Las Furias

Part 8

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Por otra parte, estos viejos mandarines eran masones de los que creían en la parte mística de la secta, o por lo menos la respetaban, y me consideraban a mí como un hereje porque yo siempre había mirado las cuestiones simbólicas de la masonería como verdaderas mamarrachadas indignas de ser tomadas en serio. Además, estos doctrinarios creían que sin intervenir ellos no se podía hacer nada, y tenían una suficiencia y una vanidad completamente morbosa. Todos los que no estaban con ellos, los que no les adulaban y no les jaleaban eran sus enemigos. En su grupo, los diputados de 1812 eran dioses; los del 20 al 23, semidioses; el que completaba el prestigio habiendo estado en la emigración en Londres podía considerarse en el Olimpo. El que no cumplía alguno de estos requisitos no valía nada; yo no tenía ninguno de ellos, razón por la cual no se me consideraba persona grata. Por otra parte, mis opiniones políticas audaces habían irritado de tal manera a Gil de la Cuadra, a Calatrava y a sus amigos, que desde entonces me tomaron un odio terrible y no me perdonaron.

DESCONFIANZA

Preocupado, le pregunté al pariente de Mendizábal si es que el Gobierno quería desprenderse de mí, y Alfaro me dijo que don Juan no era capaz de una perfidia semejante, y que sí desconfiaba que no fuera a Barcelona. Ante esta afirmación me decidí; no tenía otro remedio.

La víspera de mi salida de la corte encontré, cerca de la Casa de Correos, a Gil de la Cuadra, a quien manifesté claramente mi desconfianza. Don Ramón, después de excusarse de no haberme recibido, por haber estado muy enfermo y muy atareado, me indicó que en aquel momento acababa de echar una carta para el general Mina, avisándole que yo llegaría al final de mes, comunicándole la comisión que llevaba a Barcelona y recomendándome eficazmente.

El 5 de diciembre salí de Madrid para Valencia; esperé allí quince días la llegada del _Balear_, un vapor con la tripulación catalana, y el 24 del mismo mes me embarqué para Barcelona.

EN VALENCIA

En los quince días que estuve en Valencia me dediqué a leer periódicos y a enterarme de los asuntos de Barcelona; leí varios folletos, entre ellos uno de Raull y otro de Bertrán Soler acerca de la asonada, seguida del incendio de los conventos, de la ciudad condal. Estas lecturas me hicieron pensar que quizá Barcelona estaba en vísperas de una gran conmoción popular como en tiempo del Corpus de sangre. Me figuraba la ciudad catalana un Nápoles de la época de Masanielo.

Como tenía una idea muy vaga de la acción de este personaje, pedí algún libro acerca de él en la librería de Cabrerizo, y me dieron uno de un autor francés, Defaucompret, titulado _Masanielo u ocho días en Nápoles_, que era una novela. Busqué otros libros sobre el héroe napolitano, pero no encontré mas que éste.

Supuse, más o menos por inducción, que un pueblo como Barcelona, en aquellas circunstancias, estaba abocado a tener un jefe revolucionario y popular. Me engañé en absoluto; yo no podía prever la carencia de hombres de inteligencia y de arranque que había en esta época en la capital del principado.

BARCELONA

--¿Existía de veras tanta inferioridad?

--Sí; Barcelona, entonces, estaba sin directores; todo lo que sobresalía no pasaba de la más absoluta mediocridad; los que querían erigirse en caudillos eran gente sin inteligencia, sin valor y sin abnegación.

Llegué el 27 de diciembre de 1835 a Barcelona; me esperaban en el muelle dos individuos de la Isabelina: Tomás Bertrán Soler y mi antiguo asistente, el Chiquet. Junto con ellos fuí a una casa de la calle de la Puerta Ferrisa, enfrente de la capilla de Montserrat, donde quedé hospedado.

Al día siguiente me presenté en la Capitanía General a saludar a doña Juanita, la señora de Mina. Después de ofrecerle mis respetos le pregunté si no había recibido su esposo una comunicación de Gil de la Cuadra anunciándole mi llegada. Doña Juanita me dijo que no lo sabía; su marido había salido para la campaña y no le había dicho nada. Esto me dió muy mala espina.

