Part 11
--Sí y no, hermana mía, estamos en un momento de crisis donde un gobierno está a punto de caer y de ser reemplazado por otro; usted entiende, no cierto, que el gobierno que cae es impotente hoy de proteger a los ciudadanos; sin embargo, él que lo reemplazará aún no tiene ni el poder ni la voluntad sin duda, de vigilar sobre la seguridad pública, así que, en una circunstancia como ésta, lo más sabio es de protegerse a sí mismo.
--En verdad, me espanta, hermano mío.
--Dios mío, tío, ¿qué pasará con nosotras? exclamó doña Carmen juntándose las manos con temor; esos mexicanos me dan miedo, son verdaderos bárbaros.
--Tranquilícese, no son tan malos como usted lo supone; son niños traviesos, mal criados, peleadores, y es todo; pero al fondo, tienen buen corazón; les conozco desde mucho tiempo, y yo respondo por sus buenos sentimientos.
--Pero usted sabe, tío, el odio que nos tienen, a nosotros los españoles.
--Malamente, estoy de acuerdo que nos hacen llevar con el mal del cual acusan a nuestros padres de haberles hecho, y que nos odian cordialmente, pero ignoran que ustedes y yo somos españoles, las creen hijas del país, lo que es para ustedes una garantía; por lo de don Esteban, pasa por peruviano, y yo, todos están convencidos que soy francés; entonces pueden ustedes ver bien que el peligro no es tan grande como lo suponen, y que en no cometer imprudencias, no tienen nada, por lo pronto, que temer, de todos modos, no se quedan sin protectores, no las dejaré solas en esta casa con un viejo doméstico, cuando hay un catástrofe tan cerca; así que sean tranquilas.
--¿Se va a quedar con nosotras, tío?
--Sería con gran placer, mi querida niña; malamente, no me atrevo prometérselo, me temo que me sea imposible.
--Pero, tío, ¿cuáles son esos asuntos tan importantes?
--Silencio, curiosa, deme un poco de fuego para prender mi cigarro, no sé que he hecho con mi mechero.
--Tome V., dijo Carmen dando un fósforo a su tío; siempre emplea V. las mismas argucias para cambiar la conversación; es V. muy feo.
Don Jaime se echó a reír, y sin replicar a su sobrina encendió el cigarro. Luego, al cabo de unos segundos, dijo:
--A propósito, ¿ha venido alguien del rancho?
--Sí, hace unos quince días Loick y Teresa, su mujer, nos trajeron algunos quesos y dos odres de pulque.
--¿Dijeron algo del Arenal?
--No, en la hacienda no ocurría novedad.
--Mejor.
--Loick sólo habló de un herido.
--¡Ah! ¿y qué dijo?
--No lo recuerdo bien.
--Yo sí lo recuerdo, repuso doña Carmen. En cuanto vea V. a su tío, señorita, me dijo Loick, sírvase decirle que el herido que había mandado depositar en el subterráneo bajo la guarda de López, se ha aprovechado de la ausencia de éste para escaparse, y que a pesar de todas nuestras pesquisas nos ha sido imposible dar de nuevo con él.
--¡Maldición! exclamó don Jaime reventando en ira. ¡Ah! ¿por qué ese necio de Domingo no le dejó morir como una bestia fiera? Ya me presumí que esto concluiría de un modo semejante.
Pero al notar la sorpresa que se pintó en el semblante de las dos damas al oírle proferir tales palabras, don Jaime se calló, y simulando la más absoluta indiferencia, preguntó con la voz más natural del mundo:
--¿Nada más?
--Nada más, respondió la joven, y por cierto que Loick me recomendó eficazmente que no me olvidase de decírselo a V.
--No valía la pena, repuso don Jaime; pero lo mismo da, querida niña, gracias; y levantándose de la mesa, añadió: ahora me veo obligado a dejarlas a Vds.
--¡Ya! profirieron doña María y doña Carmen abandonando con viveza sus respectivas sillas.
--Es preciso. A lo menos que sobrevengan acontecimientos imprevistos, esta noche estoy citado para un sitio muy distante de aquí; pero como no me sea dable volver tan pronto como espero, ya cuidaré de que me sustituya don Esteban, a fin de que no queden Vds. sin protectores.
