Las inquietudes de Shanti Andía
Part 17
Hacía ya mucho tiempo que Machín no se ocupaba de Mary ni de mí para nada. No se le veía jamás por Lúzaro.
Se iba acercando el día de nuestra boda.
Una noche, al entrar en casa, vi a Machín que me esperaba en el portal. Me eché a temblar, lo confieso. ¿Qué querría aquel hombre?
--Tengo que hablar con usted--me dijo.
--Bueno, pase usted a casa--le indiqué.
Pensé que no intentaría atacarme. Además, yo era más fuerte que él.
Pasó Machín, subió las escaleras conmigo, entró en mi cuarto y se quedó mirando los libros de mi armario y los cuadros de las paredes, con gran curiosidad.
--¿Vienen de casa de su abuela estos cuadros?--preguntó.
--Sí.
Quedó mirándolos de nuevo. Yo le contemplaba con marcada impaciencia.
--Usted dirá lo que quiere... --le advertí.
--Sí. Voy a decírselo a usted en seguida. Me entregó usted un sobre del padre de Mary...
--Cierto.
--Pues yo le tengo que entregar a usted otro para ella. Déselo usted el día de la boda.
--¿No será una venganza?
--No, no; puede usted estar tranquilo. Dígale usted que es de parte de su familia. Será para usted y para ella una sorpresa agradable.
Tomé el sobre, vacilante. Él siguió mirándolo todo con atención. Luego me dijo:
--¿Está su madre de usted?
--Sí.
--Quisiera saludarla.
--Bueno, pase usted.
Entramos en el cuarto de mi madre que, al ver a Machín, quedó sorprendida no sé por qué: Machín estuvo con ella muy amable. Hablaron los dos largo rato. Yo estaba inquieto con aquella visita incomprensible.
--¿Qué cambio es éste?--me preguntaba.
Al salir Machín, me dijo:
--Quiero marcharme de Lúzaro. Probablemente ya no nos volveremos a ver. ¿Me guarda usted rencor?
--No, nunca, a pesar de que creo que tengo motivos.
--Entonces, ¡adiós!
Me tendió la mano, yo alargué la mía y me la estrechó con fuerza.
Al volver encontré a mi madre un poco excitada.
--¿Qué te pasaba?--la dije.
--Nada, que al verle entrar he creído que venía mi hermano Juan.
--¿Eh?
--Sí.
--¿Tanto se parece?
--Es idéntico.
El tal Machín era un tipo raro en todo, en su conducta, en sus parecidos y en las simpatías y antipatías que despertaba.
Días después, una mañana de otoño muy clara y muy hermosa, Machín, con su criado, se embarcó en la goleta. Pasaron días, semanas; han pasado años; no ha vuelto a saberse más de él.
El día de mi boda, al llegar a casa de mi madre, Mary abrió el sobre que me había dado Machín. Cayeron sobre la mesa una porción de papeles. Eran acciones de minas, títulos de la Deuda..., una fortuna. Entre ellos había una carta, que decía así:
«Mi querida Mary: La carta de tu padre que me trajo tu marido hace algún tiempo me reveló que tú y yo somos hermanos, hijos del mismo padre. Shanti, a quien tanto he odiado, es pariente mío, casi hermano.
»Yo soy hijo de Juan de Aguirre y de una muchacha, sirviente de casa de nuestra abuela. No le culpo a mi padre del abandono en que me han tenido. La fatalidad lo ha dispuesto así.
»Tu marido y tú tendréis seguramente la idea de que soy un hombre perverso y dañino. No he podido ser otra cosa; todo el mundo me hizo sufrir cuando era un miserable; yo he contestado haciendo sufrir a los demás cuando he sido poderoso.
»La bondad es la fuerza de los privilegiados. La envidia y la tristeza del bien ajeno son enfermedades del espíritu. Los que han luchado y se han agitado en los antros donde se muerden los pestíferos están contagiados.
»No todo el mundo puede ser sano, ni todo el mundo puede ser bueno. Yo aún no lo puedo ser, y como no lo puedo ser, al enviarte esta dote a ti, hermana mía, para que puedas vivir con tu marido, pienso que ésta es mi venganza, la venganza del abandonado, la venganza del sarnoso contra el sano, la venganza del miserable con el descendiente de la familia considerado y mimado.
»Adiós, querida hermana. Felicidades.
»Juan.»
Al escribir esta carta se veía que Machín había arrugado el papel y lo había mojado con sus lágrimas.
