Part 5
--No creo en eso. Además, a mí me parece que la voluntad y el amor pueden modificar el destino.
Moro se encogió de hombros.
--¿No cree usted en el amor?
--Poca cosa, la verdad.
--¡Pobre Elena!--exclamé yo.
--¿Por qué?--preguntó él--. Yo creo que para hacer feliz a una persona es mejor no sentir amor por ella.
--Es una tesis un poco extraña..., pero, ¿quién sabe?, quizá sea cierta.
Vidal, al salir de la botica, me dijo que sospechaba que de ninguna manera María Rosa aceptaría el escaparse con él dejando su familia.
Yo, al oír esta conversación, suponía que se trataba de una broma más que de un proyecto en serio.
XIV.
UNA SERENATA
AL comienzo del invierno, algunos jóvenes del pueblo pensaron en organizar una pequeña orquesta para el Carnaval del año siguiente. Fuimos a un sótano, que era almacén de un anticuario, a ensayar. Allí, delante de estatuas góticas de piedra, que representaban apóstoles con un libro o con un báculo en la mano; de tablas antiguas, pintadas y estofadas; de santos de madera con los ojos de cristal; de retablos dorados con angelitos mofletudos; de vargueños, arcas talladas y camas con columnas salomónicas e incrustaciones de cobre, solíamos armar una gran algarabía con nuestros instrumentos.
Yo tocaba el violín.
Vidal, la guitarra, y Moro Rinaldi, la mandolina.
Cuando llegamos a ensayar algunos trozos con cierta maestría, Moro Rinaldi propuso que diéramos serenata a las damas de nuestros pensamientos.
Elegimos un sábado, y salimos todos formados del almacén del anticuario, donde nos reuníamos para ensayar, a la calle, de noche.
El tiempo estaba espléndido. Había una lluvia de estrellas, y se veían a cada paso cruzar rayas luminosas por el cielo profundo y transparente. A lo lejos se oía el murmullo del mar como una respiración lenta, voluptuosa y tranquila.
Pasamos primero por delante de casa de Arnau, tocamos dos o tres piezas de nuestro repertorio, y Vidal cantó una jota con mucho brío delante de la ventana de María Rosa. Luego fuimos acercándonos por las callejuelas estrechas a la casa de Elena; allí repetimos nuestro concierto, y Rinaldi cantó con mucho gusto la siciliana de _Le Nozze di Figaro_, de Mozart.
El balcón de Elena se iluminó, y vimos después su figura, vestida de blanco, asomarse a la barandilla.
Luego, yo toqué el _Carnaval de Venecia_.
Yo tenía la pretensión de hacer filigranas en este trozo musical que Paganini arregló para violín de la canción veneciana _O mamma!_, dándole un aire más incisivo, más burlón y más fantástico.
Estaba inquieto y toqué con un brío, con una furia, que yo mismo estaba maravillado. Sentía, al oír mi violín, una mezcla de dolor, de alegría, de pena, que hacía que se me saltaran las lágrimas. Me aplaudieron hasta los vecinos de la calle, que habían salido a la ventana, y me hicieron repetir dos veces.
Después de la serenata volvimos al almacén, donde dejamos los instrumentos; entramos en un café, bebimos un poco más de lo regular, cantamos el _Himno de Riego_ y paseamos por las calles, charlando.
Nos acercamos a uno de los baluartes que caía sobre el mar.
Había cesado la lluvia de estrellas y las constelaciones brillaban aun más vivas en la transparencia del aire.
Los centinelas, de cuando en cuando, daban su alerta, que se iba alejando hasta perderse en el silencio de la noche.
El mar tenía una calma siniestra; a lo lejos se veían los faroles de las lanchas pescadoras que iban y venían, se escuchaba a veces el sordo batir de los remos, y llegaba hasta el cielo, como una suprema armonía, el sonido rítmico y melancólico de las olas.
Esta noche, con sus serenatas y su lluvia de estrellas y el mar a lo lejos, fué para mí, no sé a punto fijo por qué, una de las noches más felices y más memorables de mi existencia.
Me pareció que la vida me había puesto de pronto en los labios la copa llena hasta el borde de un bálsamo dulce que había embriagado mi corazón, haciéndole olvidar todas sus tristezas.
