Las inquietudes de Shanti Andía

Part 10

Chapter 104,214 wordsPublic domain

La subida por la Cuesta de los Perros era bastante fatigosa, y el viejo se detuvo varias veces a descansar. Tenía aire de hombre enfermo y abatido; al pararse bajaba la cabeza hasta dar con la barba en el pecho.

Me acerqué a ellos. La muchacha era muy bonita, rubia, tostada por el sol; al pasar por delante de mí me miró con un aire completamente salvaje. Aguardé a que entraran en su casa, y poco después me decidí a llamar.

Había obscurecido. El viejo alto que trabajaba en la huerta me indicó que pasara. Entré. Una lámpara de aceite alumbraba un cuarto pequeño y modesto, que tenía un armario con cortinillas blancas.

El capitán leía sentado cerca de la mesa; la muchacha estaba haciendo la cena allí mismo; el viejo criado raspaba el mango de una azada.

El capitán se levantó al verme, con aire de alarma; yo le rogué que se sentara, y le dije quién era y a lo que iba. La muchacha salió del cuarto.

--¿De manera que usted es nieto de doña Celestina?--me preguntó el capitán.

--Sí, señor.

--¿Hijo de Clemencia?

--Sí, así se llama mi madre.

El hombre se turbó, no supo decirme lo que pagaba de renta a mi abuela, y murmuró:

--Dígale usted a su madre que me diga lo que tengo que pagar al año por la casa, y si puedo me quedaré en ella.

Yo le indiqué repetidas veces que no, que siguiera pagando como hasta entonces; pero no le pude convencer.

De cuando en cuando la muchacha rubia se asomaba a la puerta y me miraba con sus ojos azules obscuros, con una expresión de temor y desconfianza, como si tuviera miedo de que yo le hiciera algún daño a su padre.

Me levanté molestado del aire de suspicacia de toda aquella gente, y, saludando a los tres con frialdad, me volví a Lúzaro.

[Ilustración]

VII

EL RECADO

Una tarde de diciembre, al volver de la relojería, ya obscurecido, un chiquillo me detuvo y me entregó una carta. ¿Quién podía escribirme? Examiné el sobre a la luz de un farol. Era letra de mujer. Con gran curiosidad leí la carta, que decía así:

«Al capitán don Santiago de Andía.

Mi padre, que se encuentra enfermo, le suplica encarecidamente a usted que venga a verle lo más pronto posible; si puede, esta misma noche. Tiene que hablarle a usted de asuntos importantes. Si se decide a salir por la noche, a la salida del pueblo, en la herrería de Aspillaga, le esperará un amigo con un caballo.

_Mary A. Sandow_.

Bisusalde: Playa de las Ánimas.»

Al entrar en casa enseñé la carta a mi madre, que se quedó también asombrada. Como sentía gran curiosidad, quise marcharme en seguida; pero mi madre me obligó a sentarme a cenar. Cené rápidamente, y, envuelto en el capote, tomé el camino hacia la herrería de Aspillaga.

Allí se encontraba Allen, el viejo hortelano de Bisusalde. Le dirigí algunas preguntas acerca del capitán; me contestó con monosílabos, y, en vista de que no manifestaba muchas ganas de hablar, enmudecí.

El caballo tomó un trotecillo no muy cómodo, y por la carretera, húmeda, llegamos en una hora a la playa de las Ánimas.

El viento silbaba y gemía con alaridos violentos; el mar bramaba en la playa y la resaca debía de ser furiosa.

Nos acercamos al caserío. No hubo necesidad de llamar; la puerta se hallaba abierta y en el umbral se encontraban la hija del inglés en compañía de una muchacha morena, desgarbada, con los pies desnudos.

La hija del capitán tenía los ojos como de haber llorado.

--¡Cuánto ha tardado usted!--me dijo.

--No he podido venir antes.

--Vamos a ver a mi padre.

Dimos vuelta a la esquina de la casa, y, por una escalera que había a un lado, subimos al piso principal. El capitán se hallaba en un sillón, envuelto en un capote azul, viejo y raído, con los ojos cerrados.

Al oír mis pasos se incorporó y murmuró con voz apagada:

--Mary, trae una silla.

Cogí yo la silla y me senté. ¿Qué podía querer aquel hombre de mí? ¿Qué relación podía haber entre nosotros dos?

