Las máscaras, vol. 1/2

Part 5

Chapter 53,854 wordsPublic domain

Después de Isabel y Juan venía una niña, Juana, feúcha y poco agradable de su persona. Le buscaron para marido un príncipe que era hermano de la mujer de Juan. Juan y Juana, los dos hermanos, salieron juntos para las lueñas tierras de sus bodas en una flota que los reyes, sus padres, les habían aparejado con tantos y tan ricos navíos como jamás se había imaginado.

El marido de Juana era de tan agradable presencia que le apellidaban _el Hermoso_. Prendóse Juana de él ciegamente, sin ser correspondida; antes bien: el guapo mozo se regodeaba de público con otras damas, despegado de su legítima esposa, la cual no acertó a sobrellevarlo con paciencia, por donde dieron en murmurar que era loca, y de ello enviaron nuevas a los reyes, sus padres; y a esto Juana respondía que no estaba loca, sino celosa, con harta ocasión, y que si celosa era ella, celosa había sido su madre, la reina.

Por cuanto, habiendo muerto Isabel y Juan, y después la reina madre, Juana, la princesita feúcha y triste, fué proclamada reina, y gracias a ella el hermoso marido vióse de regente y señor de un gran reino. Pero no hay dicha que largo dure. El hermoso marido murió a poco, no sin haber dejado sucesión y a la viuda encinta ¡Considérese el dolor de la reina Juana! No aviniéndose a perder para siempre el amado esposo, hizo que, después de enterrado, lo sacasen de nuevo del sepulcro y quiso conducir consigo los despojos a otro paraje apartado. Formó la comitiva, en seguimiento del ataúd, con gran golpe de prelados, eclesiásticos, nobles y servidumbre. La reina iba enlutada de la cabeza a los pies. Caminaban de noche, al resplandor de las antorchas, y de día buscaban cobijo y descanso en los conventos, «porque una mujer honesta--decía Juana--, después de haber perdido a su marido, que es su sol, debe huir de la luz del día». La reina dilataba llegar a término de las jornadas, porque un fraile embaucador le había profetizado que el muerto resucitaría. Si no fuera que para embalsamarlo le hubieron de sacar los entresijos.

Y sucedió, un día, que entraron a posar en el patio de un convento que la reina juzgó que era de frailes; pero como viniese en conocimiento de que era de monjas, la reina sintió la pasión de los celos, porque las monjas a la sazón eran muy disolutas; y, sacando al medio del campo el féretro, allí se estuvo, con toda la procesión, el día entero, bajo el agua de la lluvia.

A la postre, el rey, su padre, la encerró, con achaque de que estaba loca, y gobernó, como rey, el reino que había sido de su mujer y que era de pertenencia de su hija. Y después de este rey subió al trono el hijo de doña Juana, que era nacido y criado en tierra forastera y ni siquiera sabía hablar habla del reino. Y llegó con gran corte de forasteros, flamencos y borgoñones, que él puso de regidores; y cayeron como buitres sobre la tierra. Y los vasallos levantaron armas contra el rey forastero y su corte de borgoñones y flamencos, y procuraron poner libre a Juana, la única y legítima reina. Mas los soldados del rey mozo sofocaron la rebelión, y él afincó como soberano. Por eso más arriba se dice que, con la muerte del príncipe Juan, concluyó la verdadera historia de aquel reino; porque desde aquel punto ya no lo gobernaron sino reyes forasteros.

El hijo de doña Juana llegó a ser el rey más poderoso de la tierra. No hizo sino esquilmar el suelo de sus mayores y tuvo tantas empresas y negocios entre manos que andaba lejos de uno a otro lado y no se le deparó coyuntura de poner libre a su madre, ni siquiera de verla, sino que la dejó en el cautiverio de un castillo, durante el espacio de cincuenta años, con achaque de que estaba loca... ¡Cincuenta años cautiva; la madre del César, del rey más poderoso de la tierra; cautiva por voluntad de su propio hijo! Mas los vasallos amaban a su reina y rezongaban que doña Juana no estaba loca. ¿Por qué, entonces, la mantenían en cautiverio?

