Part 11
Comencé a subir unas escaleras interminables. En cada rincón y en todos los rellanos había un hombre agazapado espiando algo. De pronto me dije: «Aquí es»; y pasé un cuarto, y otro cuarto, y entré en una habitación iluminada por cirios y con cortinas blancas. Tenía el sentimiento de una desgracia, pero no sabía cuál era.
En aquel cuarto habían formado un círculo unos cuantos hombres pálidos y grises; algunos, vestidos de milicianos. Entre ellos estaban Aviraneta, Arnau y Secret. Estos hombres conferenciaban. Yo no sabía qué hacían. ¿Qué hacen?, ¡Dios mío!--me preguntaba con ansiedad--. Uno de estos hombres arrastraba de pronto un cadáver con la cara negra y un agujero sangriento en el pecho, y lo llevaba en medio del círculo de hombres grises. Lo apretaban entre todos, y echaba sangre a una urna de cristal, que parecía un farol de sacristán para dar los óleos. Hecho esto medían con una varita la profundidad de la sangre y se desesperaban porque no era grande...
Pasado un momento, esta sangre no era sangre, sino oro, y todos los hombres grises y los vestidos como milicianos sacaban este oro con las manos, hacían grandes fardos, los ponían sobre la espalda, echaban a correr, tropezaban unos contra otros y se atropellaban horriblemente y se batían a tiros...; pero alguien había comprendido que era necesario trabajar este oro y traía un yunque y un troquel, y empezaba a troquelar monedas a martillazos con un estrépito terrible, como de tambores, y el hombre se asombraba y se desesperaba al ver que sus monedas, al caer, se convertían en hojas secas de árbol que volaban por el aire...
* * * * *
--¿Qué hace usted aquí?--me dijo la voz de un sereno.
Yo no sabía qué hacía allí. El sereno me acompañó a casa creyéndome borracho. Me tendí en la cama.
Al día siguiente me pareció que todo volvía a la vida normal; la muerte de mi antigua novia me parecía un hecho doloroso, pero ya previsto. Fuí a mi escritorio; por la mañana se supo que se había nombrado una Junta en Málaga, bajo la presidencia de Escalante, para restablecer el orden. ¡Oh ironía!
Este mismo día me mandaron la esquela de María Teresa, en donde se hablaba de su desconsolado esposo. Otra amarga ironía.
Por la mañana fueron llevados al cementerio los cadáveres de los dos gobernadores: uno, en un féretro del hospital de San Julián, y el otro, en unas parihuelas. Al mediodía, y con mucho lujo, se verificó el entierro de mi antigua novia, y a las cuatro de la tarde se promulgó la _idolatrada_ Constitución en el punto de la Alameda, como decía una proclama de Escalante.
Itzea, julio, 1921.
FLOR ENTRE ESPINAS
I.
EN 1865, durante el verano estuve una temporada con Aviraneta en las aguas termales de Trillo. Encontramos allí a un tal Julio Kraft, ingeniero de minas, prusiano, que acudía a aquellos baños a curarse de sus dolencias.
Este ingeniero era entusiasta de España, de nuestras comidas y de nuestra zarzuela; así, que le oíamos constantemente elogiar las lechugas y las coliflores de la tierra y cantar _El grumete_, _El dominó azul_ y _Jugar con fuego_.
Por entonces, seguramente, Wagner había escrito muchas de sus obras; pero Kraft se burlaba de su país, porque decía que allí no gustaban mas que las nieblas.
--¡Muy roimático, muy roimático, para tanta niebla!
Quería decir reumático. Kraft era de los extranjeros que hablan el castellano como en los primeros meses de llegar a España.
Un día, en compañía del ingeniero prusiano, fuimos a Cifuentes y visitamos esta antigua villa amurallada, con sus viejos conventos y su parroquia gótica, de una restauración lamentable. Otro día estuvimos en Viana y en sus alrededores.
Hablando de aquellas montañas y cerros de tan rara forma, a los cuales los habitantes del país dan pintorescos nombres, el prusiano nos dijo:
--Hace mucho tiempo que estuve yo aquí, por cierto con un plan bien distinto al que ahora tengo.
