Las Furias

Part 9

Chapter 94,053 wordsPublic domain

--No lo sé. Yo no conozco a fondo Barcelona para saberlo. La autoridad tiene también culpa en ello.

--¡La autoridad!

--Sí. Es indudable que el general Pastors ha pedido repetidas veces que trasladasen a O'Donnell y a los prisioneros carlistas más significados a otra parte, y el general Alvarez no ha querido consentir.

--¿Se iba a trasladarles sólo a ellos porque eran personas de calidad? ¡Qué hubiera dicho la gente!

Yo no repliqué. Se oían desde los balcones del Palacio los tiros que sonaban en la Ciudadela.

Doña Juanita iba y venía intranquila y nerviosa. Me contó lo que había ocurrido y estaba ocurriendo en la junta que se celebraba en Palacio, con asistencia de los comandantes de la Guardia nacional. Estos, tomando la palabra, dijeron con claridad que ellos estaban identificados con los sentimientos del pueblo, y que creían justas las represalias contra los prisioneros de la Ciudadela por las matanzas hechas por los carlistas en Balaguer y en el Santuario del Hort.

La señora de Mina rogó varias veces al general Alvarez que se consignase la opinión expresada por los comandantes de los batallones en el acta de la reunión. A las nueve de la noche, después de la matanza, se presentaron varios pelotones de nacionales en la puerta de la Ciudadela; llamaron, mandó abrir Pastors y entraron, batiendo marcha, hasta la Plaza de armas. A uno de los oficiales le preguntó Pastors violentamente.

--¿Qué significa esto, a qué viene esta fuerza?

--Esta fuerza viene a enterarse de si han sido o no ejecutados los malvados prisioneros carlistas que se hallaban aquí.

Una hora después, el segundo batallón de nacionales, con su coronel a la cabeza, llegó también a la Ciudadela; y convencidos todos de que las ejecuciones se habían verificado, quedó la mitad en el puente de piedra y el resto entró en la plaza, cooperando con algunos lanceros y con la tropa a desalojar los fosos y las murallas, lo que se consiguió muy entrada la noche, cerca de las once.

Terminado ya todo en la Ciudadela, corrió Pastors a Palacio, completamente desolado, a participar a Alvarez lo ocurrido, y lo halló muy sonriente rodeado de las autoridades y jefes de los batallones de línea y de la Guardia nacional.

Discutían todos el modo de contener los excesos, no terminados aún, puesto que según se dijo las matanzas seguían en las Atarazanas, en la torre de Canaletas y en el Hospital.

Por lo que supimos después, el jefe de las Atarazanas, el brigadier Ayerve, puesto al servicio de los sublevados, fué llamando a los presos por sus nombres y entregándolos a las turbas para que los matasen.

Alvarez no disimulaba la indiferencia y en parte la satisfacción que le habían producido las matanzas.

Próximamente a media noche, Pastors y Alvarez tuvieron una entrevista con las autoridades militares y civiles de Barcelona, y preguntaron a todos con energía si se hallaban o no resueltos a impedir la continuación de estos sangrientos desórdenes. Dijeron todos que sí, y los comandantes de la Guardia nacional aseguraron que se contendrían los excesos, e insistieron en que si se había dejado que fuesen fusilados los prisioneros facciosos era por ser esta la voluntad general.

LOS ISABELINOS

Después de las doce de la noche marché yo de la Capitanía general a mi casa, y tuvimos allí los isabelinos una reunión. Se discutió lo que había que hacer el día siguiente.

Había algunos que decían que debíamos habernos apoderado de la Ciudadela, cosa fácil durante el tumulto; otros creían que de aquel motín sangriento no debía salir la proclamación de la Constitución. Yo era partidario de esperar, de dejar un espacio de una semana o dos para que la proclamación de la Constitución no pareciese una segunda parte de la matanza. Hubo largas discusiones y, por último, quedamos de acuerdo en que al día siguiente se pronunciasen los batallones de la Milicia.

El capitán del batallón de La Blusa don Pedro Mata nos dijo que había unanimidad entre los milicianos, y que todos querían que se proclamase la Constitución cuanto antes.

