Las Fuerzas Extrañas

Part 9

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--¿Por qué no? siguió diciendo. El cerebro irradia pensamiento en forma de fuerza mecánica, habiendo grandes probabilidades de que lo haga también en forma fluídica. La llama amarilla no sería en este caso más que el producto de la combustión cerebral, y la analogía de su espectro con el de la substancia descubierta por mí, me hace creer que sean algo idéntico. Figúrese por el consumo diario de pensamiento, la enorme irradiación que debe producirse. ¿Qué se harían, efectivamente, los pensamientos inútiles ó extraños, las creaciones de los imaginativos, los éxtasis de los místicos, los ensueños de los histéricos, los proyectos de los ilógicos, todas esas fuerzas cuya acción no se manifiesta por falta de aplicación inmediata? Los astrólogos decían que los pensamientos _viven_ en la luz astral, como fuerzas latentes susceptibles de actuar en determinadas condiciones. ¿No sería esto una intuición del fenómeno que la ciencia está en camino de descubrir? Por lo demás, el pensamiento como entidad psíquica es inmaterial; pero sus manifestaciones deben ser fluídicas, y esto es quizás lo que he llegado á obtener como un producto de laboratorio. Á horcajadas en su teoría, el doctor lanzábase audazmente por aquellas regiones, desarrollando una temible lógica á la que yo intentaba resistir en vano.

--He dado á mi cuerpo el nombre de _Psychon_, concluyó; ya comprende por qué. Mañana intentaremos una experiencia: licuaremos el pensamiento. (El doctor me agregaba, como se ve, á sus experimentos, y me guardé bien de rehusar). Después calcularemos si es posible realizar su oclusión en algún metal, y acuñaremos medallas psíquicas. Medallas de genio, de poesía, de audacia, de tristeza... Luego determinaremos su sitio en la atmósfera, llamando “psicósfera”, si se permite la expresión, la capa correspondiente... Hasta mañana á las dos, entonces, y veremos lo que resulta de todo esto.

Á las dos en punto estábamos en obra.

El doctor me enseñó su nuevo aparato. Consistía en tres espirales concéntricos formados por tubos de cobre y comunicados entre sí. El gas desembocaba en la espiral exterior, bajo una presión de seiscientas cuarenta y tres atmósferas, y una temperatura de -136° obtenida por la evaporación del etileno según el sistema circulatorio de Pictet; recorriendo las otras dos serpentinas, iba á distenderse en la extremidad inferior de la espiral interna, y atravesando sucesivamente los compartimientos anulares en que se encontraban aquéllas, desembocaba cerca de su punto de partida en el extremo superior de la segunda. El aparato medía en conjunto 0,70m de altura por 0,175m de diámetro. La distensión del fluido compresionado, ocasionaba el descenso de temperatura requerido para su licuación, por el método llamado de la cascada, también perteneciente al profesor Pictet.

La experiencia comenzó, previos los trámites del caso que sólo interesarían á los profesionales, siendo por ello suprimidos.

Mientras el doctor operaba, yo me disponía á escribir los resultados que me dictase, en un formulario. Doy á continuación esas anotaciones tal como las redactó, en gracia de la precisión indispensable.

Decía el doctor:

“Cuando la distensión llega á cuatrocientas atmósferas, se obtiene una temperatura de -237°3 y el fluido desemboca en un vaso de doble paredes separadas por un espacio vacío de aire; la pared interior está plateada, para impedir aportes de calor por convección ó por irradiación.”

“El producto es un líquido transparente é incoloro que presenta cierta analogía con el alcohol.”

“Las constantes críticas del psychon, son, pues, cuatrocientas atmósferas y -237°3.” “Un hilo de platino cuya resistencia es de 5038 ohms en el hielo fundente, no presenta más que una de 0,119 en el psychon hirviendo. La ley de variación de la resistencia de este hilo con la temperatura, me permite fijar la de la ebullición del psychon en -265°.”