Machín, nuestro enemigo, se convertía en nuestro protector y nuestro pariente.
[Ilustración]
LIBRO SEXTO
LA SHELE
I
HABLA EL MÉDICO VIEJO
Unos días después de mi matrimonio, el médico viejo me encontró en la calle y me dijo con grandes extremos que fuera a su casa. Me tenía que hablar. Fuí después de comer; pasamos a un despacho con armarios, que tenía en las paredes unas láminas anatómicas bastante desagradables; el doctor me hizo sentarme en una poltrona, y me dijo:
--¿Sabrás que se marchó Machín?
--Sí, ya lo sé.
--¿Sabes a qué se debe el cambio que hizo con relación a tu novia y a ti?
--No.
--Pues a lo que le conté el mismo día que fuimos a verle en este despacho. Estaba ahí sentado, donde tú estás. Al principio me oía irónicamente, con aquella sonrisa dolorosa que le caracteriza; pero cuando le conté lo que te voy a contar a ti, se transformó. Lloraba como un chico. No creía que tuviera el corazón tan blando. Yo mismo me conmoví.
--¿Y a qué se refiere lo que me va usted a contar?
--Se refiere al padre y a la madre de Machín.
--¿Los ha conocido usted?
--Sí.
--¿A los dos?
--A los dos.
* * * * *
El médico empezó así:
--Hace ya más de cuarenta años acababa yo de venir de Regil, en donde estuve dos años de médico.
En aquella época Lúzaro no era como ahora; había cuatro o cinco familias que mandaban, y, entre ellas, la de Aguirre y la de Andonaegui eran de las más principales e influyentes.
Siendo médico aquí, había que estar bien con ellas, so pena de perecer y no tener una visita.
Yo iba con mucha frecuencia a casa de tu abuela, que por entonces se había quedado viuda.
Tu abuela tenía en casa una muchacha, que era ahijada suya, y a quien llamábamos la Shele. Yo bromeaba mucho con ella cuando iba a a tomar café a Aguirreche.
--¿Qué hay, Shele?--la decía.
--Nada, señor médico.
--¿Cuándo piensas casarte?
--Cuando me quieran--contestaba ella con gracia.
--¿No tienes novio todavía?
--No.
--¿Pues en qué estás pensando?
Ella sonreía mientras llenaba las tazas de café. La Shele era muy bonita, muy modosita, muy fina. Era este tipo vascongado, esbelto, que tiene algo de pájaro. Muchas veces yo pienso--añadió el médico viejo-- que nuestra raza no es fuerte. Esto no lo digo delante de un forastero, no, jamás. Esta raza vasca es bonita, fina de tipo, pero en general no es fuerte. Tiene más resistencia la gente del centro: aragoneses, riojanos y castellanos. Esta es una raza vieja que se ha refinado en el tipo, aunque no en las ideas, y que no tiene mucha fuerza orgánica. Tú habrás visto que aquí una muchacha se casa y al primer hijo se le caen los dientes, parece que se le alarga la nariz... Pero me alejo de mi historia. Vuelvo a ella.
Una mañana de invierno muy hermosa y muy clara me llamaron para ir a Aguirreche. Hacía pocos días que tu tío Juan había marchado a embarcarse a Cádiz.
--Esto es un hospital--me dijo tu abuela--. Todos estamos enfermos.
Vi a tu abuela, a tu madre, a tu tía Úrsula, y, al marcharme, me dijeron:
--Espere usted, que también la Shele está mala.
Entró la muchachita, muy pálida y muy triste, y saludó, sin levantar los ojos del suelo.
--Vamos, acércate--le dijo tu abuela.
Pude notar que la Shele sufría y que las comisuras de sus labios temblaban, como por un sufrimiento contenido.
--¿Qué tiene esta muchacha?--pregunté yo alegremente.
--Debe estar enferma del estómago--dijo tu abuela--. Tiene vómitos, está ojerosa.
Contemplé a la muchacha, que bajó la vista; le tomé el pulso, y dije:
--Que vaya a mi casa y la reconoceré más despacio.
--Bueno, ya irá. ¿Cree usted que tendrá algo grave?
--Ya veremos.
Me despedí de la familia y seguí haciendo mi visita.
II
LA CONFESIÓN
Acababa de tomar café; estaba charlando con mi madre y mi hermana en esa pequeña galería de cristales que da a la huerta, cuando entró la Shele. Acudí a su encuentro, la pasé al despacho y cerré la puerta.