Rendido de cansancio, me acosté y dormí hasta muy entrada la mañana; al día siguiente supe que grupos numerosos, sostenidos por fuerzas de la Milicia, aclamaron la Constitución de 1812 y pusieron un gran letrero, custodiados por dos centinelas, en el pórtico de la Lonja.

EL DÍA 5

Para despistar, me presenté después de comer en Palacio, ante el general Alvarez, y le encontré rodeado de su Estado Mayor, lleno de zozobra y de temores. Alvarez, llevándome a uno de los balcones del salón y creyéndome sin duda jefe del movimiento, me dijo:

--Aviraneta, tengo la mayor confianza en usted porque me constan sus antecedentes; dígame francamente, ¿hay alguna prevención en el pueblo contra mí? ¿Se quiere atentar contra mi vida? Porque en ese caso voy a renunciar inmediatamente al mando.

--No hay ninguna prevención contra usted--le respondí--; en mi concepto, los tiros se dirigen contra el general Mina.

--¡Contra Mina! ¿Y por qué?

--La cosa es clara. Los liberales de aquí y los isabelinos quieren la Constitución, y Mina no la quiere. Es decir, la quiere, pero cuando a él le parezca.

--¿Y usted no cree que haya algo contra mí?

--Nada. Contra usted no va nadie.

--¿Usted qué haría?

--Yo, en el caso de usted y siendo don Antonio María Alvarez, le avisaría a Mina y le diría: Se ha proclamado la Constitución. Venga usted cuanto antes. Ahora, si yo fuera el gobernador de la ciudad y Aviraneta, proclamaría la República y me nombraría presidente.

Al mismo tiempo Feliú de la Peña aconsejaba a Alvarez medidas violentas.

--Nada, saque usted la tropa; es preciso atacar y ametrallar a esos infames.

Alvarez volvió a consultarme a mí completamente azorado, y yo intenté convencerle de que no debía seguir los sanguinarios consejos de Feliú de la Peña; Alvarez se lamentaba conmigo, en presencia del mismo Feliú, diciendo que le habían abandonado las autoridades de una manera indigna. Varias veces me dijo:

--¿Qué me aconseja usted, Aviraneta? ¿Qué cree usted, que podría sosegar al pueblo?

--Yo, como usted, reuniría los colegios gremiales, ya que no tiene usted Ayuntamiento ni ninguna autoridad civil que le auxilie.

El intendente Escobedo y el oficial Esain, que estaban allá, dijeron al general que creían que el consejo que yo le daba era lo mejor que se podía hacer en aquel momento.

Yo continué en Palacio acompañando al general Alvarez, a la señora de Mina y a don Pedro Gil. A medida que pasaba la tarde, el azoramiento del general Alvarez se iba disipando, y al comenzar la noche ya galleaba, se manifestaba jacarandoso y hacía chistes. Al retirarme, a las once y media, a casa, supe que el movimiento liberal intentado por mis amigos había fracasado por completo. El brigadier Ayerve mandó quitar el letrero puesto en la Lonja, en que se vitoreaba a la Constitución, y dispersó a los nacionales.

Me dijeron también que el capitán don Pedro Mata había arengado elocuentemente al batallón de La Blusa para volverle a la disciplina. ¡Mata, que el día anterior recomendaba la urgencia del movimiento! Entonces yo pensé si la cabeza de estos hombres del Mediterráneo sería como esos caracoles grandes, que suenan mucho y no dicen nada.

Por lo que me contaron, el vecindario de Barcelona había acogido la proclamación de la Constitución con gran entusiasmo; se habían adornado los balcones y las tiendas, y no había habido ningún tumulto ni ningún desorden. Sólo empezó la consternación y el pánico cuando los lanceros comenzaron a recorrer el pueblo, atropellando a todo el mundo. Los isabelinos, despechados, silbaron y gritaron: ¡Muera Madoz! ¡Muera Llinás!, delante de sus respectivas casas.

Mina dijo después, reconociendo que el movimiento constitucional no tenía relación alguna con la matanza del día anterior, que los que provocamos este movimiento no tuvimos valor para salir a la calle y ponernos al frente de él.

