Part 12
Narváez tenía una gran facundia; era persuasivo y turbulento; a veces parecía de un amor propio, monstruoso; a veces le gustaba hacerse el pequeño. Sus soldados le querían porque, a pesar de su severidad, era justo a lo militar y compartía con ellos sus sufrimientos. Narváez se parecía espiritualmente a Espartero; pero era más impulsivo y más genial. A pie, sorprendía por su aire violento; a caballo y arengando a sus tropas, según me dijo Ros de Olano, tenía una gran prestancia.
Yo confieso que sentía cierta antipatía por estos espadones jactanciosos y fieros. De aceptar un tipo militar, prefería el organizador frío y tranquilo como Zumalacárregui.
Narváez y yo hablamos de Mina, de quien se decía que estaba gravemente enfermo y casi moribundo.
Le entusiasmaba a Narváez el que el viejo guerrillero el _Esqueleto_, como le llamaban cuando era capitán general de Navarra, fuera tan franco y tan llano.
Me contó cómo don Francisco Espoz, a la hora de comer, mandaba traer un caldero de habas o de rancho debajo de un árbol, y, sentándose en rueda con sus oficiales, metía la cuchara de palo en la comida común. Narváez no comprendía que en esto había algo de efecto teatral.
El viejo zorro navarro sabía que así tenía a sus oficiales encantados.
Narváez creía en toda esta retórica de los conductores de soldados: «¡Muchachos, hijos míos, adelante!». Ese sentimentalismo de cuartel le llegaba al alma. Creía en la familia militar, como si fuera lo mismo, después del peligro de una acción, el ir a vivir a un palacio con un magnífico sueldo que el quedarse en un sucio cuartel de soldado o de cabo, o ir a pasar la vida a un hospital de inválidos.
En el Empecinado, y en tipos como él, esta fraternidad con sus soldados era algo espontáneo, porque su vida no se diferenciaba gran cosa de la de sus guerrilleros; pero en Mina, que había vivido entre lores y damas de la aristocracia inglesa, su familiaridad no pasaba de ser una técnica, un procedimiento.
Narváez sentía un odio profundo por los periodistas y por la Prensa. La Prensa era la causante, según él, de todo lo malo que ocurría en España.
La razón de su enemiga era que los periodistas tenían en la mano la popularidad, esta popularidad a la que los militares ambiciosos hacían ascos y que, a pesar de ello, se derretían por alcanzarla. En todos aquellos aspirantes a Napoleón se había despertado un ansia inagotable de aparecer citados en los periódicos.
Narváez se quejaba de la confusión de la época.
--Esto es un galimatías--dijo--que no lo entiende ni Dios. Esto es la mismísima torre de Babel. El uno dice que más libertad y más Constitución; el otro, que menos libertad y menos Constitución y más orden; el uno grita que el enfermo se muere; el otro, que el enfermo se cura; el uno receta cantáridas, y el otro, emolientes; y entre tanta fórmula y tanta historia, ya no sabemos si nos conviene más la Constitución neta o la reformada, el Estatuto, la República, Don Carlos o los demonios colorados.
--Todas esas son consecuencias naturales de la libertad--observé yo--; no se puede pedir en el campo liberal la uniformidad de ideas que hay entre los absolutistas.
--Pues todas esas charlas y toda esa confusión no hacen mas que perturbarnos.
Yo seguí defendiendo la tesis de que la confusión era una consecuencia natural y lógica de la libertad, y me dejé decir en la conversación que el ejército iba a ser impotente para acabar la guerra civil.
--¿Y por qué?--me preguntó Narváez con furia, incomodado con esta idea expuesta por mí.
--Porque más de la mitad de España es absolutista--dije yo--. La guerra, si sigue en circunstancias como las actuales, acabará por destruírlo todo. Para liberalizar España hay que contar con el tiempo, solamente con el tiempo. El liberal tiene las ciudades, mejor dicho, el elemento culto de las ciudades, pero el carlista domina en los campos.
--Una minoría fuerte, inteligente y que tenga razón puede imponerse a una mayoría de bestias--dijo Narváez.
--Eso es la dictadura.
--Pues bien, la dictadura. ¿Qué mal puede haber en ella?