--¡Ah! será muy distinto, repuso doña María.
--Gracias; pero antes de separarnos hablemos un poco de negocios; ¿han acabado Vds. el dinero que les di la última vez que nos vimos?
--No gastamos mucho, hermano, respondió doña María, sino que vivimos con grande economía; nos queda todavía bastante.
--Mejor, hermana, siempre es preferible que sobre; así pues, como en este momento estoy rico, me he reservado para Vds. unas sesenta onzas de cuyo peso les ruego me aligeren.
Y metiendo la mano en los bolsillos de su dolmán, don Jaime sacó una larga bolsa de seda encarnada, al través de cuyas mallas se veía brillar el oro.
--Esto es demasiado, hermano, ¿qué quiere usted que hagamos con tanto dinero?
--Lo que a Vds. les plazca, hermana; esto no me incumbe. Tomen, tomen.
--Ya que V. lo exige.
--Puede que Vds. hallen cuarenta o cincuenta onzas más de las que he dicho, repuso don Jaime; vayan para alfileres para V. y para Carmen, pues quiero que ésta pueda ponerse elegante cuando se le antoje.
--¡Qué bueno es V., tío! profirió la doncella; estoy segura de que V. se sujeta a privaciones por nosotras.
--Esto no le atañe a V., señorita, replicó don Jaime; lo que yo quiero es verla a V. hermosa; su deber de sobrina sumisa, es obedecerme, sin permitirse hacer observación alguna; ¡ea! denme Vds. un abrazo y adiós; me he entretenido ya demasiado.
Las dos damas le siguieron hasta el patio, donde le ayudaron a ensillar al Moreno, al cual doña Carmen daba terrón de azúcar tras terrón mientras le acariciaba, a lo que el noble animal parecía estar muy agradecido.
En el momento en que don Jaime daba al anciano criado orden de que abriese la puerta, se oyó en la parte de afuera el precipitado galopar de un caballo, y poco después repetidos golpes en aquélla.
--¿Quién será? dijo don Jaime avanzando resueltamente hacia el zaguán.
--¡Tío! ¡hermano! gritaron a una las dos damas, intentando detenerle.
--Soltad, dijo don Jaime inmovilizando con una mirada a su hermana y a su sobrina; sepamos quién es. Y llegando hasta la puerta, gritó: ¿Quién vive?
--Amigo, respondieron desde la calle.
--Es la voz de Loick, dijo el aventurero, abriendo la puerta.
--¡Alabado sea Dios! profirió el ranchero entrando y al conocer a don Jaime, pues él hace que dé con V.
--¿Qué ocurre? preguntó con viveza el aventurero.
--Una gran desgracia, respondió Loick, la hacienda del Arenal ha caído en manos de la pandilla de Cuéllar.
--¡Demonios! exclamó don Jaime, palideciendo de cólera. ¿Y desde cuándo?
--Desde hace tres días.
Don Jaime asió del brazo a Loick, se lo llevó al interior de la casa, y le preguntó:
--¿Tienes hambre? ¿sed?
--Tanto me apremiaba el llegar, respondió el ranchero, que hace tres días que no como ni bebo.
--Descansa y come, repuso don Jaime; luego me contarás lo ocurrido.
Las dos damas se apresuraron a colocar delante del ranchero pan, carne y pulque.
Mientras Loick tomaba el alimento de que tan premiosa necesidad sentía, don Jaime se paseaba descompasadamente de un extremo al otro del comedor.
Se nos olvidaba decir que las dos damas se habían retirado discretamente a una señal de su deudo, dejándolo a solas con Loick.
--¿Has concluido? preguntó el aventurero, al ver que su interlocutor había dejado de comer.
--Sí, respondió el ranchero.
--¿Ahora te sientes con fuerzas para contarme como ha sucedido la catástrofe?
--Estoy a sus órdenes, señor.
--Di pues, te escucho.
El ranchero, después de haber apurado su último vaso de pulque para aclararse la voz, empezó su relato.
XV
DON MELCHOR
Vamos nosotros a suplir con el nuestro el relato del ranchero, quien, por otra parte, ignoraba muchas particularidades, ya que no conocía lo ocurrido sino de oídas. Para ello nos es preciso retroceder al momento preciso en que Oliverio, porque el lector indudablemente le ha adivinado en don Jaime, se separó de doña Dolores y del conde a unas dos leguas del Arenal.
