Part 4
Toda novela o drama que con dignidad ostente tal denominación debe ser reflejo fidelísimo del espíritu liberal, en cuanto a sus elementos componentes (llamadlo _realismo_, si gustáis; yo lo llamo _idealismo_), y en cuanto a su desarrollo, debe ser conflicto de conciencia, o, al menos, conflicto susceptible de ser trasmutado en conflicto de conciencia. Es de sentido común que los elementos componentes de la novela y del drama se ajusten a los modelos de la creación natural. Que la piedra caiga y la pluma vuele es de sentido común. Como que liberalismo no es sino sometimiento voluntario al sentido común. ¿Qué son los grandes artistas, los creadores excelsos, sino sagaces videntes del vasto sentido común con que se ilumina la conciencia universal, por encima de las claudicaciones y absurdos de las conciencias singulares? El sentido común cósmico se cierne sobre todas las criaturas, a la manera de atmósfera, aire y luz, con cuya linfa impalpable respiran, y los ojos se les despiertan al amable milagro de la visión. A todas las pone en maridaje, aun sin ellas saberlo, las encadena, las liga, como en un cuerpo invisible o unidad espiritual y religioso parentesco. En Trafalgar, el primero de los _Episodios Nacionales_, leemos: «Churruca, como todo hombre superior, era profundamente religioso.» Churruca, que en vísperas de aquella batalla se daba cuenta de que era de sentido común que los ingleses salieran victoriosos de los españoles. Y, sin embargo, luchó y entregó su vida en holocausto de la fatalidad, de la solución inexcusable, por otro nombre, sentido común. ¿Qué es religión, en su alcance más íntimo y venerable? El respeto a la obra del Creador. ¿Qué es sentido común? Otro tanto. ¿Qué es liberalismo? Lo propio.
Si todas las grandes obras, así de la conducta como del arte, se alimentan por modo arcano y difuso del espíritu liberal, cada obra en particular plantea un conflicto concreto de liberalismo. Es decir, que toda obra de arte nos inculca, de un lado, un sentimiento general e indefinido de liberalidad, de aptitud para la comprensión amplia de todas las cosas en conjunto; y, de otro lado, nos concentra la atención sobre el problema determinado de cómo cierta fatalidad, hostil a las demás criaturas en torno de ella, últimamente desemboca en el curso caudaloso y ecuánime de la armonía universal. Esto es, de cómo el lobo, sin dejar de ser lobo, puede trocarse en oveja, por ejemplo.
En _La loca de la casa_ se nos muestra destacado el aspecto económico del liberalismo. Todos sabéis que el liberalismo, además de ser una manera de enfocar la vida en un sentido complejo y tolerante, o una modalidad de los espíritus, o una propensión sentimental, es una doctrina económica y política. ¿Será ligereza afirmar que el apetito y concupiscencia económica es el germen primero de toda especie de liberalismo?
Henos aquí ante Pepet, una figura descollante en la comedia. ¡Y qué transparente, como de cristal de roca, es la esfera de este carácter! ¡Qué regularidad y coordinación perfecta entre la hora que marca y el mecanismo interior! Pues, con todo, ninguno de los otros personajes, a excepción de Victoria, su mujer, se han tomado la molestia de examinar por dentro la maquinaria. No han querido ver sino la caja, de acero tenaz, que, aunque la tiren al suelo, el reloj no se para. Visto así por fuera, con espíritu faccioso y facultades críticas, Pepet es un «bruto, un vándalo, un don Judas de California, un Holofernes de manos puercas, un hereje, un feroz vestiglo, un lobo», y otros calificativos del mismo jaez, que le aplican, en la comedia, caballeros y señoras que con él han tenido la desdicha de tratar.
Aceptemos por un instante que Pepet es eso. ¿Qué culpa tiene él? Oigámosle hablar: «¿Soy acaso la naturaleza? ¿Soy yo quien ha hecho las cosas como son? ¿Puedo yo mudar las causas, quitar y poner los efectos? Si soy así, ¿qué remedio hay más que tomarme o dejarme?»