--Muchos males y un inconveniente--contesté yo--; que para que haya dictadura tiene que haber un dictador fuerte que acabe con todos los que tengan pretensiones de serlo. Ha de haber un dragón que devore las alimañas. Y eso es lo difícil. Ninguno de nuestros generales ni de nuestros políticos se someterá, y no sé si habrá alguno capaz de tragarse a los demás.
--Y bien, ¿usted que haría?
--¡Yo! Entablar una negociación con los carlistas que trajera una tregua, y luego, en la paz, trabajar contra ellos. Si no, destrozaremos a España estúpidamente.
--¿Y el honor del ejército?
--El ejército no debe servir mas que para los intereses de la nación. El político, a dirigir; el militar, a obedecer y a cumplir las órdenes.
--O a dirigir también.
--En ese caso, el militar, ya no es militar, sino político.
Narváez me replicó con extremada violencia, con su fraseología andaluza plagada de brutalidades y de groserías. Me hubiera retirado a no haber intervenido varias veces Ros de Olano y a no haber entrado en el cuarto el ordenanza de Narváez, Bodega, el mismo que cuando el brigadier llegó a general y a presidente del Consejo de Ministros tuvo tanta fama y se le consideró casi como un personaje. Bodega traía varias cartas.
--¿Son de Madrid?--preguntó Narváez a Ros de Olano.
--Sí, éstas son de Madrid. Hay una también de tu pueblo, de Loja.
Narváez tomó sus cartas y salió del cuarto.
Yo le dije a Ros de Olano que no tenía gran entusiasmo por esta clase de gente que cree que no hay más norma en la vida que la del pan y el palo y que quieren convertir la sociedad en un cuartel.
Ros de Olano me contestó que no hiciera mucho caso de las violencias del lenguaje de aquel hombre, pues todo esto era en él corteza.
Pensaba marcharme no muy satisfecho de la entrevista; pero Ros de Olano me convenció de que me quedara a cenar. Cenamos en el palacio de los duques de Arcos, Narváez con su Estado Mayor y algunos de sus oficiales. Estaban el ayudante de campo Calleja, el abogado Cortina, el coronel don Hipólito Silva, el comandante Mayalde y el corresponsal del _Times_, que marchaba en la división recomendado por el embajador de Inglaterra, sir Jorge Williers, luego lord Clarendon.
Narváez, aunque con aire de malhumor, se las echaba de modesto y atribuía la victoria de Majaceite a los demás.
Cortina, el abogado sevillano, era de estos hombres elocuentes que a mí no me interesan nada. Iba con la brigada de la Milicia nacional como jefe de Estado Mayor.
El comandante de la brigada era el coronel Silva, del tiempo de la guerra de la Independencia, el primero que había obtenido la cruz de San Fernando por la lucha que tuvo con nueve franceses, en la que mató a cinco e hizo huír a los restantes.
El gasto de la conversación durante la cena lo hizo el abogado Cortina. Después de cenar, Ros de Olano me convidó a tomar café, y salimos él y un capellán, Suñer, un valenciano que por la mañana y por la tarde nos había ayudado a mis sanitarios y a mí a recoger los heridos, a la calle.
Este Suñer, por lo que me dijo Ros, era hombre poco místico; trataba a los soldados como camaradas y decía la misa en cinco minutos.
Entramos en un pequeño café donde había muchos militares. Suñer y Ros de Olano hablaron de la batalla que se había dado contra Gómez y del nombre que se le pondría.
A Ros de Olano no le parecía muy bonito el que esta acción se llamase la acción de Majaceite; sin embargo, por lo que dijo, era el nombre exacto que le correspondía, puesto que se había dado en distintos puntos de la orilla de este río. Me hizo un croquis en un papel del terreno donde se había verificado la batalla.
El río Guadalete tiene dos brazos que nacen de dos fuentes próximas de la sierra de Grazalema. Estos dos brazos--el río de Zahara y el Majaceite--, después de separarse y extenderse por las alturas de la provincia de Cádiz, se reúnen a una legua, aguas abajo de Arcos, en el sitio llamado la Pedrosa.
El Majaceite se forma con el arroyo de Benamahona, el de Ubrique, la garganta de Millán, que comienza en el mojón de la Víbora, y con algunos otros regatos.