Doña Dolores y los que le acompañaban no llegaron a la hacienda hasta poco antes de ponerse el sol.
Don Andrés, inquieto por tan largo paseo, les recibió con muestras del gozo más vivo; pero viéndoles como les había visto a lo lejos acompañados de León Carral, se había tranquilizado.
--No permanezca V. por tanto tiempo fuera de la hacienda, señor conde, dijo a Luis don Andrés con solicitud verdaderamente paternal; comprendo el placer que halla V. en galopar en compañía de la atolondrada Dolores, pero como no conoce esta tierra, puede extraviarse. Demás, en estos momentos los caminos están infestados de merodeadores pertenecientes a todos los partidos que dividen esta desgraciada república, y a estos pícaros tanto les da disparar un tiro contra un hombre como dispararlo sobre un coyote.
--Me parece que V. exagera, señor, replicó Luis; hemos dado un magnífico paseo sin que nada sospechoso haya venido a turbarlo.
Hablando de esta suerte se encaminaron al comedor, donde les estaba aguardando la comida.
Ésta fue silenciosa como de costumbre; la única diferencia que se notaba era que parecía haber desaparecido la indiferencia entre doña Dolores y Luis, pues realmente sostuvieron una animada conversación, lo que hasta entonces no había acontecido.
Don Melchor estuvo hosco y compasado como siempre y comió sin despegar los labios; no obstante, dos o tres veces y admirado sin duda de la buena armonía que parecía reinar entre su hermana y el francés, se fijó en ellos, mirándoles con expresión singular; pero los jóvenes fingieron no reparar en él y continuaron su conversación a media voz.
Don Andrés estaba radiante de gozo, y arrastrado por la grata sensación que experimentaba, hablaba en alta voz, interpelaba a todos y bebía y comía como un hambriento.
Al levantarse de la mesa y en el instante de despedirse, don Luis detuvo al anciano, diciéndole:
--V. dispense, ¿podría escuchar dos palabras?
--Me tiene V. a sus órdenes, respondió don Andrés.
--No sé como explicarme, señor, repuso el conde: temo haber obrado con alguna ligereza y cometido una falta contra los deberes sociales.
--¡Usted! exclamó don Andrés sonriendo; ¡bah! permítame que le diga que no le creo.
--Le agradezco a V. el buen concepto en que me tiene; con todo, debo hacerle a V. juez de mi conducta.
--Si es así, explíquese V.
--El caso es el siguiente: habiendo determinado dirigirme directamente a Méjico, pues ya sabe V. que yo ignoraba su presencia aquí...
--En efecto, interrumpió el anciano; prosiga usted.
--Pues bien, continuó Luis, ignorando, como he dicho, su presencia de V. en la hacienda, había escrito a uno de mis íntimos amigos, agregado a la legación francesa, primeramente para notificarle mi llegada y en segundo lugar para que me hiciese el favor de buscarme habitación. Ahora bien, el amigo ese, llamado el barón Carlos de Meriadec y perteneciente a la más calificada nobleza de Francia, acogió favorablemente mi encargo y se dispuso a satisfacerlo. En esto supe que vivía V. en esta hacienda, y como V. tuvo la exquisita amabilidad de ofrecerme hospitalidad en ella, escribí inmediatamente al barón diciéndole que suspendiese todas sus gestiones, ya que era más que probable que yo me quedaría aquí durante un largo espacio de tiempo.
--Al aceptar V. mi hospitalidad, señor conde, me dio una prueba de amistad y de confianza, de que le estoy agradecidísimo.
--Creía que todo estaba terminado respecto del particular, cuando esta mañana recibí una carta en la cual el barón me participa haber obtenido licencia y su resolución de pasar en mi compañía los días de asueto que le han concedido.
--¡Ah! ¡caramba! exclamó gozosamente don Andrés, buena está la idea, y por ella le daré las gracias a su amigo de V.
--¿Así pues no le parece desempachado el barón?
--¿Qué está V. diciendo? interrumpió con viveza don Andrés; ¿por ventura no es V. casi casi mi yerno?
