Las Fuerzas Extrañas

Part 8

Chapter 83,663 wordsPublic domain

Sosistrato era un monje armenio, que había resuelto pasar su vida en la soledad con varios jóvenes compañeros suyos de vida mundana, recién convertidos á la religión del crucificado. Pertenecía, pues, á la fuerte raza de los estilitas. Después de largo vagar por el desierto, encontraron un día las cavernas de que os he hablado y se instalaron en ellas. El agua del Jordán, los frutos de una pequeña hortaliza que cultivaban en común, bastaban para llenar sus necesidades. Pasaban los días orando y meditando. De aquellas grutas surgían columnas de plegarias, que contenían con su esfuerzo la vacilante bóveda de los cielos próxima á desplomarse sobre los pecados del mundo. El sacrificio de aquellos desterrados, que ofrecían diariamente la maceración de sus carnes y la pena de sus ayunos á la justa ira de Dios, para aplacarla, evitaron muchas pestes, guerras y terremotos. Esto no lo saben los impíos que ríen con ligereza de las penitencias de los cenobitas. Y sin embargo, los sacrificios y oraciones de los justos son las claves del techo del universo.

Al cabo de treinta años de austeridad y silencio, Sosistrato y sus compañeros habían alcanzado la santidad. El demonio, vencido, aullaba de impotencia bajo el pie de los santos monjes. Éstos fueron acabando sus vidas uno tras otro, hasta que al fin Sosistrato se quedó solo. Estaba muy viejo, muy pequeñito. Se había vuelto casi transparente. Oraba arrodillado quince horas diarias, y tenía revelaciones. Dos palomas amigas, traíanle cada tarde algunos granos de granada y se los daban á comer con el pico. Nada más que de eso vivía; en cambio olía bien como un jazminero por la tarde. Cada año, el viernes doloroso, encontraba al despertar, en la cabecera de su lecho de ramas, una copa de oro llena de vino y un pan con cuyas especies comulgaba absorbiéndose en éxtasis inefables. Jamás se le ocurrió pensar de dónde vendría aquello, pues bien sabía que el señor Jesús puede hacerlo. Y aguardando con unción perfecta el día de su ascención á la bienaventuranza, continuaba soportando sus años. Desde hacía más de cincuenta, ningún caminante había pasado por allí.

Pero una mañana, mientras el monje rezaba con sus palomas, éstas, asustadas de pronto, echaron á volar abandonándole. Un peregrino acababa de llegar á la entrada de la caverna. Sosistrato, después de saludarle con santas palabras, le invitó á reposar indicándole un cántaro de agua fresca. El desconocido bebió con ansia como si estuviese anonadado de fatiga; y después de consumir un puñado de frutas secas que extrajo de su alforja, oró en compañía del monje.

Transcurrieron siete días. El caminante refirió su peregrinación desde Cesárea á las orillas del Mar Muerto, terminando la narración con una historia que preocupó á Sosistrato.

--He visto los cadáveres de las ciudades malditas, dijo una noche á su huésped; he mirado humear el mar como una hornalla, y he contemplado lleno de espanto á la mujer de sal, la castigada esposa de Lot. La mujer está viva, hermano mío, y yo la he escuchado gemir y la he visto sudar al sol del mediodía.

--Cosa parecida cuenta Juvencus en su tratado _De Sodoma_, dijo en voz baja Sosistrato.

--Sí, conozco el pasaje, añadió el peregrino. Algo más definitivo hay en él todavía; y de ello resulta que la esposa de Lot ha seguido siendo fisiológicamente mujer. Yo he pensado que sería obra de caridad libertarla de su condena...

--Es la justicia de Dios, exclamó el solitario

--¿No vino Cristo á redimir también con su sacrificio los pecados del antiguo mundo?--replicó suavemente el viajero que parecía docto en letras sagradas. ¿Acaso el bautismo no lava igualmente el pecado contra la Ley que el pecado contra el Evangelio?...

