Part 7
El Caragolet enarboló el sable, y de un terrible sablazo en la cabeza tumbó al italiano en el suelo; las tres furias de la casa del Negre se echaron sobre Vidal y lo acuchillaron. Inmediatamente desaparecieron, reabsorbidas en el caos de aquella noche horrible.
Elena dió un grito como si le hubieran herido a ella, y cayó al suelo. Yo la levanté como pude. Ella temblaba convulsivamente. No había nada que hacer; la tomé de la mano y la ayudé a salir de la Ciudadela.
--¡Si pudiera usted recoger su cadáver!--me dijo.
No la contesté; llevaba yo una tea en la mano, que no sé de dónde la cogí, y a su luz veíamos en el suelo charcos de sangre, cadáveres y restos humanos. La lluvia había dejado el suelo lleno de barro. Fuera aprensión o realidad, me pareció que había un vaho espeso en la atmósfera y que el aire olía a sangre. Se oían gritos y lamentos de mujeres y de moribundos.
Salimos como pudimos de aquel sombrío Aqueronte. Elena muchas veces se detenía y se echaba a llorar; yo la agarraba por la cintura y la llevaba casi arrastrando. Me temblaban las piernas y todo el cuerpo; debía tener fiebre. Llegamos a la fonda, subimos las escaleras, dejé a Elena en su cuarto y salí a la calle.
Me encontraba en un estado de exaltación tan grande, que iba hablando solo; comprendía que no podría dormir aquella noche, e instintivamente eché a andar.
Salí a la Rambla. Me crucé con un grupo de gente que gritaba:
--¡A las Atarazanas, a las Atarazanas!
Yo fuí instintivamente hacia la Ciudadela. Marchaba por la Rambla a obscuras, cuando vi un grupo de gente que saltaba y gritaba alrededor de una hoguera.
--¿Qué hay, qué pasa?
Había en el suelo un bulto informe y sangriento: era la cabeza y los restos de O'Donnell, que habían echado a las llamas.
Llegué a la Ciudadela y me acerqué a ella. La matanza había cesado, los amotinados habían hecho una gran hoguera en la plaza de Armas con la paja de los jergones y con todas las tablas que habían encontrado y estaban quemando los muertos. Una terrible humareda salía de aquella fúnebre pira.
En esto, a la luz de una antorcha, encontré a Jaime Vidal, que andaba buscando el cadáver de su hermano. Jaime creía que Arnau y Secret habían matado a su hermano; yo le conté lo ocurrido.
Salimos a la plaza de Palacio y después a la Rambla. Seguía habiendo grupos; oímos contar que en las Atarazanas la tropa y la Milicia se negaron a hacer fuego contra los amotinados, y que penetró en la fortaleza una comisión que, provista de linternas, registró los calabozos, sacando a los presos carlistas de los escondrijos donde se habían refugiado. Uno de ellos se había metido en el tubo de una chimenea, y los sublevados lo hicieron salir disparando sus pistolas hacia arriba. Todos los presos fueron sacados de la fortaleza e inmediatamente degollados por la turba feroz.
En las torres de Canaletas se repitió, según dijeron, la misma escena, y en el Hospital Militar ocurrió otra más horrible aún, pues tres infelices heridos que se encontraban allí fueron arrancados de sus camas y fusilados en la calle.
En la Rambla la gente cantaba y gritaba celebrando la matanza; yo estaba asombrado de tanta ferocidad. Así debían ser las matanzas de los almogávares en los pueblos de Oriente.
Al volver a casa, en un terrible estado de abatimiento, vi a un cura que iba a dar el viático rodeado por cuatro hombres, con cirios, y me pareció que todas las campanas de la ciudad tocaban a vuelo.
XXIV.
AL DÍA SIGUIENTE
A las altas horas de la noche llegué a casa y me metí en la cama. Apenas pude conciliar el sueño, y me desperté a cada paso soñando con que me encontraba en la Ciudadela y confundiendo esta impresión con otras impresiones lejanas. Por la mañana me levanté y no quise salir de casa. Por lo que me dijeron, a las seis de la tarde del día 5 algunos nacionales, reunidos en la plaza del Teatro, empezaron a difundir la alarma disparando tiros y dando gritos revolucionarios. Al parecer, ésta era la señal de un movimiento sedicioso. Los directores debían ser de los que se reunían en el primer piso de mi casa, porque durante la tarde no apareció ninguno de ellos.