--Pero todavía no lo soy, señor.
--Gracias a Dios lo será V. pronto. Así pues, aquí se encuentra V. en su casa, y por lo tanto es libre de recibir a sus amigos.
--Aun cuando fuesen mil, dijo con sonrisa sardónica don Melchor, que estaba escuchando esta conversación.
El conde fingió creer en la buena intención del joven y le respondió inclinándose:
--Le agradezco a V. que en la presente circunstancia una su voz a la de su padre; esto me prueba la bien querencia que se digna V. demostrarme cada vez que se le ofrece coyuntura.
Don Melchor comprendió el sarcasmo que escondía la respuesta de don Luis, y haciendo un frío saludo se retiró murmurando algunas palabras incoherentes.
--¿Y cuándo llega el barón de Meriadec? preguntó don Andrés.
--Ya que es preciso hablar claro, respondió el conde, mañana por la mañana.
--Mejor. ¿Y es joven?
--Poco más o menos de mi edad: lo único que hay es que habla muy mal el castellano y apenas si lo comprende.
--Ya hallará aquí con quien hablar en francés, dijo el anciano; hizo V. bien en advertirme; de no nos hubiera cogido desprevenidos. Esta tarde misma voy a dar orden de que le preparen habitación.
--Sentiría en el alma, repuso el conde, ocasionarle a V. la más pequeña molestia.
--No se apure V. por esto; gracias a Dios nos sobra sitio, y hallaremos fácilmente donde instalarle con toda comodidad.
--Me he explicado mal, señor; conozco la espléndida hospitalidad de V. Lo que yo quería decir es que me parece convendría que el barón se instalase en mis propias y holgadas habitaciones para que mis criados pudiesen servirle.
--¡Pero eso va a molestarle a V. mucho!
--Al contrario; mis habitaciones tienen más piezas que no necesito, y él puede instalarse en una; de este modo podremos hablar los dos con entera libertad cuando nos guste. Hace dos años que no nos hemos visto y por lo tanto tenemos que hacernos muchas confidencias.
--¿V. lo exige, señor conde?
--Me encuentro en su casa de V. y por lo tanto nada puedo exigir, respondió Luis; lo que solicito es un favor.
--Pues se hará según sus deseos, repuso don Andrés; esta tarde misma quedará dispuesto todo.
Luis se despidió de don Andrés y se retiró a sus habitaciones; pero casi en pos de él penetraron dos peones cargados de muebles, quienes en un abrir y cerrar de ojos transformaron el salón en cómodo dormitorio.
Una vez a solas con su ayuda de cámara, el conde puso a éste al corriente de lo que debía saber para desempeñar su papel sin ocurrir en equivocaciones, ya que había concurrido a la cita y visto a Domingo.
A eso de las nueve de la mañana del día siguiente, el conde recibió aviso de que un jinete vestido a la europea y seguido de un arriero que conducía dos mulas cargadas de maletas y cofres se acercaba a la hacienda.
Luis, que ni por un segundo sospechó que no fuese Domingo el viajero de que acababan de hablarle, se levantó y se apresuró a acudir a la puerta de la hacienda, en la que ya se encontraba don Andrés a fin de hacer los honores de su casa al extranjero.
El conde no dejaba de experimentar alguna zozobra respecto del modo como el vaquero llevaría el traje europeo, tan mezquino y estrecho y por lo mismo tan difícil de llevar con garbo; pero al ver al gallardo y hermoso joven, que avanzaba gobernando primorosamente a su caballo y ostentando en toda su persona un incontestable sello de distinción, se tranquilizó al punto. Sin embargo, se le acudió una nueva duda, y es que le parecía imposible que aquel elegante jinete fuese el hombre mismo a quien viera el día anterior y cuyos modales francos pero ligeramente triviales le habían inspirado el temor de que no iba a desempeñar satisfactoriamente el papel que le confiaran; mas no tardó en quedar convencido de que realmente era Domingo quien se encontraba en su presencia.
Los dos jóvenes se abrazaron con muestras de amistad la más sincera, y luego Luis presentó a su amigo a don Andrés.
El hacendero, satisfecho de la elegancia y distinción del joven, le acogió cordialísimamente; luego el conde y el barón se retiraron seguidos del arriero, que no era otro que el ranchero Loick.