Después de estas palabras, ambos se entregaron al sueño. Fué aquélla la última noche que pasaron juntos. Al siguiente día el desconocido partió, llevando consigo la bendición de Sosistrato, y no necesito deciros que, á pesar de sus buenas apariencias, aquel fingido peregrino era Satanás en persona.

El proyecto del maligno fué sutil. Una preocupación tenaz asaltó desde aquella noche el espíritu del santo. ¡Bautizar la estatua de sal, libertar de su suplicio aquel espíritu encadenado! La caridad lo exigía, la razón argumentaba. En esta lacha transcurrieron meses, hasta que por fin el monje tuvo una visión. Un ángel se le apareció en sueños y le ordenó ejecutar el acto.

Sosistrato oró y ayunó tres días, y en la mañana del cuarto, apoyándose en su bordón de acacia, tomó, costeando el Jordán, la senda del Mar Muerto. La jornada no era larga, pero sus piernas cansadas apenas podían sostenerle. Así marchó durante dos días. Las fieles palomas continuaban alimentándole como de ordinario, y él rezaba mucho, profundamente, pues aquella resolución afligíale en extremo. Por fin, cuando sus pies iban á faltarle, las montañas se abrieron y el lago apareció.

Los esqueletos de las ciudades destruidas iban poco á poco desvaneciéndose. Algunas piedras quemadas, era todo lo que restaba ya: trozos de arcos, hileras de adobes carcomidos por la sal y cimentados en betún... El monje reparó apenas en semejantes restos; que procuró evitar á fin de que sus pies no se manchasen á su contacto. De repente, todo su viejo cuerpo tembló. Acababa de advertir hacia el sud, fuera ya de los escombros, en un recodo de las montañas desde el cual apenas se los percibía, la silueta de la estatua.

Bajo su manto petrificado que el tiempo había roído, era larga y fina como un fantasma. El sol brillaba con límpida incandescencia, calcinando las rocas, haciendo espejear la capa salobre que cubría las hojas de los terebintos. Aquellos arbustos, bajo la reverberación meridiana, parecían de plata. En el cielo no había una sola nube. Las aguas amargas dormían en su característica inmovilidad. Cuando el viento soplaba, podía escucharse en ellas, decían los peregrinos, cómo se lamentaban los espectros de las ciudades.

Sosistrato se aproximó á la estatua. El viajero había dicho verdad. Una humedad tibia cubría su rostro. Aquellos ojos blancos, aquellos labios blancos, estaban completamente inmóviles bajo la invasión de la piedra, en el sueño de sus siglos. Ni un indicio de vida salía de aquella roca. El sol la quemaba con tenacidad implacable, siempre igual desde hacía miles de años, y sin embargo, ¡esa efigie estaba viva puesto que sudaba! Semejante sueño resumía el misterio de los espantos bíblicos. La cólera de Jehová había pasado sobre aquel ser, espantosa amalgama de carne y de peñasco. ¿No era temeridad el intento de turbar ese sueño? ¿No caería el pecado de la mujer maldita sobre el insensato que procuraba redimirla? Despertar el misterio es una locura criminal, tal vez una tentación del infierno. Sosistrato, lleno de congoja, se arrodilló á orar en la sombra de un bosquecillo...

Cómo se verificó el acto, no os lo voy á decir. Sabed únicamente que cuando el agua sacramental cayó sobre la estatua, la sal se disolvió lentamente, y á los ojos del solitario apareció una mujer, vieja como la eternidad, envuelta en andrajos terribles, de una lividez de ceniza, flaca y temblorosa, llena de siglos. El monje que había visto al demonio sin miedo, sintió el pavor de aquella aparición. Era el pueblo réprobo lo que se levantaba en ella. Esos ojos vieron la combustión de los azufres llovidos por la cólera divina sobre la ignominia de las ciudades; esos andrajos estaban tejidos con el pelo de los camellos de Lot; ¡esos pies hollaron las cenizas del incendio del Eterno! Y la espantosa mujer le habló con su voz antigua.