Pepet es un terrible ricacho. Está ya enormemente rico, y todavía su solo afán es crear más y más riqueza. «Aseguro--dice--que el dinero es bueno. Tengo bastante sinceridad para declarar que me gusta... que deseo poseerlo y que no me dejo quitar a dos tirones el que he sabido hacer mío con mis brazos forzudos, con mi voluntad poderosa, con mi corta inteligencia.» En esto de la inteligencia, ya veremos después si Pepet es tan corto como él mismo se pinta.
¿Qué es, según esto, Pepet? ¿Es la avaricia? No. Es algo anterior aún a la avaricia: es el egoísmo, el sagrado egoísmo. Y ¿qué es el egoísmo? Por lo pronto es una fuerza del mundo orgánico correlativa a la fuerza de cohesión del mundo inorgánico. Sin la fuerza de cohesión las cosas materiales se desmoronarían, se derrumbarían, se aniquilarían, volverían a la nada primieva y letárgica. El egoísmo es la voluntad de vivir, de robustecer y afirmar la propia personalidad. Su manifestación más simple es el apetito. Cuando un hombre ha perdido el apetito, lo ha perdido todo: la energía, el sentimiento, el pensamiento, todas las demás facultades. Cuando un pueblo o una nación carece de unos cuantos Pepets, que son al cuerpo social lo que los apetitos y voluntad de vivir al cuerpo individual, indica que las demás facultades sociales, la voluntad y energía políticas, la aptitud para las ciencias y las artes, o no existen, o amenazan desaparecer, o malograrán su crecimiento. En la base del liberalismo está el amor de la salud física, el cuidado por la robustez del cuerpo. ¿Qué libertad de conciencia será valedera sin equilibrio y satisfacción orgánicos? El enfermo, el flojo, el tibio, el triste, el sospechoso, el desganado, el epiléptico, el místico, no gozan ni pueden gozar linaje alguno de libertad de conciencia. «Mi salud es de bronce. No sé lo que es estar enfermo. Nací para vivir mucho, y viviré.» Así dice Pepet. Sin el egoísmo germinador y voluntarioso no puede darse civilización próspera, y sin próspera civilización no hay cultura del espíritu, sólida y satisfactoria. Bien lo ha comprendido Pepet, aun cuando a sí mismo se declare corto de inteligencia. Estas son sus palabras: «Como me he formado en la soledad, sin que nadie me compadeciera, adquiriendo todas las cosas por ruda conquista, hállome amasado con la sangre del egoísmo, de aquel egoísmo que echó los cimientos de la riqueza y de la civilización.»
De la riqueza, de la civilización y de algo más, amigo Pepet. También de la moral social, de la moral más firme y mejor asentada, como garantía de orden y mutua inteligencia en el trato normal y cotidiano. Porque «el progreso de la moral social no es otra cosa que la más clara conciencia del egoísmo radical que todos llevamos dentro y el mayor valor para declararlo en público; de manera que contrastándose egoísmo con egoísmo, mi egoísmo con el del vecino, ceda cada cual en aquello que puede y debe ceder. El progreso moral consiste en aprender a no engañarse y a no engañar, precisamente por egoísmo. La caballerosidad, el honor, no son sino la moneda admitida en los contratos o chalaneos de buena fe entre varios egoísmos»[A]. Esto es, que el reloj marque bien la hora, de modo que se pueda confiar en él. Si la caja es de acero, no importa. El mecanismo secreto que hace andar las manillas, no importa. Lo que importa es que marque bien la hora. Pepet, que es un gran negociante, bien sabe que el engañarse a sí propio o engañar a los demás, el ser _pillo_, en una palabra, es el peor negocio, negocio que tarde o temprano conduce a la quiebra. Y así, el egoísmo, poderosa y racionalmente sentido, se va traduciendo en las siguientes etapas de evolución moral. No engañar a los demás: _sinceridad_. (Pepet afirma y prueba repetidas veces su sinceridad.) No dejarse engañar por los demás: _dignidad_. Ser esclavo del compromiso adquirido: _honradez_. «El primer artículo de mi ley es cumplir estrictamente lo pactado», dice Pepet. En otra ocasión dice que «su palabra es como el evangelio». Un hombre esclavo de su palabra, difícilmente será un sentimental ni usará de misericordia. «El segundo artículo de mi ley es no dar nada a nadie graciosamente», dice Pepet, y añade: «la compasión, según yo lo he visto, aquí principalmente, _desmoraliza_ a la humanidad. De ahí, viene, no lo duden, este sentimentalismo que todo lo agosta, el incumplimiento de las leyes, el perdón de los criminales, la elevación de los tontos, el poder inmenso de la influencia personal, la vagancia, el esperarlo todo de la amistad y de las recomendaciones, la falta de puntualidad en el comercio, la insolvencia. Ustedes no ven las verdaderas causas del acabamiento de la raza». ¿Y dices, amigo Pepet, que eres corto de inteligencia? ¿Y dicen los demás que eres un bruto y un vándalo? ¡Oh! ¿Por qué no sobrevendrá en España una invasión de vándalos como tú? Tienes razón, Pepet: el sentimentalismo habitual es el peor pecado, porque es el pecado de acidia, padre de todos los pecados, y lleva hasta el crimen de pobreza, padre de todos los crímenes.
