Part 4
Roquebruna divagaba acerca de la política del tiempo. Le preocupaba también mucho la secta de los alumbrados, de la que por entonces se empezaba a hablar en Tarragona y de la cual era jefe el clérigo don José Suaso, ex profesor de Latín en el Seminario de la Diócesis, y un tal Ribas, labrador del pueblo de Alforja, próximo a Reus. El canónigo Magraner había llegado a sentir un profundo desdén por la vida moderna y se ocupaba de los romanos como si fueran sus contemporáneos. El primo Emilio hablaba de los hechos ocurridos en Tarragona, y como quería expresarse con perfección en castellano, usaba siempre palabras escogidas y daba la impresión de que iba avanzando por una cuerda floja y de que estaba siempre en el momento de caer.
El tío Juan suspiraba y decía a cada paso:
--En fin, ya hemos matado la tarde.
Esta era su constante muletilla, que representaba su única preocupación.
Elena, algunas veces se encontraba a gusto en la tertulia de su casa, pero, en general, se aburría, iba de un lado a otro, miraba a los contertulios y pensaba.
--¡Qué fastidiosos son todos, qué mezquindad en su vida, qué falta de valor, de interés y de nobleza!
Elena tenía la inquietud de una raza aristocrática que había vivido en la opulencia y en la constante lucha. El resorte de su voluntad estaba tenso; sentía la aspiración de las cosas grandes; no podía acomodarse a una vida rutinaria y sin acción.
Cuando se asomaba a la ventana y miraba la calle, estrecha y sórdida, con sus casas tristes, con sus tiendecillas pobres, le entraba una punzante melancolía. En la inacción, su temperamento, lleno de vida y de turbulencia, sufría; el sentimiento amargo del tedio sobrenadaba en su espíritu, y en la soledad de la casa grande, al anochecer, cuando oía repicar las campanas próximas y el estrépito de la retreta en los cuarteles y en la muralla y la oración que cantaba un ciego en la guitarra, le sobrecogía una gran tristeza desesperada.
IX.
ELENA
ESA era mi vida: todos los días trabajar en el despacho, asomarme al puerto, luego ir a mi cuarto de la calle de las Moscas, comer allí con mis patronas, a quienes consideraba ya como si fueran de la familia, volver a la oficina y después escribir y pasear.
Los domingos solía venir a mi casa Pedro Vidal, a quien leí mi poema. A él le pareció muy bien, pero a mí me quedaban muchas dudas.
Los días de fiesta solíamos tocar, Eulalia en el piano y yo en el violín, algunas sonatas, y venían varias personas a oírnos. Por las tardes, en el paseo, acompañaba a las hijas de Arnau, y a veces también a Elena. Esta siempre me imponía y la tenía miedo por sus salidas.
--Yo no creía que los andaluces fueran tan tímidos--solía decirme.
--Entre los andaluces hay de todo--le replicaba yo--; además, ¡yo soy tan poco andaluz!
--Si yo fuera hombre y tuviera libertad...--me decía ella.
--¿Qué haría usted?
--Creo que el mundo me parecería pequeño para mis arrestos. Hubiera estado en todos los países y visitado todas las ciudades.
--Yo he estado en París y en Londres, y me he convencido de que hoy se pueden hacer muy pocas cosas en el mundo.
--Qué poca sangre tiene usted--decía ella--; me hiela usted con sus palabras.
X.
UN VIAJERO MISTERIOSO
UN día se habló en Tarragona de un viajero desconocido y misterioso llegado a la posada de la Fontana de Oro, en la Rambla. Dijeron unos que era un italiano venido de Valencia en un barco; otros, que llegaba de Reus en una tartana. Al principio se le tomó por emisario carlista; luego, por republicano, y alguien concluyó diciendo que no debía ser mas que un aventurero y un jugador de ventaja.
A los pocos días, el italiano se hizo amigo de Vidal y de Secret, y éstos lo llevaron a casa del capitán Arnau. Era el italiano hombre de cierta efusión; yo le conocí también y me trató en seguida como amigo.
Por lo que él nos contó y por lo que pudo traslucirse en su conversación, supimos algo de su vida.