Ya no recordaba nada. Sólo una vaga visión del incendio, una sensación tenebrosa despertada á la vista de aquel mar. Su alma estaba vestida de confusión. Había dormido mucho, un sueño negro como el sepulcro. Sufría sin saber por qué, en aquella sumersión de pesadilla. Ese monje acababa de salvarla. Lo sentía. Era lo único claro en su visión reciente. Y el mar... el incendio... la catástrofe... las ciudades ardidas... todo aquello se desvanecía en una clarovidente visión de muerte. Iba á morir. Estaba salvada, pues. ¡Y era el monje quien la había salvado!

Sosistrato temblaba, formidable. Una llama roja incendiaba sus pupilas. El pasado acababa de desvanecerse en él, como si el viento de fuego hubiera barrido su alma. Y sólo este convencimiento ocupaba su conciencia: _¡la mujer de Lot estaba allí!_ El sol descendía hacia las montañas. Púrpuras de incendio manchaban el horizonte. Los días trágicos revivían en aquel aparato de llamaradas. Era como una resurrección del castigo, reflejándose por segunda vez sobre las aguas del lago amargo. Sosistrato acababa de retroceder en los siglos. Recordaba. Había sido actor en la catástrofe. Y esa mujer... ¡esa mujer le era conocida!

Entonces un ansia espantosa le quemó las carnes. Su lengua habló, dirigiéndose á la espectral resucitada:

--Mujer, respóndeme una sola palabra.

--Habla... pregunta...

--¿Responderás?

--¡Sí, habla; me has salvado!

Los ojos del anacoreta brillaron, como si en ellos se concentrase el resplandor que incendiaba las montañas.

--_Mujer, dime qué viste cuando tu rostro se volvió para mirar._

Una voz anudada de angustia, le respondió:

--Oh, no... Por Elohim, ¡no quieras saberlo!

--¡Dime qué viste!

--No... no... ¡Sería el abismo!

--Yo quiero el abismo.

--Es la muerte...

--¡Dime qué viste!

--No puedo... ¡no quiero!

--Yo te he salvado.

--No... no....

El sol acababa de ponerse.

--¡Habla!

La mujer se aproximó. Su voz parecía cubierta de polvo; se apagaba, se crepusculizaba, agonizando.

--¡Por las cenizas de tus padres!...

--¡Habla!

Entonces aquel espectro aproximó su boca al oído del cenobita, y dijo una palabra. Y Sosistrato, fulminado, anonadado, sin arrojar un grito, cayó muerto. Roguemos á Dios por su alma.

EL PSYCHON

EL PSYCHON

El doctor Paulin, ventajosamente conocido en el mundo científico por el descubrimiento del telectróscopo, el electroide y el espejo negro, de los cuales hablaremos algún día, llegó á esta capital hará próximamente ocho años, de incógnito, para evitar manifestaciones que su modestia repudiaba. Nuestros médicos y hombres de ciencia leerán correctamente el nombre del personaje, que disimuló bajo un patronímico supuesto, tanto por carecer de autorización para publicarlo, cuanto porque el desenlace de este relato ocasionaría polémicas, que mi ignorancia no sabría sostener en campo científico.

Un reumatismo vulgar, aunque rebelde á todo tratamiento, me hizo conocer al doctor Paulin cuando todavía era aquí un forastero. Cierto amigo, miembro de una sociedad de estudios psíquicos á quien venía recomendado desde Australia el doctor, nos puso en relaciones. Mi reumatismo desapareció mediante un tratamiento helioterápico original del médico; y la gratitud hacia él, tanto como el interés que sus experiencias me causaban, convirtió nuestra aproximación en amistad, desarrollando un sincero afecto.

Una ojeada preliminar sobre las mencionadas experiencias, servirá de introducción explicativa, necesaria para la mejor comprensión de lo que sigue.