[Nota A: _Troteras y danzaderas._ Novela por R. Pérez de Ayala.]
Pepet tiene sobre lo malo y lo bueno un criterio liberal. Bueno es lo que sirve para algo cuando se emplea en aquello para que sirve. Malo es lo que no sirve para el fin en que se emplea. Es decir, que lo bueno es lo apto y lo eficaz, aprovechado mediante el trabajo. Es de sentido común. Pepet no involucra la acepción de los términos. Al mal ladrón no le llama buen ladrón aun cuando sea santo. Es mal ladrón, puesto que no sirve para ladrón. Si Pepet se resolviese en robar por los caminos, no se asociaría con un santo, sino con un buen ladrón. Pepet no transige con el criterio faccioso que así desmoraliza a la humanidad y enerva a los pueblos; ese criterio que, para indagar la aptitud y la capacidad profesionales, lo primero que averigua es si el que ha de ejercer la profesión comulga en las propias ideas facciosas, y si así resulta, sirve para el caso, y si no, no. Al remendón chabacano, de vida privada honesta, el espíritu faccioso le busca parroquia; y ¿qué más da, si luego, por obra de sus zapateriles prevaricaciones, se suscita legión de enojosísimas callosidades? Al licenciado que comulga y sabe ganar el jubileo, se le concede una cátedra, aunque sea un bodoque. Y así sucesivamente. Pepet se revuelve contra este desquiciamiento del orden natural. «El que no puede o no sabe ganarlo, que se muera y deje el puesto a quien sepa trabajar. No debe evitarse la muerte del que no puede vivir. El náufrago, que se ahogue.»
Ante todo, la capacidad en el servicio. Es lógico; es de sentido común. «Yo soy rudo--confiesa Pepet orgullosamente--, pero a manejar bien la lógica, no me gana nadie.» Pepet no querrá sus muros fabricados con plumas, ni sus colchones mullidos de pedruscos.
Por la manera de expresarse--anotemos esta breve disquisición al paso--se diría que Pepet es un lector asiduo de Nietzsche. Algunas de sus locuciones son casi traducción de otras del filósofo tudesco. Lo peregrino es que, en el momento de estrenarse _La loca de la casa_, Nietzsche era absolutamente desconocido entre nosotros. Algunos años más tarde, Clarín fué el primero en hablar de él. ¡Pasmosa intuición del genio de Galdós!
