Las Furias

Part 6

Chapter 64,118 wordsPublic domain

Se vivía en una inquietud constante; la gente no había tenido un momento de paz ni de reposo desde la guerra de la Independencia; se estaba en un perpetuo sobresalto y en una constante interinidad.

Desde el día siguiente en que llegué a Barcelona me dediqué a ver si encontraba trabajo. En todos los comercios me decían que esperara, que no sabían a qué atenerse, y que el momento no era propicio para tomar más dependencia.

Pensé en marcharme pronto de Barcelona, pero Arnau me decía que me quedara allí. Según él, a todas partes adonde fuera, en España, me ocurriría lo mismo.

El pensaba que tenía que haber una revolución que diera un estallido, y que después de ella vendría la calma.

XIX.

TARRACONENSE

QUIZÁ la división más natural de la Península, al menos desde un punto de vista espiritual, es la antigua romana, que señalaba tres grandes regiones: la Tarraconense, la Bética y la Lusitania; a éstas se podría añadir, como complemento, la Cantabria, que es una cuña metida entre las otras tres, con la punta en el centro de la tierra hispánica y la base en los Pirineos y el golfo de Vizcaya.

En la región tarraconense influyen con energía dos elementos: la montaña y el mar, el campo y la ciudad.

Es posible que todas las guerras civiles modernas no sean mas que la lucha del campo contra la ciudad; del campo, que queda inmóvil, contra la ciudad, que cambia y evoluciona.

Cataluña es el país de la Península donde hay un contraste más violento entre las tierras montañesas y las marinas, entre las ciudades despiertas y las campiñas reaccionarias. Este contraste no es tan grande en la vertiente atlántica, en donde el monte no es tan alto, ni tan seco, ni tan frío, ni tan intrincado, y en donde el mar no es tan ardiente ni tan voluptuoso.

Así, estos polos, el polo montañés y el marino, el polo rural y el ciudadano, chocaban y chocan en Cataluña con una terrible violencia; así, el odio entre el carlista de la montaña y el republicano del mar era furioso.

A pesar de que en aquel tiempo no había todavía oficialmente un partido republicano, muchos de los catalanes de las ciudades lo eran vagamente, y unían el entusiasmo por la república con el entusiasmo por la ciudad.

Tenían ya por entonces los barceloneses un sentido ciudadano tan exagerado, que les llevaba a una megalomanía completa, y hubiesen querido que su ciudad fuera el centro del mundo.

No sé si este contraste de la montaña y del mar es el que ha hecho a la gente de la región catalana tan violenta y tan fiera; lo que sí es cierto es que lo eran y lo son para todo. La guerra civil lo demostró. Cataluña y Valencia dieron en ella la nota más feroz y más sanguinaria. En comparación suya, la guerra del Norte parecía una guerra de estrategia y de posiciones.

Esta violencia mediterránea no era sólo campesina, sino también ciudadana, y hasta podía ir unida a cierta cultura.

Un ejemplo de ello me bastaría citar: por entonces se hablaba en Barcelona de un fraile exclaustrado que era librero de viejo. Este hombre tenía tal afición por sus libros y sus papeles, que cuando vendía alguno de ellos le entraba tal desesperación de verse sin su infolio o sin su manuscrito, que salía detrás del comprador y lo asesinaba para recuperarlo.

Este absolutismo y esta violencia para cualquier cosa existía, más que en ninguna parte de España, en Cataluña, y sobre todo en Barcelona.

XX.

CONFUSIÓN

HABÍA un constante entrar y salir de gente misteriosa, hombres embozados en capas y en mantas, en nuestra casa de la calle de la Puerta Ferrisa. Pregunté a don Ramón Arnau qué pasaba allí, y me dijo que un conspirador venido de la corte, Aviraneta, había llegado con el objeto de dirigir las huestes revolucionarias de Barcelona.

Unos días después, Arnau me contó que había acudido algunas noches a las tertulias que se celebraban en el piso principal de nuestra casa, y se manifestó muy partidario de las ideas y de los planes del conspirador madrileño.

Como a mí no me interesaban las cosas políticas, me dedicaba a vagar por el pueblo, a recorrer sus calles, a andar por la Rambla, y pasaba también largos ratos en el claustro de la Catedral.