Volví a mi casa un tanto preocupado y me dediqué a observar la política barcelonesa. Esta política era reflejo de la española, aunque más enconada y personalista.

POLÍTICOS BARCELONESES

Había por entonces en Barcelona muchos partidarios de Don Carlos, muchos reaccionarios y absolutistas de buena fe.

Entre los liberales la confusión era grande, y los diversos grupos se miraban, en su mayoría, con hostilidad. Primeramente había un grupo de moderados, partidarios del justo medio, ricos, que formaban una plutocracia conservadora que buscaba la manera de desarrollar grandes negocios. Parte de estos plutócratas eran masones, amigos del banquero Remisa, y estaban en muy buenas relaciones con el general Llauder, en quien tenían muchas esperanzas; en cambio, el pueblo miraba a Llauder como un traidor y le había dado el sobrenombre de «Meteoro».

Después venían los exaltados, entre los cuales los había de varias clases; unos eran localistas y no querían ocuparse mas que de lo que ocurría en Cataluña; otros, nacionales.

Los localistas rechazaban la colaboración de los liberales de Madrid y del resto de España, y llevaban una política suya exclusivamente catalana.

Llinás, Gironella, Madoz y otros habían formado una confederación liberal que abarcaba las cuatro provincias y que tenía un carácter marcadamente regionalista.

El gran defecto de esta confederación era el ser neutra y poco activa y el no llegar a tener fuerza mas que en algunos pueblos de la región próximos a Barcelona.

Entre los liberales nacionales había algunos de tendencias moderadas, y otros más progresistas; estos últimos se podían clasificar en dos grupos: los isabelinos, que defendían la idea liberal sin considerarla adscrita a un hombre, y los partidarios acérrimos de Mendizábal, que no querían ver nada posible en política sin su jefe.

Había también algunos republicanos y restos de la Sociedad Carbonaria, sociedad que había fundado en Barcelona un tal Horacio d'Atellis, en 1822, venido de Nápoles.

De estos carbonarios, la mayoría eran militares italianos y polacos, y en ellos se daba la tendencia de convertir los asuntos nacionales y locales en cuestiones de índole internacional.

A los pocos días de llegar a Barcelona conferencié con las personas importantes del partido liberal. Con quienes me vi con más frecuencia fué con Madoz, Bertrán Soler, Xaudaró, y algunos otros.

Don Pascual Madoz, a quien tú conoces, hacía entonces las veces de director en el periódico _El Vapor Catalán_. Madoz tenía relaciones con Mina, el cual le había empleado y dado varias comisiones lucrativas; era masón, y en esta época se sentía completamente catalán, y con Gironella, Llinás y otros había formado la confederación liberal de que te he hablado.

Gironella, el comandante de la Guardia nacional, era hombre rico, un tanto fatuo y adorador de cuanto diera popularidad. Tenía una casa importante y una hermosa quinta en Sarriá. Gironella era enemigo de Bertrán Soler, y me manifestó que con Bertrán él no colaboraba. Le pregunté si había alguna cosa seria entre ellos, pero no había mas que rencillas de pueblo.

Respecto a Tomás Bertrán Soler, era escritor y abogado, había publicado varios folletos y libros; ponía cuando firmaba debajo de su nombre, como un título, «Ciudadano español»; era un tanto pedante, aunque sincero y buena persona. Una de sus obras se titulaba _España, libre por esencia, oprimida por los tiranos_.

XAUDARÓ

Respecto a Ramón Xaudaró, era un hombre joven, elegante, de bigote pequeño y sotabarba; formaba parte de un club que se titulaba «Unitario», que al parecer quería reunir a los liberales de todos los matices; pero en este club mandaban los moderados, los masones y principalmente los plutócratas barceloneses. Xaudaró era hombre de dos caras, audaz, atrevido e inmoral. Sacaba dinero de todas partes.

--¿Cómo?--interrumpí yo--; yo he visto el retrato de Xaudaró en una estampa titulada: «Víctimas de la causa popular», al lado de Bravo, Maldonado, Padilla, Porlier, etc.

--¡Bah! así se escribe la Historia.--replicó Aviraneta.