Pasaron años y siglos hasta que un tudesco sabio, llamado Bergenroth--porque estas cosas siempre se descubren gracias a la diligencia tudesca--averiguó, revolviendo papelotes en los archivos, que a la reina Juana la habían tenido encerrada sus fanáticos padre e hijo a causa de creerla inficionada de ciertas doctrinas heréticas, contraídas por la lectura y torcida interpretación de un tal Desiderio Erasmo, humanista y teólogo. Pero nada se conoce de cierto, sino que doña Juana murió ejemplarmente, asistida de un santo varón; de donde se saca que, en el momento de morir, cierto que no estaba loca. Al año de morir la reina, su hijo, el rey más poderoso de la tierra, se despojó voluntariamente de tanto poderío y majestad, y fué a encerrarse en un convento, acaso lastimado del torcedor de la conciencia.

Tal es el cuento de la reina loca o desgraciada; un cuento que no parece historia, o, por mejor decir, una historia que parece cuento. Ni en el repertorio de los hechos verídicos, ni en la foresta de los hechos fabulosos, es fácil dar con nada más patético, más dramático que esta historia de la reina loca. ¿Pues qué no será para nosotros, españoles, si al interés genéricamente humano se añade que todo fué verdad, que la reina fué castellana? Así corrió la vida de Juana, reina de Castilla, hija de los católicos reyes Fernando e Isabel, y madre de la sacra majestad de Carlos V de Alemania y I de España.

En su obra _Santa Juana de Castilla_, don Benito Pérez Caldos nos presenta a la infortunada reina en los últimos días de su cautiverio, hasta que su alma vuela a Dios, un Viernes Santo; concepción sublime, sólo verosímil en una mente tan espiritualizada que ve todas las cosas de la tierra en su cabo y extremidad, _sub specie aeterni_, en el punto de desembocar en el origen, ya consumado su destino y trayectoria.

_Santa Juana de Castilla_ no es propiamente un drama, sino la misma quintaesencia dramática; emoción desnuda, purísima, acendrada, en que se abrazan la emoción singular de cada una de las pasiones, pero ya purgadas de turbulencia y en su máxima serenidad. Y en esta máxima serenidad de firmamento resplandecen dos grandes luminares, dos grandes amores: el amor de Dios y el amor al pueblo, a nuestro pueblo, España, y señaladamente a Castilla. Religiosidad y españolismo son los rasgos familiares de ésta, como de todas las obras galdosianas.

El público recibió la obra como es ya obligado en estas solemnidades del espíritu, que son los estrenos de nuestro glorioso patriarca: con calor de culto sincero. Don Benito adora a su pueblo, y su pueblo le devuelve redoblada la adoración.

La presentación fué escrupulosa de verismo y carácter, entonada y bella. La interpretación, digna de loa. Nombraré singularmente a la señora Segura y a doña Margarita Xirgu, que acreditó, como reina fingida, ser de verdad reina de la escena.

[Nota: _COLOQUIO CON OCASIÓN DE UNA TERRIBLE LEONA_]

Terminada la representación de _La leona de Castilla_, y antes de retirarme a descansar de los afanes y azacaneos del día, hice recalada en un café. Como mis nervios estaban un tanto cuanto encalabrinados a causa de las tamañas proezas y atroces rugidos de la susodicha leona, me pareció lo más oportuno pedir un vaso de leche de vacas, ese licor o jugo orgánico tan inocente, tan suculento, tan benigno. Pues, estando ya con la cándida leche ante mí, sobrevino un amigo, el cual se sentó a mi misma mesa y comenzó a hablarme.

--Ya, ya le he visto a usted--dijo--en _La leona_, riéndose mucho.

--Usted perdone... Yo me reía en _La casa de los crímenes_, esa piececilla disparatada que representaron a continuación de _La leona_, pero no en _La leona_.