Yo, al menos, no me presenté por muchas razones: primera, porque el ponerse al frente parecía indicar el hacerse solidario y hasta el director de las matanzas del día 4; después, porque a mí no me conocía nadie en Barcelona.

Mina y los jefes militares reconocieron que no había relación alguna entre los dos movimientos. Los inspiradores de la matanza, los del Club Unitario, Xaudaró, Alvarez, Feliú de la Peña, se quedaron tranquilamente en Barcelona; en cambio, los que teníamos alguna relación con el movimiento constitucional fuimos proscritos. Los asesinos quedaron impunes; los liberales, castigados. Pareció un crimen mayor querer restaurar la Constitución que el degollar más de cien hombres. Sin embargo, y esta es la ironía de las cosas, unos meses después el sargento García y otros que proclamaban la Constitución en la Granja eran premiados.

PRESO

A las doce y media me metí en la cama; y acababa de dormirme cuando entró la policía con fuerza armada en mi alcoba; me mandó vestir, nos dirigimos al puerto y fuí conducido con otras personas al navío inglés _Rodney_.

Yo estaba sorprendido, de buena fe. ¿Qué diablo habrá pasado?, me preguntaba. Y analizaba todo lo que había hecho desde mi salida de Madrid y no encontraba el motivo.

EL «RODNEY»

Al amanecer del día 6 de enero de 1836 nos encontramos en el buque inglés, vigilados por una escolta española, varios presos de distintas condiciones y clase social. Algunos no nos conocíamos; otros se consideraban como enemigos; entre los conocidos míos estaban Bertrán Soler, el coronel don José Montero, que había intervenido para ver de salvar a los presos de la Ciudadela, y don Francisco Raull, con quien había hablado un par de veces. Estaban, además de éstos, Gironella, un peluquero, un cafetero, un sastre, un chico joven, de edad de catorce años, aprendiz de pintor, y un cómico. Al llegar al barco, yo le escribí una carta a la señora de Mina, rodeado de marineros y sobre un cañón. La carta decía así:

UNA CARTA A LA SEÑORA DE MINA

«Señora doña Juana María Vega de Mina:

»Navío _Rodney_, 6, enero, 1836. (Al amanecer.)

»Mi estimada amiga: Usted no debe ignorar que estoy en este navío, habiéndome conducido a él la fuerza armada, que me sacó de mi cama a las dos de la madrugada como si fuera un facineroso. Yo estaba firmemente convencido de que usted pensaba que yo era incapaz de faltar a la sincera amistad que me une a su esposo, y que el asegurarla anteayer que yo no tenía arte ni parte en los últimos acontecimientos, bastaba; pero veo lo contrario. Veo que me ha tenido, y acaso me tiene, por un hombre falso y doble. Ya se ha dado la campanada. Mi honor está comprometido, y hoy exijo del señor Alvarez que se me forme causa, estando pronto a pasar a la cárcel o castillo que se me designe.

»Suplico a usted le hable al general para que así se decrete, y lo antes posible.

»Soy de usted atento y seguro servidor y amigo, que besa su pies,

_Eugenio de Aviraneta_.»

CARTA A MINA

Le escribí después al general Alvarez, que no me contestó, y al día siguiente, al saber que había llegado Mina, le mandé esta carta:

«Navío _Rodney_, 7 de enero de 1836.

»Mi estimado amigo: A Aviraneta le tiene usted preso, y no le hago más comentarios... Usted sabe que soy caballero, incapaz de mentir; si hubiese conspirado, no lo negaría; me gloriaría de decirlo, como lo hice en la causa del 24 de julio; yo no soy hombre pérfido ni de dos caras. Aviraneta no se asocia con asesinos, y menos para matar hombres inermes. Las autoridades, que a sangre fría toleraron tanta atrocidad, son más criminales que los mismos asesinos.

»¡Una Ciudadela de primer orden y bien guardada, tomada impunemente y sin resistencia por un populacho cobarde! Y a los que acaudillaron esas vísperas sicilianas y entregaron las llaves de la fortaleza a la plebe furibunda se les deja impunes. Con mi proscripción se cubre el expediente. En país extranjero escribiré los anales de tanta infamia. Usted sabe quién soy y de lo que soy capaz: el mejor amigo y el peor de los enemigos; no le digo a usted más.