Los grupos comenzaron a vitorear a la Constitución e hicieron que se reunieran con ellos los batallones de la milicia.
A los grupos de la plaza del Teatro se añadieron otros, y al anochecer, el más numeroso, sostenido por las fuerzas de la milicia, se presentó en la plaza de Palacio con un gran letrero, en donde se leía escrito con letras grandes: «Viva la Constitución de 1812».
El letrero fué colocado en el pórtico de la Lonja, iluminado por dos grandes antorchas y custodiado por dos centinelas.
Cuadrillas con banderolas desplegadas comenzaron a recorrer las calles; la gente los vitoreaba al paso.
Se asaltó, según se dijo, la casa de un canónigo de la calle del Paraíso, y se temió que fueran a continuar los horrores del día anterior.
Debió de haber después gran confusión entre los batallones de la Milicia nacional; unos, según se dijo, eran partidarios de secundar el movimiento, y otros no querían que la Constitución saliera de un motín tan sangriento y tan turbio como el del día anterior.
El segundo general, don Antonio María Alvarez, publicó dos bandos muy enérgicos, arengó a las tropas, y por lo que se contó, uno de los batallones de la Milicia, el que llamaban de La Blusa, se resistió a retirarse. El médico don Pedro Mata, que era capitán de este último, consiguió convencer a su gente y el movimiento fué sofocado.
El día 7 nos dijeron en la casa que Aviraneta, el conspirador madrileño, acababa de ser preso y trasladado a un barco inglés que estaba surto en el puerto.
XXV.
EPÍLOGO
UNOS días después fuí a ver a Elena y a María Rosa; las dos estaban inconsolables. Elena había pensado ir a vivir a Francia; María Rosa me dijo que hablara a su padre para reconciliarse con él. Arnau fué a la fonda de las Cuatro Naciones y acogió a su hija con afecto. Se dispuso que Arnau, Secret, María Rosa y yo volviéramos a Tarragona.
Elena se despidió de María Rosa y de mí llorando; yo no sabía qué decirla.
Nos citamos con Arnau, para las diez de la mañana, en el puerto. Yo llegué demasiado temprano y me asomé a la Ciudadela. Hacía una hermosa mañana de sol. El cordelero de la Explanada estaba trabajando como en días anteriores; iba y venía tranquilamente, con su manojo de estopa en la cintura, y el chico daba vueltas al carretel.
De la tragedia pasada no quedaba ni rastro. Volví hacia el puerto. Todavía era temprano. En los Encantes vi que se vendían botones, galones y armas que procedían, seguramente, del asalto de la Ciudadela. Dos hombres, sin duda dos de los asaltadores, mientras comían unas naranjas contaban sus hazañas de la noche de la matanza.
Vinieron Arnau y su familia, y nos embarcamos y llegamos a Tarragona. Yo recibí por aquel tiempo carta de Málaga diciéndome que volviera, porque nuestros asuntos habían mejorado de tal manera que podíamos vivir allí cómodamente y sin apuros.
No tuve más remedio que volver. Un domingo, a final de enero, fuí a despedirme de Arnau y de su familia a la torre próxima al Hostal de la Cadena.
Hacía un día magnífico, un día ya de primavera. En los huertos, los almendros y los avellanos se mostraban llenos de flor, y las naranjas brillaban, doradas, en el obscuro follaje. Estuvimos en el cenador del jardín de la torre de Arnau, Pepeta, María Rosa y yo. Sentíamos los tres que algo había pasado por nuestra vida, dándole una gravedad inusitada.
El cielo estaba azul y el mar tranquilo; las olas llegaban plácidas, perezosas, a la angosta playa.
Las chicas de la vecindad, en corro en la carretera, cantaban con voz aguda:
A las chicas de este pueblo las tengo que regalar unas tijeritas de oro para aprender a bordar.