Julio Moro-Rinaldi era hijo de un oficial corso del ejército de Napoleón y de una gitana croata de Dalmacia. A juzgar por lo que decía, había viajado por toda Europa y América. Moro-Rinaldi tendría entonces unos treinta años; era hombre seco, delgado, moreno, de pelo negro, con algunos hilos blancos en las sienes; la tez, muy obscura; los ojos, claros, verdosos, con la cara triste, la _faccia morta_, que dicen los italianos.
El tal hombre tenía una gran fuerza de sugestión y un gran ímpetu. Se veía que era de una raza de corsarios, de piratas y de aventureros.
Uno de los rasgos que le caracterizaba era una observación como de felino, que causaba mucho efecto en las mujeres. Moro-Rinaldi parecía un hombre frío interiormente, que había usado y abusado de la vida.
No creía en nada, no sentía ninguna convicción política, religiosa o social. Se hallaba dispuesto a trabajar por cualquiera que le pagase bien, por los blancos como por los negros; lo único admirable para él era la energía. Se entusiasmaba pensando en Napoleón, capaz de esquilmar a Francia y sacrificar a Europa por su interés y por su gloria.
Este hombre exótico tenía ese aire turbio, indefinido de casi todos los productos de raza mixta; no daba ninguna impresión de seguridad ni de confianza.
La croata le había dado sin duda su carácter triste, cariñoso, agitanado; la tez obscura y los ojos claros. El corso le infundió la energía para la acción. En su paso por la vida, Moro-Rinaldi, quizá por imitación, había adquirido cierto aire de hombre desolado que no encuentra su felicidad en el mundo.
Poco a poco fuimos conociendo mejor a Moro-Rinaldi. Era un explotador de todo y de todos que veía en cada hombre o en cada mujer, principalmente en cada mujer, una mina que beneficiar en su provecho.
Todas las mujeres constituían una buena presa para él. Atrevido, sin ser valiente, decidido, audaz, charlatán, de un egoísmo frenético, era capaz de fingir un sentimiento y de creer un instante en él para reírse al cabo de poco tiempo de su misma sensibilidad.
Moro-Rinaldi decía que él ya no quería más que encontrar un rincón tranquilo donde poder vivir el resto de sus días. Reconocía y confesaba con cierto cinismo que había tenido que hacer muchas pequeñas villanías: dejar de pagar en las fondas, estafar y a veces robar.
Moro-Rinaldi sabía toda clase de juegos. Los estudiaba concienzudamente. Se sentía capaz de hacer esfuerzos sobrehumanos para todo, menos para trabajar. El decía muchas veces que su ideal consistía en vivir sin hacer canalladas, pero, al parecer, lo decía solamente.
Rinaldi, a pesar de la seguridad de que alardeaba, era muy supersticioso; lo pudimos comprobar.
Al principio lo negó como una debilidad indigna de un hombre, pero lo confesó después. Era fatalista, y en cualquier cosa indiferente encontraba un indicio, que lo relacionaba con su vida. Creía en la _jettatura_, y en la virtud de los talismanes y de los Abracadabra. Nos confesó que muchas veces, cuando iba a realizar algo para él importante, se retiraba por cualquier motivo que a otro hubiera hecho reír. Además de las supersticiones corrientes, tenía otras inventadas para su uso particular, y que variaban constantemente. Cuando le descubrimos su debilidad, no tuvo escrúpulo ninguno en explicarnos sus supersticiones, a las que tan pronto daba gran importancia como le producían risa.
--Algunas veces salgo de casa con intención de hacer algo y me digo: si en el primer sitio en donde entro, el número de personas que hay son impares, iré a hacer lo que me he propuesto, y si son pares, no.
Moro-Rinaldi se manifestó en casa del capitán Arnau como liberal exaltado y como carbonario, y llegó a producir una admiración tal en el marino y en Secret, que le escuchaban en Babia. Les contaba historias oídas o inventadas por él del carbonarismo de Nápoles y de las Dos Sicilias, y misterios de la masonería. Hubiera intentado, si hubiese podido, mixtificarnos a estilo del conde de Cagliostro, presentándose como un mago; pero vió que no éramos tan cándidos para creer en embolismos de charlatanes.
Cuando adquirió confianza con nosotros, nos dijo que no contaba con ningún medio de vida seguro; que venía a España comisionado por la joven Italia, quien pagaba los gastos de su viaje. La joven Italia había sucedido--según nos dijo--al carbonarismo de Nápoles, cuyas ventas comenzaban a estar en decadencia.
