Las Furias

Part 3

Chapter 34,014 wordsPublic domain

HAY ciudades en el Mediterráneo en las cuales su antiguo esplendor queda como sumergido en la obscuridad de la historia. Son ciudades que viven todavía una vida intensa y que las preocupaciones del momento les hacen olvidar los sucesos pasados. Hay pueblos muertos que no tienen mas que el prestigio de su pretérita grandeza, y pueblos lánguidos que se conservan sin morir, pero que no alcanzan a llevar una existencia lozana y fuerte.

De estos últimos era por entonces Tarragona, ciudad demasiado antigua y demasiado moderna que, entre su extrema antigüedad y su modernidad extrema, no tenía apenas rasgos de unión.

Esta urbe moderna, elevada sobre ruinas romanas y murallas ciclópeas de una antigüedad hundida en el misterio, tenía, a pesar de sus edificios, la mayoría nuevos, un carácter grandioso y severo.

Había algo como un poder huraño en sus ruinas robustas, olvidadas por el tiempo, que daba hasta a las construcciones modernas un sello de gravedad y de tristeza.

La silueta de Tarragona, desde cualquier punto que se la contemplase, tenía un aire de austeridad. El misterio lejano de aquellas fuertes murallas ciclópeas, de bloques de piedra no tallados, sobre los cerros pedregosos, hablaba a la imaginación de épocas obscuras. El esplendor de Roma llegaba todavía vagamente, pensando que allí había habido un Capitolio, un Foro, un palacio de Augusto, un Anfiteatro; grandes y tristes acueductos. La Catedral, con su interior grave y majestuoso, su ábside como una fortaleza y su claustro admirable, era lo medieval; después, todos aquellos muros y baluartes, con sus torres almenadas y sus baterías, recordaban las luchas de la edad moderna; fenicios y celtas, griegos y romanos, godos y árabes, judíos y cristianos, todos habían dejado sus recuerdos en la vieja ciudad. El comprobar que al lado de la urbe moderna existían restos de otras urbes antiguas, brotes espléndidos de civilizaciones desaparecidas, daba la impresión melancólica que producen las grandes ruinas.

Tarragona era en esta época un pueblo pequeño, de unas diez a once mil almas. Se dividía en ciudad alta, entonces, casi todo el pueblo, planteado sobre roca viva, inclinado hacia el mar y hacia la ribera del Francolí, y ciudad baja, que comenzaba en las proximidades del puerto y se iba extendiendo hacia el cerro, en donde se hallaba asentada la población amurallada y antigua. Esta última tenía la forma de una herradura alargada, abierta hacia el puerto y cerrada a espaldas del Seminario y de la Catedral.

Las dos ramas de la herradura, no del todo paralelas, sino abiertas hacia los extremos, estaban formadas por una serie de muros y de baluartes, la mayoría construídos sobre otras murallas primitivas, que daban hacia el mar y hacia el monte. Entre las dos ramas de la herradura se hallaba la explanada fortificada, que dominaba el puerto y separaba la ciudad vieja de la nueva, y donde luego se abrió la Rambla de San Juan. En esta época de que yo hablo, la Rambla, que se consideraba como lo más animado de la ciudad, era la Rambla de San Carlos. En la ciudad vieja, las calles, en su mayoría, eran irregulares, estrechas y pendientes.

Yo me encontraba muy contento en Tarragona, conocía y admiraba sus puntos de vista. Sobre todo, el trozo de muralla, desde el baluarte de Cervantes hasta el de San Antonio, con la Barbeta o el tambor del Toro, que caía sobre la punta del Milagro, lo recorría con frecuencia. Era aquel un balcón espléndido que dominaba el mar.

