Part 2
Después de la nueva campaña que hicieron los franceses realistas con el duque de Angulema, y que, afortunadamente, acabó pronto, vinieron las intrigas de los Descontentos. Eulalia había conocido a uno de sus jefes, al coronel Rafi Vidal, y vió a la señorita de Comerford en la casa del canónigo hospitalero de la Catedral, don Guillermo de Roquebruna. Eulalia me describió con entusiasmo la belleza de esta señorita irlandesa, que luego resultó enredada con un fraile.
Eulalia y doña Gertrudis me hablaron del terror que reinaba en Tarragona en tiempo del conde de España; los presos que venían de noche de los pueblos del llano y eran encerrados en el castillo de Pilatos o en el Fuerte Real, y de la bandera negra que aparecía en los baluartes, por lo cual se sabía que el día anterior se había enterrado o echado al mar un cadáver destrozado por las balas.
Todavía presentaba un carácter más horrible, según Eulalia, lo que pasaba en los calabozos de la Falsabraga, entre la barbacana y la muralla, hacia el palacio arzobispal. Desde la ventana de mi cuarto se oían en aquella época, casi todas las noches, gritos, lloros, lamentos y, con frecuencia, descargas cerradas. Luego se veían pasar hombres llevando algún bulto, precedidos por otro con un farol. Nadie se atrevía a acercarse al sitio en donde se sospechaba que alguien había sido enterrado; reinaba el más profundo terror, y la idea de ser llevado a la presencia del conde de España inquietaba a todo el mundo.
Yo escuchaba estas historias lleno de espanto, pero al mismo tiempo la tranquilidad de que gozaba por entonces me llenaba de satisfacción.
Doña Gertrudis me trataba como si fuera su hijo; yo iba sintiendo por ella gran afecto. Hicimos el proyecto de que, si acababa pronto la guerra, marcharíamos juntos a Salas de los Infantes. Ellas habían estado hacía pocos años; pero ya no podían soportar el frío de aquella región. Además, por estos días campeaba por allí el Cura Merino con su gente.
Llevaba yo un año en Tarragona. En medio de este ambiente apacible y algo melancólico me encontraba muy bien. En Málaga había vivido tan retraído, que la vida que hacía en Tarragona, quizá para otro monótona, a mí me bastaba.
Esta existencia rutinaria me llenaba por completo. Los domingos paseaba y, después de la misa, solía comprar alguna golosina para llevarla a casa. Por la tarde, a la hora de vísperas, casi siempre iba a pasear al claustro de la catedral. El jardín del claustro, con sus arrayanes y su pozo, sus cipreses y sus limoneros, me conmovía. No quería saber nada arqueológico; si a veces oía las explicaciones de algún cicerone, las olvidaba en seguida.
Me bastaba con disfrutar de aquel silencio, de aquel reposo lleno de misterio, que me daba la impresión de un lugar de Oriente. A la hora de las vísperas escuchaba el rumor lejano del órgano, el canto de los canónigos; veía a los mendigos envueltos en sus capas, rezando bajo una puerta primorosamente labrada, y todo esto me hacía soñar en una época pretérita y mejor.
Por la tarde iba al paseo de La Rambla, donde tocaba la música militar, y contemplaba a las señoritas de la aristocracia y a las menestralas, vestidas de negro, con unos cuerpos de diosa y la cara pálida de vivir a la sombra. Al anochecer, los días de fiesta, solíamos tener en casa alguna pequeña reunión musical, y yo tocaba el violín y Eulalia me acompañaba en el piano.
Por entonces se empezó a hablar de los carlistas catalanes Tristany, Brujó, Caballería, etc.
Entre estos había cabecillas audaces y atrevidos; pero no contaban con un hombre como los del Norte, con Zumalacárregui.
Luego, poco después, se empezó a hablar constantemente de Cabrera y de sus campañas en el Maestrazgo. A Cabrera, unos le consideraban como un monstruo, y otros, como el más acabado tipo del caudillo defensor del trono y del altar.