Sentí una calma ideal, como si hubiera bebido el agua de Leteo o el nepenthes de Polydamna.
XV.
EL HOSTAL DE LA CADENA
HACÍA un día de noviembre espléndido; el cielo estaba azul; el mar, tranquilo, lleno de meandros de espuma. Las olas llegaban como tritones blancos a correr por la playa. Moro-Rinaldi, que había salido por la carretera de Barcelona, antes de llegar a la torre del capitán Arnau entró en el Hostal de la Cadena.
Era domingo; a la puerta de esta posada había un grupo de campesinos, de pescadores y de algunas gitanas. El Hostal de la Cadena se hallaba a un cuarto de legua del pueblo: era una casona amarillenta, unida a otras dos o tres casuchas, de color verde y rosa; tenía una puerta grande y un zaguán amplio, medio patio, medio cuadra, que en aquel momento estaba ocupado por un carro y una barca, mostrando así la hostería su condición entre campesina y marinera.
Para corroborar este aire mixto, se veía en las paredes del zaguán jáquimas y albardas y dos anclas roñosas sujetas a unas cadenas. Este zaguán comunicaba con la cocina y con una galería que daba a un corralillo.
Moro-Rinaldi atravesó el zaguán y entró en la cocina. Era la cocina grande y no muy clara; un olor de aceite frito y de tabaco llenaba el aire y se agarraba a la garganta. En el hogar colgaba un gran caldero, y alrededor de la lumbre había varios pucheros y cazuelas de barro. En medio de la estancia, en una mesa larga con dos bancos, estaban sentados varios hombres, atezados por el sol y por el aire del mar. Eran hombres de bronce, serios, graves, con gorros rojos y morados y trajes de color; algunos llevaban mantas a cuadros; todos hablaban el catalán como por explosiones.
Unos comían en platos de porcelana basta una sopa coloreada de azafrán; otros, legumbres o un guiso de pescado muy rojo por el tomate y el pimentón; algunos tenían delante porrones verdosos llenos de vino; otros tomaban café y se servían copas de una botella ventruda de aguardiente. Las moscas revoloteaban por el aire con un rumor sordo. En un rincón dos marineros cantaban en castellano, acompañándose de la guitarra, una canción sentimental.
Moro-Rinaldi, al entrar en la cocina, se dirigió a un ángulo de ésta, donde se hallaba el Caragolet, y se sentó en una mesa pequeña, que por excepción tenía un mantel blanco.
--No se podrá usted quejar--dijo el Caragolet, señalando el mantel blanco, los vasos limpios y los cubiertos relucientes.
--No, no; está muy bien--y Moro-Rinaldi se sentó a la mesa.
La moza sirvió la comida; después de comer, Moro y el Caragolet tomaron café y bebieron aguardiente y hablaron durante largo rato.
Moro-Rinaldi se explicaba en su catalán chapurreado de italiano; el Caragolet le escuchaba absorto y maravillado. Se veía que el corso dominaba por completo al muchacho. Este oía ansioso, fijo, rojo de emoción.
A veces, entre el vocerío de las conversaciones de los marineros, se oían las palabras de Moro:
--¿Que se burlan de ti, muchacho?--decía una vez--, búrlate tú de ellos. ¿Que eres italiano e hijo del amor?, ¿y qué? Italia es el pueblo más ilustre de Europa, ¡querido!; el de los grandes artistas, el de los mayores poetas, el de los grandes capitanes. Todos estos franceses, ingleses y alemanes son toscos a nuestro lado. Los españoles se parecen a nosotros, pero son incompletos. Ellos son duros, rígidos; nosotros somos duros y blandos, rígidos y flexibles, al mismo tiempo. Ellos son la línea recta; nosotros, la recta y la curva. Nosotros sabemos ser amables con una mujer, comprender la obra de un genio, ser espléndidos con un amigo y pegarle una puñalada a traición a un enemigo.
El Caragolet miró a Moro-Rinaldi, abriendo los ojos y la boca con asombro. La pintura que hacía aquel de los italianos le producía un frenético entusiasmo.
--No, no te avergüences, muchacho, de ser italiano--siguió diciendo Moro-Rinaldi--; al revés: enorgullécete. ¿Y que eres hijo del amor? ¿Y qué? ¿Es que preferirías ser un hijo de familia escrofuloso y débil? El amor te ha hecho bello y fuerte; tú no sabes aún qué dones son esos. ¡Cuántos hijos de príncipes se cambiarían por ti y dejarían su palacio, su cuerpo débil y blando por tu choza y por tu cuerpo ágil y fuerte como el de una pantera!