--Se rió usted en _La leona_ o de _La leona_, desde la cabeza hasta la cola, y sobre todo de la cola; esto es, en el final del tercer acto y del drama.

--Usted perdone... Insisto en que padece usted una equivocación. Cierto que en donde yo estaba muchos espectadores se reían, y a carcajadas, como usted ha observado; pero yo no me reía. A mí me daba mucha lástima.

--¿Del autor?

--No sea usted malicioso; de la pobre leona, de las luctuosas peripecias que le acaecen, de su dolor de viuda, de madre, de gobernadora... Yo había entrado en la obra.

--Sin duda habré visto mal, cuando usted me lo asegura; pero yo juraría que se había estado usted riendo de muy buena gana.

--No me atrevo a desmentirle, ya que usted reitera con tanta certidumbre su afirmación. Sí, me habré reído sin darme cuenta, a causa de la emoción; pero no por burla o en mofa. No ignora usted que las emociones fuertes así solicitan las lágrimas como inducen a la risa, nerviosa e incontinente. Ya le he declarado a usted que yo había entrado en la obra, dejándome arrastrar, según los designios del autor, sin voluntad, en un modo pasivo, abandonando por entero mi espíritu al balanceo o vaivén de la rima, hasta sentirme como mareado, y aun lo estoy, que tres horas de rima o vaivén no son para menos. Si usted se ha embarcado alguna vez, habrá advertido cómo muchas horas después de haber echado pie en tierra firme perdura la sensación del balanceo, y es como si todas las cosas graves y aplomadas perdieran su gravedad y aplomo y se pusieran a danzar voluptuosamente sin pizca de circunspección ni decencia. Yo estoy mareado, estoy mareado todavía, amigo mío, a tal punto, que temo que este líquido manso, sustancioso y eucarístico (me refiero a la leche), y he dicho eucarístico acaso porque en este instante sufro de cierta contaminación poética; digo que esta leche temo que no se compadezca con mi estómago. Quizás no ignore usted que las obras de Esquilo hacían abortar a las mujeres grávidas, y añaden fidedignos autores de aquellos tiempos que, viendo sus tragedias, muchos espectadores caían accidentados. Tal es la rara virtud de las obras de verdadero linaje trágico. Como, desgraciadamente, nosotros, hombres y mujeres del siglo XX, no tenemos tan delicada susceptibilidad, las tragedias, por muy trágicas que sean, y esta malhadada leona lo es sobremanera, no llegan a producir tan desastrosos efectos. A lo sumo, y ya es bastante, un pronunciado malestar de estómago, que también puede achacarse a la mala costumbre española de las cenas copiosas y tardías, costumbre contra la cual ya se pronunciaron en la antigüedad Hipócrates y Galeno, y a la no menos mala costumbre de asistir al teatro recién cenado. Por donde vea usted que cierto reparo, con visos de oprobio, que algunos autores ponen al público español, tal vez no está cimentado en justicia. Consiste este reparo en motejar al público de aburguesado, conservador, frívolo, obtuso y egoísta, que no gusta en el teatro sino de obrejas livianas y solazadas, y abomina, o se retrae, de aquellas otras de mayor empeño, que, según frase ya consagrada, perturban la digestión. Nada hay, en efecto, que perturbe la digestión como una tragedia. Y yo reputo por plausible cordura que el público no quiera tragedias a raíz de la cena. La esencia de la tragedia declaró Aristóteles que era la _catarsis_, voz griega que literalmente significa purgación. ¿Podemos, por lo tanto, exigir que el público de buena fe se someta a esa terrible _catarsis_ apenas ha concluído de cenar? Más acertado y discreto sería que la representación de esas obras demasiadamente trágicas y poéticas se traspusiera a la tarde, ya que la trasposición de la cena me parece empeño harto dificultoso. Advierta usted que cuando digo trágico y poético quiero que se entienda lo que de común se entiende y recibe como trágico y poético, que cada cual tiene su alma en su almario, y yo, como cada hijo de vecino, mi concepto de las cosas; pero si empleo un vocablo frecuente sin acompañarlo de explicación, es que de momento lo acepto como el empleo frecuente me lo brinda. Y a lo que íbamos. Crea usted que esa tragedia de la leona es para cortarle la digestión a cualquiera. Mire usted que cuando en el tercer acto se levanta aquella algarabía, que nadie se entiende, y el arcediano, que, al parecer, estaba aguardando detrás de la puerta, sale vestido de pontifical, y fulmina aquellos horrorosos anatemas sobre la infeliz leona, y ésta se irrita, y con aquella espada sin hoja, es decir, con la empuñadura de una espada que providencialmente lleva en la mano, precipitándose contra el arcediano le da aquel concluyente golpe sobre el morrillo que lo deja exánime... Aquello, reconocerá usted que es tremendo, es como una pesadilla. Yo me preguntaba: ¿es esto sueño, o es espantosa realidad? Y me tentaba el cuerpo, y me aplicaba cautelosos y moderados pellizcos, y miraba en torno, y veía gente batiendo palmas, otras riéndose con las manos en las ijadas. Y yo me preguntaba nuevamente: ¿estoy soñando? ¿Estoy de verdad en Madrid, en 1916? Y no podía creerlo. Aun no lo creo. Porque todavía estoy mareado, amigo mío, y se me figura que he soñado.