--Siéntate--la dije.
La muchacha se sentó y yo comencé el interrogatorio.
--¿Hace mucho tiempo que estás en Aguirreche?
--Sí, ya va a hacer mucho tiempo.
--¿Cuántos años tienes?
--Diez y ocho.
--Tus padres están en un caserío de la familia Aguirre, ¿verdad?
--Sí, señor.
--¿Les tienes cariño a los de tu casa?
--Sí, señor.
--¿A la señora y a las señoritas?
--Sí, señor.
--¿Y al señorito Juan?
--También.
Y la muchacha se ruborizó. Yo continué con mis preguntas.
--¿No quieres marcharte de Aguirreche?
--No, señor.
--¿No tienes confianza en mí?
La muchacha me miró extrañada, preguntándose, sin duda, por qué le dirigía estas cuestiones. Yo seguí el interrogatorio.
--Digo si tienes confianza en mí. Si crees que soy un hombre malo.
--¡Un hombre malo! No; no, señor.
--¿Entonces, tienes confianza en mí? ¿No crees que yo te quiera hacer daño?
--No; no, señor; yo no he dicho eso.
--Ya sé que no lo has dicho; te lo advierto, para que sepas que soy tu amigo, que te quiero bien. ¿Comprendes?
--Sí, señor.
Entonces ya le dije claramente lo que tenía que decirle.
--Tú has tenido amores con el señorito Juan, ¿verdad?
--No; no, señor.
--¡Para qué negarme la verdad! Tú has tenido amores con él, y lo que te pasa es la consecuencia natural... ¿Comprendes?
La Shele calló y bajó la cabeza.
--¿Te prometió casarse contigo? ¿Te engañó?
--No, no me engañó; no me prometió nada.
--¿Sabe en qué estado te encuentras?
--No, no lo sabe.
--¿Y por qué no se lo dijiste antes de que se marchara?
--Me daba vergüenza.
La muchacha ocultó la cara entre las manos y comenzó a llorar en silencio.
--¡Ay, ené!--decía, de cuando en cuando, sofocando un suspiro.
Yo la contemplaba emocionado.
--Bueno, cálmate--la dije--. Aquí el único que sabe tu estado soy yo. ¿Qué piensas hacer? Vale más que te resuelvas pronto, antes de que noten tu estado. ¿Comprendes?
--Sí, señor.
--¿Qué te parece que hagamos? ¿Le escribimos a Juan?
--Bueno.
--¿Sabes sus señas?
--Sí; va de Cádiz a Filipinas en un barco.
--¿No sabes más?
--No.
--Debías enterarte del nombre del barco.
--Bueno. Ya me enteraré.
--Y mientras llega la carta y la recibe, si es que la recibe, ¿qué piensas hacer? ¿Ir al caserío?
--No, al caserío, no. Mi padre y mis hermanos me pegarán.
--Entonces, ¿quieres que yo se lo diga a la señora para ver qué decide?
--No, no. ¡Ay, ené!
--Pues, ¿qué vas a hacer? ¿Adónde vas a ir?
--No sé.
La Shele miraba el suelo y suspiraba. Las lágrimas corrían por sus mejillas.
Yo, algo impaciente, me levanté y la dije:
--Nada, tú decidirás. Yo ya te he indicado lo que te puede pasar. No sé qué aconsejarte.
La muchacha suspiró más fuerte, y viendo que me disponía a salir, me detuvo.
--No, no me deje usted.
--¿Qué quieres que haga?
La Shele pensó un momento, y dijo:
--¡Escríbale usted al señorito Juan!
--Le escribiré, pero va a tardar mucho en saber la noticia. Si ha salido de Cádiz, hasta dentro de un año no vamos a poder tener noticias suyas.
--Entonces dígale usted a la señora lo que me pasa. A ver qué quiere hacer conmigo.
La pobre muchacha me dió lástima. Se entregaba a su suerte adversa, como un cordero que llevan al sacrificio.
III
LA VENTA DE LA TERNERA
Yo insinué varias veces, hablando con doña Celestina, después de comunicarle lo que le ocurría a la muchacha, que debía dar cuenta a su hijo de lo que pasaba con la Shele; pero comprendí que era inútil y que estando en su mano no había de hacer nada con ese fin.
Sabía que Juan de Aguirre navegaba en la derrota de Cádiz a Filipinas, pero ni la Shele ni yo pudimos averiguar en qué barco. A pesar de todo le escribí, y la carta no debió llegar, porque no tuve contestación.