La parte de atrás de la Catedral era menos curiosa. Por el lado de la torre de San Magín y el palacio del arzobispo, hasta el Fuerte Real, donde quedaban aún restos del antiguo Capitolio, se dominaba toda la llanura del Francolí, llena de huertas y de árboles frutales. Algunas veces subía también al cerro del Olivo, y desde allí contemplaba Tarragona. Como una de aquellas estampas de la época en que el artista modificaba la realidad para sintetizarla recuerdo la vista que desde allí se divisaba. En medio, la torre de la Catedral, redonda, rodeada de murallas y de fuertes; a su izquierda, salvando un barranco, uno de los acueductos roto, el del agua del Puigpelat; a la derecha, el otro acueducto, íntegro, el puente de las Ferreras, o puente del Diablo; hacia el puerto, la cúpula de una iglesia, y por todas partes, murallas, baluartes y muros almenados, y en el fondo, el mar azul, muy obscuro, lleno de velas blancas bajo un cielo espléndido.

A pesar de ser mi vida un poco lánguida, no estaba descontento de ella. A veces, pensando en mi melancolía constante y habitual, me decía a mí mismo:

--Estoy triste porque ella me ha abandonado--pero comprendía que no, que estaba melancólico porque mi temperamento era así.

Esta tristeza de los pueblos de sol siempre ha sido para mí punzante. Muchas veces tenía que salir de la oficina y bajar al puerto para hacer algún encargo. Sólo había de cuando en cuando alguno que otro barco de vapor. En general, se veían goletas, místicos, polacras sicilianas, galeotas toscanas, y alguna que otra vez, embarcaciones raras que venían de los archipiélagos griegos, con el velamen airoso, la popa redonda esculpida y grandes mascarones pintados con colores vivos.

Allí se solían ver barcos de todas las costas próximas, y a veces se distinguía el pabellón soberano de los Estados del Papa, con la figura de San Pedro y San Pablo; la bandera real de Cerdeña, con un escudo en fondo blanco y la orla azul; el pabellón de Toscana, con una franja blanca y dos rojas y en medio su blasón; el de las dos Sicilias, con el escudo rodeado por el toisón de oro; la flámula de Módena, con su águila; la de Mantua, con una mujer de dos caras; la bandera de Ragusa, con la palabra _Libertas_; la de Génova, con una estrella roja; la de Grecia, azul, con una cruz blanca; la de los Estados unidos de las islas jónicas, la de Liorna, la de Lucca, y la de otros muchos pueblos libres que tenían una bandera propia y peculiar suya.

Con frecuencia venían faluchos cargados hasta el tope de naranjas, y estos faluchos, con sus grandes velas y su cargamento de frutos dorados, sobre el mar negruzco de puro azul, me parecían el símbolo del mar Mediterráneo.

En el puerto, cerca de la muralla del Fuerte Real, había un cordelero que era amigo mío, y con quien solía hablar: el señor Vicente, a quien llamaban el tío Corda. Le veía ir andando hacia atrás hilando la estopa de cáñamo que llevaba en la cintura, mientras un chico daba vueltas al carretel.

Este cordelero era un viejo fuerte, rechoncho, un poco cojo, con la cara redonda y la sonrisa socarrona. Hablaba con malicia y con ironía; había sido marino, viajado mucho, y había estado en la batalla de Trafalgar. Recordaba muy bien a Gravina, a Churruca, a Valdés, y sabía anécdotas de Nelson, a quien los marineros llamaban el Señorito, de Collingwood, el tío Calambre y de Villeneuve, a quien apodaban monsieur Corneta. El señor Vicente me contaba largas historias de sus viajes, y hablándome de sus cuerdas y explicándome para qué servían en los barcos, me hacía pensar en el mundo entero.

Cuando yo le preguntaba lo que le parecían los acontecimientos de la guerra me decía filosóficamente:

--¡Qué quiere usted, señorito! Nuestro tiempo es muy cruel y muy bestial. El hombre tardará mucho en ser algo razonable.

Yo estaba de acuerdo con él en lo que decía.

Veíamos, el cordelero y yo, trabajar a los presidiarios en el puerto, cosa triste; contemplábamos la llegada de las barcas de los pescadores, y al caer de la tarde yo volvía hacia el pueblo por la cuesta de Despeñaperros mientras los resplandores del sol poniente incendiaban las rocas y las murallas almenadas. Este sol dorado, los celajes espléndidos del anochecer, en que me parecía que mi alma se vaciaba en el ambiente, el son triste de las campanas de algún convento, la estrella del crepúsculo cantada por Ossian, que brillaba en el cielo, y el sollozo monótono del mar, me impulsaban a la suave melancolía. Luego, al volver hacia casa, por las calles, miraba el interior de las tiendecillas, apenas iluminadas, y veía las tertulias que se congregaban en las trastiendas.