Una mañana, en este claustro me encontré con Elena y María Rosa. Se me acercaron rápidamente; tenían aire de haber llorado; venían las dos de negro, de mantilla, con un rosario en la mano. Me dijeron estaban haciendo gestiones para libertar a Vidal y a Moro-Rinaldi, que se hallaban encerrados en la Ciudadela. Habían visitado a la mujer del general Mina, y ésta, tratándolas con gran cariño, les había dicho que su marido no se encontraba en Barcelona y que esperasen a que llegara.

María Rosa me indicó que hablara a su padre; le hablé; pero el capitán Arnau me contestó rudamente que no pensaba hacer nada en favor de su yerno.

María Rosa y Elena me indicaron que fuera a la fonda de las Cuatro Naciones, donde vivían, y si sabía alguna noticia importante para sus respectivos maridos se la comunicase.

Mientras yo paseaba y Arnau visitaba la habitación de Aviraneta, Secret, uno de Reus y el Caragolet, andaban de trinca, de café en café, con la gente más exaltada y de armas tomar de Barcelona.

Se reunían en el café de la Noria, de la calle del Arco del Teatro; en la taberna de la Bomba, de la calle de la Bomba, y frecuentaban también el café de los Tres Reyes, situado junto al Palacio; el de Guardias, cerca del teatro Principal, y el café de Titó, que entonces se llamaba de la Reina. Todos estos cafés eran verdaderos clubs en donde se celebraban reuniones patrióticas. Otro centro de reunión de los exaltados estaba en las casas del Colegio de Mercedarios, en la Rambla.

El café de la Noria era entonces el club más favorecido por los hombres de pro; allí peroraban Madoz, Figuerola, Aiguals de Izco, Pedro Mata, y otros. Allí acudían diariamente el gobernador militar de la plaza, don Antonio María Alvarez, y el administrador de Correos Abascal, para seguir las inspiraciones de los exaltados. Allí habló también Alibaud, que luego atentó en París contra la vida de Luis Felipe. Los de la taberna de la Bomba eran francamente republicanos, y los del café de los Tres Reyes tenían cierto matiz, todavía mal definido, de regionalistas.

Estos exaltados se dividían por su grado de exaltación y por la clase social a que pertenecían: los había elegantes y distinguidos y los había del arroyo. Entre esta gente del arroyo un tipo muy influyente era el Bacallanet, contratista que acababa de construír una plaza de toros cerca de la Ciudadela. Como lugartenientes del Bacallanet estaban dos hermanos liberales exaltados, los Madecul, el hojalatero Garriga, el carpintero Xingola, el cerillero Castró, el Aucellet, y otros.

También había en estos grupos de las últimas capas sociales mujeres exaltadas, verduleras, lavanderas y algunas perdidas, todas a cuál más chillonas y alborotadoras.

Según me dijeron, las tres furias de la casa del Negre, la Nas, la Escombra y el Mussol, habían aparecido por la taberna de la Bomba.

Se vivía en Barcelona en plena exaltación; se hacían salvas al ponerse el sol. Todos los días se hablaba de que la Milicia urbana tenía que salir a campaña, lo que, naturalmente, producía una gran sensación en los pequeños comercios y en los talleres donde trabajaban los milicianos nacionales.

Un día le pregunté a Secret qué es lo que pretendían sus amigos y él; si estaban de acuerdo con los que se reunían en casa de mi vecino Aviraneta; pero me dijo que no, que ellos tenían otros proyectos y otros ideales.

El pueblo se hallaba próximo al estallido; el odio frenético contra los carlistas, el recuerdo de los atropellos del conde de España, la idea de que los frailes seguían mandando en la ciudad y de que los carlistas tenían en ella más influencia y más poder que los liberales, les ponía a éstos en la mayor desesperación.

XXI.

LA CIUDADELA

UNA tarde, después de comer, acompañé a Elena y a María Rosa a la Ciudadela; al llegar delante del rastrillo, el cabo de guardia nos detuvo y nos interrogó. A las dos mujeres las dejó pasar; a mí no me permitió la entrada.