--¿Pues, a qué vino usted?--le pregunté yo.
--Vine con un objeto exclusivamente militar.
--¡Hombre!
--Sí; vine a ver si podíamos instalar en estos cerros un campamento carlista.
--¿Ha sido usted carlista?
--Sí; estuve de capitán con Cabrera.
--¡Demonio, qué absurdo!
--Hice la campaña en sus filas hasta la conclusión de la guerra civil. En 1838 fuí, con el coronel de ingenieros prusiano barón de Rhaden, desde el Real de Don Carlos al Maestrazgo, y Cabrera nombró al barón comandante de Ingenieros de su ejército.
Estuvimos en un viaje de estudio en las proximidades de Cuenca, Priego y Huete, viendo las condiciones que podían tener para instalar un campo atrincherado donde reunir fuerzas para atacar Madrid.
El barón de Radhen encontró que el mejor sitio, el más próximo a la corte y el más seguro, eran estos cerros de Trillo.
El barón estaba persuadido de que aquí había habido campamentos militares en tiempo de los romanos, y, efectivamente, se habla de que existió por estos contornos una ciudad llamada Bursa o Capadocia.
El barón pensó en convertir dos grandes eminencias que tienen en su altura una gran plataforma, próximas a Viana, en el campo atrincherado de Cabrera, con sus almacenes y sus cuarteles de campaña. El agua la tenía al pie, por donde corre el Tajo, y pensó en un sistema para elevarla.
Cuando volvimos al campamento de Cabrera y el barón de Rhaden explicó a don Ramón lo que había visto, éste le contestó:
--Estoy conforme con la opinión de usted, y esa base de Trillo me servirá para apoderarme de Madrid. Sólo me hacen falta treinta mil fusiles, que espero con ansiedad, pues tengo hombres que los empuñen.
El motivo por el cual Cabrera no pudo realizar su proyecto fué la ocupación por el Gobierno de la Reina de siete mil fusiles ingleses en el puerto de los Alfaques, en el acto de estar desembarcándolos de un bergantín inglés, y las disensiones que se suscitaron entre Maroto y Don Carlos, que produjeron el Convenio de Vergara.
--Aquí tiene usted quien hizo el Convenio de Vergara--dije yo al señor Kraft, mostrándole a Aviraneta.
El señor Kraft creyó que yo le hablaba en broma, y se rió, con la risa estólida que, en general, tienen los alemanes cuando creen que se burlan de ellos.
Después, con las explicaciones que le di, quedó maravillado y sintió una gran curiosidad por Aviraneta.
II.
Sentía el ingeniero prusiano gran entusiasmo y admiración por Cabrera y recordaba los años de su juventud con mucho gusto.
Con motivo de contarnos anécdotas del caudillo del Maestrazgo, muy conocidas todas, hablamos largamente de los militares españoles.
Los militares españoles--dijo Aviraneta--no se han parecido a los franceses; entre los franceses ha habido siempre más cultura; en ellos se han dado tres tipos principales: el de sabio, técnico, hombre de estrategia, Gouvion de Saint-Cyr, Massena, Jomini; el del hombre de mundo, Suchet, Marmont, Moncey, y el del fanfarrón sableador, como Murat, Augereau, Dorsenne, etc. Entre los españoles, estos tipos apenas han existido; casi todos nuestros generales se han vaciado en el único molde del guerrillero.
Cierto que don Diego León se podía comparar a Murat, porque era también brillante, elegante y efectista; cierto que Córdova y Zarco del Valle tenían algo del político y del técnico; cierto que Zumalacárregui era un hombre de estrategia; pero, en general, entre nosotros, el guerrillero es el que ha privado.
El guerrillero nuestro aparece como medio zorro y medio tigre. Mina y Merino son más zorros; Zurbano y Cabrera, más tigres. Hay también algunos tipos que tienen algo de león, como el Empecinado y algunos militares sin ambiciones, valientes e inteligentes, como Oraá, el Lobo Cano.