--¿Sabe usted lo que quiere decir esto? me preguntó suspendiendo bruscamente el dictado.

No le respondí; la situación era demasiado grave.

--Esto quiere decir, prosiguió como hablando consigo mismo, que ya no estaríamos más que á ocho grados del cero absoluto.

Yo me había levantado, y con la ansiedad que es de suponer, examinaba el líquido cuyo menisco se destacaba claramente en el vaso. ¡El pensamiento!... ¡El cero absoluto!... Vagaba con cierta lúcida embriaguez en el mundo de las temperaturas imposibles.

Si pudiera traducirse, pensaba, ¿_qué diría_ este poco de agua clara que tengo ante mis ojos? ¿Qué oración pura de niño, qué intento criminal, qué proyectos estarán encerrados en este recipiente? ¿O quizá alguna malograda creación de arte, algún descubrimiento perdido en las obscuridades del ilogismo?...

El doctor, entre tanto, presa de una emoción que en vano intentaba reprimir, medía el aposento á grandes pasos. Por fin se aproximó al aparato diciendo:

--El experimento está concluido. Rompamos ahora el recipiente para que este líquido pueda escapar evaporándose. Quién sabe si al retenerlo no causamos la congoja de algún alma...

Practicóse un agujero en la pared superior del vaso, y el líquido empezó á descender, mientras el ruido mate de un escape se percibía distintamente.

De pronto noté en la cara del doctor una expresión sardónica enteramente fuera de las circunstancias; y casi al mismo tiempo, la idea de que sería una inconveniencia estúpida saltar por encima de la mesa, acudió á mi espíritu; mas apenas lo hube pensado, cuando ya el mueble pasó bajo mis piernas, no sin darme tiempo para ver que el doctor arrojaba al aire como una pelota su gato, un siamés legítimo, verdadera niña de sus ojos. El cuaderno fué á parar con una gran carcajada en las narices del doctor, provocando por parte de éste una pirueta formidable en honor mío. Lo cierto es que durante una hora, estuvimos cometiendo las mayores extravagancias, con gran estupefacción de los vecinos á quienes atrajo el tumulto y que no sabían cómo explicarse la cosa. Yo recuerdo apenas, que en medio de la risa, me asaltaban ideas de crimen entre una vertiginosa enunciación de problemas matemáticos. El gato mismo se mezclaba á nuestras cabriolas con un ardor extraño á su apatía tropical, y aquello no cesó sino cuando los espectadores abrieron de par en par las puertas; pues el pensamiento puro que habíamos absorbido, era seguramente el elíxir de la locura.

El doctor Paulin desapareció al día siguiente, sin que por mucho tiempo me fuese dado averiguar su paradero.

Ayer, por primera vez, me llegó una noticia exacta. Parece que ha repetido su experimento, pues se encuentra ahora en Alemania en una casa de salud.

ENSAYO DE UNA COSMOGONÍA EN DIEZ LECCIONES

ENSAYO DE UNA COSMOGONÍA EN DIEZ LECCIONES

PROEMIO

Hallándome cierta vez en un paso de la cordillera de los Andes, hice conocimiento con un caballero que allí moraba desde poco tiempo atrás, por cuenta de cierto sindicato para el cual estaba efectuando una mensura.

Era un hombre alto, moreno, en cuyo tipo resaltaba ante todo una gran distinción, á poco acentuada por el encanto de su lenguaje.

Un accidente montañés, que inutilizó por varios días á mi peón de mano, me obligó á compartir su real de agrimensor con cierto exceso quizá; pero mi hombre merecía aquel corto sacrificio de tiempo, y yo, además, no llevaba prisa.

Arrobado verdaderamente por su conversación, confieso que las horas se me iban sin sentirlo, así las ideas expresadas por aquellos labios fuesen de las más extraordinarias; pero entre ellas y su autor, había cierta correlación de singularidad que las hacía enteramente aceptables mientras él hablaba.