El Caragolet seguía oyendo con una profunda emoción, completamente subyugado.
--Yo también soy, como tú, hijo natural de un italiano y de una gitana--añadió Moro-Rinaldi--. Mi padre procedía de un dux de Venecia; mi madre era gitana. Yo digo que era croata, pero, no, era gitana como tu madre. Romanicheles, ¿y qué? Los dos haremos cosas grandes. Tú sígueme, obedéceme; yo te protegeré.
El Caragolet de pronto se puso serio y sombrío y clavó la vista en el suelo; después, levantando la cabeza y mirándole al corso en el blanco de los ojos, dijo:
--Si es verdad eso, le serviré a usted como un perro; pero si me engaña usted, por éstas (y se besó los pulgares cruzados), que lo mataré.
Moro-Rinaldi se inmutó un momento y le temblaron los párpados; estuvo con la mano derecha, con el índice y el meñique extendidos y los demás dedos cerrados debajo de la chaqueta para quitar la _jettatura_; luego se echó a reír y pasó la mano por la cabeza desmelenada del muchacho.
En esto entró en el Hostal de la Cadena Pedro Vidal. Por lo que se supo después, aquel domingo, entre Vidal, Moro y el Caragolet debieron de preparar el plan de fuga del que tanto se habló más tarde.
XVI.
EN ALAS DE CUPIDO
EL domingo siguiente Pedro Vidal me dijo que estábamos convidados a comer en casa de Arnau. Iríamos Moro-Rinaldi, él, Castells el farmacéutico y yo. María Rosa había invitado a Eulalia y a Elena para que fueran a la tarde a merendar a la torre.
Poco después de comer estábamos de sobremesa cuando llegaron en una tartana Eulalia y Elena, que fueron recibidas con grandes extremos. María Rosa y Pepeta les enseñaron el huerto, y luego estuvimos todos en el cenador de la terraza.
La tarde era de otoño, voluptuosa y tranquila. El mar parecía dormido, ensimismado en su eterna queja monótona; la olas venían a morir suavemente en la estrecha playa, y alguna más impetuosa avanzaba, dejando una línea de encajes blancos en la arena dorada. Del monte llegaba un aire fresco, lleno de olor de tierra y de efluvios de las plantas. En el Hostal de la Cadena se oía un rumor de guitarras; a lo lejos sonaba, de una manera intermitente, un estrépito de tambores y de cornetas; unas niñas, vestidas con trajes de día de fiesta, jugaban al corro en la carretera y cantaban con voces agudas:
Dicen que Santa Teresa cura a los enamorados.
Después de pasar allí algún tiempo, Vidal y Moro-Rinaldi propusieron el dar un paseo en barca. Elena--¡oh!, disimulo femenino--dijo que no; que ella no podía faltar largo tiempo de casa; pero las chicas de Arnau la convencieron. ¡Hacía un día tan hermoso!
Iríamos a la Roca de la Sirena. Salimos del jardín, cruzamos la carretera y nos acercamos a la playa.
Moro-Rinaldi se puso a cantar una barcarola de gondolero veneciano.
Vidal fué al Hostal de la Cadena, y poco después se acercó a donde estábamos, en una barca y seguido de otra con tres marineros. Se dispuso que Elena, Rinaldi, María Rosa y Vidal, con el Caragolet y un marinero, fueran en una, y los demás, en la otra.
Estábamos esperando a que las barcas encallaran en la arena para entrar en ellas, cuando un muchacho vino a llamar a Secret y a Arnau.
--Tenemos que ir al pueblo--dijo Arnau--; por nosotros no se priven ustedes del paseo. Pascual les acompañará.
La primera barca comenzó a alejarse de la playa; en la segunda entramos: Pepeta, su madre, Eulalia, el farmacéutico Castells, Pascual el hortelano, un marinero y yo. Nos alejamos de la playa y fuimos en dirección del cabo Gros, que tiene rocas y escollos en su contorno inundados de espuma.
Entre estas rocas distinguíamos la Roca de la Sirena. En el cabo se asentaba Tamarit del Mar, con unas treinta casas y una iglesia.