--Ya estamos otra vez en el problema de los hechos.

--Xaudaró--dijo Aviraneta, que no quiso contestar a mi alusión--había sido confidente de Llauder, y antes, en tiempo del conde de España, del subdelegado de policía de aquella época, don José Víctor de Oñate. En la causa que se siguió a los masones en Barcelona, un tal Lucas Martínez denunció a Xaudaró como confidente de la policía. Decididos los isabelinos, según me dijo Bertrán Soler, a averiguar lo que podía haber de cierto en esto, supieron que el dueño de una casa de baños de Bourg-Madame, en la frontera francesa, el señor Mazlat, tenía listas, papeles y documentos de Xaudaró por los cuales se podía colegir que éste había sido un agente provocador que incitaba a los liberales a entrar en España en la época absolutista y los denunciaba después a la policía.

Los isabelinos mandaron un emisario a ver estos papeles. El francés de Bourg-Madame no tuvo inconveniente en mostrárselos, pero no se los quiso entregar.

La redacción del _Vapor Catalán_ tenía en Xaudaró un gran agente de negocios; éste hacía campañas para sacar dinero, aspiraba a ser un dictador de la ciudad apoyándose al mismo tiempo en la plutocracia y en la gente maleante.

Xaudaró era cínico, atrevido, con una gran avidez de dinero.

Detrás de él, a su sombra, trabajaba Madoz, hombre perseverante, violento y al mismo tiempo muy zorro, que tenía grandes ambiciones.

El escribano Francisco Raull, con quien hablé un par de veces, había publicado la historia de la conmoción de Barcelona en la noche del 25 al 26 de julio de 1835; era un hombre vacuo y petulante que escribía dando más importancia a la palabrería que a los hechos.

LOS JÓVENES

Entre los jóvenes había gente atrevida, audaz y de ideas muy avanzadas. Los que más se destacaban eran el médico Pedro Mata, de Reus, que tenía mucha fama y era capitán del batallón de La Blusa; Laureano Figuerola, que era de este mismo batallón y alardeaba de republicano; Aiguals de Izco, el de Vinaroz, masón muy activo y entusiasta de la escenografía del triángulo y de la escuadra, tipo pequeño, barbudo y un poco ridículo, que luego se hizo célebre con su novela, a estilo de Eugenio Sué, _María o la hija de un jornalero_, y Abdón Terradas, autor también de una novela bastante mediocre titulada _La explanada_, con escenas barcelonesas de la época del mando del conde de España. Este Terradas fué uno de los precursores del republicanismo y del regionalismo catalán.

Casi todos los jóvenes liberales barceloneses eran entonces medio republicanos, medio carbonarios; muchos de ellos habían colaborado en el _Propagador de la libertad_, en donde se insertaban artículos obscuros del iluminado Adolfo Boheman; otros habían publicado algo en _El Regenerador_, de Bertrán Soler, semanario enciclopédico, constitucional y españolista.

Carlistas y liberales, exaltados y moderados, isabelinos y mendizabalistas, regionalistas y patriotas se odiaban todos con idéntica furia, y el más violento rencor reinaba en la sociedad barcelonesa.

UN CONFIDENTE

Una de las cosas que me preocupaba y que comencé a trabajar con los isabelinos fué el modo de encontrar confidentes que nos pusieran al tanto de las maquinaciones de los carlistas y de los que les ayudaban en el extranjero.

Bertrán Soler se dirigió a un redactor del _Vapor Catalán_, un pobre hombre que había estado empleado en la policía, y éste nos dirigió a un militar retirado, que vivía en una casa de huéspedes de la calle de la Boquería, llamado Ribot.

--Si no le encuentran ustedes a él, que será lo más probable--nos dijo el periodista--, hablen ustedes a su patrona.

Fuí yo solo a ver al hombre, sin aceptar la compañía de Bertrán Soler, porque éste era capaz de echar un discurso altisonante, demostrando con sus grandes frases que era necesario trabajar por la patria y por la Libertad con desinterés y con abnegación.

No encontré a Ribot en su casa, y hablé con su patrona, como me había recomendado el redactor del _Vapor Catalán_.