Entre los que han tendido a la política, Córdova, Espartero, O'Donnell, Narváez, Serrano y Prim, ninguno ha sido muy culto; no han llegado a dominar la historia, ni la geografía, ni la estrategia; se han dejado llevar, como los guerrilleros, por el instinto, por la intuición. Han sido tipos de conquistadores más o menos degenerados.
La patología ha influído mucho en ellos. Mina, Zurbano, Cabrera y Narváez estaban gravemente enfermos del estómago.
--Respecto a Cabrera, es cierto--repuso el prusiano.
--Yo--añadió Aviraneta--no creo gran cosa en el arte de la guerra. Indudablemente, cuando dos ejércitos se ponen uno frente a otro hay casi siempre un vencedor y un vencido. Se puede aceptar con muchos visos de verdad que el general que manda el ejército vencido es un hombre negado; lo que no se puede creer siempre es que el general vencedor sea un hombre de mérito. Sin embargo, para la mayoría el éxito supone constantemente grandes condiciones guerreras.
El ingeniero prusiano creía firmemente en la ciencia de la guerra, y suponía que Cabrera la tenía de una manera infusa. Este ingeniero se manifestaba más entusiasta del caudillo del Maestrazgo, que podía haberlo sido un carlista del país; lo consideraba como un capitán de los más grandes del mundo, y no aceptaba que se le pudiera comparar con ningún otro general español de su época, excepción hecha de Zumalacárregui.
Aviraneta, a pesar de que no había conocido personalmente a Cabrera, lo emparejaba con Zurbano y con Narváez; y como éste acababa de presentar la dimisión del Gobierno que presidía, hablamos mucho de él. Se contaron varias anécdotas del Espadón de Loja.
--¿Usted conoce a Narváez?--le preguntó el prusiano a Aviraneta.
--Sí, lo conocí hacia el año 34, y formó parte de una sociedad secreta liberal fundada por mí.
--¿De una sociedad secreta liberal?
--Sí.
--_¡Aj!_, ¡qué cosa más extraña!--exclamó el prusiano.
--Luego le volví a ver, después de su gran triunfo contra Gómez, en Arcos de la Frontera.
Aviraneta sonrió, y yo, como le conocía, supuse que recordaba alguna cosa.
--Cuéntenos lo que recuerde de Narváez, don Eugenio. Si hay una historia, venga la historia, porque supongo que detrás de esa sonrisa hay algo que valdrá la pena de que nos lo cuente usted.
III.
Pocos personajes me han parecido tan interesantes como Aviraneta en su trato. La desproporción entre su energía, su intuición y su poca fama, que en este tiempo había desaparecido, dejándole convertido en un hombre obscuro, me maravillaban siempre.
Generalmente ocurre lo contrario, y el hombre que conocemos que ha hecho algo grande nos sorprende por su pequeñez.
Recuerdo haber hablado con Castaños, con Mendizábal, con Espartero y otros políticos y militares famosos de nuestro país, y en la intimidad no daban ninguna impresión de grandes.
Aviraneta, como era metódico y recordaba haberme contado sus aventuras hasta llegar a Málaga desde Argel, tomó la narración donde la había dejado:
--Hecha la revolución en Málaga--dijo--me designaron a mí para ir, como delegado, a Cádiz. Las primeras ciudades andaluzas se alzaban negando su obediencia al Gobierno. Se quería ya claramente la Constitución de 1812, aunque modificada.
De Málaga marché a Cádiz en el _Balear_, en el mismo barco donde fuí de Valencia a Barcelona, y me albergué en la posada de las señoras de San Quirico, en la calle del Vestuario. Estas señoras eran muy liberales y amigas y partidarias mías.
Había una de ellas, Consuelo San Quirico, que era revolucionaria y republicana. Era muy graciosa, muy habladora y tenía unos lunares muy picarescos.
Consuelo San Quirico me contó cómo se había hecho la revolución en Cádiz.