La muchacha dió a beber al viejo un poco de café, y yo pude contemplar al padre y a la hija. Era él un hombre escuálido, de unos sesenta años; la barba, blanca, recortada y en punta; los ojos, pequeños, grises y vivos, debajo de unas cejas largas y amarillentas; la nariz, aguileña.

La muchacha tendría quince o diez y seis años; era delgada, esbelta, con las mejillas doradas por el sol; los ojos brillantes, obscuros; el pelo rubio, de fuego, y la expresión entre asustada y salvaje.

En las paredes del cuartucho había unos mapas, un barómetro, un reloj de barco y una brújula; se notaba que era la casa de un marino.

Afuera, el viento silbaba con furia, haciendo retemblar puertas y ventanas.

El capitán, después de tomar el café, pareció reanimarse; me miró con atención, esperó a que su hija saliera y me dijo rápidamente:

--Yo soy Juan de Aguirre, el marino, el hermano de su madre de usted, el que desapareció.

--¡Usted es Juan de Aguirre!

--Sí.

--¿Mi tío?

--El mismo.

--¡Y por qué no habérmelo dicho antes!

El viejo me miró con cierta sorpresa. Sin duda no esperaba mi pregunta, ni mi rápido asentimiento a sus palabras. Luego, dijo:

--Creí que tu madre y tú me hubierais considerado como un impostor... Mi estado civil no está claro, no podría fácilmente identificar mi personalidad.

--¿Y qué?

--Se hubiera averiguado de dónde venía y tu madre hubiera tenido un disgusto... Tu abuela sabía que yo estaba aquí.

--Yo también sospechaba que usted vivía.

--¿Sí?

--Sí. Un tal Iriberri, capitán de barco, me dijo dónde debía usted de estar.

--Iriberri, Francisco Iriberri, que mandaba el _Fénix_, un barco negrero... Sí, lo recuerdo... Dejemos eso, si quieres... He sido un hombre desgraciado, no criminal; puedes creerlo. Ligero, imprudente, violento; pero no malo. Antes de que se me nuble la inteligencia por completo, tengo que hacerte dos encargos: uno, que entregues este sobre a Juan Machín, el minero. Entrégaselo un año después de mi muerte, o antes, si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro. El otro encargo es que protejas en lo que puedas a mi hija, que va a quedar desamparada. ¿Has comprendido?

--Sí.

--¿Tienes inconveniente en jurar que cumplirás mis encargos?

--Ninguno.

--Pues bien. ¿Juras que reconocerás como pariente a mi hija María de Aguirre, siempre, digan lo que digan, y que la favorecerás con todos tus medios?

--Sí, lo juro.

--¿Juras que entregarás esta carta a Juan Machín, el minero, dentro de un año o antes si las circunstancias te obligan a abandonar Lúzaro?

--Lo juro.

--¡Oh, gracias; gracias! No es que pudiera dudar de una simple promesa tuya, pero así estoy más tranquilo. Toma el sobre. Guárdalo.

Yo guardé el sobre en el bolsillo interior de la americana.

--¿Quiere usted algo más?--le pregunté.

--No, nada más. ¿Cómo te llamas, sobrino?

--Santiago.

--¡Ah! _Shanti_. Así se llamaba también mi padre. Haz el favor de decir a mi hija que venga.

Llamé, y se presentó la muchacha rubia, ¡mi prima! Tenía los cabellos despeinados por el viento, la ropa mojada por la lluvia; en sus ojos se leía una decisión huraña y melancólica, que me sorprendió.

--Ven, Mary--dijo el viejo capitán--. Da la mano a este caballero. Es primo hermano tuyo. Será para ti un amigo, un defensor cuando yo falte.

La muchacha sollozó al oír esto.

--Dale la mano--siguió diciendo mi tío--; tiene la cara franca, y aunque no le conozco apenas, creo que puedes fiarte de él.

--Sí, yo también lo creo--dije yo.

La muchacha miraba a su padre y me miraba a mí con honda amargura. Alargó su mano, pequeña y callosa, que estreché un momento en la mía.

--Bueno--murmuró el viejo--, no quiero retenerte más, Shanti. ¡Adiós!--y me tendió los brazos y me estrechó en ellos débilmente. Salí del cuarto y bajé con Mary al raso del caserío.

--Si puedo servir a usted en algo, dígamelo usted--advertí a mi prima.

--Hoy no necesito nada. Cuando necesite...

--Entonces, hábleme usted sin ningún reparo.

--Así lo haré. ¡Muchas gracias!

--Adiós, Mary.