Al mediodía y al anochecer pasaba la diligencia por el centro del pueblo con un gran estrépito de cristales, cubierta de polvo. Se repartía el correo y se comentaban las noticias de la guerra.

Al sonar el toque de ánimas, todo el mundo se retiraba a su casa. La idea de estar encerrado entre murallas me producía también una gran melancolía.

Esta melancolía era en mí algo inasible; pensaba muchas veces que si hubiera podido convertirla en tema literario, me hubiera, por lo menos en parte, librado de ella; pero no podía: mis versos eran siempre fríos y correctos, y mis octavas reales sonaban como un tambor. En este endiablado poema mío no podía poner nada personal. No salía de evocaciones y de rapsodias. Además, todo el mundo hablaba en él con una terrible solemnidad, comenzando por el personaje, que era yo, con el nombre de Edgardo, guerrero y atrevido nauta, que hacía grandes proezas y grandes conquistas, y siguiendo por don Juan de Austria, Doria, don Alvaro de Bazán, Farnesio, Cervantes y Alí-Bajá.

Muchas veces, roído por este fondo de tristeza, que comenzaba a comprender que no dependía mas que de mí mismo, marchaba al claustro de la Catedral y pasaba horas enteras nadando en un sentimentalismo confuso, que quedaba como flotando sobre mi espíritu.

A veces, mis amigos me impulsaban a salir fuera del pueblo; íbamos a la torre de los Escipiones o al Arco de Bará, a los pinares, donde murmuraba el viento, o nos embarcábamos en una lancha y contemplábamos la costa entre el cabo Salou y el cabo Gros; las colinas blancas, amarillas, secas, con las entrañas rojas y sangrientas, cubiertas en parte de pinos, de olivares o de tamarindos, y las olas azules llenas de espumas que habían servido de blondas en la cuna de Anfitrite. Esta luz y esta esplendidez del mar latino no me producía alegría ninguna, sino más bien tristeza. Toda esta costa mediterránea me parecía como consumida por la llama de la pasión.

Al volver a ver el pueblo con sus casas iluminadas por el sol poniente, brillando en sus vidrieras, sentía, como siempre, la misma punzada de abatimiento y de melancolía.

También me gustaba los días de fiesta quedarme en mi habitación, mirando por la ventana el cielo y el campo.

En las horas fuertes de sol y de calor la luz tenía reverberaciones de horno; en los paredones de las murallas corrían los lagartos y las salamandras; en el campo cantaban las cigarras, y algún abejorro rezongaba y se escondía en los agujeros de las piedras; luego, al avanzar la tarde y al pasar la soñolencia de la hora de la siesta, el aire perdía su pesadez y quedaba transparente y sutil, con un olor a hierbas secas y una luz clara y nítida, y después venía la magia del crepúsculo, con sus nubes rojas de fuego, sobre las cuales ideaba la imaginación enormes Babilonias de mil torres, incendiadas y doradas.

Cuando las tintas grises del anochecer subían del llano a la montaña, yo seguía con la mirada las curvas que trazaban en el aire las golondrinas y los vencejos, y los zig-zags de los murciélagos, y oía las campanadas lentas del reloj de la Catedral y el toque triste del _Angelus_.

De noche, muchas veces abría la ventana y miraba el llamear de las constelaciones y la faz curiosa de la luna, que acariciaba con sus rayos las piedras, los cerros y los bosques lejanos...

Sentía con intensidad vagas nostalgias; pretendía, a veces, trasladar estas impresiones fugitivas al papel, y no conseguía hacer mas que pesadas octavas reales sonoras y rimbombantes.

VIII.

LA CASA DE MONTFERRAT

AL cabo de algún tiempo de vivir en Tarragona, conocía a todo el pueblo. No pretendí entrar en la sociedad de la gente distinguida; lo que me había ocurrido en Málaga me servía de lección. Con mi trabajo, mis versos y la amistad de las dos señoras de casa, me bastaba.

