Las máscaras, vol. 1/2

Part 13

Chapter 132,006 wordsPublic domain

Hallábame yo en el estreno de _La Malquerida_, que, por cierto, fué clamorosamente ovacionada. Durante todo el primer acto, allí no sucedía cosa de interés. Unos hombres y unas mujeres de pueblo entraban y salían; se decían futilidades...; total, nada. Terminado el acto, se me acercó un admirador del autor.

--¿Qué le ha parecido a usted?--me preguntó.

--¡Pss! A mí, nada--le respondí, encogiéndome de hombros.

--Es un acto maravilloso de ambiente--aseguró el otro con mucho calor.

--¿De ambiente? ¿De qué ambiente?--interrogué, ya interesado.

--De ambiente de la Alcarria--respondió el otro con absoluta ingenuidad y mal reprimido entusiasmo, y añadió:--Es la realidad misma.

--¿La realidad? ¿Qué realidad?--volví a preguntar.

--La de la Alcarria--respondió el otro, asombrado de que yo no alcanzase a entenderle y mostrando la más benévola disposición por traer la luz a mi espíritu.

--Yo no he estado nunca en la Alcarria--hube de confesar, un tanto mohíno y ruboroso, temiendo que mi internuncio me echase en cara no haber ido a la Alcarria antes del estreno.

--Pues este acto es la realidad misma.

Y, sin hacerme reproche alguno, comenzó a explicarme cómo las mujeres de la Alcarria hablan exactamente como aquellas mujeres que salían a escena, y otra porción de similitudes, con extremado detalle.

--Por lo que usted cuenta, calculo que ha vivido usted mucho tiempo en la Alcarria--hube de observar, con intachable buena fe.

Mi hombre se corrió, se puso rojo hasta las uñas y murmuró:

--No, señor. No he estado nunca en la Alcarria, pero me han asegurado que el acto es una copia exacta.

Yo acudí en su ayuda:

--No tiene usted por qué sonrojarse. Usted es un hombre ingenuo que ha oído pregonar como raro primor artístico, esa fidelidad imitativo-alcarreña, y así lo repite usted. Si el acto es la realidad misma, o deja de serlo, no lo hemos de decidir por comparación con lo que ocurre en la Alcarria. La realidad artística es una realidad superior, imaginativa, de la cual participamos con las facultades más altas del espíritu, sin exigir el parangón con la realidad que haya podido servirle de modelo o inspiración; antes al contrario, rehuímos ese parangón, que anularía la emoción estética y concluiría con la obra de arte, o la reduciría a un tedioso pasatiempo. ¿Se figura usted que para gozar de la realidad artística del cuadro de Rafael, titulado _Desposorio de la Virgen_, por ejemplo, necesitamos conocer personalmente al Padre Eterno y a los santos y personajes que aparecen en la pintura? ¿Puede usted creer que para juzgar de la realidad artística de Velázquez nos sea imprescindible que vuelvan a la vida y se echen a pasear por el Museo del Prado, para nuestro particular beneficio, reyes, príncipes, princesas, meninas, bufones, jayanes, y tanto hombre y mujer, de toda condición, como Velázquez pintó? Y para juzgar de la realidad artística de la música, ¿qué término de comparación buscaría usted? En resolución: que si ese acto le ha dado la emoción sincera de la realidad, es real, a pesar de su parentesco alcarreño. Ahora que muchas veces se toma por realidad artística lo que no es sino aparente parecido con la realidad histórica y pasajera. De aquí las famas fugaces y las reputaciones caedizas. Pero el tiempo lo va depurando todo; las realidades simuladas se desvanecen, consumen y olvidan, y sólo perduran las realidades artísticas verdaderas, aquellas que tienen una vida propia, y no el mentido y breve reflejo de las vidas ajenas y transitorias.

No recuerdo si fueron éstas, puntualmente, mis palabras. En sustancia, sí. De todas suertes, el episodio es rigurosamente histórico.