--Adiós.

En la puerta de la tapia me esperaba Allen con el caballo. Lo sostuvo de la brida para que yo pudiese montar, y me dijo:

--No necesitará usted guía, ¿eh?

--No.

--El caballo sabe el camino; le dejará a usted en la herrería de Aspillaga.

--Muy bien.

La noche había aclarado; la luna, en creciente, aparecía envuelta en nubes, y su luz alumbraba con vaguedad el mar. El viento bramaba furioso. Círculos de espuma fosforescente brillaban sobre las olas.

Como me había dicho Allen, el caballo sabía el camino y tuve que refrenarlo para que no partiera al galope. Llegué rápidamente a la herrería, y de allí, a pie, volví a mi casa.

No sabía qué decir a mi madre; quizá le iba a producir una gran emoción hablándole de que su hermano vivía a poca distancia de ella, enfermo, casi moribundo.

Cuando entré en mi cuarto, mi madre, aún despierta, me preguntó desde la cama:

--¿Te ha ocurrido algo?

--No, nada.

--¿Te has mojado?

--No.

--¿Pasa algo importante?

--No; mañana te lo diré.

Guardé en el cajón de la mesa, bajo llave, la carta que me había dado mi tío para Machín; luego me acosté; pero por más que quise dormir, no pude conseguirlo.

Al día siguiente conté a mi madre la escena de la noche anterior en Bisusalde, y no sé si dudó de la veracidad de lo dicho por su presunto hermano, o si creyó que querría quitarnos parte de la herencia; el caso fué que mi madre no se conmovió tanto como yo creía, y hasta se me figuró que le pareció mal que yo me comprometiese a ayudar a mi prima.

Después he visto claramente que las madres lo reconcentran todo en el interés de los hijos y desconfían de lo que puede perjudicarles.

Yo no dudaba: tenía la evidencia de que el viejo era Juan de Aguirre y de que Mary era mi prima.

[Ilustración]

VIII

URBISTONDO Y SU FAMILIA

Durante algún tiempo fuí casi todos los días a la casa de la playa. Mi tío marchaba cada vez peor. El médico vaticinaba el final para un breve plazo.

Varias veces pregunté a Mary si tenía algún proyecto para el porvenir. Ella me dijo que podría dar lecciones de inglés a los muchachos de Elguea y seguir viviendo allá; pero yo le advertí que esto era imposible.

--¿Por qué?

--Porque no, criatura. ¿Cómo le van a tener respeto muchachos de su misma edad o mayores que usted? No puede ser.

--¿Y si les enseño el inglés tan bien como otro profesor?

--Aunque así sea. No iría nadie, o, mejor dicho, irían muchos; pero no a aprender el inglés, sino a hacerle a usted el amor.

Ella quedó pensativa.

--¿Y si me pusiera a coser y a hacer trajes para las señoras?

--¿Pero sabe usted algo de eso?

--No, pero aprenderé.

--Quizá fuera práctico.

Yo le ofrecí pagarle todo lo que necesitara, aunque dudaba mucho del éxito. El mismo día escribió a Bayona y a París pidiendo catálogos y periódicos de modas.

Mi madre, que desde el principio que le hablé de Mary sintió por ella antipatía, se informó, y obtuvo malos informes; según le dijo una mujer de Izarte, la chica llevaba una vida salvaje, corría por las peñas, andaba tirando piedras, y muchas veces había ido con la hija del torrero, una muchacha igualmente salvaje, a pescar calamares.

Yo intenté convencer a mi madre de que Mary no tenía edad para reflexionar; si había ido a pescar calamares con la hija del torrero, probablemente no sería por capricho, sino más bien por necesidad. Mi madre no se convenció, y me dió a entender que, si la chica se quedaba huérfana, no estaba dispuesta a recogerla.

--¿Aunque se pruebe que es tu sobrina?

--Si se prueba eso, la llevaremos a un colegio.

Unos días después de esta conversación encontré a Mary en su casa, con la hija del torrero, la muchacha amiga suya, con la que iba a pescar detrás del Izarra.

Esta muchacha se llamaba Genoveva; pero todo el mundo la decía _Quenoveva_, y ella estaba convencida de que así se pronunciaba su nombre.

Quenoveva me fué muy simpática. Era fuerte, valiente, tímida, tostada por el sol y por el aire del mar, con las cejas un poco juntas. Aquel día estaba vestida de fiesta: llevaba una blusa clara, una falda azul, medias rojas y alpargatas blancas.