Yo estuve ensimismado mucho tiempo oyendo el canto de las niñas y el rumor de las olas, hablando de tarde en tarde maquinalmente, hasta que me levanté, saludé con precipitación y me marché. Se hacía de noche y tocaban los tambores la retreta en los cuarteles...
Al día siguiente era la marcha.
Doña Gertrudis y Eulalia me abrazaron y prometieron escribirme.
Dejé Tarragona con tristeza, y me acomodé de nuevo en Málaga, en donde comencé a trabajar en sociedad con mi hermano en el antiguo escritorio de mi padre. Pronto llegamos a consolidar nuestra casa comercial.
Llevaba varios meses sin hacer caso de mi gran poema la _Batalla de Lepanto_, cuando un día lo saqué del armario donde lo tenía guardado, y me puse a leerlo. Me produjo una terrible desilusión. Me pareció frío, hueco, sin vida. Pensé si podría conservar algo de él, pero todo era igualmente malo y decidí quemarlo. Comprendí que aquello era lo mismo que romper con mi juventud; pero no vacilé y eché el manuscrito al fuego.
Un año después de mi partida de Tarragona, Eulalia me escribió una carta dándome noticias.
Un día que se hallaban en la torre de Arnau éste y Secret sonaron dos tiros, y Arnau cayó herido en el hombro. Secret avanzó hacia donde habían tirado, con la pistola amartillada, y recibió un tiro, y cayó muerto. El matador era Jaime, el hermano de Pedro Vidal. Por lo que se supo después, Jaime volvió a Tarragona, entró en la Catedral y se acercó al confesonario del canónigo Roquebruna.
--Don Guillermo.
--¿Qué hay, hijo mío?
--Acabo de matar a un hombre y de dejar a otro malherido.
--Calla, podrían oírte; arrodíllate delante del confesonario y cuenta lo que has hecho.
El canónigo entró en el confesonario; Jaime se arrodilló y contó lo que había pasado. Cuando hubo concluído su relato, el canónigo le dijo:
--Sígueme muy de lejos y sin que te vea nadie.
Atravesaron la catedral, que estaba a obscuras, uno tras otro; entraron en el Palacio del Arzobispo, y se acercaron a una torre que tenía una lápida sepulcral, con un auriga esculpido y una inscripción en latín en la que se decía que el finado hubiera preferido mejor morir en el circo que de la fiebre. Pasaron a un cuarto pequeño que daba a la terraza de un antiguo baluarte, y el canónigo dijo a Jaime:
--Aquí estarás escondido una semana; luego pasarás al campo carlista.
Efectivamente, Jaime estuvo escondido en el Palacio Arzobispal, y después se marchó con las tropas de Tristany, en las que ingresó como alférez.
De mis amigos de Tarragona supe que Arnau, de viejo, había comenzado a ir a la iglesia; que María Rosa se casó con un militar, y Pepeta, con Pascual el hortelano, el Vertumnio de la torre próxima al Hostal de la Cadena.
Al acabar la guerra civil me volvió a escribir Eulalia: me decía que había visto a Elena en Tarragona, que tenía una niña y que estaba guapísima.
Eulalia añadía que Elena me recordaba constantemente, y me aconsejaba que tuviera un arranque, fuese a Tarragona y me casara con ella. Se me ocurrió consultar el caso con mi hermana y contarle la historia de Elena; mi hermana me disuadió; me convenció de que una mujer así, tan decidida, no me convenía. Después me arrepentí de seguir su consejo.
Itzea, junio, 1921.
LOS BASTIDORES DE LA TRAGEDIA
SEGÚN AVIRANETA
HABÍA leído el relato anterior a mi amigo don Eugenio, y éste me dijo:
--Esa historia que copiaste del Diario de ese señor malagueño representa el lado público de la tragedia de Barcelona; ahora te contaré yo el lado privado; seguramente, menos novelesco y con menos ringorrangos. No soy nada partidario de la literatura en la Historia. A mí me gusta la relación de los hechos ciertos, claros, escuetos y sin adornos.
--A mí también. Lo malo es que no hay hechos claros, ciertos y escuetos.
--¿Cómo que no?
--Naturalmente que no. Si los hechos fueran tan claros en la Historia, usted no tendría motivo para quejarse de haber sido juzgado injustamente.