--El movimiento lo inisiaron los isabelinos en la plasa de San Antonio--dijo--. En la tarde del día 28 de julio el Gobernadó militá pasó un ofisio al comandante de artiyería nasioná para que hisiese entregá su cañone a la brigada de marina. Semejante arbitrariedá y atropeyo irritó a los artiyero, que inmediatamente se reunieron en el baluarte de la Candelaria y cargaron la cuatro piesas, dipuestos a defenderse. A las nueve de la noche se oyeron viva a la Constitusión, y a las die y media lo tambore de la guardia nasioná tocaron generala reuniéndose en la plasa todo sus individuos mandando en seguida varios comisionaos para conferensiá con el gobernadó militá. Lo milisiano se pusieron sobre la arma; el batayón veterano de marina formó frente a su cuarté y el gobernadó sivil y la autoridade militare patruyaron con alguna fuersa de infantería y cabayería. El orden más completo reinaba en todas las filas, de donde salían por intervalo lo grito de «Viva la unión» y de «Viva la Constitusión del año 12». Pidió el primer batayón que se proclamara ésta, y comisionó a alguno individuo para explorá la voluntá de sus compañero. El resultado fué el aclamarse también en Cadi el código que aquí tuvo su cuna. A la cuatro de la tarde se juró la Constitusión; hubo colgaduras, repique de campanas e iluminasione, y fué nombrado jefe político don Pedro de Urquinaona.
--¿Y ahora qué hacemos?--le pregunté yo a la de San Quirico.
--Ahora..., adelante..., a demostrá ar mundo entero lo que somo y lo que valemo lo españole.
--Es lástima que no le podamos hacer a usted algo, Consuelo--le dije yo.
--No sea usted guasón--me contestó ella--. Yo soy ya muy vieja para que me hagan nada.
Con la revolución triunfante comenzamos los isabelinos a organizarnos y a pensar en el ministerio futuro.
Pocos días después los sargentos, en La Granja, obligaban a María Cristina a proclamar la Constitución.
El movimiento de La Granja nos quitó a los isabelinos importancia, a pesar de ser los precursores, dejándonos, cosa frecuente en las revoluciones, como anticuados.
Al grito de Libertad y Constitución que había dado el pueblo malagueño en la mañana del 26 de julio correspondió Andalucía entera, y el mismo grito se hubiera generalizado en toda España; mas el partido mendizabalista, que no quería ni le convenía que triunfase la causa del pueblo con gente nueva, desconocida, se adelantó, apeló a la insurrección de La Granja y, a consecuencia de aquel alboroto militar, el hombre de los milagros volvió a apoderarse de las riendas del Poder con los viejos doceañistas.
Harto trabajaron los mendizabalistas en Andalucía para que las cosas volvieran al ser y estado que tenían al pronunciarse Málaga; es decir, Estatuto puro y gobierno de Mendizábal; pero al ver sus esperanzas frustradas con los movimientos de Málaga y de Cádiz, que corrían por toda Andalucía, improvisaron la insurrección de La Granja y se quedaron con el mando. Los Magnates aparecieron de nuevo a caciquear.
No tardaron en manifestar su encono a los que habían hecho una revolución que no era la suya, y se dijo en Madrid que en Málaga, y sobre todo en Cádiz, se quería proclamar la república.
El ministerio mandó a Cádiz al capitán general de Andalucía, don Antonio Aldama, con la misión de que fuese duro, y, según se aseguró, le dió una lista de patriotas, entre los cuales me encontraba yo, para que fuesen deportados a Ceuta.
El general Aldama se presentó en Cádiz y no encontró, después de haber practicado escrupulosas investigaciones, mas que un gran entusiasmo en todas las clases por Isabel II y por la Constitución.
Era preciso una víctima para cubrir el expediente, y fuí yo el designado para el sacrificio. Los mendizabalistas me suponían al frente de los patriotas que en el Mediodía habían jurado sostener la Constitución hasta que se reuniesen las Cortes que debían reformarla, y me creían enemigo acérrimo de su jefe.
Por entonces publiqué yo en _El Noticioso_, de Cádiz, un artículo titulado «La Verdad». Decía en él que la libertad española se tomaba como un derecho y no se recibía como un don; afirmaba que Mendizábal, el hombre de Israel, hablaba a los liberales lo mismo que Luis Felipe a los hombres de las barricadas en 1830, y añadía que a nuevas cosas nuevas personas. Acusaba también a los que formaban el nuevo ministerio de querer ser dictadores y mangoneadores eternos.