En el hombre aquél, el tipo era tan indefinible como la edad, bien que á primera vista se le atribuyera una vigorosa juventud y una procedencia americana; pero éstas pueden ser ocurrencias mías en las cuales ruego al lector que no insista.

Nuestras pláticas--sus conferencias mejor dicho--dejaron en mi ánimo una gran impresión á la cual contribuirían ciertamente la soledad inspiradora de las noches andinas, la comunión de naturaleza que sugería su serenidad, y el silencio divino de las estrellas; pero cuyo mérito intrínseco bien merecía el estupor de un mortal.

Una de aquellas noches, cerca del fuego medio apagado, mientras los peones reparaban en el sueño las fatigas del día, escuché la revelación que procuraré transmitir tan fielmente como me sea posible, ya que no se me exigió secreto alguno. Por mucho que difiera de las ideas científicas dominantes, el lector apreciará su concepción profunda, su lógica perfecta, y comprenderá que explica bastantes cosas con mayor claridad aún. He meditado bien antes de decidirme á publicarla, pero dos circunstancias me han impulsado sobre todo. La primera es que, á pesar de las más prolijas indagaciones, no he podido encontrar indicio alguno de aquel casual interlocutor, pues todas las señas que me dió á su respecto han resultado inciertas; la segunda es la facilidad con que me hizo el confidente de sus revelaciones. Estas dos circunstancias, me hacen creer que yo fuí tomado como agente para comunicar tales ideas, papel que acepto desde luego con la más perfecta humildad.

La ocultación del revelador podría infundir sospechas; pero el lector verá que ella era innecesaria dada la naturaleza de sus enseñanzas, y que, en todo caso, responde á la decisión de no decir más, ó á la modestia. Ambas cosas respetables.

Para no caer en conjeturas, lo mejor será abordar cuanto antes el asunto.

PRIMERA LECCIÓN

EL ORIGEN DEL UNIVERSO

La vida, que es la eterna conversión de las cosas en otras distintas, abarca con su ley primordial el universo entero. Todas las cosas que son dejarán de ser, y vienen de otras que ya han dejado de ser. Tan universal como la vida misma, es esta periodicidad de sus manifestaciones.

El día y la noche, el trabajo y el reposo, la vigilia y el sueño, son como quien dice los polos de la manifestación de la vida. Engendrándose unos á otros y permutándose, es como engendran los fenómenos. Toda fuerza será inercia y toda inercia será fuerza. Siendo ambas _vida_ en su esencia, su identidad radical es lo que produce sus permutaciones.

Su diferencia aparente, la contradicción en que parecen hallarse, es sencillamente una diferencia de magnitudes: _la noche es menos día_, y así en lo demás.

Ahora bien, toda magnitud es una progresión y de esto depende que no haya brusquedad en los cambios de estado de las cosas. Así es como la continuidad de la vida se mantiene en la periodicidad.

Vivir es estar continuamente viniendo á ser y dejando de ser. Cada uno de los focos donde esto se opera--átomo ó planeta, célula ú organismo--es una vida. Ese equilibrio infinitamente instable, sin duración puesto que la más mínima permanencia en uno ú otro de los estados que lo forman, lo anularía ya; y sin tiempo, puesto que es una coincidencia de ser y de no ser--ese equilibrio es lo que se llama la existencia. Dejar de existir es acabarse ese equilibrio; entrar el ser á un estado inconcebible. En nuestro universo, _lo que viene á ser_ se llama _materia_, y _lo que deja de ser_ se llama _energía_, pero claro está que estas cosas figuran aquí como entidades abstractas. No obstante, como las manifestaciones polares de la vida se permutan, lo que viene á ser, es decir, la materia, proviene de la energía y vice-versa.

Si toda magnitud es una progresión, su crecimiento y su decrecimiento deben tener una duración equivalente, y éste es otro carácter de la periodicidad en las manifestaciones de la vida. El isocronismo de las oscilaciones pendulares, materializa en forma visible tal ley.