Las ideas de Pepet son de un radicalismo asaz exagerado. Le producen malestar todas las variedades de la fauna eclesiástica, sacristanesca y conventual. No es para sorprender. Se observa con regularidad el fenómeno de que las personas que por el propio esfuerzo han acarreado bienes de fortuna y creado riqueza de mucha entidad suelen profesar en las ideas radicales; de la propia suerte que, cuando el dinero pasa a la segunda generación y se convierte en hacienda heredada y abundancia conseguida sin esfuerzo, los poseedores se entornan del lado de las ideas reaccionarias. Pasa el liberalismo entonces a ser plutocracia. El liberalismo de los ricos por conquista presenta dos caracteres: uno, _radicalismo_, enemiga al grupo de los hombres que viven vida contemplativa y mendicante; aversión instintiva y natural de la mano activa a la mano muerta. El otro carácter es de _liberalismo económico y político_. El creador de riqueza quiere que se le deje en libertad de luchar, de conquistar, de crear. La divisa de todos los creadores de riqueza es la misma de los fisiócratas y liberales manchesterianos: «Dejad hacer. Dejad pasar. Que el Gobierno no se inmiscuya en las luchas económicas.» El placer del creador de riqueza es la misma voluptuosidad del crear. En cambio, el que ha tomado la hacienda heredada, sin la experiencia de cómo se adquiere, teme, ante todo, que otros creadores de riqueza, apuestos e impacientes, se la disputen y arrebaten. Este ya no simpatiza con la libertad económica y con la inhibición gubernamental; antes al contrario, pide al Estado leyes protectoras, monopolios, privilegios, inmunidades con que gozar apaciblemente de sus riquezas, las cuales, para él, no valen por la delicia de la creación, sino por los deleites, honras y vanidades que con ellas se pueden mercar. El riesgo que consigo lleva la hacienda heredada, es: 1.º, económico--disiparla, malbaratarla por ignorancia del concepto de precio--, y 2.º, moral--rebajamiento y corrupción del espíritu--. El riesgo a que expone la creación de riqueza, es también: 1.º, económico--la demasiada riqueza, la pérdida del concepto claro del valor--, y 2.º, moral--endurecimiento de corazón.
Hay un personaje muy pintoresco en una de las últimas comedias de Bernard Shaw[B]. Se trata de un perfecto sinvergüenza, pero muy dado a teorizar sobre ideas o normas morales, pertenecientes a un sistema paradójico y chocante de ética, que él se ha inventado para su uso particular. La hija de este sujeto se halla, por accidente, en casa de un caballero. El padre se presenta, inopinadamente, en la casa, amenazando con denunciar al caballero, por corrupción, si éste no le da cinco libras esterlinas. Las razones con que el sujeto justifica su acto son tan extrañas y agudas que el caballero le responde: «Me ha caído usted en gracia, y en lugar de darle cinco libras le voy a dar a usted diez.» Pero el moralista las rechaza, diciendo: «No quiero más que cinco. Con esas cinco libras he pensado correr una gran juerga esta noche y mañana. Si usted me da diez libras, me sobrecojo, cavilo sobre la importancia de tanto dinero, vacilo en gastarlo, no corro la juerga, me hago avariento, soy infeliz. Tengo pavor al mucho dinero.» Gran filosofía se contiene en la afirmación de este cínico. Las riquezas son como el agua y el fuego: elementos primordiales y los más benéficos, mientras se les mantiene dominados, obedientes y en servidumbre; las más avasalladoras, las más arrasadoras calamidades, cuando se insubordinan, y en lugar de ser tiranizados por el hombre, son ellos los que le tiranizan a él.
[Nota B: _Pigmalion._]
Cada abuso acarrea su morbo o dolencia específicos. El derroche de la hacienda heredada viene a ser como el estragamiento del estómago, que ya no admite ningún alimento. El desapoderado amontonamiento de riquezas viene a ser como la dilatación de estómago, que ya no hay alimento que baste ni ahíte.
Pepet ha querido desarrollar plenamente su personalidad. Estaba en su derecho. Pepet ha dicho siempre que el mayor crimen es la pobreza. Tenía razón. Pero Pepet ha sobrepasado su hito. No se ha satisfecho con la plenitud, sino que ha querido superarla aún, sin reparar que en este trance de demasía cohibía y lastimaba, en su derredor, otras personalidades de semejantes. Pepet ha enfermado de dilatación de estómago. Obsesionado con el ímpetu de liberal criterio, que es la médula de su espíritu, no ha acertado a plantearse en la conciencia el conflicto moral; no ha querido abrir su razón a las insinuaciones de la facultad crítica. Cerrazón que pone en peligro todo sentido común y toda lógica. Automáticamente se ha convertido en un faccioso. Tanto ha dicho que la pobreza es el mayor crimen, que ya todos lo repiten. Y, lógicamente, terminan por agregar: «Sí; la pobreza es el mayor crimen. Pero no crimen de los pobres, sino de los demasiadamente ricos.» Esta secuela fatal no entraba en los cálculos de Pepet. Acaso Pepet se figuraba que el mundo terminaba en él y con él.