El doctor Paulin era, ante todo, un físico distinguido. Discípulo de Wroblewski en la universidad de Cracovia, habíase dedicado con preferencia al estudio de la licuación de los gases, problema que planteado imaginativamente por Lavoisier, debía quedar resuelto luego por Faraday, Cagniard-Latour y Thilorier. Pero no era éste el único género de investigaciones en que sobresalía el doctor. Su profesión se especializaba en el mal conocido terreno de la terapéutica sugestiva, siendo digno émulo de los Charcot, los Dumontpallier, los Landolt, los Luys; y aparte el sistema helioterápico citado más arriba, mereció ser consultado por Guimbail y por Branly repetidas veces, sobre temas tan delicados como la conductibilidad de los neurones, cuya ley recién determinada entonces por ambos sabios, era el caso palpitante de la ciencia.

Forzoso es confesar, no obstante, que el doctor Paulin adolecía de un defecto grave. Era espiritualista, teniendo, para mayor pena, la franqueza de confesarlo. Siempre recordaré á este respecto el final de una carta que dirigió en julio del 98, al profesor Elmer Gates, de Washington, contestando otra en la cual éste le comunicaba particularmente sus experiencias sobre la sugestión en los perros y sobre la “dirigación”, ósea la acción modificadora ejercida por la voluntad sobre determinadas partes del organismo.

“Y bien, sí, decía el doctor; tenéis razón para vuestras conclusiones, que acabo de ver publicadas junto con el relato de vuestras experiencias, en el _New York Medical Times_. El espíritu es quien rige los tejidos orgánicos y las funciones fisiológicas, porque es él quien crea esos tejidos y asegura su facultad vital. Ya sabéis si me siento inclinado á compartir vuestra opinión”, etc.

Así, el doctor Paulin era mirado de reojo por las academias. Como á Crookes, como á de Rochas, le aceptaban con agudas sospechas. Sólo faltaba la estampilla materialista para que le expidieran su diploma de sabio.

¿Por qué estaba en Buenos Aires el doctor Paulin? Parece que á causa de una expedición científica con la que procuraba coronar una serie de estudios botánicos aplicados á la medicina. Algunas plantas que por mi intermedio consiguió, entre otras la jarilla cuyas propiedades emenagogas habíale yo descripto, dieron pie para una súplica á que su amabilidad defirió de buen grado. Le pedí autorización para asistir á sus experimentos, siendo testigo de ellos desde entonces.

Tenía el doctor, en el pasaje X, un laboratorio al cual se llegaba por la sala de consultas. Todos cuantos le conocieron, recordarán perfectamente éste y otros detalles, pues nuestro hombre era tan sabio como franco y no hacia misterio de su existencia. En aquel laboratorio fué donde una noche, hablando con el doctor sobre las prescripciones rituales que afectan á los cleros de todo el mundo, obtuve una explicación singular de cierto hecho que me traía muy atareado.

Comentábamos la tonsura, cuya explicación yo no hallaba, cuando el doctor me lanzó de pronto este argumento que no pretendo discutir:

--Sabe usted que las exhalaciones fluídicas del hombre, son percibidas por los sensitivos en forma de resplandores, rojos los que emergen del lado derecho, azulados los que se desprenden del izquierdo. Esta ley es constante, excepto en los zurdos cuya polaridad se trueca, naturalmente, lo mismo para el sensitivo que para el imán. Poco antes de conocerle, experimentando sobre ese hecho con Antonia, la sonámbula que nos sirvió para ensayar el electroide, me hallé en presencia de un hecho que llamó extraordinariamente mi atención. La sensitiva veía desprenderse de mi occipucio una llama amarilla, que ondulaba alargándose hasta treinta centímetros de altura. La persistencia con que la muchacha afirmaba este hecho, me llenó de asombro. No podía siquiera presumir una sugestión involuntaria, pues en este género de investigaciones empleo el método del doctor Luys, hipnotizando solamente las retinas para dejar libre la facultad racional.

El doctor se levantó de su asiento y empezó á pasearse por la habitación.