Zumalacárregui y Cabrera eran en este tiempo, y peleando en el mismo bando, dos símbolos de las dos corrientes opuestas y contrarias de la España clásica. El uno, la perseverancia y la visión clara y penetrante del hombre del Cantábrico; el otro, el brío, la gallardía y la fiereza del Mediterráneo. Mientrastanto, el resto de España esperaba.
V.
LA TORRE DE ARNAU
ALGUNAS veces iba a visitar al capitán Arnau, a quien me había recomendado Barrenechea, el de la _Bella Amalia_. Don Ramón Arnau, hombre de unos cuarenta a cincuenta años, fuerte, enjuto, bien hecho, con la cara curtida por el sol y el aire del mar, era de estos tipos secos, avellanados, que produce la vida de a bordo.
Arnau iba siempre cuidadosamente afeitado y muy limpio; era hombre serio, de movimientos rudos, y hablaba de una manera casi siempre áspera y malhumorada. A mí no me manifestaba la menor simpatía; me consideraba, sin duda, como un señorito mimado, incapaz de un arranque de entereza.
Don Ramón se manifestaba liberal y anticlerical; no iba casi nunca a la iglesia; su mujer, aunque de menos edad que él, parecía más vieja, casi como si fuera su madre.
El capitán se mostraba con ella duro, dominador, creyendo, sin duda, que la misión de las mujeres es la de obedecer sin réplica y trabajar sin la menor distracción. La mujer del capitán seguía siempre la mirada de su marido y temblaba cuando éste se enfurruñaba. Arnau tenía esa idea de la autoridad del _pater-familias_ romano, y se consideraba infalible e indiscutible.
En casa de Arnau conocí a sus hijas, María Rosa y Pepeta. María Rosa, muchacha rubia y blanca, me pareció un poco pava; la Pepeta, morena, con ojos verdes claros y tonos azules alrededor de los ojos, era verdaderamente bonita.
Las dos chicas, a pesar de su belleza y de su juventud, no me gustaban del todo por lo ásperamente que hablaban el castellano. Yo creía entonces, y tardé bastante tiempo en darme cuenta de tal preocupación, que por ser andaluz era superior a los catalanes. No comprendía que si un catalán puede ser ridículo hablando castellano entre castellanos, un castellano es ridículo hablando catalán entre catalanes. Lo mismo le pasa al español que habla francés, o al francés que habla español. Se cree también que unos idiomas son eufónicos y agradables al oído, y otros, no; pero todos los idiomas son eufónicos para el que está acostumbrado a ellos.
Arnau poseía una casa de campo en el camino de Barcelona, que va costeando por entre pinares y la marina, a poca distancia del Hostal de la Cadena. Esta torre, como la llamaban allí, era pequeña y blanca, tenía un hermoso huerto, un jardín con una terraza y una azotea desde la que se divisaba el mar. El huerto era grande, con naranjos, granados, limoneros y otros árboles frutales; el jardín tenía varios cuadros separados por boscajes de mirtos y de madreselvas, que formaban calles en sombra. Casi siempre, en invierno y en verano, resplandecían innumerables flores, y constantemente había frutos, pues cuando unos estaban ya maduros otros comenzaban a brotar. La naranja y el limón, las cerezas y los albaricoques, las peras y las manzanas, los higos, las granadas y las nueces se sucedían sin descanso.
Cuidaba este huerto Pascual, un mozo de unos veinticinco a treinta años, fuerte, tostado por el sol, algo pariente de Arnau. Pascual trabajaba constantemente y tenía un gran amor por la agricultura.
En el jardín había una pequeña glorieta cubierta con enredaderas y un gran pino alto, de copa redonda y tronco morado.
La tapia, pintada de azul, tenía encima jarrones de porcelana llenos de cristales de colores que despedían al sol brillantes destellos.
En mi poema _La Batalla de Lepanto_ introduje más o menos subrepticiamente el jardín de la torre de Arnau y lo convertí en el jardín de las Hespérides, con sus ninfas guardadoras de las manzanas de oro: Egla, Aretusa e Hiperetusa. A Pascual, el hortelano, le llamaba Vertumnio. Cierto que el mitológico jardín no tenía nada que ver directamente con el resto de mi poema; pero yo me consideraba con derecho para vagabundear como poeta en alas de la fantasía por el mundo entero.