»La infamia que se ha cometido conmigo ha privado a usted de recursos poderosos que estaban en mis manos para desentrañar las maquinaciones de la facción y la intriga extranjera.

»No quiero nada de esta patria ingrata: pido a usted dos cosas con urgencia. O que se me forme causa inmediatamente, o que se me dé pasaporte para Inglaterra, en donde escribiré y moriré con gloria. No quiero gracia ni libertad de usted ni de nadie. Suplico la brevedad, porque estoy con poco dinero.

»Póngame a los pies de doña Juanita, y con expresiones al señor Esain, y no al tuerto, que es más falso que mula de alquiler. Soy siempre su verdadero amigo,

»_Eugenio de Aviraneta_».

NUESTRAS MANIOBRAS

Mina no me contestó, pero me contestó su mujer diciéndome que su marido no podía mezclarse como autoridad en un asunto que no había presenciado.

En vista de esto, Bertrán Soler y yo escribimos una nota dirigida al comandante del _Rodney_ acogiéndonos al pabellón inglés.

El comandante Flide Pasker nos contestó que esto no era posible; que el general don Antonio Alvarez le había manifestado que siendo necesario para la tranquilidad de Barcelona el que nosotros fuéramos extrañados de la ciudad, le había rogado que nos acogiera en su barco, y que lo había hecho así con este motivo. Protestamos de nuevo y nos dirigimos por carta al cónsul inglés de Barcelona, sir James Annesley, para que nos diera pasaporte para Inglaterra; pero el cónsul nos dijo que no podía darlo mas que a los ciudadanos ingleses.

Vivíamos en el barco sometidos al mismo régimen que los soldados y marineros. Teníamos una guardia y dormíamos en el sollado y en la bodega. No teníamos cama y comíamos rancho.

Varios días después fuimos trasbordados en el buque de un ex negrero amigo de Mina y de don Pedro Gil y de los que formaban el Club Unitario a la fragata inglesa _Artemisa_, que se puso en franquía con rumbo hacia Gibraltar.

Lo que me sucedió allá lo ha contado un biógrafo mío, Villergas, con más o menos exageración. Te lo leeré:

«Deportado a Canarias por un golpe de arbitrariedad del general Mina, en quien se observaron algunos arranques bruscos en nombre de la Libertad y de la Ley, urdió una conspiración en el buque mismo que le conducía, indisponiendo a los marineros con la tropa que le custodiaba. Cuando estuvo seguro del triunfo hizo partícipe de su plan a uno de sus compañeros de infortunio, el cual, para evitar una catástrofe, dió cuenta de todo al jefe mismo de la tropa, no sin haber obtenido antes el consentimiento mismo de Aviraneta. ¡Tan seguro estaba de los resultados! Es de advertir que Aviraneta urdió este complot persuadido de que el jefe de la escolta tenía orden reservada de pasarle por las armas al llegar a cierta altura; y así que dijo a sus compañeros que con tal que el jefe le asegurase, bajo su palabra de honor, que su vida y la de los demás deportados no corría peligro ninguno, desistiría de su propósito, pero que de otra suerte era inevitable su ruina y la de todos los que le obedeciesen, si es que hubiese alguno. Apenas tuvo conocimiento de la trama quiso el jefe castigarla en su autor, pero la disposición en que halló los ánimos le reveló su impotencia. Entonces enseñó a Aviraneta la orden que tenía; y convenciéndose éste por sus propios ojos de que no le esperaba el trágico fin a que se consideró condenado por un ímpetu sangriento de Mina, se dió por satisfecho, y tuvo la prodigiosa habilidad de someter de nuevo la tripulación y las tropas a las órdenes de sus jefes naturales. En un momento deshizo lo que había hecho: restableció la subordinación que había relajado, lo volvió todo al estado normal. Eolo de los elementos revolucionarios, lo soltó y lo sujetó como quiso y cuando le dió la gana».

--¿Y es verdad eso?