Ya constituído con el nombre de Majaceite, se introduce por una estrechura llamada la Humbría, y a la distancia de una legua se le une, en el punto llamado el Charco de los Hurones, la garganta de los Negros y otros arroyos que proceden de la loma de la Novia. Desde el Charco de los Hurones hasta la jurisdicción de Algar hay una legua de cañada muy pedregosa, dominada por dos grandes montes--la Atalaya y el Granado--, con dos angosturas--la del Moro y la de la Penitencia.
El curso de este río sigue por grandes estrechuras a entrar en el término de Arcos, pasa por la angostura de Fox y se une con el río de Zahara a una legua de la ciudad para formar el Guadalete.
Ros de Olano estuvo divagando largo rato y con gracia acerca de los distintos nombres que se le podrían dar a la acción del día anterior; pero concluyó diciendo que su mala suerte les iba a dejar siendo héroes de la batalla de Majaceite.
Después, el capellán y él se pusieron a hablar de Narváez, por quien sentían gran entusiasmo.
--Este hombre es un hombre de instinto, de inspiración--dijo Ros--; presentía que había de encontrar a Gómez y que le había de derrotar.
Ros de Olano se sentía muy inclinado a aceptar estas explicaciones misteriosas. Yo sonreí, porque nunca he creído en presentimientos; pero no dije nada en contra.
--Este Narváez--siguió diciendo Ros de Olano--es una fuerza de la Naturaleza. Yo no he visto un hombre más violento y más pintoresco. A veces es de una modestia terrible y sincera; a veces tiene un amor propio que no le cabe dentro del cuerpo.
--¿Qué quiere usted? No me entusiasma--le dije yo.
--Lo comprendo. Usted, Aviraneta, es el hombre que responde a las fatalidades del Destino adverso con una postura gallarda; usted es un estoico, un romano; lucha usted como un marino contra los vientos y las tormentas. Usted puede decir como el filósofo: «Dolor, no eres un mal».
--Tiene usted buena idea de mí.
--Creo que es la justa; ahora, estos tipos como Narváez, no: son fuerzas de la naturaleza, tienen una suerte, una confianza en sí mismos irracional, pero la tienen. Este hombre es una furia, un energúmeno. Es el jugador afortunado que gana y gana y llega a convencer a los demás de que tiene el poder de ganar porque sí. Este hombre está convencido de su destino. Es un marino que no sólo hace la maniobra, sino que crea el tiempo...
--Pero si le viene la mala...
--Si le viene la mala, se romperá, desaparecerá; pero entretanto se creerá invulnerable.
Seguíamos charlando en el café, cuando Ros de Olano preguntó a un joven teniente:
--Oiga usted: ¿estará ahí dentro el teniente Matamoros?
--Sí; ha hecho una vaca con _Don Lámpiro_ y está perdiendo hasta la camisa.
--¿Quién es _Don Lámpiro_?--dije yo.
--Es un sanitario.
--¿Y el teniente Matamoros?
--El teniente Matamoros es de Loja y creo que compañero de la infancia de Narváez; le llamaremos y nos contará alguna anécdota de don Ramón.
V.
Poco después se nos acercó el teniente Matamoros.
Salía de un rincón del café, donde estaban jugando al monte.
Matamoros era un hombre verdaderamente feo; tenía unos cuarenta años, la nariz gruesa, verrugosa y roja; el bigote, grande y negro; los ojos, pequeños, brillantes y algo bizcos. Matamoros tenía el aire muy sonriente y ceceaba al hablar. Era muy ceremonioso y le gustaban las fórmulas de cortesía y las zalemas. Había sido nacional del 20 al 23 y vivido en Sevilla de contratista de obras desde la entrada de Angulema hasta la muerte de Fernando VII, en que dejó las obras para ingresar de nuevo en el Ejército.
Por lo que me dijo Ros, al teniente Matamoros le dedicaban los compañeros muchas bromas; decían que tenía un aire tan fiero, que cuando se miraba al espejo él mismo se asustaba.
Una cantinera, requerida de amores por él, le había dicho:
--¿Usted pretende que le quiera yo? ¡Vamos, hombre! ¡Si es usted más feo que el cabo Negrón, que murió de feo!
--Sí, pero soy muy gracioso--replicó Matamoros, riendo.