Descargadas las mulas y colocadas ya las cajas y las maletas en las habitaciones del conde, el barón, que así le llamaremos por ahora, dio una cuantiosa propina al arriero, que se deshizo en bendiciones, y se volvió rápidamente con sus mulas temeroso de encontrarse con algún conocido en la hacienda.
Una vez a solas los dos jóvenes, colocaron a Raimbaut de centinela en la antesala, a fin de no verse sorprendidos, y retirándose al dormitorio del conde dieron comienzo a una larga y seria conversación, durante la cual Luis puso al corriente al barón, trazándole una como biografía de las personas entre las cuales iba a vivir durante algún tiempo; extendiéndose en particular respecto de don Melchor, de quien le aconsejó desconfiase, y recomendándole que no echase en olvido que no sabía sino una que otra palabra castellana y que apenas comprendía esta lengua; éste era punto esencialísimo.
--He vivido mucho tiempo entre los cobrizos, respondió el joven, y he aprovechado sus lecciones; V. mismo va a quedar sorprendido del primor con que desempeñaré mi comisión.
--Le confieso a V. que ya lo estoy, repuso el conde; ha superado V. mis esperanzas.
--V. me lisonjea, señor, dijo el joven; pero no tema, procuraré merecer siempre su aprobación.
--Pero ahora caigo en ello, mi querido Carlos, dijo Luis sonriendo; somos antiguos compañeros de colegio.
--¡Qué! repuso en el mismo tono el barón, si nos conocemos de chiquitines.
--¿Y no le parece a V. que en este caso debemos tutearnos?
--Evidentemente; la perfección de nuestros papeles lo exige.
--Corriente, yo te tuteo y tú me tuteas.
--¡Pues no faltaba más! ¿dos amigos como nosotros no tutearse?
Los dos jóvenes se estrecharon cordialmente las manos, riendo como colegiales en vacaciones.
De esta suerte se deslizó parte del día sin otro incidente que la presentación del barón Carlos de Meriadec, por su amigo el conde Luis del Saulay, a doña Dolores y al hermano de ésta don Melchor de la Cruz, doble presentación en la que el extranjero se portó como comediante consumado.
Doña Dolores respondió con una graciosa y alentadora sonrisa al cumplido que el joven creyó de su deber dirigirla.
En cuanto a don Melchor, se limitó a hacerle una muda reverencia, mientras le dirigía una mirada hosca.
--¡Jum! dijo el barón una vez a solas con el conde, ese don Melchor me produce el efecto de ser un mal bicho.
--Abundo en la misma opinión, contestó sin ambages el conde.
A eso de las tres de la tarde doña Dolores mandó a preguntar a los dos jóvenes si querían dispensarle la honra de hacerla compañía por unos instantes, a cuyo ruego accedieron solícitos.
El conde y el barón se cruzaron con D. Melchor, en el patio; pero éste no les dirigió palabra alguna, y les siguió con la mirada hasta que hubieron entrado en las habitaciones de doña Dolores.
Se deslizó un mes sin que nada viniese a turbar la existencia de los habitantes de la hacienda del Arenal.
El conde y su amigo salían con frecuencia en compañía del mayordomo, ya para la caza, ya sencillamente para pasearse, y algunas veces, aunque muy contadas, junto con doña Dolores.
Ahora que el conde no iba ya solo con ella, la joven temía menos su presencia, y aun en ocasiones parecía ésta serle grata, hasta el extremo de acoger favorablemente sus galanterías, reírse de sus chistes y demostrarle la más omnímoda confianza.
Pero a quien sobre todo demostraba la joven una preferencia marcada, era al barón, sea porque conociéndole no le diese importancia alguna, ya que, por puro capricho de coquetería femenina, se complaciese en jugar con aquella naturaleza de la que no sospechaba la indómita energía y quisiese ensayar en el ingenuo joven el poder de sus hechizos.
Domingo no advertía, o hacía que no, ese ardid de doña Dolores; de una galantería exquisita para con ella, permanecía sin embargo en los estrictos límites que se trazara él mismo, no cuidándose de provocar los celos de un hombre por quien sentía una amistad sincera y sabía estaba a punto de casar con la joven.