En la primera barca vimos de lejos a Moro-Rinaldi y a Vidal, que se pusieron a remar con fuerza; el Caragolet llevaba el timón; luego largaron la vela y su barca, alejándose rápidamente; nos ganó en seguida una distancia de trescientas a cuatrocientas brazas.
--Van conducidos por Cupido--le dije yo a Pepeta en broma.
--¿Por quién?
--Por Cupido, el dios del amor, que tiene alas.
--¿Y nosotros?
--Nosotros llevamos a la mamá de usted, que pesa mucho, y a un boticario que no pesa menos.
Al llegar cerca de la Roca de la Sirena, la distancia entre las dos barcas era ya mayor.
Los de la primera lancha, en vez de acercarse a la Roca como se había pensado, siguieron hasta la playa de Tamarit del Mar, y desembarcaron.
--Quizá se les haya ocurrido ver la aldea--pensamos.
Nosotros íbamos más despacio y tardamos cerca de media hora en llegar al mismo punto.
Saltamos a tierra, subimos a Tamarit y nos encontramos con que las dos parejas habían desaparecido; por lo que nos dijeron las gentes del pueblo, una tartana les estaba esperando, y habían marchado al trote camino de Barcelona. Era verdad, indudablemente, que Cupido les conducía.
La madre de María Rosa, al saber que su hija había huído, estuvo a punto de desmayarse. Pepeta, iracunda, golpeaba el suelo con el pie.
--La mataría--dijo apretando los dientes, refiriéndose a su hermana.
El Caragolet no decía nada; pero, por su aire torvo, se veía que se hallaba furioso. Después se supo que estaba al tanto de la maniobra y que Moro-Rinaldi le había engañado.
Eulalia y yo quedamos aturdidos, en el mayor asombro.
Volvimos a la playa del Hostal de la Cadena; la mujer de Arnau iba temblando, sumida en una profunda desesperación. Cuando llegamos a la playa y encontramos al capitán y a Secret, a quienes Moro y Vidal habían alejado con un recado falso, al contarle al capitán lo ocurrido, quedó tan pálido de ira que creí que le iba a dar algún mal. Arnau juró, con los puños cerrados, que se había de vengar. Secret se manifestaba también furioso.
Eulalia y yo volvimos a casa en el mayor abatimiento.
Unos días después supimos que Elena y María Rosa se habían casado en la iglesia de Torre de Embarra. La gente empezó a decir que Moro-Rinaldi estaba ya casado. ¡Cualquiera lo sabía!
Al finalizar el mes, don Vicente Serra me despidió de su casa, diciéndome secamente que ya no necesitaba mis servicios.
Secret me vino a buscar, a decirme de parte del capitán Arnau que sabía que yo no tenía la culpa y que quería verme otra vez en su casa. En la familia del marino no se hablaba de la hija fugada. Alguna vez la madre la disculpó, y el capitán dijo, ya amainando su violencia:
--Así sois todas las mujeres.
Cuando le dije a Arnau que los Serras me habían despedido de su casa, habló pestes de ellos, diciendo que eran unos miserables hipócritas que se vengaban en personas que no tenían la menor culpa de lo ocurrido.
Por lo que supe después, Secret fué a Barcelona y se encontró allí con Emilio Serra. Al parecer, se entendieron; llegaron a saber que Vidal y Moro-Rinaldi estaban en la fonda de las Cuatro Naciones pasando la luna de miel. Entonces alguno de ellos los denunció a la policía, y los llevaron a Vidal y a Moro, en compañía de unos oficiales sardos, a la Ciudadela, como carlistas.
Lo extraordinario fué--según contaron--que, al registrar la maleta de Moro-Rinaldi, encontraron papeles comprometedores que parecían probar que el corso estaba pagado por los carlistas.
Con la fuga de Vidal y Moro-Rinaldi, mi situación en Tarragona empeoró. Muchos creían que yo había ayudado en su escapatoria a las dos parejas, y esto me dejaba ante la gente en un papel subalterno y ridículo.
Arnau, que desde la fuga de su hija me manifestaba más simpatía que anteriormente, me dijo que él pensaba pasar unos días en Barcelona, que fuera con él, porque allí era posible que encontrase trabajo.