--Con el interés que se explica ante un fenómeno tan inesperado, ensayé al otro día una experiencia con cinco muchachos pagados al efecto. Antonia no vió en ninguno la misteriosa llama, aunque sí las aureolas ordinarias; mas cuál no sería mi sorpresa, al oírla exclamar en presencia del portero don Francisco, usted sabe, llamado por mí como último recurso: “El señor sí la tiene, clarita pero menos brillante”. Cavilé dos días sobre aquel fenómeno; hasta que de pronto, por ese hábito de no desperdiciar detalle adquirido en semejantes estudios, me ocurrió una idea que, ligeramente ridicula primero, no tardó en volverse aceptable. Chupó vigorosamente su cigarro y continuó:

--Tengo la costumbre de operar llevando puesto mi fez casero; la calvicie me obliga á esta incorrección... Cuando Antonia vió sobre mi cabeza el fulgor amarillo, estaba sin gorro, habiéndomelo quitado por el excesivo calor. ¿No habría sido el cabello de los muchachos lo que impidió la emisión de la llama? Según Fugairon, la capa córnea que constituye la epidermis, es mal conductor de la electricidad animal; de modo que el pelo, substancia córnea también, posee idéntica propiedad. Además, don Francisco es calvo como yo, y la coincidencia del fenómeno en ambos, autorizaba una presunción atendible. Mis investigaciones posteriores la confirmaron plenamente; y ahora comprenderá usted la razón de ser de la tonsura. Los sacerdotes primitivos, observarían sobre la cabeza de algunos apóstoles _electrógenos_, diremos, aceptando un término de reciente creación, el resplandor que Antonia percibía en las nuestras. El hecho, de Moisés acá, no es raro en las cronologías legendarias. Luego se notaría el obstáculo que presentaba el cabello, y se establecería el hábito de rapar aquel punto del cráneo por donde surgía el fulgor, á fin de que este fenómeno, cuyo prestigio se infiere, pudiera manifestarse con toda intensidad. ¿Le parece convincente mi explicación?

--Me parece, por lo menos; tan ingeniosa como la de Volney, para quien la tonsura es el símbolo del sol...

Tenía la costumbre de contradecirle así, indirectamente, para que llegase hasta el fin en sus explicaciones.

--Podría usted citar asimismo, la de Brillat-Savarin, según el cual se ha prescripto la tonsura á los monjes para que tengan fresca la cabeza, replicó el doctor entre picado y sonriente.

No obstante, hay algo más, prosiguió animándose. Desde mucho tiempo antes, proyectaba una experiencia sobre esas emanaciones fluídicas, sobre la _lohé_, para usar la expresión de Reichenbach, su descubridor: quería obtener el espectro de esos fulgores. Lo intenté, haciéndome describir por la sensitiva, minuciosamente, todos los fenómenos...

--...¿Y qué resulta? pregunté entusiasmado.

--Resulta una raya verde en el índigo para la coloración roja, y dos negras en el verde para la coloración azul. En cuanto á la amarilla descubierta por mí, el resultado es extraordinario. Antonia dice ver en el rojo una raya violeta claro.

--¡Absurdo!

--Lo que usted quiera; pero ya la he presentado un espectro, y ella me ha indicado en él la posición de la raya que ve ó cree ver. Según estos datos, y con todas las suposiciones de error posible, creo que esa raya es la número 5567. De ser así, habría una identidad curiosa; pues la raya 5567, coincidiría exactamente con la hermosa raya número 4 de la aurora boreal...

--¡Pero doctor, todo esto es fantasía pura! exclamé alarmado por aquellas ideas vertiginosas.

--No, amigo mío. ¡Esto significaría sencillamente que el polo es algo así como la coronilla del planeta!

Poco después de la conversación que he referido y cuya última frase concluyó entre la más afable sonrisa del doctor Paulin, éste me leyó una tarde entusiasmado, las primeras noticias sobre la licuación del hidrógeno efectuada por Dewar en mayo de aquel año, y sobre el descubrimiento hecho algunos días después por Travers y Ramsay, de tres elementos nuevos en el aire: el _kryptón_, el _neón_ y el _metargón_, aplicando precisamente el procedimiento de licuación de los gases; y á propósito de estos hechos, recuerdo aún su frase de labor y de combate.