De cuando en cuando recibía cartas de Málaga, por las cuales veía que nuestros asuntos económicos iban tomando mejor cariz. No me hablaba mi familia nunca de mi novia; pero por un amigo supe que iba a casarse. Me desesperé, y, para calmar mi dolor, hice una elegía; mas me resultó como todos mis versos: sin emoción.

Un día estuve con Eulalia en el Jardín del Magistral, y conocí allá a una de las mujeres más distinguidas y más elegantes del pueblo, Elena de Montferrat, a quien el hijo de mi patrón, Emilio Serra, galanteaba.

Elena era una mujer alta, delgada y esbelta. Tenía el perfil romano; el óvalo de la cara, alargado; la nariz, recta; la boca, grande, pero hermosa y fresca; los ojos, negros, brillantes, y el pelo, rubio obscuro. Como solía vivir largas temporadas a orillas del mar, en una finca de su madre, cerca de Torre de Embarra, y salía por las mañanas a pasear a caballo, no estaba pálida, como la mayoría de las muchachas del pueblo, sino dorada por el sol. El primer día que la vi se mostró muy amable, muy seductora conmigo. Paseando por entre los boscajes y los macizos de flores, me pareció Armida en sus jardines encantados.

En todos los ademanes de Elena había siempre una distinción aristocrática, unida a un gesto amargo y desdeñoso. A mí me parecía, por su tipo, una emperatriz romana.

Elena era pariente, por parte de su madre, del canónigo don Guillermo de Roquebruna. Elena vivía en la parte vieja de la ciudad, en una calle estrecha que cruzaba de las Escribanías Viejas a la calle de Caballeros. Era una calle triste y silenciosa, con algunas tiendecillas, con las casas cerradas, en la que se veía cruzar, de tarde en tarde, algún canónigo o alguna vieja enlutada.

Elena era amiga de Eulalia, la sobrina de doña Gertrudis, y había tomado con ella lecciones de piano. Elena vestía muy bien, tenía el sentido de la elegancia, y, cuando se proponía, era graciosa y amable. Hablaba el castellano casi sin acento.

A mí me manifestó, al poco tiempo de conocerme, cierto desdén, no sé por qué motivo, porque yo no la pretendía pensando que había una gran distancia entre una muchacha rica y aristocrática y un advenedizo arruinado como yo.

El hablar con ella me producía siempre una sensación de timidez y de encogimiento; verdad que ella se mostraba conmigo un tanto áspera, burlona y displicente.

--A mí no me gustan los hombres guapos que se creen guapos--me dijo una vez--, y menos los que se pasan la vida en una actitud melancólica.

Yo, al oírla, enrojecí molestado por este ataque directo y no legitimado, y haciendo fuerzas de flaqueza la dije:

--A mí tampoco me gustan las mujeres que saben que son guapas, y menos las que son muy orgullosas.

Elena, después de esta réplica un poco viva, se acercaba más a mí y me hablaba burlonamente:

--Ya sé que escribe usted versos--me dijo una vez--. Con el tiempo le llamarán a usted el Cisne de Tarragona.

--No; en tal caso, la Cigarra de Málaga.

--¿No nos va usted a leer alguna vez sus versos?

--No se burle usted de mí.

--No, no me burlo.

--Mis versos no tienen valor para que los lea ante un público; sirven para mí solamente.

--¿Necesita usted consuelo?

--¿Por qué no? Como todos los hombres.

--¡Pobrecito! ¿Tan desgraciado es usted?

--Por lo menos no me creo afortunado.

--Sí, ya sé que su novia le ha dejado.

--Es verdad.

--¿Y por qué le ha dejado? ¿Porque es usted pobre ahora?

--Sí.

--Bien poco cariño le tendría a usted.

--Es que sus padres le han obligado a casarse con otro.

--¡Bah! A mí no me obligaría nadie a eso.

Otro día me dijo:

--Huye usted de todos nosotros. ¿Por qué tanto miedo?