Siguieron ellas por el puente y yo quedé fuera del rastrillo, que tenía a cada lado un gran pilar de piedra, con una bola, también de piedra, como remate. Pasé allí un cuarto de hora largo, y viendo que Elena y María Rosa no aparecían, me asomé al paseo de la Explanada. Había cerca de la muralla un cordelero que hacía una cuerda de cáñamo mientras un chico daba vueltas a una rueda. Me paré a mirarle, recordando a mi amigo el señor Vicente, el tío Corda.

El cordelero me preguntó si le necesitaba para algo, y le dije que no, que me recordaba a un amigo, y le indiqué a lo que había ido allí.

El hombre pareció agradecer la confianza, y, hablándome en mal castellano, me explicó que en aquella explanada había hacía poco tiempo una horca muy fuerte, con una escalera de madera, con su barandado, sin duda para que los reos pudieran subirla con seguridad. En esta horca se colgaba a la gente en serie.

El había visto allí los hombres como racimos. Los franceses habían ejecutado en aquel punto a cinco patriotas catalanes, y el conde de España no se contentaba con ahorcar a los liberales, sino que tenía la humorada de darles broma en vida y de tirarles de los pies después de muertos.

Unos meses antes, según me dijo el cordelero, habían fusilado en aquel mismo sitio a Miguel Arques, a quien llamaban el estudiante Murri, mozo que durante el mando del conde de España fué uno de los espías que denunciaban a los liberales.

Le di un pitillo al cordelero. Era un vejete flaco y aguileño. Hablaba de una manera un tanto desdeñosa. No había salido nunca de aquel rincón. Allí trabajaba desde su infancia.

El cordelero deshizo el cigarro que le di, molió el tabaco entre sus manos callosas, puso el papel de fumar en el labio, lió el pitillo, lo encendió y me dijo, mostrándome la fortaleza:

--Dentro de unos días va a haber aquí sangre.

--¿Cree usted?

--Eso dicen.

--¿Y a usted no le parece mal eso?

El cordelero se encogió de hombros. Luego me mostró las distintas dependencias de la Ciudadela: los cuarteles, los almacenes y la torre de Santa Clara. Era ésta ancha, gruesa, con contrafuertes; tenía en lo alto una torrecilla a modo de templete, con un barandado con cuatro floreros. Según me dijo el cordelero, en esta torre solían encerrar a los presos políticos, y allí había estado el general Lacy antes de ser enviado a Mallorca para ser fusilado.

Vi que Elena y María Rosa aparecían de nuevo en el rastrillo, y me despedí del cordelero para acercarme a ellas. Elena y María Rosa venían abatidas; por lo que me dijeron, Vidal y Moro-Rinaldi tenían pocas esperanzas de ser libertados. En la Ciudadela, entre los presos, corría la voz de que el pueblo pensaba asaltar la prisión y degollarlos a todos. Al parecer, el odio era grande contra el coronel don Juan O'Donnell, uno de los O'Donnell carlista que había sido hecho prisionero en una escaramuza en Olot y que estaba preso en la Ciudadela. O'Donnell era objeto de las iras del pueblo, que quería sacrificarle en venganza de los fusilamientos y crueldades que habían cometido los carlistas...

Otro día acompañé a mis dos amigas a casa del general don Pedro María Pastors, gobernador de la Ciudadela.

Elena llevaba una carta para la señora del general, doña Carmen de Foxá y Vadolato, hija del barón de Foxá.

El general nos recibió amablemente. Era el tal militar un tipo raro, catalán, de Gerona, que hablaba con un acento muy rudo. Este hombre me pareció un extravagante de muy poco talento; de gustos populares, llevaba, como algunos marineros, un anillo en la oreja.

El general Pastors nos dijo que había pedido al segundo cabo, don Antonio María Alvarez, quien mandaba la capital en ausencia de Mina, el que permitiese trasladar a O'Donnell y a otros prisioneros carlistas odiados por el pueblo a un buque de guerra de la marina inglesa; pero Alvarez se había negado, diciendo que mientras Mina no estuviese en Barcelona él no podía tomar tales disposiciones.