Cualquier cosa la confundía y la turbaba. Me pareció ser una excelente amiga para Mary y que la tenía mucho afecto.

Mary me dijo que ellas iban al faro.

--Si quieren ustedes, las acompañaré.

--Bueno.

Pasamos los tres por el arenal y salimos a la punta del Faro. Me chocó que Mary hablase el vascuence tan bien. Parecía una aldeana que no hubiese salido del pueblo. Nos acercamos a la casa del torrero; de pronto Quenoveva comenzó a gritar como un hombre, y corrió a la barandilla del faro, donde había visto a uno de sus hermanos inclinado hacia afuera.

Mary me miró, para ver, sin duda, el efecto que me hacían los exabruptos de su amiga.

La casa del torrero y el faro formaban un solo edificio, asentado sobre una plataforma cortada en las rocas. Bajamos a la vivienda por una escalera estrecha y entramos por un corredor con puertas a los lados. Una porción de chiquillos, que andaban chillando y riñendo, se nos acercaron.

El torrero era viudo, y Quenoveva dirigía a sus ocho hermanos como a un rebaño, a fuerza de gritos furiosos.

Quenoveva nos pasó a Mary y a mí al despacho del torrero, lo mejor de la casa, y cerró la puerta para que la prole de chicos y chicas no se nos amontonara encima.

--¡Un señorito!--decían aquellos pequeños salvajes, con una curiosidad inmensa.

Mary abrió la puerta y trajo en brazos a un chiquitín, que al verse preso y en presencia mía empezó a llorar y patear, con tal rabia, que tuvo que dejarlo.

--El torrero tarda--le dije yo a Mary.

--Como está cojo...

--¡Ah! ¿Es cojo?

--Sí.

Esperamos en el despacho. En la pared había un mapamundi, el plano del faro, en papel azul, clavado con tachuelas; un cronómetro y un barómetro. Sobre la mesa se veía un barquito que, sin duda, el torrero estaba tallando con un cortaplumas.

Se oyó poco después en el pasillo el ruido de una pierna de palo, y entró el torrero, Juan Urbistondo. Urbistondo era un tipo extraordinario, un viejo lobo de mar.

Tendría cerca de sesenta años, la cara curtida, la expresión simpática, la nariz roja, que brillaba entre la barba, inculta, como una rosa entre el follaje. Hablamos largo rato, y yo quedé verdaderamente asombrado. Era un hombre de una fe tan absurda en sí mismo y en sus fuerzas, que se sentía capaz de emprenderlo todo. Ni la más ligera duda ni la más pequeña desconfianza enturbiaba su convencimiento. A esta confianza unía una sencillez y una falta tan absoluta de malicia, que le dejaban a uno perplejo. Sólo el mar puede producir tipos semejantes.

El faro de las Ánimas era de última clase; alguna persona de influencia de Elguea había conseguido que le llevaran allí a Urbistondo; pero éste creía que el mundo entero dependía de su linterna. Le parecía también un asunto trascendental y complicadísimo encender la lámpara de petróleo y ponerle la chimenea.

Urbistondo subía las escaleras de caracol de la torre, convencido de su sacerdocio, de la trascendencia de su misión. También le parecía una ciencia profunda y hermética la de conocer las indicaciones del barómetro y del termómetro. Él poseía, por encima de todos los barómetros del mundo, su pierna. Me explicó cómo se la amputaron, a consecuencia de haberle destrozado el pie una barrica, y no supe si horrorizarme o reírme cuando contaba que al operarle, como el muñón que le quedaba se le gangrenaba, le tuvieron que cortar la pierna dos o tres veces en rodajas, como si fuera una merluza.

Al día siguiente, en la relojería, me enteré de la vida del torrero y de su gran odio.

Urbistondo había sido capitán, durante mucho tiempo, de un paquebot de la carrera Bilbao-Liverpool. La casa armadora, a la que le quedaban algunos barcos de vela viejos, los reemplazó por barcos de vapor.

Urbistondo no creía en el vapor; le parecía que gastar carbón, pudiendo navegar a vela, era una estupidez, y cuando veía que soplaba un buen viento, creyendo hacer un obsequio a la Compañía, mandaba apagar los fuegos, largaba las velas y se lanzaba a navegar como Dios manda. La Compañía recomendó a Urbistondo que no se metiese a favorecerla; pero el capitán, con aquella admirable confianza que tenía en sus facultades intelectuales, no hizo caso. Creía deber suyo no perjudicar a nadie, y el director de la casa lo sacó del barco y lo llevó al almacén, donde le ocurrió el percance de la pierna.