Y la cantinera llegó a enternecerse.
Me había dado estos datos Ros de Olano, cuando se acercó a nuestra mesa el teniente Matamoros.
--¡A la paz de Dios, señores! ¡Buenas noches!
--¡Buenas noches, teniente! Siéntese usted; tomará café con nosotros.
--Con mucho gusto, mi coronel. ¡Es una de mis debilidades!
--¿Mala suerte en el juego?
--Ese _Don Lámpiro_ es una calamidad. No da una.
--¿Y usted?
--Yo soy tan calamidad como _Don Lámpiro_.
--Este señor--dijo Ros de Olano señalándome a mí--escribe en los papeles...
--¡Hombre, yo le había tomado por un físico!
--No; escribe en los papeles, y quisiera que usted le contara alguna cosa de nuestro brigadier Narváez. Porque usted, aunque ha vivido en Sevilla, es de Loja, ¿verdad?
--Sí, señor; y a mucha honra.
--Y creo que compañero de la infancia de Narváez.
--Me puedo alabar de ello. Don Ramón y yo fuimos a la escuela juntos, porque aunque yo tengo tres o cuatro años más que él, ya sabe usted lo que pasa: que a los chicos de los ricos se les lleva a la escuela más pronto, y adelantan más porque no tienen que hacer otra cosa que estudiar, y los chicos de los pobres tienen que hacer muchas cosas en casa y fuera de casa.
--Así que usted recordará alguna historia de Narváez.
--Sí; algo recuerdo.
El teniente debía tener una narración hecha para contarla a sus compañeros, y comenzó ésta así:
--Pues sabrán ustedes que Loja es una ciudad de la provincia de Granada muy grande y muy importante, aunque me esté mal el decirlo. Algunos envidiosos hablan mal de nuestro pueblo y dicen:
Loja: la que no es p... es coja.
Y nosotros contestamos:
Y fuera de aquí todas son así.
Y la verdad es que en todas partes cuecen habas. Pues bien, a Loja, los Reyes Católicos le dieron en tiempo de los moros por escudo de armas un castillo sobre un puente; y a los dos lados de él, dos montañas; y entre ellas, una cadena, que lleva colgando una llave dorada; y encima este mote: _Loja, flor entre espinas_.
Este mote de la ciudad le viene como de perlas al brigadier don Ramón Narváez, porque mi paisano es también así, flor entre espinas; tan pronto le suelta a uno una rabotada que le vuelve loco, como le hace un favor.
Este hombre, ya desde su más tierna infancia, manifestó que tiraba a ser algo grande, porque ahora lo ven ustedes de brigadier a los treinta y seis años, y lo verán ustedes pronto de capitán general, si no llega ser algo así como Napoleón o como César.
Don Ramón, cuando era sólo Ramoncito y estudiaba latín, se inclinaba, más que a otra cosa, a entretenimientos de iglesia, y le gustaba levantar altarcitos en su casa, cantar misa y predicar a sus condiscípulos. Eso sí, su orgullo no le permitía aceptar el papel de monaguillo; siempre tenía que ser él el prior o el obispo, o, por lo menos, el vicario de la _pirroquia_, como dicen en mi pueblo. Del juego con la iglesia y de los altarcitos pasó al del ejército, que ya es cosa más seria, caballeros, y formó una banda de tambores, parecida a la que habíamos visto en Loja durante la invasión de los franceses, tomando el papel de tambor mayor. ¡Y que no se mostraba poco diestro Ramoncito Narváez cuando recorría las calles del pueblo al frente de su pelotón y lanzaba el palo por los aires y lo volvía a coger!
A la gente le hacía mucha gracia la soltura y el desenfado de Ramoncito.
El afán de ser el primero le llevó pronto en el juego de soldados a dejar el título de tambor mayor y a tomar el de capitán general, y andaba con un sable de juguete haciendo maniobrar a los chicos como si fueran soldados.
Concluída la edad de los juegos y empezada la de gallear, Narváez se peleó a cada paso con los mocitos rivales. Tenía el muchacho mucha sangre, y un valor y un orgullo que no le cedía a nadie.
Viendo el padre de Narváez la inclinación de su hijo por las armas, le indicó que sería militar.