Mientras tanto, doña Celestina y el vicario habían decidido casar a la Shele. Como sabes, aquí a los matrimonios que se hacen entre la gente del campo, atendiendo sólo al dinero, se llaman _la venta de la ternera_. En el caso aquél no era la venta corriente, sino la de una res estropeada y enferma, y había que dar mucho dinero encima para sacarla de casa.
--Nada, hay que llevarla de aquí cuanto antes--dijo el vicario--; que vaya a vivir a otro pueblo o a un caserío lejano, y nadie tendrá en cuenta si la criatura ha nacido antes o después del plazo legal.
--Sí, es lo más conveniente--añadió la señora de Aguirre--. ¿A usted qué le parece, doctor?
--Yo digo lo de siempre; antes consultaría con Juan--replicaba yo.
--Juan no vendrá aquí hasta dentro de cuatro o cinco años.
--Y mientras tanto, ¡cómo se evita el escándalo!--exclamó el vicario.
--No, no; si eso no puede ser--repuso doña Celestina--. Es perder el tiempo hablar de Juan. Aquí lo único es encontrar un marido y casarla.
--Creo lo mismo que doña Celestina--agregó el vicario.
--Pues vamos a ver quién nos convendría. Yo conozco a todas las familias de los caseríos... El mozo de Olazábal está casado, el de Olazábal Aspicua es muy joven, el de Endoya se ha ido a Somorrostro...
--En Iturbide hay un muchacho carbonero...--insinuó el cura.
--Pero esos son unos salvajes--replicó doña Celestina--. No quiero que la Shele vaya allí. La tratarían muy mal.
--¿Y Machín?--preguntó el cura--. ¿Machín el mozo?
--¿El de mi caserío?
--Sí.
--Pero, ¿no es tonto ese muchacho?
--¡Ah! ¡Claro! No vamos a encontrar un hombre perfecto como los de la Constitución del año doce.
El señor vicario se permitía alguna bromita de cuando en cuando contra las ideas liberales.
--Entonces, ¿qué? ¿Le llamaremos a Machín?
--Me parece lo mejor.
--¿Al padre?
--Al padre y al hijo. Se les explica lo que pasa y veremos las condiciones que ponen.
--Bueno, pues les llamaremos.
Presencié la entrevista en la cocina. Era una escena triste, daba una idea bien miserable de la humanidad. Machín padre y Machín hijo estaban los dos arrimados al fuego en la cocina.
--De manera--decía doña Celestina con voz imperiosa--que yo le doy a la Shele cuatro onzas y dos vacas.
--Y las azadas y el trillo--añadía Machín el viejo.
--Bueno, y las azadas y el trillo. ¿Con esto estamos ya conformes?
--Es que...--decía Machín padre, rascándose la cabeza--como la chica ha quedado en ese estado, yo no sé si estará bien..., porque las gentes dirán que...
--Eso ya os lo he dicho antes. La muchacha está en ese estado. Ya lo sabemos. Conque resolved de una vez: sí o no. O decid qué queréis más.
--El caso es--murmuró el viejo--que hay un trozo de tierra cerca del barranco que no pertenece a nuestro caserío, y mi mujer dice que debían dárnoslo a nosotros sin subir la renta... Yo no digo nada, pero mi mujer...
--Bueno, la tierra esa será para vosotros.
La conversación continuó así, con un lujo de detalles de esa avaricia campesina tan repugnante, y cuando llegaron a un arreglo definitivo, doña Celestina gritó a sus hijas:
--¡Que venga la Shele!
Vino la Shele, pálida, con los ojos bajos y las ojeras moradas.
--Hemos quedado de acuerdo en que te casarás con este joven.
--Bueno, señora--contestó ella, con una voz débil como un sollozo.
--¿No dices nada?
--Nada, señora.
--Bueno, ya lo sabes. Dentro de unos días será la boda.
--Está bien, señora.
Machín, el joven, sonrió, queriendo echárselas de malicioso, y el viejo siguió dando vueltas en su cabeza al pensamiento de si podía sacar alguna cosa más de la señora de Aguirre.
Esa es la moral tradicional de las gentes ricas. Se destroza una vida, se deja a un hijo sin padre, se lleva la desolación a una familia. Y se dice se ha salvado la honra de una casa; se ha salvado la sociedad.