Era ésta una mujer de historia, una lagarta de muchas conchas, llamada doña Enriqueta. Nos entendimos fácilmente, porque al momento hablé yo de dinero.

Me dijo doña Enriqueta que su huésped Ribot era, efectivamente, individuo de una Junta carlista que celebraba sus reuniones casi a diario en Barcelona y que dirigía los asuntos del Principado. Añadió que a ella no le comunicaba nada de cuanto ocurría en esa Junta; yo le indiqué que era enviado del Gobierno y que tenía dinero. Hablamos largo rato y quedamos de acuerdo en que ella sonsacaría al huésped y me daría informes de lo que se dispusiera en la Junta, a cambio de los datos que le iría comunicando yo de lo que se acordase en la Isabelina.

Le di a doña Enriqueta algún dinero por anticipado, y ella, cumpliendo su palabra, me envió informes a casa de mucha importancia.

MIS PLANES

El día 28 de diciembre volví a presentarme a la señora del general Mina, doña Juanita Vega, a quien entregué una carta para su marido, que estaba en las proximidades de San Lorenzo de Morunys, anunciándole mi llegada y la misión que traía del Ministerio Mendizábal.

El general Mina no se dignó contestar a mi carta. Luego supe que don Ramón Gil de la Cuadra me había indispuesto con él. Le había dado malos informes de mí, diciéndole entre otras cosas que yo afirmaba a todas horas, y era verdad, que los militares españoles no podrían acabar la guerra, y que ésta no se terminaría mas que por una acción política y diplomática.

--Era, seguramente, una imprudencia de usted el afirmar esto--le dije yo a don Eugenio.

--Quizá era una imprudencia el afirmarlo; pero a mí me parecía la verdad. Desde Barcelona dirigí dos comunicaciones al presidente del Consejo de Ministros anunciándole que había conseguido dar con el foco de la insurrección carlista catalana y de la intriga extranjera, y que tenía metida en su Junta una persona de confianza que me pondría al corriente de cuanto se maquinaba; que pensaba despachar comisionados a Perpiñán, Marsella y Génova, para que, puestos en contacto con los cónsules españoles de aquellos puntos, desentrañasen todos sus planes.

Le indicaba que oficiase a los cónsules lo más pronto posible, y le decía que esperaba el regreso del general Mina para formar, de acuerdo con él, un plan político que desorganizara las huestes carlistas de Cataluña.

Bertrán Soler me dijo que hacía una semana, próximamente, había recibido un correo extraordinario de París avisando la salida de un coronel y tres capitanes sardos para Cataluña, con nota de sus correspondientes filiaciones y del objeto de su viaje, que era el fomentar un levantamiento carlista en Barcelona.

Bertrán Soler puso el pliego en manos del general Mina, y, a consecuencia de este aviso, fueron presos en la fonda de las Cuatro Naciones el coronel, varios italianos y dos o tres catalanes que estaban con ellos. Estos fueron de las víctimas que cayeron bajo el puñal homicida en los fosos de la Ciudadela.

PABLO ORSINI

Uno de los que me dió datos acerca de las maquinaciones de sus paisanos absolutistas era un antiguo carbonario, Pablo Orsini, que por entonces pertenecía a la Joven Italia. Orsini había venido por encargo de su Sociedad a estudiar lo que pasaba en Barcelona, y estaba muy enterado de todas sus intrigas políticas. Orsini me advirtió que no hiciera gran caso de los delegados de las sociedades secretas de Barcelona, porque éstas no tenían realidad alguna.

A mí se me presentaron emisarios de los Leñadores Escoceses, de los Templarios Sublimes y de la Asociación de los Derechos del Hombre con proyectos irrealizables y ridículos.

Según decían, se iba a intentar con su concurso una revolución republicana; se quemaría la efigie del Papa y vendría a ponerse a la cabeza del movimiento Juan Van Halen, desde Bélgica.

Para todos estos ciudadanos, el restablecimiento de la Constitución era ya muy poca cosa.