Por lo que se refiere a don Melchor, su carácter se fue poniendo más y más sombrío, sus ausencias se hicieron más largas y frecuentes, y en las contadísimas ocasiones en que el acaso le ponía en presencia de los dos jóvenes, respondía silenciosamente a su saludo, sin dignarse dirigirles la palabra; definitivamente la repugnancia que de buenas a primeras sintiera hacia ellos, con el tiempo se había convertido en verdadero odio mejicano.
Entre tanto los acontecimientos políticos iban desenvolviéndose con rapidez más y más creciente; las tropas de Juárez puede decirse que eran dueñas absolutas del campo; los exploradores de este partido habían aparecido ya en los alrededores de la hacienda, y se hablaba vagamente de propiedades españolas asaltadas, pasadas a saco y entregadas a las llamas y cuyos dueños habían sido traidoramente asesinados después de haber exigido un rescate los guerrilleros.
Grande era la zozobra que reinaba en el Arenal: don Andrés de la Cruz, a quien su calidad de español no le inspiraba confianza alguna en lo venidero, tomaba las precauciones más exageradas para no verse sorprendido por el enemigo, en vista de que don Melchor se había obstinado en no abandonar la hacienda y retirarse a Puebla, como él lo propusiera repetidas veces.
Sin embargo, la tenebrosa conducta que desde que el conde se encontraba en la quinta guardaba el joven, su empeño en mantenerse aislado, sus frecuentes y prolongadas ausencias y en primer término las recomendaciones de don Oliverio, cuya desconfianza, indudablemente hacía mucho tiempo despertada por hechos de él solo conocidos, habían determinado la presencia de Domingo en la hacienda, inspiraban sospechas al conde, sospechas a las cuales la antipatía oculta que desde el primer día experimentaba por don Melchor daban casi la fuerza de una certidumbre.
Tras madura reflexión, Luis había resuelto participar sus recelos a Domingo y a León Carral, cuando una noche, a las nueve, al entrar en el patio, se encontró con don Melchor a caballo, que se encaminaba hacia la puerta de la hacienda.
El conde se admiró de que a hora tan avanzada de una noche sin luna don Melchor se arriesgase a salir solo por aquellos campos, a riesgo de caer en una emboscada de los guerrilleros de Juárez, cuyos exploradores sabía él vagaban hacía algunos días por los alrededores de la hacienda.
Esta nueva salida del hermano de doña Dolores, completamente inmotivada en la apariencia, disipó las últimas dudas del conde y le afirmó en su resolución de tomar inmediatamente consejo de sus dos confidentes.
En esto León Carral atravesaba el patio, y al oír que Luis le llamaba, se encaminó apresuradamente a su encuentro.
--¿A dónde va V.? preguntó el conde al mayordomo.
--No lo sé de fijo, señor, respondió León; sin atinar por qué, esta noche me siento más desasosegado que de costumbre y me salía para inspeccionar los alrededores de la hacienda.
--Tal vez sea un presentimiento, dijo el conde imaginativo; ¿quiere V. que le acompañe?
--Cuento salir y batir un poco el campo por las cercanías, repuso ño León Carral.
--Está bien; mande V. que ensillen mi caballo y él de don Carlos y al instante nos reunimos a V.
--Sobre todo, señor, repuso el mayordomo, no traiga V. consigo criado alguno; obremos nosotros solos, pues conviene evitar toda probabilidad de traición. Tengo un proyecto.
--Corriente, dentro de diez minutos nos tiene con V.
--Hallarán Vds. sus caballos a la puerta del primer patio. No necesito recomendarles que se armen.
--Nada tema.
El conde entró en sus habitaciones; después de explicar a Domingo lo que ocurría, ambos salieron al punto y se reunieron al mayordomo; el cual, ya montado, les estaba aguardando delante de la puerta de la hacienda, abierta de par en par.
--Aquí estamos, dijo el conde.
--Partamos, repuso lacónicamente Carral.
El conde y Domingo se subieron sobre sus respectivos caballos, y salieron sin añadir palabra.
Tras ellos se cerró suavemente la puerta de la hacienda.
Los tres jinetes descendieron al trote largo la pendiente que conducía al llano.