Varias veces fuí a la torre de Arnau solo o acompañado por algunos amigos, sobre todo los días de fiesta. María Rosa y Pepeta reinaban en aquel huerto con sus trajes blancos y sencillos, como Flora y Pomona. Estas chicas catalanas, que no conocían la timidez ni el rubor, eran completamente ingenuas y naturales y hablaban de una manera terminante y enérgica. No tenían María Rosa y Pepeta nada de ninfas tímidas y ossianescas ni de damas lacustres; mejor hubieran podido pasar con un poco de imaginación por diosas paganas.
María Rosa todavía era algo romántica; Pepeta tenía un realismo aplastante.
Conmigo solían ir dos pretendientes de María Rosa y de Pepeta: Pedro Vidal y Juan Secret.
Pedro Vidal había sido teniente de voluntarios realistas, y en aquella época se manifestaba satisfecho de no serlo y se sentía partidario de la Reina. A pesar de esto, el capitán Arnau no le perdonaba el haber pertenecido a la milicia realista y le manifestaba una marcada antipatía.
Vidal era pariente del coronel Rafi, sublevado en Tarragona, al frente de los Descontentos, y a su familia se la consideraba en el pueblo como absolutista. Vidal y un hermano suyo vivían obscuramente con su madre en una callejuela próxima a la Catedral.
Secret gozaba de la completa simpatía del capitán Arnau. Secret era hombre bajito, rojo y barbudo; su gran preocupación consistía en parecer alto. Cuando se le oía andar sin verle, por ejemplo, de noche, se creía que pasaba un gigante; tales zancadas solía dar.
Secret tenía el título de maestro de escuela y se vanagloriaba de haber publicado un periódico liberal en Reus. Lector de la historia de la revolución francesa, sentía un frenético entusiasmo por sus doctrinas y por sus hombres.
Secret sabía el francés, había vivido unos meses en Perpiñán y leído obras del vizconde de Arlincourt, y estaba convencido de que su mirada magnetizaba y fascinaba como la de las serpientes de los cuentos. Creía que era de esos hombres fatales que destrozan el corazón de las mujeres, de esos hombres que ríen de sus víctimas con una risa sarcástica y mefistofélica y que tanto abundan en los novelones y en los melodramas.
Sus amigos se burlaban de él y aseguraban que, por entonces, al menos, no se sabía que hubiera hecho ningún gran destrozo en las vísceras cardíacas del bello sexo.
Eso de parecer un hombre fatal siempre ha sido y será, sobre todo en época de romanticismo, cosa muy agradable. Secret, antes de vivir en Francia, figuró entre los absolutistas y formó parte de los Descontentos.
Su estancia en Perpiñán trastornó sus ideas y comenzó de pronto a sentirse liberal, y acabó siendo antirreligioso y republicano.
Secret era bilioso, colérico y partidario de incendiar, de matar y de no dejar títere con cabeza. El decía que estaba afiliado a la sociedad de carbonarios, pero sus amigos tampoco lo creían. Secret echaba grandes discursos en castellano, desdeñaba el uso del catalán y dominaba con sus adulaciones, y lo tenía preso en su tela de araña al capitán Arnau. No sabía yo exactamente si este hombre se dirigía a María Rosa o a Pepeta, pero ninguna de las dos le acogía con agrado.
Los conocidos me daban broma por mi amistad con la Pepeta, pero era inútil: tenía en la memoria impreso de una manera imborrable el recuerdo de María Teresa, y, además, reconociendo que era una tontería, no podía pasar por el acento catalán áspero de Pepeta. No me parecía nada femenino.
Otro comensal de la casa amigo de Arnau y muy liberal era un farmacéutico, Castells, un hombre gordo, tranquilo, que tenía su farmacia en una esquina de la Rambla de San Carlos.
Castells era un tanto fantástico: tenía ideas raras y originales; creía que la ciencia, con el tiempo, realizaría todos los milagros que se suponen hechos en la antigüedad, y pensaba que por la química se llegarían a hacer seres vivos.
Este Castells daba siempre la nota pintoresca y extravagante. Cuando íbamos a su farmacia solía obsequiarnos con magníficos refrescos, que componía con varios ingredientes en alguna probeta con el mismo aire que si estuviera haciendo un experimento o una reacción química.