El torrero tenía muy poco sueldo para alimentar nueve hijos, y los dos mayores trabajaban en el pueblo como aprendices. Urbistondo pescaba desde el faro con un aparejo que le habían regalado, y vendía su pesca; la Quenoveva también era pescadora; iba con alguno de sus hermanos, en lancha, a coger calamares.

La familia era muy graciosa y simpática; el viejo Urbistondo nos enseñó la casa; luego me llevó a la torre. Me preguntó allí, confidencialmente, cómo estaba el padre de Mary, y al decirle que no andaba bien y que no sabía qué iba a ser de aquella muchacha, me dijo:

--¡Eh!, cuidado, compañero. Si Mary tiene que salir de Bisusalde, que venga aquí. Esta casa, como si fuera suya. Se le dejará un cuarto para ella, y Quenoveva la atenderá.

--Pero, hombre, Urbistondo, usted tiene mucha gente.

--Nada, Shanti. No hay más que hablar. Que venga aquí.

Yo le di las gracias a este hombre, de una generosidad tan absurda, que con poco sueldo y nueve hijos todavía quería cargarse con una persona más, y, al ver su insistencia, accedí; el faro podría ser un buen recurso para Mary, al menos al principio.

Nos despedimos del torrero, acompañé a mi prima a casa y volví a Lúzaro.

IX

EL DEVOCIONARIO DE ALLEN

La enfermedad de mi tío Aguirre seguía aproximándose al desenlace. Se acercaba para mí el día de la marcha; el tiempo de licencia concluía; de Cádiz me mandaban recados urgentes. Aquello de pasarme cuatro o cinco años seguidos en el mar, me parecía muy duro.

Mi madre se lamentaba al mismo tiempo de que tuviese que ir y de que perdiese una plaza tan buena.

No sabía a quién dirigirme, y se me ocurrió, medio en serio, medio en broma, ir a consultar a Quenoveva. Una mañana me acerqué al faro de las Ánimas. Al asomarme a la plataforma vi a uno de los chicos del torrero y le pregunté:

--¿Está tu hermana?

--¿Quién, Quenoveva?

--Sí.

--Aquí está.

Bajé, y me encontré a la muchacha, despeinada, con las piernas desnudas, envuelta en una falda hecha jirones. Estaba lavando. Al verme, se levantó avergonzada; yo la tranquilicé y le expliqué a lo que iba. Le dije que la derrota de mi barco era tan larga, que tendría que estar dos o tres años sin venir a Lúzaro y sin ver a Mary. No me gustaba dejar a la muchacha sola, y a ella, que era su amiga, le pedía consejo, le preguntaba qué debía hacer.

Quenoveva me escuchó con gran atención para no perder palabra.

Era partidaria de que dejara esta derrota larga y me embarcara en algún vapor de la travesía Bilbao-Liverpool. Su padre podría escribir al director de la Compañía donde antes había navegado.

Me pareció un buen consejo, y hablé a Urbistondo para que escribiera inmediatamente. El hombre quedó muy satisfecho de poder demostrar su influencia.

Avisé a Cádiz, diciendo que me encontraba enfermo y que abandonaba mi cargo de capitán de la fragata, y esperé los acontecimientos. Mi madre encontraba que dejar la derrota de Cádiz a Filipinas para ir a Liverpool era bajar de categoría; pero a mí no me han preocupado gran cosa las categorías.

[Ilustración]

A principios de febrero, una mañana, Mary me mandó un recado urgente diciéndome que fuera a Bisusalde lo más pronto posible. Me vestí, tomé el caballo de Aspillaga y, al trote, me fuí a la casa de la playa. Mi tío Juan había muerto.

En la casa estaban Mary, el criado viejo, Quenoveva y Urbistondo. Me enteré de lo que se necesitaba. Había que mandar construir un ataúd en Lúzaro. El entierro lo harían al día siguiente en Izarte.

Enviamos a un hombre a que encargara el ataúd al carpintero, y Urbistondo y yo nos quedamos en la casa.

Me sorprendió bastante ver al médico de Elguea, que allí mismo sobre la mesa extendió la partida de defunción del muerto, a nombre de Tristán Ugarte, de profesión marino.