--No; no es posible que yo muera sin ligar mi nombre á uno de estos descubrimientos que son la gloria de una vida. Mañana mismo continuaré mis experiencias.

Desde el siguiente día, púsose á trabajaren efecto con ardor febril; y aunque yo debía estar curado de asombro ante sus éxitos, no pude menos de estremecerme cuando una tarde me dijo con voz tranquila:

--¿Creerá usted que he visto con mis propios ojos _esa_ raya en el espectro del neón?

--¿De veras? dije con evidente descortesía.

--De veras. Creo que la tal raya me ha puesto en buen camino. Pero á fin de satisfacer su curiosidad, me es menester hablarle de ciertas indagaciones que he mantenido reservadas.

Agradecí calurosamente y me dispuse á oir con avidez.

El doctor empezó:

--Aunque las noticias sobre la licuación del hidrógeno eran harto breves, mis conocimientos en la materia me permitieron completarlas, bastándome modificar el aparato de Olzewski, que uso en la preparación del aire líquido. Aplicando después el principio de la destilación fraccionada, obtuve como Travers y Ramsay los espectros del kryptón, el neón y el metargón. Dispuse luego extraer estos cuerpos, por si aparecía algún espectro nuevo en el residuo, y efectivamente, cuando ya no quedó más, vi aparecer la raya mencionada.

--¿Y cómo se opera la extracción?

--Haciendo evaporar lentamente el aire líquido, y recogiendo en un recipiente el gas desprendido por esa evaporación. Si tuviera aquí una máquina Linde que me suministraría sesenta kilogramos de aire líquido por hora, podría operar en grande escala; pero he debido contentarme con una producción de ochocientos centímetros cúbicos.

Obtenido el gas en el recipiente, lo trato por el cobre calentado para retirar el oxígeno, y por una mezcla de cal con magnesio para absorber el ázoe. Queda, pues, aislado el argón; y entonces es cuando aparece la doble raya verde del kryptón, descubierta por Ramsay. Licuando el argón aislado, y sometiéndolo á una evaporación lenta, los productos de la destilación suministran en el tubo de Geissler una luz rojo-anaranjada, con nuevas rayas, que por la interposición de una botella de Leyden aumentan, caracterizando el espectro del neón. Si la destilación prosigue, se obtiene un producto sólido de evaporación muy lenta, cuyo espectro se caracteriza por dos líneas, una verde y la otra amarilla, denunciando la existencia del metargón ó _eosium_, según propone Berthelot. Hasta aquí, es todo lo que se sabe.

--¿Y la raya violeta?

--Vamos á verla dentro de algunos instantes. Sepa usted entretanto, que para llegar á resultados iguales yo procedo de otro modo. Retiro el oxígeno y el ázoe por medio de las substancias indicadas; luego el argón y el metargón con hiposulfito de soda; el kryptón en seguida con fosfuro de cinc, y por último el neón con ferrocianuro de potasio. Este método es empírico. Queda todavía en el recipiente un residuo comparable á la escarcha, que se evapora con suma lentitud. El gas resultante, es mi descubrimiento.

Me incliné ante aquellas palabras solemnes.

--He estudiado sus constantes físicas llegando á determinar algunas. Su densidad es de 25,03, siendo la del oxígeno de 16 como es sabido. He determinado también la longitud de la onda sonora en ese fluido, y el número encontrado, permitiéndome evaluar la relación de los calores específicos, me ha indicado que es monoatómico. Pero el resultado sorprendente está en su espectro, caracterizado por una raya violeta en el rojo, la raya 5567 coincidente con la número 4 de la aurora boreal, la misma que presentaba el fulgor amarillo percibido por Antonia sobre mi cabeza.

Ante tal afirmación, dejé escapar esta pregunta inocente:

--¿Y qué será ese cuerpo, doctor?

Con gran sorpresa mía, el sabio sonrió satisfecho.

--Ese cuerpo... ¡hum! Ese cuerpo bien podría ser pensamiento volatilizado.

Di un salto en la silla, pero el doctor me impuso silencio con un ademán.