La razón de la diligencia y del deseo de Pastors de salvar a O'Donnell dependía de que era amigo suyo y de que había hecho con el padre del preso y con el preso la campaña de los absolutistas, en 1823. Pastors mandó por entonces una brigada, de la que eran comandantes Zumalacárregui, el joven O'Donnell y el conde de Negri.

Como Alvarez sabía por qué motivos Pastors pedía la traslación de O'Donnell, no se la quiso conceder. Lo extraño era que Pastors no lo comprendiese y se devanase los sesos pensando qué causa habría para la negativa.

Elena y María Rosa se despidieron del gobernador de la Ciudadela con muy pocas esperanzas.

XXII.

LA MAREA QUE SUBE

HACIA fin de año apareció en los periódicos de Barcelona un parte del general Mina, fechado en San Lorenzo de Morunys. Decía que los carlistas continuaban defendiéndose en el Santuario del Hort estrechados por las tropas de la Reina, y que un prisionero, fugado la noche anterior del santuario, había declarado que los carlistas pasaban por las armas a los liberales que tenían en su poder. Llevaban fusilados ya treinta y tres hombres, entre oficiales y soldados. Estos, en su mayoría, eran del regimiento de Saboya.

Por lo que se contó, los sitiados advirtieron a Mina que por cada cañonazo que les disparase fusilarían a un prisionero, y empezaron su represalia sacrificando a cinco comandantes de nacionales que tenían presos, arrojando sus cadáveres por los barrancos del monte, en donde estaba el santuario.

La noticia causó una gran indignación entre el ejército y los paisanos; se decía que los carlistas atropellaban las leyes de la guerra, y la indignación era mayor en los soldados que guarnecían la Ciudadela, pues éstos, en su mayor parte, pertenecían al regimiento de Saboya, el cual había sido el más castigado por los carlistas en el Santuario del Hort. Se añadía que, antes de matarlos, los carlistas atormentaban a sus prisioneros.

Estos rumores, verdaderos o falsos, se fueron exagerando al correr de boca en boca y avivaron el furor de los liberales barceloneses. La rabia contra los enemigos de dentro y de fuera se hacía frenética y desesperada.

--Hay que acabar con los que nos asesinan--se gritaba.

--Es necesario hacer algo ejemplar.

María Rosa y Elena vinieron a mi casa pidiéndome consejo, pero yo no sabía qué aconsejarlas.

El día 4 de enero amaneció frío y triste. Estaba lloviendo. Barcelona tomó un aire de revuelta. En las primeras horas, tambores tocando generala pasaron, seguidos de grandes grupos, por la Rambla. Iban hacia la plaza de Palacio, donde la multitud engrosaba por momentos. Marchaban las patrullas de acá para allá, gritando, exasperadas.

Por entonces, en la plaza de Palacio, frente a la Lonja, se estaba construyendo un edificio grande por un capitalista catalán, Xifré, enriquecido en la Isla de Cuba. Al mismo tiempo se trabajaba en ensanchar la plaza. Con la lluvia se hallaba ésta convertida en un barrizal.

Elena y María Rosa no se apartaban de las proximidades de la fortaleza en que se encontraban prisioneros sus maridos.

Custodiando la Ciudadela no había el día 4 de enero mas que un pequeño destacamento del regimiento de Saboya, que no llegaba a ciento cincuenta hombres; ocho artilleros y ochenta milicianos nacionales. Al mediodía del 4 se reforzó la guardia con unos sesenta soldados, única fuerza útil de un batallón del 20 de línea, que ni siquiera tenía armas.

Por lo que se dijo, el general Pastors, al oír que el pueblo intentaba asaltar la Ciudadela, y sabiendo que se hallaba completamente desguarnecida, salió de su casa, tomó un coche y, atravesando el gentío que le obstruía el paso, llegó a la fortaleza.

Al caer de la tarde, la muchedumbre, en la plaza de Palacio, era imponente; se decía que los oficiales carlistas más comprometidos se habían fugado de la cárcel, y que el Gobierno contemporizaba con los enemigos de la libertad. Al parecer, los batallones de la Milicia estaban dispuestos a dejar hacer a los ciudadanos decididos para que estos tomasen las represalias que quisieran.