--No es que sienta miedo; me atengo a mi posición modesta; no quiero penetrar en la aristocracia del pueblo para no sufrir sus desdenes.

--Pues eso es miedo. ¿Tan cobarde es usted o tan tímido?

--Lo soy, no lo niego--le dije yo.

Elena tenía en el pueblo fama de elegante, de distinguida y de caprichosa. Solían galantearla y acompañarla en el paseo de la Rambla, Emilio Serra, el hijo de mi principal, y un militar joven, el teniente de caballería Juanito Montoya, que pasaba en Tarragona por un calavera deshecho.

Elena no manifestaba gran simpatía por el uno ni por el otro; coqueteaba con cualquiera. Las señoras de mi casa me hablaron de ella y de su madre, y me llevaron un día a saludarlas a su casa.

La familia de Montferrat era una familia ilustre, italiana, de la Lombardía, que figuraba desde el tiempo de las Cruzadas. Entre ellos había nombres extraños y pintorescos: Guillermo V, llamado Larga Espada, famoso por sus proezas en Tierra Santa, en donde se casó con Sibila, la hermana del rey de Jerusalén; Guillermo el Viejo, Bonifacio el Gigante, y otros, igualmente dignos del romance o del poema. Los Montferrato, que aparecen en la historia de Italia desde el tiempo de Otón el Grande, entroncan luego con la dinastía de los Paleólogos.

Un día pedí a Elena que me copiara su genealogía y me hiciera un ligero bosquejo de los hechos más notables realizados por los personajes de su familia, y cuando me dió la nota pasaron todos estos grandes señores, envueltos en más o menos ripios y con el sonsonete de las octavas reales, a mi poema.

Los Montferrato habían gozado de gran posición en Italia.

El abuelo de Elena, huído de Milán en tiempo de la Revolución francesa, se estableció en Tarragona como un comerciante obscuro.

Elena y su madre vivían en una casa antigua y espaciosa, con balcones salientes, ocultos por persianas de paja, fachada pintada de amarillo y un gran patio enlosado, con el brocal de un pozo en medio. A este patio, entre cuyas losas crecían altas hierbas verdes, se llegaba atravesando un arco de la entrada.

Desde este patio subía una escalera de piedra al primer piso por el exterior, penetraba en un pasillo y seguía ascendiendo a los cuartos altos.

La casa era demasiado grande para la gente que vivía en ella, y estaba muy abandonada.

La habitación que ocupaban doña Mercedes y Elena tenía estancias espaciosas, blanqueadas, embaldosadas y puertas grises de cuarterones. Había algunas habitaciones regularmente amuebladas, y en una alcoba, una gran cama, estilo imperio, en forma de nave, con cabezas de dragón, coronas y guirnaldas doradas; pero, en general, la casa daba la impresión de estar vacía.

Elena tenía un saloncito elegante y guardaba en vitrinas abanicos preciosos, camafeos y esmaltes.

Con Elena y su madre vivía una tía solterona que había pasado su juventud en Francia. La tía Carlota era fea, flaca, muy pintada, muy remilgada, y admiraba y al mismo tiempo tenía celos de su sobrina. La tía Carlota, muy monárquica, muy carlista y de un romanticismo exaltado, llevaba la contraria constantemente a Elena, que se burlaba de ella. Hubiera querido tener esta vieja señorita un éxito amoroso para demostrar a su orgullosa sobrina que ella también provocaba grandes pasiones.

En un piso más alto de la casa vivía un tío de Elena: el tío Juan, Montferrat de apellido, casado, sin hijos y sin ocupaciones. El tío Juan, hombre de unos cincuenta años, apenas salía de casa; se pasaba la vida aburrido, andando de un cuarto a otro como alma en pena, mirando sus plantas, observando el barómetro y el termómetro, leyendo el periódico de cabo a rabo, haciendo solitarios con los naipes, bostezando, durmiendo mucho y suspirando. A todo cuanto le proponían contestaba: ¿Para qué? ¿Qué se adelanta con eso? Y se encogía de hombros.