A él le habían enviado para tomar el pulso a la revolución que se iniciaba en España, al mismo tiempo que se desenvolvía la guerra civil.
Moro nos dijo que era uno de los fundadores de aquella sociedad, que tenía al frente al célebre Mazzini y cuyo centro estaba por entonces en Marsella. Nos dijo también que había tomado parte en la expedición de Ramorino, y nos habló de las muchas intrigas que produjeron el fracaso de esta expedición liberal.
XI.
EL ABANICO DE ELENA
LA presencia de Julio Moro-Rinaldi fué muy comentada en Tarragona: el aire donjuanesco y cansado del corso y el misterio de su vida hicieron que las conversaciones giraran a su alrededor durante mucho tiempo. Moro-Rinaldi pareció no ocuparse gran cosa de la expectación producida por él en la ciudad. Se supo que en compañía de Pedro Vidal, con la Dora y otra moza del Hostal de la Cadena, habían tenido una fiesta con baile y guitarreo.
Moro-Rinaldi aparecía a veces en el paseo de la Rambla con su aire lánguido, como si estuviera desesperado y alguna desgracia profunda le tuviera sumido en la mayor tristeza.
No cabe duda que hay en esta vieja argucia de hacerse el interesante los mismos lazos, que se repiten siempre y que producen constantemente el mismo efecto. Moro-Rinaldi hizo una revista de todas las mujeres jóvenes de Tarragona, y, a pesar de su aire de hombre depravado y atrevido, se dirigió con cierta timidez a Elena de Montferrat.
Esta orgullosa romana, con su perfil de emperatriz, se sintió conmovida en presencia de aquel hombre misterioso, que no era joven ni de una gran prestancia, pero que tenía algo femenino y engañador de la raza eslava, algo de esa tristeza lánguida de los nómadas que van por los caminos con sus osos y sus monos y tocando la pandereta.
Moro-Rinaldi ofrecía para ella el encanto de la novedad; era el ritmo desconocido y, sin embargo, esperado; era un hombre que le daba perspectivas de una vida más amplia, más extensa y más apasionada.
Sin duda, aquella orgullosa beldad sentía un gran deseo de humillarse, de bajar de su pedestal y de ser una mujer como otra cualquiera, pues ante los avances de Moro-Rinaldi no se manifestó orgullosa y arbitraria, sino más bien modesta y humilde. Moro me pidió a mí que le presentara a Elena; yo le dije:
--Le preguntaré a la señorita de Montferrat si quiere que le presente a usted, y si quiere no tendré ningún inconveniente.
En efecto, después de previa advertencia, un domingo, antes de la misa mayor, los presenté.
Moro-Rinaldi estuvo devorando a Elena en la catedral con su mirada ardiente, y luego, al hablar con ella, se manifestó muy respetuoso y muy tímido.
Durante la semana no se volvieron a ver; pero el domingo siguiente, Moro-Rinaldi acompañaba a la señorita de Montferrat y hablaba animadamente con ella, lo que confieso que a mí me produjo una vaga impresión de celos. Este mismo día, Elena, con sus amigas, y Moro-Rinaldi, con otros dos jóvenes, estuvieron sentados en unas sillas de la Rambla. Eulalia, que acompañaba a Elena, me contó lo ocurrido.
Elena poseía un abanico estilo Imperio, con medallones rojos y adornos dorados sobre fondo blanco. En uno de los padrones del abanico tenía escondida una aguja con una cabeza de rubí.
Esta aguja estaba colocada allí para escribir, si se quería, en cualquiera de las varillas de hueso. Moro, mientras Elena hablaba con sus amigas, le dijo:
--¡Qué bonito abanico!
--¿Le gusta a usted?
--Sí; me recuerda uno que tenía mi madre. ¿Quiere usted dejármelo un momento para verle?
--¿Por qué no?
Moro-Rinaldi, que conocía el pequeño secreto del abanico, lo tomó en su mano, sacó la aguja que tenía la cabeza con el rubí y escribió dos o tres palabras en la varilla del abanico. Hecho esto se lo devolvió a Elena. Ella extendió el abanico disimuladamente; leyó, sin duda, las palabras que había puesto Rinaldi y con la sombrilla escribió en la arena la contestación.