--En parte sí que ha soñado usted, o ha visto mal, porque la leona no mata al arcediano como usted dice. Lo que llevaba en la mano la leona no era una empuñadura sin hoja. ¿Para qué iba a llevar tan extraño e incongruente adminículo? Ni le dió el arcediano en el morrillo.

--Perdón. Le digo a usted que le dió un desapoderado golpe en el morrillo.

--Lo que llevaba escondido en la manga, y con su objeto, era una puntilla o cachete, como esos de descabellar reses bravas; y donde le dió fué en el cabello; por eso cayó como apuntillado. De todas suertes, tiene usted razón; aquello es tremendo. Muy fuerte, muy fuerte... Y de los versos, ¿qué me dice usted?

--Muy bonitos, muy fáciles, muy sensuales.

--¿Lo dice usted en serio?

--Claro que sí. Habrá usted oído asegurar que el autor es el legítimo heredero de Zorrilla.

--Lo he oído asegurar, por lo menos, de otros seis o siete autores. De manera que, si todos lo son, el patrimonio que hayan heredado habrá padecido no floja merma. Pero, en fin, yo deseaba que usted me hablase del teatro poético. ¿No intenta usted hablar o escribir sobre este tema?

--Sí, señor.

--A ver. ¿Cómo piensa usted que debe ser el teatro poético?

--Ya le he dicho que estoy mareado todavía. ¿No ha estado usted nunca mareado? Cuando estamos mareados, se nos da una higa por todo; nos parece que la vida es profundamente ilógica y nauseabunda, que no es llevadera; si no deseamos morir, apetecemos lo que más se le asemeja, dormir. Sí, hablaremos del teatro poético, pero en sazón oportuna; porque, después del estreno de _La leona de Castilla_, usted comprenderá... Ahora, vayamos a dormir.

[Nota: EL COLLAR DE ESTRELLAS]

[Nota: Las sobremesas]

[Nota: Sub-rosæ y sub-spinæ]

Los antiguos, después de sus festines, gustaban de permanecer largo tiempo en torno de la mesa, platicando sobre temas sutiles y elevados. Estas sobremesas se llamaban pláticas o conversaciones _sub-rosæ_, esto es, debajo de las rosas, porque los personajes se habían coronado con ellas las sienes, dando a entender por esta manera alegórica que el discurso fuese apacible, manso el tono y las palabras perfumadas. Es cosa sabida que las digestiones copiosas y difíciles ofuscan o agrian el discurso y embotan el ingenio. Por eso los antiguos, antes de iniciar aquellas pláticas _sub-rosæ_, exoneraban el estómago con expedientes provocados.