Cuando alguno llegaba a la casa, se lanzaba sobre él como sobre una presa para poder charlar. El tío Juan era muy tímido y asustadizo; desde el comienzo de la guerra civil no había salido nunca de la ciudad, privándose de su grande y único placer, que era ir a la finca que tenía en Torre de Embarra y pasarse allí el tiempo pintando tiestos y puertas.

En el tercer piso de la casa habitaba el canónigo Roquebruna; don Guillermo de Roquebruna era un hombre alto, fuerte, moreno, muy guapo, muy solicitado en Tarragona por la buena sociedad y, sobre todo, por las damas. Había figurado don Guillermo en la conspiración de los Descontentos, y entonces, que se agitaban los carlistas siguiendo el consejo del arzobispo don Antonio Fernando de Echánove, se abstenía de intervenir en cuestiones políticas.

En casa de Elena quedaba el antiguo despacho de su padre, con una biblioteca con libros antiguos y modernos y una porción de cuadros, de estatuas y de relojes.

El padre de Elena, hombre curioso, enfermo y retirado en su casa en sus últimos años, compraba libros, cuadros, estatuas y se pasaba el tiempo leyendo.

Elena había encontrado en la biblioteca las obras de Walter Scott, en francés, y el Orlando furioso, en italiano, que lo había leído viendo que aparecían los Monferrato.

La lectura del Ariosto le había dado a Elena ideas un tanto libertinas.

Elena había heredado alguna de las aficiones de su padre: solía ir con frecuencia a casa de un prendero de una callejuela próxima que guardaba gran cantidad de objetos de iglesia, imágenes, cuadros y casullas procedentes de los conventos.

Desde la supresión de las comunidades religiosas, en 1835, había prendero que se enriquecía comprando despojos de conventos y de capillas. El revolver cuadros, libros y ornamentos de iglesia, el mirarlos y examinarlos, era una de las distracciones de la señorita de Montferrat.

Elena me llevó al despacho de su padre, que estaba siempre cerrado. Era una habitación llena de interés, iluminada por dos balcones grandes que daban a una terraza rodeada por una barandilla con jarrones de piedra.

Había una estantería con libros, cuadros antiguos, estatuas, monedas y un globo terráqueo grande, del siglo XVII, que pertenecía de familia a los Montferrat.

Era aquel un cuarto de solitario, de un Robinsón, con su pequeño taller de mecánico y sus vitrinas de coleccionista.

Tenía dos relojes de cuco y muchos muñecos de movimiento. Uno de los que más me gustó fué un _clown_ chino, un autómata que bajaba una escalera dando saltos. Parecía vivo. Su secreto, que me mostró Elena, era una fuente intermitente de mercurio que pasaba de una cavidad a otra del muñeco por un agujero de comunicación, desplazando así el centro de gravedad de la figurita.

Otra de las cosas que me pareció admirable fué un organillo, con muñequitos que bailaban, fabricado en Ginebra. Aquella música y aquellos autómatas tan bonitos, tan elegantes, en trajes de otra época, en aquel cuarto abandonado lleno del espíritu de su antiguo dueño, me parecía una cosa de magia, algo tan fantástico como un cuento de Hoffmann. Me quedaba absorto oyendo aquella música.

--Qué bien hubiera usted estado con mi padre--me decía Elena--. El era, como usted, soñador; no le gustaba la acción.

--¿Y a usted?

--A mí, sí. Yo no soy ninguna soñadora.

A pesar de sus entretenimientos, Elena se aburría profundamente.

Al anochecer se reunían en casa de Elena varias personas a hacer tertulia: dos señoras amigas, el tío de Elena, el primo Emilio, el canónigo Roquebruna y un compañero suyo, el canónigo Magraner, que hablaba siempre de las antigüedades romanas de Tarragona y de la gran colección de monedas que poseía.

Magraner era siempre el primero en estar enterado de dónde se hacían derribos y excavaciones, y allí se presentaba a comprar medallas, monedas o fragmentos de mosaicos romanos.

Alguna vez estuvo en la casa Eulalia y tocó en el piano sonatas de Mozart.

En la tertulia se hablaba mucho de la guerra; se rezaba a media luz; luego se encendía la lámpara; las señoras hacían media y se jugaba al tresillo.