--Es que a mí se me ha tratado con una injusticia deliberada. Entre los clericales y los farsantes de la masonería me han hecho el vacío. Yo he preferido no ser nada que no medrar apoyado por miserables imbéciles. Hoy, si empezara a vivir, haría lo mismo.
--Bien. Es que usted no tiene sentido social alguno, y, además, sucede que esos hechos que usted cree tan claros y tan escuetos no lo son.
--¿Esa es tu opinión?
--Sí.
--No es la mía.
--Bueno, no discutamos; siga usted con lo que iba a decir.
--Habrás leído mi folleto _Mina y los proscritos_.
--Sí.
--No es la verdad completa, porque lo escribí en la emigración, en Argel, y me hallaba verdaderamente furioso.
--¿Y los hechos? ¿Esos hechos que son tan claros, según usted?
--En mi folleto se advierte irritación y rabia; pero los hechos hablan claros.
EN ZARAGOZA
El verano de 1835 me encontraba yo en Zaragoza, escapado de la Cárcel de Corte, viviendo pobremente en una casa de huéspedes de la calle de San Pablo. Allí publiqué un folleto titulado _Lo que debería ser el Estatuto Real o derecho público de los españoles_, en la imprenta de Ramón León.
El publicar este folleto me atrajo la hostilidad de los moderados y de gran parte del partido liberal, que trabajaba con todo su poder para ahogar la revolución, que muchos considerábamos necesaria y que dirigíamos los de la Sociedad Isabelina.
Yo creo que nuestro plan era, por entonces, el más claro; consistía en restaurar la Constitución, más o menos modificada, instalar un Gobierno liberal de orden y acabar con el carlismo, tanto por medios políticos como por la fuerza militar.
Reunir el patriotismo en un centro común, decía yo en mi folleto; hacer al carlismo una guerra de exterminio y trabajar incesantemente hasta conseguir una verdadera representación nacional, he ahí los constantes desvelos de los isabelinos.
Mis planes--seguía diciendo después--nunca se dirigieron al establecimiento de una república en España. Republicano por principios, estoy plenamente convencido de que los españoles, desgraciadamente, no nos hallamos en estado de abrazar el sistema de gobierno más barato y perfecto que se conoce desde el origen de las sociedades.
--¡Pero, hombre, don Eugenio, qué utilitarismo más vulgar!
--Hay que tener principios, y el utilitarismo ha sido el principio capital de nuestra época. Sigo adelante.
Las ambiciones personales destrozaron nuestro partido. Nosotros no creíamos que fueran indispensables estas o las otras personas para la marcha de las instituciones liberales. Entre nuestros políticos no había grandes lumbreras, y pensábamos que todos o casi todos se podían reemplazar. Esto producía en la clase política, convertida en oligarquía, una cólera terrible. ¿No creíamos que Argüelles, Toreno o Mendizábal eran insustituíbles? Pues éramos anarquistas, perturbadores, dignos del presidio.
Como los oligarcas tenían el mando y el dinero, la traición en nuestras filas era frecuente. Muchos de los individuos de las juntas isabelinas se pasaron secretamente al campo enemigo y ofrecieron sus servicios al conde de Toreno.
Por este tiempo, el gobernador civil de Zaragoza publicó un bando contra los forasteros que habitaban la ciudad; y aunque indirectamente y sin nombrarme, me señalaba a mí con tales detalles, que los isabelinos todos comprendieron que se trataba de expulsarme.
En dicho bando se mandaba que los forasteros que no tuviesen pasaporte, o que teniéndolo no fuera legítimo, se presentasen en el Gobierno civil o salieran de la provincia. Yo, ni me presenté ni salí de Zaragoza. Los patriotas y amigos míos se ofrecieron a sostenerme y a defenderme en el caso de que se me quisiera expulsar de allí.
«EL CONSABIDO»
Al comienzo del mes de septiembre, el ministro de la Gobernación, don Ramón Gil de la Cuadra, me escribió una carta pidiéndome que dirigiese una circular a los socios de la Isabelina, a fin de que cooperasen con todos sus esfuerzos a favor de Mendizábal, el hombre de los milagros. Lo hice así, y con la mejor intención movilicé a mis amigos políticos de Madrid y de provincias.