Al obscurecer, la multitud se decidió, se movilizó y comenzó a marchar hacia la Ciudadela. El movimiento parecía pensado, premeditado. Alguien daba las órdenes, aunque no se sabía quién. Los tambores tocaban generala. «¡Viva la Petita!»--gritaban unos--. «¡Viva Cristina y vinga farina!»--decían otros; y estos gritos se mezclaban con los de la gente que vitoreaba a la Libertad y a la República.

Seguía lloviznando.

Entre los grupos vi al Caragolet, harapiento, con su gorro rojo en la cabeza, tocando un tambor. Un gentío inmenso se acercó al rastrillo, lo empujó, lo rompió y comenzó a adelantar hacia la puerta de la muralla.

Por dentro levantaron el puente levadizo. Los amotinados vacilaron un instante. Entonces, un grupo de hombres, dirigidos por el Bacallanet y por otros que hablaban catalán y que no se sabía quiénes eran, fueron a la plaza de Palacio, cogieron de las obras que allí se estaban haciendo dos grandes escaleras y las trajeron entre los aplausos de la multitud.

Mientrastanto, algunos amotinados habían inundado los fosos y los glacis de la Ciudadela, y pedían a gritos que les entregasen los prisioneros carlistas.

Los directores del motín conferenciaron y decidieron, sin duda, esperar a que entrara la noche para dar el asalto.

¿Quiénes eran estos hombres? Lo pregunté. Nadie los conocía.

La multitud se estrellaba contra los muros de la Ciudadela como las olas de un mar turbulento; pronto se hizo completamente de noche, y comenzaron a brillar antorchas, que iban y venían de un lado a otro en la explanada y en los fosos.

Contemplaba yo la escena sobrecogido cuando se me acercó Elena. Me sorprendió, porque venía vestida de hombre. Me dijo que estaba dispuesta a salvar a su marido, de cualquier manera que fuese.

De pronto vimos una silueta iluminada por un hacha de viento humeante en lo alto de la muralla, y supimos que era el gobernador de la Ciudadela que arengaba a la multitud. Yo no le oí; me dijeron que había preguntado a los sublevados qué es lo que querían y que éstos habían contestado:

--Queremos a los presos; queremos a O'Donnell.

El gobernador dijo que no tenía atribuciones para entregar a los prisioneros, y que lo haría si le mostraban una orden superior. Los amotinados contestaron con terribles alaridos, exigiendo que se les entregara a los presos inmediatamente. El general se retiró de la muralla y volvió a aparecer de nuevo, poco tiempo después, a la luz de una antorcha, a proponer que el pueblo nombrase un parlamentario y que, en unión de un coronel que estaba entonces en la Ciudadela, fueran a visitar a la primera autoridad militar de Barcelona.

El Bacallanet y sus amigos discutieron entre ellos; se oyeron frases contra el Gobernador; alguien dijo que no había que hacer caso de sus palabras, sino comenzar en seguida el asalto.

El problema estaba en saber lo que haría la guarnición; si ésta comenzaba a disparar era imposible entrar en el castillo. El Bacallanet y los suyos afirmaron que la guarnición no dispararía.

Se colocaron las dos largas escaleras en el foso, enfrente cada una de una tronera, y comenzó a subir por ambas una fila de personas. El primero que se lanzó al asalto fué el Caragolet. Llevaba una antorcha en la mano, iba harapiento, sin gorro, con los pelos alborotados, la cara llena de rabia y de cólera.

Tras él subieron la Nas, la Escombra y el Mussol; luego, Ramón Secret, y poco después, Arnau.

A la luz vacilante de las antorchas se vió ir subiendo, por las dos largas escaleras, filas de hombres decididos e iracundos.

Se veían caras foscas, duras, barbudas, la mayoría con el gorro rojo sobre las greñas; algunos pocos iban armados con sables y fusiles; dos o tres llevaban el cuchillo entre los dientes.

Toda esta gente avanzaba con una terrible decisión. De pronto se abrió el puente levadizo y comenzó a bajar, con lentitud, hasta cubrir el foso.

Aquella puerta abierta de la muralla, un arco negro iluminado por la luz de las antorchas, me pareció la entrada del Tártaro. Creí que iba a aparecer algún pantano fétido con algún sombrío Caronte.