Estas consideraciones que en nada afectan á las ideas científicas y filosóficas de nuestra época, son necesarias para que se comprenda mejor la exposición del sistema cosmogónico.

Un universo que nace, es el producto de un universo que fué, y basta para demostrarlo, que ese universo haya nacido: _ex nihilo nihil_.

Los universos acaban como manifestación material, convirtiéndose en energía pura según la ley fundamental de la vida, y en este último estado permanecen por una duración equivalente á la que tuvieron como materia. Esta duración, que respecto á la materia es un reposo absoluto en el cual no hay tiempo ni ninguna otra idea proveniente de la relación de magnitudes, pues al no existir la materia no hay magnitud de ningún género--esta duración es la eternidad. Eternidad significa, como es sabido, ausencia de tiempo.

Semejante estado, que es el no existir de que hablábamos más arriba, es un estado inconcebible como decíamos también. Hay, pues, una imposibilidad absoluta para especular á su respecto. Sólo podemos saber que es energía incondicionada.

Los antiguos decían que las tinieblas son luz absoluta; y siendo la luz una forma de energía, la forma más elevada mejor dicho para nuestra percepción, luz pura, es decir, energía pura, equivale á aquel estado inconcebible, ó sea á las tinieblas: luz absoluta. La ciencia habla ahora de _luz negra_, exactamente como el _Zohar_, libro hebreo más antiguo que la Biblia; y esta luz negra parece ser la forma más sutil del éter, teniendo una absoluta fuerza de penetración. Resulta superior á la otra luz, bien que sea invisible[1].

Transcurrida la duración de un universo como energía pura, la ley de periodicidad lo llama de nuevo á la existencia material; pero esta nueva existencia no será, naturalmente, una repetición de la antigua. Constituirá, por el contrario, una continuación de las actividades que cesaron al dejar de existir ese universo, y que han permanecido latentes en el seno de la absoluta energía[2]. De otro modo se volvería atrás, y la naturaleza nunca vuelve atrás.

¿Pero qué habrá podido ser, supongamos, el universo anterior al nuestro; aquél de que el nuestro procede?

Siendo una en realidad la ley que rige las manifestaciones de la vida bajo determinadas formas, la más simple desviación de ella implica el cambio de todas estas formas. Así, por ejemplo, nuestro universo tiene por base la curva; todo la presupone en él; todas nuestras percepciones dependen de este acomodo fundamental. Supongamos que en vez de ser la curva fuese la recta. El universo se convertiría en algo enteramente imperceptible para nosotros, y hasta podría coexistir con nuestro universo actual, sin la más mínima sospecha de nuestra parte. Ahora, si conjeturamos--lo que es bien posible--otros conceptos geométricos y otras formas de universos, el problema se simplifica más aún. Quizá el “mundo invisible” que nos rodea y se comunica á veces con nosotros bajo formas tan extrañas, no sea sino esto; y con una existencia tan real, tan material como el nuestro, nos resulta del todo imperceptible.

El universo antecesor del nuestro, había regresado, pues, á su estado de éter puro, de pura energía al concluir un ciclo de evolución bajo determinadas formas, cuyo desarrollo al entrar de nuevo en el período material, engendraría nuestro universo curvilíneo.

Este determinismo cósmico, nada tiene de violento para nuestros conceptos científicos; y quizá más pronto de lo que se cree, las especulaciones sobre la cuarta dimensión del espacio puedan darnos un esquema del origen de nuestra geometría.

Pero lo interesante es describir el proceso de la organización de la materia tal como la conocemos.

SEGUNDA LECCIÓN

EL ORIGEN DE LA FORMA

Cuando el éter puro en que se disolvió un universo, ha tenido una duración equivalente á la de éste, ocurre en él un cambio de estado. La vida, ya lo hemos dicho, es un eterno cambiar de estado.