Antes de entrar de cadete, Narváez estuvo estudiando en Granada, donde conoció a una señorita de la aristocracia, doña Juana Ponce de León, que procedía de aquí, de Arcos de la Frontera, y era de la familia del duque de este título.
Narváez comenzó a galantearla; pero Juanita tenía ya relaciones con un muchacho granadino de buena familia, aunque de poca fortuna, Alfonso Pérez del Pulgar. Narváez, al saber que Pulgar estaba más adelantado que él, se desesperó; quiso armar camorra a su rival y volvió a Loja furioso.
Cuando concluyó sus estudios preparatorios, el padre de Narváez le consiguió a su hijo una plaza de cadete en el regimiento de Guardias Valonas. En este mismo regimiento entraba su rival Alfonso Pulgar.
El odio que se desarrolló entre ambos fué tremendo, y juraron a la mejor ocasión batirse y comerse los hígados el uno del otro.
Narváez, de cadete, fué, como la mayoría de los jóvenes de nuestro tiempo, muy calavera, muy mujeriego y muy aficionado a verlas venir.
Todos los meses se jugaba la paga y no había mejor fiesta para él que un desafío.
Antes de la revolución de Riego presentaron al difunto Fernando VII, ¡maldita sea su estampa!, la lista de seis alumnos de la Academia propuestos para el ascenso a subtenientes supernumerarios; y preguntando las condiciones de cada uno de ellos, al llegar al nombre de Narváez, el rey, que tenía muy buena memoria cuando quería, porque cuando no quería se hacía el sueco, dijo:
--Ya sé, éste es el cadete que el verano pasado echó a un compañero al estanque del Retiro para que le trajese la gorra que el otro, en broma, le había tirado al agua.
En 1820, Narváez formaba parte del cuerpo de Guardias de Corps, y era del grupo de los leales a la Constitución; en cambio, Alfonso Pérez del Pulgar estaba con los absolutistas, partidarios acérrimos del rey.
El 7 de julio estuvieron a punto de zurrarse uno con otro. Pulgar fué de los que atacaron la Plaza Mayor de Madrid con Luis Fernández de Córdova, y Narváez, de los que esperaban en la Puerta del Sol para rechazar a los realistas.
Poco después, al formarse en la Seo de Urgel la Regencia absolutista, el Gobierno envió a Mina para batir el centro de la insurrección, y Narváez fué nombrado ayudante de aquel general. Herido en Castell Fullit, exclamó:
--Al primer tapón, zurrapas.
En la invasión del año 23, cuando las tropas de Cataluña tuvieron que capitular, Narváez fué conducido a Francia, prisionero, y después, aprovechando el indulto del año 24, regresó a Loja, donde vivió retirado al lado de su familia.
Alfonso Pérez del Pulgar, su rival, había cambiado de cuerpo y estaba entonces de guarnición en Granada, ya casado, y Narváez, cuando iba a la capital, le veía a él paseando con Juanita en el Salón y en las alamedas de la Bomba.
Narváez tenía a toda la familia de Pérez del Pulgar un odio terrible. Un día que el padre de Pulgar había entrado en una casa de juego de Granada y había puesto a una carta una bolsa verde llena de dinero, Narváez cogió la bolsa, la tiró al aire y dijo:
--Donde estoy yo no apuntan los realistas.
A la muerte de Fernando VII, Narváez entró de nuevo en el ejército, y yo con él, y el año 34 fué destinado a servir en el Norte, bajo las órdenes del general Mina. Yo le seguí.
Estábamos en Navarra con don Francisco Espoz y Mina cuando supimos que Alfonso Pérez del Pulgar se encontraba de coronel en las filas de Zumalacárregui. Narváez, furibundo, le invitó varias veces a batirse con él; pero su enemigo no hizo caso de este reto.
Poco después, don Luis Fernández de Córdova dió el mando del regimiento de la Princesa a Narváez.