Nuevas ideas o doctrinas que buscan propagarse no luchan con ideas y doctrinas rancias que hayan hecho baluarte en las cabezas, sino contra la plenitud de los estómagos. La cabeza es vulnerable, es susceptible de rendirse a razones. El estómago es invulnerable y no entiende de razones. Los enemigos de todo ideal son aquellos que San Pablo denominaba vientres perezosos. En un estudio estadístico de las diferentes dietas nacionales, con su índice digestivo, hallamos que el garbanzo es el de digestión más prolija y onerosa. De aquí podemos deducir una ley, que recomendamos a los propagandistas políticos, y en general a todo linaje de propagandistas: «No hagáis propaganda después de comer, porque perderéis el tiempo ante una muralla ciclópea de vientres perezosos, y por lo tanto escépticos, y por lo tanto materia absolutamente contumaz.» La razón de lo menguado de nuestro arte escénico, y la responsabilidad de que lo excelente que tenemos, o sea las obras--sin excepción--de don Benito Pérez Galdós, apenas si se representen, no corresponde tanto al discernimiento del empresario cuanto al abdomen del espectador. La sobremesa del garbanzo, sea en el café, sea en el teatro, suele ser funesta.

Don Jacinto Benavente ha dado a sus artículos de _El Imparcial_ el título genérico de _Sobremesas_, malicioso eufemismo que podríamos traducir en estos términos: «No hay que calentarse los cascos, la cuestión es pasar el rato»; en suma, una claudicación con los vientres perezosos. Después de una larga interrupción, las Sobremesas volvieron a aparecer hace cosa de cinco semanas. No recordamos si las _Sobremesas_ de la primera época eran pláticas _sub-rosæ_. Estas de la segunda época son pláticas _sub-spinæ_. El señor Benavente tiene fama de escritor agudo. También es aguda la espina. Pero antes que esta agudeza que hiere, es la propia del ingenio la agudeza que penetra para mejor comprender. No recordamos de ninguna agudeza del señor Benavente que no sea alusión al sexo o menosprecio de la persona.

En todas las _Sobremesas_ que van publicadas esta segunda época, el señor Benavente no puede disimular una obsesión de que adolece, y es la de hacer víctimas de su agudeza a los redactores de la revista _España_. Yo declaro que, en mi sentir, don Jacinto Benavente no pensó en incluirme en las alusiones maliciosas y vituperios soslayados con que pretende afligir a otros queridos compañeros que trabajan en esta revista. Por esta razón puedo permitirme decir a don Jacinto Benavente que ha cometido una injusticia que debe reparar. Sentimientos de delicadeza, a los cuales presumo que el señor Benavente no es nada refractario, me impiden argüir sobre esta afirmación. Al claro talento del señor Benavente no se le puede ocultar que su juicio intelectual sobre _España_, si fué sincero, no fué acertado. Y en cuanto al juicio moral... Según el señor Benavente, los redactores de _España_ son unos envidiosos.

[Nota: La envidia]

Una larga y atenta observación de los hombres me ha convencido de que el único resquicio por donde podemos deslizarnos hasta el fondo oscuro del corazón humano es a través de los juicios morales que uno hace sobre la génesis de la conducta del prójimo. Nadie, aun cuando con ahinco se lo proponga, puede declarar por entero su sentir ni hacer confesión sincera de sí mismo, porque hay siempre una zona profunda y tenebrosa del alma que el propio interesado desconoce: es la zona donde se engendran las acciones, la zona de los motivos, de los estímulos. Esta zona se ilumina de conciencia y adquiere expresión cuando nos aplicamos a interpretar el origen de los actos ajenos, pues no teniendo otro criterio de juicio que el que dentro de nosotros mismos hallamos; por fuerza hemos de explicar la naturaleza de las acciones del prójimo conforme a la naturaleza de nuestras acciones. Y así, cuando el hombre aventura un juicio último sobre la conducta ajena, está haciendo, sin saberlo, la más sincera confesión pública. Si los envidiosos no hubieran atribuído nunca los actos ajenos al estímulo de la envidia, como por necesidad, y a pesar suyo, lo hacen, es seguro que los no envidiosos, aun viviendo rodeados de envidiosos, jamás hubieran podido imaginar o adivinar que existiese ese estímulo de la conducta que llaman envidia. Esto no quiere decir que el señor Benavente sea envidioso. Yo creo que, al motejar de envidiosos a algunos redactores de _España_, lo hizo por rutina, sin pararse a aquilatar el calificativo; fué un juicio a la ligera, de sobremesa.