Pienso que con esto queda patente lo que entiendo por realidad artística. Pues este don de crear un mundo imaginado y darle realidad, presumo que nadie, como no esté cegado de pasión, ha de negar que se acredita y manifiesta generosamente en la parte más extensa de la obra de los señores Alvarez Quintero. Ahora que este don está en ellos limitado a las realidades volanderas, lindas y superficiales, ora graciosas, ora melancólicas. En mi sentir, cuantas veces los señores Alvarez Quintero han pretendido asomarse al horno donde se forjan las realidades profundas y trascendentales, el vaho del fuego les ha cegado la pupila; inclináronse a tientas por ver si alcanzaban algo; salieron con ello a mostrarlo a las gentes, pensando conducir en las manos el metal más noble e incorruptible, y, ciegos aún, no podían ver que eran escorias. Esa actitud con que en diversas coyunturas han mostrado orgullosamente la escoria por oro, parecerá, según se mire, si con ánimo malicioso, ridícula, si con ánimo generoso, simpática, que, al fin y al cabo, el aspirar a lo más siempre es loable, y los grandes empeños merecen aprobación, alcáncense o no. (Me he servido de la alegoría porque, siendo lo menos claro, en casos como éste resulta lo más claro.)

[Nota: LA MAJA DE GOYA]

DICEN QUE EXQUISITA JOYA, QUE HA FUNDIDO EN SU TURQUESA EL SEÑOR DE VILLAESPESA,

es la tal _Maja de Goya_. Este juicio alguien rebate, y truena, con _voz traumática_, que _eso_ no es obra dramática, sino un puro disparate.

En trance tan problemático, ¿cómo tener el valor de opinar, siendo el autor muy amigo y muy simpático? Mueven sonada querella redondillas retumbantes con la que llamó Cervantes «hermosa y casta doncella». ¿Son los versos de relleno, versos? ¿Sí? Pues los acato. ¿La poesía es sólo flato? Si eso es poesía, bueno; yo en la querella me inhibo y al que ansíe ser poeta le daré aquí la receta, sin cobrar por el recibo.

Para salir bien del paso, es la forma más sencilla la estrofa de redondilla, o de cuarteta, si acaso. Escribirás, al principio, un verso o dos: los postreros. Después, llenas los primeros con serrín, cascote y ripio. La primera parte importa, aunque no se diga nada, para que vaya rimada la estrofa, y no quede corta.

Acaso, en tu ingenuidad, pienses que, si esta es la trama, pudiera el poema o drama reducirse a la mitad. Y hasta temo que me arguyas, allá en tu fuero interior, que, para eso, lo mejor fuera escribir aleluyas.

No te quiebres la chaveta. Vete a favor de corriente. En opinión de la gente, ¿quieres o no ser poeta? Sin esfuerzo _ni porfía_, a destajo y _sin tormento_, por aquel procedimiento harás mil versos al día. Lleno de fama hasta el _tope_, con alarde no _sofístico_ podrás hacer tuyo el dístico que antaño compuso Lope: _Y más de ciento en horas veinticuatro_ _pasaron de las musas al teatro._

No te detengan atascos. Huye el estudio que _abruma_. Deja que corra la pluma. No te calientes los cascos. De la gloria los _reflejos_ pondrán un nimbo a tu frente si procuras, _diligente_, aprovechar mis consejos.

A esta altura, _¡aquí fué Troya!_ No es posible dilatar por más tiempo el disertar sobre _La maja de Goya._ _Frío por la espalda siento._ _Estoy más muerto que vivo._ ¿Cómo hallar un paliativo? Ya está. _Ni blando ni esquivo_, referiré el argumento.

Primer acto. La cortina se alza y descubre la escena. Es una espesura _amena_, de los Madriles vecina. _Con intuición de rayo,_ _y ya ni Dios lo remedia,_ vislumbramos la tragedia luctuosa del dos de Mayo. Un merendero, con parra. Manolas, con redecillas. Hay baile de seguidillas y rasgueos de guitarra. _Bien plantados y valientes,_ Pedro Romero, el torero, y Malasaña, el chispero, se hallan con los concurrentes. Hablan todos con medida, a lo florido y galán. Es claro, como que están de jolgorio en la Florida. Esmeraldas, sin _agravios_, diamantes, perlas, rubíes azucenas, alelíes, vierten sin cesar los labios. Todos sufren, _espantosa_, _aunque a ninguno le arredra,_ la enfermedad de la piedra: la de la piedra preciosa. Rostro fiero, perfil corvo, rojos e hirsutos mostachos, se presentan dos gabachos, que sufren el mismo morbo, pues para pedir botellas, _con frases nada sencillas,_ las piden en redondillas y mentan soles, y estrellas, y los rubíes sangrientos, y el río Nilo, y la mar. A la hora de pagar, hacen grandes aspavientos. Soltando la carcajada, uno, el más desenfadado, dice: «el oro del soldado es el hierro de la espada». Esto las chulas _ultraja_, y para _los castigar_ amenazan con sacar de la liga la navaja. Cesa todo en un instante, sin andar nadie a la greña. Aparece la Cobeña, como una chula de plante. El torero, con _donosas_ imágenes, la requiebra, como el que ensarta y enhebra con la voz piedras preciosas.