La confusión en que se encontraba Barcelona, unida a la más absoluta mediocridad y a la mentalidad pequeña y provinciana, hacía que, a pesar del deseo de muchos, fuera imposible que de allí saliera algo claro y fuerte. Unos proyectos estorbaban a otros, e iban entrelazándose y confundiéndose los manejos de un complot local de venganza, con nuestras aspiraciones para la restauración de la Constitución y las vagas maniobras de los internacionalistas.

POCA SUERTE

--¡Qué poca suerte, don Eugenio!--le interrumpí yo--. No haber podido nunca mandar en capitán. Siempre ha sido usted un piloto interino.

--Tienes razón; ¡yo que tenía tantas condiciones para mandar!

--¿Qué hubiera usted sido de contar alguna vez con una ocasión propicia?

--No sé; quizá un dictador; pero, en fin, no hay que soñar.

--Nada de sueños. ¿Eh? Hechos y más hechos.

--Eso es, hechos y sólo hechos.

EL PLAN SANGUINARIO

Mientras yo intentaba tomar pie en Barcelona se fraguaban, como te he dicho, al mismo tiempo varios complots.

Se ha asegurado por algunos escritores reaccionarios y católicos que yo llevaba orden del Gran Oriente Masónico de matar a los prisioneros carlistas de la Ciudadela de Barcelona. ¿Para qué? ¿Qué podía ganar yo o los isabelinos con estas muertes? Afirmar esto es mentir a sabiendas; pero a estas gentes, para las cuales mentir es un pecado venial cuando se miente haciendo reservas mentales, el faltar a la verdad no les cuesta ningún trabajo.

En esta época era yo una persona muy poco grata a la masonería. Todos los conspicuos de ella me miraban como un rebelde.

La matanza de prisioneros carlistas en Barcelona era algo que se veía venir desde hacía tiempo. Ya, meses antes, los generales Llauder y Bassa habían querido reconcentrar tropas en Barcelona para impedir las venganzas de los exaltados.

Mina, partidario de una guerra sin cuartel, siguiendo la política suya, dejó desguarnecida la ciudad, entregándola a los furiosos.

Al mismo tiempo Xaudaró y su gente vieron en el abandono de Barcelona una posibilidad de apoderarse del Poder, y Xaudaró se entendió con el general segundo cabo don Antonio María Alvarez y con don José Feliú de la Peña, teniente coronel y secretario de la Capitanía General.

ALVAREZ Y FELIÚ DE LA PEÑA

Don Antonio María Alvarez era un criollo inquieto, atravesado, desprovisto de sentido moral. Tenía ese espíritu rencoroso tan frecuente en los americanos. Violento y nada valiente, odiaba a los españoles reaccionarios porque le parecían, y era natural que le pareciesen, los más españoles entre los españoles. Para Alvarez todos los españoles eran unos pendejos. Solía acudir Alvarez al café de la Noria, y allí bebía y se exaltaba hablando contra la reacción y contra los carlistas. Alvarez se dejaba guiar por los elementos populares que querían la venganza a toda costa y hacer una San Bartolomé con los carlistas. Le secundaba en sus violencias el brigadier Ayerve, aragonés de Huesca, progresista, ordinario e inculto, que hablaba muy en bárbaro.

Consejero de Xaudaró fué el teniente coronel don José Feliú de la Peña, que era secretario de la Capitanía General. Feliú de la Peña tenía el carácter de esos hombres turbios que aparecen en períodos mixtos de absolutismo y de anarquía. Había sido fiscal en los tiempos de la comisión militar ejecutiva; luego fué designado por Llauder para la secretaría de policía de Cataluña, y después había entrado en la Capitanía General. Feliú, el Tuerto, como le llamaban, era intrigante, atrevido y lleno de audacia; hacía negocios con los suministros militares, como antes los había hecho explotando las casas de juego.

CONSEJOS DE MINA

Xaudaró llevó a su amigo Feliú al Club Unitario, del cual eran directores algunos plutócratas barceloneses. A su vez, Feliú de la Peña llevó a Xaudaró a la Capitanía General a visitar a Mina. El general y el ex confidente hablaron largo rato. Mina desconfiaba de algunos elementos liberales de Barcelona, sobre todo de los isabelinos; creía, o aparentaba creer, que nuestra impaciencia en proclamar la Constitución iba a ser perjudicial para la causa. Sabía que llegaba yo en calidad de consejero político enviado por Mendizábal, y esto, al parecer, le había ofendido profundamente.