Lo sustancial es que, en estas últimas _Sobremesas_, trascienden palmariamente las dos notas características del criterio conservador; son, a saber: claudicación con los vientres perezosos, y malignidad, entendiendo la malignidad en un doble sentido; de interpretación de la conducta por los móviles más bajos y de comezón de zaherir y fustigar. A tiempo que el señor Benavente trazaba estas _Sobremesas_, urdía una obra dramática: _El collar de estrellas_; naturalmente, una obra de fondo conservador. Y es lo peregrino que, en tanto el señor Benavente gozaba la fruición de hostigar a sus semejantes, en su obra dramática predicaba el amor al prójimo.

[Nota: LA PREDICACIÓN]

Hemos estampado la palabra predicar. La última obra del señor Benavente tiene un carácter de misión apostólica. El escenario se toma en guisa de púlpito, desde donde el autor aspira a salvar las almas, adscribiéndose una especie de sacerdocio laico.

Tres pueblos solamente han producido un teatro nacional: el griego, el español y el inglés. Estos tres teatros, como obra del pueblo y posteriores a la unidad moral del pueblo, no era verosímil que derivasen hacia la predicación de normas morales en las cuales todos los espectadores participaban. Su matiz docente y religioso es meramente pasivo, de alusiones y reflejos. De entonces viene definir el teatro como espejo de las costumbres. El teatro alemán, si bien en su aspecto formal y estético no es sino un sucedáneo de aquellos tres teatros, señaladamente del inglés y del español, en su aspecto docente y social trastrocó los términos de la dramaturgia nacional. Antes, el teatro era obra del pueblo. A partir de Schiller, el pueblo debía ser obra del teatro. «Los alemanes hablan del teatro como un nuevo órgano con que refinar el corazón y el alma de los hombres; algo así como un púlpito seglar, digno aliado del púlpito sagrado, y, quizá, más a propósito para exaltar algunos de nuestros más nobles sentimientos, porque sus asuntos son mucho más diversos y porque nos mueve por varios caminos, dirigiéndose a los ojos con sus pompas y decoraciones, al oído con sus armonías, al corazón y a la imaginación con sus bellezas poéticas y sus actos heroicos.» (Carlyle: _The life of Schiller_.) De Schiller acá no ha habido gran autor dramático que no haya sido alguna vez inducido hacia este modo del teatro apostólico, por decirlo así.

La predicación desde el escenario está bien. Es más, se necesita de ella. Pero, ante todo, no se confunda la elocuencia con la retórica.

Quintiliano dijo: _Pectus est quod facit dissertos_; el corazón es el que hace la elocuencia.

Predicadores fueron San Bernardo y Fray Gerundio de Campazas. San Bernardo movía y se hacía entender, aun de aquellos que no hablaban su lengua. Fray Gerundio, ni aun de aquellos que hablaban su misma lengua era entendido, lo cual no estorba a que no pocas veces fuera muy celebrado, precisamente por eso. Y es que la elocuencia es un darse por entero, no tanto en palabras cuanto en la intención del acto, y no hay que salvar a los demás si antes no se ha salvado uno a sí propio. Elocuencia y vanidad son estados que no se avienen. Vanidad significa lo hueco. Elocuencia significa lo pletórico.

[Nota: DON PABLO]