En la casa de Arnau, en último término se destacaba la tía Doloretes, pariente de la mujer del capitán. Era ésta una mujer muy vieja, negra como un cuervo, acartonada, con una mirada muy viva y una manera de hablar exagerada y expresiva.
La pobre vieja vivía con el hortelano Pascual constantemente en la torre; había tomado la misión de trabajar para los demás y cultivaba la huerta, y estaba satisfecha si sus sobrinas nietas le hacían alguna vez una caricia.
No se podía ir con frecuencia a la torre de Arnau, porque muchas veces se decía que algún grupo de carlistas rondaba por las proximidades del Hostal de la Cadena. Yo, en general, los días de fiesta prefería quedarme en casa y añadir unas cuantas octavas reales más a mi gran poema.
A veces desconfiaba de este mamotreto, que iba creciendo y creciendo de tamaño, y en el que yo me pintaba como un hombre atrevido, conquistador y valiente; pero otras, me entraba de lleno la ilusión y pensaba en legar al mundo una obra maestra.
VI.
LA CASA DEL NEGRE
CERCA de la torre de Arnau, y entre la carretera y el mar, delante de una estrecha playa pedregosa se levantaba una casucha terrera, construída con adobes, que tenía al lado un corralillo y un pequeño bancal, verde o amarillento, según las estaciones. En el corralillo se veían constantemente harapos puestos a secar al sol, sobre cuerdas de esparto, y algún montón de fiemo, a cuyo alrededor picoteaban gallinas y comía una cabra. En la playa, al lado de la puerta del corral, hasta donde subían las olas, que echaban sobre la arena grandes madejas de algas harapientas, se veía una barca vieja, con la quilla al aire, que se pudría con la humedad y el sol.
Esta casucha, próxima a la torre de Arnau y al Hostal de la Cadena, se llamaba la casa del Negre.
El Negre había sido un pescador borracho y contrabandista que durante muchos años antes de la guerra de la Independencia había vivido allí. El Negre parecía hombre jovial, pues se pasaba la vida fumando en su pipa, componiendo sus redes en la playa y cantando. Una de las coplas que más le gustaba repetir era ésta:
Cuan lo pare no te pa la canalla, la canalla, cuan lo pare no te pa la canalla fa ballar.
Un día el Negre hizo un extraño descubrimiento. Tenía su barca estropeada y había ido a pescar a una roca próxima a Tamarit del Mar, con su caña y una cesta, en la que llevaba un pedazo de pan y una botella de aguardiente.
Por la noche el pescador volvió trastornado, y, en vez de quedarse en su casa, entró en el Hostal de la Cadena.
Según dijo el Negre, había visto claramente una sirena blanca que tenía el tronco de una mujer y el resto del cuerpo de pez, con escamas. Se le había agarrado a la cuerda de la caña, y al levantarla en el aire dió un grito, se hundió en el agua y desapareció.
Se discutió el hallazgo en la taberna. Unos se pusieron a favor, y otros, en contra. El Negre afirmó que él sabía lo que eran las sirenas, porque en su juventud había visto una en el mascarón de proa de un barco, medio blanca, medio verde y con un arpa dorada en la mano.
El Negre describió su sirena con toda clase de detalles. Era rubia, con los ojos azules y los pechos blancos. Unos días después, dos jóvenes fueron a la roca próxima a Tamarit y vieron que el agua se revolvía al pie. Quizá había alguna pareja de delfines.
Desde entonces los vecinos de por allá llamaron a la roca la Roca de la Sirena.
El Negre no sabía a punto fijo lo que había visto, y cuando hablaba del hallazgo de su sirena lo contaba todas las veces de distinto modo.
El Negre murió a fuerza de ver cosas raras, porque siempre que las veía llevaba su botella de aguardiente, y más cosas raras veía cuando más alcohol penetraba en su cuerpo.
Poco después de la muerte del Negre apareció, habitando la casa, un vagabundo medio gitano, a quien llamaban el Caragol. Este hombre, enfermo de tercianas y de color pajizo, vivía enredado con una mujer muy guapa, llamada Teodora, que no le guardaba la menor fidelidad, porque constantemente, y de noche, entraban y salían hombres en aquella casa.