Mina recomendó a Xaudaró que su grupo del Club Unitario no se fundiera para nada con los isabelinos ni con los mendizabalistas; quería, sin duda, seguir la antigua máxima maquiavélica de dividir para reinar. Xaudaró y los que le seguían aspiraban a una dictadura de Barcelona sobre las provincias catalanas libre del Poder central. Mina pretendía lo mismo, pretendía ser un dictador en Barcelona y que nadie se moviese sin que él diera su vistobueno.

La recomendación de Mina influyó en los que formaban la junta constituída por Madoz, Llinás, Gironella y otros; y al querer entrar nosotros en negociaciones con ellos dijeron que no consideraban prudente en aquellos momentos la proclamación de la Constitución de 1812.

Mina dejó bien advertido de sus ideas a Feliú de la Peña, a Xaudaró, a don Pedro Gil, capitalista muy amigo del general, y a don Pascual Madoz. Madoz, que ya se había comprometido con nosotros, se echó atrás y tomó una actitud completamente ambigua.

LA TORMENTA SE ACERCA

A la par que nuestros planes, la idea de la matanza, que se consideraba como una manifestación del poder absoluto de los exaltados, iba cundiendo en el pueblo, y se veía que no le faltaba para realizarse mas que una ocasión favorable. Al mismo tiempo había carlistas frenéticos deseosos de que la situación se hiciera más tirante que veían casi con gusto la perspectiva de una matanza de correligionarios en Barcelona, y mendizabalistas entusiastas de su jefe que deseaban que hubiese algaradas populares, para que así Mendizábal, que había prometido la paz en seis meses, si no se turbaba el orden y todos le ayudaban, tuviera un pretexto para sincerarse y seguir en el Poder.

Varias veces el general Pastors, gobernador de la Ciudadela, había enviado peticiones a Alvarez, que mandaba la capital en ausencia de Mina, para que trasladasen a O'Donnell y a varios carlistas presos señalados para ser víctimas de la venganza popular a otra ciudad o a un barco de guerra; pero ni Alvarez ni su secretario Feliú de la Peña accedían.

--Que se revienten--decía Alvarez, riendo--; que se hagan la pascua--y se alegraba de los temores de Pastors.

Este, que era un pobre hombre bruto, pero de buen fondo, quería salvar, sobre todo, a su amigo O'Donnell, y no comprendía por qué le negaban lo que pedía.

UN AVISO

El día 3 de enero, por la noche, se presentó en mi casa un hombre desconocido; me preguntó si estaba solo; le contesté que sí, e inmediatamente me dijo:

--Vengo a advertirle a usted que mañana serán ejecutados los prisioneros carlistas de la Ciudadela.

--¿Cómo lo sabe usted? ¿De quién tiene usted esta noticia?

--No se lo puedo decir a usted. Bástele a usted saber que el hecho es cierto; mañana lo podrá comprobar.

Quise sonsacar algo a aquel hombre, pero no conseguí nada; me repitió que me comunicaba la noticia para que tomara mis medidas, y se marchó.

Vacilé un momento, e inmediatamente me decidí, me puse las botas, tomé la capa y el sombrero y metí una pistola en el bolsillo. Bajé corriendo las escaleras, salí a la calle, pero el hombre había desaparecido.

Hice mil cábalas pensando quién podía comunicarme aquella noticia; pensé si sería mi confidente carlista o alguno del Club Unitario, pero no pude deducir nada.

EL DÍA 4 DE ENERO

Al día siguiente, el pronóstico de mi desconocido se había realizado. Por la tarde, al anochecer, la gente asaltaba la Ciudadela y comenzaba la matanza.

A esta hora me presenté en la Capitanía General a ofrecer mis servicios a la esposa de Mina y al general Alvarez.

--¿Qué le parece a usted el trance en que nos vemos?--me preguntó doña Juanita.

--Yo creo que esto tiene un origen muy turbio. No son los liberales los que lo dirigen.

--Cree usted que no.

--No.

--Pues, ¿quién, entonces?