En los regimientos sucede que hay mucha imitación: si hay un oficial de carácter que se muestra estudioso, hay tres o cuatro estudiosos; si hay un valentón o un bailarín que se distinga, los demás tienden a ser valentones o bailarines. En el regimiento de la Princesa, donde había servido Narváez, todos eran, como él, bravucones y espadachines, menos yo; por eso, cuando le hicieron coronel a Narváez, muchos oficiales de los que fueron sus compañeros recibieron la noticia con gran disgusto. Se hallaba el regimiento en Tafalla, y, al presentarse Narváez a los oficiales reunidos y descontentos por su nombramiento, les dijo:
--Conozco, señores, que este regimiento es el más indisciplinado de todos en el ejército, y que ustedes tienen de ello la culpa; pero desde luego deseo hacerles conocer que sabré imponerme y que tengo más corazón y más carácter que ustedes para hacer cumplir a la fuerza a todo el mundo con su deber. Para demostrarlo a cuantos se crean ofendidos por estas palabras, desde ahora hasta mañana al toque de diana no soy para nadie el coronel, sino el compañero que está dispuesto a darles satisfacción con las armas.
Ninguno contestó, y Narváez se impuso de esta manera.
Poco después, en la batalla de Mendigorría, se encontraron frente a frente Narváez y Pérez del Pulgar, mandando cada uno su regimiento. Narváez, saliéndose de las filas, se lanzó contra su enemigo.
--¿Es que querías hacer retroceder solo a todo el ejército carlista?--le dijo después el general Córdova con sorna.
--Si me hubieran seguido veinte hombres, ¿por qué no?--replicó el de Loja con soberbia.
Al día siguiente de esta batalla, al recoger los muertos, se supo que un coronel enemigo había quedado en el campo: era Alfonso Pérez del Pulgar. Narváez se enteró; un soldado le entregó las armas, el uniforme y un paquete de cartas que habían recogido al jefe carlista.
Narváez leyó alguna de las cartas, y supo que la mujer de su rival, su antigua pretendida, estaba viviendo en Arcos y pasando apuros, porque las pagas de los militares carlistas no llegaban con puntualidad.
Narváez hizo un paquete con las cartas, el uniforme y la espada del coronel; añadió su paga, que había cobrado él en billetes, y se la mandó a la mujer de Pérez del Pulgar. Narváez olvidó en seguida su odio, y hablaba de su antiguo rival con simpatía.
Por eso digo, cuando hablo de mi paisano, que es, como Loja, flor entre espinas.
--Otra vez...
Iba a seguir el teniente Matamoros con alguna nueva historia, cuando dijo Ros de Olano:
--Vámonos ya, porque es tarde; usted, probablemente, Aviraneta, se habrá levantado muy temprano.
--Sí--le dije yo--; a eso de las cinco estaba ya en pie.
Nos despedimos del teniente Matamoros, salimos del café y fuimos vagabundeando por los callejones obscuros de Arcos.
Le dejamos al capellán Suñer en su alojamiento.
Era noche de luna, y el cielo, iluminado por ella con un resplandor azul, se veía arriba, entre los tejados, como una estrecha faja en ziszás.
Ros de Olano estaba muy inquieto. A cada paso me preguntaba:
--¿Quién va por allá?
--Nadie.
--Allí parece que está escondido alguno.
--¡Quién va a estar! ¿Qué le pasará a este hombre?--me preguntaba yo--. ¿Qué habrá visto? ¿O qué temerá?
--Usted no dirá nada--me dijo Ros de Olano, de pronto, con voz temblorosa--; le tengo que contar, en confianza, la última parte de esa historia de Narváez y de Pérez del Pulgar a que se ha referido el teniente Matamoros.
--¿Hay un epílogo?--le dije yo.
--Sí; hay un epílogo.
Ros de Olano me había llevado a una plazoleta, delante de un caserón grande, con su portalada y sus rejas.
--¿Ve usted ese sombrío edificio?
--Sí.
--Pues es un convento de monjas franciscanas que algunos llaman de las Emparedadas.
--¡Qué cosa más lúgubre! ¿Y por qué?
--Antes había aquí en el pueblo, según me han dicho, un beaterio con este nombre. Ese beaterio estaba unido en otro tiempo a una capilla de Santa María de la Asunción, que es la iglesia mayor de Arcos. El beaterio cuidaba de la iglesia y hacía ejercicios espirituales; después se trasladó a este convento de religiosas franciscanas, que sigue llamándose por algunos el convento de las Emparedadas. En este convento está desde la muerte de su marido, Juana Ponce de León.
--¿Profesa?
--Sí.