[Ilustración]
IV
EL FINAL DE LA SHELE
Siempre que pensaba en la Shele--siguió diciendo el médico viejo--, tenía el presentimiento, muy lógico en el fondo, de que había de acabar mal. Hubiera quedado muy sorprendido si en el transcurso de los años hubiese sabido que la Shele vivía tranquila y feliz con su marido.
Cuatro o cinco meses después de esta escena que te he contado de los preliminares de la boda, me llamaron del caserío de Machín. La Shele había tenido un hijo fuerte, robusto, pero ella estaba enferma.
La encontré, la primera vez que fuí a visitarla, muy quebrantada y con un principio de fiebre.
Pasó un día y otro día. La pobrecilla no mejoraba. Cualquier cosa, la menor palabra, la hacía llorar.
Doña Celestina me llamó reservadamente.
--¿Qué le pasa a la Shele?--me dijo.
--Que está mal.
--¿Pero no mejora?
--No.
--¿Qué tiene?
--Tiene un estado de excitación continua, y creo que padece una lesión cardíaca, que el embarazo y los disgustos han exacerbado.
Doña Celestina se inmutó porque, aunque mujer orgullosa, tenía buenos sentimientos.
--¿Usted cree que el matrimonio con ese hombre habrá contribuído...?
--Es posible, pero no es fácil asegurarlo.
No quise tranquilizarla. Que pesara sobre su conciencia la brutalidad que había hecho.
Seguí visitando a la Shele diariamente. No había manera de hacerla reaccionar. Estaba decidida a dar un adiós definitivo a la vida.
Ante una resolución tan firme de morirse, todos los planes terapéuticos se estrellan.
A los quince días hubo que confesar y dar la Unción a la Shele.
Doña Celestina y sus hijas fueron a verla.
Adornaron el cuarto de la enferma de blanco, lo cubrieron de sobrecamas y trajeron flores y estampas religiosas. En el momento de darle el Viático había unas mujeres en el pasillo del caserío con velas encendidas.
La Shele era muy cariñosa, y sin duda de verse mimada en aquel trance, se encontraba alegre y sonriente.
Por la mañana murió la pobrecilla.
* * * * *
El médico viejo dejó de hablar y se quedó mirándome, buscando conocer mi opinión.
--Sí, es horrible--dije yo--esa falta de respeto por la vida ajena. ¡Cuánta gente no se habrá sacrificado por esas ideas del rango y de la posición social que, después de todo, no sirven para nada! Son restos del feudalismo.
--Eso es. Es verdad.
--¿Y qué dijo Machín al oírle contar a usted esto?
--Se puso como un loco. Lloraba desconsolado. ¡Pobre madre, lo que la hicieron sufrir!--murmuró varias veces; luego dijo, con voz iracunda--: Ahora le pegaría fuego al pueblo entero.
Después, más tranquilizado, me pidió que le dijese cómo era; si se parecía a él, si no se parecía; y cuando yo le indiqué que su padre se había portado mal, replicó:
--No, no; él tampoco tuvo la culpa.
Me habló de que por tu mano había recibido un manuscrito de su padre, y prometió enviármelo.
--¿Y se lo envió a usted?
--Sí; lo he leído ya; por cierto que no sé qué hacer con él. Creo que tú eres el más indicado para guardarlo. De manera que llévatelo.
Cogí el manuscrito, lo llevé a casa y comencé a leerlo en seguida.
LIBRO SÉPTIMO
EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE
I
RESOLUCIÓN DESESPERADA
He sido educado con una gran severidad de principios. Mi madre me inculcó la idea de que mi posición me obligaba a ser más rígido que los demás. Yo, en el fondo, era un muchacho atolondrado, de buen corazón, aunque un tanto violento.
Muy joven comencé a navegar, y en el barco tuve que ir olvidando cuantas enseñanzas me dió mi madre.
Mi vida, en los primeros años de navegación, fué muy intensa. Formaba parte de la tripulación del _Asia_, un bergantín que recorría los mares de la China. El capitán era australiano; el piloto, vascongado.
Nuestro comercio se desarrollaba entre Malaca, Siam, Sumatra, Borneo y las Filipinas. Los principales puntos de parada eran Singapur, Batavia, Macasar, Hong-Kong y Manila.
Constantemente estábamos visitando sitios desconocidos, puertos en donde no había entrado aún el europeo. Sir Wilkins, mi capitán, era un hombre de genio.