La primera manifestación de esto en el éter del cual nuestro universo procede, fué un movimiento. Sabemos que las diversas manifestaciones de la electricidad, son cambios de estado por el movimiento; de tal modo que basta mover con velocidad uniforme un cuerpo cargado de electricidad estática, para que ésta se vuelva corriente voltaica; y que basta con variar esa velocidad, para producir la inducción, es decir, tres electricidades distintas.

Ahora bien, los primeros fenómenos del éter que va á organizarse en materia, presentan una gran analogía con estos cambios de estado, pues la primera manifestación del éter es, en efecto, electricidad.

Para seguir con la analogía, conviene recordar que la electricidad en el vacío produce los rayos catódicos y los rayos _x_. La ciencia acaba, de descubrir los rayos _γ_, más poderosos aún, pues atraviesan todos los obstáculos y no hay fuerza que pueda desviarlos. Este estado, todavía mal conocido de la electricidad, esta “luz” invisible que sólo presenta una analogía lejana con la luz habitual, es la primera manifestación material del éter. Es electricidad puramente dinámica en una forma que no podemos concebir ahora, según lo prueba su indiferencia ante todos los obstáculos y todas las fuerzas. Es el primer ser del universo, el universo mismo, puesto que todas las formas que han de componerlo, serán sus desdoblamientos; y he aquí por qué la antigua sabiduría llamaba á la electricidad _alma del mundo_. Representa el mundo de una sola dimensión, el mundo de la longitud absoluta, inconcebible para nosotros á no ser como una mera abstracción.

La propagación de este rayo es rectilínea, pero su forma es ondulada; y á medida que se propaga, van agrandándose naturalmente sus ondulaciones. Como el absoluto dinamismo posee una tendencia á convertirse en electricidad[3] estática, pues á esto se debe su manifestación en forma de “luz” _γ_, llega un momento en que las ondulaciones dividen el rayo en trozos venciendo su cohesión; y como estas ondulaciones son arcos de círculo, sus extremos, libres de toda solicitación por otras fuerzas, se buscan, se unen y forman ruedas en el espacio.

La ondulación, levísima al principio en el rayo _γ_, empieza siendo una tendencia hacia la segunda dimensión, la latitud; pero ésta no alcanza manifestación real sino al formarse los primeros círculos. El mundo de la longitud absoluta, el mundo de una dimensión, era, como es claro, el mundo de lo uniforme; un simple movimiento sin puntos de referencia, tan abstracto para nosotros como una idea, pero con existencia real. La transformación de la electricidad puramente estática en electricidad dinámica, es, pues, lo que engendra la segunda dimensión--la latitud--y con ella la superficie, es decir la forma.

Esta tendencia de la energía á permanecer, cambiando su movimiento absoluto en equilibrio, ó sea engendrando el principio de inercia, constituye la fuerza original en el nacimiento y organización de la materia; sin serlo todavía en nuestro supuesto universo de dos dimensiones, aunque en él existan ya la forma y la magnitud. Predomina en él todavía el dinamismo, pues la materia, es decir el equilibrio de fuerzas que conocemos bajo semejante nombre, no es posible sino en el espacio de tres dimensiones; cuando el equilibrio entre la electricidad estática y la dinámica, engendra la tercera dimensión.

Sábese, en efecto, que el único carácter constante de la materia, el que permanece bajo los diversos estados que ella puede asumir, es el peso; y el peso no puede existir sin volumen, ó lo que es lo mismo, sin la tercera dimensión.

Así, pues, las ruedas formadas por la división del rayo original, son simples manchas de luz en el espacio, pero carecen de volumen. Tienen magnitud y forma, pero no son materia aún, pues la forma y la magnitud _anteceden_ á la materia. Por absurdo que esto pueda parecer, basta recordar la mancha de luz producida por la reflexión solar en un espejo. Tiene forma y magnitud; pero, ¿es materia?...[4].