Jaime Vidal me indicó, a su vez, que él iba a ir también a Barcelona, a ver si podía hacer algo por su hermano, preso en la Ciudadela.
Estuve vacilando: de Málaga me escribían que los asuntos de nuestra casa iban tomando mejor cariz, y que las acciones de la Sociedad minera, en donde mi padre había colocado gran parte de su capital, comenzaban a subir. Todavía la situación nuestra no estaba completamente consolidada; más pronto o más tarde tendría que volver a Málaga, pero, mientrastanto, me pareció conveniente ir a Barcelona.
XVII.
VIAJE POR MAR
ACEPTÉ la invitación de Arnau de ir con él a Barcelona por mar, aunque no me entusiasmaba la idea, porque siempre que me he embarcado he acabado por marearme.
El barco en que hicimos nuestro viaje, la _María Rosa_, era un jabeque de dos palos, con velas latinas, cubierta y una camareta a popa.
Ibamos muchos, unas quince o veinte personas; entre ellas, unos cuantos jóvenes de Reus que marchaban a Barcelona decididos a hacer alguna de las suyas. Estos jóvenes, republicanos exaltados, habían tomado parte en la matanza de frailes que hubo en Reus meses antes, y hablaban de un exterminio de carlistas y de llevarlo todo a sangre y a fuego.
Recordaban con furia que un fraile franciscano de Reus que merodeaba por los alrededores había fusilado a seis soldados liberales y a su jefe, y no contento con esto, había cogido a un miliciano nacional, muy querido de sus convecinos, y le había crucificado, después de haberle sacado los ojos.
Los recuerdos de estas enormidades los tenían fuera de sí.
También iban en el jabeque las tres furias de la casa del Negre y el Caragolet. Según me dijo Arnau, le habían pedido que les llevara a los cuatro a Barcelona. El dueño de la casa del Negre les había echado de ella, en vista de los escándalos repetidos de la Dora, y ésta se había escapado con un contrabandista.
Marchábamos en el barco un poco estrechos; Arnau llevaba el timón; cuatro marineros hacían la maniobra y corrían, con sus pies desnudos, por la cubierta, a tirar de las cuerdas. Las garruchas crujían agriamente y las velas daban latigazos con el viento. Un viejo preparaba la comida en un hornillo de hierro; una gran cazuela de arroz con pescado, a la que echaba aceite, cebollas, ajos, tomate y pimentón.
El día, de invierno--estábamos en las proximidades de Navidad--, se presentó por la mañana muy triste y nebuloso; el cielo, gris; el mar, de color de plomo. Había llovido la noche anterior. Nubes blancas y pequeñas corrían rápidamente por el horizonte, y el viento, brusco y malhumorado, hacía crujir los palos de nuestro falucho, que avanzaba orgullosamente inclinándose y hundiendo su proa entre las olas coronadas de espuma.
Teníamos el viento de poniente, un terral manejable, según Arnau. Al avanzar la mañana, el cielo quedó claro, blanquecino. La costa parecía de cristal. A medida que subía el sol, el viento crecía en violencia; las olas, furiosas, se coronaban de espuma y nos mostraban sus oquedades moradas.
La pacífica matrona del Mediterráneo se había encolerizado y tronaba amenazadora e iracunda, con sus ojos verdes, olvidada de su calma y de su manto de azul.
El mal tiempo y la presencia de las furias de la casa del Negre me hicieron pensar en si, como Eneas y sus compañeros, arrojados a las Estrófades, iríamos también nosotros a sucumbir en los peñascos de la costa y a ser víctimas de las arpías.
Como me sucedía siempre a la hora de estar en el mar, empecé a padecer el mareo, lo que contribuyó a que el capitán me manifestara su desdén.
Afortunadamente para mi crédito, al pasar a la altura del cabo Gros se marearon también Secret y alguno de los muchachos de Reus, lo que hizo torcer el gesto de una manera desdeñosa a nuestro Palinuro.
Pasamos al mediodía la punta de San Cristóbal y tomamos la costa de Garraf. Como el viento había crecido en furia a medida que subía el sol en el horizonte, ahora que descendía bajaban las ráfagas de aire en intensidad.
El cocinero sacó la gran cazuela de arroz, unos porrones de hoja de lata, y nos sentamos todos alrededor de la comida. El capitán invitó a las tres furias y al Caragolet a que comieran con nosotros.