Llega Goya, a quien _promulga_ la fama el mejor pintor. Va vestido de un color extraño: color de pulga. Sin lastimar _su recato_ y encomiando aquella alhaja, Goya le dice a la maja que quiere hacer su retrato. Ella acepta, en conclusión, tras de algunos incidentes que ahora no tengo en las mientes, y, entonces, cae el telón.

Acto segundo. La casa de la maja del retrato. Fuera, tocan a rebato y se asoma a ver qué pasa. Se oye la repercusión de un bombo, con fuerza herido. Esto simula el sonido de disparos de cañón. La Cobeña, chilla airada. Agítase, como fiera. Mas con el ruido de fuera no se le puede oír nada.

Cambio de decoración. Cuartel, de gente _pletórico_, al parecer, el histórico Parque de Monteleón. Sobre la entrada, tremola, ígnea y gualda, nuestra enseña. Canta un himno la Cobeña a la bandera española. Del cañón se oye el rugido (bombo; ya estáis en el quid). Villaespesa mata a Ruiz, algo antes de lo debido[C]. La maja no se anonada, y en tan triste situación, ¿qué hace? dispara un cañón de ripia y tela pintada. Cae nuevamente el telón.

Quinto cuadro. Unos momentos, por dicha, tan sólo dura. Despoblado. Noche oscura. Luego, seis fusilamientos. _Bajo el plomo vil e ingrato,_ _sin sudario ni mortaja,_ cae fusilada una maja, que es la misma del retrato.

Cuadro sexto. Pero, no. No se hallaba fenecida la maja; sí sólo herida. El buen Goya la buscó, entre los muertos, _un rato_. Dió con ella, y sin perder tiempo, la trajo al taller para acabar su retrato. Con la última pincelada del pintor que la retrata, la maja estira la pata... Y aquí no ha pasado nada, sino que la tradición revive, _¿quién lo diría?_ de Retes y Echevarría, de Carulla y Camprodón.

[Nota C: Jacinto Ruiz de Mendoza, el llamado «Teniente Ruiz», no murió el 2 de mayo de 1808, sino el 13 de marzo de 1809, en Trujillo.]

INDICE

Págs

Preámbulo 9

Casandra 17

Sor Simona 25

Sor Simona (continuación) 41

El liberalismo y la loca de la casa 51

Santa Juana de Castilla 87

Coloquio con ocasión de «una terrible leona» 97

El collar de estrellas 105

La ciudad alegre y confiada 125

La princesa Bebé 141

El mal que nos hacen 151

Los cachorros 159

Mefistófela 175

La inmaculada de los Dolores 189

La honra de los hombres 199

El teatro de bulevar 215

Don Juan 227

El actor Morano 237

La realidad artística 255

La maja de Goya 263

Typographical errors corrected by the etext transcriber:

la vida se ha de tomar en serio=> la vida se ha tomar en serio {pg 44}

lo monstruoso, y se convienten=> lo monstruoso, y se convierten {pg 45}

Que el Gobierno no se inmiscua en=> Que el Gobierno no se inmiscuya en {pg 79}

que es la medula=> que es la médula {pg 82}

no siempre acampañó el éxito=> no siempre acompañó el éxito {pg 128}

señor Banavente es como si un hombre=> señor Benavente es como si un hombre {pg 139}

La princesa Bebe=> La princesa Bebé {pg 145}

y agradables algunas de ellos=> y agradables algunos de ellos {pg 181}

o bien es permitible la alusión=> o bien es permisible la alusión {pg 185}

Adviértase que el tálamo elegido para los deposorios=> Adviértase que el tálamo elegido para los desposorios {pg 189}

nous veut-on avec cette sempiternelle sobriéte=> nous veut-on avec cette sempiternelle sobriété {pg 200}

El mismo monsieur Francis de Croisset, antor=> El mismo monsieur Francis de Croisset, autor {pg 224}

Habíamos leido que era un magno y genial=> Habíamos leído que era un magno y genial {pg 240}

actor hermosura y perfeccion=> actor hermosura y perfección {pg 240}

End of Project Gutenberg's Las máscaras, vol. 1/2, by Ramón Pérez de Ayala