron un grito atronador y arrojando sus picos y empuñando sus armas se prepararon a invadir la hacienda; pero de improviso se oyó una explosión terrible, la tierra retembló como sacudida por una convulsión volcánica, subió hacia el cielo una nube de humo y en todas direcciones cayó una lluvia de despojos humanos.

Un grito de agonía atravesó el espacio; luego se cernió sobre el lugar de tan horrorosa escena un silencio de muerte.

--¡Adelante! ¡adelante! gritó Domingo.

Los destrozos causados por la mina habían sido terribles; la entrada del subterráneo, completamente revuelta de arriba abajo y cerrada del todo por montones de tierra y de piedras, no había dado paso a ninguno de los asaltantes. Sólo acá y allá y en medio de los despojos se veían los restos desfigurados de los que momentos antes eran hombres. La catástrofe debió de haber sido espantosa, pero de ella guardaba el secreto el subterráneo.

--Alabado sea Dios, estamos salvados, dijo don Andrés.

--Si otros asaltantes no se presentan por otro lado, repuso el mayordomo.

De pronto y como si el acaso hubiese querido hacer buenas las palabras de León Carral, se oyeron formidables gritos acompañados de disparos de armas de fuego, y una llama súbita que se elevó en las viviendas de los criados, iluminó el paisaje con resplandor siniestro.

--¡A las armas! ¡A las armas! gritaron los peones corriendo despavoridos. ¡Los guerrilleros! ¡Los guerrilleros!

Efectivamente, a poco y a la rojiza luz del incendio que devoraba los edificios, los defensores de la hacienda vieron aparecer unos cien hombres que avanzaban a paso de ataque, blandiendo sus armas y dando aullidos de furor.

Al frente de los bandidos aquellos iba un hombre que empuñaba un sable en la diestra y un hacha de viento en la izquierda.

--¡Don Melchor! exclamó el anciano con desesperación.

--Vive Dios, dijo Domingo encarándole su arma no avanzará un paso más.

--¡Es mi hijo! profirió don Andrés desviando el arma de Domingo.

El proyectil fue a perderse en el espacio.

--¡Ah! señor, repuso con frialdad el joven, se arrepentirá V. de haberle salvado la vida.

Don Andrés, arrastrado por el conde y por Domingo, había entrado en sus habitaciones, cuyas aberturas todas quedaron atrancadas en un santiamén por los peones, que hacían desde las ventanas un fuego nutridísimo sobre los asaltantes.

El hijo de don Andrés de la Cruz estaba en inteligencias con los partidarios de Juárez. Reducido, cual el mayordomo lo explicara al conde, a la desesperación por el próximo casamiento de su hermana y la pérdida inevitable de la fortuna de la que por tan largo período de tiempo sustentara la esperanza de ser el heredero único, el joven había atropellado por todo y bajo ciertas condiciones aceptadas por Cuéllar, y que él se reservaba cumplirlas o no una vez logrado sus propósitos, propuso entregar al jefe guerrillero la hacienda, a cuyo efecto se habían tomado todas las medidas conducentes al caso.

Convinieron Cuéllar y don Melchor, que parte de la cuadrilla, dirigida por oficiales resueltos, intentaría una sorpresa por el subterráneo, del que el joven había previamente librado el secreto, y que al mismo tiempo la otra mitad de la cuadrilla, a las órdenes del mismo Cuéllar y guiada por don Melchor, escalaría silenciosamente los muros de la hacienda, del lado de los corrales, pues era indudable que este punto estaría sin defensa para atender a la de los edificios, bastante alejados de aquéllos.

Ya hemos indicado cual había sido el éxito de este doble ataque.

Cuéllar ignoraba todavía que en tal empresa había perdido la primera mitad de su cuadrilla, desaparecida por completo bajo los despojos del derrumbado subterráneo, y con los hombres que le quedaban sostenía un combate encarnizado contra los peones de la hacienda, los cuales sabiendo que se las habían con la pandilla de Cuéllar, el más feroz y sanguinario de todos los guerrilleros de Juárez, y que esta pandilla no concedía cuartel, se batían con el heroísmo de la desesperación.

El combate, sin embargo, iba prolongándose; los peones emboscados en las habitaciones habían parapetado las ventanas con todo lo que hallaran a mano y disparaban a cubierto sobre los asaltantes diseminados por los patios y a los cuales causaban pérdidas sensibles.

A Cuéllar no sólo le tenía fuera de sí la tenaz e imprevista resistencia que encontraba, sino el incomprensible retardo de los soldados de su cuadrilla que habían entrado por la gruta y que desde hacía mucho tiempo debían haberle dado la mano.

El jefe guerrillero había oído la explosión de la mina, sí; pero como entonces se encontraba todavía a bastante distancia de la hacienda y en dirección diametralmente opuesta a la en que ocurriera la explosión, el ruido llegó hasta él sordo e indistinto. Así pues no hizo caso alguno de él; pero la inexplicable tardanza de sus compañeros en aquel momento en que su socorro le era tan necesario, empezaba a infundirle seria inquietud, y se disponía ya a enviar a algunos de los suyos a la descubierta con encargo de activar la llegada de los rezagados, cuando prontamente partieron del interior de las habitaciones desaforados gritos de victoria y en las ventanas aparecieron multitud de guerrilleros agitando alegremente sus armas.

Este triunfo definitivo se debió a don Melchor. Mientras el grueso de los asaltantes atacaba de frente a los edificios, él, acompañado de algunos hombres decididos se había deslizado entre sombras por una ventana baja que en el primer momento de confusión los de la hacienda se olvidaran de atrancar como las demás, se introdujo en el interior y aparecido prontamente a la vista de los sitiados, a quienes su presencia aterrorizó y sobre los cuales se precipitaron los guerrilleros que le acompañaban, blandiendo su sable y empuñando sendas pistolas.

Entonces el combate se convirtió en una horrorosa carnicería; los peones, a pesar de sus súplicas fueron muertos a puñaladas por sus vencedores y arrojados desde las ventanas al patio.

Pronto los guerrilleros inundaron todos los edificios de la hacienda, persiguiendo de aposento en aposento a los peones y asesinándoles desapiadadamente.

De esta suerte llegaron al gran salón cuyas anchas puertas de dos hojas estaban abiertas de par en par; pero una vez allí, no sólo se detuvieron, sino que retrocedieron dominados por un instintivo impulso de horror ante el terrible espectáculo que se les ofreció a los ojos.