Para Pepet no había sino una fuerza: el egoísmo, la fuerza de repulsión, la soberanía de la materia. Sólo miraba las cosas por la cara, y no por el revés. Le faltaba la segunda mitad del viaje circular. No presentía el tránsito del egoísmo al altruísmo; de la moral social a la moral de conciencia. No había llegado a desentrañar la gran verdad de que el bien propio es solamente síntesis y trasunto del bien común. Pepet se precipitaba, sin sospecharlo, en el ostracismo, en el aislamiento, en la irreligiosidad.
Pero a su lado está la esposa, la mujer imaginativa, la generosa, la propicia al sacrificio, la religiosa, que no busca sino unir a todos con lazos suaves y benignos. Victoria, por salvar a su padre de la ruina, se ha casado con Pepet: el rico. No le amaba; mas, apenas casados, Victoria adivina que su marido es juguete de una fuerza ciega, y ya le ama como a un niño, maternalmente. Victoria es lo contrario de Pepet, es la fuerza de atracción. Neutralizadas las fuerzas de atracción y de repulsión, las esferas se mantienen en la fruición de una paz inalterable. La imaginación generosa, en consorcio con el egoísmo, forman la más próvida coyunda, a prueba de contrariedades.
Ya se ha presentado la contrariedad. Victoria ha dispuesto de un puñado de miles de duros para ofrecérselos a una señora menesterosa. Al saberlo se despierta en Pepet el hombre prehistórico y cavernario, de ojos ardientes, dientes arregañados y manos rapaces, dispuesto a defender lo suyo a dentelladas y zarpazos.
--¿Cómo se llama lo que has hecho?--pregunta a su mujer.
--Justicia--responde Victoria.
¿Ruges, pobre Pepet? ¿Ruges porque te han cortado la ración de agua? ¿No entiendes que tu mujer te está curando? ¿No ves que cuanta más agua bebas, más rabiosa será tu sed? ¿Quieres matar a tu esposa? Pero ¿no ves cuán serenamente te desafía? Escúchala.
«Arrastróme hacia ti una vaga aspiración religiosa, y además de religiosa... socialista. La idea de apoderarme de ti cautelosamente para repartir tus riquezas, dando lo que te sobra a los que nada tienen.»
¿Oyes? Aspiración religiosa. Tu mujer es tu salvación. Estabas para desgajarte de la humanidad como un miembro anquilosado e inútil, ibas a ser como estatua de bronce, y tu mujer te hará revivir, haciendo que por ti corra de nuevo sangre humana. Y además de religiosa, aspiración socialista. Tú no has leído libros, Pepet, ni tampoco tu mujer. ¿Sabes lo que es el socialismo? Quizás tu mujer tampoco lo sabe; pero lo presiente. Ya la has oído: «una vaga aspiración». Un socialismo sentimental. Descuida y consuélate, que, después de este socialismo sentimental, se anuncia el advenimiento de un socialismo más exacto y más exigente. Su profeta ya ha hablado, y ha dicho que eres un mal necesario, es decir, que eres un bien; ha dicho que tú, heroico forjador del capitalismo, eres el magno propulsor de la cultura y del progreso, y que, sin ti, el triunfo postrero de la justicia humana sería inasequible, puesto que has reunido el dinero que al cabo será para todos.
Tu mujer te parece una loca. A tu mujer le pareces un salvaje. Tire cada cual por su lado.
Ahora están separados Victoria y Pepet. A solas, meditan. Victoria no puede vivir ya sin su bruto egoísta. Pepet no puede vivir sin su loca pródiga. Pepet comienza a presentir que el mundo no concluye en él, ni se acabará con él. ¡Oh! ¡Si Victoria le hubiera dado un hijo...! Vuelven a verse marido y mujer. Victoria declara hallarse encinta. Pepet está rendido.
--Ahora es cuando hay que acumular mayores riquezas y defender con redoblado tesón las adquiridas--dice Pepet.