Con frecuencia teníamos que batirnos, ya con los merodeadores chinos del golfo de Tonkín, como con los piratas moros que pululan por aquellas latitudes, y dan muestra de un valor y de una audacia asombrosos.
Sobre todo hacia el nordeste de Borneo, cerca de las islas de Serasán y del Archipiélago de los Piratas, tuvimos batallas navales furibundas contra dos y tres de esos barcos armados que llaman _praos_.
Estos _praos_ o _paraos_ suelen ser, generalmente, lanchas afiladas que navegan a vela y a remo, y llevan varios hombres armados con fusiles; la mayoría tienen cobertizos de esteras, pero hay algunos de estos _praos_ grandes, de tres palos, que llevan una toldilla sólida con cristales y están defendidos con una porción de cañones. No es fácil que un barco de comercio pueda luchar en velocidad con estas lanchas, que tienen grandes condiciones marineras.
Sir Wilkins no tenía por costumbre huir, y aguardaba el ataque de los piratas.
Conocía muy bien sus procedimientos y sus argucias. Hicimos verdaderos horrores. Cerca de las islas Celebes echamos a pique, a cañonazos, tres grandes embarcaciones de piratas que venían dispuestos a tomar nuestro bergantín al abordaje. También tuvimos que dar una buena lección a unos moros ladrones de la isla de Joló.
Sir Wilkins era un marino sencillamente extraordinario. No he conocido a nadie de un valor más sereno ni de mayor indulgencia y generosidad para las debilidades ajenas. No pude llegar a comprender bien si en su fondo había un inmenso desprecio o un gran cariño por los hombres. Quizá sentía las dos cosas al mismo tiempo.
Como todos los capitanes que llevan muchos años en un barco, él había navegado casi siempre en aquél, sabía lo que daba de sí su _Asia_, y no le pedía más.
Conocía el mar de la China como pocos; lo que no sabía lo adivinaba. Wilkins era un ejemplo de lo que puede llegar un hombre cuando pone su inteligencia y sus sentidos en una especialidad. Y, a pesar de su juicio claro de las cosas y de la cantidad de experiencia que atesoraba, aun se podía decir que en él el talento era lo de menos.
La maldad, la ruindad, la envidia, todo lo disculpaba. Para Wilkins el mal no era más que la cantidad de sombra necesaria para que brille el bien.
Pasé con Wilkins cerca de ocho años, y al cabo de éstos mi capitán se retiró, ya viejo, a Sidney; yo fuí a Manila, y desde Manila a Cádiz. Iba a entrar de piloto en la derrota de Cádiz a Filipinas. Mi madre me llamó, y volví a Lúzaro.
Entonces conocí a la Shele. La Shele era hija de una familia de buena posición que se había arruinado. Tenía algún parentesco con mi madre.
En nuestro país no suele ser ningún desdoro el que una muchacha entre a servir en una casa del pueblo. Además, la Shele, como digo, era pariente y ahijada de mi madre. Su situación en mi casa podía considerarse intermedia entre criada y pariente pobre.
La Shele, muy joven e inocente; yo, un marino que venía de las soledades del mar de la China con gran deseo de vivir; nos vimos, y sucedió lo que no era raro que sucediera. No sé si mi madre sospechó lo que pasaba; si sospechó y se valió de una estratagema para alejarme, Dios se lo haya perdonado. El caso fué que mi madre recibió una carta de Cádiz, en la que decían que era conveniente que yo volviese cuanto antes. Allí nadie me supo decir quién había escrito esta carta. Todavía faltaba cerca de un mes para la salida de la fragata _Maribeles_, donde tenía que embarcar.
[Ilustración]
Estuve por volver a Lúzaro, pero vacilé; ¿qué pretexto iba a dar a mi madre?
Siempre me inspiró más temor que otra cosa. Yo no sospechaba el estado de la Shele. De sospecharlo, me hubiera decidido a volver y a casarme con ella, saltando por todo.
Llegó la época de entrar en la _Maribeles_ y de perder hasta el recuerdo de las personas conocidas. Tardamos seis meses en llegar a Manila y estuvimos allí dos. Recogí varias cartas de mi madre, y entre muchas noticias para mí indiferentes, me comunicaba que la Shele se había casado.
Cuando supe esto, me figuré que, como dice todo el mundo, las mujeres son volubles e ingratas, y pensé que la Shele me había olvidado con la ausencia.
Escribí a uno de los amigos de Lúzaro preguntándole lo ocurrido con ella.