--¿Era usted todavía hombre influyente?
--Sí, ya lo creo. Estaba en auge.
A consecuencia de las comunicaciones que se cambiaron entre el ministro y yo se estableció una correspondencia amistosa. Don Ramón Gil de la Cuadra, me pidió mi parecer acerca de la marcha que debía de seguir el nuevo ministerio, y yo le contesté dándole las soluciones que a mí se me figuraban las más oportunas en aquel momento. Gil de la Cuadra contestaba a mis cartas firmando: _El Consabido_.
Después de un mes o mes y medio de correspondencia, Gil de la Cuadra me preguntó en una carta qué pensaba hacer, qué proyectos tenía; yo le expliqué en qué situación me encontraba, y, al poco tiempo, él me escribió diciéndome que, a su parecer, lo que más me convenía era que el Gobierno me diese una comisión activa que me produjera un modo decente de vivir de mi trabajo, y que más adelante, por medio de la influencia de Mendizábal, me colocaran en un destino fijo en el ejército.
Pregunté a Gil de la Cuadra adónde había pensado enviarme en comisión, y me contestó que a Barcelona.
Los amigos de Zaragoza me hicieron desconfiar; según ellos, en Barcelona me esperaba el fracaso; la ciudad condal tenía en política cierta autonomía, y no siendo yo catalán no podría hacer, probablemente, allí cosa de provecho.
Comuniqué esta opinión de mis amigos a Gil de la Cuadra, y éste me replicó enfadado diciéndome que hacía mal en no ir a Barcelona, y que allí era donde podía ejercer mi actividad con mayor provecho.
MENDIZÁBAL
A mediados de octubre escribí a mi amigo don Tomás de Alfaro, hermano político de Mendizábal, rogándole hablase a éste para que me remitiera un salvoconducto con el cual pudiese regresar a Madrid.
A vuelta de correo recibí el permiso, y me presenté en la corte el mismo día de la apertura de los Estamentos.
Supe que los partidarios de Toreno y de Martínez de la Rosa trabajaban para que otra vez se me encerrara en la Cárcel de Corte, pretextando la existencia de un mandamiento de prisión dado contra mí, a causa de mi fuga del mes de agosto; pero Mendizábal se opuso y me libertó de un nuevo atropello. Fuí a ver a don Juan Alvarez Mendizábal a la calle de Atocha, 65, donde vivía, y a la Presidencia.
En las varias ocasiones que tuve de hablar con el presidente del Consejo, éste me recibió con gran atención, me auxilió en mi desgracia y me quiso emplear de una manera honrosa y decente.
Tú ya le has conocido a Mendizábal, y recuerdas seguramente cómo era: muy alto, con un tipo aguileño de judío, por lo que Borrow lo encontraba aspecto de un Beni-Israel; el pelo, ya que comenzaba a blanquear, y la levita, inglesa, de corte irreprochable.
--Una pregunta.
--Venga.
--¿Usted sabe por qué Mendizábal, que se llamaba Alvarez y Méndez, cambió de apellido y se llamó Mendizábal?
--Creo que el motivo principal fué borrar el aire judaico que tenían, por entonces, entre los gaditanos, sus apellidos, sobre todo el de Méndez. Había en Cádiz la casa de los Méndez, que se tachaba de judía. Los Alvarez eran desconocidos; todo el mundo tenía la tendencia de llamar a Mendizábal, Méndez, y suponer que era judío, aunque Mendizábal estaba bautizado, y sus padres también. Alvarez Méndez, Méndez Alvarez... Esto último sonaba a Mendizábal, apellido vasco, por lo tanto, poco sospechoso de judaísmo, y don Juan lo adoptó.
--Es una versión lógica.
--Mendizábal--siguió diciendo Aviraneta--hablaba de una manera muy premiosa, que a veces sabía ser cordial. Yo le había conocido cuando la revolución del año 20, pero él ya no se acordaba de mí.