Las turbas, al ver el paso franco, se lanzaron adentro como una ola embravecida. Yo penetré, empujado por la multitud, en aquellos dominios del Orco. Era como una marea cenagosa que iba subiendo e inundándolo todo.

El general Pastors se presentó delante de la desbordada muchedumbre intentando aplacarla; quiso hacerse obedecer por la tropa, pero ésta apenas le hizo caso; por el contrario, muchos soldados del regimiento de Saboya se unieron con los sublevados y les entregaron sus fusiles.

--Hay que vengar a nuestros compañeros, amigos y parientes asesinados por los carlistas. ¡A muerte los presos!

Entonces, a la siniestra luz de las antorchas, se vió a esta multitud de frenéticos y de sicarios entrar en los cuarteles y en los calabozos. Arrebataron al alcaide las llaves, forzaron a balazos las puertas que no podían abrir, sacaron a los presos y los fueron matando a tiros, a sablazos y a cuchilladas.

La salvaje marea subía furiosa, golpeando a derecha e izquierda y dejando por todas partes huellas de sangre.

Muchos de los presos se arrodillaban implorando la misericordia de los amotinados: no les valía. Uno que había sido sacado a empellones de su encierro y vió aquella horrible carnicería, alzó en sus brazos a un niño de pecho, gritando:

--Tened piedad de mi hijo.

--Dámelo--gritó un hombre del pueblo; y mientras éste lo cogía en sus brazos, otro atravesaba el corazón del padre de una puñalada.

Según dijeron, O'Donnell, que vió acercarse a los amotinados por un corredor, gritó con desesperación:

--Me van a asesinar; ¡oh!, si tuviera una espada.

Inmediatamente cerró la puerta de su calabozo; pero los asaltantes la abrieron a tiros y a culatazos.

O'Donnell se refugió en un rincón; los sublevados le dispararon varios tiros y cayó al suelo. Vivo aún, lo cogieron y por una ventana lo echaron al foso. Como una manada de lobos feroces, la turba se arrojó sobre aquel cadáver, le ataron una cuerda a los pies y lo llevaron arrastrando por el suelo hacia el centro de la ciudad.

Gran parte de la gente que andaba por los fosos salió aullando, corriendo, detrás de aquel despojo sangriento. La marea de sangre comenzaba a bajar.

XXIII.

FURINALIA

DE pronto, Elena se acercó a mí y me dijo:

--Venga usted, ¡por Dios!, a ver si salvamos a mi marido.

La seguí, y fuimos los dos hasta uno de los almacenes de pólvora en el que se habían refugiado Moro-Rinaldi y Vidal; pero los asaltantes, ávidos de nuevas víctimas, recorrían todas las instalaciones de la Ciudadela. Al final de un corredor del almacén de pólvora en donde estaban Vidal y Moro-Rinaldi apareció el general Pastors con otros dos oficiales y gritó, con su acento catalán duro y violento, que antes que forzar la puerta hollarían su cadáver, pues de entrar allí con las antorchas podrían producir una explosión que sepultaría a todos bajo las ruinas de la Ciudadela y de gran parte de la ciudad.

La energía de las palabras del general probó, sin duda, a los sublevados que eran verídicas. Iban a volver atrás cuando uno de ellos, señalando a Moro y a Vidal, dijo:

--Estos son presos carlistas.

Elena gritó con voz aguda:

--No; han entrado en la Ciudadela conmigo.

--Es verdad--afirmé yo--; y acababa de decir esto cuando aparecieron en el corredor la Nas, la Escombra y el Mussol como tres lobas furiosas, las tres pálidas, con los ojos ardientes, una de ellas armada con una hoz, y seguidas del Caragolet, con un sable en la mano.

Yo pensé que eran fantasmas que brotaban de la noche y de las profundidades del Averno.

Las tres furias gritaron con energía que no era cierto, que eran prisioneros carlistas. Pastors y los oficiales nada dijeron a favor de los presos, e inmediatamente los amotinados los sacaron al foso.

--¡La _jettatura_! ¡La _jettatura_!--repitió varias veces Moro-Rinaldi, pálido de terror.