El artículo del periódico de Cádiz se reimprimió como hoja suelta en Madrid y tuvo cierto éxito. _El Eco del Comercio_ decía que el tal artículo era un delirio de una imaginación acalorada por la libertad, que revolvía ideas inconexas y contradictorias, y que debía considerarse como el último esfuerzo del despecho y de la rabia que devoraba a su autor al despedirse de la vida política, como el jabalí, que herido de muerte huye haciendo riza y hasta el postrer momento se consuela dando dentelladas antes de morder la tierra.
Este artículo mío produjo gran cólera en el club mendizabalista dominante, que miraba con torvo ceño todo cuanto pudiera poner en peligro su organizado pandillaje.
Vi próxima que me amagaba la tormenta, que querían vengarse los Magnates; e instruído de cuanto se maquinaba en mi daño, y para evitar una tropelía, de acuerdo con el comandante general de la provincia, me trasladé al Puerto de Santa María, con la idea de esconderme.
Allí se me prendió y encerró en la cárcel pública; y para aparentar que había motivo, se dispuso formarme causa porque había ido sin pasaporte. Ridículo pretexto. Fué nombrado fiscal un capitán de ex voluntarios realistas, y actuario otro prójimo por el estilo, ex sargento del mismo cuerpo.
Diez días estuve preso, y cuando la causa pasó a manos del general Aldama, éste, penetrado de la injusticia con que se me trataba, mandó ponerme en libertad.
Poco tiempo después de salir de la cárcel del Puerto de Santa María me presenté al mariscal de Campo don Pedro Ramírez, comandante general de la provincia de Cádiz, hombre que unía el valor a la benevolencia.
Don Pedro Ramírez, en nombre de la comisión de armamentos y defensa de Cádiz, me nombró delegado de Hacienda de la división de la Milicia nacional que estaba al mando del general don Fernando Butrón.
Yo conocía a Butrón desde el tiempo de la emigración liberal, en Bayona, cuando la intentona de Vera, el año 30.
En el mes de octubre, al ser invadida Andalucía por las fuerzas del cabecilla Gómez, se reunió la división de la Milicia nacional de la provincia para operar en campaña; y necesitando poner al frente de la Hacienda un sujeto de inteligencia y de actividad, se propuso, por el intendente don Manuel González Brabo, padre del luego célebre don Luis, el que se me nombrase ministro de Hacienda de esta división, y el 5 del mismo mes se me expidió el nombramiento, haciendo que me pusiera inmediatamente en marcha para el cuartel general del Carpio.
Una de las cosas que organicé fué un hospital de sangre con facultativos hábiles, y dos boticas, una para la caballería y la otra para la infantería.
Al acercarse a Arcos de la Frontera el brigadier Narváez, el general Ramírez me ordenó que, con toda celeridad, me presentase en el campo de la acción con el hospital de sangre a recoger los heridos de nuestras tropas y los del enemigo, y hechas las primeras curas, los trasladé, en ómnibus, a Jerez de la Frontera, donde tenía dispuesto un hospital, que, según dijo el general don Antonio Aldama, que lo visitó, podía servir de modelo. En el corto espacio de veintidós días--decía en un informe el general Ramírez--se presentó el fenómeno, nunca visto hasta entonces, de la completa curación de todos los heridos, a pesar de serlo, en su mayoría, de gravedad, marchando los hábiles a incorporarse a sus cuerpos, y los que quedaron inútiles, al depósito de Sevilla, sin que se hubiera desgraciado ninguno. Tan admirable ejemplo--seguía diciendo el general--se debió al brillante estado en que se hallaba el hospital militar, al mucho aseo, esmero y puntualidad en las curas, rigurosa policía que se observó en los alimentos y medicinas y a la presencia no interrumpida del jefe de la Hacienda en el hospital.
Además intenté interesar el patriotismo de los habitantes de Jerez y contribuí a que el Ayuntamiento, la Junta de beneficencia y el pueblo entero sufragaran los gastos que se ocasionaron, suministrando a todos los soldados dos camisas nuevas, un par de zapatos y uniformes a los que los tenían inservibles y destrozados. Los periódicos de Cádiz me llenaron de alabanzas por mi patriotismo, habilidad y filantropía.