Un día el Caragol vino con tres mujeres, que dijo eran hermanas de la que vivía con él. No se sabía de dónde llegaban. Hablaban estas mujeres una lengua mixta de catalán, de italiano y de ruso.
Venían de muy de lejos; quizá ni ellas mismas sabían dónde habían nacido. La gente creía que eran gitanas o medio gitanas estas hijas de la tierra. La Teodora, la del Caragol, al lado de ellas se destacaba como una Venus, confirmando la idea de los antiguos griegos de que Venus era hermana de las arpías.
Mientras el Caragol estaba enfermo, la Teodora anduvo enredada con un marinero. Sus hermanas, las tres flacas, secas, negras, malhumoradas, chillonas y amenazadoras, trabajaban en el bancal de la casa del Negre, lavaban la ropa y salían a pescar pulpos entre las rocas.
Las llamaban la Nas, la Escombra y el Mussol: la Nariz, la Escoba y el Mochuelo.
En mi poema, en donde les di también entrada a estas mujeres, eran Alecto, Thisiphone y Megera.
La Teodora tuvo una hija muy rozagante del marinero, y luego, en tiempo de la guerra de la Independencia, se enredó con Bianchini, el soldado de la legión italiana a quien llamaban el _Dimoni_, del que tuvo un hijo.
Poco después, el Caragol murió, y la Teodora desapareció del pueblo dejando a sus supuestas hermanas la chica y el chico.
Las tres viejas arpías, la Nas, la Escombra y el Mussol, quedaron en la casa del Negre, trabajando como bestias para mantener a los dos sobrinos.
Por lo que se supo después, las tres furias hacían contrabando.
Algunas noches se veían luces en el mar y en la casa del Negre; después un falucho se acercaba a la costa frente al Hostal de la Cadena, y tres sombras iban a la pequeña playa, entraban en el mar y salían con pesados fardos, que iban subiendo a depositarlos en el Hostal de la Cadena y en la casa del Negre. Paquetes de tela, de tabaco y armas para los carlistas habían sido llevados al hombro por aquellas tres mujeres.
Una noche en que el comandante de carabineros, de acuerdo con un contrabandista que dirigía el movimiento, había dispuesto enviar todos sus soldados lejos de la playa en donde se iba a verificar el contrabando, se presentaron dos carabineros al olor de la combinación, en la que ellos no participaban, pretendiendo tomar parte en el botín.
Uno de los carabineros mandó pararse a dos de las furias de la casa del Negre, a la Nas y al Mussol, a las que sorprendió subiendo por la playa cargadas con fardos. Estas tuvieron que echar su carga al suelo. El jefe de la maniobra terció en la cuestión, se entendió con los dos carabineros y siguió haciéndose el alijo.
Unas semanas después, una noche obscura, las tres hermanas volvían de la playa con unos fardos de tabaco al hombro, cuando uno de los carabineros que les había sorprendido noches antes les dió el alto.
--¡Alto! A ver esos fardos.
Las tres mujeres echaron los fardos al suelo. El carabinero los reconoció.
--¡Hala!--dijo después--; tenéis que venir conmigo a la comandancia.
Las tres mujeres suplicaron encarecidamente al carabinero que les dejara; pero el otro, con la petulancia del hombre armado y con uniforme que se cree autoridad, aseguró que no cedería.
Entonces las tres furias se hablaron en su lengua, y rápidamente se lanzaron sobre el carabinero; una le sujetó los brazos por detrás; la segunda le tapó la boca, y la otra, abriendo un cuchillo, le dió tres cuchilladas profundas en el pecho. El carabinero quiso gritar y mordió en la mano a una de las mujeres; pero entre las tres le tumbaron en la arena, y allí le dieron más cuchilladas, hasta que lo dejaron muerto.
Ante el cadáver, las tres hermanas conferenciaron; decidieron meterle en su bote, y, pasando por delante del puerto, lo dejaron cerca de la salida del río Francolí. Después volvieron, limpiaron el bote perfectamente, quitaron las huellas de sangre de la arena y guardaron sus fardos. Esta muerte hizo que se abriese un proceso, en que hubo indicios para acusar a las tres mujeres de la casa del Negre, que fueron a la cárcel.