Me chocó, pero no dije nada. Por la noche velamos el cadáver Urbistondo, el criado y yo, y por la mañana lo enterramos en el pequeño cementerio de la aldea.

Al día siguiente Mary fué a instalarse al faro, y Allen, el criado viejo, marchó a vivir a la venta de Izarte.

Unos días después, Allen se presentó en mi casa con una pretensión extraña. Traía un devocionario en la mano.

--Su tío de usted y yo--me dijo con mucho misterio--sabíamos dónde hay un tesoro escondido.

--¡Hombre!--exclamé yo.

--Sí. Está en la costa de África, y en este libro viene la indicación.

--¿En el devocionario?

--Sí.

--¿Y qué quiere usted que yo haga?

--Primero leer lo que dice en el libro; después, si usted quiere, puede asociarse a mí.

--Respecto a leer, no tengo inconveniente. Lo que no me explico es por qué no lo lee usted.

--Es que la indicación está en vascuence, y no comprendo bien el sentido.

--Bueno, vamos a verlo.

Tomé el devocionario, escrito en inglés, y vi que varias letras estaban marcadas con lápiz.

--Hay que unir todas las letras señaladas--me dijo el viejo.

Tomé un papel, fuí uniendo las letras y apareció al final esta serie de palabras en vascuence:

Nun ibayean, costatic urruti amabost milla, N. zazpi O. Gaztelu zarra. Elefantearen beguitic beiratuaz bi arrien tartean, arri sorrotzaren arquitzendanari milla baten erdi ibayaren ondoan. Iraillareco ogueitazazpi garren egunean arratzaldeco lau orduaren itzalean.

Lo que, traducido literalmente, quería decir:

A quince millas de la costa, en el río Nun, Norte 7 grados Oeste. Castillo viejo. Visual del ojo del elefante entre dos piedras a la peña afilada que hay a media milla cerca del río. En la sombra de las cuatro de la tarde del día 27 de Septiembre.

Le di la traducción a Allen, quien me preguntó:

--¿Usted quiere venir conmigo?

--¿Adónde?

--Al África, por el tesoro escondido.

--Hombre, yo no puedo, no tengo medios...

No quise decirle que me parecía una fantasía absurda esta historia del tesoro.

--¿De manera que usted me cede sus derechos?

--En absoluto.

--Está bien.

Allen se despidió de mí, y pocos días más tarde desapareció del pueblo.

X

LA CUEVA DE LA SERPIENTE

Una semana después, mi prima me comunicó su pensamiento de trasladarse a Lúzaro.

Volví a insistir con mi madre para que recogiese a la huérfana, pero ella se negó en redondo. No creía que fuera su sobrina, sino la hija de un aventurero; sabe Dios de quién.

Entonces fuí a ver a Cashilda, la mujer de Recalde, e hice un convenio con ella de pagarle un tanto por tener en su casa a Mary, siempre que la muchacha se portara bien.

De Bilbao habían contestado a Urbistondo aceptando mi ofrecimiento. Iba a tener barco que mandar.

Fuí a buscar a Mary para traerla a Lúzaro y presentarla en casa de la mujer de Recalde. Era el día de Nochebuena. Llevaba en un estuchito forrado de raso un anillo de oro con unas perlas para Quenoveva, que me había costado ocho duros, y en un paquete unos juguetes para los chicos de Urbistondo.

Quenoveva palideció y se ruborizó de alegría al recibir la sortija; respecto a los juguetes, Urbistondo opinó que para el primer día bastaba con que los chicos los vieran únicamente; si no, los iban a romper.

Me despedí de Urbistondo y de su familia, y Mary y yo nos dirigimos a Lúzaro por el Izarra. Ella marchaba al mismo paso que yo, con una agilidad de campesina; en sus miradas se expresaba alternativamente la timidez, la audacia y el enfado. El día estaba gris, el mar lleno de bruma; el viento silbaba entre los árboles, agitando las hojas rojizas de las hayas que aún quedaban en las ramas y las copas negruzcas de los pinos. Grandes gotas de agua sonaban en la hojarasca seca.

Mary estaba enfurruñada.

--¿Qué le pasa a usted?--la dije.

--Nada.

--No, algo le pasa. ¿Está usted incomodada conmigo?

--Sí.

--¿Por qué?

--¡A mí no me ha traído usted anillo!--me dijo, dolorida.

--No importa; le compraré otro más bonito.

--No, no; yo lo quiero igual que el de Quenoveva.