Pocos días después supimos que el italiano escribía a la señorita de Montferrat, y con frecuencia le veíamos rondando su calle.
El teniente Montoya, que había hecho una corte intermitente a Elena en el tiempo que le dejaban libre sus ocupaciones, sus diversiones y sus visitas nocturnas a las casas de juego, se sintió ofendido por el éxito de Moro-Rinaldi y comenzó a pasear la calle de Elena, a caballo, a todas horas; pero el teniente había perdido la partida. Elena ya no le hacía el menor caso. El triunfo de Rinaldi era manifiesto. La bella Angélica, desdeñando a los demás pretendientes, había encontrado su Medoro.
Como yo sentía también cierta indignación al ver la fortuna del corso, introduje a Moro-Rinaldi en mi poema, convirtiéndole en un pirata berberisco, hombre violento y atrevido, sin ley y sin honor, que arrebataba en su barca a una princesa griega.
XII.
REPROCHES
EL triunfo de Moro-Rinaldi produjo gran expectación en la ciudad; por todas partes no se hablaba mas que de sus amores. Emilio Serra se mostraba cejijunto y malhumorado; los jóvenes elegantes aseguraban que Moro-Rinaldi era un aventurero que iba tras de la dote de la señorita de Montferrat.
En mi casa, tanto doña Gertrudis como Eulalia me hicieron la insinuación, y después me aconsejaron francamente, que galanteara a Elena. Según ellas, esta señorita sentía grandes simpatías por mí, y si lograba ser aceptado por ella, conseguía, primero, tener una mujer, que, además de buena y de simpática, gozaba de gran posición, y arrancarla de los brazos de un aventurero.
--Es una mujer demasiado orgullosa y demasiado rica para mí--las decía yo.
--No lo creo--replicaba Eulalia--. Elena, aparentemente, es una mujer soberbia; pero en la intimidad es muy sencilla y muy bondadosa. Yo estoy segura de que hará con el tiempo una excelente madre de familia.
--Todo eso será cierto--replicaba yo--; pero en el estado actual una indicación mía en ese sentido tendría un completo fracaso.
Las dos señoras me decían que debía de intentar; pero yo no pensaba en esto, y menos viendo cómo el corso llevaba sus amores al galope.
Poco después supe por Eulalia que había habido largas explicaciones entre Elena y su madre.
--Este hombre es un aventurero, hija mía--le dijo doña Mercedes.
--¿Por qué? ¿En qué se le conoce?--preguntó con cierta acritud Elena.
--No es difícil conocerlo. Nadie sabe quién es ni de qué vive; todas nuestras noticias acerca de él se reducen a que ha desembarcado en Valencia y que es corso.
--No sé lo que es, pero a mí me agrada. En cambio, su sobrino de usted, Emilio Serra, me molesta y me importuna. Es uno de los hombres más antipáticos que he conocido.
--Bien; aunque así sea, Emilio no es el único hombre que hay en Tarragona.
--Es uno de mis galanteadores. El, el teniente Montoya y Pepito Carmona. Emilio cree que tiene algunos derechos sobre mí porque es mi pariente, y si yo llegara a hacer la tontería de casarme con él, sería celoso como un turco. El teniente Montoya ya se sabe lo que es: un jugador y un calavera; respecto a Pepito Carmona...
--¿Qué? No creo que tengas que decir nada malo de él.
--¡Líbreme Dios!, no digo nada malo de él. Es un chico muy fino, muy discreto..., pero le asusto: prefiere estar haciendo versos que hablando conmigo.
--Es que le aterrorizas a ese pobre muchacho; le tratas con verdadera saña. Es lógico que te haya tomado miedo.
--Yo no quiero hombres que me tengan miedo; prefiero mejor los que intenten dominarme y protegerme.
--No te veo por buen camino, Elena; piensa lo que vas a hacer, piénsalo bien, porque si das un paso en falso la cosa ya no tiene remedio; consúltalo también con tu confesor.
--¿Para qué? Ya sé lo que me va a decir; conozco cuáles van a ser sus consejos, los he oído muchas veces, y no me han de convencer.
--Sin embargo, creo conveniente que hables con él.
--Bueno, hablaré...