Mi patrón, don Vicente Serra, que, sin duda, tenía alguna relación con estas mujeres por cuestiones de contrabando, les dió dinero para que pudiesen poner fianza y salieran a la calle.
Estas tres mujeres llegaron a producir el terror en los alrededores del Hostal de la Cadena. Tenían las tres el perfil agudo, algo de pájaro en la cara, una manera de andar llena de fuerza y de brío; sobre todo, una de ellas, la menor, el Mussol, parecía ir volando cubierta con sus harapos negros. La gente creía a estas tres mujeres capaces de todo. Algunos pensaban que hacían mal de ojo y que podían atraer las desgracias, las pestes y las calamidades sobre las personas que odiasen.
La mayor de ellas, la Nas, tenía una cara fuerte, dura, inmóvil; la nariz, recta y cortante como un cuchillo; el pelo, negro, en dos bandas; el pañuelo, también negro, en la cabeza, y el brazo, seco y membrudo, como una raíz retorcida. La Escombra se caracterizaba por sus pelos alborotados, andaba siempre sucia y greñuda, y se la tenía por aficionada al aguardiente. El Mussol parecía realmente un mochuelo. Nadie entraba en su casa. Si alguno se paraba a mirarlas desde la carretera, le insultaban. Los dos sobrinos de estas furias eran a cual más inútiles y perezosos. La chica, que se llamaba Teodora, como su madre, pero a la que decían Dora, era rubia, vagabunda, y andaba en el Hostal de la Cadena en compañía de otra muchacha de mala fama. Se las veía a las dos a orillas del mar hablando con marineros y carabineros. La Dora, perezosa, tumbona, rozagante, no hacía mas que vagabundear y cantar. Era una mujer guapa, fuerte, de muchas caderas, que hubiera podido servir de modelo a una Venus Calipiga.
Al chico, que entonces tendría quince años, le llamaban el _Caragolet_ y el _Dimoni_; trabajaba por temporadas, yendo a pescar en algún falucho, y solía vagar por la playa y los alrededores. A los quince años ya galleaba, rondaba a las mozas, vestía muy pincho, con gorro rojo, camisa de color y pantalón blanco; era hipócrita y sanguinario. Tenía un perro sarnoso, que se llamaba _Napoleón_, que era el compañero de sus hazañas. Era un perro tan hipócrita como su amo, que se acercaba amablemente al que le llamaba y, de pronto, le mordía en una pierna y echaba a correr.
Las tres furias de la casa luchaban a brazo partido con la vida angustiosa y miserable; tenían que pagar deudas y dar a mi patrono Serra lo que éste les había prestado.
Mientrastanto, la Dora y el Caragolet se divertían.
Hasta las tres hermanas llegaba la mala fama de sus sobrinos y, sobre todo, las aventuras de la muchacha, que, a su modo de ver, las deshonraba.
Estas furias tenían un odio terrible contra todo y contra todos; el rencor de los parias por los prestigios que ellos no pueden alcanzar. A pesar de su miseria, la idea de la honra era en ellas extremada y vidriosa; odiaban furibundamente a los que andaban con su sobrina, y al mismo tiempo la admiraban a ella por el atractivo y el garbo que tenía.
A uno de los que consideraban como su mayor enemigo era a Pedro Vidal, que había andado con la Dora. Por entonces supe yo que don Vicente Serra había querido llevar a una casa de Tamarit del Mar a la Dora, y ésta, burlándose del viejo comerciante, había alardeado de sus amores escandalosamente con Vidal.
Las furias de la casa del Negre tenían un profundo odio por este muchacho, que impidió que la Dora llevase una vida de menos escándalo que la que había llevado hasta entonces. Según me dijo Vidal, muchas veces, al pasar por delante de la casa del Negre, había visto alguna de las viejas que le mostraba el puño con rabia.
Aquellas tres mujeres, siempre trabajando, despreciadas por todos, sin apoyo ninguno, me daban a mí una profunda lástima.
VII.
RECUERDOS Y EVOCACIONES