--Al contrario. Ahora es cuando hay que repartirlas más liberalmente. Ahora es cuando hay que confundirse del todo con la humanidad--replica Victoria.
¿Qué remedio le queda a Pepet sino rendirse a discreción?
Sigue creando riqueza, Pepet. Y tú, Victoria, sigue aventándola dadivosamente y distribuyéndola con equidad. Y que vuestro hijo sea el fruto de alianza entre la ley de barbarie y la ley de gracia; entre la letra y el espíritu; entre la concupiscencia y el sacrificio.
[Nota: _SANTA JUANA DE CASTILLA_]
Os voy a contar un cuento. Un cuento de niños... y de hombres ya hechos. Ya sabéis que los cuentos son de tres clases: cuentos de risa, cuentos de miedo y cuentos de llorar. Pues éste es un cuento de llorar.
Una vez era un rey que tenía cinco hijos: un niño y cuatro niñas. Es decir... como tener, tenía más hijos; pero cinco eran príncipes, porque los otros eran sólo hijos del rey, y no de la reina. Cosas que pasan en el mundo, y sobre todo en aquellos tiempos, que son los de Maricastaña.
El rey y la reina gobernaban la tierra más grande del mundo. Y esto ocurrió así; que cada cual era rey por su parte y en su tierra, y al casarse juntáronse los dos reinos. Y por si fuese poco, un marinero hazañoso, a quien los sabidores del reino tildaban de insensato, descubrió un mundo nuevo, mucho mayor que todos los hasta entonces conocidos, para que el rey y la reina lo gobernasen... o lo desgobernasen, que lo que estaba por venir sólo Dios lo sabía.
Así el rey como la reina eran muy buenos cristianos y de muy amoroso corazón. Cristianos viejos eran asimismo los vasallos, como que los del reino de la reina habían estado peleando nada menos que ochocientos años contra unos extranjeros que se les habían metido en casa y que creían en un dios sucio y en un profeta zancarrón; hasta que, en tiempos de la reina de nuestro cuento, los echaron del todo. Pero, entre todos los herejes, a quienes más aborrecían el rey, la reina y los vasallos, eran a unos que llamaban judíos. Los aborrecían por ser herejes, claro está, y también porque los vasallos de aquel reino, después de ochocientos años de manejar armas, eran caballeros muy valerosos, que desdeñaban los bajos oficios y menesteres, en tanto los judíos desdeñaban las caballerías y se empleaban en traficar, trabajar y granjear dinero. Con que el rey y la reina arrojaron de aquella tierra a los judíos, y los vasallos dieron gracias a Dios y se quedaron muy contentos, aunque de allí en adelante muchos oficios quedasen desamparados.
Y en cuanto al amoroso corazón de los reyes, júzguese del corazón del rey por los muchos hijos que tenía. Y del de la reina, dicen los cronicones que era sobremanera tierno, que si mucho amaba a sus hijos, no amaba menos al rey, a tal extremo, que picaba en celosa.
Los cinco hijos heredaron del padre, y sobre todo de la madre, la pasión amorosa, de la cual se engendró su infortunio y el del reino. La hija mayor era hermosa; casó con un príncipe extranjero, que a poco la dejó viuda. Un hermano del príncipe muerto se había enamorado de ella y quería desposarla; mas ella, fiel a la memoria de las bodas primeras, rehusó; hasta que, siendo sobre todo muy buena cristiana, ya que el pretendiente pasó a ser rey, se sacrificó a tomarlo por esposo, no de otra suerte que si profesase en una orden penitente, y con la condición que el rey, su esposo venidero, expulsase de su reino a los judíos. Para que se vea si era piadosa... Esta princesa se llamaba Isabel y murió de sobreparto del primer hijo que tuvo.
El hijo varón, hermano de Isabel, se llamaba Juan. En su cabeza habían de unirse entrambas las coronas de sus padres. Era apuesto, gentil y esforzado. Casáronlo con una hermosa princesa de lueñas tierras, y dióse a amarla con tanto ardor que a los seis meses adoleció y pasó a mejor vida, muy mozo aún. Y con él dió fin la verdadera historia de aquellos reinos, por lo que más adelante se dirá.