El canónigo Roquebruna, a quien doña Mercedes había indicado que hablara a Elena, unos días después de esta conversación llamó a la señorita de Montferrat a la ventana del salón de su casa, donde solían tener la tertulia.
--Me ha dicho tu madre--le dijo--que estás en relaciones con ese italiano recién llegado.
--Sí, es verdad.
--¿Y sabes quién es ese hombre? ¿Has tomado informes de su vida y de su familia?
--No, no he tomado ningún informe, no sé mas que lo que me ha dicho él.
--¿Y no encuentras imprudente tu conducta?
--¡Qué se yo! ¡Qué quiere usted que le diga! Es posible que sea imprudente.
--Hija mía, ¿por qué has de creer que has de ser más feliz con ese extranjero a quien no conoces, que probablemente será un calavera, un vicioso, que con un hombre, por ejemplo, como tu primo Emilio, a quien conoces desde la infancia y con el que tienes una completa confianza?
--Padre mío, esa es la pregunta que se puede hacer a todas las personas que se enamoran. ¿Por qué éste o ésta, y no el otro o la otra? Yo no sabré contestarle a usted; Julio me interesa, le voy tomando afecto; Emilio me es indiferente, me desagrada.
--¿Pero una mujer de inteligencia como tú puede dejarse llevar así por instintos tan caprichosos, tan arbitrarios?
--Creo que todas las mujeres somos iguales en este punto. Sentimos amor, o no lo sentimos.
--¿Y no puedes dominar esa pasión?
--¿Y por qué la he de dominar, si es mi única esperanza de dicha? No me importa que Julio sea pobre ni de familia humilde; me basta con que me quiera.
--¿Y después? ¿Si te sale mal la combinación?
--Si me sale mal me resignaré. Se juega la partida, y se puede ganar o perder. Yo soy bastante vieja para jugarla.
--¡Vieja! ¡Tienes veinticinco años!
--¡Qué quiere usted! Siento el tiempo que se me pasa. Yo tengo la aspiración de llevar una vida más fuerte, más enérgica, más llena de emociones. Esta existencia monótona y provinciana me exaspera, me pone fuera de mí. Creo que viviendo así algún día haría un disparate mayor, un disparate que ni siquiera estaría legitimado por la pasión.
Don Guillermo hizo un gesto de resignación y se calló. Hombre que conocía la vida y las pasiones por el confesionario, sabía que las reflexiones frías y las consideraciones utilitarias no tenían eficacia en los temperamentos exaltados.
Unos días después, el canónigo Roquebruna dijo a doña Mercedes:
--Elena está empeñada en seguir sus relaciones con ese hombre. Creo, mi señora doña Mercedes, que no le conviene a usted oponerse radicalmente; deje usted que la muchacha hable con ese italiano naturalmente, nunca a solas; haga usted que lo conozca a fondo, y cuando lo conozca a fondo, es posible que ella misma, como se ha cansado de los demás, se canse también de él.
Efectivamente, doña Mercedes tomó ante su hija una actitud conciliadora; únicamente intentó averiguar detalles de la vida de Moro-Rinaldi, para ver si poco a poco iba llevando el desprestigio del corso al corazón de su hija.
Elena, con la miopía y la falta de espíritu de justicia peculiar en las mujeres, creyó que Moro-Rinaldi era el único hombre noble y digno que había conocido.
XIII.
HABLA MORO-RINALDI
LA transigencia de su madre hizo que Elena pudiese mirar a su pretendiente con cierta serenidad. La oposición y la lucha en casa la hubieran impulsado seguramente a una actitud más decidida y más rebelde. Un día, en este bello paseo de San Antonio, que domina el mar, hablaron largamente Elena y Moro-Rinaldi.
--En todo el pueblo dicen que es usted un aventurero. ¿Es verdad?--le preguntó ella.
Moro sonrió con cierta tristeza:
--Sí; soy un aventurero. Mi padre era militar corso; mi madre, una croata de clase pobre. La infancia la pasé en París, viviendo como un hijo de familia acomodada. Mi padre era coronel de la guardia imperial, con muy buen sueldo; yo pensaba que tenía ante mí un hermoso porvenir; pero vino la caída de Napoleón, y la ruina entró en nuestra casa. Mi padre, militar a medio sueldo, tomó parte en conspiraciones bonapartistas y republicanas, hasta dar con sus huesos en un castillo y después en la emigración. Yo he vagabundeado por el mundo sin poder encontrar una colocación adecuada para mí; he sido un calavera, un hombre disipado. A veces no he retrocedido ante procedimientos indelicados, ¡que quiere usted!, la pobreza no conduce nunca a nada bueno. Le digo a usted la verdad. ¿Usted me desprecia? Bien; me iré de aquí, mi vida está ya deshecha; ya no tengo ante mis ojos mas que un horizonte muy negro.