El general Ramírez me dió varios certificados encomiásticos; yo le ayudé; y trabajé con él para que no se alterara el orden, puesto que en aquellas críticas circunstancias, y por el reciente cambio de las instituciones, las pasiones estaban en una gran efervescencia.
Como les he dicho a ustedes, fuí con mis sanitarios a las proximidades de Arcos de la Frontera, al aparecer Narváez con sus tropas a atacar a Gómez, y recogimos los heridos de la batalla de Majaceite.
Por la tarde, terminados mis trabajos, me encontré en el campo con el jefe de Estado Mayor don Antonio Ros de Olano, y hablé con él. Ros de Olano era hombre de gracejo, había leído mucho, sabía francés, inglés y creo que alemán.
Era muy amigo de Espronceda, y después se habló de él como literato por el prólogo que puso al _Diablo Mundo_; citaba con frecuencia a los grandes poetas, a Shakespeare, Byron y Goethe. Ros de Olano me preguntó si no conocía al general Narváez y me instó para que fuera con él a Arcos.
--Tengo una habitación soberbia en el Palacio de los Duques, con dos camas--me dijo--. Una se la cedo a usted por esta noche.
--Bueno, vamos allá.
IV.
Arcos de la Frontera es un pueblo en anfiteatro, colocado sobre una roca elevadísima, rodeada por casi todas partes por las aguas amarillentas del Guadalete y cortada en algunos sitios a pico. Las calles de Arcos son estrechas y pendientes; y para llegar a la cumbre de la ciudad hay que subir una cuesta muy larga y penosa.
Como la roca en que está asentada Arcos, tajada sobre el río, es medio arenosa, como de asperón, y se desmorona por los costados con frecuencia, han desaparecido varias calles, y el pueblo, antes amurallado, al encontrarse sin espacio, se ha extendido por las colinas próximas.
Arcos, ciudad bastante grande, celebrada por sus frutas y por sus majos, tiene en la plaza una iglesia, con una fachada de estilo gótico florido, y algunas casas hermosas.
Al llegar al pueblo y subir a la plaza, Ros de Olano me llevó al palacio de los Duques de Arcos, en donde se encontraba el brigadier don Ramón María Narváez.
Narváez me saludó amablemente.
--¿Se conocían ustedes?--preguntó Ros de Olano.
--Sí--dijo don Ramón.
--Sí--añadí yo.
Yo le conocía de cuando estaba organizando la Isabelina. Por entonces, Narváez, que era masón, se me presentó con una contraseña del Gran Oriente para entrar en la Sociedad.
No quise referirme a este recuerdo, por si la idea de haberse encontrado en una situación subalterna con relación a mí no le gustara al brigadier; y no hice tampoco la menor alusión a esta circunstancia, lo que pareció tranquilizar por completo al caudillo. Hablamos largo rato.
A Narváez, después del motín de La Granja, se le consideraba como liberal exaltado; en cambio, a Espartero se le tenía como amigo de los moderados.
Mendizábal y Calatrava habían elegido a Narváez para ver si daba el golpe de gracia al general carlista Gómez; y el ministro de la Guerra, García Camba, le había dado atribuciones extraordinarias, como la de obligar al general Alaix a que le cediera su división, cosa que produjo, días después de la acción de Majaceite, una riña entre los dos generales y un motín militar.
Los exaltados comenzaban a ver en Narváez un rival de Espartero y lo elogiaban a cada paso.
En los dos años siguientes, y por la fuerza de los acontecimientos. Espartero llegó a ser el hombre de los progresistas, y Narváez, el de los moderados.
Ni uno ni otro tenían ideas claras; no había en ellos mas que envidia y emulación. La rivalidad que ya había existido entre Espartero y Córdova siguió existiendo entre Narváez y Espartero, sobre todo cuando murió el general Córdova.
Narváez era pequeño, violento, y en aquel instante estaba emborrachado por el éxito; tenía una voz dura, rajada; el aire, fiero y jactancioso; los ojos, vivos, que relampagueaban a veces, y el labio inferior, un poco belfo.