Me preguntó qué quería; le expliqué que mi causa del 24 de julio estaba todavía abierta, y que a consecuencia de ella no podía ser reintegrado en mi destino de Comisario de Guerra. Me habían aconsejado que presentase en el ministerio una solicitud pidiendo que aquella causa fuese comprendida en el Real decreto de 25 de noviembre, y que, en su consecuencia, se sobreseyese.
A Mendizábal le pareció bien que siguiera este procedimiento, y me aseguró que sobreseería la causa.
Agradecido a tan gran beneficio me ofrecí a él para que me ocupase en lo que me creyera más útil a la patria, y el ministro me manifestó el estado crítico de Cataluña, las intrigas que allí se desarrollaban, atizadas por los carlistas y por los extranjeros, y lo conveniente que sería el que yo pasara al lado del general Mina para desentrañar aquellas maquinaciones y auxiliar al general.
--¿Está usted en buenas relaciones con Mina?--me preguntó Mendizábal.
--Sí, soy amigo suyo; no tengo ningún motivo de queja contra él, y creo que a él le debe pasar lo mismo con relación a mí.
--Mina hace un gran papel en Cataluña--añadió don Juan--; es muy querido por los liberales del país, pero no tiene flexibilidad alguna; cree que a cañonazos y a tiros ha de dominar la situación, y en esto se engaña. Sería por eso conveniente que un hombre diplomático y de espíritu flexible, como usted, se reuniera a él y lo aconsejara.
--Pues, nada, iré a Barcelona.
--Bien. Yo le daré a usted una carta.
La carta que me dió Mendizábal decía así:
«Excmo. Sr. D. Francisco Espoz y Mina.
»Madrid, 30 noviembre de 1835.
»Mi querido general: Por los beneficios que deben resultar a la justa causa y por el concepto que me merece el dador de ésta, el señor de Aviraneta, suplico a usted le considere como persona de confianza; de la buena inteligencia y acuerdo de ustedes no dudo resultarán motivos de satisfacción para todos, y en esta creencia preveo igualmente que accederá usted a mis deseos.
»Es de usted siempre afectísimo amigo, que besa su mano,
»_J. A. y Mendizábal_».
Los días siguientes fuí a ver a don Ramón Gil de la Cuadra. Ni en el ministerio ni en su casa pude encontrarle.
DON RAMÓN GIL DE LA CUADRA
Don Ramón Gil de la Cuadra era vizcaíno, de Valmaseda; había viajado por América, Filipinas y la India inglesa; era aficionado a las matemáticas y a las ciencias naturales. Tenía mucha suspicacia y era muy enemigo de la gente joven y activa.
Durante los años de la emigración, en Londres, después de 1823, se hizo tan íntimo de Mina, que se le consideraba como su mentor. Le escribía los planes de las conspiraciones y los proyectos futuros de los futuros gobiernos liberales.
Se tenía de él un gran concepto, y formaba con Argüelles, Calatrava, Ferrer, Gamboa, etc., un grupo de doceañistas, al que algunos llamaban el de los Magnates, y también el de los Viejos Cardenales. Don Ramón era serio y reservado, tenía mucho prestigio, y excepto Alcalá Galiano, que le odiaba, los demás le consideraban como un gran hombre.
La mala acogida de don Ramón Gil de la Cuadra renovó mis sospechas de Zaragoza, que se aumentaron aún con los datos que me dieron algunos amigos. Me dijeron que don Ramón hablaba mal de mí; que me pintaba como un intrigante y como un alborotador, y que decía que sería conveniente que me expulsaran de España.
LOS DOCTRINARIOS
--Pero esta hostilidad, ¿no tenía algún otro motivo particular?--le pregunté yo a don Eugenio.
--No, que yo sepa; todos estos políticos viejos eran doctrinarios, gentes de principios cerrados, ordenancistas; ellos, como los médicos de Molière, preferían que el enfermo se muriera a dejar de seguir los preceptos de Hipócrates. Comprendían, claro es, que en tiempo de revoluciones y de revueltas no se puede marchar siguiendo la ley al pie de la letra; pero en vez de confesarlo así y obrar en consecuencia, tomando el mejor camino por intuición, buscaban sutilezas y argucias para dar a la arbitrariedad una apariencia legal.