La Nas, la Escombra y el Mussol se excusaron y dieron las gracias; habían comido ya. El Caragolet se acercó. Las tres furias, sentadas cerca de la borda, mascaban un mendrugo de pan, sin querer mirar a la gente, como si sintieran repugnancia por todo el mundo.
Comimos el arroz, que estaba excesivamente sabroso.
--¿Qué, está bueno?--preguntó el cocinero.
--Sí--dije yo--, pero me parece que pica un poco.
--¡Ca!--repuso Arnau--, eso se quita con vino. A mí me ha parecido soso.
--¡Soso! Yo he creído al principio que tenía pólvora. Me ha hecho el efecto de una función de fuegos artificiales.
En las primeras horas de la tarde comenzó a amainar el viento; por encima de los cerros desnudos de la costa veíamos dibujarse vagamente los montes de Montserrat, llenos de picachos y de quebradas. A media tarde el tiempo se serenó por completo, brilló el sol, cesó el viento y fuimos acercándonos con lentitud a Barcelona.
Llegamos frente a la ciudad cuando ya empezaba a obscurecer. El mar se teñía de púrpura, y la ciudad, recostada sobre una cadena de montañas, se doraba por los últimos resplandores del crepúsculo.
A la izquierda se destacaba Montjuich, con sus fortificaciones en lo alto; a sus pies, el doble baluarte de las Atarazanas; luego, en medio de los tejados y las azoteas, se erguían las torres de San Francisco, de la Merced y de la Catedral. A la derecha me señalaron Santa María del Mar y la Aduana; más a la derecha aún, San Pedro y la torre de la Ciudadela, y en el extremo, el faro de la Barceloneta.
En aquel momento el resplandor dorado del sol se retiraba de los tejados y de las torres, y la ciudad iba hundiéndose en la sombra a medida que nos aproximábamos a ella. Entramos en el puerto; las luces comenzaban a brillar; las grandes velas de los barcos flotaban pálidas en la semiobscuridad.
Arnau y su gente amarraron el falucho, y en un bote atracamos en la escalera del malecón.
Entramos por la Puerta del Mar; los de Reus quedaron en una posada próxima al muelle; Arnau, Secret y yo fuimos a una casa de huéspedes de la calle de la Puerta Ferrisa.
XVIII.
CIUDADES VIEJAS Y CIUDADES NUEVAS
BARCELONA, entonces, no se parecía a la ciudad actual; era una ciudad grave, seria, de calles estrechas, donde apenas entraba el sol, de casas muy altas y muy viejas, con un pavimento descuidado. Fuera de la Rambla, siempre llena de animación, lo demás era poco alegre.
De noche, las calles se hallaban mal iluminadas por faroles de aceite y por lámparas que ardían delante de las hornacinas con la imagen de algún santo.
A pesar de esto, la ciudad creo que me gustaba entonces más que ahora. Uno de los encantos de las ciudades antiguas antes de ser abiertas y destripadas por los ensanches era la coherencia de su exterior con su espíritu.
Estas ciudades antiguas representaban de una manera completa, acabada y fiel la vida de sus habitantes; en ellas no faltaba un matiz que existiera de verdad, ni había una nota pegadiza y falsa.
Más tarde, como en los discursos, la charlatanería entró en ellas, la mentira suntuosa, y quisieron presentar aspectos que en la realidad no tenían. Así, las urbes se han convertido, de sinceras y verídicas, en ciudades de aparato, en escaparates de quincalla brillante, en donde la casa no tiene coherencia con su interior y en donde la fachada es una mixtificación y una farsa.
En la Barcelona de entonces dominaba todavía la ciudad gótica y medieval, con sus iglesias, sus murallas, sus fortificaciones, su vida austera y contenida.
Había en esta época grandes conventos, con sus huertos y sus tapias, que ocupaban enormes espacios en las calles, y un sonar constante de campanas de las distintas iglesias de la ciudad.
A pesar de la extinción de los frailes se veían muchas parejas de éstos, de todas clases de hábitos y de colores, que entraban y salían de las casas. De noche la vida acababa muy temprano; y al toque de la queda se cerraban los comercios y las puertas de la ciudad, se levantaban los puentes levadizos y, una hora más tarde, se cerraba la Puerta del Mar.