Part 13
--Esta mañana, al saberlo Narváez, ha querido visitar a la viuda. Hemos ido él y yo, y hemos entrado un momento en la iglesia. Se oía el murmullo del órgano y los cantos de las monjas. Narváez, decidido, ha ido a la parte de la clausura y ha llamado con fuerza; al venir la lega ha preguntado por doña Juana, y en vista de que no aparecía ha querido hablar con la superiora. Ha salido ésta; una mujer pálida, con unos ojos brillantes e inteligentes.
--¿Qué quería usted?--ha preguntado la superiora a través de la doble reja.
--Quiero hablar con doña Juana Ponce de León y darle detalles de la muerte de su marido.
--Sor Teresa no piensa más que en Dios--ha contestado la superiora.
--Pues yo necesito verla y hablarla.
--¡Verla! Es imposible; incurriríamos ella y yo en la pena de excomunión.
--Sin embargo, a las monjas se las puede ver--ha observado Narváez.
--No le--dije yo--, a cierta clase de monjas no se les puede más que hablar.
--¡Señora!--ha gritado Narváez--; yo necesito hablar a doña Juana; si no lo autoriza usted soy capaz de asaltar el convento con mis tropas.
La voluntad de Narváez se impone; es demasiado fuerte para resistirla. La madre superiora ha intentado calmarle, diciéndole que podría hablar a doña Juana Ponce de León.
Efectivamente; doña Juana ha aparecido en la reja del locutorio con el velo echado. Yo me he retirado un poco.
Narváez ha explicado a la monja cómo murió su marido y la parte que tomó él en recoger sus despojos. Ella apenas contestaba mas que con monosílabos.
Luego le ha dicho que le suplicaba le dejara ver un momento su rostro.
--No puede ser, no puede ser--ha dicho doña Juana.
Después ha aparecido la superiora.
--Sor Teresa--nos ha dicho--está enferma; ha envejecido mucho y no quiere que la vean ustedes así; pero para que se convenzan de la realidad la verán ustedes un momento.
Se cuchicheó dentro del locutorio, y de pronto se abrió una ventana y se descorrió una cortina. La monja que estaba delante de nosotros se levantó el velo, y vimos una cara tan vieja, tan arrugada y tan macilenta, que yo quedé extrañado y Narváez atónito.
Salimos a la calle los dos sin despedirnos de nadie.
--Pero, oye--le dije a Narváez--, ¿cuántos años tiene esa mujer?
--Veinticinco, lo más.
--¿Y ha quedado así? ¡Esto es un milagro!
--Yo no creo en milagros--me ha dicho Narváez.
Ros de Olano me habló espantado de si aquella figura de mujer vieja que habían visto en el locutorio sería un fantasma. Yo me encogí de hombros.
--¿Usted no ha visto nunca espectros?
--Nunca.
--¿Usted no cree en la metempsicosis?--me preguntó luego.
--No; no he pensado nunca en ello, como no he pensado en la alquimia ni en la astrología. Al único que he oído hablar de eso ha sido a Somoza el de Piedrahita; pero me figuro que bromeaba.
Ros de Olano me habló de las obras de Swedenborg, de la _Palingenesia filosófica_ de Carlos Bonnet, y de otros libros modernos que, según él, afirmaban la metempsicosis.
Yo me encogí de hombros.
Fuimos a la plaza, entramos en el palacio de los duques de Arcos, llegamos a nuestra habitación, que era grande, y nos acostamos.
--¿Apago la luz?--le dije yo.
--No, no; todavía, no.
Iba a dormirme, cuando oí que mi compañero me llamaba.
--¿Qué hay?
--¿Tampoco cree usted en los aparecidos?--me preguntó de pronto Ros de Olano con voz ahogada.
--Tampoco.
--Yo, sí.
Y se incorporó en la cama y me contó una serie de historias truculentas de fantasmas, de espectros y de casos de doble vista y de magnetismo. Estaba el hombre espantado.
--Yo pienso si la superiora nos habrá mostrado un espectro. Porque esas monjas han sido muy dadas a la práctica de la hechicería y de la nigromancia.
--Vamos. Duérmase usted y no sea usted niño--le dije yo.
--No voy a poder dormir--gimió él.
--Puede usted estar tranquilo. Donde duerme Aviraneta no aparecen nunca fantasmas.
Era cosa extraña que aquel hombre, que tenía estos terrores infantiles, fuera luego tan práctico en la vida.
Pensé que Ros de Olano me había llevado a pasar la noche allí por miedo a estar solo, y me quedé dormido.
* * * * *
Unos días después, la incógnita que trastornaba a Ros de Olano se despejó. En Jerez supe que doña Juana Ponce de León seguía tan guapa como antes, y que la superiora del convento había dado el cambiazo, mostrando a Ros de Olano y a Narváez una monja vieja y enferma que se parecía algo a doña Juana.
* * * * *
Al día siguiente de mi llegada a Arcos me despertaron los toques de corneta. Había gran animación en la plaza; iban de acá para allá los soldados, llevando calderos de rancho; los oficiales, con papeles en la mano, entraban y salían en la casa del Ayuntamiento; un grupo de sargentos charlaba en corro. Sonaron cornetas y tambores y se fueron formando las tropas.
Estaba en el balcón cuando entraron Narváez y Ros de Olano a despedirse de mí.
--Aviraneta--me dijo Narváez--: sé quién es usted, lo que ha sufrido, la situación en que se encuentra. Si me necesita usted alguna vez, cuente usted conmigo.
--Gracias, brigadier.
Nos estrechamos la mano.
Poco después le vi salir a Narváez a la plaza, montar a caballo y bajar la cuesta, rodeado de Ros de Olano, del coronel Silva y del comandante Mayalde.
Comenzó a tocar la música, y la columna se puso en marcha; luego se la vió alejarse por la carretera.
El pueblo había quedado desierto.
Yo pensé en aquel hombre violento y fiero, y se me ocurrió, como al teniente Matamoros, que le venía muy bien la leyenda antigua de su pueblo: «Loja, flor entre espinas».
Madrid, agosto, 1921.
FIN DE LAS FURIAS
ÍNDICE
Páginas.
PRÓLOGO 9
I.--El Diario de Pepe Carmona 15
II.--Arruinados 19
III.--Doña Gertrudis y Eulalia 23
IV.--Evocaciones y recuerdos 27
V.--La torre de Arnau 37
VI.--La casa del Negre 45
VII--Recuerdos y evocaciones 55
VIII.--La casa de Montferrat 65
IX.--Elena 77
X.--Un viajero misterioso 79
XI.--El abanico de Elena 85
XII.--Reproches 89
XIII.--Habla Moro-Rinaldi 95
XIV.--Una serenata 101
XV.--El hostal de la Cadena 105
XVI.--En alas de Cupido 111
XVII.--Viaje por mar 119
XVIII.--Ciudades viejas y ciudades nuevas 125
XIX.--Tarraconense 129
XX.--Confusión 133
XXI.--La Ciudadela 137
XXII.--La marea que sube 143
XXIII.--Furinalia 153
XXIV.--Al día siguiente 159
XXV.--Epílogo 163
Los bastidores de la tragedia 169
El sueño de una noche de julio 221
Flor entre espinas 247