--Hay algo de verdad. Lo cierto es que nos dijeron que iban a echarnos al agua al llegar a la altura de los Alfaques, y que yo estaba tan desesperado de haber caído en aquel lazo, que me encontraba dispuesto a hacer cualquier barbaridad, desde soltarle un tiro al capitán hasta hacer saltar el barco, pegándole fuego a la santabárbara; pero seguimos adelante, pasamos el estrecho de Gibraltar, y al cabo de unos días bajamos en Santa Cruz de Tenerife y fuimos puestos a disposición del capitán general de esta isla.

EN TENERIFE

Dos meses estuvimos en Santa Cruz viviendo miserablemente; no teníamos dinero ni medio alguno de existencia; no llevamos trajes ni ropa interior. La gente de la isla nos recibió muy bien. El comandante general y los militares nos trataron con atención. Llegamos a convencer a la mayoría de la gente que nosotros no éramos los asesinos que habían degollado a los prisioneros de la Ciudadela de Barcelona.

Escribimos varias exposiciones y manifiestos dirigidos al Gobierno. Cuando vimos que no tenían resultado alguno, y como no estábamos vigilados, Bertrán Soler y yo nos dispusimos a evadirnos, y nos arreglamos con un barco contrabandista que nos llevó a Argel.

RESUMEN

--¿Así que usted cree que Gil de la Cuadra lo envió a usted a Barcelona para inutilizarlo?

--Sí.

--¿Y Mendizábal colaboró en eso?

--No; creo que Mendizábal obró de buena fe.

--Y en Barcelona, ¿quién provocó la matanza?

--La gente, el pueblo...; pero Alvarez, Feliú de la Peña y Xaudaró dejaron hacer.

--¿Y por qué?

--Yo creo que Feliú, que era el más listo de todos, fué el que vió claramente la cuestión. Feliú sabía que los isabelinos iban a hacer la revolución. Si antes de la revolución viene la matanza--se debió decir él--, el movimiento constitucional aborta y queda desacreditado. Y esto pasó. Después de la matanza se formó una comisión militar, y la organización isabelina fué completamente deshecha.

--Sí se explica. Se ve que han vivido ustedes en pleno maquiavelismo. Y en Canarias, ¿qué le pasó a usted?

--Viví miserable y desesperado. Mi biógrafo, de quien antes te hablaba, dice, poniéndolo en boca del capitán general de Canarias, que yo intranquilicé la isla de tal manera, que en aquel rincón del mar, donde nadie se ocupaba de política, instalé sociedades secretas, lo plagué todo de logias, conciliábulos y clubs, y que me marché porque el general gobernador hizo la vista gorda.

--¿Y esto ya no es verdad?

--No; es fantasía, pura fantasía.

--Y el viaje por mar de Canarias a Argel, ¿no tuvo nada de particular? Porque es un viajecito respetable para hacerlo en un falucho.

--Fué un viaje horrible. Tuvimos lluvias, vientos, temporales... Estuvimos a punto de zozobrar varias veces. Yo me defendía a fuerza de desesperación y de rabia.

--Y la vida en Argel, ¿tuvo algo interesante?

--En Argel estuvimos unos pocos días y regresamos Bertrán y yo, en marzo de 1836, a Cartagena.

EN MÁLAGA

Estando ya en la Península, Mendizábal me persiguió implacablemente; pero en Málaga hallé asilo seguro y protección. Mi amigo Thompson, comerciante inglés, me llevó a la casa de un conocido suyo. Visité al general don Juan San Just, que me acogió con gran amabilidad, y me dijo que podía estar tranquilo.

No obstante las muchas órdenes de prisión que se comunicaron contra mí, y las cartas particulares que se escribieron para desacreditarme pintándome como un intrigante sin honor y sin conciencia, hice allí muy buenos amigos.

Mi residencia en Málaga me proporcionó la ocasión de observar y conocer en globo las maquinaciones que se pusieron en juego desde la Corte para derribar el ministerio Istúriz, y las intrigas que se tramaron para acabar con los isabelinos y dejar a Mendizábal como dictador de España.

La muerte de los dos gobernadores, ambos isabelinos, la intervención de Escalante, los gritos que se dieron, todo, me hizo creer que en aquel ensangrentado motín andaban los partidarios de Mendizábal en unión de comerciantes y de contrabandistas.

Pamplona, mayo, 1921.