TERCERA LECCIÓN

EL ESPACIO Y EL TIEMPO

Entre tanto, el espacio ha nacido con la manifestación de la vida, pues el dinamismo absoluto del éter puro excluye el espacio. El mundo de una dimensión, que supone un espacio de una dimensión también, da á éste su propio carácter inconcebible á no ser como abstracción. Conviene recordar que el concepto del espacio, nace para nuestra mente por comparación entre magnitudes de materia y de movimiento; y que siendo así, son éste y aquélla los que engendran el espacio.

Por incomprensible que sea el espacio, su objetividad es evidente, pues siempre lo concebiremos como un cuerpo, aunque sea ilimitado é inmaterial. El hecho de que es _algo_, prueba su objetividad, y desde este punto de vista su materialidad también[5]. Spencer ha demostrado en los _Primeros_ _Principios_, que científicamente equivale á un sólido perfecto, pues si se le supusiera la más mínima solución de continuidad, la transmisión de la luz sería imposible, por ejemplo; pero como no es un sólido, y como los sólidos tampoco poseen la continuidad perfecta que excluiría, por otra parte, toda vibración, debe ser algo homogéneo é inmaterial á la vez, desde el punto de vista de la materia ponderable: el mundo de una dimensión, es decir, la primera manifestación de la vida, que está eternamente convirtiéndose en los otros estados más complejos.

Precisamente al convertirse en el segundo estado, adquiere el espacio la extensión, si bien continua siendo inconcebible para nuestra mente. Necesita llegar á la tercera para ser el espacio concebible, el objeto ilimitadamente hueco donde todo se mueve; pues ésta es nuestra concepción del espacio.

El tiempo es lo mismo que el espacio esencialmente, si bien no existe en el mundo de una dimensión. Es también una relación de magnitudes, pero con referencia á la duración de los seres, mientras que el espacio no necesita de ella para existir. Ahora bien, el rayo absolutamente longitudinal del primer mundo, es eterno como manifestación vital, puesto que sólo puede concluir en un estado negativo donde no hay espacio ni abstracciones siquiera: la energía absoluta de donde procede; pero las manchas luminosas del segundo estado de vida, pueden morir, es decir transformarse, y aquí cabe ya el tiempo. Por lo demás, el rayo primordial es unidad absoluta como manifestación vital[6], mientras las manchas son varios seres; cabe ya entre ellas la relación de existencia á que debe la suya el tiempo, pues una puede morir mientras las otras permanecen, engendrando así la relación.

Tenemos, entonces, que en el mundo de dos dimensiones, poblado únicamente por esas vastas y sencillas existencias cósmicas que son las manchas de luz, existe ya el espacio como _magnitud_, si bien no como _extensión_[7] todavía; y el tiempo en su concepto actual.

Podrá objetarse que siendo el tiempo y el espacio estados de conciencia, nuestras consideraciones son pura dialéctica; pero nosotros replicamos--y muy luego se verá el desarrollo de esto--que todas esas manifestaciones de la vida, de las cuales proceden el espacio y el tiempo, son estados de conciencia, _puesto que son pensamiento_. Así, pues, seguiremos la descripción del proceso vital de nuestro planeta[8].

CUARTA LECCIÓN

LOS ÁTOMOS

Las ruedas de luz continúan moviéndose en el espacio con la velocidad del rayo de que proceden; pero esta velocidad que era infinita en la longitud absoluta, lo cual da un carácter más abstracto aún á ese primer mundo de una dimensión, se convierte en rotatoria por la forma circular de las manchas. Éstas, seres unitarios como formas, si bien como vidas[9] son ya compuestas por el equilibrio de dos fuerzas, constituyen toda la población del espacio.

Sin embargo, la luz no era uniforme en todos los puntos de su superficie, pues se debilitaba hacia el centro; y sucedió que los puntos de mayor intensidad fueron los vértices de otros tantos polígonos regulares, primeras formas en la rueda luminosa que era la única hasta entonces.