--No; yo no le desprecio a usted.
--Si usted me da alguna esperanza, mi vida tendrá ya un objeto e intentaré regenerarme.
Elena no contestó; pero en su mirada se veía claramente que Moro-Rinaldi podía esperar.
El italiano se hizo muy amigo de Pedro Vidal y también mío. A mí me llegó a preguntar si había pretendido a Elena; yo le dije que no, y añadí:
--Es una mujer para casarse con un príncipe.
--Y para casarse con usted también, si usted la pretende con fuerza.
--No lo creo. Además, me daría vergüenza llevar a una mujer así a una casa pobre como la mía.
--¿Adónde quisiera usted llevarla, querido?
--A Pafos o a Amatonte.
--Sueños de poeta. En amor todo es cuestión de voluntad. La voluntad vence los mayores obstáculos. Ya ve usted: yo soy más viejo que usted; soy un advenedizo, un calavera, un hombre a quien nadie conoce, y la voy a pretender y me la voy a llevar.
--¿Cree usted?--le dije yo.
--Sí; usted presenciará mi éxito. Yo seré el Paris de esa Elena.
--Afortunadamente aquí no hay ningún Menelao.
Quince días después paseábamos Vidal, Moro-Rinaldi y yo por la Rambla y entrábamos en la farmacia de nuestro amigo Castells. En el momento que éste se hallaba en la rebotica, Moro, dirigiéndose a Vidal, le dijo:
--Parece que en la casa del capitán Arnau no le miran a usted con gran simpatía.
--Es verdad. Arnau no me quiere; el haber sido yo antes oficial de voluntarios realistas le produce una gran cólera contra mí.
--En cambio, la muchacha, María Rosa, está inclinada a usted.
--Sí; creo que sí.
--Amigo Vidal: tendremos que unirnos los dos y escaparnos con nuestras respectivas novias. Usted con María Rosa y yo con Elena.
--¿Con la señorita de Montferrat?
--Sí.
--Pretende usted robarla?
--Probablemente la tendré que robar; la familia no querrá dejarla casarse conmigo.
--¿Y cree usted que ella accederá?
--Sí; así lo espero.
--Es una mujer tan orgullosa, tan altiva...
--¡Bah!, mujer como todas...; hay una canción que las enloquece.
--¿Cuál?
--Esa tan vulgar de: «La quiero a usted con delirio... Es usted mi estrella... el único consuelo de mi existencia triste y miserable...» Todo es cuestión de cantar esa aria de bravura con energía.
--Es usted audaz.
--No lo crea usted. La primera vez que se hace una cosa de estas parece un gran atrevimiento; luego, no. Al principio, a la mujer que va con uno se la tiene por una víctima; luego se piensa que es una cómplice, y, a veces, se cree que la víctima es uno, el raptor, el tenorio, el engañador... A usted le pasará lo mismo.
--No; si María Rosa viene conmigo, me casaré con ella y viviré siempre a su lado.
--Cada cual su gusto--dijo Moro-Rinaldi sonriendo con su amable sonrisa--Si yo hubiese tenido medios para vivir, creo que hubiera hecho lo mismo; pero, amigo, la vida le impulsa a uno a cosas absurdas y, luego, lanzado ya, no se puede uno detener, es tarde. Va uno como si fuera arrastrado por la corriente de un río: se intenta agarrarse a esta peña, a esta rama de árbol... ¿No se ha conseguido? ¿No ha podido uno detenerse? Pues, entonces, hay que dejarse llevar como una rama seca o un manojo de paja.
--¿Es usted fatalista?--le pregunté yo.
--Sí. El fatalismo me parece la única verdad que hay en la vida. Todo lo que tiene que ocurrir ocurre.
--¿Pero usted cree que hay destino?
--Estoy inclinado a pensar que sí.
--¿Un destino predeterminado?
--Sí.