EL SUEÑO DE UNA NOCHE DE JULIO

AVIRANETA me aseguró varias veces que, a pesar de que había intervenido en los preparativos que se hicieron para la revolución en Málaga, en 1836, no tomó parte alguna en los sucesos ocurridos en las calles, y que ni siquiera los presenció. Como en el Diario de Pepe Carmona había una relación de los sucesos de aquella época, copié de él algunas páginas:

Había vuelto a Málaga--cuenta Pepe Carmona--y me encontraba en una situación económica ya segura, pero en un estado moral triste y lamentable.

Mi antigua novia, María Teresa, se había casado con un muchacho rico, José Ignacio Ordóñez, que llevaba por entonces una vida de un jugador y de un perdido.

Este mozo parecía que daba tal aire a su dinero, que llevaba camino de arruinarse en poco tiempo.

Mi antigua novia estaba enferma, y después de haber tenido un niño se encontraba tan débil y tan delicada, que no se levantaba de la cama.

Su criada, una vieja de Archidona, antes protectora de mis amores, solía venir a mi casa a darme noticias de cómo seguía María Teresa, y de paso se lamentaba de que el señorito José Ignacio apenas se ocupara para nada de la enferma y de que anduviera siempre de bureo con lo más perdido del pueblo.

En aquella época, Málaga se hallaba en pleno período de efervescencia política; las noticias de la guerra que se recibían, los rumores de sublevación y el arresto de hombres conocidos, por suponerlos revolucionarios, tenían al pueblo en completo y continuo sobresalto.

A mí, aunque estas cuestiones no me interesaban gran cosa, me ocupaba de ellas, principalmente por el efecto que causaban en el comercio. Ya en mayo de 1836, al llegar a Málaga el decreto de la disolución de las Cortes, los ánimos, de suyo agitados por las excitaciones de los enemigos de Istúriz, por las sociedades secretas y por la gente partidaria de Mendizábal, se acaloraron más, y al toque de generala se reunió la Guardia nacional pidiendo la formación de una Junta popular en que se depositase el Poder hasta que la Reina instalase de nuevo el anterior Ministerio, o nombrase otro que inspirara confianza a la nación.

Al día siguiente quedó formada la Junta, que pensó por primera providencia imponer fuertes contribuciones a los más ricos comerciantes malagueños. Estos, apercibidos, se reunieron para conjurar el peligro; y con su influencia, y sacando a relucir las noticias favorables de la guerra que aquel día circularon, lograron la disolución de la Junta, que declaró estar muy satisfecha de la actitud de Málaga.

Estos movimientos populares tenían muchas veces por objeto el proteger la entrada de algún gran contrabando, y, conseguido esto, se reconocía la autoridad del Gobierno, que sancionaba lo hecho y se volvía a la vida normal.

Por aquella época, a principios de julio, encontré en Málaga al señor Aviraneta, en un café, en compañía del comerciante inglés Thompson. Saludé a Aviraneta. El señor Thompson me dijo, no sé si en broma o en serio, que en Málaga se estaba trabajando en proclamar la república. Se pensaba que nuestra ciudad diera el primer impulso y que de aquí partiese el movimiento a las demás ciudades de Andalucía.

Las noticias de las victorias del general Córdova en Arlabán, y la actitud del alto comercio malagueño, alarmado de que la primera disposición de la Junta hubiese sido el decretar grandes contribuciones a cargo de los capitalistas más acaudalados, produjo una reacción entre los comerciantes y ocasionó el que el movimiento revolucionario y bullanguero de Málaga se calmara.

Antes de que se presentara la amenaza de las contribuciones, nuestros comerciantes pensaban que un cambio político les podría beneficiar; pero después se apoderó de ellos el temor de que sus casas cargaran con los gastos de la revolución en toda Andalucía, y no vacilaron en influír para que abortara la revolución, y tomaron sus medidas para que en los nuevos movimientos, que eran tan de prever, fuese el comercio de Málaga explotador, en vez de explotado.

A estas causas obedeció el que se contuviera en el mes de mayo y junio el pronunciamiento preparado en esta ciudad y al que habían seguido algunos intentos en Granada y en Cartagena.